Atendiendo a las
explicaciones de Lucho, Sandra puso su montura al trote. Los golpes contra la
silla le recordaron la sensibilidad de su entrepierna contusa por el combate
amoroso. La culpa la tiene él. Pero yo no
me hubiera perdido ni una sola de estas batallas. Lo quiero descaradamente y
cada vez que me mira espero que sea con deseo. Dicen que esta etapa se termina.
¡Que dure mucho tiempo, por favor!
-¡Allá están! -la
advertencia de Luciano desvió su atención hacia los dos jinetes que señalaba.-
Ahora se impone un buen galope para alcanzarlos -afirmó.
-Lo siento,
Lucho, -dijo ella deteniendo su caballo.- Yo los espero aquí.
-¿Estás bien, mi
vida? -él se acercó con expresión preocupada.
-¡Estoy bien!
-rió. Después le explicaría que no quería quedar incapacitada para la noche.-
Andá vos que yo aprendo mirando.
Él dudó, pero la
calmosa sonrisa de ella lo tranquilizó y lanzó su montura al galope para dar
alcance a la pareja. Volvieron al trote porque Romina no se animaba a
desplazarse a más velocidad. Las muchachas intercambiaron un abrazo acercando
sus cabalgaduras y una mirada de complicidad que los hombres no vislumbraron.
-Los esperamos
hasta las diez -dijo Romina.- Y después pensamos que vendrían directamente al
almuerzo. ¿Tan lejos está la cabaña…? -preguntó con aire inocente.
-Tan lejos como
mi necesidad de prescindir de mi amada -declaró su hermano mirando a Sandra
como si no hubiera otra persona en el mundo.
Romina y Mike
sonrieron ante la expresión turbada de la joven que Lucho se apresuró a
suprimir con un beso.
-Podemos regresar
al paso, si querés -le ofreció pensando en los dolores comunes a los jinetes
recién iniciados.- Tenemos tiempo.
Romi, que había
escuchado la propuesta, aceptó en nombre de las dos.
-¡Dejá que Sandra
y yo volvamos al paso! Ustedes pueden galopar a gusto mientras nosotras
aprovechamos para charlar. -Ante el gesto indeciso de Lucho, insistió:- ¡Dale,
egoísta, que te la llevaste ayer y no nos diste oportunidad de confraternizar!
Luciano interrogó
con el gesto a su muchacha y ella asintió aliviada. Cuando los hombres se
alejaron, Romina se explayó:
-Aparte de tener
el culo hecho papilla, anoche nos desquitamos de la abstinencia forzosa y quedé
medio resentida -dijo con un mohín de inocencia.
Sandra rompió en
una carcajada ante la confesión de su inefable amiga. Romina tenía la cualidad
de decir las cosas que ella nunca se animaría. La vio enderezarse sobre la
montura con los ojos chispeantes y la cabeza aureolada por el reflejo que el
sol arrancaba a sus cabellos. Su rostro adquirió una súbita compostura cuando,
emparejando los caballos, se inclinó hacia ella y le reveló:
-Sos la primera
en saberlo después de Michael y de mí. Esta mañana me propuso matrimonio.
-¡Romi! -Sandra
la abrazó alborozada- ¡Yo sabía que Mike no era ningún tonto!
La dos
permanecieron unidas saboreando esa coyuntura que marcaba, junto a la de
Sandra, un cambio fundamental en la vida de ambas. Se separaron con una sonrisa
y taconearon a sus caballos para dirigirse a la estancia. La hermana de Lucho
permanecía inusualmente silenciosa. Sandra intuyó que algo no le había
confiado.
-¿Acordaron
alguna fecha para la boda? -preguntó.
-Bueno… -dijo
Romi- teniendo en cuenta de que quiere que su familia esté presente y que debe
regresar a Nueva York por sus negocios y que desea que nos casemos cuanto
antes… me insinuó que la mejor fecha sería en diciembre antes de las fiestas.
Después quiere que viajemos a su país para instalarnos… -su voz terminó en un
susurro.
-¿Por qué me
parece que no estás muy entusiasmada? ¿Porque cambió tus proyectos con su
pedido de mano? -indagó su amiga.
-No -dijo Romina
sin mirarla.- Porque soñaba en que nos casaríamos juntas y ustedes pasaran la
luna de miel en Nueva York así me sería más fácil adaptarme al cambio…
Sandra detuvo su
cabalgadura. Romi la imitó con la cabeza gacha, esperando sus palabras.
-¿Desde cuándo
tantos reparos para decirme las cosas? -la amonestó su amiga.- Yo sigo siendo
la de siempre, pero parece que vos no confiás en mí.
-¡No digas eso!
-le contestó llorosa.- Es que entiendo que mi aspiración es un desvarío y que
no puedo pedirles que alteren sus planes por mí…
Sandra se estiró
hacia Romina y la abrazó. El gesto de las muchachas provocó que sus monturas se
separaran y ambas cayeron al suelo entre gritos de alarma. Los caballos, libres
de su carga, trotaron hacia la estancia. Después de la sorpresa inicial y de
constatar que ninguna había sufrido más que un golpe, la risa las acometió sin
piedad. Romi, con las mejillas encendidas, fue la primera en levantarse y le tendió
la mano a Sandra para que hiciera lo propio.
-¿Y nuestros
caballeros andantes? -preguntó oteando el horizonte.
-Ya estarán
acomodados a la mesa -dijo Sandra sin dejar de reír.- Me temo que andando
llegaremos a los postres, así que ¡vamos!
Echaron a caminar
relajadas por el arrebato emocional. El sol brillaba y calentaba con intensidad
apenas atenuado por la brisa. Avanzaron en un silencio confortable hasta que
Sandra, sin detenerse, dijo como para sí:
-Cuando Lucho me
propuso casamiento… ¿Dijo cuánto antes?
Romina
interrumpió la marcha para tomarla del brazo con expresión ilusionada:
-¡Sí, sí! ¡Dijo
mañana mismo! -Y preguntó esperanzada:- ¿Estarías dispuesta a adelantar tu
boda?
-¡Sabés que sí,
enredadora! ¡Menuda sorpresa se llevará Leonor! Pero presiento que estará más
que encantada, ¿no te parece?
Romi asintió con
una amplia sonrisa. Los caballeros andantes, alarmados por la aparición de los
animales sin jinete, subieron a la camioneta y las interceptaron poco después.
Sandra, arrebujada entre los brazos de Luciano, le confió la charla con Romina
y su deseo de complacerla. Él rió suavemente desvaneciendo cualquier duda que
pudiera invadirla:
-No pensarás que
me voy a echar atrás, dulzura. Cuanto antes seas mi mujer menos tiempo tendrás
de arrepentirte -dijo besándola.
Cuando se
separaron, Romi y Mike los miraban divertidos. Lucho se acercó al pretendiente
de su hermana y le tendió la diestra mientras le expresaba sus parabienes en
inglés y a entender de Sandra, por la expresión escandalizada de su amiga,
algunas apreciaciones propias de un hermano mayor. Michael le respondió con
rostro sereno y después empujó a la huraña Romina hacia los brazos de Lucho que
venció con una carcajada la resistencia de la joven. Mientras se abandonaba al
abrazo de su hermano protestó en castellano:
-¿Qué te pasa?
¿El aire de campo te afectó el cerebro? Lo que le dijiste a Mike sonó como una
amenaza de gaucho matrero.
Sin responderle,
él acarició su cabeza y la besó en la frente. Antes de liberarla, declaró:
-No fue una amenaza,
hermanita. Sólo le recordé una charla que tuvimos tiempo atrás. -Y terminó con
un gesto neutro:- Por las dudas... -Enseguida recuperó su buen talante al
acercarse a Sandra y, al tiempo que la enlazaba por los hombros, los urgió:-
Vayamos a tranquilizar al resto y a impresionar a la buena de Leonor.
La anfitriona no
se achicó. Un mes y medio después, ambas parejas se casaron en la estancia con
la presencia de la familia de Mike y pasaron la luna de miel en Nueva York.
Romina luchó contra la nostalgia por su patria hasta quedar embarazada. Michael
advirtió con preocupación cómo la mujer que amaba se sumía en un cono de
melancolía que intentaba disimular sin éxito. Cuando transitaba el sexto mes de
gestación le anunció que había decidido trasladar su negocio a la Argentina y que su
hermano los acompañaría. La mirada amorosa y las lágrimas de alegría de Romina
lo compensaron de la doliente sensación de separarse de sus padres que habían
decidido quedarse en su tierra natal. A pedido de su esposa compró una casona
de varios dormitorios en los que sus progenitores se alojaron varias veces al
año y adonde terminaron de afincarse cuando nació su tercer nieto.
Sandra, sentada
en el amplio parque de la casa de Romi, goza del templado sol de un día otoñal
y del juego de los niños. Se levanta de la reposera para separar los dedos de
su brava niñita enredados a la cabellera de su primo mayor. Ahora los dos
lloran y mientras ella trata de consolarlos aparece Luciano. La besa como el
primer día y luego levanta a los críos en sus brazos. Los hace girar como en
una calesita hasta que los sollozos se transforman en risas. Ella mira a ese
hombre que le brinda el amor y la compañía de los que creyó estar excluida y se
sorprende de la humedad que enturbia sus pupilas. Lucho, intuitivo, deposita a
los niños en el suelo y la abraza apretadamente. No necesita palabras para
restituirla al presente y ahuyentar sus viejos fantasmas de orfandad.
FIN

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