jueves 29 de diciembre de 2011

AGENCIA DE ACOMPAÑANTES - 37


La cabaña distaba dos kilómetros del monte de frutales. Estaba construida entre olmos y fresnos que la reparaban de los vendavales. Luciano se volvió hacia la muchacha que había guarecido sobre su costado durante el corto viaje y depositó un casto beso sobre su frente. Le abrió la puerta para que bajara y franqueó la entrada de su casa. Sandra paseó la vista por el amplio ambiente que inauguraba el comienzo de su privacidad. Reparó en los pisos de madera pulida, el confortable sillón de dos cuerpos, la mesa baja y la lámpara de pie. El cielorraso de listones oscuros confería un aire de solidez a la estancia en cuyo centro se destacaba una salamandra de hierro. Los escasos y prácticos muebles atestiguaban la condición de vivienda transitoria. Se sintió un poco inerme en ese claustro sellado, a solas con el hombre cuyo contacto deseaba y temía. Él advirtió su inquietud y no se apuró. Los truenos y relámpagos anticiparon la lluvia que comenzó a golpear los cristales de la ventana. La joven permaneció varada delante de la abertura con los ojos fijos en el exterior. Lucho sonrió y dijo con voz tranquila: 
-No tengo mucho para convidarte porque no estaba previsto que ocupara la cabaña. Pero al menos puedo invitarte con café.
-Gracias. Me gustaría -aceptó Sandra apartándose de la ventana.
-Sentate o recorré el resto de mi palacio -ofreció él con un gesto humorístico.
La joven caminó hacia una de las puertas laterales y la abrió para encontrarse con el cuarto de baño amplio y con detalles modernos que seguramente no eran los originales. La otra entreabierta -no lo dudó- correspondía al dormitorio. La ancha cama de dos plazas entre las mesas de luz dominaba la habitación. Una cómoda y un guardarropa de madera maciza completaban el reducido mobiliario. Se volvió con la sensación de que Lucho la había seguido, pero eran los fantasmas de su mente, porque el hermano de Romi estaba preparando la infusión que le había ofrecido. Más relajada, se acomodó en el sillón y disfrutó del inigualable espectáculo de la tormenta. Pensó que le suscitaba los mismos sentimientos que estar aislada con Luciano: fascinación y miedo. El deseo se ligaba al temor de la violencia que frustrara la expectativa amorosa. La aparición del joven transportando una bandeja con dos humeantes pocillos y un plato con masitas interrumpió su soliloquio.
-Café, y masas secas para después -señaló con una sonrisa al tiempo que se sentaba al lado de ella.
-¿Para después? -balbuceó Sandra con sobresalto.
-Para después que se descongelen -aclaró él con calma.- Estaban en el freezer.
Ella enrojeció avergonzada de su reacción melindrosa e indagó para ocultar el rubor que no había pasado desapercibido a los ojos del hombre:
-¿Tenés electricidad aquí? -y comprendió la necedad de su pregunta al ver encendida la lámpara de pie.
-La traje del transformador que alimenta los motores de riego -dijo él ignorando su desliz.- Traté de reciclar y dotar a la cabaña de las comodidades más elementales para poder usarla cuando vengo a controlar los trabajos. -La miró con ternura.- Tomá el café que se te enfría.
Sandra bebió obedientemente. Lucho se levantó y momentos después una suave melodía se integraba al sonido de la lluvia. Volvió por ella y le tendió la mano:
-Vení. Practiquemos para esta noche -invitó con una sonrisa.
Ella se levantó y Luciano la sujetó con suavidad. Se movieron lentamente mientras Bryan Adams entonaba “Todo lo que hago lo hago por ti”, canción que a Sandra la cautivaba. ¿Se lo había confesado alguna vez? No lo creía, pero ahí estaban, el uno en brazos del otro, y cuando él empezó a traducirle al oído No me digas que no vale la pena intentarlo…….. No existe ningún sitio, a menos que tú estés allí………. Todo lo que hago lo hago por ti, las prevenciones de Sandra se disolvieron al amor prodigado en cada palabra. Cuando terminó la canción, Lucho no la liberó.
-¿Adónde habíamos quedado…? -preguntó con voz gutural, buscando su boca.
Ella, en el umbral de la entrega mutua, se aflojó contra su cuerpo y se besaron con hambre, explorando labios, lenguas y dientes. El hombre saboreó con tierna violencia el suave interior de la boca femenina refrenando su creciente deseo. La tenía allí y no iba a malograr el prodigioso momento. Un trueno explosivo los sumió en la oscuridad arrancando un grito de susto a Sandra que se adhirió a Luciano.
-Shs… querida -la tranquilizó.- No temas. Un rayo debe haber dañado el transformador. Aquí no corremos peligro… -Y retomó la caricia enardecido por el estrecho contacto de sus formas.
La densa penumbra favoreció la desinhibición de la muchacha. Conciente de la mutua apetencia, apretó su rostro contra el pecho resonante del joven.
-Te quiero, Lucho, y estoy lista para estar con vos, y también siento pánico… -confesó con voz ahogada.
-¿De qué, mi amor, de qué…? -preguntó él separándola apenas.
-De no responder a tus aspiraciones, de ser insensible a tu demanda sexual… -se le quebró la voz en un sollozo.
El hombre volvió a abrazarla. La contuvo y la acarició con suavidad hasta que se relajó. Antes de levantarla en sus brazos, le avisó:
-Te llevo a un lugar más cómodo -se movió con seguridad entre las sombras hasta llegar al dormitorio con su trémula carga. Abrió la puerta entornada y caminó sin tropiezos hasta depositarla en la cama. Se sentó junto a ella, le tomó una mano y depositó sus labios sobre la palma.
-¿Qué te hace pensar que sos incapaz de responder a lo que llamás… demanda sexual? -averiguó con calidez.
-Dicho así, suena fatal -murmuró Sandra.
-Son tus palabras, corazón.
-Es que… más que sacarme la curiosidad, nunca experimenté nada -admitió incómoda.
-Mmm… -fue la única expresión de Lucho.
-Lo siento, Luciano. Ya ves que no podría complacer a nadie… -suspiró con pesadumbre.
-Querida, voy a rebatir tus dichos por orden -dijo al fin Lucho con firmeza.- Primero: te sueño desde que nos reencontramos. Me acuesto renegando de no tenerte en mi cama cada noche y me levanto ansiando verte a mi lado cada mañana. Todavía deliro por besarte a pesar de haber probado la dulzura de tu boca. Ergo… -rió suavemente- respondés a todas mis expectativas -volvió a besarle la mano y continuó:- Segundo: no sé que experiencias viviste, pero me alegro de ser quien pueda guiarte para disfrutar del sexo. Jamás te demandaría nada forzado. Quiero que vos lo desees tanto como yo -su voz se había enronquecido.- Si sentís que me querés, no hay nada insensible en vos -se inclinó para besarla y murmuró:- Lo haremos despacio. Hasta donde quieras…
Se tendió de costado y le rodeó la espalda atrayéndola contra su torso. Sandra se sentía completamente vulnerable entre los fuertes brazos de Luciano y el oscuro deseo de pertenecerle. Respondió a sus besos cada vez más ardientes y a la demanda del cuerpo masculino forjado por el deseo. Lucho musitaba su nombre y palabras apasionadas que anticipaban la voluptuosidad de su unión. Ella cerró los ojos y se abandonó a sensaciones nunca experimentadas en sus escasos contactos sentimentales. Las manos de él avanzaron hacia la cintura y se deslizaron sobre su cadera presionándola contra el miembro turgente de deseo. Sandra no pudo contener el suave quejido de ansiedad provocado por la inédita respuesta de su cuerpo. Una creciente excitación sensibilizaba cada poro de su piel y una progresiva incandescencia se difundió desde su garganta hasta su vientre. Buscó la piel de Luciano debajo de la remera y acarició los hombros y el pecho vigoroso. Él se arrancó la prenda y con un jadeo áspero la liberó de la blusa y el sostén. Se estrecharon plenamente concientes del primer acercamiento de sus cuerpos sin reservas. Lucho se embriagó con el contacto de los espléndidos senos de la muchacha y su boca inició un lento recorrido desde la palpitante sien, los labios incitantes, la estremecida garganta, hasta posarse en los sensibles pezones que rodeó suavemente con su lengua. El gemido de Sandra brotó incontenible ante la exquisita estimulación que endureció las puntas de sus pechos y acrecentó el ardor de sus entrañas.
-¡Sandra, Sandra…! ¡Qué belleza, mi amor! -celebró el varón enajenado, besando y succionando las excitables mamas.
Ella se agitó bajo las caricias obnubilada por la aceptación de su cuerpo que exigía mucho más que el contacto de las manos y la boca del hombre. Su hoguera interior reclamaba el acoplamiento con la certidumbre de que sólo así se aplacaría el atormentador fuego que la consumía. Luciano, con la respiración acelerada por el tácito consentimiento de la joven, se bajó del lecho para despojarla del calzado y librarla de las prendas que le quedaban. Besó cada uno de sus pies y escaló por sus piernas hasta el ardiente ángulo de su vientre. Sus manos palparon la suave piel del interior de sus muslos y la ostensible humedad de la vulva. Sandra produjo un sonido equiparable a un lamento cuando los dedos del hombre acariciaron su clítoris.
-¡Luciano… te quiero! -gritó vencida por el placer.
Él remontó hasta su boca para exigirle enardecido:
-Repetí lo que acabás de decir… -ella lo dijo una y otra vez hasta que fue acallada por un beso irrefrenable. Lucho le susurró con voz profunda:- Quiero verte desfallecer de placer, sentirte abandonada al goce recíproco… -la declaración se interrumpió al encenderse la lámpara del dormitorio.
Sandra gritó azorada por su cuerpo desnudo. El hombre se largó a reír y la miró arrobado.
-¡Apagá la luz! -exigió ella haciéndose un ovillo.
Luciano sonrió y se sacó la ropa. Exhibiendo su pujante desnudez, se inclinó sobre la muchacha y la atrajo contra sí.
-Ves -le dijo bajito- ya estamos iguales. No me prives de contemplar tu hermosura ni tu expresión de abandono… -La besó hasta que ella se distendió entre sus brazos.
Le sujetó el mentón para que lo mirara a los ojos y ella se dejó subyugar por la pasión que ardía en sus pupilas. Él se sentó en la cama y recorrió con la vista el cuerpo que anhelaba poseer. Su actitud trascendente obró como un afrodisíaco sobre Sandra, que se rindió a la mirada masculina sin enmascarar sus sentimientos. Lucho se inclinó sobre los labios entreabiertos que clamaban por ser besados y la cubrió con su cuerpo febril. Su tacto se recreó sobre la piel estremecida hasta arrancar una súplica a la mujer deseada:
-¡Luciano…! ¡Por favor…! Te quiero… -balbuceó sin aliento.
-¿Qué querés, amor? -preguntó él al borde de la ofensiva.
-¡A vos…! -gimió Sandra.
-¿Adónde? - exhortó él en el límite de su resistencia.
-Adentro mío… - imploró ella abriéndose como una flor al contacto del sol.
Lucho deslizó sus manos bajo los glúteos firmes y le elevó la cadera para facilitar la penetración. Se introdujo lentamente sin dejar de observar el rostro sensitivo que se contrajo ante el embate masculino. Él controló el ímpetu hasta quedar completamente encajado en la cavidad femenina que ya palpitaba levemente. La vio jadear y ladear la cabeza hacia un lado y hacia otro. Sin moverse, apoyó los labios sobre la garganta palpitante y le susurró enloquecidas palabras de amor. La respiración agitada se transformó en gemidos de ansiedad mientras aceleraba los movimientos de su cadera. Luciano dominó su empuje y exacerbó con su boca los erguidos pezones apremiando el orgasmo de la muchacha. Ella gritó de placer cuando las contracciones involuntarias oprimieron el miembro masculino contra las paredes de su vagina. Lucho emitió un sonido gutural y redobló las acometidas hasta que la culminación unió sus espasmos a las postreras convulsiones de la joven. Sin aliento, rodó sobre sí y la colocó sobre su cuerpo para no agobiarla con su peso ni interrumpir el esperado contacto. Se sentía exultante, acallado el temor de no poder conducirla a la consumación del disfrute sexual. Se abrazó a la calidez de la mujer, su mujer, y la acarició con languidez mientras su corazón recuperaba el ritmo normal.