lunes, 13 de febrero de 2012

ENTRE CAPÍTULOS - Relatos breves


PARADOJAL

Hasta ahora el partido lo ganábamos papá y yo. Dos varones en la familia hinchas fanáticos de Rosario Central. Los canallas, nos dicen. Porque nos negamos ¡hace ochenta años…!, por participar en una copa, a jugar un partido a favor de los enfermos de lepra de Rosario. Y a nuestros rivales de siempre, los de Newell's Old Boys –Ñulls… ¡bah!- que se llenaron la boca con nuestra justa deserción, les pusimos los leprosos en represalia. María Belén, mi hermana, dice que somos como los Montescos y los Capuletos, y que nos alegramos y nos entristecemos por partida doble. Nos alegramos cuando nosotros ganamos y ellos pierden y nos envenenamos cuando perdemos y ellos ganan. Papá se defiende diciendo que no es así, que a él le importa un pito lo que les pase a los de Ñulls, que a él sólo le importa cómo va su equipo. En esto le doy un poquito la razón a mi hermana porque, en privado, siempre estamos hablando de los resultados que suman o restan los leprosos y cuáles equipos debieran ganar para perjudicarlos en la tabla. Pero eso es cosa entre papá y yo. Hasta ahora, como dije, ganábamos el partido en casa. Nuestra peor rival era María Belén. Que quería mirar una novela, que tenía que seguir una serie que había empezado a ver en la casa de una amiga, que el fútbol la aburría... Y la que contemporizaba era mamá. No sé bien con qué argumentos convenció a mi hermana de que nos dejara disfrutar del televisor en paz. Y como nos gustaba el fútbol, veíamos todos los partidos. Que siempre eran a la hora de la cena…: Argentina, España, Chile, Paraguay, Inglaterra, Alemania, Holanda, y hasta los de ese pequeño emirato de Arabia que recién comenzaba. María Belén se encerraba en su dormitorio apenas terminaba de cenar y mamá, después de levantar la mesa y lavar los platos, se iba a charlar un rato con ella. ¡Todo marchaba sobre ruedas! Hasta que mi hermana se zarpó. Y doy fe de que no lo hizo a propósito, porque si de algo renegaba era de los futboleros. Uno de los días en que discutíamos por los derechos a elegir programas, juró que antes le echaría el ojo a un basurero que a un hincha de fútbol. Y quién más hincha que un jugador. Los detalles me los contó Cari, que es la hermana de Luli, la mejor amiga de María Belén. Cari está limada por mí, pero yo no me puedo olvidar de que su viejo es de la contra y que encima, después de que nos fuimos al descenso, se dedica a mortificarnos con cuanta broma circula.
En fin… Como Cari es muy linda, histeriqueo con ella y estoy al tanto de los movimientos de mi sister.
¿Cómo explicar el encuentro de dos líneas paralelas? ¿Cómo pueden haber colisionado dos mundos destinados a ignorarse? Eso pasó hace un año en el cumple de Luli. La forra se comprometió a presentarle a mi hermana a un amigo que se flasheó cuando la vio en una foto. Todos se confabularon para ocultarle a María Belén que el tipo en cuestión era la estrella más prometedora de los leprosos. No lo critico al loco porque mi hermana es un encanto, y como Martín mata con su pinta, la tarada entró por el aro. Cuando se enteró de su verdadero perfil a él le llevó una semana convencerla de que no la quería para transar. Por suerte. Porque la casa parecía una sala de velatorios con los ramos de flores que le enviaba cuatro veces por día y ella estaba a punto de convertirse en una fuente de tanto llorar. Al final, hasta papá se conmovió de la tenacidad del enemigo, aunque en algo influyó mamá… Cuando Martín y mi hermana anunciaron su casamiento, el viejo casi se infarta. ¡Imagínense a su preciosa bebé entre los brazos de un leproso! Así que por primera vez se puso firme la vieja. Le dijo que si interfería en la relación de su hija, serían dos mujeres las que abandonarían la casa. Todavía la veo: los brazos cruzados sobre el pecho y la boca y el ceño fruncidos con determinación. Como papá es fanático pero no tonto, aquí está terminando de trajearse para salir de padrino. Si tuviera que definirlo, diría que es un hombre angustiosamente feliz.