domingo, 26 de diciembre de 2010

DESPUÉS DEL TEMPORAL - I

Sofía caminó cuidadosamente por el reducido espacio de su departamento. Su salario no le había permitido más que acceder a un crédito apto para comprar un monoambiente. Dentro de veinte años sería suyo. Una sonrisa escéptica acompañó este pensamiento. Hice lo que pude, papá –respondió a la voz que la interpelaba desde su interior. ¿Cómo habría podido terminar una carrera teniendo que asistirlo? Sólo había podido perfeccionar el dominio del idioma alemán que hablaba con fluidez por ser la lengua natal de su madre, y estudiar inglés a la distancia que practicaba en un grupo de conversación todos los sábados mientras dejaba a su papá al cuidado de una vecina servicial. Después de enviudar, la salud de su padre se había deteriorado con rapidez. Un accidente cerebro vascular lo dejó parapléjico y ella abandonó los estudios para cuidarlo y sostener la casa. Tres años de esfuerzos desmedidos y privaciones para costear su atención. Algunas veces pensaba que el paro cardíaco que acabó con su vida lo provocó él mismo para liberarse y liberarla de la penosa vigilancia que requería su enfermedad. Sólo la muerte de su madre lo apartó del rol de padre. No pudo superar la desaparición de la mujer que amaba y se fue retirando a una región de desconsuelo adonde su hija no pudo seguirlo. Sofía suspiró para aventar los tristes pensamientos y buscó el bolso de mano. Dentro de unos minutos pasarían a buscarla y, debido a la falta de energía eléctrica, tendría que esperar en la puerta. Guardó los cigarrillos, el encendedor, el lápiz labial, un pequeño espejo, algunos billetes y una linternita. Sopló las velas y, alumbrándose, bajó los dos pisos hasta llegar al palier del edificio. En este momento se alegró de no haber aspirado a un piso más alto. Los continuos cortes de luz habían convertido en un infierno la vida de sus vecinos de los pisos superiores. Desembocó en el hall de entrada y aguardó detrás de la puerta vidriada. El panorama de las calles a oscuras era algo cotidiano. ¿Quién pensaría que la vida se iba a complicar tanto en la modernidad? La historia del mundo transitaba senderos imprevisibles. La tecnología, dirigida hacia la operatividad y la eficiencia, servía a unos pocos privilegiados y expulsaba a las mayorías. Las consecuencias de la falta de inversiones en infraestructura eran enfrentadas a medida que se sucedían, pero la mutación de las reacciones humanas comenzaba a ser inmanejable. Ella pensaba que el hombre era una materia demasiado volátil para ser capturada en una tabla y sentía que se avecinaban cambios inimaginables. Hubiera deseado salir a la calle, pero la inseguridad, incrementada por las sombras, reclamaba prudencia. Vio que un auto se estacionaba al frente. Al volante estaba Sergio, un compañero de trabajo que se había ofrecido a trasladar a las empleadas del sector administrativo. Abrió la puerta y les gritó un saludo. Cruzó la calle para subir a la parte trasera del vehículo adonde ya estaban acomodadas Norma y Carina. La primera le hizo una de sus típicas observaciones:

-¡Te pusiste el vestido rojo! Desde que te lo estrenaste hace dos años, siempre me gustó.

Sofía la miró con sorna y esbozó una leve sonrisa. Esas estocadas hacía tiempo que la tenían sin cuidado; en realidad, le producían cierta lástima.

-A vos, tu ropa nueva te sienta muy bien –retrucó sin acusar el chascarrillo.

Miró por la ventanilla y comprobó que el apagón se extendía como un negro manchón. Parecía que toda la ciudad estaba a oscuras. Interrogó a sus compañeros:

-¿Alguien viene de un barrio iluminado?

Las respuestas fueron coincidentes. Todos estaban sin fluido eléctrico desde hacía al menos tres horas. Mónica, sentada al lado del conductor, opinó:

-Espero que el restaurante esté equipado para la emergencia. No quisiera volver a mi casa a oscuras para cocinarme la cena.

-¡Siempre tan optimista! –acotó Carina riendo.

-¿Quiénes están invitados al aniversario? –preguntó Sofía.

-Los de siempre –dijo Carina.- ¡Ah! También el nuevo contratista. Me parece que va a estar fuera de lugar. Si sólo habla lo indispensable cuando viene a la oficina, con tantos desconocidos va a ser el monumento al silencio –dijo desdeñosa.

-¡Bien que te gustaría que te hablara a vos! –intervino Norma- A pesar de su tosquedad, tiene una buena facha.

-¿Qué decís? –Contestó Carina- Ni siquiera terminó la primaria. ¿De qué se puede hablar con un ignorante?

-¿Quién piensa en hablar? –carcajeó Norma, coreada por los demás.

A Sofía no le causaba ninguna gracia que se burlaran del hombre. Pocas veces lo había visto, aislada como estaba en la oficina de atrás. No lo tenía muy presente, pero recordó que la saludó educadamente la vez que entró con su jefe al pequeño reducto; educación de la que sus superiores y colaboradores carecían. Respiró hondo y se resignó a pasar la obligada reunión. A pesar de haber roto con un montón de hipocresías en sus relaciones laborales, había determinadas ceremonias en las cuales no podía dejar de participar so pena de quedar totalmente marginada. No había construido ninguna amistad en su trabajo debido a sus características personales que no admitían desidia ni pereza en el desempeño de las tareas, pero mantenía con sus compañeras una tolerable convivencia. Estaban bordeando la costa y la oscuridad no disminuía. Sofía se inquietó. No guardaba memoria de un apagón tan extenso al cual se agregaba la inminencia de una tormenta anunciada por relámpagos y truenos distantes. ¿La naturaleza estaba ya completamente fastidiada por la manipulación humana? El atropello al entorno ecológico se había multiplicado en los últimos años. Le vino a la mente el concepto de efecto dominó. Se apartó de las divagaciones al distinguir un resplandor. Sergio disminuyó la marcha y enfiló hacia la zona iluminada donde destellaba con nitidez un cartel anunciando el nombre del restaurante.

-Deben tener su propio generador –comentó aliviado.

El predio estaba atestado de coches. Un empleado, vestido con ropa anaranjada fluorescente, les señaló un lugar donde estacionar. Sergio maniobró con cuidado –había cambiado el coche la semana anterior- y una vez que lo acomodó, esperó que bajaran las mujeres para cerrar puertas y ventanillas. Un camino iluminado por pequeños spots a ras del suelo (que a Sofía le pareció una burla hacia los ensombrecidos habitantes del centro) marcaba el ingreso al comedor. El camarero ataviado de negro y blanco los recibió con deferencia y los guió hacia la mesa adonde ya estaban ubicados el gerente, la escribana y el nuevo invitado. Sofía se sintió aliviada al tener que saludar a tan escasas personas. No le gustaba ser el centro de atención y si hubiesen llegado más tarde más miradas estarían concentradas en ellos. Esta aprensión la conservaba desde la adolescencia y mucho le había costado revestirse de un cierto barniz de seguridad bajo el cual se agazapaba una congénita timidez. Se ubicó al lado de Carina y frente a la escribana a cuyo lado se sentaba Germán Navarro, el contratista rotulado ya con el mote de ‘silencioso’ por sus compañeras. Observó discretamente al aludido y apartó la vista al sentirse hurgada por la mirada del hombre. No había nada que la perturbara más que las personas que se atrevían a escudriñar el alma a través de esa ventana privilegiada. Afortunadamente -¿o no?- eran una especie en extinción. La mayoría ostentaba una actitud huidiza a través de sus ojos. Ella era conciente de participar de ese mismo ocultamiento, y no sólo por timidez, sino por temor a la decepción. Enfocó la puerta y distinguió al camarero conduciendo hacia la mesa a su jefe escoltado por sus secretarias Adelina y Sol. Ambas vestían llamativamente exhibiendo con generosidad sus agraciadas anatomías. Con la primera, Sofía había tenido una desagradable situación por cuestiones de rendición de gastos a raíz de la cual el novio de Adelina fue despedido de la empresa. La secretaria no ocultó su encono contra ella sin reflexionar que la facultad de decidir los despidos la detentaba el dueño de la firma. El gerente se levantó al verlos llegar –a juicio de Sofía- con obsecuencia.

-¡Ingeniero Méndez, es un placer contar con su presencia! –dijo mientras le estrechaba la mano.

Luego, dedicó sendos besos a las secretarias. Cumplidas las formalidades Adelina, que evaluó a los componentes masculinos con rapidez, se ubicó al lado de Navarro. Sol se sentó a la izquierda de Sofía enfrentando al contratista. La muchacha sonrió para sus adentros al pensar en cómo evitaría ser trofeo de alguna de ellas. Tal vez le gustara, se dijo. Sol interrumpió su pensamiento:

-La verdad, bruja, no te había reconocido. ¿Cuántos quilos bajaste?

-Quince –respondió escuetamente.

Sol volvió a la carga:

-Y como quince años menos, también. Supongo que habrás pasado por el bisturí de Melo. Sólo él puede hacer semejante milagro –terminó con una carcajada.

Sofía la observó preguntándose a qué venía semejante agresividad. Antes de que pudiese contestar, Carina intervino:

-Sofía nos tiene acostumbradas a estas sorprendentes metamorfosis. Y que se vea de veinte no es de extrañar, porque tiene menos de treinta –dijo con una lealtad que la sorprendió.

Se sentía extraña y molesta por el tenor de la conversación. No tenía una relación cercana con Sol y se avergonzaba delante de un desconocido que escuchaba sin participar. Se preguntó que opinaría de este diálogo insustancial. Pero no era tan insustancial. Estaba cargado de malicia y descalificación. Quería mostrar una imagen de ella que correspondía al pasado y no a este presente que sostenía con decisión. Esa noche no estaba dispuesta a bajar su autoestima. El camarero se acercó con Rocío y Pablo, un matrimonio que trabajaba en el área de cómputos. Saludaron y se acomodaron en la mesa. Mientras esperaban a los rezagados, un mozo distribuyó canapés y tragos. La charla se generalizó hacia cuestiones laborales. Sofía probó algunos bocaditos y bebió unos sorbos de vino mientras Carina le susurraba su impresión sobre las secretarias. Cuando la mesa se completó, se dedicaron a estudiar el menú para elegir sus platos. Ella eligió pollo a la parrilla y una ensalada de palta, palmitos y apio. Fue una de las que menos participó en la conversación; hasta Navarro, asediado por Adelina, habló más que ella. Amparada por la distracción de la charla, pudo observar con más detenimiento al contratista. No era un modelo de belleza estándar pero su rostro trasuntaba masculinidad. Cabellos oscuros y cortos con algunos toques grises, ojos pardos y penetrantes. Al observar que Adelina acaparaba su atención, sintió una leve punzada de celos. ¡Santo cielo! Si no lo conocía ni había intercambiado más que un saludo con él. ¿Estaba tratando de competir con Adelina? ¿Por cuál razón?

domingo, 12 de diciembre de 2010

LA HERENCIA - XLI

El sábado amaneció fresco e inestable. La tormenta nocturna había enfriado los escombros del incendio entre los que deambulaban Mariana y Julián. La joven se apartó de los despojos aglutinados por la lluvia con una expresión grave y vulnerable que disparó el ritmo cardíaco de su acompañante. Julián la abrazó y ella se abandonó al consuelo viril recostando la cabeza sobre su pecho. Los dedos del hombre se deslizaron bajo la barbilla de la mujer obligándola con suavidad pero con firmeza a levantar la cabeza. Ella cerró los ojos ante la proximidad del beso como obedeciendo al mandato ancestral de la supremacía masculina. Se saborearon lenta y profundamente. Julián la nombró con voz grave y apasionada apretándola contra su cuerpo que demandaba el irrevocable desenlace amoroso.

-Vamos… -la apremió el hombre arrastrándola hacia la arboleda.

Mariana se sometió al reclamo y lo siguió hasta que los árboles los ocultaron de cualquier mirada. La acorraló contra un grueso tronco y cargó el peso de su complexión enfebrecida sobre la frágil forma de la joven. Las manos de Julián recorrieron la tersa piel oculta por la ropa y su boca acalló la débil protesta de Mariana. Un escalofrío de alarma la hizo reaccionar y forcejeó para despegarse del cuerpo que la oprimía pero Julián, fuera de sí, intentó despojarla de sus prendas inferiores. Ella reunió las pocas fuerzas que le quedaban para levantar su rodilla y golpear al joven en la zona más sensible de su anatomía al tiempo que gritaba su rechazo:

-¡No…! –y se acurrucó sobre el suelo rodeando sus rodillas con los brazos.

Julián, desairado y dolorido, miró a la jovencita que lo contemplaba con recelo. ¿Qué locura lo había acometido? Se dejó llevar por el ansia de poseerla sin postergaciones cuando él anhelaba un acercamiento amoroso inolvidable. ¿Y ahora la mujer que amaba lo veía con temor? Se acercó a Mariana con un gesto de remordimiento:

-Querida… ¡Perdoname… Perdoname! Si me seguís mirando como si fuera un monstruo, me echaré en el pozo atado a una piedra.

La sorpresa reemplazó la inquietud en los ojos de la chica. El discurso de Julián le recordó las primeras escaramuzas verbales de las que tanto había disfrutado y pensó que podía perdonarle el intento de someterla. ¡Ella quería tener la misma participación en la vinculación sexual! Observó el rostro compungido y no pudo contener una sonrisa. El hombre se incorporó y le tendió la mano para ayudarla. Quedaron a la distancia de un brazo hasta que Julián la atrajo lentamente y la abrazó con delicadeza.

-Te quiero, Mariana. Y la única luz que pretendo animar en tus ojos es la del amor. ¿Podrás olvidarte de este arrebato?

-Es que… por un momento temí que perdurara la influencia de mi tía. Me costará olvidarlo, Julián. Así que tendrás que lidiar con mi sicosis y mi indigencia.

-¡Ah, corazón…! –dijo riendo.- Esta herencia sí que no la esperaba. Pero cuanto más me necesites, más feliz estaré de servirte. -Recobrando la seriedad:- Mariana, quiero que vivamos juntos y éste es el momento adecuado para resolverlo. ¿Qué me decís?

-Mmm… Creo que sí. Pero te llevarás unos meses suegra incluida, porque no pensarás que voy a dejar en la calle a mamá.

-Para tu conocimiento, tu mamá ya armó el nido sin tu colaboración. Seguramente le habrá propuesto lo mismo a Luis.

-¿En serio? –exclamó Mariana con alegría.- Siempre me gustó Luis para mamá. Entonces – recapituló con desenfado- tenemos dos hombres que se harán cargo de dos herederas fracasadas lo cual es muy conveniente para ambos.

-¿Se puede saber por qué? –dijo Julián riendo.

-Porque compartirán el gasto. ¿Te parece poco?

-Me parece muy equitativo, preciosa. Y ahora vamos a organizar el comienzo de nuestra vida en común. ¿Cuento con tu aprobación? –hubo un tangible matiz de ansiedad en la voz de Julián.

Ella se paró en punta de pies y lo besó en la boca. Se apartó prestamente y le tendió la mano mientras le respondía:

-Vayamos. Pero como todavía el dueño de casa sos vos, yo me mantengo al margen de tus arreglos. ¿Vale?

Él, con una risa de gozo, la arrastró en una carrera hacia su casa. Se refrenaron al llegar al comienzo del camino de entrada y anduvieron la cuadra larga tomados de la mano y entrelazando de tanto en tanto las miradas. Goliat los divisó de lejos y se acercó a la reja de hierro moviendo la cola aparatosamente. Mariana se rezagó mimando al animal. “Organizar su vida en común… ¡Cielos!”, se dijo. Si hacía sólo ocho días que se conocían. Pero el tiempo en la casa de Victoria pertenecía a otra dimensión; a un espacio donde deambulaban las almas y los objetos inanimados podían ser tus aliados o tus enemigos. Espero que todo haya concluido, pensó, que papá y la abuela descansen en paz. Acarició la cabeza del perro y se dirigió hacia el pórtico adonde vio a Luis y a su mamá. La recibieron con una sonrisa.

-¿Se van? –preguntó al advertir que su madre llevaba la cartera.- Se viene una tormenta terrible.

-Vamos a aprovechar la invitación de tu novio. Nos reservó una mesa en el mejor restaurante del centro. Todo pago, dijo –le comunicó Luis en tono jocoso.- Ahora mismo está tratando de convencer a su madre.

Mariana volteó hacia la casa y alcanzó a ver a Julián abrazando a Casandra. La mujer salió escoltada por el hijo y se le acercó:

-Mi muchacho es muy persuasivo, querida. Sabía que no podíamos rechazar su generosa oferta. Y ya estando en el centro, atenderé varios asuntos en mi casa. Nos veremos la semana que viene, supongo –dijo en forma imprecisa. La tomó por los hombros, le dio un beso en la mejilla y agregó:- Estoy feliz de que te haya encontrado.

Ella le devolvió el beso y sonrió por toda respuesta. Luis se despidió con un ceñido abrazo y Emilia la sostuvo contra su pecho como si fuera una niña. La besó y deslizó en su oído:

-Sé que Julián te dará todo el amor que merecés. Mañana te llamo y si nos necesitan estaremos en el departamento de Luis.

-No osaré molestarlos, mami. Seguro que estaremos muy ocupadas –le manifestó guiñándole un ojo.

Emilia, para su regocijo, se apartó con las mejillas arreboladas. Un potente trueno la hizo acelerar hacia el vehículo adonde esperaba Luis. Casandra corrió hasta su coche mientras las primeras gotas anticipaban el inminente aguacero. Las luces automáticas del parque se encendieron desafiando la súbita oscuridad. Después de que la verja se cerró detrás del último auto, Julián abrió la puerta para ingresar a la vivienda.

-¿Vas a dejar a Goliat afuera? –preguntó Mariana dilatando la ineludible intimidad.

-Nunca lo dejé entrar a la casa – alegó el hombre.

-Se va a mojar.

-Tiene un buen refugio en el parque –le explicó, divertido. Después se cruzó de brazos y aguardó el próximo argumento de la joven.

Ella no lo cuestionó. Pero desarmó toda su resistencia cuando le dijo en tono suplicante:

-Nunca nos abandonó. Y yo me sentiré más segura si está adentro con nosotros…

Julián suspiró y emitió un enérgico silbido. El perro corrió hacia ellos y se sacudió en la entrada. Su amo esperó con la puerta abierta a que ingresara Mariana y autorizó al animal a que traspusiera la entrada. Los relámpagos se amplificaban precediendo a los truenos cada vez más cercanos. La lluvia azotaba los cristales en el oscuro refugio de reflejos parpadeantes intensificando las emociones de la pareja. Julián no contaminó el prodigioso momento encendiendo las luces ni Mariana se lo pidió. Se acercaron hasta mezclar sus alientos para fundirse en un abrazo que los unió con la fuerza elemental de la naturaleza. Arquetipos de macho y hembra de todas las especies, rendidos al imperio de los sentidos perfeccionados por el amor. La levantó entre sus brazos para subirla hasta el dormitorio moviéndose con la seguridad de un felino en la oscuridad. Cayeron sobre la cama despojándose mutuamente de la ropa hasta dejar sus cuerpos accesibles para la exploración. Ella se abandonó a las manos del hombre que poco antes había rechazado en el aciago territorio de su tía. Con pasión la condujo hacia el desenlace anhelado y la penetró con un grito de placer que se fragmentó en infinitas palabras amorosas. Mariana lo recibió con un gemido de sensual aceptación, convulsionada por las caricias y la prieta sensación del miembro viril alojado en su cuerpo. El insoportable placer la hizo sollozar y aceleró el empuje de su pelvis para alcanzar la culminación. Julián intentó prolongar la tensión sexual, pero los quejidos y las contracciones de la muchacha lo arrastraron al clímax irrefrenable. Murmurando su nombre la enlazó estrechamente por la espalda y respondió al reclamo de Mariana de prolongar con besos y caricias el acto irrevocable. El sueño los atrapó hasta las seis de la tarde. Julián fue el primero en despertar apremiado por el hambre. Contempló con deleite el descanso sosegado de su mujer y depositó un suave beso en su rostro para no turbarle el sueño. Se levantó y recuperó sus prendas desparramadas por el suelo para dirigirse luego a la cocina a preparar una colación. Encendió las luces de la escalera y de la sala adonde esperaba Goliat junto a la puerta. Le palmeó afectuosamente la cabeza y lo dejó salir. Cuando estaba acomodando los bocadillos en una bandeja apareció Mariana cubierta con una de sus camisas. Se le acercó con una sonrisa y le rodeó el cuello con sus brazos. Julián la besó excitado olvidándose de los reclamos de su estómago para atender los de su deseo. Pero la jovencita se escabulló con una risa al tiempo que declaraba:

-¡Me muero de hambre, y esa bandeja es demasiado tentadora!

-No tanto como vos, mi amor –declaró el hombre en tono quejumbroso, lo que provocó otra carcajada de Mariana.

-Si no me equivoco, mi última comida fue el desayuno porque echaste a tres buenas personas antes del almuerzo –le recordó con una mueca burlona.- Y además, te aseguraste de que no fastidiaran hasta el lunes. Lo que significa que unas pocas horas dedicadas a reponer fuerzas no restarán demasiado tiempo a… otros menesteres. ¿Tengo razón?

Julián rió francamente. Puso la fuente sobre la barra y ambos se encaramaron en los taburetes. Después de comer sacó un pote de helado que consumieron en la sala que daba al parque.

-Todavía no puedo creer que sea cierto todo lo que pasó –dijo Mariana acurrucada en los brazos de Julián.

-¿Te referís a…? –rió él besándola detrás de la oreja.

-¡Tonto! –protestó estremecida.- Me refiero a la casa que heredé, a mis ignoradas percepciones, al desenlace final…

El joven la abrazó con firmeza. Después le dijo con voz grave:

-Espero que con el tiempo se vayan borrando las imágenes que te perturban y yo pretendo ser tu conexión con la realidad. Y aunque parezca mezquino de mi parte, pienso que si no hubiera existido ese legado es posible que no te hubiera conocido.

Mariana lo miró pensativa y acarició la mejilla masculina. Trató de imaginar un presente sin ese hombre y supo que volvería a enfrentar las mismas experiencias de conocer el final. Se besaron deslumbrados por la revelación. Más tarde, después de haber hecho el amor, Mariana, soñolienta, le preguntó a Julián:

-¿A quién le mandás un mensaje?

-¡Ah…! –le respondió con una risita:- a Luis. Le debía una respuesta.

FIN

domingo, 5 de diciembre de 2010

LA HERENCIA - XL

Casandra acondicionó una habitación para Mariana e instó a los jóvenes a descansar. Emilia le pidió a Luis que la llevara hasta su departamento para recoger algunas prendas para ella y su hija. Apenas entró, tuvo la sensación de que habían pasado años desde que partieran. Armó el bolso con rapidez y volvió al auto adonde la esperaba el hombre.

-Quiero llegarme hasta el negocio –le dijo Luis.- ¿No te importa?

-Vos mandás –respondió ella con su sonrisa recuperada.

Él la miró arrobado y puso en marcha el vehículo. El bar permanecería cerrado hasta las siete de la tarde según habían acordado con su sobrino. Una vez que reconoció el lugar, le pidió que lo acompañara a la vivienda de los altos para darse una ducha y cambiarse. Emilia lo esperó sentada en el confortable sillón de la sala. Relajada, cerró los ojos y no tardó en dormirse. Así la encontró Luis cuando volvió a la estancia. Se sentó a contemplar el sueño de esa mujer a la que no quiso renunciar aunque tuviese dueño. La inseguridad sepultada por las tribulaciones pasadas, volvió a hostigarlo. ¿Recordaría Emilia su confesión de amarlo o sus sentimientos habían sido producto de las circunstancias? Como respondiendo a su pregunta ella abrió los ojos y sonrió al reconocerlo. Él bajó la cabeza lentamente naufragando hasta la boca que no se le negó. El suave beso exploratorio creció en intensidad y desocultó el deseo contenido por la vigilia diaria. Como en un sueño, Emilia se vio conducida hacia la alcoba. El rostro grave de Luis presagiaba una pasión que la aturdió al comprender que ella anhelaba ese encuentro con el mismo ardor. Se besaron mientras sus manos liberaban de ropa a sus cuerpos. El hombre estaba a las puertas de consumar un deseo largamente postergado y la mujer descubrió que aún conservaba la aspiración de ser amada. Las caricias y las palabras de amor despertaron cada átomo de su cuerpo que sólo quería fusionarse con el de su enamorado. Luis la condujo con destreza hacia el acoplamiento que los precipitó en un palpitante éxtasis. La mantuvo estrechamente abrazada para prolongar la magia del apareamiento mientras se confesaban el mutuo placer. Emilia lo besó en la barbilla y se levantó:

-Me voy a duchar y cambiarme de ropa. Me gustaría estar de regreso antes de que se levante Mariana.

Luis, que ya quería nuevamente hacerle el amor, le indicó con un gesto el cuarto de baño. Cuando escuchó correr el agua, entró sin anunciarse. Emilia lo miró en su esplendor de macho alzado y le dijo con descaro:

-Me parece, señor, que a usted le vendría bien una ducha helada.

Él se rió por lo bajo y la enlazó por la cintura:

-¿Sólo eso me podés ofrecer? –dijo sobre su boca.

La mujer se apretó contra él y después lo empujó fuera de la mampara. Lo hizo sentar sobre la tapa del inodoro y se acomodó, con un gemido de voluptuosidad, sobre el miembro erecto. Luis, trastornado de placer, la mantuvo inmóvil mientras besaba sus pechos y succionaba los pezones erguidos. Emilia gritó su goce y onduló la cadera en busca del inminente orgasmo. Luis todavía ahondaba en ella cuando la dominaron los espasmos. El hombre culminó con una embestida final que los sincronizó en las postrimerías del apogeo. Ella apoyó la frente en el hombro de su amante mientras se normalizaba su respiración. Se besaron dulcemente y terminaron de bañarse. Ambos resplandecían cuando partieron hacia la casa de Julián.

Llegaron alrededor de las siete de la tarde. Casandra les dijo que los jóvenes aún dormían y les propuso tomar algo fresco en la terraza que daba al parque. Emilia la siguió hasta la cocina para asistirla y mientras acomodaba las copas en la bandeja, la madre de Julián aseveró con una sonrisa:

-¿Estás enamorada de Luis, verdad?

-¿Tanto se me nota? –rió la indagada.

-Sin que lo confiesen –afirmó sumándose a la risa de Emilia.- Y me parece que hay otro romance en gestación. ¿O me equivoco?

-Sos una mujer muy intuitiva. Nuestros hijos deliran el uno por el otro y debo reconocer que aprobé a Julián desde el primer momento que lo ví.

-Mariana es encantadora, pero te aclaro que mi intuición es modesta. Sólo digo que me sorprendió la expresión cautivada de mi muchacho cada vez que miraba a tu hija. Es espléndido que vayamos a ser consuegras, ¿no te parece?

Emilia volvió a reír y llevó los tragos hasta la terraza. Los tres se acomodaron en las confortables sillas de hierro acolchadas disfrutando de la brisa que refrescaba el caluroso atardecer. El olor del incendio disparó la pregunta de Casandra:

-¿Y ahora qué piensan hacer? La casa y su contenido han desaparecido. Y supongo que la herencia también.

-No es tanto así –intervino Luis.- El valor del terreno es importante y son legítimas herederas del dinero depositado en los bancos. Será un trámite más lento pero de clara resolución.

-Sí –asintió Emilia.- El problema es a corto plazo. Con la casa se quemó la tarjeta que nos hubiera permitido disponer de fondos hasta concluir el trámite hereditario.

-Vivirán mientras tanto conmigo –declaró Luis. Inmediatamente, para restarle mérito a su oferta, añadió:- Una pequeña inversión para ganarme a una bella heredera.

Las mujeres lo miraron con una sonrisa burlona. Él apresó la mano de Emilia y apoyó sus labios contra la palma. El gesto reunió sus miradas y por un milésimo de inmortalidad, Casandra y el mundo desaparecieron para revivir el encuentro amoroso de la tarde. Sofocada por el recuerdo, la madre de Mariana liberó su mano procurando no ser tan transparente a la percepción de la otra mujer.

-¿No debiéramos despertar a los chicos? –preguntó para cambiar de tema.

-Sí –dijo Casandra.- Que se sacudan la modorra con un buen baño. Vamos a ocuparnos de ellos, Emilia, y después prepararemos la cena.

Subieron a la planta alta y secundaron a los hijos para que retornaran al mundo de la lucidez. El primero en bajar fue Julián quien se ubicó frente a Luis. Lo escudriñó atento a la distensión que emanaba del hombre que había aprendido a estimar en la corta convivencia.

-¿Y Emilia? –preguntó en tono sugerente.

-Atendiendo a Mariana, supongo –dijo Luis con una sonrisa.

-Algo ha cambiado desde este mediodía –insistió el joven.- Parece que te hubieras bañado en la fuente de Juvencia.

-En realidad, muchacho, yo ya hice mi parte. Y espero que la tuya sea, al menos, la mitad de buena de la mía. Y no te digo más porque no acostumbro a mortificar a los amigos –concluyó con una mirada de complicidad.

Bastó la aparición de madre e hija para que Julián, atento a la expresión de Luis, llegara a la conclusión de que su compañero había concretado la relación con Emilia. Enfocó su atención en Mariana que lucía fresca y descansada y, por un momento, experimentó una oscura envidia por la dicha de Luis.

viernes, 3 de diciembre de 2010

LA HERENCIA - XXXIX

La débil luz del amanecer encontró a Emilia y a Luis velando el sueño de Julián. A pesar de las palabras de Mariana, la inquietud por encontrarla los dominaba. Habían arrimado los sillones individuales al sofá adonde descansaba el joven. La energía eléctrica seguía cortada y las tinieblas parecían pobladas de movimientos sigilosos y voces extrañas. Emilia aferró la mano de Luis y la apretó casi dolorosamente ante las manifestaciones anormales de la casa. Goliat, inquieto, gruñía cada tanto sin abandonar la guardia. El hombre se movió para mirar la esfera del reloj y murmuró:

-Está aclarando. No sé que hacer. No me animo a dejar solo a Julián y no sé si está en condiciones de moverse.

-Tratemos de despertarlo –dijo Emilia.- Durmió profundamente y tal vez haya recuperado fuerzas.

Luis se inclinó sobre el muchacho y lo llamó suavemente. Debió insistir varias veces hasta que abrió los ojos. Miró aturdido la cara del hombre hasta que una luz de conciencia cruzó por sus ojos.

-¡Mariana! –exclamó.- ¿Adónde está Mariana?

Se incorporó con una mueca de dolor pero sin rastros de agotamiento. Emilia tomó la palabra:

-No lo sabemos, pero ahora iremos a buscarla. ¿Estás lo suficientemente fuerte para salir?

-Estoy bien. Vayamos cuanto antes – exhortó a la pareja poniéndose de pie.

El perro trotó detrás de ello hasta que pisaron la galería. Después se adelantó internándose en la espesura. De tácito acuerdo enfilaron hasta la cabaña. Afuera encontraron la linterna abandonada la noche anterior y volvieron a revisar la construcción. Sin resultados, retornaron al exterior para penetrar entre la arboleda voceando el nombre de la joven. El resplandor se intensificó destacando las facciones afligidas de los rastreadores. Emilia, enceguecida por las lágrimas, tropezó con una rama y cayó con un quejido. Luis se apresuró a levantarla:

-¿Te hiciste daño? –le preguntó preocupado.

-No, no… ¡Pero debimos buscarla anoche! –explotó la mujer llorando con desconsuelo.

Él la apretó entre los brazos hasta que se calmó. En su fuero íntimo también se reprochaba el haberse refugiado en la casa dejando a la muchacha abandonada. Emilia se separó y con voz enronquecida preguntó:

-¿Adónde está Julián?

-Creo que siguió hasta el ojo de agua.

-¡Dios mío! – exclamó la mujer.- ¿Creés…?

-No, Emilia. No saques conclusiones apresuradas. Es uno de los tantos lugares a reconocer. Si estás lista, sigámoslo.

Se pusieron en marcha inmediatamente. Cuando desembocaron en el claro, vieron a Julián parado a la orilla del estanque con expresión concentrada.

-¡Julián! –gritó Emilia.- ¿Viste algo?

Él se volvió y declaró con voz átona:

-Hemos recorrido todo el lugar gritando su nombre. Ya no sé dónde buscar. Me voy a zambullir.

-¡No! –estalló la madre rechazando tan siquiera la posibilidad de que su hija yaciera en la piscina.

-¡Esperá, Julián! No creo que Mariana esté en el fondo. Todavía falta revisar todo el camino de ingreso. ¡Vamos para la entrada!

El joven le echó una mirada ausente y giró hacia el estanque. Se desprendió de los zapatos e intentó desasirse del brazo de Luis que le impedía sumergirse.

-¡No cometas un desatino! ¿No creés que si a Mariana le hubiera pasado algo lo sabríamos? ¡Tiene que estar bien!

-¡Qué decís! – increpó el joven con fiereza.- ¿Acaso te convertiste en clarividente?

-¡Basta! –intervino Emilia.- ¡Estamos perdiendo un tiempo precioso! Sigamos buscando.

Un gorrión se posó en el hombro de Julián quien, asombrado, dejó de forcejear con Luis. Le siguió otro y después una calandria y una paloma. Ahora los tres miraban con la misma sorpresa a las aves que se desprendían de los hombros del joven y volaban hacia lo alto. Una inusual bandada de pájaros sobrevolaba el estanque y llenaba el aire con los más variados gorjeos. Una sonrisa adornó el rostro de Emilia. Recordó las palabras de su hija cuando le hizo notar la extraña ausencia de las aves: “son nuestros aliados”. ¡Ahora tenía la certeza de que sus trinos anunciaban una buena nueva! El muchacho volvió a calzarse dispuesto a reanudar la batida, cuando el ladrido de Goliat lo hizo girar hacia el bosque. Corría alocadamente alrededor de una figura que emergía entre los árboles. Mariana, descalza y vestida de blanco, se encaminaba hacia ellos. Julián salió disparado y la atrapó antes de que Emilia y Luis pudieran reaccionar. Suprimida la preocupación, observaron con regocijo el abrazo y el beso que intercambiaron los jóvenes.

-¿Se puede saber adónde estabas? –la regañó con cariño su madre.- No dejamos rincón del bosque sin recorrer.

-¡Ah, mamá! Es que estaba en la casa, y cuando se incendió el ático, bajé para avisarles que la abandonaran. Yo también fui de habitación en habitación, y cuando desesperaba en encontrarlos, escuché los ladridos de Goliat. Apenas llegué a la puerta ví a los pájaros y supe adónde los encontraría.

-¿Se está incendiando la casa? –preguntó Luis.- Entonces debemos salir de aquí antes de que el fuego alcance los árboles.

Todos dirigieron la mirada hacia donde estaba ubicada la residencia. Una espesa humareda que todavía no alcanzaba a herir el olfato se levantaba como una columna.

-¿Podremos alcanzar los autos? –dijo Emilia.

-Creo que sí – expresó Luis.- Están alejados de la casa y no hay vegetación a su alrededor. ¡Vamos! –urgió.

Antes de avistar la vivienda escucharon la sirena del camión de bomberos. Llegaron a la explanada a tiempo para ver ingresar la primera unidad. La seguían dos coches más que inmediatamente enfocaron las mangueras hacia el incendio y una ambulancia de la cual bajaron un hombre y una mujer que corrieron hacia ellos.

-¿Queda alguien en la casa? –les gritó uno de los bomberos.

-¡No! –respondió Luis.

Los médicos se ocuparon en desinfectar y vendar los lacerados pies de Mariana y suturar la herida de Julián. El fuego dejó de resistirse al esfuerzo de los bomberos después de devorar la cabaña. Al mediodía se retiraron los camiones y quedaron los cuatro mirando las ruinas del que había sido su hogar los últimos días.

-Bueno… -dijo por fin Mariana.- Todos nuestros bienes se han esfumado. Ni siquiera tengo un par de zapatos.

-Vayamos a casa –propuso Julián.- Encargaremos algo para comer y descansaremos. Después nos podremos ocupar de las cosas más imprescindibles.

Cuando llegaron con los autos a la calle, vieron que la reja había sido derribada por los camiones. Un coche de color rojo estaba estacionado frente al domicilio de Julián.

-¡Es el auto de mi madre! –dijo el joven sorprendido.

Los cuatro se apearon y entraron a la casa seguidos por Goliat quien se quedó rondando por el pasto. Antes de que Julián sacara la llave, una mujer de aspecto distinguido abrió la puerta.

-¡Hijo! –profirió con tono preocupado mientras lo abrazaba.- ¿Adónde te habías metido? No pude comunicarme a ninguno de tus teléfonos. –Por sobre el hombro del muchacho miró con curiosidad a sus acompañantes.

-Mamá –dijo Julián separándose.- Entremos, te presentaré a mis amigos y te contaremos una historia –la enlazó por la cintura y la hizo a un costado mientras invitaba a su comitiva para que ingresara a la casa.

Casandra, la madre del joven, recobró la compostura con rapidez. Los invitó a sentarse en la sala que daba al parque y postergó las preguntas que la atragantaban para convidarlos con un café. Julián la acompañó a la cocina y volvieron al rato con una bandeja que, además de la infusión, contenía dos platos con bocadillos.

-No será necesario encargar el almuerzo –comunicó el joven.- Mi previsora madre llenó la heladera y ya puso la carne al horno.

Cuando se sentaron, Casandra dijo sin preámbulos:

-Soy toda oídos.

Julián largó una carcajada y los demás sonrieron. Durante media hora la pusieron al tanto de los acontecimientos que culminaron con el incendio de la mansión. La mujer los escuchó sin interrumpirlos agregando, al final, que ella había llamado a los bomberos cuando vio la humareda desde el jardín y sabiendo que la casa estaba deshabitada.

-Tengo unas zapatillas en mi habitación –le dijo a Mariana.- Te las traeré.

-Yo las busco, mamá. Seguí vos con la comida –dispuso Julián.

Emilia se ofreció para ayudarla. Mientras preparaban las guarniciones, deliberaron sobre los misterios de la predestinación.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

LA HERENCIA - XXXVIII

La poderosa luminiscencia encerró a Mariana y la desplazó en un movimiento independiente de su voluntad. Se aferró a la presencia que la impulsaba bajo un firmamento de ignotas estrellas liberando a su intelecto de las ataduras de la razón. Lo dejó remontarse sobre hechos ajenos a la estructura que había dominado su vida aceptando sin cuestionamientos la nueva percepción de su conciencia. Sólo bajo esta nueva concepción de la existencia podría enfrentarse al destino que la convocaba. Avanzó rodeada de sombras y de voces que a veces exigían y otras rogaban que se uniera a esa masa sin luz. Estuvo a punto de liberarse de la segura conexión cuando reconoció la afligida voz de su padre llamándola desde la oscuridad. Se esforzó por perforar con su vista la compacta negrura y percibió siluetas retorcidas que le provocaron un temor irracional. Como si fuese a pronunciar una plegaria, selló ojos, mente y oídos a todo aquello que no fuera la fe en el poder que la amparaba. Perdida la noción de tiempo y espacio se abandonó a la travesía. El aura que la rodeaba desapareció absorbida por la luz del recinto adonde acabó su viaje. Notó que sostenía la daga en la mano y escuchó la voz de su abuela: “No te dejes engañar por falsas imágenes y promesas, en tu diestra brilla el instrumento de nuestra redención”. Sus ojos reconocieron la estancia que sólo había visto una vez. Estaba en el ático. Una oleada de inefable alegría la sacudió cuando el hombre que estaba frente a la biblioteca se volvió con un libro en la mano. ¡Era su padre! Sin meditarlo, dejó el puñal sobre el escritorio y corrió hacia sus brazos:

-¡Papá! –gritó emocionada dándole el abrazo que le había sido negado.

El tiempo retrocedió y expulsó el dolor de la pérdida. ¡Ahora todo estaba en su lugar! Él la separó poco después y la guió hacia una de las sillas.

-Querida, ha llegado el momento de compartir el conocimiento que nuestros maestros acumularon durante milenios –se sentó en la otra silla, le entregó el libro y la apremió:- Busca la invocación a las Sombra y léela en voz alta. Tu voz me permitirá volver y nunca nos separaremos.

Mariana recorrió la figura querida con su mirada. La ansiedad que se arrastraba por su voz despertó el eco lejano de la advertencia de su abuela. ¿Su padre le pediría que realizara un acto prohibido? Buscó los ojos que la eludieron y los recuerdos de los últimos encuentros surgieron en su memoria como un torrente. Arrojó el libro y se levantó:

-Si fueras mi padre no me pedirías que me acercara a la oscuridad –le dijo a la representación de su progenitor.- Él está muerto y su cuerpo ya no existe. ¡Te exhorto a que desaparezcas!

La imagen de la silla comenzó a esfumarse hasta ser reemplazada por la figura de Victoria. La ira le transformaba el rostro y su presencia era tan real como la de la joven.

-¡No podrás conmigo! Hasta en espíritu es débil Edmundo. No comprendo cómo pudo haberte engendrado. ¿No percibís la fortaleza que tenemos las mujeres? Si colaboraras, la sabiduría y el poder serían nuestros. Tu juventud, tu belleza y mi mente. Si amás a tu padre, me develarás los misterios de los signos y tu alma y la suya serán liberadas. ¡Lee! –exigió con un ademán que colocó el libro en sus manos.

Al lado de su tía reapareció el espectro de su padre. Esta vez no hurtó la mirada. La tristeza que reflejaban sus ojos la impulsó a fijar la vista en los caracteres que tan bien conocía. Antes de que su cerebro pudiera descifrarlos, escuchó la súplica de la aparición:

-¡No leas, princesita! Este conocimiento es la llave que necesita Victoria para imponer el predominio del mal. Toma el puñal y húndelo en mi corazón para separar mi espíritu de la ligazón que aún me retiene en la tierra.

Mariana escuchó horrorizada esas palabras. ¿Cómo podría eliminar al hombre que le había dado la vida y cuyo cariño la llenaba de nostalgia? Su parálisis se reflejó en el gesto de triunfo de su tía.

-¿Matarás a tu padre? Te condenarás eternamente y yo accederé a la Regencia por tu acto execrable. Sólo yo puedo liberarlo, y lo haré cuando hayas leído el libro. ¡Léelo!

-¡Oh, señora de la luz, indícame el camino correcto! – imploró la joven dividida entre el ruego de su padre y la amenaza de su tía.

La respuesta fue el claro recuerdo de las palabras de su abuela: “Tendrás que acabar con una existencia muy preciada.”

Sollozando, se acercó al escritorio para recuperar la daga. Sentía que al atravesar el corazón de su papá haría pedazos el suyo propio. Victoria, imposibilitada de manipular objetos materiales, lanzó un alarido de frustración e intentó someter a su mente. Por un momento Mariana, llena de confusión, no logró discernir el propósito de su movimiento. La voz de su abuela la movilizó nuevamente: “No vaciles. Libéranos para cumplir nuestro destino”. Tomó el estilete y con los ojos llenos de lágrimas se acercó a la representación de su padre.

-¡Perdoname, papá! – clamó al tiempo que hundía el cuchillo en su pecho.

No hubo sangre. Solamente un amoroso reconocimiento de miradas donde Mariana recibió el perdón que anhelaba. Cuando la visión desapareció, el estilete relucía en su diestra con un fulgor incandescente. Se volvió hacia Victoria consciente de que debía completar el ritual. No vaciló en levantar el arma y sepultarla en el corrupto corazón. Un bramido de incredulidad acompañó su extinción. La joven, desfallecida, arrojó el puñal resplandeciente hacia la biblioteca y se desplomó. La incandescencia se transmitió a los manuscritos y se transformó en voraces llamas que trepaban por el mueble consumiendo los libros. Mariana sabía que debía abandonar el ático antes de que el humo la asfixiara, pero su cuerpo laxo no respondía al mandato de la razón. Escuchó las voces de su padre y su abuela que la urgían a que se levantara y saliera de la habitación que se había convertido en una caldera. Con esfuerzo se arrastró hasta la entrada pero se dio cuenta de que no tendría fuerzas para incorporarse y alcanzar el picaporte. La misma refulgencia que la había trasladado hasta el desván brilló a lo largo de la puerta como una cuña y la entreabrió para que pudiera empujarla. Cuando pudo oxigenar sus pulmones sólo pensó en despertar a su madre y a los hombres para que abandonaran la casa.