PARADOJAL
Hasta ahora el
partido lo ganábamos papá y yo. Dos varones en la familia hinchas fanáticos de
Rosario Central. Los canallas, nos dicen. Porque nos negamos
¡hace ochenta años…!, por participar en una copa, a jugar un partido a favor de
los enfermos de lepra de Rosario. Y a nuestros rivales de siempre, los de Newell's
Old Boys –Ñulls… ¡bah!- que se llenaron la boca con nuestra justa deserción, les
pusimos los leprosos en
represalia. María Belén, mi hermana, dice que somos como los Montescos y los Capuletos,
y que nos alegramos y nos entristecemos por partida doble. Nos alegramos cuando
nosotros ganamos y ellos pierden y nos envenenamos cuando perdemos y ellos
ganan. Papá se defiende diciendo que no es así, que a él le importa un pito lo
que les pase a los de Ñulls, que a él sólo le importa cómo va su equipo. En
esto le doy un poquito la razón a mi hermana porque, en privado, siempre
estamos hablando de los resultados que suman o restan los leprosos y cuáles
equipos debieran ganar para perjudicarlos en la tabla. Pero eso es cosa entre
papá y yo. Hasta ahora, como dije, ganábamos el partido en casa. Nuestra peor
rival era María Belén. Que quería mirar una novela, que tenía que seguir una
serie que había empezado a ver en la casa de una amiga, que el fútbol la
aburría... Y la que contemporizaba era mamá. No sé bien con qué argumentos
convenció a mi hermana de que nos dejara disfrutar del televisor en paz. Y como
nos gustaba el fútbol, veíamos todos los partidos. Que siempre eran a la hora
de la cena…: Argentina, España, Chile, Paraguay, Inglaterra, Alemania, Holanda,
y hasta los de ese pequeño emirato de Arabia que recién comenzaba. María Belén
se encerraba en su dormitorio apenas terminaba de cenar y mamá, después de
levantar la mesa y lavar los platos, se iba a charlar un rato con ella. ¡Todo
marchaba sobre ruedas! Hasta que mi hermana se zarpó. Y doy fe de que no lo
hizo a propósito, porque si de algo renegaba era de los futboleros. Uno de los
días en que discutíamos por los derechos a elegir programas, juró que antes le
echaría el ojo a un basurero que a un hincha de fútbol. Y quién más hincha que
un jugador. Los detalles me los contó Cari, que es la hermana de Luli, la mejor
amiga de María Belén. Cari está limada por mí, pero yo no me puedo olvidar de que
su viejo es de la contra y que encima, después de que nos fuimos al descenso,
se dedica a mortificarnos con cuanta broma circula.
En
fin… Como Cari es muy linda, histeriqueo con ella y estoy al tanto de los
movimientos de mi sister.
¿Cómo
explicar el encuentro de dos líneas paralelas? ¿Cómo pueden haber colisionado
dos mundos destinados a ignorarse? Eso pasó hace un año en el cumple de Luli.
La forra se comprometió a presentarle a mi hermana a un amigo que se flasheó
cuando la vio en una foto. Todos se confabularon para ocultarle a María Belén
que el tipo en cuestión era la estrella más prometedora de los leprosos. No lo
critico al loco porque mi hermana es un encanto, y como Martín mata con su
pinta, la tarada entró por el aro. Cuando se enteró de su verdadero perfil a él
le llevó una semana convencerla de que no la quería para transar. Por suerte. Porque
la casa parecía una sala de velatorios con los ramos de flores que le enviaba
cuatro veces por día y ella estaba a punto de convertirse en una fuente de
tanto llorar. Al final, hasta papá se conmovió de la tenacidad del enemigo,
aunque en algo influyó mamá… Cuando Martín y mi hermana anunciaron su
casamiento, el viejo casi se infarta. ¡Imagínense a su preciosa bebé entre los
brazos de un leproso! Así que por primera vez se puso firme la vieja. Le dijo
que si interfería en la relación de su hija, serían dos mujeres las que
abandonarían la casa. Todavía la veo: los brazos cruzados sobre el pecho y la
boca y el ceño fruncidos con determinación. Como papá es fanático pero no tonto,
aquí está terminando de trajearse para salir de padrino. Si tuviera que
definirlo, diría que es un hombre angustiosamente feliz.

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