domingo 2 de noviembre de 2008

POR SIEMPRE XXVII

Las amigas subieron a su habitación dejando atrás a René que se acostó solo, ilusionado con la noche venidera. Sofía nunca terminaba de asombrarse por la clarividencia de Celina que, sin un pedido expreso, había comprendido su estado de orfandad. Por un momento se sintió culpable ante René, pero se absolvió pensando que él ya tendría tiempo de disfrutarla. Tras la puerta cerrada, quedaron a solas en el cuarto. Se estudiaron para reconocerse, dos almas complejas que hasta ahora habían peregrinado por experiencias amorosas comparables. Sofía tomó conciencia del cambio operado en su compañera al haber transitado por un paraje todavía fuera de su alcance. Celina se juró sofocar cualquier muestra de entusiasmo para no herir a su alicaída amiga.

-Y bien, ¿cómo te fue? -la pregunta rezumaba urgencia.

-Bien, bien… -contestó la interpelada parcamente.

Sofía abrió desmesuradamente los ojos celestes y la miró escandalizada.

-¡Vamos, vamos! ¿A quién creés que engañás? Parece que en vez de amor te hubieran dado un laxante…

Celina la miró contrita y abrió la boca para responder, pero su amiga se anticipó:

-¡Cel! No te mortifiques por mí, que cuando me enamore viajaré desde la China para compartirlo con vos. No seas egoísta y contame todo lo que puedas… -rogó graciosamente.

Celina respiró con alivio y se reprochó haber menospreciado a su querida amiga quien, para su tranquilidad, desplegaba el sarcasmo de siempre. Se cruzó de brazos e inclinó graciosamente la cabeza en ese gesto personal de cuando no sabía por donde empezar.

-A ver…

-Te la voy a hacer fácil. Respondé a mis preguntas -propuso Sofía, y luego, al ver la expresión cuidadosa de su amiga:- Las que quieras y como quieras, mujer desconfiada.

Celina la abrazó riendo y la llevó hacia los cómodos sillones contiguos al balcón. Miró la lluvia que tantos recuerdos le traía y la instó con humor:

-¡Adelante! Estoy preparada.

-¿Cuántas veces te…? -largó una carcajada y se enmendó -¡No, no, Cel! Ahora va en serio. ¿Cómo te convenció para llevarte con él?

-No necesitó hacer ningún esfuerzo. Parecía tan natural su propuesta…

-¿Qué te propuso…?

-Cuidarme. Y no me sonó presumido.

-Es todo un cambio para quien se pasó protegiendo a su padre, a su madre, y hasta a su amiga -observó Sofía con cariño.

-Bueno, me afloró la veta de debilidad femenina que tanto censuré, y me puse en sus manos.

-¿Literalmente? -preguntó su amiga con picardía.

Celina sonrió como la Mona Lisa y no respondió. Sofía volvió a la carga:

-¿Cómo es el departamento?

-Hermoso y amplio, decorado con buen gusto, con una vista espectacular -resumió su amiga.

-¿Cuándo se acostaron? -le preguntó sin rodeos.

-Después de almorzar -fue la escueta respuesta.

Sofía quería más detalles. Se devanó los sesos para desmenuzar la pregunta:

-¿Se dieron tiempo para comer?

-Y para recorrer la casa, para charlar, para brindar, para bailar… -el resto lo dejó en suspenso.

-¿Qué es estar enamorada?

-Sentir que una descubrió la esencia del amor -definió después de una pausa.

-¡Ay, Cel! ¿Lograste llegar a esa revelación? -preguntó Sofía deslumbrada.

-¡Sí! Y vos también lo sentirás el día que te enamores. Como todos los amantes -certificó en forma categórica.

Se miraron magnetizadas. A Sofía le quedaba una última pregunta basada en la definición que ambas habían compuesto de la relación sexual.

-¿El sexo es sólo una sensación genital? -la pregunta quedó picando en la memoria colectiva del dúo.

Celina se mordió el pulgar y buscó palabras para transmitir a la amiga su nueva concepción de la relación sexual:

-El sexo es piel, sangre, extremidades, los cuatro sentidos, corazón, terminaciones nerviosas, genitales, músculos, instinto, y huesos para sostener el cuerpo de tu amante –terminó sin aliento.

Sofía respondió al arrebato apasionado con un palmoteo:

-¡Quién te ha visto y quién te ve! –exclamó con aspaviento, y agregó:- Nuestro caduco enunciado no fue tan elocuente…

Celina se aflojó con una carcajada y citó:

-“El acto sexual es una sensación genital que depende de la templanza del macho”. Minúsculo depósito, ¿no?

-Creo que tendré que reconsiderarlo para el futuro –asintió Sofía juiciosamente.

Su amiga se desperezó y ahogó un bostezo.

-¿Qué tal si descansamos un poco? –consultó.

-¡Ah! Cierto que un hombre que me debe detestar nos llevará de paseo –recordó Sofía.

-Por cierto que nunca te lo demostrará, ridícula –le contestó Celina entre risas.

-¡Cel, llamala a tu vieja porque en cualquier momento se aparece! ¡Ah! y decile que recién pudiste salir del la casa inundada de Jeremías…

La joven le lanzó una mirada interrogante.

-Fue lo único que se me ocurrió. No podía decirle que todavía andabas corriendo por el campo…

-Podrías haberle dicho que me había ido con René… -simplificó con una sonrisa.

-Le dije lo que le habría dicho a mi progenitor, así que hablale y arreglá el lío -refunfuñó su amiga.

Celina se acomodó junto al teléfono y llamó a su mamá. La charla fue cariñosa y la instó a que fuera más paciente y se quedara tranquila. Cuando colgó, la empujó a Sofía aparatosamente para despegarla del costado al cual se había adherido grotescamente mientras se comunicaba con su madre. Se acostaron con la alegría de haberse reencontrado entre la felicidad de la una y la esperanza de la otra. A las cuatro de la tarde Rayén las despertó para que se alistaran y merendaran antes de la excursión. Abajo se encontraron con Andrés, Walter y Camila que formarían parte de la expedición. El médico aclaró que Diana no gustaba salir con tiempo tormentoso.

-El señor René fue a buscar la camioneta –le informó Rayén a Celina.

Asintió con una sonrisa que se amplió cuando lo vio entrar. El hombre saludó y se dirigió directamente hacia ella para besarla. Comieron rápidamente y salieron bajo la lluvia porque el abuelo quería cumplir la promesa que le había hecho al nieto. El jovencito viajó adelante con Celina y los demás se acomodaron en la parte de atrás del espacioso vehículo. El trayecto duró casi una hora por una carretera resbaladiza por las continuas precipitaciones. Cuando llegaron a destino, René pagó las entradas y saludó familiarmente al guía, inconfundiblemente mapuche. Mahún había trabajado varios años en la estancia y ahora guiaba a los excursionistas. El estanciero le presentó a Celina como su futura esposa y a Sofía como la mejor amiga de Celina. A causa del día, fueron los únicos visitantes de la Gran Caverna. Salvo Mahún y René, nadie la conocía. Ingresaron por una abertura de tamaño medio que conectaba con un túnel donde comenzaba un entablado con barandas a cada lado, iluminado regularmente por lámparas colocadas a los costados del camino. La gruta iba haciéndose más espaciosa a medida que se internaban en las galerías interconectadas, donde el agua de lluvia que se filtraba arrastrando carbonatos y silicatos, generaba, al solidificarse, estalactitas y estalagmitas que formaban figuras cada vez más complejas. La sensación de vagabundear por un paisaje ajeno a la tierra se hacía tan evidente como el sentido de religiosidad que sobrevenía al sumergirse en ese oscuro y milenario mundo sólo alumbrado por las luces artificiales de los hombres. Celina se estremeció al pensar que pasaría si las lámparas se apagaran y se perdieran en ese mundo subterráneo. Me moriría haciendo el amor con René, se consoló. La presencia del hombre a su lado, hablándola, sosteniéndola, deslizando palabras amorosas en su oído, besándola y acariciándola con la complicidad de las sombras, era más concreta que la misma muerte. Lo deseó con la misma violencia que amaba la vida y se asustó de sus sentimientos. Él, como sintonizando su estado de ánimo, la arrastró detrás de una formación rocosa para apretarla contra su cuerpo y besarla hasta que todo se serenó. Volvieron con el grupo esforzándose por recuperar el aliento y la moderación. El camino explorado y señalado se extendía por tres kilómetros, a cuyo final no llegaron porque la cuidadosa caminata llevaba más de dos horas y habría que sumar otras tantas para regresar. El retorno los volvió a maravillar al observar desde otro ángulo las esculturas del tiempo. Los comentarios se hacían en voz baja como si nadie deseara interrumpir la majestad del lugar. La lluvia seguía azotando el agreste paraje y se refugiaron en el comedor local que abrió para atenderlos. René invitó a Mahún a compartir la cena y pasaron uno de los momentos más placenteros que recordaba Sofía. El guía era un hombre corpulento de rostro poco expresivo que cobraba vida en las pocas ocasiones que sonreía. Lo que soslayaba el poco atractivo de sus facciones eran su erudición y su pasión por las costumbres de su pueblo tan compenetrado con la naturaleza. Las amigas no se asombraron cuando René les contó que Mahún cursaba la carrera de espeleología y que había sido el principal explorador de la Gran Caverna, pero sí cuando les dijo que tenía veintiocho años porque ellas lo habían aquilatado como un hombre de casi cuarenta. La comida se prolongó hasta la medianoche en medio de una animada conversación donde Mahún y René le relataron a una interesada audiencia pormenores de costumbres y lugares que despertaron los más variados y, a veces, graciosos comentarios. El guía se dirigía generalmente a Celina y a Camila y nunca a Sofía, entre las mujeres. Con los hombres no hacía ninguna discriminación. Se rieron de varias observaciones que hizo Andrés y cuando se separaron Mahún prometió visitarlos en la estancia.

-Esta vez Mahún cumplirá su palabra -dijo René cuando emprendieron el regreso.

-¿Por Celina? -se le escapó a Sofía.

-¿Qué? Lo mataría -soltó el estanciero con aplomo, y agregó:- Por vos. Te echó el ojo y no va a renunciar fácilmente.

-¡Pero si no me dirigió la palabra! -protestó la joven con asombro.

-Es una estrategia para forzar tu atención -aclaró René.

-¡Que tontería! -dijo Sofía incrédula.

-¿Te fijaste o no en su proceder, aunque te haya molestado? -insistió el hombre.

-Sólo porque me pareció desconsiderado -confesó con fastidio, y concluyó:- No veo que sea la manera más propicia de iniciar una relación. Si me disculpás, me muero de sueño.

-Que descanses, Sofía -respondió el estanciero con cordialidad.

Celina, que había seguido el diálogo luchando contra el sopor, se adormeció sobre René como Andrés lo había hecho sobre ella. Atrás, las mujeres se apuntalaron mutuamente, al tiempo que Walter se obligó a estar despabilado para disertar con René acerca del acompañamiento de los durmientes. Cuando se acomodaron en los dormitorios daban las dos de la mañana. René cerró la puerta y sin encender la luz abrazó a Celina hasta incrustarla contra su ávido cuerpo. Ella tembló de excitación y se desmadejó en los brazos del hombre que la alzaron para llevarla a la cama. Se desnudaron confesándose la necesidad mutua, la pasión inagotable, el nuevo sentido de la existencia. Sus cuerpos se confundieron en el cenit del deseo recíproco hasta alcanzar la culminación del placer que los disolvió como el sol a la escarcha. Se durmieron abrazados hasta la mañana, cuando René, esperanzado, le propuso matrimonio.

-No es necesario, querido. Prefiero seguir así.

-Celina, yo te amo y necesito compartir lo que siento con todos. Con mi familia, con la tuya, con mis hombres, con tus amigos…

-¿Podemos hablar de esto en otro momento? -murmuró acongojada.

René la estrechó contra él y le acarició el rostro con ternura, mientras le preguntaba:

-¿Qué te causa miedo, mi amor? ¿Es que no estás segura de tus sentimientos? -la mirada afligida del hombre la hizo llorar. Hundió la cara en su pecho y lo inundó de lágrimas conmovidas mientras él trataba de consolarla totalmente ajeno a su reacción. Cuando pudo hablar, le dijo entre sollozos:

-¡Es que no quiero que tu familia piense que me interesan tus bienes! -y volvió a ocultar su rostro ardido contra el cuerpo amado.

René trató de levantarle la cabeza pero ella se resistió:

-¡No me mires, que estoy horrible! -pidió consentida.

El hombre se rió y la separó de su cuerpo que ya estaba mostrando los efectos del juego amoroso. Le levantó la barbilla y la miró cautivado mientras le decía:

-Estás para comerte. ¿Y de dónde nace esa idea extravagante sobre mi familia…?

-Lo pensé yo sola -balbuceó.

El beso la despojó de toda resistencia. René, amoroso, le preguntó:

-¿Y si tuviéramos un hijo, le negarías el apellido del padre?

Celina lo observó con los ojos entrecerrados. Un hijo nuestro, pensó, y le sonó excelso. Para no ceder enseguida, se encogió levemente de hombros. René la estrechó y le dijo sobre su boca:

-¿Probamos…?

Ella no se intimidó. Abrazó al hombre que había iluminado su vida y enlazó las piernas alrededor de su cadera.

8 comentarios:

DELIA dijo...

Hola Carmen, sabes cuando empecé a leer la novela no pare asta terminar el capitulo XXVII del mes de Noviembre y estoy esperando lo de mas con muchas ansias de leerlo y saber que pasara con los personajes. Bueno gracias por deléitanos con tus novelas que son muy interesantes, gracias tu admiradora
Delia

Carmen dijo...

Gracias, Delia. ¡No sabes cuán importante es para mí tu comentario! Porque a veces una no sabe, sino a través de ellos, si el blog es visitado o si ha llegado el momento de ahorrar espacio en la web y cerrarlo. Nos seguimos viendo.

MARICELA dijo...

HOLA CARMEN,SIEMPRE ME DEJAS TAN EMOCIONADA QUE ANSIO EL SIG CAPITULO YA, MUCHAS GRACIAS POR ASER QUE ME TRANPORTE A OTRO MUNDO GRACIAS A TUS NOVELAS.

Carmen dijo...

Gracias, Maricela, por tus comentarios y por siempre estar.

blanca dijo...

Hola, es la pimera vez que entro a tu pagina y esta padrisima, es mas ya me voy a sentar a leer tmb las otras novelas. me la recomendaron y que bueno que segui la recomendacion.

Carmen dijo...

Blanca, es un placer tenerte como lectora y yo también me alegro que siguieras la recomendación. Un abrazo.

Anónimo dijo...

Hola Carmen,

soy una fiel lectora de tus novelas, descubrí la de ¿Dónde está Rita? en el breve espacio y desde el año pasado y las he leído todas, espero que ya no nos dejes tanto tiempo esperando los capítulos... Te felicito... eres una excelente escritora. Me imagino que la futura novela que nos estás anunciando será igual que las que nos has publicado, misma que estaremos esperando con ansia para leerla.

Un abrazo afectuoso.

C

Carmen dijo...

¡Gracias! Espero que la que viene no te decepcione. Cariños.