martes, 2 de abril de 2013

VACACIONES COMPARTIDAS - IV



Marisa besó el hombro de Rolo que se recuperaba lentamente de la unión amorosa. Amaba a ese muchacho apasionado que algunas veces se dejaba arrastrar por el deseo y omitía los juegos previos a la consumación. En esas ocasiones ella difícilmente alcanzaba la plenitud, pero esa noche, sin apuro, él había tensado la cuerda de la excitación y la había conducido al éxtasis.
—Chiquita, ¿me he reivindicado? —murmuró abrazándola con languidez.
—Y tanto, que tendrás que repetirlo… En este momento me apenan las mujeres que duermen solas, no saben lo que se pierden —suspiró ella.
—¿A mí? —rió el joven con desfachatez.
—¡De amar, caradura! —lo empujó fingiendo enojo.
Rolando volvió a encadenarla a su pecho y la besó sin dejar de reír. Mari se aflojó contra él.
—¿A vos también te impresionó que Alen miraba a Julia con interés? —le preguntó.
—¡Ah…! Debí imaginarme que pensabas en tu mejor amiga. Pues sí. Confirmo mi impresión. Aunque mi rara hermanita haya dado pruebas de molestia y desinterés.
—Es un mecanismo de defensa. Estoy segura de que si ese miserable no hubiese irrumpido en su vida no lucharía contra sus sentimientos. ¡Si la pudiéramos ayudar…!
—Bueno, criatura, ya lo pensaremos. ¿Y si ahora nos dedicamos a nosotros? —la tendió de espaldas y sus manos acariciaron con delicadeza los relieves del cuerpo amado hasta que en la mente de Mari no hubo más espacio que para ellos dos.

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A las ocho y treinta bajaron a desayunar. Julia ya los esperaba en la mesa tomando un café. Les sonrió apenas verlos. Se la veía descansada y de buen talante.
—¡Buenos días, madrugadora! —su hermano le estampó un beso y Mari lo imitó.
—No quise llamarlos —aclaró la muchacha—. Les daba changüí hasta las nueve. Para un rapidito estuve muy considerada.
—¡Siempre tan gráfica! —dijo Rolo en tono admonitorio.
Ella se largó a reír acompañada por Marisa. El hombre meneó la cabeza y declaró que iba a buscar el desayuno.
—¿Lo anonadé? —preguntó Julia.
—Aunque no lo creas, tu hermano es muy pudoroso —dijo Marisa—. No se permitiría hablar de su vida sexual delante de vos ni preguntar por la tuya.
—¡Con lo guardabosque que fue siempre a pesar de ser menor…! —recordó Julia—. Bueno, reestructurarlo un poco no viene mal —le guiñó un ojo—: ¿Estuve acertada dándoles tiempo?
—Para tu conocimiento no practicamos los rapiditos… Si puedo evitarlo —declaró su amiga.
—Me parece una sabia decisión —acotó Julia al tiempo que llegaba Rolo con la bandeja.
Dieron por terminada la ingesta a las nueve y treinta y mientras Julia pagaba la estadía sus acompañantes consultaron por la proveeduría. Retiraron el motorhome y después de dar las últimas vueltas por la ciudad, cargaron las provisiones y enfilaron hacia el camping. Julia manejó bajo la supervisión de su hermano y ya lo hacía con destreza antes de llegar a Mina Clavero. Después de pagar la estadía por dos noches, ubicaron el rodado bajo la sombra de un grupo de árboles y acomodaron las compras. Se pusieron los trajes de baño y recorrieron el camping y sus instalaciones. Tanto los baños como los vestidores estaban en perfectas condiciones de higiene, lo que les ahorraría el uso de agua en la casa rodante. Bajaron hasta el río y chapotearon un rato en la zona segura. A la una, Rolo declaró que las agasajaría con un asado. Marisa insistió en acompañarlo y convenció a su amiga de que disfrutara del sol hasta que ella le avisara que todo estaba listo. Un plan tomaba forma en su mente y quería charlarlo con su novio. Condimentó la carne y se acercó a la parrilla adonde ya prosperaba el fuego. Rolando le agradeció con un beso y ella se acomodó al costado del fogón.
—Vos dijiste que Alen te había dado el teléfono… —entonó.
Él se volvió para mirarla y esperó a que continuara.
—Podés llamarlo para agradecerle la guía y comentarle adónde estamos parando…
—¿Qué te proponés? —dijo festivo.
—Darle una mano al destino. Si como suponemos tiene algún interés, te agradecerá el dato. Si juzgamos mal, cumplirás con devolver la atención. ¿Qué te parece? —consultó ilusionada.
—Que me vas a meter en un juego de intrigas femeninas. No quiero escuchar tus lamentos si no aparece durante todo el viaje.
—¡Vos dale, Rolo! No podemos estar tan equivocados.
El joven sacó el celular del estuche que tenía a un costado del asador y, antes de que ubicara el número, comenzó a sonar. Miró la pantalla y lanzó una carcajada. Atendió ante la sorprendida mirada de Mari:
—¡Alen! Estaba por llamarte para agradecerte la guía —vio que el rostro de su novia se iluminaba mientras levantaba el pulgar.
Charló un rato con Cardozo y cuando colgó le dijo:
—Brujita, hay alguien que supera tu ansiedad. Alen nos acaba de invitar a instalarnos en el parque de su finca cuando acampemos en Nono.
—¡Yo sabía que nuestra intuición no podía fallar! —palmoteó su novia entusiasmada—. Debemos pergeñar una estrategia para convencer a Julia… —pensó por un momento—. ¡Ya sé! Le vas a decir que no podés rechazar la hospitalidad de Alen porque sería un desprecio que no conviene a tu posible trabajo.
—Te agradezco la confianza —expresó Rolo— pero no puedo dar por sentada esa decisión.
—¡Ella qué sabe! Por otro lado, estoy segura de que vas a ganar. ¡Dale…! —insistió—. Es un argumento que tu hermana no rebatirá para no malograr tu futuro.
—¡Dios! —invocó Rolo—. Debiera ser solidario con este hombre y advertirle dónde se mete.
—En la mejor oportunidad de su vida —dijo Mari convencida—. Ahora voy a preparar la ensalada y acomodar la mesa.
A la una y media fue a buscar a Julia que descansaba a la sombra. Rolando le refirió la llamada de Cardozo durante el almuerzo y, como había anticipado Marisa, se privó de objetar ante la justificación de su hermano. Después de comer les anunció que emprendería una caminata larga para hacer la digestión. Entró a la proveeduría y compró algunos productos regionales. La tentó la pileta para dar unas brazadas pero decidió volver después del paseo cuando el sol estuviera más aplacado. Regresó a la hora y buscó una mesa para revisar el correo en la tablet y mandarle una crónica del paseo a su mamá. A las cuatro y media la dejó en depósito y estuvo nadando hasta las cinco. Después de secarse, pegó la vuelta hacia la casa rodante. Marisa y Rolo la recibieron con mate y ella aportó los alfajores de frutas que había comprado.
—Me parece que te flechaste —dijo su amiga.
—Un poco —admitió—. No esperaba encontrarme con la pileta y no llevé el filtro solar. Pero me daré un baño y me pasaré una buena crema por todo el cuerpo. Ustedes, ¿descansaron? —preguntó maliciosa.
—Mejor que en el hotel —respondió Mari con una sonrisa candorosa.
Julia rió y le comunicó a su hermano que ya se había contactado con su madre. Estuvieron a orillas del río hasta el anochecer. Antes de la cena, las mujeres concurrieron a los vestuarios para bañarse. Se pasaron crema por la espalda mutuamente y se ataviaron con sus vestidos playeros. Rolando las vio llegar complacido. Julia era la esencia de la seducción con la piel enrojecida por el sol y el pelo cayendo libremente sobre los hombros descubiertos, y su rubia Marisa lucía dorada y deslumbrante.
—Nosotras nos ocuparemos de la cena —le dijo al pasar.
Él la detuvo por el camino y le dio un beso prolongado.
—Vos sabés cuánto quiero a mi hermana, pero esta noche me arrepentiré de haberla invitado —le susurró.
—¡Salvaje! Deberías agradecerle la siesta —rió Mari desasiéndose para seguir a Julia.
Prepararon una ensalada variada con vegetales, fiambres, frutas y quesos y, de postre, una porción de torta helada. Estaban de sobremesa cuando se les acercó una jovencita.
—¡Buenas noches! —saludó con la característica tonada cordobesa.
—¡Hola! —respondieron a coro.
—Venía a invitarlos, si gustan, a una guitarreada —señaló a un grupo sentado en el suelo al lado de una carpa.
—¿Qué dicen, chicas? —preguntó Rolo.
Ellas asintieron con una sonrisa. Él cerró el motorhome y siguieron a la muchachita. Un hombre joven se levantó no bien se acercaron.
—Bienvenidos —dijo estirando la mano hacia Rolando—. Mi nombre es Tiago y me alegra que hayan aceptado la invitación —miró hacia las mujeres.
—Gracias —retribuyó Rolo—. Yo soy Rolo y ellas Marisa, mi novia y Julia, mi hermana.
Después del saludo, los integró a la rueda. Fueron presentados y Tiago, ubicado al lado de Julia, entonó con excelente voz varias zambas. Los cantores se fueron turnando y entre mate y mate, el muchacho le reveló que la había visto cuando salía del vestuario con su amiga.
—El mejor momento —sonrió—, cuando Rolo te presentó como su hermana.
La joven se sintió halagada por el comentario masculino, pero intentó restarle importancia.
—¿Te dedicás a la música? —inquirió.
—Es mi pasatiempo —confesó—. Trabajo en el aeropuerto.
—¿Y qué hacés ahí?
—Soy ingeniero aeronáutico.
—Mi hermano también es ingeniero —dijo ella—. Pero civil.
El interés de Tiago era palpable e insistió en concertar una salida para hacerle conocer los lugares más relevantes del entorno. Ella se negó con amabilidad pero con firmeza. La guitarreada la cerró el joven con dos canciones que ponían de manifiesto la atracción que Julia le había despertado: Anocheciendo zambas y Trago de Sombra.

sábado, 30 de marzo de 2013

VACACIONES COMPARTIDAS - III



—¿Tu ídolo se cayó del pedestal? —aventuró su hermana cuando se desplomó ceñudo sobre la silla.
—Podrías ahorrarte la agudeza —gruñó.
Julia abrió la boca para contestarle pero se moderó al ver la expresión de Marisa. A cambio, opinó conciliadora:
—Algo que dijo te molestó. ¿No querrías compartirlo con estas dos mujeres que tanto te quieren? —exageró el tono almibarado de su voz forzándose a no reír.
Rolando se distendió. Por Marisa, con quien ambicionaba compartir una placentera noche de amor, y por el semblante travieso de su hermana. Conjeturó que algunas provocaciones ya no la irritarían:
—El señor, atento a tu seguridad, osó darme lecciones de prevención para acampar. Estuve a punto de proponerle que él se ocupe de vos —terminó con una sonrisa.
—Eso es un invento tuyo. ¿De dónde le preocuparía mi seguridad? —desestimó Julia.
—Debido a mi profesión hay detalles que no se me escapan, como que te miraba con demasiado interés —se volvió hacia su novia—: ¿Vos no lo observaste, encanto?
—Se lo dije cuando te fuiste al baño, pero después pensamos que era porque te conocía a vos.
—Claro, miraba mi silla vacía para reconocerme. No las creía tan ingenuas, mujeres —dijo con tono de suficiencia.
—¿Y qué? ¿Pensás valerte de mi encanto para que te aprueben el trabajo? —lo hostigó Julia.
—¡Qué buena idea, hermanita! —exclamó regocijado—. Sería un buen intercambio, porque confesarás que te llevarías un tipazo... —le dijo a Marisa—: ¿Verdad, amor?
—No está para despreciar, por cierto —Mari le siguió el tren—. Pero no esperaba que te comportaras como un mercenario…
—¡Dejen de chacotear a mi costa! —demandó Julia—. Ahí viene el mozo con la comida y no me quiero indigestar.
Almorzaron de buen ánimo y votaron por recorrer la ciudad dejando el abastecimiento para el día siguiente. El camarero le entregó a Rolo, junto a la cuenta, una guía en nombre del ingeniero Cardozo. El joven la abrió y rió entre dientes. Después se la pasó a Marisa con un comentario:
—Es un hombre perseverante.
Julia mostró una actitud de indiferencia. Su amiga hojeó el manual y le comunicó:
—Un tratado completo de todos los lugares para acampar en la sierra y los mapas para ubicarlos. Estoy por creer en el olfato de mi novio —declaró tendiéndoselo a la muchacha.
—No, gracias. En vez de perder el tiempo, deberíamos buscar un hotel antes de emprender la caminata —dijo desdeñosa.
—Bueno —accedió Mari intercambiando una mirada con Rolando y guardando la guía en el bolso—. Cuando quieras.
La pareja caminó tras los pasos de la decidida joven hasta la cochera adonde estaba su vehículo. Encontraron un buen hotel con estacionamiento cerca de la Plaza San Martín y pasaron por sus habitaciones para refrescarse antes de salir de excursión. Julia fue la primera en bajar y se asesoró acerca de la mejor manera de aprovechar el paseo. Exhibió un manojo de folletos cuando aparecieron Rolo y Marisa:
—¡Atención! —les dijo con aire de maestrita—: Después de un sesudo estudio de estos opúsculos y la ayuda del conserje… —aclaró— quedó armado este fantástico itinerario.
Su hermano, que conocía el centro de la ciudad por haberlo transitado durante su estancia para especializarse, esperó su explicación con tolerancia.
—Un recorrido por las peatonales, la Plaza San Martín, La Manzana Jesuítica, Parque Sarmiento, y para terminar, un paseo por la Cañada —enumeró entusiasta.
—Suena muy interesante —dijo Marisa— pero ¿nos dará el tiempo?
—Si no nos detenemos en los museos ni las iglesias, sí —aportó Rolo.
—Vamos, que estoy ansiosa por comparar nuestro Parque Independencia con el Sarmiento —apuró Julia.
Riendo, salieron a la calle. Recorrieron la Plaza, caminaron por el Pasaje Santa Catalina entre el Cabildo histórico y la Catedral de estilo renacentista, entraron al Archivo provincial de la memoria adonde el nefasto destino de tantos seres les borró la sonrisa, y desembocaron en la peatonal que los sumergió en la Manzana Jesuítica.
—¿Saben que en el dos mil la manzana fue declarada patrimonio de la humanidad? —preguntó Rolo.
Las chicas asintieron. La austera fachada de la iglesia de los jesuitas contrastaba con el barroco estilo de la capilla doméstica y la arquitectura colonial del colegio Montserrat. El día despejado invitaba a tomar contacto con la naturaleza. Se encaminaron hacia el Parque Sarmiento a través del paseo del Buen Pastor con su fuente de aguas danzantes y la iglesia de los capuchinos de magnífico estilo neogótico.
—Algo que no voy a poder rebatir es la carencia de construcciones anteriores a mil ochocientos —dijo Julia fastidiada, observando los detalles de la espléndida iglesia.
—Bueno, nena —dijo Mari—. No te olvides de que Rosario era lugar de tránsito. Por allí pasaba el Camino Real que unía Buenos Aires con Asunción del Paraguay. Nuestra arquitectura es tan ecléctica como los inmigrantes que nos poblaron.
—Me resta calificar su pulmón verde —porfió ella—. Sigamos.
Se internaron en el parque adonde Julia no pudo más que admirar la espléndida vegetación, los árboles floridos, el polícromo rosedal –aunque a su criterio tenía mejor diseño el de su parque natal-, el coniferal y su mirador para apreciar una amplia vista de la ciudad, y el lago surcado por puentecitos y dos islas en el medio. Tras recorrer el Teatro Griego, decidieron tomar un refrigerio. Eligieron una mesa resguardada del sol por una profusa vegetación y las mujeres pidieron una gaseosa que acompañaron con un alfajor regional de dulce. Rolo prefirió un café y un sándwich de miga.
—¿Trajiste la guía? —le preguntó a Marisa.
La joven asintió y la rescató de su bolso. Él la estudió un rato y se dirigió a las chicas:
—Vamos a contentar a dos aprensivos —declaró al fin—: a mamá y a Cardozo que tanto se preocupó por la seguridad de las damas. Haremos la primera escala en Mina Clavero. Allí hay un camping llamado Las Moras. Cuenta con todos los servicios y seguridad permanente.
—¿Y del entorno que me decís? —indagó su hermana con una mueca.
—Por las fotos parece muy atractivo —señaló Mari que las estaba examinando.
—Lo único que nos faltaba —rezongó Julia—. Nos libramos de una timorata en Rosario y nos ligamos otro en Córdoba. ¿Para qué alquilaste esta costosa casa si para instalarse en un campamento basta con una carpa?
—A ver, hermanita —pronunció Rolando con paciencia—: Que te moleste la persecución de mamá, lo entiendo. ¿Pero qué ves de malo en la actitud de Alen que se ha interesado por nuestro bienestar?
—Que con su guía haya determinado los lugares en los que debemos parar. Eso veo de malo —lo desafió.
—Termínenla —pidió Marisa—, parecen dos críos. ¿Piensan arruinarme las vacaciones?
Julia se mordió el labio inferior y se llamó a silencio. Rolo abrazó a su novia e hizo otro tanto.
—Mañana —siguió Mari— si el lugar no nos gusta, decidiremos qué hacer. ¿Te parece bien? —le preguntó a Julia.
—Sí. Perdoname —respondió contrita—. Me estoy transformando en el tercero en discordia.
Su hermano la miró con aire pensativo y estiró la mano para alborotarle el pelo. Marisa pensó que en ese momento Rolo había asumido el papel de hermano mayor.
—¿Qué tal si seguimos? —propuso.
Recorrieron el zoológico y el museo de ciencias naturales. En medio del parque, el Paseo Bicentenario ornamentado por círculos de colores correspondientes a cada año transcurrido desde mil ochocientos diez, ponía una nota de color. Ya saliendo, dejaron atrás los museos de arte Emilio Caraffa y del Palacio Ferreyra. Volvieron al hotel por el paseo de la Cañada, arroyo encausado por una muralla de piedras blancas y que serpenteaba por el centro de la ciudad. Numerosos puentes cruzaban de una orilla a otra y enormes árboles de la especie tipa adornaban su trayecto a lo largo de tres kilómetros. La caminata bajo la fronda sosegó los inquietos pensamientos de Julia mientras caía la tarde y las sombras eran ahuyentadas por las farolas. A las nueve y media de la noche entraron al hotel acordando encontrarse en la recepción una hora después para cenar. Rolando sugirió una picada y las jóvenes probaron la famosa mezcla de fernet y cola. A la una Julia estaba durmiendo.
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miércoles, 27 de marzo de 2013

VACACIONES COMPARTIDAS - II



—¿Listo, chicas? —la sonora voz de Rolando apuró la despedida y recomendaciones de Vilma.
Las jóvenes treparon a la casa rodante y agitaron las manos hasta perder de vista a la atribulada mujer que desconfiaba de las ventajas de pernoctar en medio de los caminos. La delincuencia alimentaba diariamente los matutinos con asaltos, arrebatos y muertes. El ataque a los turistas era noticia corriente en zonas poco pobladas sin olvidar los grandes centros urbanos. Aunque Rolo era un experto en artes marciales por haberlas practicado desde niño y tenía licencia para portar armas, su madre esperaba que nunca tuviera que recurrir a una u otra para defenderse.
Julia se tendió en el asiento situado tras el conductor. Cerró las celosías de la ventanilla y anunció, a piloto y copiloto, que iba a retomar el sueño. La despertaron en Villa María para tomar un café. Descansada como estaba, reclamó guiar el vehículo hasta la ciudad de Córdoba, primera escala del viaje, pedido al que se negó rotundamente su hermano por considerar que no estaba entrenada en el manejo del utilitario. Para conformarla, prometió instruirla cuando arribaran a Córdoba. Llegaron a la ciudad pasado el mediodía y, después de dejar el vehículo en un estacionamiento, buscaron lugar donde almorzar.
—Les hago una propuesta —dijo Julia mientras esperaban ser atendidos—: Pasemos esta noche en Córdoba porque me gustaría recorrer el centro y algunos lugares característicos. Mañana podemos salir para Mina Clavero después de almorzar. Son sólo dos horas de viaje.
—Creí que tu opinión antagónica te privaría de reconocer la ciudad —rió su hermano—. ¿A qué se debe el cambio?
—A que para polemizar hay que conocer —dijo altanera—. Cuando vuelva, tendré más argumentos para sostener que Rosario es la segunda ciudad del país.
—O no… —deslizó Rolo.
—Ya me las arreglaré para transformar los aspectos negativos en favorables —retrucó con gesto malicioso.
Mari y Rolando rieron francamente ante la desfachatada confesión de la muchacha que anticipaba su retorno de la melancolía.
—Para agradecer su buena disposición los invito a que esta noche nos alojemos en un buen hotel ya que han corrido con todos los gastos de la casa rodante —agregó generosa.
—¿Vamos a desairar a mi hermana? —preguntó Rolo rodeando los hombros de Marisa con su brazo.
La chica rió gozosa. Pensó que el viaje prometía momentos venturosos. Cuando Rolando se ausentó para ir al baño, paseó la vista entre las mesas hasta detenerla en un individuo que las observaba con fijeza. En realidad, se dijo, observaba a Julia. Como él no apartó la mirada, se sintió con derecho a estudiarlo. Más de treinta, fornido, varonil. La dejó explorarlo hasta que truncó el examen con una sonrisa. Mari desvió los ojos sobresaltada.
—¿Qué te pasa? —indagó su amiga.
—No mires a tu derecha —le susurró—. Pero hay un tipo que no te saca los ojos de encima.
Julia se volvió como si el pedido de su cuñada fuera una orden para escrutarlo. Sostuvo la mirada de unas pupilas claras casi extemporáneas en el rostro curtido y después enfocó a Marisa:
—Dejalo —dijo encogiéndose de hombros—. Es un sitio público.
—¡Mirá…! — apremió ahora Mari.
Rolo se había detenido junto a la mesa del sujeto quien se levantó para estrecharle la mano. Los vio gesticular en una charla muda para sus oídos y luego dirigirse hacia ellas.
—¡Chicas, les presento al ingeniero Alen Cardozo! —dijo su hermano con efusión—: mi novia, Marisa —la señaló— y mi hermana Julia.
El ingeniero les dio la mano y Julia constató que sus ojos eran grises. Una combinación provocadora en contraste con su piel morena.
—El ingeniero estuvo a cargo de la cátedra de Recursos Hídricos adonde presenté un proyecto de investigación —continuó Rolo con entusiasmo.
—Ah… —dijo Julia con displicencia—. ¿Y te lo aprobaron?
Su hermano hizo un gesto de reconvención ante la mirada divertida del catedrático:
—No es tema para conversar fuera del ámbito académico —masculló con sequedad. Se recompuso e invitó a Cardozo a compartir la mesa. Él agradeció con una sonrisa y se sentó frente a Julia.
—Me disculpo por mi indiscreción —declaró la joven— y espero que me faciliten una guía para no invadir su ámbito académico —Rolo la fulminó con la mirada y el invitado lanzó una franca carcajada.
—Tu hermano recibirá la evaluación por la vía establecida y no tenías por qué estar al tanto del protocolo —afirmó el hombre conciliador.
—No me dijiste nada de tu propuesta —intervino Marisa.
—Es que si la rechazaban ni te ibas a enterar —arguyó su novio—. Quería ahorrarte una decepción.
Mari le dedicó una mirada amorosa y se inclinó para besarlo.
—Mmm… —murmuró Julia sonriendo. Después le espetó al ingeniero—. Tu nombre es mapuche.
—Así es —asintió él.
—Es un nombre muy significativo.
—¿Te interesa su cultura?
—Estudio Antropología e hice un estudio de campo en una de sus comunidades. Pero vos, a pesar de tu tipo nativo, no tenés signos de ascendencia mapuche.
Alen la miró regocijado. La chica tenía un surtido de salidas espontáneas que despertaban su buen humor. Y además era hermosa.
—No sé por qué imaginás que mi origen es mapuche. ¿Y si tuviera una madre afecta al significado de los nombres? Estuve a punto de llamarme Pancracio, por ejemplo.
Julia se atragantó con la risa. Él la miró con deleite impregnándose del sonido cristalino que ella no pudo contener. Cuando se calmó le dijo:
—Con semejante nombre terminarían diciéndote Pancho o alguna simpleza parecida. ¿A qué alude Pancracio?
—“Al que es totalmente fuerte”.
—Veo que tu mamá se inclina por nombres que celebran las virtudes masculinas. Alen es más poético: “La luz que hay en medio de la oscuridad”. Me gusta —afirmó con llaneza.
Y a él le gustaba ella cada vez más. Se felicitó por haber adelantado la entrevista con las autoridades de la Facultad de Ciencias Exactas de la UNC programada para la semana entrante por escoltar a su madre que debía asistir a una reunión de su promoción. Esa tarde volverían a Nono y esperaba convencerlos de que aceptaran alojarse en su casa.
—¿Adónde están parando?
Rolando se ocupó de responder:
—Aún no elegimos hotel. Nos ocuparemos de eso después del almuerzo. A propósito, nos encantaría que comparta la comida con nosotros —ofreció a su colega.
—Te agradezco, pero debo ir a buscar a mi madre. Estaríamos complacidos de que acepten nuestra hospitalidad. Nono está a dos horas de Córdoba y podrán disfrutar de un paisaje espléndido —propuso ocultando su ansiedad.
Lo que le quedó claro fue que la pareja se interesó por la oferta, pero sus miradas convergieron en la responsable de su invitación que contestó en nombre del grupo:
—Agradecemos tu generosidad, pero sólo pasaremos una noche en el hotel. Vinimos en motorhome y mañana empezaremos a recorrer la zona.
Rolo y Marisa dejaron traslucir su decepción pero no se sintieron con derecho a modificar el proyecto original ante la firme oposición de Julia. Cardozo hizo un gesto de asentimiento y se despidió de las mujeres. Rolando lo acompañó hasta la salida del restaurante:
—Creeme que habría sido un placer —dijo—, pero también este viaje está planeado en función de mi hermana y no queremos contrariarla. Si me das tu dirección pasaremos a visitarte.
—Agendemos nuestros celulares —indicó Alen.
Después de que ambos ingresaron los respectivos números, Cardozo observó con aire preocupado:
—No es recomendable estacionar en lugares poco concurridos para pasar la noche, y menos con dos mujeres jóvenes. Buscá los camping que estén custodiados y equipados.
—La casa tiene alarma y llevo una pistola —explicó Rolo—. Y no soy un improvisado. Hace años que me entreno en un polígono de tiro y tengo licencia para portar armas.
La aclaración pareció no satisfacer a su colega que se permitió hacerle una pregunta:
—¿Tenés experiencia en acampar?
—Como boy scout —se encogió de hombros—. Pero estaremos en un refugio sólido e inaccesible y dotado de todas las comodidades.
Rolando sintió un incómodo malestar ante las apreciaciones de Cardozo. Bien estaba que él admirara al profesional idóneo, pero su recelo acerca de su destreza para una rutina tan simple como acampar lo disgustaba. El hombre leyó el fastidio en su rostro y se alejó con una última petición:
—Cuídense, ¿sí?

sábado, 23 de marzo de 2013

VACACIONES COMPARTIDAS - I



Marisa miró a su cuñada con preocupación. Aunque Julia intentara disimularlo, la herida de la traición aún no estaba restañada. Evocó con rabia al incalificable individuo, no porque hubiera desertado dos meses antes de la boda, sino porque el abandono fue una excusa para encubrir la infidelidad. Poco después del plantón, se lo vio acompañado por otra mujer con la cual se casó al poco tiempo. Marisa decidió que un año era tiempo suficiente para concluir el duelo y en su mente comenzó a pergeñar un plan para sacarla de su apatía. Julia, además de ser la hermana de su pareja, era su mejor amiga. Extrañaba a la joven vivaz con la que habían compartido horas de estudio y esparcimiento y al nudo afectivo que se apretó cuando se descubrió enamorada de Rolo. Se volvió hacia el nombrado y pronunció persuadida:
—Vamos a ir con Julia.
Rolo la miró sorprendido. La expresión de su novia era inapelable. ¿Qué se traía entre manos?
—¿Adónde vas a ir, linda? —la interrogó con una sonrisa.
—¡Vamos, dije! A Traslasierra.
—¿En casa rodante? No me parece —contestó el hombre torciendo el gesto.
—Hay que sacudirla de su inercia. Y nada mejor que unas vacaciones —insistió Marisa.
Si había algo que Rolando había aprendido era la inutilidad de oponerse cuando su novia tomaba una decisión. No obstante, intentó una tibia resistencia:
—En un lugar tan reducido no tendremos privacidad, Mari —dijo en tono insinuante.
—No seas desalmado. Tu hermana nos necesita y es lo bastante ubicada como para respetar nuestra intimidad —su certeza rechazaba cualquier objeción. Señaló a la muchacha que parecía estar ajena al bullicio de la fiesta de fin de año—. ¿No te parte el corazón verla tan indiferente?
Rolo coincidió en que la inanimada expresión de su hermana no condecía con el carácter impetuoso que la distinguía. Las palabras de Marisa lo retornaron al territorio negado de la impotencia frente al desengaño de Julia. De buena gana hubiera golpeado a Teo si su arranque no hubiera aumentado el desconsuelo de la joven. Reconoció que había ocultado tras el escudo de la indiferencia la incapacidad de resolver el conflicto de su hermana y ya no le pareció desatinada la propuesta de Mari.
—Está bien, querida —aceptó—. Pero a vos te toca convencerla.
—¡Sos un portento, Rolando! —Lo abrazó con ímpetu—. Sabía que no me desoirías…
—Lo de portento te lo voy a demostrar esta noche… —le susurró con una mueca disoluta.
—Te lo voy a recordar —dijo ella bajamente.

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El primero de año Marisa se presentó en casa de Julia a las diez.
—Todavía no se levantó —le informó su suegra.
—Yo la despierto, Vilma —dijo al tiempo que subía hacia el dormitorio.
Golpeó la puerta hasta que escuchó la voz adormilada de su cuñada:
—¿Quién es?
—Yo. Mari —dijo entrando a la estancia.
—¿Qué hora es?
—Las diez. Vestite y desayunamos juntas.
—Despiadada —balbuceó Julia—. Me acosté a las cuatro de la mañana.
—Y yo —afirmó su amiga aunque sin aclarar que se durmió a las seis después del intercambio amoroso con Rolando—. Vamos, holgazana, que el parque nos espera.
—Estás piantada —rezongó la aludida—. Nadie abre el boliche en año nuevo. Dejame dormir, ¿sí?
—Don José prometió que atendería su carrito, así que levantate y vayamos a oxigenarnos — exhortó Marisa levantando las persianas.
Julia se cubrió los ojos con la almohada que arrojó contra su cuñada cuando ésta le hizo cosquillas. Las dos terminaron riendo tendidas en la cama. Mari se deleitó con la risa de Julia que raras veces escuchaba en los últimos tiempos. Miró con afecto a su amiga admirada de su porte juvenil que no desmerecía sus veintinueve años al lado de los veinticuatro de ella. Se habían conocido en la Facultad de Humanidades adonde Julia decidió tardíamente comenzar la carrera de Antropología. Una espontánea simpatía las acercó y no tardaron en convertirse en compañeras de estudio. Se reunían para preparar las materias alternando las casas de ambas adonde ella conoció a su hermano. Él era tres años menor que Julia y tres mayor que ella. En esa época estaba en pareja y poco se fijó en la jovencita deslumbrada por su presencia. Aunque nunca le confesó a su amiga el sentimiento que Rolo le despertó, no dudaba de que Julia lo presentía. Hacía un año y medio que Rolando había terminado su relación y ella no desperdició la ocasión de hacerse notar. A la sazón, llevaban conviviendo medio año y soportando las presiones de ambas familias para que se casaran. Ellos tenían un pacto: si la vida en común funcionaba más de un año, cumplirían con los requisitos sociales. Se incorporó del lecho y le dijo a su cuñada mientras salía:
—Te espero abajo.
Poco después salían hacia el parque. El día era soleado y caluroso. Como Marisa había adelantado, el carrito de Don José estaba abierto y concurrido. Las ubicaciones alrededor del lago, ocupadas. Julia hizo un gesto de contrariedad que fue captado por un joven que le sonrió e hizo ademán de ofrecerle el lugar.
—¡Aprovechemos! —urgió Mari.
Se acercaron a la mesa: Marisa con una amplia sonrisa y Julia con ese gesto de misteriosa reserva que la hacía tan seductora.
—Estoy solo —dijo el muchacho, levantándose—. ¿No quieren acompañarme?
—Gracias —respondió Mari y se volvió hacia su amiga—: sentate mientras voy a buscar el desayuno.
—¡Yo se los traigo! —se ofreció él—. ¿Qué desean tomar?
—Café con leche y dos medialunas saladas —encargó Julia por las dos.
Apenas se perdió de vista, dejaron escapar la risa.
—Y yo creía que tu encanto estaba en decadencia —jaraneó Marisa—. Salió como un tiro a complacerte. Está interesante el vago, ¿no?
—¿Tanto te gustó? —se burló su amiga—. Mal pronóstico para un tal Rolo…
—Para vos, ridícula. Los hombres no se agotaron con un tal Teo —remarcó.
—Agradezco tu preocupación, pero el reemplazo me lo voy a buscar solita.
Marisa se congratuló por la respuesta de su amiga que abría la puerta al comienzo del olvido. Observó la larga cola y estimó que su anfitrión tardaría bastante en regresar. Decidió arriesgarse con la invitación:
—Ya te conté que dentro de dos semanas nos vamos con Rolando a Traslasierra en motorhome. Nos pareció una idea fantástica que vengas con nosotros —le participó con desenvoltura.
Julia entrecerró los ojos y un gesto divertido le animó las facciones:
—¡No te puedo creer! ¿Es una prueba de abstinencia?
—No tiene por qué serlo —rebatió Mari—. Viajaríamos con una persona despabilada. Además hace dos años que no te tomás vacaciones y sería la conclusión perfecta de una etapa de tu vida. ¡No me digas que no, amiga! —suplicó en tono lastimero.
La respuesta de Julia llegó después del paréntesis abierto por el retorno del oficioso que les alcanzó el desayuno y la despedida con la promesa de una llamada telefónica:
—¿Por qué no? Si a mi me arruinaron la vida, no veo por qué no he de arruinárselas a otros.

miércoles, 23 de enero de 2013

LAS CARTAS DE SARA – XXII



Eran las cinco de la tarde cuando regresaron al centro. Nina y Dante volvieron al hotel y dejaron a Sara en el Trust en compañía de Ada. La mujer insistió para que la joven tomara algún refrigerio antes de retirarse. Sara fluctuaba entre la duda y la convicción de restituirle a Max la memoria de su implicación en la contienda. Intentó comunicarse con don Emilio pero su llamado se extravió en un vacío inquietante. A las siete, se dirigió al encuentro de Max. Lo esperó sentada en el último escalón, acurrucada contra la puerta del edificio y vigilando a los costados con nerviosismo, alerta a un nuevo ataque del can. El médico la distinguió antes de bajar del auto que conducía Melián. Observó preocupado la carita tensa y el crispado movimiento lateral y se preguntó a qué le temía. Recién lo vio cuando estuvo a su lado. Se levantó de un salto y, aliviada, lo abrazó por la cintura. Él subió los brazos y la apretó contra su cuerpo.
—Te fui a buscar al Trust —le dijo cuando percibió que la tirantez aflojaba.
Sara se apartó, azorada por su reacción. ¿Cómo iba a convencer a Max de que era la elegida para luchar contra la oscuridad si buscaba su amparo como una minusválida?
—Necesito hablar con vos —declaró con gravedad.
—Entremos —invitó él abriendo la puerta del edificio.
Sólo cuando entraron al departamento el hombre la interpeló:
—¿Qué pasó, Sara? Te noté asustada.
Ella lamentó ser tan transparente a los ojos masculinos. Se dijo que debía recuperar el control y hacerse cargo de las atribuciones que poseía y la tarea encomendada. Se sentó en el sillón que habían compartido la noche anterior dispuesta a revelarle el designio que la había conducido a Gantes. Max se instaló a su lado y no la apremió. Comenzó por recordar el aviso que contestó mucho después de que fuera publicado, su extrañeza ante pequeños detalles que constataba en el pueblo, los símbolos que ostentaban los habitantes del lugar, su incursión al barranco, la confidencia de Ada, su visita a la biblioteca y al museo, las visiones y la conexión con don Emilio con la posterior revelación de su cometido en la contienda. La impotencia la golpeó a medida que avanzaba en el relato por no poder interpretar en el rostro hermético de Max algún signo de aceptación o rechazo a sus palabras. Difirió advertirle su condición de Enviado, develamiento que reservaba esperando que el médico asimilara su exposición. El silencio cobró una cualidad de censura tal que Sara no necesitó descifrar la mente del hombre para comprender.
—Veamos —recapituló Max—: lo del aviso tiene una clara explicación. Llegaste después de varias postulantes que no eran idóneas para el puesto. Si no hubieras satisfecho los requisitos, otras hubieran llegado después de vos.
Ella se encogió de hombros.
—Es posible que alguna desesperada respondiera un aviso seis meses después de publicado… —murmuró.
—La gente del pueblo es muy clasista —siguió Max desmantelando su testimonio—. Es posible que intenten diferenciarse de los otros residentes con algún símbolo que los identifique. Hay múltiples ejemplos de emblemas de pertenencia a lo largo de la historia. Sin ir muy lejos, los escudos de los colegios que fortalecen la identidad con la institución y con sus pares.
Sara lo miró anonadada. ¿Intentaría cuestionar cada uno de sus argumentos con su lógica cartesiana?
—¿Y qué opinás de la falta de descendencia de los integrantes de la Orden? Porque seguramente no habrás atendido ningún parto entre los habitantes del pueblo… —le rebatió.
—No. Pero no es mi especialidad como tampoco la pediatría. Hay una clínica a cincuenta kilómetros que está preparada para esa función —arguyó.
—Max, al paso que vamos vas a demoler cada una de mis palabras —dijo mortificada—. Yo esperaba tu comprensión solidaria, no una autopsia de cada interrogante.
—Me gusta tu sentido del humor —manifestó él con una sonrisa— lo que me anima a pensar que podrás seguir razonando cada episodio que has descrito como un hecho sobrenatural.
—¡Yo no aluciné la pantera ni las voces de los que estaban en la reunión! ¡Ni el ataque del perro cuyos dientes desgarraron mi brazo! —se indignó. Concluyó con voz calma— tampoco el vínculo con don Emilio.
Max intentaba dilucidar del relato de Sara la posibilidad de que estuviera bajo el efecto de alucinógenos. Recordó la estadía en el motel y los sobresaltos que sufrió producto de su imaginación. Ella estaba convencida de los sucesos que narraba y entendió que la única posibilidad de rebatirlos era demostrarle su falacia.
—Bien —consintió—, te pido que le comuniques a don Emilio que ahora iremos a visitarlo.
La muchacha lo miró con reproche pero se sometió a su demanda. Intentó establecer contacto con el anciano pero su llamado quedó flotando en el vacío.
—Desde esta tarde que no responde —dijo alterada—. Temo que le haya pasado algo.
El médico no hizo ningún comentario. Se limitó a solicitarle otra evidencia:
—Dijiste que podés leer la mente, decime qué estoy pensando ahora.
Sara se desesperó al comprender el propósito de Max que la estaba arrastrando al terreno de la enajenación. Otro sondeo que no podría superar.
—No tengo acceso a tus pensamientos —concedió resignada—, pero es imposible que no reconozcas por mi descripción las figuras que adornan la entrada del museo ni el prehistórico animal embalsamado.
Él se levantó y le tendió la mano. Sara lo miró interrogante mientras se incorporaba.
—Vayamos al museo —dijo él con acento decidido.
Se puso tensa. ¿Enfrentarse de noche con la criatura de pesadilla?
—Es tarde —alegó—. Tiene que estar cerrado.
—Está abierto hasta las diez de la noche. Y quiero que juntos comprobemos algo.
Lo siguió hasta la cochera y no cambiaron palabras hasta encontrarse frente al edificio cultural. El primer indicio de la distorsión de su realidad fueron los bajorrelieves que guarnecían la entrada: unos sencillos arabescos que nadie podría confundir con panteras ni dragones. Se eternizó ante las inocuas imágenes de las aberturas hasta que la voz de Max la sacó de su abstracción:
—Estos grabados son los que siempre ví. Entremos, querida —su tono sonó piadoso.
Ella caminó tras él como una autómata. Por cierto que no remodelaron la entrada, se dijo. Habían jugado con su percepción para hacerle ver lo que no existía y ahora se transformaba en una muestra más de su paranoia. No esperaba encontrar a la misma empleada ni los mismos animales disecados. Los salones no estaban atestados como en su visita y la puerta de madera era tan lisa como las paredes estucadas. Estiró la mano para abrirla y esta vez nadie se lo impidió. Quedó frente a un oscuro recinto en cuya profundidad creyó distinguir bultos de distinto tamaño.
—Es un depósito —aclaró una voz femenina al tiempo que iluminaba la sala.
Sara volteó su mirada entre la solícita empleada municipal y las cajas que ahora apreciaba al fondo del salón. Se retiró sin agradecerle y buscó la salida. Max la alcanzó en la puerta adonde llegó traspasada por la frustración. Sus contendientes se habían asegurado de hacer fracasar sus acusaciones. Pero lo que más la atormentaba era la incredulidad del hombre del que estaba enamorada. Tranquila, Sara. No has podido comprobar ninguno de tus dichos. Él no tiene la culpa. Vos también te resististe ante las distintas evidencias hasta conocer a don Emilio. Por algo el Enviado no es conciente de su significación. Ningún conocimiento previo debe afectar su decisión. Tanto puede inclinarse hacia la luz como hacia la oscuridad. Siempre pensé que no había fuerza más poderosa que el amor, pero el poder seduce con la misma intensidad. Y la supremacía de mis contrincantes se acrecienta ante un puñado de seres quebrantados por su historia. ¿Qué puedo lograr sola? ¡Ay, don Emilio…!  ¿Por qué no puedo oírlo?
—Volvamos, Sara —la exhortación de Max la apartó de su debate interno.
Obedeció de manera mecánica. Dentro del departamento, el hombre la abrazó con ímpetu.
—Sara… Querida… No era mi intención mortificarte. Pero cuando me describiste el museo, pensé que la única forma de enfrentarte a tus temores era demostrarte que la realidad no coincide con tu recuerdo. Quiero ayudarte, pequeña. Desentrañar esta trama que te amenaza en Gantes.
La voz de Max rebosaba cariño y sinceridad. Ella se dejó estar sobre su pecho tentada de renegar de la causa que la había convocado a ese pueblo. Si él debía elegir entre ella y Cordelia, ¿por qué no forzar su decisión? Ella lo amaba y sabía que no le era indiferente. Una vez consumada la unión alteraría el orden natural de los sucesos. Rodeó el cuello del hombre con sus brazos y se adhirió a él:
—¡Oh, Max…! Lo único que me parece real es lo que siento por vos… —murmuró acariciando su rostro con los labios.
Él atrapó su boca con un beso profundo explorando el cálido interior con su lengua, conciente del cuerpo femenino abandonado al frenesí de sus deseos. Su mente pragmática claudicó en la hoguera de la pasión reprimida y con un clamor bronco la condujo hasta el dormitorio. Se desnudaron con apremio, como si ese momento formara parte de un sueño del cual podrían despertar. Sara gimió las caricias que Max sembraba por su cuerpo aprestándolo para la unión. Colmada de voluptuosidad, sus manos palparon los músculos tensos de los glúteos varoniles y su pujante erección. El hombre, con un sonido gutural, se acomodó sobre ella para penetrarla modulando su nombre como un conjuro. Fue el timbre de voz lo que le hizo abrir los ojos. Por encima de ella se balanceaba el administrador con una mueca obscena. Con un grito de espanto y repulsión lo empujó con todas sus fuerzas arrojándolo fuera del lecho. Se cubrió con la ropa de cama y se arrastró contra el respaldo. Simultáneamente escuchó el juramento de sorpresa de Max:
—¡Maldición, Sara! ¿Qué nueva locura es ésta? —la observaba consternado, tendido en el piso adonde había caído.
Ella lo miró devastada por la convicción de su derrota. Habían alterado su comprensión valiéndose de un estado emocional que la puso a su merced. ¿Cómo explicarle a ese hombre humillado por su arranque que había alucinado una suplantación en el momento culminante? Sin responderle, buscó sus ropas y se vistió. Max la imitó mudamente y después le preguntó con brusquedad:
—¿Qué querés hacer ahora?
—Volver a lo de Biani —articuló.
Él no hizo ningún esfuerzo por disuadirla. La dejó en la puerta de la casa y arrancó el auto antes de que entrara.

sábado, 19 de enero de 2013

LAS CARTAS DE SARA – XXI



Pasado el mediodía llevó las carpetas a la oficina de Max y las dejó sobre el escritorio con una nota advirtiéndole que se iba a encontrar con su amiga. No juzgó oportuno despedirse con alguna palabra cariñosa ante el posible espionaje de Carolina. Se cruzaron cuando Sara salía del despacho del médico y la secretaria la interpeló:
—¿Ya vas a almorzar?
—No, me retiro. Dejé todos los comprobantes en la oficina del doctor. Vos sabrás gestionarlos —manifestó mientras caminaba hacia la salida.
Su mente captó los pensamientos coléricos de la mujer y se aisló de ellos. No iba a permitir que nadie le arruinase el encuentro con Nina. Detrás de la puerta automática la estaba esperando Melián. Ella sonrió para responder al saludo del hombre:
—Buen día, señorita Sara. El doctor me pidió que la llevara adonde usted dispusiera.
—¡Gracias, Melián! Vayamos primero al Trust —indicó segura de que Nina y Dante la aguardaban allí.
Cuando llegaron al centro comercial vio a la pareja sentada a una mesa y liberó a su chofer. Nina se levantó no bien se acercó y la abrazó estrechamente. Ella saludó a Dante y compartió una gaseosa con ellos. Mientras estaban charlando la sacudió el llamado de don Emilio: “Necesito comunicarme”. Por un momento percibió el pedido como una invasión a su vida privada. Se sintió tentada a ignorarlo pero después, con una intensa sensación de arrepentimiento, se disculpó con sus amigos y se aisló en el baño. Bajó las barreras para abrir su mente a la demanda del anciano. Te estás descuidando y es peligroso. Usarán a tus amigos para desmoralizarte y debes estar prevenida. No abandones el proyecto que gestaste junto a Ada. Tratarán de anularte como puedan. La voz enérgica le infundió serenidad y la afianzó en el rol que la había conducido a ese pueblo. Se reintegró al salón con todos los sentidos alertas y dispuesta a despejar de su conciencia todo aquello que fuera contrario a la verdadera esencia de los afectos.
—¿Estás bien? —le preguntó Nina cuando volvió.
—¡Sí, sí! Es que salí tan rápido del trabajo que debiera haber pasado antes por el baño…
—Sara —dijo su amiga—. Estuve tan preocupada por vos que vine… Vinimos —se corrigió— con la intención de que volvieras a Rosario con nosotros.
—No puedo irme ahora. Hay mucho trabajo en la clínica y Max me necesita. Supongo que dentro de un mes podré ir a visitarte.
—Pero tus cartas, Sara... Mencionaban hechos extraños y situaciones peligrosas. Y las alucinaciones… Temí que hubieras vuelto a consumir alguna sustancia —dijo pesarosa.
—Quedate tranquila, Nina. El único tranquilizante que tomé me lo dio Max. Las situaciones que describí se deben a mi mente calenturienta afectada por la distancia. Comprendeme… Estaba sola en un lugar desconocido y con gente extraña cuyas costumbres difieren de las nuestras. Todo el entorno era propicio para hacer volar mi imaginación. Lamento haberte perturbado con mis fantasías —trató de que su tono sonara convincente.
—No sé —porfió su amiga—. Pero a nosotros nos pasó algo extraño en el camino. Lo soñé antes de que sucediera. Y fue el encuentro con el perro que te atacó y que espanté usando de escudo el tapiz con la imagen de la pantera. Y yo estaba segura de que lo había tejido para esa ocasión —aseveró.
—Es posible que se hubiera alejado al ver dos personas. No es más que un animal salvaje merodeando por los alrededores…
Nina no salía de su asombro. La despreocupación con la que hablaba Sara le hacía poner en tela de juicio sus aprensiones. Buscó la mirada de Dante que hasta el momento no había intervenido en la charla entre las amigas.
—Sara —dijo el joven—. Vos sabés que nunca me entrometí en las cosas de ustedes; pero debido a la inquietud que manifestaba Nina, también interpreté el contenido de tus cartas como un pedido de auxilio.
Sara intentó desmontar los argumentos de sus amigos para no exponerlos a un enfrentamiento que los dañara. ¡Si pudiera lograr que abandonaran el pueblo ese mismo día…! Sería un instrumento menos de intimidación con que contarían sus oponentes. Debía provocar una reacción de rechazo hacia su persona.
—Miren, chicos —expresó con suficiencia—. No sé qué historias imaginaron alrededor de mis cartas, pero lo cierto es que llegaron en un momento inadecuado. No puedo atenderlos como desearía porque tenemos un asunto pendiente con Ada que requiere que nos ausentemos del centro. Ni siquiera puedo decirles que los veré a la noche —Nina la miraba incrédula y Dante inexpresivo—. Por lo tanto —siguió— será mejor que vuelvan a Rosario y, como les dije, apenas pueda viajaré a verlos.
—¿Me parece o nos estás echando? —observó su amiga.
—No lo tomes así. Gantes no es un lugar turístico y me apena que malgasten el dinero en un hotel para no tener nada que ver.
—No te reconozco, Sara. No sé quien habla por tu boca pero no es mi amiga. Y hasta aquí vinimos para darle una mano a ella. De modo que aunque te opongas nos quedaremos —afirmó Nina con dulzura no exenta de firmeza.
—¡Por favor, Nina! ¡Podría soportar cualquier cosa menos arriesgarlos contra unos adversarios cuya fuerza aún no conozco! —casi sollozó.
Su amiga se acercó y la abrazó impetuosamente. Apoyada contra el pecho de Nina, escuchó sus palabras de aliento:
—Oíme, Sara. Vos dijiste en una carta que no estabas aquí por casualidad. Yo creo que nosotros tampoco, que coincidimos en este lugar con algún objeto —expresó convencida.
Ella se apartó suavemente y la miró con una mezcla de agradecimiento y pesar. El discurso de Nina sonó terminante y supo que ningún argumento la persuadiría de lo contrario. Si iban a participar de la cruzada, debía sincerarse con ellos. A medida que les relataba todas las vicisitudes que no figuraban en sus cartas los rostros de la pareja adquirían una gravedad acorde a lo narrado. Cuando terminó, quedaron en silencio por un rato.
—Tendrías que confiarte con Max —dijo al fin Dante—. Esta contienda es desmedida para una mujer sola. Te ayudaremos en todo lo que esté a nuestro alcance, pero si él cumple un rol fundamental es necesario que esté al tanto.
—No lo sé —manifestó la joven—. Yo misma no entiendo por qué no le es dado conocer su participación. Ni siquiera don Emilio pudo aconsejarme —terminó con desaliento.
—¡Max te ama! —intervino Nina—. ¡Te escuchará!
—Supongo… —aceptó—. Aunque nunca me lo haya confesado. Escuchen —anunció —: Debo ir a casa de Ada para compaginar la reunión aplazada. Es una buena oportunidad para que ustedes conozcan la otra parte del pueblo.
—Y para no perderte de vista —aprobó Nina.
El recorrido en auto se le hizo breve comparado con su trayecto en bicicleta. Dante detuvo el coche cerca del potrero central y, antes de que se apearan, varios niños los rodearon con curiosidad. Cuando Sara bajó, una niñita corrió a saludarla. Riendo, la abrazó y le dio un beso. Se volvió hacia sus amigos y les dijo con una sonrisa:
—Les presento a María, la nieta de Ada.
La pareja besó a la pequeña y después Sara la tomó de la mano para caminar hacia la casa de su amiga. La mujer salió antes de que golpeara a su puerta como si la estuviera esperando. Se abrazaron sin palabras y luego los invitó a pasar. Adentro esperaban algunos conocidos -Mirta, Benito, Roxana y Dora- y tres hombres más que la dueña de casa presentó como José, Miguel y Mauro. Se acomodaron en las sillas que Ada acercó, a continuación de lo cual se dirigió a Sara:
—Don Emilio nos puso al tanto de tu llegada y nos pidió que representáramos al resto de los habitantes para transmitirles lo que aquí se decida.
La muchacha asintió. Se ordenó mentalmente para luego dirigirse al grupo:
—Todos están al tanto de la expoliación que la gente del pueblo ejerce contra su trabajo y sus descendientes, de la falta de garantías mínimas para que puedan aspirar a un destino distinto que no sea servir a los intereses de los poderosos. Sé que quizá piensen que es imposible modificar esta situación, pero quiero recordarles que no hace mucho un cambio se ha producido en esta comunidad y fue la instalación del dispensario.
—Este cambio te pertenece —opinó Mirta—. El doctor lo decidió al escuchar tu reclamo porque antes no existíamos para él.
—Es verdad —coincidió Sara—, como también lo es que ustedes nunca se ocuparon de hacerse oír. ¿No creen que sea hora de exigir los cambios a los que tienen derecho?
—No nos escucharán y perderemos nuestros empleos —dijo Mauro—. Yo tengo hijos que mantener.
—Y que perder si son cooptados para suplir la falta de los que no pueden concebir —sentenció la joven.
—Los instruimos para que no acepten sus arteras promesas —se defendió el hombre.
—Pero no pueden evitar que algunos de sus descendientes se dejen tentar por un proyecto de vida que ustedes no les ofrecen. Hasta que no resuelvan esto, seguirán perdiendo hijos y viviendo a la sombra de los amos del pueblo. 
—¿Qué nos propone? —la desafió Miguel—. ¿Una revuelta armada? No tenemos ni sabemos manejar armas.
—Ni ellos. No es a tiros que se resolverá esta contradicción. Se trata de recuperar la solidaridad, de ponerse en el lugar del otro, de pensar en el bienestar común. Ellos dividen para vencer. Ustedes tienen la fortaleza de la unión.
—Sara tiene razón —intervino Ada—. Hasta que no me separaron de mi Cordelia conservé la misma esperanza que ustedes: que se llevaran a cualquiera menos a mi hija. Y después me uní al silencio cobarde de los desfavorecidos, porque tampoco hablé cuando la pérdida fue ajena.
Sara comprendió que siglos de adaptación pasiva gravitaban sobre esas vidas amenazadas permanentemente por el castigo de los poderosos. Las mentes de los interpelados se refugiaban en la estrecha seguridad que les brindaba la esperanza de no ser las próximas víctimas del despojo. Se preguntó cómo podría motivarlos.
—Hoy podrán rehuir la apropiación de un hijo pero nada les garantiza evitar el dolor de la pérdida de un nieto. ¡Amigos! —los arengó—. Hay una sola manera de salir del cono de sombra al que están acostumbrados: brillar con luz propia. Ellos los necesitan porque la molicie los ha ganado y no sabrían autoabastecerse. Ustedes tienen la fuerza del trabajo y la descendencia. Deben reparar la redes de identificación que centurias de engaños han deshecho y descubrir que la verdad también es patrimonio de esta aldea.
Nina y Dante asistían asombrados a la prédica de Sara que les descubría una faceta ignorada de su carácter. Su rostro irradiaba autoridad y sus ojos brillaban con el fervor de sus palabras. Las mujeres parecían impresionadas por su discurso y los hombres, reticentes. Mirta tomó la palabra:
—Creo que Sara tiene razón. Es hora de romper el aislamiento que nos caracteriza. Ella nos ha dado el ejemplo con su actitud fraterna que logró un bienestar para todos nosotros.
—Estoy de acuerdo —apoyó Roxana quien oficiaba de enfermera en el dispensario y en la clínica—. Yo me comprometo a transmitir nuestra charla a quienes consulten en la enfermería.
Dora y Ada coincidieron con las que habían hablado al igual que Benito. Los dos que habían cuestionado a Sara no asumieron ningún compromiso y se retiraron en compañía de José quien no aportó ningún juicio. Ada acompañó hasta la puerta al grupo y cuando regresó, la muchacha miró desalentada a sus amigos y a la dueña de casa:
—Temo no haber sido lo suficientemente persuasiva —dijo abatida.
—Sembraste una semilla —afirmó Ada— y, aunque no lo creas, en tierra fértil. Hay que darle tiempo a que se arraigue.
—¡Oh, Sara…! —exclamó Nina abrazándola—. ¡Fuiste tan elocuente que me dieron ganas de sacudir a esos hombres de su apatía!
Dante volvió a insistir:
—¿No te parece que es el momento de involucrar a Max?