sábado, 12 de noviembre de 2011

ENTRE CAPÍTULOS - Relatos breves

AMANECERES- 3
Me miró como saliendo de un trance. Creo que también estaba sorprendido por el tiempo que se nos había escurrido.
-Me gustaría que vengas al asado de los sábados con los empleados de mi padre y mi familia -dijo esperanzado. Y precisó:- Quiero seguir compartiendo el día con vos.
Esta vez hablé yo a la casa de Abu. Me atendió mamá y le expliqué que almorzaría con Lorenzo. No pareció extrañada; seguro que Betiana había chismorreado con ella. Me despedí hasta la tarde y bordeamos la playa hasta el puerto. Dos largos tablones albergaban a más de veinte hombres. Lorenzo los fue saludando y me presentó como la nieta de Eugenia. A su padre lo reconocí enseguida: era Lorenzo con treinta años más.
-¿De modo que la nieta menor de Eugenia? Te recuerdo de muy pequeña, cuando tu abuelo solía venir a charlar conmigo. Te has convertido en una hermosa mujer -observó complacido.
Lorenzo me presentó a su hermano Daniel, un joven alto y delgado de facciones agradables que seguramente se parecía a su madre. Después nos acercamos a una mesa adonde habían hecho lugar para los dos. Los hombres de mar me atendieron con tanta cortesía que pronto olvidé mi timidez. Lorenzo estaba sentado frente a mí y me miraba como si quisiera grabarme en su cerebro. Algunas veces me atreví a enfrentar la fuerza de sus ojos.
-Yo lo conocí a su abuelo, Luci. -me dijo Antonio, el encargado de una de las barcazas.- Y también a usted. Claro que la cargaba en brazos en esa época. Me acuerdo que la entretenía con un puñado de piedritas de colores y usted se quedaba horas jugando en la arena. La patrona, que en paz descanse, una vez se enojó con el patrón y su abuelo porque de tan distraídos con la charla la dejaron dos horas bajo el sol. ¡Parecía un camarón! La patrona la metió en la bañera y la embadurnó con cremas para que no se ampollara. Del reto que le dio a su abuelo, nunca más la trajo.
Me reí aunque no me acordara del incidente de sólo pensar en lo brava que había sido la mujer para amedrentar a un hombre. Tal vez por eso no nos habíamos frecuentado con Lorenzo. Claro que en esa época yo debía tener dos o tres años y él once. A los varones de esa edad no les interesan los bebés.
-¿Usted no se acuerda de ella, patroncito? -le preguntó a Lorenzo con un tonito socarrón.
-Es imperdonable, ¿no? -contestó él sin dejar de mirarme.
Me puse colorada y me concentré en mis mariscos. Tomé conciencia de que era la única mujer en la reunión y de que los hombres se estarían preguntando el motivo. Creo que la única que no lo tenía en claro era yo. Después de comer nos despedimos de los comensales y me acompañó a la casa de mi abuela. Por el camino me invitó a cenar. Yo tampoco quería dejar de verlo así que acepté. Eugenia estaba sentada en la galería y nos quedamos un rato charlando con ella. Sus ojos perspicaces iban del rostro varonil al mío. Me despedí porque quería revisar mi guardarropa. Esta vez iba a cuidar mi apariencia, como recomendaba Abu.
-¡Te paso a buscar a las nueve! -me informó Lorenzo.
Asentí y los dejé a solas. Betiana estaba en la sala mirando una película y me notificó qué papá y mamá todavía estaban en la playa.
-¿Cómo te fue? -me preguntó con interés.
Le relaté desde el encuentro mañanero hasta la invitación a cenar.
-Bien -comentó cuando terminé.- Ya tengo la crónica objetiva de todos tus movimientos. Ahora quiero saber… ¡qué sentiste!
Ante la exhortación de mi hermana me arrasaron los sentimientos. Le confié de mujer a mujer mi alborozo al encontrarlo en la escollera, la plenitud de compartir el momento, la soltura de nuestros diálogos y, sobre todo, ese creciente deseo de cercanía que admitía hasta el intercambio de microbios. Betiana se rió como loca porque conocía mi definición de beso. Cuando se calmó, me dijo:
-¡Estás enamorada, cachirula! Y yo que me afligía porque fueras lesbiana. -La miré escandalizada.- ¿Y qué querés? -Se defendió.- No había tipo que te cayera bien.
Me sofoqué para no responderle que eran los tipos que conocía a través de ella. Después de todo estábamos reparando los lazos fraternales.
-Si tu primer intento va a ser con Lorenzo, no vas a salir defraudada porque no sólo te busca para llevarte a la cama -afirmó convencida.
No podía creer que estuviera hablando de sexo con mi hermana. Aunque ella era más liberal, nunca nos habíamos confiado nuestras experiencias. Bueno, fantasías en mi caso. Porque yo era una alumna aventajada de los cursos de educación sexual. Conocía todos los detalles de los aparatos reproductivos masculinos y femeninos, sus funciones y, de charlas con otras mujeres, las alternativas de “la primera vez”. La percepción de lo desconocido me colmó de ese anhelo, antes negado y ciego, que ahora tenía un destinatario.
-Me voy a bañar -le anuncié a Betiana.
-Si necesitás alguna pilcha, pedime -ofreció con generosidad.
-Después te digo -agradecí, porque era todo un gesto de desprendimiento.
Estuve como media hora en la ducha. Salí tan relajada que me tiré un momento en la cama y me quedé dormida.
-¡Luci, Luci! -abrí los ojos y miré atontada la cara de Betiana.- ¡Son las ocho! ¿Pensás salir en bata?
Me despabilé al instante. Salté hacia el armario y busqué la solera que había estrenado la última Navidad. Me vestí ante la mirada atenta de mi hermana y acepté sus sandalias de taco alto para completar mi atuendo. Insistió en maquillarme y ordenar mi pelo alborotado por la siesta. Me sentía como un torero antes de salir al ruedo. Cuando mi arreglo estuvo listo, me miró apreciativamente.
-¡Estás preciosa, Luci! -dijo con entusiasmo.- Lorenzo va a perder la chaveta. Cuando entren en confianza -dijo conspirativa- a lo mejor lo convencés de que me presente a su hermano…
Largué la carcajada porque ya extrañaba a la antigua Betiana. Le prometí que haría lo posible.
La imagen que me devolvió el espejo era la de una mujer seductora distante años luz de la chiquilla desaliñada que Lorenzo encontró entre las rocas. Sentí que estaba preparada para interpretar los misterios del amor. Mis cavilaciones fueron suspendidas por la irrupción de mamá y la abuela que venían a examinar mi sorprendente metamorfosis. Sospecho que también ellas estaban inquietas por mi anormal desinterés en el sexo opuesto. Sus miradas aprobadoras lo dijeron todo. Bajamos las cuatro y me sometí al escrutinio de papá. Ya me había visto con esa ropa, pero seguramente no había reparado en que su hija menor había dejado de ser una niña.
-¡Luci! ¿Cuándo creciste tanto? -dijo acongojado.
-Me llevó más de diecisiete años, papi -le contesté abrazándolo.
Me mantuvo apretada contra él y después me separó para observarme con detenimiento. Una sonrisa de aquiescencia encendió su rostro cuando declaró:
-Ahora soy el afortunado padre de dos hermosas mujeres. Espero que no abandonen el nido tan pronto.
La consideración de mi abuela quebró la solemnidad del momento:
-Siempre que no encuentren un pájaro enamoradizo como vos. ¿O acaso te olvidaste a qué edad empezaste a cortejar a mi Aurora?
-¡Mea culpa! -rió mi padre.- Pero no dirás, Eugenia, que tu hija no fue afortunada… -le guiñó un ojo.
Abu asintió. Si algo no podía negar era la dedicación que papá prodigaba a su familia. El sonido del timbre me sobresaltó. Betiana corrió hacia la entrada con una sonrisa cómplice. Poco después entraba con Lorenzo. Saludó a todos y después de una charla trivial me propuso que nos fuéramos. Yo estaba desencantada. ¡Tantos halagos por parte de mi familia y él no parecía impresionado! Subimos al auto en silencio y tampoco hablamos hasta llegar al restaurante. Eligió una mesa en el jardín y recién cuando estábamos sentados, derramó su mirada celeste sobre mi rostro.
-Estás tan hermosa… -dijo quedamente.
-Creí que no te habías dado cuenta de mi nuevo look -argüí para ocultar mi turbación.
-Pasé a buscar a una jovencita pendenciera y me encontré con una mujer deslumbrante. ¿Qué esperabas, Cenicienta? No podía celebrar la transformación delante de tu familia como hubiese querido.
No me animé a preguntarle cómo. En su lugar, revisé la carta y le indiqué lo que deseaba comer. Lorenzo sonrió y llamó al camarero. La cena no fue tan elocuente en confidencias como el desayuno. Nuestros ojos decían lo que no nos animábamos a poner en palabras.
-¿Querés ir a bailar? -me preguntó después de pagar la cuenta.
Yo no deseaba el bullicio de un boliche o una discoteca. Lo sorprendí con mi propuesta:
-Sí. A tu casa.
Tomó mi mano que descansaba sobre la mesa y preguntó con voz grave:
-¿Estás segura?
-Sí -repetí.
Su departamento estaba en el quinto piso de un edificio frente al mar. En el ascensor no osé mirarlo a los ojos. Me temblaban un poco las piernas pensando en mi audacia y sus posibles consecuencias. Él lo intuyó y actuó con naturalidad.
-Acomodate mientras preparo algún trago -ofreció guiándome hasta el amplio balcón equipado con un sillón doble y una mesa baja.
Me senté y dejé que mis sentidos se saturaran del rumor de las olas y el incansable movimiento del agua. Lorenzo volvió con dos copas y se sentó a mi lado. Probé mi bebida consciente de su cercanía que me despertaba una inexplicable debilidad. Su brazo rodeó mis hombros y me atrajo sin violencia contra su costado. Después levantó mi barbilla y sus pupilas, ahora oscuras como el mar, capturaron mis ojos que ya no querían huir.