Luisa, mientras
degustaba la torta de cumpleaños, le dijo a Sandra:
-No sé cómo lo
convenciste a Rafael de que bailara. Después del vals de los novios, no pude
persuadirlo nunca más.
-Es que lo
prometió espontáneamente cuando me encontraron -rió la joven.- Estaba tan
contento que juró bailar toda la noche.
-Bueno -dijo
Luisa mirándola con afecto.- Entre las innumerables experiencias que hemos
transitado, ésta no debería asombrarme. -La tomó por la mano:- Lo mejor,
querida mía, es verlos tan felices a vos y a mi hijo. Así como Romi afirma que
no quiere otra cuñada que no seas vos, yo espero tener la suerte de que seas mi
nuera.
Lucho, que se
había acercado al grupo sin ser advertido, protestó:
-¿Qué es eso,
mamá? Me sacaste la primicia de la declaración.
-Entonces no
pierdas el tiempo, babieca - mandó Luisa ante la divertida audiencia.
-Puesto que me
obligan a una declaración pública… -Luciano sostuvo las manos de la muchacha y
la contempló amorosamente:- Sandra, quiero que te cases conmigo... ¡Cuanto
antes! -exhortó con nerviosismo.
-Sí -dijo ella
con una sonrisa inefable.
-¿Sí…? -repitió
Lucho entre eufórico y conmovido.
-¿No era eso lo
que esperabas? -preguntó la joven con suavidad.
-Sandra… ¡Sandra
querida! -reaccionó Luciano impulsándola hacia su cuerpo. La oprimió contra él
y selló su ofrenda y el consentimiento con un profundo beso.
Los gritos de
alegría de Romina se unieron a los parabienes de los presentes. Lidia y Rafael
abrazaron a la muchacha jubilosos de recibirla en la familia y su amiga,
exaltada por el corolario de su pretensión, la estrechó con fuerza.
-¡Mi cuñada!
¡Estoy tan contenta, Sandra! -se volvió hacia su hermano y lo abrazó.- Te
llevás a la mejor mujer que conozco, así que cuidala, hermanito.
Lucho, riendo, la
levantó por la cintura y le hizo dar un giro antes de depositarla en el suelo.
Besó la mejilla de la risueña Romi y le murmuró:
-Nunca me voy a
olvidar que a pesar de tu cabeza de alcornoque pudiste conservar a esta
muchacha cerca de mí.
-¡No me hagas
arrepentir, tonto! -le dijo empujándolo.
Leonor se acercó
a Sandra y Luciano y después de congratularlos les hizo una propuesta:
-Nada me
complacería más que celebren su matrimonio en mi casa. Quiero obsequiarlos con
la fiesta de casamiento para agradecer el gesto de esta maravillosa joven -dijo
tomándola de la mano.
-¡Pero Leonor!
-objetó Sandra.- Es demasiada generosidad de su parte. Ya me ha devuelto con
creces lo que considera un gesto.
-Luciano, -la
mujer apeló al joven ingeniero:- Convencé a tu futura esposa de que me rompería
el corazón si se casaran en otro lugar.
-Ya ves, querida,
que no podemos infligirle a Leonor semejante daño -dijo Lucho abrazando a su
prometida.
Sandra miró
emocionada a la dueña de casa quien le tendió los brazos cariñosamente.
Abandonó el amparo de su novio para responder al reclamo de la mujer y se
estrecharon conmovidas. Leonor besó su mejilla y la liberó:
-Entonces no hay
más que hablar -afirmó categórica.- Me avisan con tiempo la fecha y la cantidad
de invitados y lo demás corre por mi cuenta.
-Por mí -dijo
Lucho- mañana mismo.
-¡Bueno,
jovencito…! Que me distingo por ser una persona expeditiva, -exclamó la
anfitriona- pero contra un mozo tan impaciente nada se puede. Será mejor que lo
sosiegues, querida -le sugirió a Sandra con una sonrisa.
-Ya me ocuparé
-asintió la nombrada con recato.
Luciano la enlazó
por la cintura y le cuchicheó mientras la conducía a la pista de baile:
-Muero porque me
pongas al tanto de tu técnica para sosegarme…
Ella sonrió y
cuando quedaron enfrentados le pasó los brazos alrededor del cuello con una
mirada que no necesitó traducir en palabras. El hombre, estremecido, la atrajo
contra sí y la arrasó con sus ojos colmados de promesas. La expresión
apasionada de Luciano la dejó sin aliento, arrojándola a la intimidad de los
momentos previos a la reunión. Apoyó la cabeza sobre el pecho de su amante para
hurtar sus labios entreabiertos al beso inminente que ansiaba recibir en
privado. La boca de él recorrió despaciosamente su sien, su mejilla y el lóbulo
de su oreja arrancándole un resuello de placer. Escuchó la risa grave de Lucho
celebrando su reacción y se desquitó besando su garganta.
-¡Ah, no,
brujita! -jadeó él sacudido.- No hagas que te secuestre delante de esta gente…
-Te amo, Luciano…
-susurró.- Y me muero por estar a solas con vos.
-Te diré que
vamos a hacer -dijo él enardecido.- Nos retiramos con disimulo del baile -la
fue llevando fuera de la pista- así… ¿ves?- Saludamos a Leonor… -la tomó de la
mano, la guió hasta la mesa adonde estaba la cumpleañera y le informó:- Leonor,
nos vamos. Que termines bien el día -le dio un beso.
-No mejor que
ustedes -contestó la dama riendo mientras recibía el saludo de Sandra.- Los
espero para el desayuno.
Luciano asintió y
condujo a su muchacha hacia la camioneta.
-¡Esperá! -dijo
Sandra deteniéndose.- Me voy a cambiar. No puedo aparecer a la mañana vestida
de fiesta.
-Cierto, novia
mía -aceptó él con humor.- Te acompaño.
Encontraron a
Mike y Romina a la entrada de la casa. Sandra le pidió a la hermana de Luciano
que la acompañara y los hombres se quedaron charlando abajo.
-Te voy a dar una
buena noticia -le adelantó Sandra a su amiga.- Me voy con Lucho a la cabaña y
te dejo los dos dormitorios libres de ocupantes.
-Me lo imaginaba
-dijo Romina riendo.- Mi hermanito no iba a renunciar a tu presencia después de
haber conseguido el compromiso de casamiento.
-En realidad
-señaló Sandra suavemente -ya me lo había propuesto cuando salimos de su casa y
no por pensar en el matrimonio, precisamente.
Romi la miró
complacida, admirada del cambio que en escaso tiempo había sufrido su amiga.
Nada parecía quedar de la joven huidiza y desconfiada que su hermano había
vuelto a ver hacía pocas semanas. Una hermosa y segura mujer había emergido,
como Venus, entre las olas de la profunda pasión a las que Lucho la arrastrara.
Sandra, después de ponerse un jean y una remera, acomodó en la caja su vestido.
Antes de volverse hacia Romina, forzó una expresión de reproche y le echó en
cara:
-Tenés dos noches
completas para dormir y despertar en brazos de tu amado. Ya ves que buena amiga
soy que me sacrifiqué por vos.
Romi la miró con
la boca abierta. Después, atragantada de risa, le espetó:
-¡Sos una turra!
Si así fuera, ¿tu sacrificio no debería empezar esta noche?
-Bueno -contestó
ella con decoro- antes de inmolarme tenía que comprobar si valía la pena.
-¿Y valió la
pena, amiga? -preguntó Romina con cariño.
Sandra le tendió
los brazos y mientras estrechaban sus lazos de amistad, le confesó:
-Tanto que podría
ofrendarme cada noche de mi vida.

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