La cabaña distaba
dos kilómetros del monte de frutales. Estaba construida entre olmos y fresnos
que la reparaban de los vendavales. Luciano se volvió hacia la muchacha que
había guarecido sobre su costado durante el corto viaje y depositó un casto
beso sobre su frente. Le abrió la puerta para que bajara y franqueó la entrada
de su casa. Sandra paseó la vista por el amplio ambiente que inauguraba el
comienzo de su privacidad. Reparó en los pisos de madera pulida, el confortable
sillón de dos cuerpos, la mesa baja y la lámpara de pie. El cielorraso de
listones oscuros confería un aire de solidez a la estancia en cuyo centro se
destacaba una salamandra de hierro. Los escasos y prácticos muebles
atestiguaban la condición de vivienda transitoria. Se sintió un poco inerme en
ese claustro sellado, a solas con el hombre cuyo contacto deseaba y temía. Él
advirtió su inquietud y no se apuró. Los truenos y relámpagos anticiparon la
lluvia que comenzó a golpear los cristales de la ventana. La joven permaneció
varada delante de la abertura con los ojos fijos en el exterior. Lucho sonrió y
dijo con voz tranquila:
-No tengo mucho
para convidarte porque no estaba previsto que ocupara la cabaña. Pero al menos
puedo invitarte con café.
-Gracias. Me
gustaría -aceptó Sandra apartándose de la ventana.
-Sentate o
recorré el resto de mi palacio -ofreció él con un gesto humorístico.
La joven caminó
hacia una de las puertas laterales y la abrió para encontrarse con el cuarto de
baño amplio y con detalles modernos que seguramente no eran los originales. La
otra entreabierta -no lo dudó- correspondía al dormitorio. La ancha cama de dos
plazas entre las mesas de luz dominaba la habitación. Una cómoda y un
guardarropa de madera maciza completaban el reducido mobiliario. Se volvió con
la sensación de que Lucho la había seguido, pero eran los fantasmas de su
mente, porque el hermano de Romi estaba preparando la infusión que le había
ofrecido. Más relajada, se acomodó en el sillón y disfrutó del inigualable
espectáculo de la tormenta. Pensó que le suscitaba los mismos sentimientos que
estar aislada con Luciano: fascinación y miedo. El deseo se ligaba al temor de
la violencia que frustrara la expectativa amorosa. La aparición del joven
transportando una bandeja con dos humeantes pocillos y un plato con masitas
interrumpió su soliloquio.
-Café, y masas
secas para después -señaló con una sonrisa al tiempo que se sentaba al lado de
ella.
-¿Para después?
-balbuceó Sandra con sobresalto.
-Para después que
se descongelen -aclaró él con calma.- Estaban en el freezer.
Ella enrojeció
avergonzada de su reacción melindrosa e indagó para ocultar el rubor que no
había pasado desapercibido a los ojos del hombre:
-¿Tenés
electricidad aquí? -y comprendió la necedad de su pregunta al ver encendida la lámpara
de pie.
-La traje del
transformador que alimenta los motores de riego -dijo él ignorando su desliz.-
Traté de reciclar y dotar a la cabaña de las comodidades más elementales para
poder usarla cuando vengo a controlar los trabajos. -La miró con ternura.- Tomá
el café que se te enfría.
Sandra bebió
obedientemente. Lucho se levantó y momentos después una suave melodía se
integraba al sonido de la lluvia. Volvió por ella y le tendió la mano:
-Vení.
Practiquemos para esta noche -invitó con una sonrisa.
Ella se levantó y
Luciano la sujetó con suavidad. Se movieron lentamente mientras Bryan Adams
entonaba “Todo lo que hago lo hago por ti”, canción que a Sandra la cautivaba.
¿Se lo había confesado alguna vez? No lo creía, pero ahí estaban, el uno en
brazos del otro, y cuando él empezó a traducirle al oído No me digas que no vale la pena intentarlo…….. No existe ningún sitio, a menos que tú estés allí……….
Todo lo que hago lo hago por ti, las prevenciones de Sandra se disolvieron
al amor prodigado en cada palabra. Cuando terminó la canción, Lucho no la
liberó.
-¿Adónde habíamos
quedado…? -preguntó con voz gutural, buscando su boca.
Ella, en el
umbral de la entrega mutua, se aflojó contra su cuerpo y se besaron con hambre,
explorando labios, lenguas y dientes. El hombre saboreó con tierna violencia el
suave interior de la boca femenina refrenando su creciente deseo. La tenía allí
y no iba a malograr el prodigioso momento. Un trueno explosivo los sumió en la
oscuridad arrancando un grito de susto a Sandra que se adhirió a Luciano.
-Shs… querida -la
tranquilizó.- No temas. Un rayo debe haber dañado el transformador. Aquí no
corremos peligro… -Y retomó la caricia enardecido por el estrecho contacto de
sus formas.
La densa penumbra
favoreció la desinhibición de la muchacha. Conciente de la mutua apetencia,
apretó su rostro contra el pecho resonante del joven.
-Te quiero,
Lucho, y estoy lista para estar con vos, y también siento pánico… -confesó con
voz ahogada.
-¿De qué, mi
amor, de qué…? -preguntó él separándola apenas.
-De no responder
a tus aspiraciones, de ser insensible a tu demanda sexual… -se le quebró la voz
en un sollozo.
El hombre volvió
a abrazarla. La contuvo y la acarició con suavidad hasta que se relajó. Antes
de levantarla en sus brazos, le avisó:
-Te llevo a un
lugar más cómodo -se movió con seguridad entre las sombras hasta llegar al
dormitorio con su trémula carga. Abrió la puerta entornada y caminó sin
tropiezos hasta depositarla en la cama. Se sentó junto a ella, le tomó una mano
y depositó sus labios sobre la palma.
-¿Qué te hace
pensar que sos incapaz de responder a lo que llamás… demanda sexual? -averiguó
con calidez.
-Dicho así, suena
fatal -murmuró Sandra.
-Son tus
palabras, corazón.
-Es que… más que
sacarme la curiosidad, nunca experimenté nada -admitió incómoda.
-Mmm… -fue la
única expresión de Lucho.
-Lo siento,
Luciano. Ya ves que no podría complacer a nadie… -suspiró con pesadumbre.
-Querida, voy a
rebatir tus dichos por orden -dijo al fin Lucho con firmeza.- Primero: te sueño
desde que nos reencontramos. Me acuesto renegando de no tenerte en mi cama cada
noche y me levanto ansiando verte a mi lado cada mañana. Todavía deliro por
besarte a pesar de haber probado la dulzura de tu boca. Ergo… -rió suavemente-
respondés a todas mis expectativas -volvió a besarle la mano y continuó:-
Segundo: no sé que experiencias viviste, pero me alegro de ser quien pueda
guiarte para disfrutar del sexo. Jamás te demandaría nada forzado. Quiero que
vos lo desees tanto como yo -su voz se había enronquecido.- Si sentís que me
querés, no hay nada insensible en vos -se inclinó para besarla y murmuró:- Lo
haremos despacio. Hasta donde quieras…
Se tendió de
costado y le rodeó la espalda atrayéndola contra su torso. Sandra se sentía
completamente vulnerable entre los fuertes brazos de Luciano y el oscuro deseo
de pertenecerle. Respondió a sus besos cada vez más ardientes y a la demanda
del cuerpo masculino forjado por el deseo. Lucho musitaba su nombre y palabras
apasionadas que anticipaban la voluptuosidad de su unión. Ella cerró los ojos y
se abandonó a sensaciones nunca experimentadas en sus escasos contactos
sentimentales. Las manos de él avanzaron hacia la cintura y se deslizaron sobre
su cadera presionándola contra el miembro turgente de deseo. Sandra no pudo
contener el suave quejido de ansiedad provocado por la inédita respuesta de su
cuerpo. Una creciente excitación sensibilizaba cada poro de su piel y una
progresiva incandescencia se difundió desde su garganta hasta su vientre. Buscó
la piel de Luciano debajo de la remera y acarició los hombros y el pecho
vigoroso. Él se arrancó la prenda y con un jadeo áspero la liberó de la blusa y
el sostén. Se estrecharon plenamente concientes del primer acercamiento de sus
cuerpos sin reservas. Lucho se embriagó con el contacto de los espléndidos
senos de la muchacha y su boca inició un lento recorrido desde la palpitante
sien, los labios incitantes, la estremecida garganta, hasta posarse en los
sensibles pezones que rodeó suavemente con su lengua. El gemido de Sandra brotó
incontenible ante la exquisita estimulación que endureció las puntas de sus
pechos y acrecentó el ardor de sus entrañas.
-¡Sandra,
Sandra…! ¡Qué belleza, mi amor! -celebró el varón enajenado, besando y
succionando las excitables mamas.
Ella se agitó
bajo las caricias obnubilada por la aceptación de su cuerpo que exigía mucho
más que el contacto de las manos y la boca del hombre. Su hoguera interior
reclamaba el acoplamiento con la certidumbre de que sólo así se aplacaría el
atormentador fuego que la consumía. Luciano, con la respiración acelerada por
el tácito consentimiento de la joven, se bajó del lecho para despojarla del
calzado y librarla de las prendas que le quedaban. Besó cada uno de sus pies y
escaló por sus piernas hasta el ardiente ángulo de su vientre. Sus manos
palparon la suave piel del interior de sus muslos y la ostensible humedad de la
vulva. Sandra produjo un sonido equiparable a un lamento cuando los dedos del
hombre acariciaron su clítoris.
-¡Luciano… te quiero!
-gritó vencida por el placer.
Él remontó hasta
su boca para exigirle enardecido:
-Repetí lo que
acabás de decir… -ella lo dijo una y otra vez hasta que fue acallada por un
beso irrefrenable. Lucho le susurró con voz profunda:- Quiero verte desfallecer
de placer, sentirte abandonada al goce recíproco… -la declaración se
interrumpió al encenderse la lámpara del dormitorio.
Sandra gritó
azorada por su cuerpo desnudo. El hombre se largó a reír y la miró arrobado.
-¡Apagá la luz!
-exigió ella haciéndose un ovillo.
Luciano sonrió y
se sacó la ropa. Exhibiendo su pujante desnudez, se inclinó sobre la muchacha y
la atrajo contra sí.
-Ves -le dijo
bajito- ya estamos iguales. No me prives de contemplar tu hermosura ni tu
expresión de abandono… -La besó hasta que ella se distendió entre sus brazos.
Le sujetó el
mentón para que lo mirara a los ojos y ella se dejó subyugar por la pasión que
ardía en sus pupilas. Él se sentó en la cama y recorrió con la vista el cuerpo
que anhelaba poseer. Su actitud trascendente obró como un afrodisíaco sobre
Sandra, que se rindió a la mirada masculina sin enmascarar sus sentimientos.
Lucho se inclinó sobre los labios entreabiertos que clamaban por ser besados y
la cubrió con su cuerpo febril. Su tacto se recreó sobre la piel estremecida
hasta arrancar una súplica a la mujer deseada:
-¡Luciano…! ¡Por
favor…! Te quiero… -balbuceó sin aliento.
-¿Qué querés,
amor? -preguntó él al borde de la ofensiva.
-¡A vos…! -gimió
Sandra.
-¿Adónde? - exhortó
él en el límite de su resistencia.
-Adentro mío… - imploró
ella abriéndose como una flor al contacto del sol.
Lucho deslizó sus
manos bajo los glúteos firmes y le elevó la cadera para facilitar la
penetración. Se introdujo lentamente sin dejar de observar el rostro sensitivo
que se contrajo ante el embate masculino. Él controló el ímpetu hasta quedar
completamente encajado en la cavidad femenina que ya palpitaba levemente. La
vio jadear y ladear la cabeza hacia un lado y hacia otro. Sin moverse, apoyó
los labios sobre la garganta palpitante y le susurró enloquecidas palabras de amor.
La respiración agitada se transformó en gemidos de ansiedad mientras aceleraba
los movimientos de su cadera. Luciano dominó su empuje y exacerbó con su boca
los erguidos pezones apremiando el orgasmo de la muchacha. Ella gritó de placer
cuando las contracciones involuntarias oprimieron el miembro masculino contra
las paredes de su vagina. Lucho emitió un sonido gutural y redobló las
acometidas hasta que la culminación unió sus espasmos a las postreras
convulsiones de la joven. Sin aliento, rodó sobre sí y la colocó sobre su
cuerpo para no agobiarla con su peso ni interrumpir el esperado contacto. Se
sentía exultante, acallado el temor de no poder conducirla a la consumación del
disfrute sexual. Se abrazó a la calidez de la mujer, su mujer, y la acarició con languidez mientras su corazón
recuperaba el ritmo normal.

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