AMANECERES- 3
Me miró como saliendo de un trance. Creo que
también estaba sorprendido por el tiempo que se nos había escurrido.
-Me gustaría que vengas al asado de los sábados
con los empleados de mi padre y mi familia -dijo esperanzado. Y precisó:- Quiero
seguir compartiendo el día con vos.
Esta vez hablé yo a la casa de Abu. Me atendió
mamá y le expliqué que almorzaría con Lorenzo. No pareció extrañada; seguro que
Betiana había chismorreado con ella. Me despedí hasta la tarde y bordeamos la
playa hasta el puerto. Dos largos tablones albergaban a más de veinte hombres.
Lorenzo los fue saludando y me presentó como la nieta de Eugenia. A su padre lo
reconocí enseguida: era Lorenzo con treinta años más.
-¿De modo que la nieta menor de Eugenia? Te
recuerdo de muy pequeña, cuando tu abuelo solía venir a charlar conmigo. Te has
convertido en una hermosa mujer -observó complacido.
Lorenzo me presentó a su hermano Daniel, un
joven alto y delgado de facciones agradables que seguramente se parecía a su
madre. Después nos acercamos a una mesa adonde habían hecho lugar para los dos.
Los hombres de mar me atendieron con tanta cortesía que pronto olvidé mi
timidez. Lorenzo estaba sentado frente a mí y me miraba como si quisiera
grabarme en su cerebro. Algunas veces me atreví a enfrentar la fuerza de sus
ojos.
-Yo lo conocí a su abuelo, Luci. -me dijo
Antonio, el encargado de una de las barcazas.- Y también a usted. Claro que la
cargaba en brazos en esa época. Me acuerdo que la entretenía con un puñado de
piedritas de colores y usted se quedaba horas jugando en la arena. La patrona,
que en paz descanse, una vez se enojó con el patrón y su abuelo porque de tan
distraídos con la charla la dejaron dos horas bajo el sol. ¡Parecía un camarón!
La patrona la metió en la bañera y la embadurnó con cremas para que no se
ampollara. Del reto que le dio a su abuelo, nunca más la trajo.
Me reí aunque no me acordara del incidente de
sólo pensar en lo brava que había sido la mujer para amedrentar a un hombre.
Tal vez por eso no nos habíamos frecuentado con Lorenzo. Claro que en esa época
yo debía tener dos o tres años y él once. A los varones de esa edad no les
interesan los bebés.
-¿Usted no se acuerda de ella, patroncito? -le
preguntó a Lorenzo con un tonito socarrón.
-Es imperdonable, ¿no? -contestó él sin dejar
de mirarme.
Me puse colorada y me concentré en mis
mariscos. Tomé conciencia de que era la única mujer en la reunión y de que los
hombres se estarían preguntando el motivo. Creo que la única que no lo tenía en
claro era yo. Después de comer nos despedimos de los comensales y me acompañó a
la casa de mi abuela. Por el camino me invitó a cenar. Yo tampoco quería dejar
de verlo así que acepté. Eugenia estaba sentada en la galería y nos quedamos un
rato charlando con ella. Sus ojos perspicaces iban del rostro varonil al mío.
Me despedí porque quería revisar mi guardarropa. Esta vez iba a cuidar mi
apariencia, como recomendaba Abu.
-¡Te paso a buscar a las nueve! -me informó
Lorenzo.
Asentí y los dejé a solas. Betiana estaba en la
sala mirando una película y me notificó qué papá y mamá todavía estaban en la
playa.
-¿Cómo te fue? -me preguntó con interés.
Le relaté desde el encuentro mañanero hasta la
invitación a cenar.
-Bien -comentó cuando terminé.- Ya tengo la
crónica objetiva de todos tus movimientos. Ahora quiero saber… ¡qué sentiste!
Ante la exhortación de mi hermana me arrasaron
los sentimientos. Le confié de mujer a mujer mi alborozo al encontrarlo en la
escollera, la plenitud de compartir el momento, la soltura de nuestros diálogos
y, sobre todo, ese creciente deseo de cercanía que admitía hasta el intercambio
de microbios. Betiana se rió como loca porque conocía mi definición de beso. Cuando se calmó, me dijo:
-¡Estás enamorada, cachirula! Y yo que me
afligía porque fueras lesbiana. -La miré escandalizada.- ¿Y qué querés? -Se
defendió.- No había tipo que te cayera bien.
Me sofoqué para no responderle que eran los
tipos que conocía a través de ella. Después de todo estábamos reparando los
lazos fraternales.
-Si tu primer intento va a ser con Lorenzo, no
vas a salir defraudada porque no sólo te busca para llevarte a la cama -afirmó
convencida.
No podía creer que estuviera hablando de sexo
con mi hermana. Aunque ella era más liberal, nunca nos habíamos confiado
nuestras experiencias. Bueno, fantasías en mi caso. Porque yo era una alumna
aventajada de los cursos de educación sexual. Conocía todos los detalles de los
aparatos reproductivos masculinos y femeninos, sus funciones y, de charlas con
otras mujeres, las alternativas de “la primera vez”. La percepción de lo
desconocido me colmó de ese anhelo, antes negado y ciego, que ahora tenía un
destinatario.
-Me voy a bañar -le anuncié a Betiana.
-Si necesitás alguna pilcha, pedime -ofreció
con generosidad.
-Después te digo -agradecí, porque era todo un
gesto de desprendimiento.
Estuve como media hora en la ducha. Salí tan
relajada que me tiré un momento en la cama y me quedé dormida.
-¡Luci, Luci! -abrí los ojos y miré atontada la
cara de Betiana.- ¡Son las ocho! ¿Pensás salir en bata?
Me despabilé al instante. Salté hacia el
armario y busqué la solera que había estrenado la última Navidad. Me vestí ante
la mirada atenta de mi hermana y acepté sus sandalias de taco alto para
completar mi atuendo. Insistió en maquillarme y ordenar mi pelo alborotado por
la siesta. Me sentía como un torero antes de salir al ruedo. Cuando mi arreglo
estuvo listo, me miró apreciativamente.
-¡Estás preciosa, Luci! -dijo con entusiasmo.-
Lorenzo va a perder la chaveta. Cuando entren en confianza -dijo conspirativa-
a lo mejor lo convencés de que me presente a su hermano…
Largué la carcajada porque ya extrañaba a la
antigua Betiana. Le prometí que haría lo posible.
La imagen que me devolvió el espejo era la de
una mujer seductora distante años luz de la chiquilla desaliñada que Lorenzo
encontró entre las rocas. Sentí que estaba preparada para interpretar los
misterios del amor. Mis cavilaciones fueron suspendidas por la irrupción de
mamá y la abuela que venían a examinar mi sorprendente metamorfosis. Sospecho
que también ellas estaban inquietas por mi anormal desinterés en el sexo
opuesto. Sus miradas aprobadoras lo dijeron todo. Bajamos las cuatro y me
sometí al escrutinio de papá. Ya me había visto con esa ropa, pero seguramente
no había reparado en que su hija menor había dejado de ser una niña.
-¡Luci! ¿Cuándo creciste tanto? -dijo
acongojado.
-Me llevó más de diecisiete años, papi -le
contesté abrazándolo.
Me mantuvo apretada contra él y después me
separó para observarme con detenimiento. Una sonrisa de aquiescencia encendió
su rostro cuando declaró:
-Ahora soy el afortunado padre de dos hermosas
mujeres. Espero que no abandonen el nido tan pronto.
La consideración de mi abuela quebró la
solemnidad del momento:
-Siempre que no encuentren un pájaro
enamoradizo como vos. ¿O acaso te olvidaste a qué edad empezaste a cortejar a
mi Aurora?
-¡Mea culpa! -rió mi padre.- Pero no dirás,
Eugenia, que tu hija no fue afortunada… -le guiñó un ojo.
Abu asintió. Si algo no podía negar era la
dedicación que papá prodigaba a su familia. El sonido del timbre me sobresaltó.
Betiana corrió hacia la entrada con una sonrisa cómplice. Poco después entraba
con Lorenzo. Saludó a todos y después de una charla trivial me propuso que nos
fuéramos. Yo estaba desencantada. ¡Tantos halagos por parte de mi familia y él
no parecía impresionado! Subimos al auto en silencio y tampoco hablamos hasta
llegar al restaurante. Eligió una mesa en el jardín y recién cuando estábamos
sentados, derramó su mirada celeste sobre mi rostro.
-Estás tan hermosa… -dijo quedamente.
-Creí que no te habías dado cuenta de mi nuevo
look -argüí para ocultar mi turbación.
-Pasé a buscar a una jovencita pendenciera y me
encontré con una mujer deslumbrante. ¿Qué esperabas, Cenicienta? No podía
celebrar la transformación delante de tu familia como hubiese querido.
No me animé a preguntarle cómo. En su lugar,
revisé la carta y le indiqué lo que deseaba comer. Lorenzo sonrió y llamó al
camarero. La cena no fue tan elocuente en confidencias como el desayuno.
Nuestros ojos decían lo que no nos animábamos a poner en palabras.
-¿Querés ir a bailar? -me preguntó después de
pagar la cuenta.
Yo no deseaba el bullicio de un boliche o una
discoteca. Lo sorprendí con mi propuesta:
-Sí. A tu casa.
Tomó mi mano que descansaba sobre la mesa y preguntó
con voz grave:
-¿Estás segura?
-Sí -repetí.
Su departamento estaba en el quinto piso de un
edificio frente al mar. En el ascensor no osé mirarlo a los ojos. Me temblaban
un poco las piernas pensando en mi audacia y sus posibles consecuencias. Él lo
intuyó y actuó con naturalidad.
-Acomodate mientras preparo algún trago
-ofreció guiándome hasta el amplio balcón equipado con un sillón doble y una
mesa baja.
Me senté y dejé que mis sentidos se saturaran
del rumor de las olas y el incansable movimiento del agua. Lorenzo volvió con
dos copas y se sentó a mi lado. Probé mi bebida consciente de su cercanía que
me despertaba una inexplicable debilidad. Su brazo rodeó mis hombros y me
atrajo sin violencia contra su costado. Después levantó mi barbilla y sus
pupilas, ahora oscuras como el mar, capturaron mis ojos que ya no querían huir.

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