domingo 28 de septiembre de 2008

POR SIEMPRE - XXVI

Sofía se despertó temprano con el pensamiento centrado en Celina. Quería tener noticias de su amiga y no se resignaba a la espera pasiva. La tormenta, que aún continuaba, ayer la había confinado al radio de su habitación porque no deseaba encontrarse con Diana. Había hablado con Susana y ya no tenía excusas para disculpar a Celina. Lo último que se le había ocurrido, y que sólo había preocupado a la madre, era que su amiga había quedado aislada en casa de Jeremías a causa del temporal y que el capataz carecía de medios de comunicación. Ya vería cómo salir de ese embuste, se dijo. Decidió bajar a desayunar, creyendo que había pocas posibilidades de toparse con la ex de René. Rayén la saludó con afecto:

-¿Durmió bien, señorita Sofía?

-Más o menos, Rayén. Pero me muero de hambre -respondió con una sonrisa.

-Siéntese que en seguida le sirvo -dijo la mujer.

La muchacha miró hacia el exterior y le pareció que el cielo estaba menos encapotado que el día anterior. Combinaba con su ánimo; taciturno de experiencias frustradas, de soledad agudizada, de autoestima disminuida. Rayén compareció con café, leche, buñuelos y pasteles frutados que le hicieron olvidar por un momento su desánimo. La retuvo familiarmente por un brazo:

-Rayén, ¿cuándo pensás que van a volver Celina y René?

-Pues no sé, señorita. Pero deben estar muy entretenidos -dijo la mujer risueñamente.

-¿Vos creés que René la quiere bien?

-¡Eso ni lo debe dudar! Nunca estuvo tan enamorado como de la señorita Celina. Ruego que ella lo quiera igual porque no hay hombre mejor -declaró con fervor.

-Eso tampoco lo dudes, Rayén… -dijo la muchacha, pensativa.

La aparición de Andrés cortó el diálogo. Besó a las mujeres y se aprestó a comer.

-¿Cómo es que madrugaste tanto? -preguntó Sofía sonriendo.

-¡Porque el abuelo prometió llevarme a la Gran Caverna con ustedes! -desembuchó tratando de sorprenderla.

-¡Ay, pero el tiempo está muy feo!

-No importa. Vamos todos en la camioneta y en la caverna no llueve -replicó con lógica.

Sofía pensó que las cosas se complicarían si la pareja no daba señales de vida. ¿Cuánto disfruté en estos días?... Nada. Mentira. Fuimos al lago Tig, paseamos por la estancia, nos divertimos en el arroyo, participé de un homenaje y de una búsqueda, me vi cara a cara con el hombre de mis sueños recurrentes… ¡Pero en mi vida no cambió nada!

-¡Buen día! -el saludo de Walter la rescató de su cavilación.

-¡Buen día! ¿Y Diana? -preguntó por cortesía.

-Quedó descansando. Le dolía mucho la cabeza -dijo mientras se sentaba.

Lo que le duele es la desaparición de los amantes, sus recuerdos, y lo que imagina. El impiadoso juicio no le provocó arrepentimiento. Walter se interesó:

-¿Se sabe algo de René y… eh… Celina?

-Aún no. Pero René debe cumplir una promesa a su nieto -le contestó, incautando la confidencia del niño.

-¡Sí, abuelo! Hoy vamos a ir a la Gran Caverna -Andrés se sentía importante.

-¡Ah…! -dejó escapar Walter, sin comprometerse.

Camila hizo su entrada saludando a todos con amabilidad. Sofía sentía un real aprecio por la mujer de Sergio, siempre sencilla y afable. No era muy locuaz y en sus ojos se adivinaba una oculta tristeza, pero relucían con amor cuando miraban a su esposo y a su hijo.

La lluvia volvió a descargarse torrencialmente. Todos miraron hacia fuera con el mismo sentimiento de claustrofobia. Walter sugirió instalarse en la sala para jugar a los naipes, propuesta que fue aceptada con entusiasmo por Andrés, con cortesía por Camila y con resignación por Sofía. A pesar de sus reparos, pasaron una hora entretenida hasta que Rayén, resplandeciente, vino a comunicarles que “el señor René llamó y dijo que van a venir a almorzar” dando por sobrentendido con quién. Andrés aplaudió y Sofía recuperó el humor. Celina podría explicarle a su madre el retraso en la comunicación y ella, viéndola, constataría el estado de gracia de su amiga. Abandonaron el juego y mientras los varones guardaban las cartas, las mujeres se acomodaron en los sillones.

-¿Estás preocupada por tu amiga? -preguntó Camila, intuitiva.

-Un poco -Sofía hizo un gesto desorientado.

-Quedate tranquila. Está con un buen hombre que la quiere bien -le apretó cariñosamente el brazo.

-¡Ya lo sé! Pero hemos vivido cosas tan inesperadas… Es… como subirse a un avión para ir a Europa y terminar en un cohete a la Luna.

Camila sonrió e insistió en contenerla:

-Tal vez no creas en el destino, pero nuestra reacción ante cualquier suceso determina un resultado. ¿No te parece?

-Sí y sí. Creo en el destino y en lo segundo. Mil veces me cuestioné adónde estaríamos si Celina no se hubiera bajado del ómnibus… ¡No, esa hipótesis es impensable! Ella no hubiera actuado de otra forma.

-¡Así es! Era un resultado previsto porque estaba contemplada su reacción. Y el resultado era que conociera a René, porque de otra manera nunca se hubieran encontrado.

-¿No es una abstracción demasiado imaginativa? ¿Quién querría que ellos se conocieran?

-No lo sé. Pero creo que ningún acontecimiento es casual. Yo sentí que eran dos personas destinadas a estar juntas.

Unos escandalosos ladridos interrumpieron la charla. Ronco parecía haber enloquecido al divisar el auto de René. Esperó agazapado a que bajara del coche y se precipitó sobre el hombre antes de que pudiera abrir la puerta de Celina. René lo acarició con afecto y lo amenazó para que no volteara ni embarrara a su muchacha. El perro obedeció a su manera. Apenas se abrió la portezuela se zambulló encima de la alborozada joven y le barrió la cara a lengüetazos. Su amo exhaló el principio de una orden que no llegó a completar, porque el avispado animal interpretó el tono y abandonó el regazo de Celina a la carrera. René la rescató del asiento enlodada y muerta de risa; le sacudió la ropa, le limpió el rostro con delicadeza y le estampó un beso en la boca sin disimular. Abrazados y felices ingresaron a la casa antes de que Sergio y don Arturo hicieran el paréntesis del medio día. La expresión de ambos obviaba cualquier presunción. Celina, radiante, saludó con alegría a los presentes. Rayén la estrujó hasta quitarle el aliento y ella demoró el abrazo con su amiga. Sofía observó el porte suavemente orgulloso de Celina ante la callada curiosidad de la familia y supo con certeza de que era una mujer amada.

-¿A qué se debe tanto alboroto? -la voz de Diana, que se incorporaba al grupo, sonó exóticamente alegre.

Celina se volvió para saludarla y la mujer, después de responder con un gesto, escudriñó a René. Lo que vio le provocó un turbulento resentimiento hacia la joven, a quien responsabilizó de la destrucción de lo que suponía un mundo inexpugnable. La llegada de Sergio y don Arturo desvió la atención de los que estaban reunidos. Don Arturo le abrió los brazos a Celina que corrió hacia el viejo mestizo para que la estrechara cariñosamente. El abuelo de René le puso un beso en la frente y la separó sosteniéndola por los hombros. La miró concienzudamente y le dijo:

-Mi nieto ha sido recompensado por los dioses.

Celina se sonrojó como no lo había hecho en el escrutinio anterior. Las palabras de don Arturo la llenaban de regocijo como si la aceptación del hombre refrendara su derecho al amor. El abuelo se acercó al nieto para abrazarlo, observarlo y decirle:

-En tus manos, kona, está la responsabilidad de cuidar este presente.

-Con mi vida, laku1 -afirmó René.

-¡Bueno, bueno! -dijo Sergio rompiendo la solemnidad del momento- ¿Cuándo tendré el placer de llamarte mamá? -tomó a Celina de los hombros y la besó en la mejilla.

Otra vez se le arreboló la cara. René acudió en su auxilio:

-Muchacho impaciente, todavía no lo hemos hablado -y la estrechó contra su flanco.

-¿Yo tendré que llamarte abuela? Me gusta más Celina –intervino Andrés decepcionado.

-¿Por qué no vamos a comer? –insinuó Walter al grupo.

La propuesta fue aceptada al instante. Se acomodaron alrededor de la mesa mientras Rayén miraba aprobadoramente a los asistentes. Parecían una gran familia y salvo excepciones, se veían felices.

Diana se había mantenido callada desde que llegó la pareja. Se sentó al lado de Camila y enfrente de Sergio para estar atenta al semblante de su hijo. En este momento le preocupaba más el sufrimiento filial que la propia decepción. Si su muchacho penaba, lo escondía muy bien. Estaba sentado enfrente de los enamorados y charlaba con ellos mostrándose tan encantador como acostumbraba para enmascarar su verdadero estado de ánimo. Diana alguna vez quiso alejarse de la estancia y tal vez de René, pero nunca de su hijo. La superó la responsabilidad de ser madre y esposa adolescente en un lugar que nunca sintió propio. No por su joven marido, ni siquiera por el abuelo, ni por los servidores. El entorno la excluía como ella rechazaba los encierros de los largos días de invierno, el silencio atronador de la soledad, la inexperiencia de fortificarse en su mundo interior. Cuando volvió a ver a Sergio, descubrió que el chiquillo tapaba sus carencias con una cobertura de despreocupada aceptación. Naturalizó los siete años de ausencia materna, la reaparición con su nueva pareja, el triángulo de abuelos y hasta su relación con Camila por el temprano embarazo de su mujer. El advenimiento de un hijo representaba para Sergio la evidencia de que estaba enamorado. ¿La presencia de Celina habría traspasado el escudo impenetrable de su hijo? ¿Y con qué consecuencias? Conociéndolo, sabía que Sergio nunca competiría con su adorado padre y se envolvería en una insensible fantasía que le permitiría sobrevivir cada día.

-¡Abuelo! ¿Vamos a ir a la Gran Caverna? -quiso asegurarse Andrés.

-Después de la siesta.

A Celina se le erizó el vello de todo el cuerpo imaginando una siesta con René. Se preguntó si estaba preparada para afrontar la convivencia con él. ¿Desde cuándo estos planteos la inquietaban? Desde que no quiero despertar un día más sin verlo, sin que me bese, sin que me abrace, sin que me haga el amor, admitió sin dudar. La mano de René apretó la suya como si hubiera penetrado en su mente y se reconociera en el mismo deseo. Para cuando llegó el fin del almuerzo, Sergio y don Arturo retomaron sus ocupaciones, Diana y Walter se retiraron a descansar, Camila se llevó a rastras a Andrés, y Celina, leyendo una súplica en la mirada de Sofía, habló quedamente con René que, por quererla tanto, se resignó a transitar la siesta sin ella.


1
(mapuche) abuelo

domingo 7 de septiembre de 2008

POR SIEMPRE - XXV

El cielo oscuro imitaba la noche engañando a las luces automáticas que se encendieron en todas las calles de la ciudad. René pensó que era un día perfecto para amar. Borró la idea de un plumazo porque no dependía de su deseo sino de la hermosa pasajera que se adormecía sobre su hombro. Se detuvo en la entrada de la cochera para activar el portón automático y estacionó el auto en el subsuelo. Cuando el coche paró, Celina se movió y abrió los ojos. Se encontró con la mirada tierna de un paciente René que se deleitaba observándola.

-¿Ya llegamos? -logró articular.

-Casi. Debemos pasar por la entrada para registrarnos ante León.

-Esto parece un destacamento militar -rezongó la joven.

-Son reglas de convivencia que conviene respetar para no discutir con los otros propietarios -reconoció él con resignación, y resumió:- Será un trámite rápido. Además el portero debe conocerte para que puedas moverte con libertad.

Celina se encogió de hombros. No le agradaban las apreciaciones de un desconocido acerca de su vida personal, pero podría soportarlo. Subieron al ascensor evitando acercarse demasiado como si intuyeran que la energía que los rodeaba provocaría un cortocircuito al mínimo contacto. Desembocaron en el palier adonde estaba apostado un hombre maduro de aspecto bonachón.

-¡Señor Valdivia! -exclamó con alegría en cuanto lo divisó.

René le estrechó la mano y se volvió hacia su compañera.

-León, te presento a Celina, mi futura esposa.

La muchacha contuvo un gesto de sorpresa. Estiró la mano que se perdió en la del portero.

-¡Señorita Celina…! Lamento haberme perdido el homenaje, pero estaba por concurrir a la estancia para presentarle mis respetos -aseguró León, y aclaró:- También mi nieto fue uno de los afortunados.

Ella sonrió medio avergonzada. Todavía no se acostumbraba a tantos elogios y menos en esa circunstancia inquietante.

-¿Tuvo un accidente? -preguntó el hombre al observar el vendaje que rodeaba su cabeza.

-No es nada -le respondió- una lesión sin importancia.

René firmó el libro que le presentó el empleado, y luego le pidió:

-¿Me ordenarías el menú número cinco del hotel más una botella de champaña y un kilo de helado? –le dirigió una mirada traviesa a Celina.

-Inmediatamente, señor. Se lo alcanzaré apenas lo traigan.

-Gracias, León. ¡Ah! Será conveniente que no trascienda que estamos acá.

-Cuente conmigo. Nadie lo molestará- le contestó, haciéndose cargo.

René precedió a Celina hasta el ascensor y ella se acomodó de espaldas al espejo, correspondiendo a la sonrisa de León hasta que la puerta se cerró. Se sentía extrañamente vulnerable porque sus sentidos la empujaban hacia los brazos del hombre que había impuesto una condición para tenerla. ¿Tenerme? Ella detestaba la connotación discriminatoria del término como si la relación sexual fuera unívoca y el rédito para los machos. Quiero que René me posea incondicionalmente. El pensamiento primitivo la golpeó como un mazazo y le estremeció las entrañas. ¿De modo que hasta esto has llegado? La protesta de su menguante mitad racional se detuvo junto con al ascensor en la recepción privada del departamento. René abrió la puerta que estaba enfrentada al elevador, encendió una luz, y le hizo un cortés ademán para que entrara. La que ingresó al piso era una Celina enamorada dispuesta a enloquecer a René sin palabras. Miró a su alrededor y recién apreció la altura y las dimensiones de la vivienda. Desde los balcones circulares lo único que estaba a la vista era el oscuro firmamento como si estuvieran en la cúspide de un faro. Caminó hacia los ventanales y comprobó que nada más que el cielo podría arriesgarse a invadir esa intimidad. La amplia estancia estaba selectamente decorada y amueblada, complementando el confort del lugar. René parecía disponer de todo el tiempo del mundo para embelesarse mirando a la joven de flexibles movimientos y dúctil expresión.

-¡René… este lugar es alucinante! -reconoció Celina.

-¿Te muestro el resto?

Asintió con una sonrisa que comenzó a resquebrajar los condicionamientos del hombre, y caminó detrás de él plenamente consciente de su poder. Recorrieron los demás ambientes decorados con igual gusto hasta llegar al dormitorio principal, espaciosa habitación en suite favorecida con los mismos balcones que la sala de estar. Se detuvieron a la entrada y ella adivinó en la mirada de René el violento deseo de llevarla a la cama. ¡Todavía no!, se resistieron los despojos de su raciocinio. Con un comentario tibio, se alejó del lugar para volver al salón principal. El enamorado la siguió estoicamente.

Celina siguió curioseando a su alrededor. En un estante vidriado descansaba un antiguo reproductor de discos de vinilo.

-¿Este giradiscos funciona? -preguntó.

-Perfectamente -dijo René, y se agachó para buscar algunos temas musicales.

Celina se acuclilló al lado rozando sin intención el cuerpo del sufrido varón, que dejó los sobres de los larga duración y se volvió hacia ella. Si no hubiera sonado el timbre, René habría sucumbido.

Se levantaron al unísono y el hombre respondió al llamado de León que junto con un mandadero le subía el pedido. Desde la puerta abierta el portero saludó a la muchacha que le respondió moviendo la mano. Cuando se fueron, René preguntó:

-¿Tenés hambre?

-Son las once…

-Y ¿qué? -él se rió y volvió a preguntar:- ¿Tenés hambre?

-¡Sí! -afirmó ella espantando a su yo estructurado.

Lo ayudó a trasladar los envoltorios a la cocina y René acomodó la vajilla para el almuerzo sobre la barra. Había encargado ensalada Waldorf, supremas al champiñón y un excelente vino cabernet. Comieron despaciosamente degustando el delicioso menú en medio de una charla placentera. Los relámpagos iluminaban sus rostros encandilados por el placer de la mutua compañía. René se regocijó más que con el helado, con la delectación con que Celina paladeó el suyo. Terminaron de almorzar y la joven lavó los platos mientras el hombre preparaba las copas de champaña y escogía varios discos. La voz armoniosa de Roberto Carlos volvió a repetirle que quería amanecer con ella. Se sentó en un diván y René le acercó la bebida para brindar. Se absorbieron con los ojos hasta que el hombre le quitó la copa de la mano y delicada pero firmemente la atrajo hacia él y la ciñó para bailar. La maniobra la tomó de sorpresa y se encontró al fin apretada contra el cuerpo masculino al que se abandonó lentamente. René la guiaba con habilidad y alzó los brazos que Celina apoyaba en su pecho para enlazarlos a su cuello. Los últimos vestigios de resistencia desaparecieron cuando ella resguardó su cara contra la garganta masculina que palpitaba al ritmo de un corazón desbocado por el deseo. La incipiente barba de René le raspaba sensualmente la mejilla mientras bajaba el rostro para besarla despaciosamente, recorriéndole los labios con la lengua, que se abrió paso hacia el interior de su boca. Celina respondió a la caricia con un ardor ignorado en los años que llevaba a cuestas y que ahora le explotaba en cada célula de su piel. Tomó conciencia de la transformación del cuerpo masculino al de un macho en celo cuando el órgano viril se hizo ostensible contra su vientre. La danza había terminado y René la besaba como si su boca fuera un manantial donde apagar la sed. Respirando pesadamente pronunció su nombre:

-¡Celina, mi amor…!

Por favor, por favor, no me preguntes nada, sólo llevame con vos.

Sin palabras, la levantó en brazos y no dejó de besarla hasta el dormitorio. La estabilizó cuidadosamente sobre el piso y comenzó a desnudarla. Celina estaba temblorosa por la excitación y cuando sólo quedó piel, el hombre la miró tan deslumbrado como la primera vez. Ella lo ayudó a desvestirse y quedaron frente a frente, sin tapujos, dos cuerpos y almas perfeccionados para la odisea del amor. Se acercaron y Celina se sintió inexplicablemente indefensa ante el formidable porte masculino, avivando la hoguera que se había encendido en su vientre. Se abrazaron estrechamente enajenándose con la textura y los detalles de sus formas. René la alzó para tenderla sobre la cama y se inclinó sobre ella para besarla y recorrer con sus manos cada vericueto del cuerpo soñado. La joven gimió de placer ante las caricias que dibujaban el verdadero mapa de su anatomía amorosa y no pudo evitar una exclamación cuando el hombre le deslizó gentilmente los dedos entre las piernas para ratificar el comienzo de la penetración. Las manos poderosas se deslizaron bajo sus glúteos y elevaron la pelvis al encuentro del miembro inflamado por el deseo que, de un impulso certero, se alojó en la sima de su deflagración. Gritó extasiada por la conquista mutua, sintiendo la profunda pulsación masculina dentro de su cuerpo. ¡Ya no hay retorno! pensó, transportada a los confines del paroxismo. René la inmovilizó rogándole que no se moviera mientras la besaba y derramaba palabras de amor desenfrenado, hasta que ella al límite de su resistencia, movió las caderas buscando la coronación de su voluptuosidad. El orgasmo la arrasó como la feroz tormenta que participaba con efectos especiales de su aprendizaje amoroso. Las irrefrenables contracciones de placer arrastraron la templanza de René para derramarse incontenible en el incendio interior de Celina. Después, embriagados, quedaron con los cuerpos unidos palmo a palmo saboreando la experiencia inédita de su amor.