jueves, 29 de diciembre de 2011

AGENCIA DE ACOMPAÑANTES - 37


La cabaña distaba dos kilómetros del monte de frutales. Estaba construida entre olmos y fresnos que la reparaban de los vendavales. Luciano se volvió hacia la muchacha que había guarecido sobre su costado durante el corto viaje y depositó un casto beso sobre su frente. Le abrió la puerta para que bajara y franqueó la entrada de su casa. Sandra paseó la vista por el amplio ambiente que inauguraba el comienzo de su privacidad. Reparó en los pisos de madera pulida, el confortable sillón de dos cuerpos, la mesa baja y la lámpara de pie. El cielorraso de listones oscuros confería un aire de solidez a la estancia en cuyo centro se destacaba una salamandra de hierro. Los escasos y prácticos muebles atestiguaban la condición de vivienda transitoria. Se sintió un poco inerme en ese claustro sellado, a solas con el hombre cuyo contacto deseaba y temía. Él advirtió su inquietud y no se apuró. Los truenos y relámpagos anticiparon la lluvia que comenzó a golpear los cristales de la ventana. La joven permaneció varada delante de la abertura con los ojos fijos en el exterior. Lucho sonrió y dijo con voz tranquila: 
-No tengo mucho para convidarte porque no estaba previsto que ocupara la cabaña. Pero al menos puedo invitarte con café.
-Gracias. Me gustaría -aceptó Sandra apartándose de la ventana.
-Sentate o recorré el resto de mi palacio -ofreció él con un gesto humorístico.
La joven caminó hacia una de las puertas laterales y la abrió para encontrarse con el cuarto de baño amplio y con detalles modernos que seguramente no eran los originales. La otra entreabierta -no lo dudó- correspondía al dormitorio. La ancha cama de dos plazas entre las mesas de luz dominaba la habitación. Una cómoda y un guardarropa de madera maciza completaban el reducido mobiliario. Se volvió con la sensación de que Lucho la había seguido, pero eran los fantasmas de su mente, porque el hermano de Romi estaba preparando la infusión que le había ofrecido. Más relajada, se acomodó en el sillón y disfrutó del inigualable espectáculo de la tormenta. Pensó que le suscitaba los mismos sentimientos que estar aislada con Luciano: fascinación y miedo. El deseo se ligaba al temor de la violencia que frustrara la expectativa amorosa. La aparición del joven transportando una bandeja con dos humeantes pocillos y un plato con masitas interrumpió su soliloquio.
-Café, y masas secas para después -señaló con una sonrisa al tiempo que se sentaba al lado de ella.
-¿Para después? -balbuceó Sandra con sobresalto.
-Para después que se descongelen -aclaró él con calma.- Estaban en el freezer.
Ella enrojeció avergonzada de su reacción melindrosa e indagó para ocultar el rubor que no había pasado desapercibido a los ojos del hombre:
-¿Tenés electricidad aquí? -y comprendió la necedad de su pregunta al ver encendida la lámpara de pie.
-La traje del transformador que alimenta los motores de riego -dijo él ignorando su desliz.- Traté de reciclar y dotar a la cabaña de las comodidades más elementales para poder usarla cuando vengo a controlar los trabajos. -La miró con ternura.- Tomá el café que se te enfría.
Sandra bebió obedientemente. Lucho se levantó y momentos después una suave melodía se integraba al sonido de la lluvia. Volvió por ella y le tendió la mano:
-Vení. Practiquemos para esta noche -invitó con una sonrisa.
Ella se levantó y Luciano la sujetó con suavidad. Se movieron lentamente mientras Bryan Adams entonaba “Todo lo que hago lo hago por ti”, canción que a Sandra la cautivaba. ¿Se lo había confesado alguna vez? No lo creía, pero ahí estaban, el uno en brazos del otro, y cuando él empezó a traducirle al oído No me digas que no vale la pena intentarlo…….. No existe ningún sitio, a menos que tú estés allí………. Todo lo que hago lo hago por ti, las prevenciones de Sandra se disolvieron al amor prodigado en cada palabra. Cuando terminó la canción, Lucho no la liberó.
-¿Adónde habíamos quedado…? -preguntó con voz gutural, buscando su boca.
Ella, en el umbral de la entrega mutua, se aflojó contra su cuerpo y se besaron con hambre, explorando labios, lenguas y dientes. El hombre saboreó con tierna violencia el suave interior de la boca femenina refrenando su creciente deseo. La tenía allí y no iba a malograr el prodigioso momento. Un trueno explosivo los sumió en la oscuridad arrancando un grito de susto a Sandra que se adhirió a Luciano.
-Shs… querida -la tranquilizó.- No temas. Un rayo debe haber dañado el transformador. Aquí no corremos peligro… -Y retomó la caricia enardecido por el estrecho contacto de sus formas.
La densa penumbra favoreció la desinhibición de la muchacha. Conciente de la mutua apetencia, apretó su rostro contra el pecho resonante del joven.
-Te quiero, Lucho, y estoy lista para estar con vos, y también siento pánico… -confesó con voz ahogada.
-¿De qué, mi amor, de qué…? -preguntó él separándola apenas.
-De no responder a tus aspiraciones, de ser insensible a tu demanda sexual… -se le quebró la voz en un sollozo.
El hombre volvió a abrazarla. La contuvo y la acarició con suavidad hasta que se relajó. Antes de levantarla en sus brazos, le avisó:
-Te llevo a un lugar más cómodo -se movió con seguridad entre las sombras hasta llegar al dormitorio con su trémula carga. Abrió la puerta entornada y caminó sin tropiezos hasta depositarla en la cama. Se sentó junto a ella, le tomó una mano y depositó sus labios sobre la palma.
-¿Qué te hace pensar que sos incapaz de responder a lo que llamás… demanda sexual? -averiguó con calidez.
-Dicho así, suena fatal -murmuró Sandra.
-Son tus palabras, corazón.
-Es que… más que sacarme la curiosidad, nunca experimenté nada -admitió incómoda.
-Mmm… -fue la única expresión de Lucho.
-Lo siento, Luciano. Ya ves que no podría complacer a nadie… -suspiró con pesadumbre.
-Querida, voy a rebatir tus dichos por orden -dijo al fin Lucho con firmeza.- Primero: te sueño desde que nos reencontramos. Me acuesto renegando de no tenerte en mi cama cada noche y me levanto ansiando verte a mi lado cada mañana. Todavía deliro por besarte a pesar de haber probado la dulzura de tu boca. Ergo… -rió suavemente- respondés a todas mis expectativas -volvió a besarle la mano y continuó:- Segundo: no sé que experiencias viviste, pero me alegro de ser quien pueda guiarte para disfrutar del sexo. Jamás te demandaría nada forzado. Quiero que vos lo desees tanto como yo -su voz se había enronquecido.- Si sentís que me querés, no hay nada insensible en vos -se inclinó para besarla y murmuró:- Lo haremos despacio. Hasta donde quieras…
Se tendió de costado y le rodeó la espalda atrayéndola contra su torso. Sandra se sentía completamente vulnerable entre los fuertes brazos de Luciano y el oscuro deseo de pertenecerle. Respondió a sus besos cada vez más ardientes y a la demanda del cuerpo masculino forjado por el deseo. Lucho musitaba su nombre y palabras apasionadas que anticipaban la voluptuosidad de su unión. Ella cerró los ojos y se abandonó a sensaciones nunca experimentadas en sus escasos contactos sentimentales. Las manos de él avanzaron hacia la cintura y se deslizaron sobre su cadera presionándola contra el miembro turgente de deseo. Sandra no pudo contener el suave quejido de ansiedad provocado por la inédita respuesta de su cuerpo. Una creciente excitación sensibilizaba cada poro de su piel y una progresiva incandescencia se difundió desde su garganta hasta su vientre. Buscó la piel de Luciano debajo de la remera y acarició los hombros y el pecho vigoroso. Él se arrancó la prenda y con un jadeo áspero la liberó de la blusa y el sostén. Se estrecharon plenamente concientes del primer acercamiento de sus cuerpos sin reservas. Lucho se embriagó con el contacto de los espléndidos senos de la muchacha y su boca inició un lento recorrido desde la palpitante sien, los labios incitantes, la estremecida garganta, hasta posarse en los sensibles pezones que rodeó suavemente con su lengua. El gemido de Sandra brotó incontenible ante la exquisita estimulación que endureció las puntas de sus pechos y acrecentó el ardor de sus entrañas.
-¡Sandra, Sandra…! ¡Qué belleza, mi amor! -celebró el varón enajenado, besando y succionando las excitables mamas.
Ella se agitó bajo las caricias obnubilada por la aceptación de su cuerpo que exigía mucho más que el contacto de las manos y la boca del hombre. Su hoguera interior reclamaba el acoplamiento con la certidumbre de que sólo así se aplacaría el atormentador fuego que la consumía. Luciano, con la respiración acelerada por el tácito consentimiento de la joven, se bajó del lecho para despojarla del calzado y librarla de las prendas que le quedaban. Besó cada uno de sus pies y escaló por sus piernas hasta el ardiente ángulo de su vientre. Sus manos palparon la suave piel del interior de sus muslos y la ostensible humedad de la vulva. Sandra produjo un sonido equiparable a un lamento cuando los dedos del hombre acariciaron su clítoris.
-¡Luciano… te quiero! -gritó vencida por el placer.
Él remontó hasta su boca para exigirle enardecido:
-Repetí lo que acabás de decir… -ella lo dijo una y otra vez hasta que fue acallada por un beso irrefrenable. Lucho le susurró con voz profunda:- Quiero verte desfallecer de placer, sentirte abandonada al goce recíproco… -la declaración se interrumpió al encenderse la lámpara del dormitorio.
Sandra gritó azorada por su cuerpo desnudo. El hombre se largó a reír y la miró arrobado.
-¡Apagá la luz! -exigió ella haciéndose un ovillo.
Luciano sonrió y se sacó la ropa. Exhibiendo su pujante desnudez, se inclinó sobre la muchacha y la atrajo contra sí.
-Ves -le dijo bajito- ya estamos iguales. No me prives de contemplar tu hermosura ni tu expresión de abandono… -La besó hasta que ella se distendió entre sus brazos.
Le sujetó el mentón para que lo mirara a los ojos y ella se dejó subyugar por la pasión que ardía en sus pupilas. Él se sentó en la cama y recorrió con la vista el cuerpo que anhelaba poseer. Su actitud trascendente obró como un afrodisíaco sobre Sandra, que se rindió a la mirada masculina sin enmascarar sus sentimientos. Lucho se inclinó sobre los labios entreabiertos que clamaban por ser besados y la cubrió con su cuerpo febril. Su tacto se recreó sobre la piel estremecida hasta arrancar una súplica a la mujer deseada:
-¡Luciano…! ¡Por favor…! Te quiero… -balbuceó sin aliento.
-¿Qué querés, amor? -preguntó él al borde de la ofensiva.
-¡A vos…! -gimió Sandra.
-¿Adónde? - exhortó él en el límite de su resistencia.
-Adentro mío… - imploró ella abriéndose como una flor al contacto del sol.
Lucho deslizó sus manos bajo los glúteos firmes y le elevó la cadera para facilitar la penetración. Se introdujo lentamente sin dejar de observar el rostro sensitivo que se contrajo ante el embate masculino. Él controló el ímpetu hasta quedar completamente encajado en la cavidad femenina que ya palpitaba levemente. La vio jadear y ladear la cabeza hacia un lado y hacia otro. Sin moverse, apoyó los labios sobre la garganta palpitante y le susurró enloquecidas palabras de amor. La respiración agitada se transformó en gemidos de ansiedad mientras aceleraba los movimientos de su cadera. Luciano dominó su empuje y exacerbó con su boca los erguidos pezones apremiando el orgasmo de la muchacha. Ella gritó de placer cuando las contracciones involuntarias oprimieron el miembro masculino contra las paredes de su vagina. Lucho emitió un sonido gutural y redobló las acometidas hasta que la culminación unió sus espasmos a las postreras convulsiones de la joven. Sin aliento, rodó sobre sí y la colocó sobre su cuerpo para no agobiarla con su peso ni interrumpir el esperado contacto. Se sentía exultante, acallado el temor de no poder conducirla a la consumación del disfrute sexual. Se abrazó a la calidez de la mujer, su mujer, y la acarició con languidez mientras su corazón recuperaba el ritmo normal.

sábado, 24 de diciembre de 2011

AGENCIA DE ACOMPAÑANTES - 36


Luisa golpeó suavemente la puerta del cuarto de las chicas. Esperó un momento y entró. Entreabrió las persianas para no deslumbrar a las durmientes y observó los jóvenes rostros descansando con serenidad. La primera en abrir los ojos fue Sandra quien la estudió perezosamente a través de sus tupidas pestañas. Sonrió y se desperezó al reconocerla. La mujer se acercó al lecho y la besó en la mejilla:
-¡Buen día, querida! ¿Cómo pasaste la noche?
-Dormí como un tronco. ¿Qué hora es?
-Las nueve y media. Pero Lucho manda a decir que si todavía necesitás descansar, la visita al monte de frutales se posterga hasta la tarde -comunicó con una sonrisa.
-No. Ya no podría seguir durmiendo. -Se incorporó y sacudió a Romi con suavidad:- ¡Ey, dormilona, hora de levantarse!
La jovencita la miró aturdida. Después vio a su mamá y le estiró los brazos cariñosamente. Luisa la abrazó y la besó.
-¿Qué hora es? -preguntó como su amiga.
-Hora de tomar el desayuno. Y después de visitar la plantación de tu hermano -dijo Luisa.- Ahora las dejo para que se cambien. Las esperamos abajo con café y torta. -Les sopló un beso y salió.
-¿Iremos a caballo? -se interrogó Romi.
-No sé. En frío me duele todo el cuerpo como si me hubieran apaleado. Pero vos no te privés de tu maestro - sugirió su amiga.
-Veamos lo que decidió Lucho. Seguro que pensó en todos los detalles -aseveró la hermana.- Sacate el camisón así te paso la pomada.
Sandra obedeció. Romina la untó por la espalda y ella terminó la tarea con la parte delantera del cuerpo. Se vistieron con prendas cómodas y bajaron a desayunar. Varios de los invitados paseaban por los alrededores. Algunos dormían y otros estaban degustando las tortas caseras. Mike y Lucho se adelantaron para recibir a las jóvenes. Romi abrazó y besó su novio mientras su hermano se acercaba a Sandra y la observaba con intensidad.
-¿Cómo estás? -le preguntó tiernamente.
-Como nueva -sonrió.- Pero no creo que pueda soportar el traqueteo de un equino.
-Lo supuse -coincidió el hombre.- Iremos en las camionetas. Ahora, a reponer energías. Te recomiendo el budín de frutas, es la especialidad de Marta.
Caminaron hasta la mesa adonde Sandra saludó y felicitó nuevamente a Leonor y agradeció los parabienes de los presentes por su feliz rescate. Lucho le acercó un pocillo de café con leche y un trozo de budín. Ella lo miró reconocida y se arreboló ante la promesa apasionada que le transmitían las pupilas masculinas.
-Voy a recordar éste como mi mejor aniversario -dijo Leonor apretándole las manos.- Por haber conocido a una joven hermosa por fuera y por dentro, y por otra ilusión que espero se concrete.
Sandra supo que las palabras de Leonor se referían a la relación de ella y Luciano, no sólo por la mirada que la mujer cambió con él, sino por la expresión inexorable del rostro varonil. Comió y bebió despaciosamente disfrutando ese momento que ni hubiera soñado en las aciagas horas del día anterior. Se impregnó de los sonidos e imágenes propios del entorno y apreció la afectuosa compañía de los comensales. Si los ojos de Lucho le hablaban de amor, los de Luisa, Romi y Leonor expresaban cariño y reconocimiento. Braulio y Rafael se acercaron a la mesa y la saludaron, para anunciar luego que las camionetas estaban listas para la excursión.
-Estaría bien salir ahora, patroncito -le dijo el capataz a Luciano.- La tormenta se está acercando.
Sandra observó el cielo despejado y pensó que el hombre deliraba. Lucho levantó la cabeza y oteó el firmamento con gesto conocedor para ratificar la advertencia del hombre:
-Tenés razón -la miró a ella y le preguntó:- ¿Terminaste el desayuno?
-Sí. Pero ¿cómo saben que va a llover? No hay nubes y el sol brilla como nunca.
El joven se agachó a su lado y señaló el horizonte:
-¿Ves esa línea casi gris sobre los árboles, y los pájaros que vuelan de un lado a otro? -Ella prestó atención a los detalles que le mostraba y asintió.- La línea irá avanzando y oscureciéndose. Puede llegar a ser un temporal con mucha lluvia y descargas eléctricas. No conviene que nos sorprenda entre los árboles.
-Estás hecho todo un hombre de campo -sonrió la muchacha.- ¿Con qué otra cosa me vas a sorprender?
-Eso te lo voy a decir a solas -susurró Luciano comiéndola con la mirada.
Sandra no lo rehuyó. El suave rubor que teñía sus mejillas le indicó al hombre que su mensaje había sido entendido. Se incorporó para no besarla delante de todos porque no confiaba en controlar las ansias de arrebatarla en sus brazos y llevársela.
-Gente, vayan acercándose a las camionetas que en un momento partimos -transmitió al grupo que iría hasta la plantación.
Su familia, con Leonor, Mike, Sandra y dos invitados se aprestaron a seguirlo. Braulio distribuyó los lugares en los vehículos y se puso al volante del más grande. En el rodado más chico se acomodó Lucho con su hermana, Sandra y Michael. Al partir, Sandra observó que el cielo había perdido parte de la transparencia que exhibía rato antes. Atrás, su amiga y Mike parloteaban en inglés. Luciano esbozó una sonrisa ante los comentarios de Romi.
-¿Me vas a traducir? -pidió su compañera con suavidad.
Él desvió un momento sus ojos del camino para mirarla amorosamente:
-La descomedida se está quejando de que nunca respondo a sus reclamos y de que si no fuera por vos, jamás hubiera conocido el monte de frutales.
-¡Eh! -reprochó ella volviéndose hacia los ocupantes del asiento trasero.- No está nada bien referirse a mí en un idioma que no entiendo.
-No te enojes, amiga del alma -pidió Romi con un mohín- pero lo que digo es la pura verdad. El corazón de mi hermano tiene hoy un solo ocupante.
Sandra le hizo un gesto de recriminación que provocó la risa de su amiga y una mirada divertida de Mike que captaba cada vez más el castellano. Se enderezó en su asiento y acarició con la vista el perfil atractivo del conductor. Se detuvo en sus labios y los imaginó sobre los suyos. Una corriente de sensualidad la atravesó provocándole un escalofrío. Él se volvió, apartando la vista del sendero desierto,  como intuyendo sus pensamientos. Su mirada de complacencia la sobresaltó y la colmó de ansiedad. Clavó la vista al frente y divisó los primeros árboles. Una exclamación de asombro brotó de sus labios al tiempo que un dulce aroma acariciaba sus fosas nasales. Los vehículos se acercaron bordeando la cortina forestal hasta una senda que se extendía de una punta de la plantación hasta la otra. Luciano detuvo la camioneta a la entrada y Braulio lo imitó. Cuando todos bajaron, los ingenieros y el capataz precedieron la caminata. Durazneros, ciruelos, naranjos, limoneros, cerezos, higueras, manzanos, perales y otros ejemplares cuyos nombres les fueron aclarando a medida que avanzaban, embellecían su follaje en una explosión de flores que deleitaba la vista y el olfato. Dejando a los visitantes vagar con libertad entre las filas de árboles, Lucho tomó a Sandra por el brazo y la guió hasta una formación de sakuras en flor. La joven se extasió ante la bóveda formada por las copas florecidas enfrentadas en blanco y rosa.
-¡Luciano! -exclamó sin aliento.- Esto es lo más hermoso que he visto… -Sus dedos acariciaron con suavidad los pétalos fragantes.
El hombre se acercó despaciosamente impregnándose en la visión de la muchacha embelesada. Pensó que ese túnel florido demandaba su presencia para estar acabado así como él la necesitaba para sentirse completo. Las primeras nubes tormentosas ocultaron el sol y una brisa fresca erizó la piel de Sandra. Luciano arrancó una flor rosada y la enredó en su pelo. Ella alzó el rostro que el joven enmarcó entre sus manos deteniéndose en la contemplación de la bella imagen. Bajó la cabeza lentamente ahondando en las pupilas femeninas que, ante la inminencia de la caricia, se ocultaron tras las sedosas pestañas. El beso llegó tierno y cálido para transformarse en una ardiente exploración de la boca temblorosa. Los brazos masculinos la estrecharon con avidez ahuyentando el frío de las ráfagas que presagiaban la lluvia. Lucho la separó apenas para decirle con voz enronquecida:
-Quiero llevarte a mi casa.
-Y yo quiero ir a tu casa -respondió ella ocultando su cara en el pecho del hombre que volvió a adueñarse de su boca.
Abandonados a sus impulsos los sorprendió el estallido del primer trueno. El estruendo y la presencia del capataz los separó.
-Perdone, patroncito -dijo el hombre compungido.- Si no volvemos ahora nos quedaremos empantanados en los caminos.
-Braulio -apremió Luciano.- Acomodá a todos en la camioneta grande porque Sandra y yo nos vamos en la chica.
-Descuide, patroncito. Ya mismo los amontono y los llevo -accedió con humor y sin pedir explicaciones.
Volvieron caminando con el viento en contra; Lucho cuidando de Sandra, por lo que Braulio se le adelantó y pidió a los integrantes del grupo que se ubicaran todos en el vehículo mayor.
-¡Pero nosotros viajamos con mi hermano! -recordó Romina.
-Usted suba, señorita, porque el patroncito va a llevar a la señorita Sandra a conocer su casa.
La chica abrió la boca y se echó a reír. Le pidió a Mike que se ubicara y después se le sentó en las rodillas. Cuando el capataz arrancó, le susurró a su novio:
-Conocer la casa. Jaja. Apuesto a que le hará conocer otras cosas además de la casa.
Michael rió por lo bajo y le susurró al oído:
-¿Cómo las que yo te hice conocer en el hotel?
-Algo así -murmuró Romi.- Pero no igual.
Él la apretó contra su cuerpo y evocó los fabulosos momentos de intimidad que deseaba renovar con esa chiquilla. El resto del pasaje elogiaba la excelencia de la plantación. Las primeras gotas de lluvia los sorprendieron cerca de la estancia. El conductor estacionó pegado a la entrada para que los excursionistas no se mojaran. Antes de que llevara el vehículo bajo techo, Leonor le pidió que bajara un momento.
-Decime, Braulio, ¿adónde iba Luciano?
-A su cabaña, señora. Es que de los maleantes y los cocodrilos le fue fácil salvarse a la señorita Sandra. Pero seguro que del patroncito, no. -Contestó con expresión traviesa.
-Sos un impertinente, Braulio -amonestó la mujer con una sonrisa que desmentía el reto.- Es lógico que el ingeniero no quiera tener reservas con su pareja. ¿No te parece?
-Lo que me parece es que volverán noviando, señora -declaró.- Y ya era hora, ¿no?

miércoles, 21 de diciembre de 2011

AGENCIA DE ACOMPAÑANTES - 35


Sandra, acurrucada entre las ramas del árbol que la refugiaba, comenzó a sentir los primeros síntomas de cansancio que el instinto de supervivencia confinó para cuando estuviera a salvo. El aire fresco de la noche enfrió su piel y su ropa mojada provocándole una ola de escalofríos y una sensación de entumecimiento en sus miembros. No quería rendirse a la fatiga porque caería del escondite que la mantenía alejada de los saurios y su intuición le decía que pronto Luciano aparecería para rescatarla. Ella había hecho su parte escapándose de los delincuentes, claro que gracias a los artefactos que tanto la hicieron reír. ¿Habrían encontrado a las mujeres enseguida? No lo sabía, pero recordaba las palabras de Lucho: “vuelvo enseguida”.  Y se habría inquietado al no verla por los alrededores. Se aferró a sus divagaciones para no desfallecer. Estoy enamorada de Luciano y quiero librarme de esta pesadilla para escuchar que me ama y poder confesarle que sueño con sus besos y que presiento que hacer el amor con él será glorioso. ¡Por favor, Dios mío, que no me ataquen los cocodrilos ni las víboras, ahora quiero vivir para conocer el amor! Luciano, Luciano, Luciano… vení pronto que te necesito. Qué tonta, como si pudiera escucharme. ¿Y cómo me encontrará? No sé si caminé en línea recta, aunque lo intenté. ¿Cómo imaginarse que caí en este pozo? Me parece que este bosque es tan grande… No voy a aguantar toda la noche. Pero tengo que hacerlo. Me van a encontrar. Si no, ¿cómo podría festejar Leonor su cumpleaños? ¡Ay, Lucho! Si me hubiera abandonado a tu beso en la confitería a lo mejor no hubiéramos venido a Arancibia. ¡Qué disparate! ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Que a lo mejor estaríamos de viaje en otro lugar. Pero Rafael y familia hubieran venido al cumpleaños. Yo ví la desesperación de Romi cuando ese hombre repulsivo la miraba con codicia. Ella no tenía probabilidades de zafar. No, mejor que haya sido así. Ya ni siento las piernas y me hormiguean las manos. No debo caerme. Sería horrible que me coma un cocodrilo. No sé si más horrible que ese sujeto me violara. ¡Qué repugnante! ¿Sandra…?
Los sonidos llegaron distorsionados por la distancia. ¡La estaban buscando! Gritó cuando las voces se acercaron. Creyó escuchar por encima de los ladridos de un perro la voz de Luciano y lo nombró una y otra vez. Una luz la encegueció y le hizo bajar la cabeza.
-¡Sandra! -era, sin dudas, Lucho.- ¡No te muevas! Bajo a buscarte de inmediato.
-¡Los cocodrilos! -advirtió ella temiendo que el joven no los hubiera visto.
Escuchó deliberar varias voces masculinas y pronto lo vio descender enlazado por una cuerda. Cuando se emparejó a su costado se volvió hacia ella, le tendió los brazos y le dijo con voz conmovida:
-Hola, muchachita, me pregunto qué otro recurso vas a inventar para escaparte de mí.
Sandra rió alucinada. Lo que menos deseaba era escaparse de los brazos que esperaban por ella. Tendió los suyos para enlazar el cuello de Lucho y se sintió izada y estrechada contra el cuerpo del hombre.
-Sandra, Sandra, Sandra… -desgranó él en su oído.- Estás aquí y puedo creer en los milagros. Nunca, nunca, nunca, dejaré que te apartes de mi vista… -sus labios bajaron por la mejilla de la joven y se detuvieron en la comisura de su boca.
-¡Eh, patroncito! Los hombres se están acalambrando. Suban y consiéntanse arriba -gritó Braulio en tono jocoso.
Luciano rió con ganas y comenzó a escalar sosteniendo a Sandra con firmeza. Cuando alcanzaron el borde del barranco unos brazos liberaron al joven de su carga. Rafael la ciñó y sus palabras de bienvenida se mezclaron con los aplausos y parabienes de los rescatistas.
-¡Hija! ¡Me siento tan feliz de verte enterita que prometo bailar toda la noche! -exclamó el padre de Romi estampándole un beso en la mejilla.
La joven largó la risa porque conocía la fobia que tenía Rafael por el baile. Se separó y lo miró con gratitud. Abarcó con un gesto a todos los rastreadores y expresó:
-¡Gracias a todos! No sé cómo retribuirles su ayuda, pero en ningún momento dudé que me buscaran.
Mike se acercó para abrazarla y le comunicó, con ayuda de Lucho, que Romina ya estaba al tanto del resultado de la búsqueda. Braulio dio la orden de regreso y ellos se aprestaron a seguir al grupo.
-¿Estás en condiciones de caminar? -preguntó Luciano.
-¡Ah, sí! Después de la disparatada corrida, será como dar un paseo.
Él, que deseaba confinarla contra su pecho, se resignó y le ofreció el brazo. Media hora después hicieron un alto en el refugio adonde los esperaba Damián. Relató que el comisario con dos ayudantes habían trasladado a los delincuentes a la cárcel y  festejó con alegría el oportuno rescate de su compañera de baile. Con otros dos hombres se ocupó de los caballos y los demás se repartieron en los vehículos. Sandra, flanqueada por Luciano y Mike, se sumió en un relajado sopor hasta arribar a la estancia. Los gritos de Romi que corrió hacia la camioneta antes de que estacionara le sacudieron la somnolencia. Mike se apresuró a bajar antes de que su novia lo arrollara.
-¡Sandra! ¿Estás bien? -la abrazó exaltada.
-¡Sí, sí…! -rió apretujada contra Luciano por la efusividad de su amiga.- Bajate que vamos a asfixiar a tu hermano.
-Por mí, no se molesten -murmuró él extasiado por el contacto.
Sandra empujó a Romina y abandonaron el vehículo. Luisa y Leonor las alcanzaron a medio camino y abrazaron estrechamente a la muchacha que tan generosamente se había expuesto por ellas.
-Vamos adentro, querida, que está esperando el doctor González para revisarte -dijo la dueña de casa.
-¡No es necesario! No tengo más que raspones y magulladuras -protestó la chica.
-Nos vamos a quedar más tranquilas -adhirió la madre de Romi.- No sea que alguna herida se infecte.
Ella miró a Luciano esperando que la apoyara, pero el joven le guiñó un ojo e hizo un gesto de abstención con las manos.
-Bueno -aceptó.- Si es para que se queden tranquilas…
Caminó hacia la casa rodeada por las mujeres y ceñida por Romina que parecía temer que desapareciera. El médico, un hombre entrado en años y aspecto distinguido, la revisó con minuciosidad y terminó declarando que ninguna herida revestía peligro y no dejarían huellas. Le dejó una pomada cicatrizante y las instrucciones para su uso. Cuando se despidió, el antiguo reloj de péndulo tocó dos campanadas.
Rafael, Mike y Luciano, seguidos por Braulio, se hicieron presentes ni bien se fue el facultativo.
-Vine a desearle un buen descanso, señorita Sandra -dijo el capataz.- Espero que mañana pueda disfrutar del mejor lugar de la estancia.
-Sin dudas, Braulio. Gracias por todo -sonrió ella.
El hombre se despidió del resto y se retiró. Rafael opinó que era hora de descansar si al día siguiente querían cumplir con todas las actividades. Los seis invitados subieron a la planta alta y se despidieron en el corredor.
-Necesito darme el baño más largo de mi vida -dijo Sandra apenas ingresaron al dormitorio.
-Sí, porque después tenés que embadurnarte con la pomada que te dio el médico -aprobó Romina.- Mientras tanto, tenés que contarme cómo te escapaste de esos tipos.
Mientras llenaba la bañera con agua templada, la joven le relató a su amiga los detalles de su huída y el posterior refugio en el árbol hasta la llegada de los rescatistas. Sumergida en el agua tibia y perfumada, sintió que la adversidad quedaba atrás y que el porvenir era una aventura excitante. Después, Romi le desparramó el ungüento por la espalda y le preguntó:
-¿Qué pensaste cuando estabas sola en la oscuridad?
-En que Luciano pronto me encontraría -confesó sin rodeos.
Romina detuvo su faena y se movió para enfrentarla.
-¿Debo creer que lo querés? -inquirió anhelante.
-Con toda mi alma -afirmó Sandra.
-¡Amiga, no vas a salir defraudada! Te auguro un amor tanto o más intenso que el mío… -hizo un gesto presuntuoso- Lo que es mucho decir…- Se abrazaron riendo y poco después se rindieron al sueño que reclamaban cuerpos y mentes agotados.

domingo, 18 de diciembre de 2011

AGENCIA DE ACOMPAÑANTES - 34


Rafael corrió hacia el albergue de los peones y buscó a Juan Cruz. Le transmitió los pedidos de su hijo y Braulio y volvió a la casona para conseguir una prenda de Sandra y poner al tanto a las mujeres. Los demás invitados se habían reunido en la estancia de Leonor.
-¿Hay novedades? -Romina corrió a su encuentro.
-Sí. Al parecer escapó de los secuestradores y ahora vamos a buscarla. Traeme alguna ropa que haya usado recientemente -pidió su padre.
La muchacha disparó hacia la escalera que conducía a las habitaciones. Leonor y Luisa se acercaron para preguntar por Sandra. Después que Rafael les relatara lo que habló con Lucho, Leonor hizo un gesto negativo con la cabeza.
-Espero que la encuentre pronto. El bosque oculta muchos animales de hábitos nocturnos. Pero el Señor protegerá a un ser tan generoso como ella.
-¿Qué animales? -interrogó Romi que traía una remera de su amiga.
-Lamento haber hecho ese comentario -dijo Leonor.- Seguramente son todas aprensiones mías y la traerán a salvo.
-Yo quiero ir con ustedes -pidió Romi a su padre.
Mike se acercó, la abrazó y la besó con suavidad.
-Yo los voy a acompañar en tu nombre, pero necesito estar tranquilo por tu seguridad. Quédate con tu madre y te mantendré informada de las novedades.
La joven miró el rostro serio de su amante y no dudó de que haría tanto o más que ella para encontrar a su amiga. Hizo un gesto de asentimiento y los dejó partir. Fue a reunirse con Luisa, Leonor y el grupo de parientes y amigos que aguardaban noticias de la víctima del secuestro. Una mujer, con poco tacto, ostentaba su ilustración acerca de la flora y fauna de la cuña boscosa:
-Los mamíferos no son tan peligrosos como las boas y los yacarés que abundan en las zonas anegadas. Aunque dicen que anda merodeando por esa zona una manada de aguará guazú.
-Si fueras un poco conocedora -intervino la dueña de casa que advirtió el espanto en los ojos de Romi- no irías divulgando falacias acerca de ese animal, que no es más que un perro grande y poco agresivo, especialmente con los humanos.
-Sin embargo -porfió la invitada- los lugareños lo asimilan al lobisón, y cuentan que entra a los corrales para matar el ganado y que su aullido es idéntico al de un lobo.
-Ridícula comparación cuando jamás ha habido lobos en esta región -dijo Leonor con disgusto.- Y te ruego, Lourdes, que te abstengas de hacer más comentarios que nos intranquilicen.
La anfitriona tomó el brazo de Romina y la condujo hacia un sillón alejado del corro de asistentes. Le hizo un ademán para que tomara asiento y se ubicó junto a ella.
-Romi, deploro tanto mi indiscreción como la de Lourdes, porque no ayuda en nada a esta vigilia. Pero si de algo estoy segura es de que tu hermano y mis hombres la encontrarán y la traerán a salvo. Además, si fue capaz de huir de sus captores, habrá encontrado un sitio fiable para aguardar.
-¿Cómo podría saber ella que salieron a rescatarla? -sollozó la joven.
-¡Romi! Me extraña que conozcas tan poco a Luciano. ¿No has notado lo que siente por Sandra? Te garantizo que tu hermano es la esperanza de tu amiga. Esa confianza la sostendrá, querida.
-¡Ay, Leonor! Estoy tan asustada que perdí de vista lo más importante. Sí que conozco los sentimientos de Lucho y de Sandra, y sé que él caminaría sobre fuego para protegerla, pero la imagino en territorio desconocido, expuesta a mil calamidades y temo que se deje llevar por la desesperación.
-No la conozco tanto como vos -manifestó la mujer- sin embargo ha probado con creces su temperamento. No cualquiera expone su vida por una amiga en peligro y por una vieja que apenas conoce.
-¡Eso es lo que me atormenta! -gimió Romina.- Que se haya arriesgado para defenderme. Si algo le ocurriera… -no terminó el párrafo acometida por el llanto.
Leonor la abrazó hasta que la muchacha se calmó. A Romi se le atropellaron las palabras:
-No podría soportar que le ocurriera algo porque la quiero como a una hermana y la perdería a ella y a Lucho. Deseaba que en este viaje se sinceraran porque ambos se aman. Sé que mi hermano puede derribar esa muralla que Sandra levantó para no ser herida por los desengaños. Y ella teme y desea rendirse. Pero ¿y si ya no hay oportunidad? -dijo afligida.
-¡Vamos, muchacha! No voy a aceptar que Rafael tenga una hija tan aprensiva. Debemos creer que si Sandra ha tenido las agallas de escapar, Luciano, los rastreadores y los perros no tardarán en ubicarla.
Romina se sintió sacudida por las palabras de Leonor. Se enderezó y miró a la mujer con reconocimiento:
-Gracias, Leonor. Necesitaba un buen regaño. Me estoy condoliendo por mí en lugar de pensar en que las cualidades de mi amiga y mi hermano pronostican un buen desenlace. -Le sonrió y auguró con optimismo:- Apuesto que mañana festejaremos el mejor cumpleaños que haya tenido.
-¡Dios te oiga! -convino la festejada.- Y ahora vayamos a ver si la partida se puso en marcha.
Atravesaron el corredor que llevaba hasta la salida y desde la puerta alcanzaron a observar el desplazamiento de dos camionetas. Romi sacó el celular y le envió un mensaje a Mike: “te amo”. La respuesta no tardó en llegar: “te amo, también”.
Mike se concentró en el recorrido del vehículo. El conductor le imprimía regular velocidad atento a la senda que bordeaba el bosque y al avance del coche guía. Las luces intermitentes indicaron que girarían a la derecha adonde comenzaba la vegetación. Se internaron entre los árboles a través de una senda estrecha pero que permitía el paso de los utilitarios. Veinte minutos después los faros alumbraron el auto de los secuestradores. Juan Cruz detuvo la marcha y se comunicó con Roberto, el chofer del otro vehículo, para indicarle que estaban cerca de la cabaña y completarían el recorrido a pié. Bajaron hombres y perros para caminar hasta el refugio al resplandor de las linternas. Luciano, frenético de impaciencia, salió a recibirlos. Rafael y Mike lo abrazaron para transmitirle su respaldo, y poco después los hombres se dividieron en dos grupos encabezados cada uno por un perro que previamente había olfateado la remera de la extraviada.
-Aproximadamente a un kilómetro está la hondonada -explicó Braulio.- Revisen con los palos dónde pisan para no desbarrancarse. Si encuentran alguna señal, nos avisamos por radio -terminó de dar las instrucciones.
El capataz salió con Lucho y tres ayudantes, mientras que el otro equipo quedó a cargo de Juan Cruz con la colaboración de Rafael, Mike y otros dos hombres. En la cabaña, aguardando a la policía, quedó Damián custodiando a los forajidos. Tanteando con los bastones y voceando el nombre de la muchacha, marchó la partida de rescate. Las linternas relucieron sobre ojos y bultos esquivos que se ocultaban rápidamente entre las sombras, poblando de imágenes trágicas la mente del hombre enamorado.

jueves, 15 de diciembre de 2011

AGENCIA DE ACOMPAÑANTES - 33


Luciano se dirigió al cobertizo adonde guardaba la camioneta. Braulio lo detuvo en el camino:
-Patroncito, es mejor ir a caballo. Es difícil pasar con un auto y además los pondremos sobre aviso. Los muchachos ya prepararon las monturas.
El joven asintió. Llegaron a las caballerizas adonde los peones sostenían las riendas de tres caballos. Damián se acercó a Braulio y le entregó un fusil como el que portaba él.
-Ingeniero, tengo un arma para usted -le ofreció a Lucho.
-No, Damián. No sé manejarla. Confío en ustedes. Y ahora, vámonos -apremió.
Los tres montaron quedando el capataz a la cabeza del grupo. Guió diestramente a hombres y animales entre los árboles acrecentados por las sombras. Luciano luchaba contra la ansiedad de poner al galope su corcel atendiendo a la imperiosa necesidad de acudir en ayuda de Sandra. La imagen de la muchacha maltratada o herida lo llenaba de angustia y se reprochó no haber intuido el peligro que la acechaba. La oscuridad era un espeso pantano que había que sortear con precaución para no encontrarse con obstáculos que retrasaran la expedición. Cada tanto consultaba el mapa de su móvil para comprobar la precisión del recorrido y disminuir su impaciencia. Un siglo después, para su sentir, Braulio detuvo la marcha. Se apearon y en voz baja les comunicó que estaban a pocos metros de la cabaña y que convenía llegar de a pie. Aseguraron a los caballos entre unos árboles y se deslizaron con sigilo detrás del capataz. Sus ojos acostumbrados a las sombras distinguieron los contornos de la construcción a la que se acercaron en silencio. Damián se adelantó mientras Lucho y Braulio lo cubrían. A una seña del encargado, se lanzó sobre la puerta y la abrió de un empellón. Lucho enfocó el interior con una potente linterna dominado por la preocupación de distinguir a su amada. Tirado en el piso divisaron a un hombre que emitía quejidos, al que se acercaron para interrogar:
-¡Ah, maula! -exclamó Braulio después de arrancarle la máscara.- No te bastó que te perdonaran los robos en la estancia que tu codicia aumentó. ¿Adónde está la señorita?
El individuo siguió gimoteando sin responder. Luciano lo levantó y lo arrojó sobre el camastro.
-Decime dónde está la mujer que te llevaste o juro que te mato -le dijo sin levantar la voz.
-¡Se escapó! -graznó amedrentado.- Yo no le hice nada…
-¿Adónde está tu compinche? -preguntó el capataz.
-Se fue a hablarle a la dueña -murmuró el delincuente.
-Debemos organizar a los hombres para la búsqueda -dijo Braulio a sus acompañantes.
Luciano se comunicó con su padre y le pidió que reuniera una cuadrilla equipada con linternas y elementos de rescate para encontrarse cuanto antes en el refugio.
-¡Que traigan a Baco y Mota! -encareció el capataz.- Y alguna prenda de la señorita.
Lucho transmitió el pedido a Rafael quien le aseguró que saldrían inmediatamente.
-Yo la voy a buscar -dijo el joven.- Ustedes esperen a mi padre.
-¡No, patroncito! Usted desconoce el lugar y tendremos que buscar a dos en lugar de uno. Juan Cruz conoce la cabaña y llegarán enseguida. Además contamos con dos buenos perros rastreadores que nos guiarán adonde esté.
Luciano, lejos de aceptar el razonamiento de Braulio, se preparó para salir cuando escucharon acercarse el motor de un auto. Damián acercó el fusil a la cabeza del postrado mientras el capataz se acercaba a la puerta para cerrarla y quedaba apostado al costado con el arma preparada. Lucho apagó la linterna y se emparejó con él. Aguardaron en silencio la entrada del otro secuestrador que ingresó en la choza sin sospechar que habían sido descubiertos. Intentó huir al ver a Damián y a su cómplice fuera de combate, pero Braulio lo atontó de un golpe mientras Lucho le arrebataba el arma.
-¡Desgraciados! -dijo el capataz.- Se van a arrepentir de lo que hicieron.
Lo arrojó al lado de su secuaz y le ordenó a Damián que los atara. Luciano pisó inadvertidamente los restos del celular de Sandra y alumbró el lugar con la linterna. Recogió los pedazos y formuló una maldición. Si ella hubiera conservado el teléfono ya la estaríamos ubicando. Increpó al rufián que encontraron en la cabaña:
-Contame con detalles cómo escapó, no sea que estés mintiendo -pronunció en tono contenido.
-¡No, señor, no miento! Me tiró ácido en los ojos y después me electrocutó -gritó el sujeto intimidado.
Lucho rió con nerviosismo ante el desconcierto del grupo. ¡Adorable muchacha! Sí que sabía defenderse. Se regocijó por haberle acercado los dispositivos y por el encadenamiento de sucesos que posibilitaron que los llevara encima. Ahora estaba seguro de que se había fugado. Por un momento ensoñó el encuentro: ella corría hacia sus brazos ansiosos de recibirla y levantaba el rostro para recibir un beso que resumía todas las palabras de amor que pudiera prodigarle. Como una revelación, cruzó por su mente el peligro que podía acecharla en medio de la oscuridad.
-¡Braulio! ¿Qué animales deambulan de noche? -preguntó con voz alterada.
-Muchos, patroncito. Roguemos al cielo que no se cruce con ninguna amenaza -manifestó, mirando la cara ensombrecida de Luciano.

martes, 13 de diciembre de 2011

AGENCIA DE ACOMPAÑANTES - 32


Sandra soportó los empellones con que los sujetos la sacaron por la parte trasera de la casa. Sus ojos giraban enloquecidos esperando que alguien se cruzara con ellos, pero amparados por las sombras crecientes de la tarde llegaron hasta un vehículo adonde la empujaron, sin delicadeza, en el asiento trasero. Uno de los individuos se sentó atrás para vigilarla mientras el otro se hacía cargo del volante. Perdió la cuenta de las curvas que pegaron antes de internarse en una zona densamente arbolada. El conductor manejaba con cuidado sólo alumbrado por las luces bajas. Después de un tiempo que le pareció una eternidad, detuvieron el coche entre varios árboles y la hicieron bajar. Caminaron; ella arrastrada del brazo, hasta una construcción desdibujada por la oscuridad. El que los precedía empujó la puerta y se sumergieron entre las tinieblas del interior. Sandra experimentó un ataque de pánico que se esforzó en controlar para no desmoronarse delante de sus captores. La luz de una linterna recorrió la habitación y se detuvo en un farol que unas manos abrieron para encender la mecha. Una claridad amarillenta, que no disipaba las sombras de los rincones, los alumbró. Cuando su visión se adaptó a la escasa luz, distinguió un camastro, una mesa y dos sillas. Le señalaron la desvencijada litera con una advertencia:
-Sentate y no se te ocurra escapar porque nos vamos a olvidar que valés plata.
Ella obedeció y se acomodó al borde del lecho. El que parecía mandar habló en voz baja unas palabras con el otro y salió de la casucha. Sandra escuchó el roncar del motor cuando el auto se puso en marcha y el crujir de las ramitas al alejarse. El cancerbero, que no había dejado de vigilarla, cruzó una tranca en la puerta, apoyó el arma contra la pared y se le acercó:
-Tenemos casi una hora, piba. Vamos a jugar un ratito -dijo el individuo inclinándose hacia ella y arrancándole la mordaza de un tirón.
Ella no pudo reprimir una exclamación de dolor que olvidó, cuando las manos del sujeto tocaron su cuerpo.
-¿Qué vas a hacer? -lo retó mirándolo a los ojos.- Si tenés ganas de divertirte, hacelo como hombre y no con una mujer atada.
La levantó de un tirón y la apoyó contra su cuerpo excitado.
-¡Callate! ¿Querés? Yo te voy a mostrar cómo se divierte un hombre - aseguró tocándole el trasero.
Ella se resistía ladeándose a los costados cuando el delincuente lanzó un insulto y, enarbolando el celular, la arrojó sobre la cama:
-¡Reverenda puta! ¡Tenías el teléfono y no dijiste nada! -gritó abofeteándola.
-¡Estás loco! ¡Me ataron las manos! ¿Cómo podría usarlo? -exclamó.
El sujeto lo tiró contra el piso y lo deshizo a tacazos. Después se volvió hacia ella con un brillo de furia en los ojos.
-Te voy a enseñar… -gruñó entre dientes.
La joven presintió que su chance de eludirlo era ínfima. Volvió a clavar la mirada en la de su atacante y silabeó incitante:
-Desatame y nos divertiremos los dos. Yo también tengo cosas que enseñarte si no tenés miedo de una mujer…
-¿Miedo yo? -se exaltó el personaje.- Podría estrangularte con una mano.- La rodeó con los brazos y maniobró sobre sus muñecas hasta despegar la banda engomada. Después se incorporó y la observó por encima:- Ya estás libre. Demostrame que sabés hacer con las manos.
Sandra se tendió de costado y lo provocó:
-Acostate. Te va a gustar más en esta posición…
El delincuente, respirando con pesadez, se tumbó junto a ella y la apretó contra su cuerpo sudoroso. Ella pensó que se iba a descomponer del tufo que emanaba del hombre excitado. Se dominó y palpó la entrepierna masculina. Subió lentamente por su torso hasta el cuello y entreabrió los labios acariciando el rostro enmascarado. Escuchó el jadeo del sujeto y sintió la presión de su miembro en total erección. Tengo una sola oportunidad, pensó. Ubicó su mano izquierda a la altura de los ojos del hombre y la unió a su diestra. Deslizó el seguro del anillo y sepultó el rostro en el pecho del individuo que, abandonado a sus instintos, recibió a medias la descarga de gas por debajo de la máscara. Al tiempo que aullaba de dolor la asió por el pelo colmándola de blasfemias. Sandra gritó y apretó el botón de la pulsera clavando la punta en el cuerpo de su agresor. Atinó a separarse del sujeto convulsionado y aflojó la presión cuando pensó que podía matarlo. Lo empujó con las piernas fuera del camastro mientras pisaba el suelo sollozando. Corrió hacia la puerta liberándola de la estaca y trastabilló hacia el exterior. Sus piernas, movidas por el instinto de conservación, la encaminaron hacia los árboles. Se desplazó siempre adelante, tropezando, cayendo y levantándose. La oscuridad era su aliada y su enemiga; la ocultaba pero la exponía al ataque de alimañas y depredadores que poblaban su fantasía. Frenó la desordenada carrera al darse de bruces contra el suelo cuando su pie se enganchó en una protuberante raíz. Estuvo tendida hasta recuperar el aliento y comprobar que sus huesos habían resistido el porrazo. No había más sonidos a su alrededor que el sigiloso movimiento de los animales nocturnos; nada que indicase que fuera perseguida. Se animó a encender la linterna y dirigió el haz hacia el frente. Apenas entreveía los primeros árboles, pero pensó que bastaba para avanzar en línea recta. Caminó aprisa aunque verificando la dirección de sus pasos. Sabía que tenía que alejarse lo más posible del refugio de los secuestradores y ocultarse para que no la encontraran. Ahora no sólo estaba en juego su integridad sino su vida. Anduvo durante un tiempo que juzgó interminable aturdida por los latidos de su corazón y su prolífica imaginación. Ni siquiera presintió que la barrera vegetal crecía al borde del profundo barranco que la engulló liberando los gritos que había reprimido en la huída. Cayó dando tumbos hasta el fondo y en el último giro quedó sumergida en el agua. El estanque era profundo y braceó para emerger. Tosiendo, para expulsar el agua que había tragado, intentó tranquilizarse y mantenerse a flote. No debo estar lejos de la orilla. Espero que funcione la linterna. Apretó el botón y la luz se encendió. La dirigió hacia adelante y los lados hasta divisar lo que evaluó como vegetación. Nadó en esa dirección hasta tantear los matorrales que aferró para izarse fuera del pozo. Permaneció boca abajo para restablecer su aliento y luego se volvió con sobresalto al escuchar un chapoteo. El mortecino resplandor de la linterna se reflejó en unos ojos sobresalidos del agua. ¡Un cocodrilo! ¡Dios mío! ¡Un cocodrilo! Se levantó de un salto y alumbró la pared de la hondonada que caía a pique sobre el agua. Bordeó el hoyo hasta encontrar un espacio más plano que ascendía hacia la oscuridad. Se aferró a las salientes que su mano tanteaba entre las sombras y fue trepando hasta encontrar unas ramas fuertes que semejaban a una horquilla. Se aseguró en su base y encogió las piernas esperando que el reptil no pudiera alcanzarla.