Sofía se despertó temprano con el pensamiento centrado en Celina. Quería tener noticias de su amiga y no se resignaba a la espera pasiva. La tormenta, que aún continuaba, ayer la había confinado al radio de su habitación porque no deseaba encontrarse con Diana. Había hablado con Susana y ya no tenía excusas para disculpar a Celina. Lo último que se le había ocurrido, y que sólo había preocupado a la madre, era que su amiga había quedado aislada en casa de Jeremías a causa del temporal y que el capataz carecía de medios de comunicación. Ya vería cómo salir de ese embuste, se dijo. Decidió bajar a desayunar, creyendo que había pocas posibilidades de toparse con la ex de René. Rayén la saludó con afecto:
-¿Durmió bien, señorita Sofía?
-Más o menos, Rayén. Pero me muero de hambre -respondió con una sonrisa.
-Siéntese que en seguida le sirvo -dijo la mujer.
La muchacha miró hacia el exterior y le pareció que el cielo estaba menos encapotado que el día anterior. Combinaba con su ánimo; taciturno de experiencias frustradas, de soledad agudizada, de autoestima disminuida. Rayén compareció con café, leche, buñuelos y pasteles frutados que le hicieron olvidar por un momento su desánimo. La retuvo familiarmente por un brazo:
-Rayén, ¿cuándo pensás que van a volver Celina y René?
-Pues no sé, señorita. Pero deben estar muy entretenidos -dijo la mujer risueñamente.
-¿Vos creés que René la quiere bien?
-¡Eso ni lo debe dudar! Nunca estuvo tan enamorado como de la señorita Celina. Ruego que ella lo quiera igual porque no hay hombre mejor -declaró con fervor.
-Eso tampoco lo dudes, Rayén… -dijo la muchacha, pensativa.
La aparición de Andrés cortó el diálogo. Besó a las mujeres y se aprestó a comer.
-¿Cómo es que madrugaste tanto? -preguntó Sofía sonriendo.
-¡Porque el abuelo prometió llevarme a la Gran Caverna con ustedes! -desembuchó tratando de sorprenderla.
-¡Ay, pero el tiempo está muy feo!
-No importa. Vamos todos en la camioneta y en la caverna no llueve -replicó con lógica.
Sofía pensó que las cosas se complicarían si la pareja no daba señales de vida. ¿Cuánto disfruté en estos días?... Nada. Mentira. Fuimos al lago Tig, paseamos por la estancia, nos divertimos en el arroyo, participé de un homenaje y de una búsqueda, me vi cara a cara con el hombre de mis sueños recurrentes… ¡Pero en mi vida no cambió nada!
-¡Buen día! -el saludo de Walter la rescató de su cavilación.
-¡Buen día! ¿Y Diana? -preguntó por cortesía.
-Quedó descansando. Le dolía mucho la cabeza -dijo mientras se sentaba.
Lo que le duele es la desaparición de los amantes, sus recuerdos, y lo que imagina. El impiadoso juicio no le provocó arrepentimiento. Walter se interesó:
-¿Se sabe algo de René y… eh… Celina?
-Aún no. Pero René debe cumplir una promesa a su nieto -le contestó, incautando la confidencia del niño.
-¡Sí, abuelo! Hoy vamos a ir a la Gran Caverna -Andrés se sentía importante.
-¡Ah…! -dejó escapar Walter, sin comprometerse.
Camila hizo su entrada saludando a todos con amabilidad. Sofía sentía un real aprecio por la mujer de Sergio, siempre sencilla y afable. No era muy locuaz y en sus ojos se adivinaba una oculta tristeza, pero relucían con amor cuando miraban a su esposo y a su hijo.
La lluvia volvió a descargarse torrencialmente. Todos miraron hacia fuera con el mismo sentimiento de claustrofobia. Walter sugirió instalarse en la sala para jugar a los naipes, propuesta que fue aceptada con entusiasmo por Andrés, con cortesía por Camila y con resignación por Sofía. A pesar de sus reparos, pasaron una hora entretenida hasta que Rayén, resplandeciente, vino a comunicarles que “el señor René llamó y dijo que van a venir a almorzar” dando por sobrentendido con quién. Andrés aplaudió y Sofía recuperó el humor. Celina podría explicarle a su madre el retraso en la comunicación y ella, viéndola, constataría el estado de gracia de su amiga. Abandonaron el juego y mientras los varones guardaban las cartas, las mujeres se acomodaron en los sillones.
-¿Estás preocupada por tu amiga? -preguntó Camila, intuitiva.
-Un poco -Sofía hizo un gesto desorientado.
-Quedate tranquila. Está con un buen hombre que la quiere bien -le apretó cariñosamente el brazo.
-¡Ya lo sé! Pero hemos vivido cosas tan inesperadas… Es… como subirse a un avión para ir a Europa y terminar en un cohete a
Camila sonrió e insistió en contenerla:
-Tal vez no creas en el destino, pero nuestra reacción ante cualquier suceso determina un resultado. ¿No te parece?
-Sí y sí. Creo en el destino y en lo segundo. Mil veces me cuestioné adónde estaríamos si Celina no se hubiera bajado del ómnibus… ¡No, esa hipótesis es impensable! Ella no hubiera actuado de otra forma.
-¡Así es! Era un resultado previsto porque estaba contemplada su reacción. Y el resultado era que conociera a René, porque de otra manera nunca se hubieran encontrado.
-¿No es una abstracción demasiado imaginativa? ¿Quién querría que ellos se conocieran?
-No lo sé. Pero creo que ningún acontecimiento es casual. Yo sentí que eran dos personas destinadas a estar juntas.
Unos escandalosos ladridos interrumpieron la charla. Ronco parecía haber enloquecido al divisar el auto de René. Esperó agazapado a que bajara del coche y se precipitó sobre el hombre antes de que pudiera abrir la puerta de Celina. René lo acarició con afecto y lo amenazó para que no volteara ni embarrara a su muchacha. El perro obedeció a su manera. Apenas se abrió la portezuela se zambulló encima de la alborozada joven y le barrió la cara a lengüetazos. Su amo exhaló el principio de una orden que no llegó a completar, porque el avispado animal interpretó el tono y abandonó el regazo de Celina a la carrera. René la rescató del asiento enlodada y muerta de risa; le sacudió la ropa, le limpió el rostro con delicadeza y le estampó un beso en la boca sin disimular. Abrazados y felices ingresaron a la casa antes de que Sergio y don Arturo hicieran el paréntesis del medio día. La expresión de ambos obviaba cualquier presunción. Celina, radiante, saludó con alegría a los presentes. Rayén la estrujó hasta quitarle el aliento y ella demoró el abrazo con su amiga. Sofía observó el porte suavemente orgulloso de Celina ante la callada curiosidad de la familia y supo con certeza de que era una mujer amada.
-¿A qué se debe tanto alboroto? -la voz de Diana, que se incorporaba al grupo, sonó exóticamente alegre.
Celina se volvió para saludarla y la mujer, después de responder con un gesto, escudriñó a René. Lo que vio le provocó un turbulento resentimiento hacia la joven, a quien responsabilizó de la destrucción de lo que suponía un mundo inexpugnable. La llegada de Sergio y don Arturo desvió la atención de los que estaban reunidos. Don Arturo le abrió los brazos a Celina que corrió hacia el viejo mestizo para que la estrechara cariñosamente. El abuelo de René le puso un beso en la frente y la separó sosteniéndola por los hombros. La miró concienzudamente y le dijo:
-Mi nieto ha sido recompensado por los dioses.
Celina se sonrojó como no lo había hecho en el escrutinio anterior. Las palabras de don Arturo la llenaban de regocijo como si la aceptación del hombre refrendara su derecho al amor. El abuelo se acercó al nieto para abrazarlo, observarlo y decirle:
-En tus manos, kona, está la responsabilidad de cuidar este presente.
-Con mi vida, laku1 -afirmó René.
-¡Bueno, bueno! -dijo Sergio rompiendo la solemnidad del momento- ¿Cuándo tendré el placer de llamarte mamá? -tomó a Celina de los hombros y la besó en la mejilla.
Otra vez se le arreboló la cara. René acudió en su auxilio:
-Muchacho impaciente, todavía no lo hemos hablado -y la estrechó contra su flanco.
-¿Yo tendré que llamarte abuela? Me gusta más Celina –intervino Andrés decepcionado.
-¿Por qué no vamos a comer? –insinuó Walter al grupo.
La propuesta fue aceptada al instante. Se acomodaron alrededor de la mesa mientras Rayén miraba aprobadoramente a los asistentes. Parecían una gran familia y salvo excepciones, se veían felices.
Diana se había mantenido callada desde que llegó la pareja. Se sentó al lado de Camila y enfrente de Sergio para estar atenta al semblante de su hijo. En este momento le preocupaba más el sufrimiento filial que la propia decepción. Si su muchacho penaba, lo escondía muy bien. Estaba sentado enfrente de los enamorados y charlaba con ellos mostrándose tan encantador como acostumbraba para enmascarar su verdadero estado de ánimo. Diana alguna vez quiso alejarse de la estancia y tal vez de René, pero nunca de su hijo. La superó la responsabilidad de ser madre y esposa adolescente en un lugar que nunca sintió propio. No por su joven marido, ni siquiera por el abuelo, ni por los servidores. El entorno la excluía como ella rechazaba los encierros de los largos días de invierno, el silencio atronador de la soledad, la inexperiencia de fortificarse en su mundo interior. Cuando volvió a ver a Sergio, descubrió que el chiquillo tapaba sus carencias con una cobertura de despreocupada aceptación. Naturalizó los siete años de ausencia materna, la reaparición con su nueva pareja, el triángulo de abuelos y hasta su relación con Camila por el temprano embarazo de su mujer. El advenimiento de un hijo representaba para Sergio la evidencia de que estaba enamorado. ¿La presencia de Celina habría traspasado el escudo impenetrable de su hijo? ¿Y con qué consecuencias? Conociéndolo, sabía que Sergio nunca competiría con su adorado padre y se envolvería en una insensible fantasía que le permitiría sobrevivir cada día.
-¡Abuelo! ¿Vamos a ir a la Gran Caverna? -quiso asegurarse Andrés.
-Después de la siesta.
A Celina se le erizó el vello de todo el cuerpo imaginando una siesta con René. Se preguntó si estaba preparada para afrontar la convivencia con él. ¿Desde cuándo estos planteos la inquietaban? Desde que no quiero despertar un día más sin verlo, sin que me bese, sin que me abrace, sin que me haga el amor, admitió sin dudar. La mano de René apretó la suya como si hubiera penetrado en su mente y se reconociera en el mismo deseo. Para cuando llegó el fin del almuerzo, Sergio y don Arturo retomaron sus ocupaciones, Diana y Walter se retiraron a descansar, Camila se llevó a rastras a Andrés, y Celina, leyendo una súplica en la mirada de Sofía, habló quedamente con René que, por quererla tanto, se resignó a transitar la siesta sin ella.
1 (mapuche) abuelo

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