domingo 7 de septiembre de 2008

POR SIEMPRE - XXV

El cielo oscuro imitaba la noche engañando a las luces automáticas que se encendieron en todas las calles de la ciudad. René pensó que era un día perfecto para amar. Borró la idea de un plumazo porque no dependía de su deseo sino de la hermosa pasajera que se adormecía sobre su hombro. Se detuvo en la entrada de la cochera para activar el portón automático y estacionó el auto en el subsuelo. Cuando el coche paró, Celina se movió y abrió los ojos. Se encontró con la mirada tierna de un paciente René que se deleitaba observándola.

-¿Ya llegamos? -logró articular.

-Casi. Debemos pasar por la entrada para registrarnos ante León.

-Esto parece un destacamento militar -rezongó la joven.

-Son reglas de convivencia que conviene respetar para no discutir con los otros propietarios -reconoció él con resignación, y resumió:- Será un trámite rápido. Además el portero debe conocerte para que puedas moverte con libertad.

Celina se encogió de hombros. No le agradaban las apreciaciones de un desconocido acerca de su vida personal, pero podría soportarlo. Subieron al ascensor evitando acercarse demasiado como si intuyeran que la energía que los rodeaba provocaría un cortocircuito al mínimo contacto. Desembocaron en el palier adonde estaba apostado un hombre maduro de aspecto bonachón.

-¡Señor Valdivia! -exclamó con alegría en cuanto lo divisó.

René le estrechó la mano y se volvió hacia su compañera.

-León, te presento a Celina, mi futura esposa.

La muchacha contuvo un gesto de sorpresa. Estiró la mano que se perdió en la del portero.

-¡Señorita Celina…! Lamento haberme perdido el homenaje, pero estaba por concurrir a la estancia para presentarle mis respetos -aseguró León, y aclaró:- También mi nieto fue uno de los afortunados.

Ella sonrió medio avergonzada. Todavía no se acostumbraba a tantos elogios y menos en esa circunstancia inquietante.

-¿Tuvo un accidente? -preguntó el hombre al observar el vendaje que rodeaba su cabeza.

-No es nada -le respondió- una lesión sin importancia.

René firmó el libro que le presentó el empleado, y luego le pidió:

-¿Me ordenarías el menú número cinco del hotel más una botella de champaña y un kilo de helado? –le dirigió una mirada traviesa a Celina.

-Inmediatamente, señor. Se lo alcanzaré apenas lo traigan.

-Gracias, León. ¡Ah! Será conveniente que no trascienda que estamos acá.

-Cuente conmigo. Nadie lo molestará- le contestó, haciéndose cargo.

René precedió a Celina hasta el ascensor y ella se acomodó de espaldas al espejo, correspondiendo a la sonrisa de León hasta que la puerta se cerró. Se sentía extrañamente vulnerable porque sus sentidos la empujaban hacia los brazos del hombre que había impuesto una condición para tenerla. ¿Tenerme? Ella detestaba la connotación discriminatoria del término como si la relación sexual fuera unívoca y el rédito para los machos. Quiero que René me posea incondicionalmente. El pensamiento primitivo la golpeó como un mazazo y le estremeció las entrañas. ¿De modo que hasta esto has llegado? La protesta de su menguante mitad racional se detuvo junto con al ascensor en la recepción privada del departamento. René abrió la puerta que estaba enfrentada al elevador, encendió una luz, y le hizo un cortés ademán para que entrara. La que ingresó al piso era una Celina enamorada dispuesta a enloquecer a René sin palabras. Miró a su alrededor y recién apreció la altura y las dimensiones de la vivienda. Desde los balcones circulares lo único que estaba a la vista era el oscuro firmamento como si estuvieran en la cúspide de un faro. Caminó hacia los ventanales y comprobó que nada más que el cielo podría arriesgarse a invadir esa intimidad. La amplia estancia estaba selectamente decorada y amueblada, complementando el confort del lugar. René parecía disponer de todo el tiempo del mundo para embelesarse mirando a la joven de flexibles movimientos y dúctil expresión.

-¡René… este lugar es alucinante! -reconoció Celina.

-¿Te muestro el resto?

Asintió con una sonrisa que comenzó a resquebrajar los condicionamientos del hombre, y caminó detrás de él plenamente consciente de su poder. Recorrieron los demás ambientes decorados con igual gusto hasta llegar al dormitorio principal, espaciosa habitación en suite favorecida con los mismos balcones que la sala de estar. Se detuvieron a la entrada y ella adivinó en la mirada de René el violento deseo de llevarla a la cama. ¡Todavía no!, se resistieron los despojos de su raciocinio. Con un comentario tibio, se alejó del lugar para volver al salón principal. El enamorado la siguió estoicamente.

Celina siguió curioseando a su alrededor. En un estante vidriado descansaba un antiguo reproductor de discos de vinilo.

-¿Este giradiscos funciona? -preguntó.

-Perfectamente -dijo René, y se agachó para buscar algunos temas musicales.

Celina se acuclilló al lado rozando sin intención el cuerpo del sufrido varón, que dejó los sobres de los larga duración y se volvió hacia ella. Si no hubiera sonado el timbre, René habría sucumbido.

Se levantaron al unísono y el hombre respondió al llamado de León que junto con un mandadero le subía el pedido. Desde la puerta abierta el portero saludó a la muchacha que le respondió moviendo la mano. Cuando se fueron, René preguntó:

-¿Tenés hambre?

-Son las once…

-Y ¿qué? -él se rió y volvió a preguntar:- ¿Tenés hambre?

-¡Sí! -afirmó ella espantando a su yo estructurado.

Lo ayudó a trasladar los envoltorios a la cocina y René acomodó la vajilla para el almuerzo sobre la barra. Había encargado ensalada Waldorf, supremas al champiñón y un excelente vino cabernet. Comieron despaciosamente degustando el delicioso menú en medio de una charla placentera. Los relámpagos iluminaban sus rostros encandilados por el placer de la mutua compañía. René se regocijó más que con el helado, con la delectación con que Celina paladeó el suyo. Terminaron de almorzar y la joven lavó los platos mientras el hombre preparaba las copas de champaña y escogía varios discos. La voz armoniosa de Roberto Carlos volvió a repetirle que quería amanecer con ella. Se sentó en un diván y René le acercó la bebida para brindar. Se absorbieron con los ojos hasta que el hombre le quitó la copa de la mano y delicada pero firmemente la atrajo hacia él y la ciñó para bailar. La maniobra la tomó de sorpresa y se encontró al fin apretada contra el cuerpo masculino al que se abandonó lentamente. René la guiaba con habilidad y alzó los brazos que Celina apoyaba en su pecho para enlazarlos a su cuello. Los últimos vestigios de resistencia desaparecieron cuando ella resguardó su cara contra la garganta masculina que palpitaba al ritmo de un corazón desbocado por el deseo. La incipiente barba de René le raspaba sensualmente la mejilla mientras bajaba el rostro para besarla despaciosamente, recorriéndole los labios con la lengua, que se abrió paso hacia el interior de su boca. Celina respondió a la caricia con un ardor ignorado en los años que llevaba a cuestas y que ahora le explotaba en cada célula de su piel. Tomó conciencia de la transformación del cuerpo masculino al de un macho en celo cuando el órgano viril se hizo ostensible contra su vientre. La danza había terminado y René la besaba como si su boca fuera un manantial donde apagar la sed. Respirando pesadamente pronunció su nombre:

-¡Celina, mi amor…!

Por favor, por favor, no me preguntes nada, sólo llevame con vos.

Sin palabras, la levantó en brazos y no dejó de besarla hasta el dormitorio. La estabilizó cuidadosamente sobre el piso y comenzó a desnudarla. Celina estaba temblorosa por la excitación y cuando sólo quedó piel, el hombre la miró tan deslumbrado como la primera vez. Ella lo ayudó a desvestirse y quedaron frente a frente, sin tapujos, dos cuerpos y almas perfeccionados para la odisea del amor. Se acercaron y Celina se sintió inexplicablemente indefensa ante el formidable porte masculino, avivando la hoguera que se había encendido en su vientre. Se abrazaron estrechamente enajenándose con la textura y los detalles de sus formas. René la alzó para tenderla sobre la cama y se inclinó sobre ella para besarla y recorrer con sus manos cada vericueto del cuerpo soñado. La joven gimió de placer ante las caricias que dibujaban el verdadero mapa de su anatomía amorosa y no pudo evitar una exclamación cuando el hombre le deslizó gentilmente los dedos entre las piernas para ratificar el comienzo de la penetración. Las manos poderosas se deslizaron bajo sus glúteos y elevaron la pelvis al encuentro del miembro inflamado por el deseo que, de un impulso certero, se alojó en la sima de su deflagración. Gritó extasiada por la conquista mutua, sintiendo la profunda pulsación masculina dentro de su cuerpo. ¡Ya no hay retorno! pensó, transportada a los confines del paroxismo. René la inmovilizó rogándole que no se moviera mientras la besaba y derramaba palabras de amor desenfrenado, hasta que ella al límite de su resistencia, movió las caderas buscando la coronación de su voluptuosidad. El orgasmo la arrasó como la feroz tormenta que participaba con efectos especiales de su aprendizaje amoroso. Las irrefrenables contracciones de placer arrastraron la templanza de René para derramarse incontenible en el incendio interior de Celina. Después, embriagados, quedaron con los cuerpos unidos palmo a palmo saboreando la experiencia inédita de su amor.

1 comentarios:

Angelica dijo...

hola carmen,cuando vas a publicar el sig capitulo????? ya me dejaste en lo mas emocionante.
gracias