sábado 7 de enero de 2012

AGENCIA DE ACOMPAÑANTES - 38


Más tarde, Sandra resbaló hacia el costado de Luciano y él giró para tomarla en sus brazos. Se besaron deslumbrados y felices.
-¿Adónde está la dulce muchachita insensible? -musitó él sobre su boca.
-La vas a extrañar porque ya no hay vuelta atrás… -ronroneó ella enlazándole el cuello con las manos.
-Quiero a la adorable mujer que se despertó al amor -dijo Lucho volviendo a besarla- y que me regaló la primicia de su sensualidad. -La miró con ansia:-¡Deseaba tanto que fuera tu momento más inolvidable…!
-¡Y lo fue, mi amor! - afirmó Sandra arrebatada.- Jamás pensé que podría sentir un placer tan intenso. Pero tenía que ser con vos… -murmuró besándolo en el cuello.
Él se estremeció y la pegó a su cuerpo. Se quedaron respirando acompasadamente hasta que ella le dijo:
-¡Me muero de hambre! Quiero las masitas para después… -rió.
Luciano jugó con su pelo y se levantó con una sonrisa. Ella lo siguió con la mirada, magnetizada por la gallarda figura que tanto deleite le había brindado. Ahora le parecía un desvarío haberse privado de tantas sensaciones trascendentes. Ya no temía lo que pasara en el futuro, porque aún sabiendo que su relación no fuera perdurable, no renunciaría al momento que había vivido. Él volvió con la fuente y dos copas de champaña recién servidas. En la sala se reproducía la canción que habían bailado. La miró con adoración y le estiró una copa. Cruzaron los brazos para brindar y sellaron la dedicatoria con un beso. Lucho acercó una masita a su boca y ella la mordió por la mitad. El hombre se inclinó y atrapó la otra mitad con sus dientes. Riendo, repitieron el juego que terminó con sus bocas unidas. Sandra suspiró y apoyó la cabeza sobre el torso masculino. Prestó atención a los sonidos exteriores y se desprendió suavemente de los brazos que la cercaban. Caminó hasta la ventana y apartó el cortinado comprobando que ya no llovía y un creciente resplandor aventaba las sombras de la tormenta. El sol avanzó precedido por un nítido arco iris que abarcaba el horizonte visible sobre la espesura.
-¡Lucho, no te pierdas esta maravilla! -llamó.
Él se puso detrás de ella y pasó los brazos por su cintura para arrimarla a su cuerpo. Observaron el mágico fenómeno en silencio con la sensación de ser los únicos habitantes del bosque. La proximidad del hombre despertó en ella reminiscencias de su encuentro amoroso y una punzada de excitación la impelió a estrecharse contra él. La respiración de Luciano se aceleró y su miembro creció contra la espalda de la muchacha. Sus brazos ascendieron hasta los senos para acogerlos en sus manos ahuecadas que después se abrieron en una sensual caricia. Apartó el cabello de su nuca y apoyó los labios ardientes sobre la suave piel. El jadeo entrecortado de Sandra lo electrizó y la hizo girar para envolverla apretadamente. Ella se abandonó a los brazos que la estrujaron contra un cuerpo sediento de su contacto. Luciano deslizó sus labios desde la frente de la muchacha hasta los párpados cerrados y bajó hasta conquistar la boca temblorosa. Labios tiernos y exigentes, lenguas enredándose en un anticipo de la unión que clamaban sus cuerpos. Sintió una plenitud que ni sus más ocultos sueños podrían haberle develado y amó a la mujer que lo había despertado a la conciencia de la vida con cada partícula de su cuerpo y de su mente. La arrastró hasta el lecho adonde se desplomaron sin separarse del abrazo. Sandra tuvo la sensación de ser arrastrada por una gigantesca ola que sofocaba su respiración e inundaba de fuego su cuerpo. Se aferró a Luciano con un quejido y levantó una pierna sobre la cadera del hombre. Él rió suavemente y al tiempo que la enardecía con sus caricias le murmuró cosas que aumentaron su apetencia sensual. La volteó sobre la espalda y le acomodó las piernas alrededor de su cintura inclinándose para penetrarla lenta y profundamente. Ella se debatió debajo de él murmurando su nombre y con el rostro encendido de voluptuosidad. Lucho grabó en sus retinas la imagen de la joven entregada al placer de la unión y se impulsó afuera para ocuparla después con más hondura. Sus empujes pausados desencadenaron en ella una intensa percepción del apogeo y se irguió contra él demandando, con sus ondulaciones y gemidos, que se moviera con más rapidez. Él satisfizo el deseo que coincidía con su urgencia hasta que la culminación lo arrasó como un ciclón. La mujer lo siguió de inmediato, estremecida por los espasmos y repitiendo su nombre. Con el último resto de energía él se tendió boca arriba y la atrajo sobre sí. Somnoliento, acarició y besó su cabeza con ternura. La respiración de ambos se fue aquietando y se abandonaron al sueño.
Sandra, aún acostada sobre Lucho, fue la primera en despertar. Se deslizó sobre la cama y buscó el celular para comprobar la hora. ¡Las seis de la tarde! En la estancia ya habrían comenzado los preparativos para la fiesta. Entró al cuarto de baño para vaciar la vejiga y después contempló su rostro en el espejo del botiquín. Tenía la expresión distendida, los ojos más brillantes y la piel enrojecida por los besos de su amante. Se sonrió a sí misma y decidió darse una ducha. Cuando volvió al dormitorio envuelta en un toallón, Luciano había despertado.
-Hola, mi bella. Te extrañé -le dijo estirando el brazo hacia ella.
Sandra lo tomó y él la atrajo sin violencia hasta el borde de la cama. Se besaron largamente, deleitados por el éxtasis compartido. Lucho la separó un poco y la envolvió en una mirada amorosa y complacida.
-Ayer habría matado por vos -manifestó con voz grave.- Hoy moriría por vos.
-Luciano querido, es la más bella declaración de amor que podría esperar -dijo ella conmovida.- Pero son las seis de la tarde y debemos volver a la finca antes de que empiecen los festejos.
-Sí, señora. Mi señora -subrayó él posesivo volviendo a besarla.
La muchacha rió halagada y se incorporó. Caminó hasta la puerta y desde allí le dijo:
-Vestite mientras caliento un café.
Lucho se dio un baño rápido y se reunió con ella en la sala. Tomaron la infusión y antes de las siete enfilaron para la estancia. Él detuvo la camioneta antes de llegar y la tomó entre sus brazos para besarla larga e intensamente. Cuando se separaron le dijo entre categórico y expectante:
-A partir de hoy y hasta que nos vayamos pernoctaremos en la cabaña. No puedo soportar una noche más sin vos.
Sandra hizo un gesto de aquiescencia y, en silencio, el hombre puso el vehículo en marcha y no pararon hasta llegar a la casona. En el porche de entrada estaban sentados Braulio y Rafael. El hermano de Romina bajó y abrió la puerta para que la chica hiciera lo propio. Le pasó un brazo por los hombros y se acercaron a saludar a los hombres. Ella se sintió expuesta al escrutinio del capataz y del padre de Lucho y el sonrojo la acometió sin piedad. Se aflojó ante la mirada aprobadora de uno y otro y el sólido abrazo de Luciano.
-¿Adónde están las mujeres? -indagó.
-Produciéndose, como dicen -informó Rafael con cara de entendido.
-Entonces -dijo Sandra- entro para no desentonar. -Lo miró a Lucho que no pudo resistirse a besarla en la boca. Ella se desasió con una sonrisa y caminó airosamente hacia el interior de la casa.
-¿Se quedó empantanado, patroncito? -preguntó Braulio para sacar al joven de su arrobamiento.
-No. Pero la tempestad fue turbulenta y decidimos esperar a que amainara -contestó inmerso en el recuerdo de su ordalía amorosa.
Los ojos de los hombres se cruzaron con un reflejo de entendimiento. Rafael se levantó y puso una mano en el hombro de su hijo:
-¿Has ido con ella adonde esperabas?
-He conocido el paraíso, viejo. Y ahora me resta convencerla de que viva conmigo.
El padre lo abrazó emocionado. El capataz, testigo de la conversación, opinó:
-Si rumbearon para allá juntos, patroncito, tenga por seguro que ella querrá repetir el viaje en su compañía.
Lucho le palmeó la espalda esbozando un gesto esperanzado.