domingo 15 de enero de 2012

AGENCIA DE ACOMPAÑANTES - 40


Luisa, mientras degustaba la torta de cumpleaños, le dijo a Sandra:
-No sé cómo lo convenciste a Rafael de que bailara. Después del vals de los novios, no pude persuadirlo nunca más.
-Es que lo prometió espontáneamente cuando me encontraron -rió la joven.- Estaba tan contento que juró bailar toda la noche.
-Bueno -dijo Luisa mirándola con afecto.- Entre las innumerables experiencias que hemos transitado, ésta no debería asombrarme. -La tomó por la mano:- Lo mejor, querida mía, es verlos tan felices a vos y a mi hijo. Así como Romi afirma que no quiere otra cuñada que no seas vos, yo espero tener la suerte de que seas mi nuera.
Lucho, que se había acercado al grupo sin ser advertido, protestó:
-¿Qué es eso, mamá? Me sacaste la primicia de la declaración.
-Entonces no pierdas el tiempo, babieca - mandó Luisa ante la divertida audiencia.
-Puesto que me obligan a una declaración pública… -Luciano sostuvo las manos de la muchacha y la contempló amorosamente:- Sandra, quiero que te cases conmigo... ¡Cuanto antes! -exhortó con nerviosismo.
-Sí -dijo ella con una sonrisa inefable.
-¿Sí…? -repitió Lucho entre eufórico y conmovido.
-¿No era eso lo que esperabas? -preguntó la joven con suavidad.
-Sandra… ¡Sandra querida! -reaccionó Luciano impulsándola hacia su cuerpo. La oprimió contra él y selló su ofrenda y el consentimiento con un profundo beso.
Los gritos de alegría de Romina se unieron a los parabienes de los presentes. Lidia y Rafael abrazaron a la muchacha jubilosos de recibirla en la familia y su amiga, exaltada por el corolario de su pretensión, la estrechó con fuerza.
-¡Mi cuñada! ¡Estoy tan contenta, Sandra! -se volvió hacia su hermano y lo abrazó.- Te llevás a la mejor mujer que conozco, así que cuidala, hermanito.
Lucho, riendo, la levantó por la cintura y le hizo dar un giro antes de depositarla en el suelo. Besó la mejilla de la risueña Romi y le murmuró:
-Nunca me voy a olvidar que a pesar de tu cabeza de alcornoque pudiste conservar a esta muchacha cerca de mí.
-¡No me hagas arrepentir, tonto! -le dijo empujándolo.
Leonor se acercó a Sandra y Luciano y después de congratularlos les hizo una propuesta:
-Nada me complacería más que celebren su matrimonio en mi casa. Quiero obsequiarlos con la fiesta de casamiento para agradecer el gesto de esta maravillosa joven -dijo tomándola de la mano.
-¡Pero Leonor! -objetó Sandra.- Es demasiada generosidad de su parte. Ya me ha devuelto con creces lo que considera un gesto.
-Luciano, -la mujer apeló al joven ingeniero:- Convencé a tu futura esposa de que me rompería el corazón si se casaran en otro lugar.
-Ya ves, querida, que no podemos infligirle a Leonor semejante daño -dijo Lucho abrazando a su prometida.
Sandra miró emocionada a la dueña de casa quien le tendió los brazos cariñosamente. Abandonó el amparo de su novio para responder al reclamo de la mujer y se estrecharon conmovidas. Leonor besó su mejilla y la liberó:
-Entonces no hay más que hablar -afirmó categórica.- Me avisan con tiempo la fecha y la cantidad de invitados y lo demás corre por mi cuenta.
-Por mí -dijo Lucho- mañana mismo.
-¡Bueno, jovencito…! Que me distingo por ser una persona expeditiva, -exclamó la anfitriona- pero contra un mozo tan impaciente nada se puede. Será mejor que lo sosiegues, querida -le sugirió a Sandra con una sonrisa.
-Ya me ocuparé -asintió la nombrada con recato.
Luciano la enlazó por la cintura y le cuchicheó mientras la conducía a la pista de baile:
-Muero porque me pongas al tanto de tu técnica para sosegarme…
Ella sonrió y cuando quedaron enfrentados le pasó los brazos alrededor del cuello con una mirada que no necesitó traducir en palabras. El hombre, estremecido, la atrajo contra sí y la arrasó con sus ojos colmados de promesas. La expresión apasionada de Luciano la dejó sin aliento, arrojándola a la intimidad de los momentos previos a la reunión. Apoyó la cabeza sobre el pecho de su amante para hurtar sus labios entreabiertos al beso inminente que ansiaba recibir en privado. La boca de él recorrió despaciosamente su sien, su mejilla y el lóbulo de su oreja arrancándole un resuello de placer. Escuchó la risa grave de Lucho celebrando su reacción y se desquitó besando su garganta.
-¡Ah, no, brujita! -jadeó él sacudido.- No hagas que te secuestre delante de esta gente…
-Te amo, Luciano… -susurró.- Y me muero por estar a solas con vos.
-Te diré que vamos a hacer -dijo él enardecido.- Nos retiramos con disimulo del baile -la fue llevando fuera de la pista- así… ¿ves?- Saludamos a Leonor… -la tomó de la mano, la guió hasta la mesa adonde estaba la cumpleañera y le informó:- Leonor, nos vamos. Que termines bien el día -le dio un beso.
-No mejor que ustedes -contestó la dama riendo mientras recibía el saludo de Sandra.- Los espero para el desayuno.
Luciano asintió y condujo a su muchacha hacia la camioneta.
-¡Esperá! -dijo Sandra deteniéndose.- Me voy a cambiar. No puedo aparecer a la mañana vestida de fiesta.
-Cierto, novia mía -aceptó él con humor.- Te acompaño.
Encontraron a Mike y Romina a la entrada de la casa. Sandra le pidió a la hermana de Luciano que la acompañara y los hombres se quedaron charlando abajo.
-Te voy a dar una buena noticia -le adelantó Sandra a su amiga.- Me voy con Lucho a la cabaña y te dejo los dos dormitorios libres de ocupantes.
-Me lo imaginaba -dijo Romina riendo.- Mi hermanito no iba a renunciar a tu presencia después de haber conseguido el compromiso de casamiento.
-En realidad -señaló Sandra suavemente -ya me lo había propuesto cuando salimos de su casa y no por pensar en el matrimonio, precisamente.
Romi la miró complacida, admirada del cambio que en escaso tiempo había sufrido su amiga. Nada parecía quedar de la joven huidiza y desconfiada que su hermano había vuelto a ver hacía pocas semanas. Una hermosa y segura mujer había emergido, como Venus, entre las olas de la profunda pasión a las que Lucho la arrastrara. Sandra, después de ponerse un jean y una remera, acomodó en la caja su vestido. Antes de volverse hacia Romina, forzó una expresión de reproche y le echó en cara:
-Tenés dos noches completas para dormir y despertar en brazos de tu amado. Ya ves que buena amiga soy que me sacrifiqué por vos.
Romi la miró con la boca abierta. Después, atragantada de risa, le espetó:
-¡Sos una turra! Si así fuera, ¿tu sacrificio no debería empezar esta noche?
-Bueno -contestó ella con decoro- antes de inmolarme tenía que comprobar si valía la pena.
-¿Y valió la pena, amiga? -preguntó Romina con cariño.
Sandra le tendió los brazos y mientras estrechaban sus lazos de amistad, le confesó:
-Tanto que podría ofrendarme cada noche de mi vida.