Sandra bajó de la
camioneta con la palpable sensación de arribar a su morada. Luciano cerró el
auto y le pasó el brazo por los hombros para entrar a la casa. Con él está mi
hogar, se dijo estrechándose contra el hombre. Él cerró la puerta, encendió la
lámpara y retomó el beso suspendido durante el baile. Acarició sus formas
delicadas y plenas arrebatándole un suave quejido. La deseaba con la misma
ferocidad del conocimiento previo y sus labios la retenían como si quisiera beberse
su aliento. Deseaba su boca, su cuerpo, sus ojos extraviados de placer, los
complejos sonidos de su garganta cuando la ofuscaba el goce. La separó un
momento para mirarla con ojos encendidos de pasión y para confesarle sus
delirantes emociones:
-Te amo hasta
doler, Sandra. Soñaba con tenerte pero no con esta sed inagotable que sólo se
calma en tus brazos. La vida entera es corta para saciarla… -musitó acariciando
su rostro.
Ella lo miró
deslumbrada, con la certeza de que era el hombre que le estaba destinado. Se
pegó al cuerpo henchido de deseo aceptando la naturalidad de sus sentimientos.
Abrazados, buscaron la intimidad del dormitorio adonde se desnudaron
mutuamente. Amparada contra el pecho agitado de Luciano, Sandra sintió crecer
la ardiente lumbre que principiaba en su garganta y se extendía por el corredor
de sus venas. Respondió a la apetencia masculina percibiendo el exquisito
temblor de sus piernas mientras el hombre, embriagado de pasión, la tendía
sobre la cama. Comenzaba el preludio del amor, del inconmensurable sentimiento
que trasponía el mandato de conservación de la especie para reintegrar su
identidad a los sexos. Se perdieron en besos, caricias y palabras renovadas por
la magia de ese instante repetido pero único. Cuando por fin fueron un solo
cuerpo, la infatigable demanda del hombre la elevó a la cúspide de la
excitación de la cual emergió con un grito que se acopló al clamor de
satisfacción varonil. Lentamente, recobró el sentido del entorno arrebujada por
los brazos y las palabras amorosas de su amante.
-Luciano…
-suspiró bajo su boca.- Me voy a morir de tanto quererte…
-Y yo, como
Orfeo, bajaré hasta el inframundo para buscarte -le juró él con fervor.
-Pero no te
vuelvas, ¿eh? -le dijo ella mimosa.
Lucho rió bajito
y acarició con sus labios la frente y los párpados de la muchacha. No, pensó.
Aunque se muriera por saber si lo seguía, él aguardaría a que la luz la bañara
como había esperado para expresarle sus sentimientos. La respiración de Sandra
se aquietó reclamada por el sueño. Esta vez ella lo precedía. Durmieron hasta
las ocho de la mañana exhaustos por la pródiga jornada amatoria. Luciano se
despertó con una ostensible erección que lo embargó de ansias al contemplar a
la mujer abandonada al sueño. Se volvió para depositar suaves besos por todo su
rostro hasta que ella levantó lentamente sus párpados. Lo miró soñolienta y
sonrió de tal modo que él profundizó sus besos y sus caricias. Sus manos
recorrieron los accidentes del cuerpo femenino hasta que lo sintió responder a
su reclamo. La acomodó de costado porque adoraba observar su expresión al
momento de la cópula y le levantó la pierna sobre su cadera. La penetró con
movimientos controlados para prolongar el éxtasis de la unión. Los labios
entreabiertos de Sandra exhalaban un jadeo plañidero ante la gradual acometida
de Luciano, cuya mirada sondeaba en cada empuje el creciente placer que se
reflejaba en el rostro de la muchacha. Los ojos de ella, capturados por la
intensa mirada masculina, reflejaban la ascendente voluptuosidad que la iba
remontando a la cumbre de la plenitud. Adosada al cuerpo del hombre, descubrió
la nueva anatomía del suyo amplificada por el goce. Los brazos de él a lo largo
de su espalda, las manos aprisionando sus glúteos, las piernas enredadas, el
macizo torso apretado a sus senos, el ensamble de sus sexos, le revelaron la
esencia de su femineidad. Él se abandonó a la contemplación del rostro
sensitivo reflejo de las sensaciones de su amada que multiplicaba las propias
hasta que ella, con un grito suplicante, se arqueó echando la cabeza hacia
atrás y flexionó la pierna para amplificar la zona de contacto. Un relámpago de
pura sensualidad lo electrizó mientras se hacía eco del reclamo de Sandra para
que aumentara la frecuencia de sus movimientos. Irrumpió con arrebato en la
ardiente cavidad femenina hasta que el orgasmo la doblegó. La sostuvo en su
abandono demorando su propia satisfacción que sobrevino como la ígnea erupción
de un volcán. Su clamor deleitado se expandió repitiendo una y otra vez el
nombre de la muchacha que yacía contra él con expresión soñadora. La calma los
unió en un abrazo y un beso de mutuo reconocimiento. Lucho la retuvo contra sí
acariciando la larga cabellera mientras le confiaba quedamente:
-Te convertiste
en mi adicción. No hay momento del día o de la noche en que no te extrañe si no
estás a mi lado. Recién me ausento de tu cuerpo y ya quiero volver a él. Cada
momento con vos es único, mi amor. -La besó con ternura.- Cuando temblás en mis
brazos de placer me siento el amo del universo, porque no hay poder mayor para
un hombre que despertar la pasión de la mujer amada.
Sandra, feliz,
restregó su nariz contra la mejilla del joven.
-¿Debo llamarte
mi amo? -murmuró complacida.
Él rió y volvió a
besarla.
-Con que me
llames a cada momento, me daré por satisfecho.
-¡Ah, Luciano…!
Si seis años atrás hubiera sospechado que serías mi amante, no te hubieras
salvado de una gordita con ortodoncia -dijo juguetona.
-A ver… - constató
él deslizando su lengua por los dientes de la risueña muchacha para luego
continuar por las encías y acabar en un beso.- Dientes perfectos -aprobó.-
Recorrió con sus manos los contornos del cuerpo femenino y determinó:- Ni una
pizca de grasa extra. -Se acodó sobre la cama para observarla con seriedad.- Me
abochorna no tener un recuerdo nítido de tu persona, pero vos ¿te fijaste
alguna vez en mí? - averiguó con ansiedad.
A ella le causó
gracia el matiz de inseguridad que teñía la pregunta de ese varón que poco
antes la había subyugado. Lo miró con un mohín de disculpa antes de
contestarle:
-Eras Lucho, el
hermano mayor de Romina. Yo empezaba el secundario cuando te conocí y vos te
estabas preparando para la facultad. Además, en esa época no coincidías con mi
ideal masculino.
-¿Ah no…? -rió
divertido del descaro de Sandra.- ¿Y quién era tu ideal?
-Keanu Reeves.
Desde Matrix. Y me enamoró definitivamente a los diecinueve años cuando ví La
casa en el lago.
-Mi querida
romántica… -murmuró Lucho.- Gracias a Dios que no debo competir con alguien de
carne y hueso -se inclinó y volvió a besarla.
Ella sonrió y le
deslizó los dedos por los bíceps y los pectorales.
-Lo que más
recuerdo de vos es lo flaco que eras. Has ganado en músculos… -dijo cautivada.
-No me mires así
porque no llegaremos a lo de Leonor ni para la cena -advirtió Luciano sofocado.
Sandra le hizo un
arrumaco y lo despidió de la cama:
-Andá a bañarte
primero… -sugirió.- Y con agua fría en lo posible -remató con una risa.
Él se levantó de
un salto y le tiró un beso camino a cumplir la orden. Ella se duchó a
continuación y a las once estaban regresando a la estancia. Leonor y Luisa
estaban sentadas en la galería y la primera indicó a una servidora que trajera
la bandeja con el desayuno para los recién llegados.
-Supongo que no
habrán comido nada -dijo Leonor con una sonrisa.
-Estamos
famélicos -corroboró Lucho dándole un beso después de saludar a su madre.
Sandra abrazó a
las mujeres y se instaló al lado de Luciano que ya estaba dando cuenta del
desayuno. Él le alcanzó el pocillo de café y una porción de torta casera.
Cuando terminaron la ingesta mañanera, la muchacha preguntó:
-¿Y Romina y
Mike?
-Salieron a
cabalgar hace una hora -contestó Luisa.- Espero que ese muchacho sepa dominar
un caballo porque Romi es la primera vez que monta.
-Tranquila, mamá
-intervino su hijo.- Mike es un jinete experto. Le preguntó a Leonor:- ¿A qué
hora está dispuesto el almuerzo?
-A las dos de la
tarde en tu honor -le respondió con un brillo de picardía en la mirada.- Como
supuse que querrían montar, le pedí a Braulio que tuviera preparados dos
caballos para cuando llegaran. Así que adelante, jóvenes. -hizo un gracioso
ademán de despedida.
-¿Vamos, querida?
-dijo Lucho tomando la mano de Sandra.- Tenemos tiempo de alcanzar a Romi y
Mike.
Ella miró con
cómica desesperación a las mujeres que la despidieron riendo y siguió a su
pareja. Braulio los esperaba en la caballeriza. Sandra escuchó atentamente las
instrucciones de Luciano: se acercó al equino y lo acarició suavemente
hablándole en voz baja y tranquila. Cuando el hombre le indicó, se aferró a la
montura y se izó sobre la pierna apoyada en el estribo para pasar la derecha
sobre el lomo del animal. Sentada en la montura, miró con aire de triunfo a los
dos varones que la contemplaban con aprobación.
-¡Lo logré! ¿Y
ahora qué hago? -exclamó entre eufórica y desorientada.
-Ahora comienzan
las lecciones de equitación -dijo Lucho risueño montando su caballo.- Tomá las
riendas con las dos manos y dale un golpe suave con el talón para que empiece a
moverse. Si querés que vaya a la izquierda, mové la rienda en esa dirección. Si
querés que vaya a la derecha, movela a la derecha. ¿Entendido?
Ella asintió y
esperó a que él lo hiciera para imitarlo. Salieron del establo al paso bajo la
mirada del capataz admirado de la ductilidad y la falta de remilgos de la
muchacha. El patroncito sí que ha encontrado una hembra valiosa, pensó. Joven,
hermosa, decidida y seguramente querendona por la forma en que la mira. Y eso
que ya se conocieron como hombre y mujer. Gaucho de suerte, se dijo satisfecho,
porque tenía en alta estima al joven ingeniero.

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