viernes, 21 de octubre de 2011

ENTRE CAPÍTULOS - Relatos breves


AMANECERES - 1

Mi abuela vive en Cangrejales, un pequeño pueblo de pescadores adonde no pasa nada. Bueno, eso a decir de Betiana, mi hermana mayor, que prefiere ir a Mar del Plata porque ahí puede salir a bailar todas las noches. Creo que mis padres querían unas vacaciones tranquilas, libres de la inquietud de esperar la vuelta de Betiana a cualquier hora de la madrugada. A mí me encanta este lugar y charlar con la abuela. Me parece admirable lo independiente que es a sus ochenta años. Cuando murió el abuelo mamá quiso traerla a casa, pero ella se negó rotundamente a abandonar la suya y al pueblo. Mi madre fue la tardía descendiente de un matrimonio unido por fuertes lazos afectivos. Cuando nació, mis abuelos tenían más de cuarenta años. Mamá se casó a los dieciocho -creo que para irse del pueblo- y concibió inmediatamente a mi hermana y, tres años después, a mí. De modo que Betiana es mayor de edad, va a la facultad de Ciencias Económicas (porque le dijeron que allí sobraban los hombres), busca estar rodeada de gente, le gusta el bullicio, la música estruendosa y es la preferida de papá. Si por ambos fuera, no estaríamos en Cangrejales, pero mamá sabe cuándo imponerse. Como sólo hay un televisor en la sala de estar y la abuela le concede a papá el derecho de ver el canal de deportes, nos fuimos a dormir temprano.

-¡Éstas van a ser las peores vacaciones de mi vida! -gimoteó mi hermana.

Yo suspiré resignada a escuchar la misma queja durante dos semanas. Me acosté dispuesta a levantarme bien temprano. No había nada más fascinante que presenciar el amanecer a orillas del mar. Puse la alarma del celu y salté de la cama apenas sonó. Me vestí en silencio para no despertar a Betiana y salí hacia la playa. Aún no se habían disipado las sombras y el mar era una bestia negra que respiraba sordamente avanzando sobre la arena. Me trepé a la escollera desde donde se divisaba el puerto y las barcazas que ya estaban saliendo para su faena diaria. Todavía no asomaba ningún resplandor sobre el horizonte y el viento desordenaba mi pelo que había olvidado sujetar con una hebilla. Me senté sobre una roca y esperé. Unos leves tentáculos ígneos anunciaron la aparición del astro rey. El horizonte se fue despegando de la masa de agua mientras el sol ascendía presidido por su aura de fuego. Mis ojos se colmaron de esa belleza ancestral que levantaba el telón de un nuevo día. El silencio fue interrumpido por un fatigoso resoplido al tiempo que un cuerpo peludo aterrizaba sobre mis piernas cruzadas en posición de loto. La sorpresa me hizo gritar a pesar de mi afición por los perros. El animal demostró su mansedumbre lengüeteando mi cara y manos que trataban de alejarlo. Un silbido agudo y una orden lo apartaron:

-¡Otto! ¡Aquí!

Me volví mientras una figura iba asomando hacia el remate de la escollera.

-¿Estás bien? -la voz sonó preocupada.

-Sí. Pero debieras controlar a tu perro -le dije sin abandonar mi postura.

-Lo siento, nena, pero no es frecuente encontrar a alguien tan temprano.

Miré al individuo indignada. No había para mí nada peor que tildarme de nena. ¡Como si ser la menor no bastara! Y él no era un viejo precisamente.

-Si no te molesta, preferiría que vos y tu perro me dejen contemplar este espectáculo tranquila -sugerí con paciencia.

-¡Ah! No sabía que tenías la exclusividad de esta perspectiva -exclamó en tono irónico.

Entonces me levanté porque sentí que me había arruinado el día. ¡Qué se quedasen él y su perrazo con el lugar! El individuo se había apostado sobre el camino que accedía a la escollera con los brazos cruzados y una sonrisa de suficiencia. Escuché las advertencias de mamá: “Luci, alguna vez te vas a llevar un disgusto con tu manía de andar sola por lugares solitarios” ¿Y si este tipo tenía malas intenciones? Entonces recordé las recomendaciones de papá: “Una patada en las pelotas bien dada y lo dejás grogui” Lo enfrenté retadoramente y dispuesta a patearlo si se acercaba.

-¿Te podés correr? Voy a bajar -le advertí.

-¡Hola! -dijo sin abandonar la sonrisa.- Yo soy Lorenzo, y ¿vos?

-No te importa y no me interesa quién sos. Dejame el paso libre.

Esta vez se rió con ganas y se apartó. Pasé rápido y sin perderlo de vista pero él ni se movió ni dejó de reír. Casi me desbarranco de la prisa, pero salté las últimas piedras y corrí hasta la casa de mi abuela. Abrí la puerta sin aliento y no paré hasta la cocina. Abu estaba desayunando sola y me miró con curiosidad:

-¿De dónde venís tan temprano?

-De contemplar la salida del sol -resumí. Y para que no me hiciera más preguntas:- ¡Estoy muerta de hambre!

Enseguida llenó un jarro con café y leche y cortó unas porciones de budín con frutas que era su especialidad. Cuando terminé de comer se me habían pasado el susto y la bronca. Miré el reloj de la cocina y ví que eran las siete. Demasiado temprano para que se levantara el resto de la familia. Le propuse a la abuela que fuéramos a caminar por la playa. Sabía cuánto le gustaba y que prefería hacerlo acompañada. Nos descalzamos y dejamos que las olas mansas nos acariciaran los pies. De vez en cuando nos agachábamos para recoger piedrecillas y caparazones que el agua desplegaba sobre la arena.

-Me gusta que estés aquí, Luci -dijo abu.- Algunas veces pienso cuánto hubiéramos deseado que tu madre tuviera el mismo apego que vos por este lugar.

-Conformate conmigo -le respondí con desparpajo, porque no quería que se pusiera nostálgica.

-Sos mi tesoro y lo fuiste de tu abuelo, lástima que poco pudo disfrutarte. -Se silenció un momento:- De tu hermana ni pregunto, pero vos ¿tenés algún noviecito?

Me largué a reír francamente. Esta abuela… ¿Iba a perder tiempo con los insulsos muchachos que no tenían dos dedos de frente?

-No tengo ni tendré hasta recibirme de abogada -aseguré.- ¿No te parece que soy muy joven para tontear?

-Tu mamá se casó a los dieciocho y con tu edad ya conocía a tu padre.

-Sí. Pero no tenía las mismas aspiraciones que yo. Los varones que conozco y, ¡mirá que conozco por el muestrario que trae mi hermana!, no me despiertan el menor interés. Están en la pavada y tienen menos seso que un mosquito. ¿De qué podés hablar con ellos que no sea de la última marca de pilchas o de los recitales roqueros a los que son tan afectos? A mí no me matan ni el rock ni las marcas. A mí… -el topetazo aparte de tomarme desprevenida y parada en un solo pie, por quitarme las piedritas de entre los dedos, me planchó sobre la playa. Esta vez gritamos la abuela y yo.

-¡Otto! -gritó el intruso de le escollera que vino a la carrera hacia donde estaba caída y baboseada por el perro.- ¿Te hiciste daño? -y me tendió la mano para que me incorporara.

-¡Sacame a esta bestia de encima! -chillé sin aceptar su ayuda.

Cuando lo tomó por el collar me levanté y lo miré con furia. No llegué a increparlo porque él se acercó a mi abuela y le dio un beso en la mejilla al tiempo que ella decía:

-¡Lorenzo! ¿Cuándo volviste, querido?

-Ayer, Eugenia. ¿Y quién es esta niña que te acompaña?

Nena primero, niña después… ¡Era intolerable! Antes de que abu pudiera contestar, le espeté a ese insoportable:

-¡Sos un maleducado! No soy nena ni niña y esta mañana me echaste a perder el amanecer y ahora el paseo con mi abuela. ¿Por qué no desaparecés?

Tanto abu como él me miraron anonadados. Hasta el perro se dio cuenta de mi enojo y se acercó a su amo buscando amparo.

-Es un amigo, Luci. Lo conozco desde que nació -explicó mi abuela. Después le dijo al sujeto:- Ella es mi nieta Luci, que vino a pasar las vacaciones a mi casa.

-Encantado, Luci -me tendió la mano. Yo la ignoré hasta que abu me miró con severidad y tuve que estrechársela.

-¿Cuándo vas a venir a visitar a esta vieja? -le dijo mi abuela con simpatía.

-Cuando me invites.

-Esta noche hay pescado a la parrilla para festejar a mis huéspedes. Así que te espero.

-¡Allí estaré! -contestó el tipo.- Chau, Luci -saludó ofreciéndome la diestra, y creo que sus ojos tenían un brillo de burla.

-Chau -me volví y esta vez hice caso omiso a la reconvención de la abuela. Caminamos de vuelta hacia la casa. Antes de llegar me dijo:

-¿Qué bicho te picó? Lorenzo es el muchacho más agradable de este pueblo. ¿En qué pudo haberte ofendido?

-Primero, en tratarme como a una cría; después, en no hacerse cargo de ese animal que deja suelto irresponsablemente; y por último, en haberme hecho pensar que era un ladrón.

-Hijita… Con lo linda que sos ese muchacho sólo podría robarte un beso. -Vio mi mueca de asco y me recriminó:- No creo que Lorenzo te produzca esa impresión.

-No es Lorenzo -le aclaré.- Son los besos en general. Ese repugnante intercambio de microbios… ¡Puaj!

-¿Nunca te besaste con nadie? -preguntó casi escandalizada.

-No. ¿Acaso es un mandato besarse con cualquier alcornoque?

-No, nena. Pero no negarás que alguna vez no te picó la curiosidad -insistió.

-Es suficiente verla a Betiana y sus festejantes. Cuando lo haga serás la primera en enterarte -le prometí para que se quedara tranquila.

Entramos a la casa y la música a todo volumen nos dijo que mi hermana se había levantado. Papá y mamá estaban en la galería con la sombrilla preparada para ir a la playa.

-¡Buen día, madrugadoras! -saludó mi madre de excelente humor.- Es un día precioso para disfrutar del mar.

Les dí un beso y subí a ponerme la malla. Betiana todavía estaba en camisón y con la misma cara de pesadumbre que arrastraba desde Rosario. Para animarla, le dije:

-¿Sabés que esta mañana conocí un masculino?

-¿Vos? ¿Adónde? -se atropelló.

-Cuando fui a la escollera para observar el amanecer.

-¿A la madrugada? -dijo la vaga.

-Sí. Pero esta noche es el invitado de la abuela.

Me persiguió todo el día para que le confeccionara su identikit. Pensé en darle una descripción sublime, pero corría el riesgo de que se desilusionara. Así que le bajé varios puntos de atractivo al tal Lorenzo esperando que Betiana, por comparación, se deslumbrara con el original. Así mataba dos pájaros de un tiro. Mi hermana no me fastidiaría las vacaciones y yo podría disfrutar de la escollera libre de amo y perro porque con la vida que le daría Betiana dudaba que volviera a madrugar.