AMANECERES - 2
Eugenia, mi abu, me pidió a la tarde que la acompañara a hacer algunas compras. Aunque no tenía registro me dejaba manejar el auto en las tranquilas calles del pueblo. Recién se refirió a lo que le interesaba cuando volvíamos:
-Estuviste llenándole la cabeza a Betiana con Lorenzo durante todo el día. ¿Cuál es tu propósito?
-Sacármelos de encima -le dije satisfecha.
-De tu hermana lo entiendo, pero ¿por qué a ese muchacho? Es apuesto, inteligente, de buena familia. Creo que te entenderías muy bien con él.
-Me parece que estás delirando, abuela. A la que le interesan los hombres es a Betiana. Si él no me hubiera importunado no lo hubiera mirado dos veces -le contesté disgustada.
-¿Y quién te asegura que Lorenzo se impresionará con tu hermana? -porfió.
-Vos observá. Hasta ahora ninguno se le escapó -le aseguré.
-Mmm… -conjeturó, y no volvió a mencionar el asunto.
Papá ya tenía preparada la parrilla y los pescados adobados para el asado y mamá y Betiana se afanaban acomodando la mesa. Mi hermana, debo reconocerlo, lucía espléndida. Una solera blanca sin breteles destacaba el tono cobrizo de su piel y el largo pelo con mechas doradas se desparramaba sobre hombros y espalda.
-Andá a cambiarte -me dijo la abuela.
-¿Para qué? -le respondí.- Así estoy cómoda.
Lorenzo llegó a las nueve de la noche con dos botellas de vino y flores para Eugenia. Betiana lo saludó con un beso en la mejilla y lo miró encandilada. Yo le respondí con un gesto y lo estudié con disimulo para entender la reacción de mi hermana. Era alto, sí. Y tenía la tez curtida por el sol, también. Y una figura atlética; como muchos. El pelo muy corto le sentaba bien, y los ojos no se los pude examinar porque cada vez que lo intentaba él me estaba mirando. Se acercó hasta la parrilla para llevarle un vaso de vino a papá y los ví charlar animadamente.
-¡Es perfecto, Luci! ¡Quién diría que en este pueblucho encontraría semejante ejemplar! -se deleitó mi hermana.
-No seas irrespetuosa -farfullé, porque estaba ofendiendo el lugar que amaba mi abuela.
Betiana miró el rostro serio de Eugenia y se disculpó.
-¡Perdoname, abuela! -la abrazó.- Sabés que lo digo cariñosamente.
Abu movió la cabeza y sonrió mudamente. Nos sentamos porque venían mi padre y Lorenzo con dos bandejas de pescado cocinado. La comida estuvo deliciosa y la charla amena, libre de las intrascendencias que le imprimían mamá y mi hermana. Como siempre, levantamos la mesa entre mami, abu y yo. Puse las copas de vino en una bandeja junto con los platos y los cubiertos y los llevé en equilibrio hacia la cocina. A medio camino se ladeó una copa y me frené para que no se desmoronara la torre, cuando una mano vino en mi auxilio.
-Dejá que te ayude -escuché la voz varonil.
Me acomodó las copas desequilibradas y luego cargó la bandeja hasta la mesada. Yo lo seguí asombrada de su asistencia. Papá se esmera con el asado pero no colabora nunca con otros menesteres. Lorenzo se volvió con una sonrisa y pude ver que sus ojos eran celestes y me miraban con una intensidad que parecían querer penetrar mis pensamientos. Desvié la vista aturdida cuando mamá y Eugenia, que traían el resto del servicio, me sacaron de la parálisis. Volví a ocupar mi lugar en la mesa decidida a no levantarme en toda la noche. Mami, abu y el invitado aparecieron con el postre y la correspondiente vajilla. Betiana se levantó y trajo el equipo de música para hacerlo sonar con sus desagradables melodías. Acaparó a Lorenzo y desplegó su seducción con lo que hubiera derretido los sesos de cualquiera de sus festejantes. Yo ya no estaba cómoda con mis shorts, mi remera desteñida y mis sandalias playeras. Mamá se acercó adonde estábamos sentadas la abuela y yo:
-¿Éste es el hijo mayor de Bautista? -le preguntó a Eugenia.
-Sí. Se especializó en piscicultura y está instalando el frigorífico -participó abu.
-Parece que se gustan con Betiana. Es un muchacho muy atractivo -ponderó mamá.
La abuela hizo un gesto neutro. Mi hermana lo tomó de la mano y lo arrastró a bailar. Debo admitir que él se movía con gracia y acompañaba los armoniosos movimientos de Betiana con soltura. Poco después cayó el CD de música melódica y ella le enlazó los brazos al cuello. Un opaco malestar se instaló en mi estómago y se transmitió a mi garganta. Me levanté y les dije a mis compañeras que estaba cansada y me iría a dormir.
-¡Lorenzo! -llamó Eugenia.- Luci se aburre. ¿Por qué no bailás un poco con ella?
Él no se hizo rogar. Le murmuró unas palabras a Betiana y se acercó a mí que me había quedado de una pieza. Me enlazó por la cintura y me guió sabiamente a través de una canción romántica. Apenas sobrepasaba su barbilla pegada al piso sobre las chatas sandalias. Para evitar mayor contacto le puse las manos sobre el pecho, pero eso no impidió que tomara conciencia de la fuerza de los brazos que me rodeaban y de la cálida respiración que entibiaba mi pelo. Una extraña ansiedad me dominó. Mi cuerpo quería abandonarse al contacto de ese hombre y por primera vez el presagio de un beso me estremeció. Levanté la cabeza y mis ojos captaron la mirada acusadora de Betiana. Me paré abruptamente y le anuncié a mi pareja:
-Me voy a descansar. Estoy en pié desde las cuatro de la mañana -como si él no lo estuviera.
-¡Buenas noches a todos! -grité y me llevé el recuerdo de su mirada inquisitiva.
Me dí un baño y me ponía el camisón cuando tocaron a mi puerta. Era mi abuela.
-Vine a ver cómo estabas -dijo cariñosamente.
-Bien cansada -le respondí con una mueca.
-Lorenzo se despidió apenas te fuiste -me pasó el parte.
-¿Y a mí qué? -contesté con indiferencia.
Me sacó el cepillo de la mano y alisó con delicadeza mis rulos rebeldes. Acarició mi rostro ensombrecido y me dijo:
-Ese muchacho te gusta, ¿verdad?
-Es el candidato de Betiana -mascullé.
-No es lo que yo ví esta noche. Él no tenía más que ojos para vos.
-¡Vamos, abuela! Si no hizo más que conversar con ella todo el tiempo -recalqué.
-Porque la mujer que le interesaba se mostraba lejana e indiferente -me reprochó.
-¿Cómo iba a fijarse en mí que parecía una cucaracha al lado de Betiana? -gemí.
-Vos tenés el encanto de la espontaneidad y Lorenzo no es ningún tonto -afirmó.- Y si te preocuparas más de tu apariencia, no habría Betiana que te igualara.
Estaba por ceder cuando entró mi hermana con cara de pocos amigos.
-¡Lo hiciste a propósito! -me espetó.- ¡Primero coqueteaste con Lorenzo y después lo ahuyentaste con tu inesperada huída!
-¡Un momento, jovencita! -intervino la abuela.- Lorenzo no es de tu propiedad, y si bailó con Luci es porque yo se lo pedí.
-¡Claro! Si ya sé que esta mocosa es tu preferida, y con tal de acceder a sus caprichos permitirías que me robe el novio -vociferó.
Ví ponerse pálida a la abuela y me sentí tan desgraciada que me largué a llorar. Mamá, al oír los gritos de mi hermana, se precipitó en el dormitorio. Como Betiana y abu, se quedó paralizada al verme berrear. Porque yo no lloraba, ni cuando me lastimaba siendo pequeña. Ahora el desconsuelo era tan doloroso que rompió las compuertas tenazmente levantadas. Mi madre me abrazó y me acunó con palabras amorosas hasta que la opresión fue cediendo. Cuando me separé, sentí que había cambiado; que podía aceptar que mi madre me confortara, que podía robarle un novio a mi hermana y que Lorenzo me había hecho entrever sensaciones que ignoraba. Nos acostamos y apagamos la luz.
-Por si no caíste, pava, a Lorenzo le gustás. ¿No es hora de que pienses en un hombre?
Ésa era Betiana. Superficial pero de gran corazón. Ella no me abrazó como mamá y la abuela, pero a su manera me tranquilizaba. Yo estaba muy extenuada para contestarle, así que volvió a la carga:
-Si te interesa, dale una oportunidad. No hay muchos tipos como él. Palabra de experta -dijo con una risita.
Encendí el velador. Mi hermana me observaba con una expresión tan entrañable que los años de discordia se disolvieron en un estrecho abrazo.
-¿De veras no te importa? -le pregunté al apartarnos.
-Si tuviera una mínima posibilidad te lo disputaría, y eso sería si a vos no te gustara. Pero me parece, hermanita, que alguien ha tocado a tu puerta. Y ahora acostate si mañana querés ver el amanecer.
Sincronicé el celular, me abracé a la almohada y dormí hasta que sonó la alarma. Me vestí con sigilo pero esta vez mi hermana me despidió estirándome los brazos:
-Buena suerte, cachirula -nos besamos y me fui riendo del mote que me había puesto cuando éramos niñas.
Lorenzo ya estaba instalado sobre una colchoneta en la cima de la escollera. Me tendió la mano para que me sentara junto a él y una manta para que me protegiera del viento. Ví renacer al astro rey dulcemente cobijada por sus atenciones. Cuando el sol reveló la imagen de las cosas nos miramos complacidos por el milagro presenciado.
-¿Desayunaste? -me preguntó. Negué con un gesto.- ¿Vamos? -propuso y se incorporó con presteza. Me ofreció su mano para sostenerme mientras me levantaba. Yo no necesitaba ayuda, pero estaba descubriendo que sus cuidados me deleitaban.
-La abuela se va a preocupar si no vuelvo -le dije.
-Ya mismo le avisamos -sacó el celular y habló con Eugenia.- Listo. Te manda un beso y me pidió que te lo hiciera llegar.
Lo miré con recelo.
-¡Es una broma! -aseguró riendo. Recuperó la compostura:- ¿Vamos? -repitió.
Bajé por mi cuenta y me alcanzó con rapidez. Cruzamos la playa y desembocamos en la calle principal del pueblo. En la vereda, ya estaban preparadas las mesas con sombrillas. Nos sentamos en una y Lorenzo, después de consultarme, encargó el desayuno para ambos. Ante una pila de tostadas y varios recipientes con mermeladas y manteca, nos fuimos conociendo y mostrando nuestras afinidades y discrepancias. Yo me iba descubriendo a medida que me confiaba a él. Por la segunda taza de café, le confesé mi aspiración por estudiar leyes y tener mi propio estudio. Supe que era huérfano de madre, que admiraba a su papá, que tenía un hermano menor, que amaba su trabajo y que vivía solo; “no, con Otto, pobre Otto” se rectificó. Miré el reloj y caí en la cuenta de que eran las once y media de la mañana. ¡Habíamos hablado por cinco horas! Me sentí maravillada porque lo más que había tolerado una charla de varón no pasaba de media hora.
-Es casi mediodía -le dije- la abuela prepara el almuerzo para las doce y media.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada