domingo, 20 de julio de 2014

CONFLICTO AMOROSO - XXV



La vista al lago y las montañas era espectacular, acompañada por la suave música melódica que demandaba una compañía amorosa. Una mano fuerte se apoyó sobre mi hombro al tiempo que una voz masculina -para evitar el sobresalto de la sorpresa- declaraba: —Las dos chicas más hermosas de la fiesta a mi disposición. La suerte me sonríe.

Guille nos abrazaba desde atrás. Samanta se volvió y le dio un beso: —¿Qué hacés por acá? Te creía secuestrado por alguna de esas amazonas ostentosas.

—Te olvidás de que vine con mi prometida —observó él con decoro.

—Bueno —me entrometí—, podés dejar la ficción porque no hay moros en la costa.

—¡Error, milady! Ahora es cuando más te necesito. ¿Ves? —señaló hacia atrás con un leve movimiento de cabeza.

Miré y tropecé con la mirada de Joaquín quien me saludó con una sonrisa. Estaba acompañado por dos jovencitas cuyos ojos estaban clavados en nosotros. Guillermo me tomó de la cintura y me apremió: —Vamos a bailar.

Lo seguí como un autómata. Tomé contacto con mis sensaciones cuando levantó mis brazos sobre sus hombros y rodeó mi talle con los suyos. Yo deslicé las manos sobre su pecho.

—Así no, Martina. Se supone que estamos enamorados —me murmuró al oído.

—Estás yendo demasiado lejos, gurka —lo empujé—. Si querés continuar con la farsa, hasta aquí está permitido.

—Martina… —no intentó acortar la distancia—, que haya recurrido a un eufemismo para sentir que eras un poco mía no invalida lo que siento por vos —dijo con firmeza.

—¿Y qué es lo que sentís? —le demandé.

—Lo sabés. Te amo.

—Usás esa palabra de manera antojadiza…

—Marti, animate a mirame y comprobarás que no te miento —me incitó.

Si lo miraba leería en mis ojos esas ansias que yo no me atrevía a identificar. ¿Era hora de asumir el riesgo? Alcé la cabeza. El mensaje de las pupilas glaucas era indudable y me provocó una suerte de conmoción que me quitó el aliento. El primitivo deseo que las agitaba coincidía con mi negado anhelo de amar y ser amada por este hombre que se había exteriorizado en tan pocos días. Él interpretó mi emoción y emitió un hondo suspiro mientras me estrechaba contra su cuerpo. Cerré los ojos y recliné la cabeza sobre su corazón, solo concentrada en su olor, el calor de su aliento contra mi pelo, la suavidad de sus labios sobre mi sien. Me dejé aturdir por la música, sus brazos y las palabras que la pasión le inspiraba. ¿Había sentido alguna vez esa exaltación con Noel? Con nadie, me respondí.

—No quisiera soltarte nunca, Martina … —murmuró—, pero si no paramos de bailar me veré en una situación muy comprometida.

Detuvo el desplazamiento y me besó antes de aflojar el abrazo y escoltarme hacia el exterior. No tenía necesidad de preguntarle la razón de su propuesta, conciente como era de la transformación de su cuerpo. Nos apoyamos sobre la baranda hombro contra hombro y cercada por su brazo cristalizó la aspiración romántica que añoré en compañía de Sami. El paisaje era el mismo, pero mis ojos lo apreciaban bajo el prisma del esplendor afectivo. Poco después, Guillermo volteó hacia mí y enmarcó mi rostro entre sus manos. Sentí que iba a ser el primer beso determinado por el deseo mutuo. Nuestros labios se aproximaron lentamente y se unieron en una gozosa caricia que convocó a las bocas en plenitud. Labios, lenguas y dientes en húmeda sintonía con la temblorosa emoción del reconocimiento. Guille se separó con una especie de lamento y me urgió con voz enronquecida: —¡Vayámonos ahora, Marti!

—¿Adónde? —balbuceé aún magnetizada por el beso.

—¡Al paraíso! —dijo haciendo tintinear una llave que sacó del bolsillo del pantalón.

Me dejó helada. Atiné a preguntarle: —¿Dé dónde es la llave?

—De una suite del complejo —respondió satisfecho.

—¿La conseguiste antes de saber que iría con vos?

—¡Por Dios, Marti! Me la obsequió Joaquín.

—Y supongo que lo cargarás en tu Hércules al igual que a Noel y a Juanma.

—¡Sí! ¿Qué querés sugerir? —me interpeló.

—Que sos muy bueno comprando voluntades. La de mi novio para que no objetara un viaje en tu compañía, la de mi jefe para que me concediera otro período de vacaciones, la de tu fan para que pusiera a tu disposición un cuarto.

—¿Y con qué intención, si se puede saber? —inquirió con sarcasmo.

—Para pasar una noche conmigo —me lancé.

—Yo no quiero pasar una noche con vos…

Lo interrumpí: —¡En una semana te vas!

—¡Con vos, Martina! —casi gritó.

—Estás delirando… Cuando vuelvas a tu mundo ya no seré más que el recuerdo de una aventura —dije abatida.

Me contempló anonadado: —Tenés la virtud de transformar la realidad tergiversando los hechos. En primer lugar, acostumbro invitar a mi empresa gente entusiasta con la especialidad; en segundo lugar, la llave me la ofrecieron, y en tercer lugar este sería el comienzo de nuestra convivencia. Todos eventos normales que bajo tu análisis se vuelven conspirativos —enjuició.

—Oh, sí… ¿Una semana de convivencia aquí garantiza que podríamos continuarla en tu país? —pregunté incrédula.

—¡No lo puedo creer, Martina…! —Y recalcó—: No puedo creer que hayas convertido una aspiración amorosa en un cálculo matemático.

—¿No son las matemáticas la materia prima de tus exitosos sistemas? —lo fustigué.

Lo saqué de sus casillas. Apretó los labios y sus ojos chispearon al tiempo que se aproximaba a mí. Retrocedí contra la baranda convencida de que me iba a golpear. Se frenó con expresión aturdida y ladeó ligeramente la testa para observarme con ojos entrecerrados. No supe si el gesto de rechazo tuvo que ver con su arranque iracundo o si lo provocó mi persona, porque me dio la espalda con una risa destemplada y se fue. Allí quedé. Mirando el lago y tratando de descifrar mi calamitoso arrebato. ¿Perdí la oportunidad de conocer el amor por puro miedo a salir decepcionada? Hurgaba en mi cerebro la comprensión del impulso cuando se me impuso con manifiesta claridad que debía confrontarlo con mis sentimientos. ¡Basta de especulaciones racionales!, diría India. ¡Cómo la necesitaba para disipar la anarquía de mi mente! En estas elucubraciones estaba sumida cuando escuché la voz de Sami.

—¡Marti, Marti! —dijo un poco agitada—. Acaban de llamar a Darren desde la oficina de control. Parece que una excavadora se descompuso y originó un accidente. Guille lo acompañó, pero antes de irse arregló que Joaquín nos llevara a casa cuando dispusiéramos. ¿Querés quedarte un rato más?

La ví un poco angustiada y, además, ¿qué haríamos nosotras sin nuestros hombres? Saboreé el interrogante porque esta idea de propiedad me abarcaba cada vez más.

—Prefiero irme —le contesté, animando una expresión de alivio en su rostro.

Nos arrimamos a la mesa adonde aguardaba Joaquín como un soldadito. Aceptó nuestro deseo de abandonar la fiesta y, a pedido de Samanta, nos condujo hasta su padre para que pudiéramos despedirnos. Antes de subir a su auto, estiró la mano y me ofreció una llave.

—El doctor Moore me encargó que se la diera —expresó.

La atesoré en mi mano como una joya. Era la prueba del perdón del gurka.

—Gracias, Joaquín —le sonreí—. La pondré a buen recaudo.

El muchacho asintió complacido, como si hubiera cumplido una misión exitosa. Nos trasladó hasta la casa de Sami y esperó a que abriéramos la puerta desde donde lo saludamos. Mi amiga se desplomó en un sillón con un suspiro ruidoso.

—¿Estás preocupada? —me inquieté.

—Un poquito. Parece que las máquinas se han vuelto locas. ¡Menos mal que está el doctor Guille para atenderlas…! —se rió—. Y a propósito de Guillermo, ¿qué pasó entre ustedes? No me mientas, porque eran un espectáculo en la pista de baile y después él volvió a la mesa solo y como un basilisco… —me advirtió.

—Me quedé con ganas de tomar algo —dije—. Busco unas bebidas y vuelvo.

—No te me vas a escapar… —canturreó mientras se sacaba las sandalias y recogía los pies en el sillón.

Regresé con dos copas y una botella de champaña mediana. La descorché, la escancié y me senté frente a Sami: —Salud, amiga. Porque los muchachos no tengan grandes problemas.

Las copas tintinearon al chocar. Samanta me observaba en silencio, sin apremiarme, esperando la confidencia reclamada. Me recosté sobre el respaldo y observé las minúsculas burbujas al trasluz, buscando las palabras adecuadas para contarle a Sami que posiblemente estuviera enamorada de su hermano menor.

—Te voy a ayudar —dijo—. Sé que Guille te ama. Pero vos, Marti, me desconcertás. A veces parece que compartís lo que siente y otras, que estás tan lejana como esa milady que persigue sin poder alcanzar.

—¿Te parece natural una pareja entre el gurka y yo? —me sorprendí.

—Aunque no juzgo la orientación sexual ajena, todavía soy apegada a la relación heterosexual y ustedes son un hombre y una mujer, ¿no?

—¿Y la edad, Sami? Le llevo cuatro años —le recordé.

—Para serte franca, él parece mayor que vos. Por todo, desde lo físico hasta lo intelectual.

—¿Querés decir que soy una retrasada? —protesté.

—Quiero decir que te lleva kilos y centímetros, y que tiene un carácter más reflexivo que cualquiera de nosotros. Darren incluido —aclaró como testimonio definitivo de la madurez de su hermano.

No pude contener una risotada ante su apelación, porque se me presentó la imagen del gurka blandiendo la daga entintada y gritando como loco en ese nicho temporal del pasado. Samanta sonrió con desconcierto y acompañó mi carcajada cuando le transmití mi evocación.

—¡Sí que se jugó por vos! —se desternilló.

—Lo hizo para salvar a su hermana —corregí.

—Vamos… Lo hizo para quedar bien con su dama —me retrucó.

—Aún no había alcanzado la categoría de caballero andante —le refresqué la memoria.

Permanecimos en un silencio introspectivo que interrumpió Samanta: —¿Entonces no seremos cuñadas, Marti? —sintetizó afligida.

lunes, 14 de julio de 2014

CONFLICTO AMOROSO - XXIV



Los hombres, que habían llegado mientras nos estábamos vistiendo, esperaban en la sala listos para salir. Se volvieron al escuchar el repique de mis tacos sobre los escalones. Guillermo se movió hacia mí y esperó al pie de la escalera. Me detuve en el primer peldaño, mis ojos a la altura de su mirada deslumbrada. Estaba tan estático que liberó una risa espontánea de mi parte. Él recobró la compostura y distendió los labios en una sonrisa de dientes perfectos.
Milady… —pronunció tendiéndome la mano.
La tomé y bajé el escalón con su asistencia.
—Hola, Darren —me acerqué al colorado y le dí un beso.
Me lo devolvió y dijo con gesto malicioso: —Hola, bonita. Acabas de quitarle el habla a un individuo.
No lo nombró pero ambos sabíamos a quien se refería, por lo cual me puse tontamente arrebolada. Sami, bajando la escalera como una reina, me rescató de las pullas de su marido. Lucía con donaire el exquisito vestido de fiesta –que yo le había ayudado a elegir- cuyo azul profundo contrastaba con el color de su cabello. Darren la abarajó al pié de la escalera con un beso y se volvió hacia nosotros: —Billy —afirmó—, vamos a ser los hombres más envidiados de la fiesta.
Billy no respondió. Se limitó a mirarme con avidez y me ofreció el brazo para salir. De lo que tenía conciencia, es que no deseaba que esa noche fuera como cualquiera. Me sentía hermosa, deseada y quería llevarme al mundo por delante. Como viajamos en el auto de Darren, Guille y yo ocupamos el asiento trasero.
—Te ves distinta, milady —susurró—, pero irresistible.
—Obsequio de Sami —respondí con frivolidad—. Me benefició con un cupón para la peluquería.
La risa le burbujeó en la garganta: —Hasta tus desplantes te llenan de encanto, linda Martina —murmuró buscando mis ojos.
Apoyé la cabeza contra el respaldo y sonreí suavemente. Si lo aceptaba, quedaría al borde de un cortejo. Aún no…
—¿Cómo se llama tu admirador? —le pregunté a quemarropa.
Sacó la tarjeta y, condescendiente, leyó: —Milton Prado Pérez tiene el agrado… —se interrumpió y concluyó—: Debe ser el nombre del padre.
—Nombre extranjero y doble apellido. ¿Serán peruanos?—colegí.
—Salvo en Argentina, creo que en los países latinoamericanos se usan los dos apellidos —aventuró.
—Sí. Pero yo conocí a un médico peruano que se llama Milton —insistí.
—¡Ah…! ¿Cómo paciente o pretendiente? —averiguó.
Me largué a reír: —¿Es que para vos todos los hombres revisten en esa categoría?
—Con vos y hasta recuperar mi prenda debo estar en guardia, milady.
—¡Quedamos en que no me nombrarías más con ese mote y nunca tuviste una prenda sino que me la robaste! —mascullé indignada.
—Siempre junto a mi corazón e inspirándome para conseguir lo que deseaba brindarte —afirmó con vehemencia.
Me inquieté. ¿Estarían escuchando los de adelante? Estaban muy silenciosos.
—Darren, ¿cuánto falta para llegar? —necesitaba remover esa zona de intimidad que amenazaba someterme.
—Una hora si la ruta sigue despejada —contestó.
Me apoyé sobre el asiento de Sami y la involucré en la charla más tonta que recuerde sobre el instituto de belleza y otras banalidades. Mi inspiración alcanzó justo para llegar. Cuando Darren anunció el fin del viaje me eché hacia atrás con un suspiro de alivio para aterrizar sobre el cuerpo de Guillermo.
—¡Ay! —exclamé mientras me desequilibraba hacia la portezuela por no aplastarle la cabeza.
Reaccionó con un gruñido y me atrajo con violencia hacia él. Siempre me juró que estaba profundamente dormido. Forcejeé para desprenderme mientras repetía su nombre. Samanta, que ante el alboroto se había incorporado para informar al conductor, colaboró: —¡Gurka! —lo zamarreó para despertarlo.
Guille abrió los ojos con esfuerzo y aflojó el cerco. Nos miró como si no nos reconociera. Sus pupilas se aclararon y dijo: —Un sueño hecho realidad…
—¿Qué tal si me soltás? —manifesté con calma—. Así mi vestido lucirá con menos arrugas.
Rió con parsimonia, me liberó y se enderezó: —¡Perdón, perdón! Nada más alejado de mi intención que arruinar tu perfección.
Le lancé una mirada torva: —Estabas fingiendo —acusé.
—¿Para abrazarte? —infirió en tono provocador.
—¡Sos…! —me exalté sin poder comunicarle lo que era, de puro enfadada.
—¡No te enojes, Marti! Fue una broma —aclaró ante mi rostro alterado.
—¡Haya paz, chicos! —pidió Samanta asomada a su asiento—. Es mi cumple…
—¡Tenés razón, Sami! Lo siento… —dije contrita.
—¡Y vos dejá de portarte como un pendejo! —le espetó a su hermano antes de volver a sentarse.
Él hizo el gesto de la paz y nadie habló más hasta que estacionamos delante del hotel adonde se festejaba la inauguración. El incidente del auto había pasado y mi ánimo recobrado su buen humor de modo que me colgué, con una sonrisa, del brazo que me ofreció Guille. Antes de exhibir la tarjeta en la entrada se detuvo y recorrió mi figura de pies a cabeza: —Y conste que no te arrugué como hubiera deseado… —me dijo en voz baja.
No lo eludí. También medí su estampa y tomé nota, por primera vez en la noche, de su vestimenta. Se había puesto un jean azul, una remera blanca con discreto escote en V y un blazer negro que llevaba desabotonado.
—Hubieras tenido la obligación de plancharlo —le aseguré.
Esbozó una sonrisa maliciosa que contenía cualquier metáfora en torno a mi declaración. Me dí vuelta y avancé hacia la entrada. En dos zancadas me alcanzó y volvió a tomar mi brazo: —Quieta, preciosa… —murmuró.
El responsable del ingreso miró dudoso a Guillermo y paseó la vista entre él y Darren que vestía un elegante traje gris con camisa clara y corbata.
Así estábamos, como en un cuadro, nosotros distendidos y el empleado de seguridad indeciso hasta que apareció el hijo de Milton.
—¡Doctor Moore! —exclamó con entusiasmo—. ¡Creí que no iba a contar esta noche con su presencia!
Guille sonrió, le tendió la diestra y dijo: —Guillermo y de vos. ¡Ah…! Y me debés tu nombre. No sabía por quien preguntar.
—Joaquín —dijo el muchacho. Miró hacia nosotros esperando la introducción.
—Ella es Martina, mi prometida —señaló Guille ante mi consternación.
Joaquín se estiró para darme un beso en la mejilla. A continuación, les presentó a su hermana y su cuñado.
—Vengan conmigo, por favor, que quiero que mi padre los conozca —pidió nuestro anfitrión.
Esta vez me colgué yo del brazo del gurka y musité: —¿Qué fue éso?
—El pasaporte para sacudirme algunas féminas insidiosas —dijo entre dientes.
—Ah… —¿La exclamación había sonado desencantada? Me apresuré a clarificar: —Claro que si hay alguna que te guste, considerate libre de compromisos.
No me contestó. Se limitó a presionar mi brazo contra su cuerpo. Así llegamos ante el padre de Joaquín. El joven no ahorró elogios para con Guille aunque Milton, sin duda, estaba al tanto de su trayectoria. Departió con nosotros con amabilidad y nos acompañó hasta la mesa que nos estaba reservada. Joaquín, que no quería separarse de su icono, nos acompañó. Nos despojamos de los livianos abrigos asistidas por nuestros acompañantes. Guillermo demoró sus manos sobre la prenda deslizando con delicadeza los dedos sobre mis hombros, al tiempo que susurraba: —Estás para comerte, milady  —lo que le valió una mueca insolente de mi parte.
Terminamos de cenar y el muchacho se dirigió a mí: —Martina, ¿me cederías por un momento a tu prometido? —lo preguntó como temiendo una negativa.
—Lo que necesites —respondí sin poder contener la risa que encubrí tras una observación—: ¡Ah… Guille! Acordate de nuestra charla —le refresqué volteando hacia él.
—Lo tengo bien presente —aceptó—. Gracias por tu cooperación, querida —y se inclinó sobre mí para besarme suavemente en la boca.
Aún me duraba el asombro cuando fue engullido por un enjambre de admiradores. Samanta y Darren me miraban con la expresión de quienes se mueren por preguntar pero su educación los contiene.
—Parece que se tomó a pecho su excusa para zafar del acoso femenino —comenté con despreocupación.
—¡Era lo que nos imaginábamos! —asintió el colorado y ratificó su dicho meneando la cabeza.
Lo contemplé con suspicacia buscando un atisbo de burla en su rostro, pero sostuvo el gesto de naturalidad sin variaciones.
—¿No tienen ganas de bailar? —promovió la cumpleañera.
—¡Sí! —aceptamos a coro Darren y yo.
Un mozo nos guió hasta la confitería flotante donde estaba ubicada la pista de baile. Nos sacudimos casi una hora hasta que comenzó el ritmo lento.
—No puedo satisfacer a las dos —se excusó Darren—, de modo que les buscaré una bebida.
Yo suspiré aliviada: —Acerquémonos a la baranda —le propuse a Sami, ansiosa por un poco de aire fresco.

viernes, 4 de julio de 2014

CONFLICTO AMOROSO - XXIII



El pibe, amedrentado por la orden de quien lo sostenía, se dedicó a lloriquear en voz baja. Distinguí la voz de Samanta entre el bullicio: —¡Marti, Guille! ¿Están bien? —preguntó en inglés.
—¡Sí! —Le contestó su hermano en el mismo idioma—. ¡No te muevas de dónde estás!
El guía gritó: —¡No se vuelvan! ¡Caminen hacia la salida que está cerca!
Atrás continuaban los clamores de la mujer y los improperios de los paseantes. Un hombre se abrió paso hacia nosotros voceando el nombre del chico. Guillermo lo detuvo y le entregó al mocoso: —Hacete cargo vos —le dijo.
Me ciñó entonces con ambos brazos y me preguntó: —¿Estás bien, querida?
Yo suspiré contra su pecho: —Sí… —y como no me soltaba, murmuré—: Ya puedo caminar sola.
Aflojó el cerco despacito pero me mantuvo sujeta a su costado hasta que cruzamos la salida. Allí me tomó de los hombros y escrutó mi rostro buscando algún signo de conmoción.
—Me asusté cuando te oí gritar, Martina —dijo conmovido.
—El chico me sorprendió. Gracias por evitar que cayera al agua —reconocí sosteniendo su mirada.
Todavía estábamos absortos el uno en el otro cuando se acercó Sami.
—¡Qué travesía, chicos! El crío casi me tira al piso y la madre desde atrás no ahorró empujones. ¡Varios cayeron al suelo como bolos! —rió—. Y después, los que salieron de estampida atropellaban en sentido contrario… ¡Ufff! —resopló—. ¿Ustedes bien?
—Bien —confirmó Guille—. Vayamos a devolver el equipo y las invito a un refrigerio antes de visitar la gruta.
El guía nos interceptó al salir del depósito: —¡Compadre, no se vayan! Queda probar suerte en el Arroyo Amarillo —le dijo a Guillermo.
Él nos consultó con la mirada y ambas denegamos con un gesto amable. El baqueano se refería a la búsqueda de oro zarandeando el sedimento del arroyo. Hoy en día, con los filones agotados, no era más que un entretenimiento que podía terminar con el cuerpo acalambrado.
—Gracias, viejo —contestó Guille—. Otra vez será. Las chicas están cansadas.
El joven levantó el pulgar y enfiló hacia el grueso del contingente. Nosotros, en un silencio lánguido y amistoso, caminamos hacia el restaurante adonde estaba estacionado el auto. El gurka nos agasajó con una torta exquisita y un aromático café para luego transitar unos veinte kilómetros hacia el este en busca de Inti Huasi. En quechua significa “casa del sol” y tiene una antigüedad de ocho mil años. Guillermo me relevó en la conducción de modo que me dediqué a observar el paisaje. Una formación de nubes grises opacaba el brillo del sol y acentuaba la serranía allende la ruta. Las formaciones rocosas se hicieron más profusas conforme nos acercábamos a nuestro destino en tanto la niebla engullía la cresta de las más altas. La gruta estaba atravesada por pasarelas a cuyo costado estaban expuestas distintas piezas de las culturas aborígenes que la habían ocupado por milenios. En las paredes, erosionadas por el paso del tiempo, quedaban rastros de antiquísimas pinturas. Nos llevó más de una hora recorrerla. Regresamos a Merlo anocheciendo.
A las once de la noche me despedí de Sami y familia después de haber compartido la pizza y las empanadas caseras que le habían obsequiado a Darren. Necesitaba procesar los acontecimientos de los dos últimos días con la cabeza despejada y lejos de la mirada del gurka. Porque mi análisis poco tenía que ver con la disolución del vínculo con Noel; tenía que ver con los cimientos de mi vida que la aparición de Guillermo Moore había debilitado.
             ¡Dinamitado, Martina! —Vociferó mi otro yo—. Tu metódico devenir entre el trabajo, la casa de tu mamá, la relación sin premuras con Noel, la estoica resignación a no progresar, carecía de sustento.
             ¡Yo vivía tranquila —me defendí.
             ¡Ja! Vivías en la inercia y, aunque te espante, un ejercicio de sinceramiento podría abrirte las puertas a una existencia con significado.
             ¿Pensar en proseguir la licenciatura en idiomas no te parece un cambio?
             Es solo el comienzo. No solo de títulos vive el hombre… —dijo con hastío.
Me estiré en la cama con un largo suspiro. Sabía adónde quería llegar mi sabueso interior: no se conformaba con huesos, quería sangre. Pretendía que me quitara la máscara con respecto a Guille, que confrontara sentimientos con dogmas, que aceptara que su intrusión era cada vez más consentida. Las circunstancias que me obstinaba en negar me atravesaron como dardos: el beso, su confesión, la sensación de amparo al abrigo de su cuerpo, cada gesto con el que afirmaba su designio de seducirme.
             Dale, Marti… —de nuevo mi fastidiosa voz interior—, aceptá que su actitud te fue ganando. Si se hubiese acercado a vos sin ese conocimiento previo, ¿lo habrías descalificado?
Lo pensé despojado de su antecedente temporal y concluí que me hubiese fijado en ese hombre de físico y carácter atrayentes. No había hecho el intento de imponerse por su posición social o económica lo cual no era muy común en personas exitosas y lo favorecía en mi escala de valores.
             ¿No es hora de darle la razón a India y dejarte llevar por tu instinto en lugar de melonear cada una de tus reacciones…?
Me dormí sin resolver el conflicto. La alarma del celular me despertó a las ocho de la mañana. Una hora después, bajé ocultando la cajita detrás de la cintura. Sami estaba sentada tras la barra.
—¡Buen día y feliz cumpleaños! —la abracé, la besé y le dí un tirón de orejas antes de ofrecerle el regalo.
—¡Marti! ¡Gracias! —dijo con una risa sorprendida.
Rompió el envoltorio y admiró el estuche. Luego lo abrió y emitió una exclamación de deleite al ver la pulsera. La ayudé con el broche y estiró la mano para admirarla.
—¡Marti! —repitió—, ¡es preciosa y original! —me abrazó—: Sos muy generosa —dijo agradecida—. Y no quisiste gastar en un vestido de fiesta…
—Importa que te guste, y pienso pasarla bien aunque no vaya de largo —aseguré.
—No es lo que me preocupa —dijo convencida—. Vas a estar hermosa con cualquier atuendo.
—Todo un cumplido —reí. Miré a mi alrededor—: ¿Y los muchachos adónde están?
—Una mala y una buena —me comunicó Sami—: lo llamaron a Darren porque una máquina computarizada quedó fuera de servicio y Guille lo acompañó. La buena: que me valí de mi ventaja como la mujer del ingeniero y nos esperan en el mejor salón de centro para una sesión integral de estética —declaró con entusiasmo.
Fruncí el ceño. Si no podía invertir en un vestuario menos en algo tan efímero como un tratamiento de belleza.
—Yo paso, Sami —me disculpé—. Te acompaño y te espero.
—Te vas a aburrir… —se lamentó.
—Ni lo pienses. Si va para largo, voy a buscar la manera de ocupar el tiempo.
Desayuné en tanto Samanta se pertrechaba para salir. A las nueve y media ingresamos al Instituto “Afrodita”. Como mi amiga se iba a someter a todos los cuidados que ofrecían, le obsequiaron un tratamiento capilar gratuito que insistió yo aprovechara. Por no discutir, seguí a la empleada hasta el sector de estética del cabello adonde insertaron un turno para el cual debía aguardar una hora. En tanto, pusieron a mi disposición un box equipado con una computadora y conexión wifi. Hablé con mami y me vi con India quien se manifestó inexorablemente enamorada de Román y evaluando la posibilidad de mudarse con él. Explotando mi declaración de alegría por su estado de gracia, intentó sonsacarme con respecto a Guille.
—No hay novedades —transmití.
—Martina, he desnudado mi alma frente a vos, ¿y me retribuís con un comunicado lacónico? —se indignó.
La aparición de una empleada requiriéndome para pasar al salón acabó con la polémica. Me despedí con la promesa de llamarla al día siguiente. Simpaticé de inmediato con la encargada, que estudió mi pelo y me aconsejó acerca del tratamiento, color y corte. Salí tres horas después con unas espectaculares mechas californianas que doraban las puntas desparejas y onduladas. Estaba famélica y después de averiguar que a Sami le quedaba más de una hora, me dirigí a la confitería del Instituto adonde habíamos acordado en reunirnos. La vi venir mientras terminaba un tostado de pollo, jamón y queso. Estaba espléndida con su pelo rubio brillando bajo la sutil iluminación del local. Se acercó a la mesa y me observó antes de sentarse.
—Martina, si fuera posible diría que te quitaste diez años de encima —su apreciación sonaba sincera.
—¡Dios me libre! —exclamé—. Porque en cualquier momento el gurka aparecerá correteando por aquí.
Largó una carcajada antes de sentarse que me transportó a los despreocupados años de nuestra adolescencia. Le hizo una seña a la camarera: —¡Me muero de hambre! ¿Está bueno el tostado?
Asentí y encargó uno para ella. Después nos estudiamos con afecto.
—Darren me avisó que llegarían alrededor de las nueve de la noche y eso gracias a mi hermanito que pudo destrabar un programa —me informó. A continuación—: Debieras mantener siempre ese corte y ese color, Marti. ¡No sabés cuánto te favorecen!
—Sí, claro, si no pagara el alquiler de mi departamento —dije divertida.
—El tiempo dirá —dijo enigmática—. ¿Te parece que ocultaron mis arrugas con el maquillaje?
—Son indicadores de carácter —atestigüé.
—Pero a vos no se te marcan —puchereó.
—Porque no tengo una piel delicada como la tuya —traté de convencerla.
Volvió a reír y se abstrajo en su comida. Al salir, hizo algunas compras por el centro antes de regresar a la casa. Eran las ocho cuando entramos a nuestros dormitorios para cambiarnos. Me duché cuidando de no mojar el cabello y elegí un vestido blanco que dejaba mis hombros y espalda al descubierto. Bajo el ceñido talle, la amplia falda caía a mitad de muslo. Calcé unas sandalias altas y blancas, aros, brazalete y tobillera del mismo color y me contemplé en el espejo. La mujer de piel bronceada que me enfrentaba se veía fascinante. Terminé mi arreglo, me cubrí con la torera de mangas hasta el codo y bajé al encuentro de cualquier reto que me propusiera el destino.

viernes, 27 de junio de 2014

CONFLICTO AMOROSO - XXII



—Chicos… Voy hasta el parador. Necesito un baño —anunció Samanta.
—Tengo que confirmar el horario de la excursión —se recobró Guille—. ¿Venís conmigo? —me preguntó.
—No te enojes… —dije en tono consentido—, pero ahora quiero conectarme con India.
Milady, ya sabés que tus deseos son órdenes para mí —aceptó con gesto resignado.
Configuró la pantalla y me dejó a solas. Hablé primero con mamá a través de la opción telefónica y después me contacté con India por video llamada.
—¡Te estaba esperando, Martina! —me recibió con entusiasmo. Abrió la boca y los ojos—: ¿Estás en un Mercedes?
—Sí —reí por el gesto y la pregunta frívola—. Es del gurka.
—No me dirás que se lo trajo… —arriesgó después de una pausa.
—Sí. En avión de carga.
—¡Chapó…! Ni mi padre se hubiera dado el lujo —se admiró.
—Pasemos a lo importante que no tendremos mucho tiempo de privacidad—apremié—. ¿En qué estadio se encuentran Román y vos?
—Al borde del diez, amiga —confesó con expresión soñadora.
En esa tabla de nuestra propia confección el diez era la etapa a la cual ninguna había llegado: la del enamoramiento incondicional.
—¡Oh, India, creí que nunca me lo ibas a decir! —declaré efusivamente.
Rió con alborozo antes de indagarme: —Y vos… ¿a cuál llegaste?
—Volví a foja cero —revelé.
—¿Estamos hablando de Noel? —articuló cuidadosamente.
—Me dejó.
—¿Dejó? —repitió pasmada.
—Plantó, abandonó, rompió, se largó… Lo que más te guste —redundé tranquila.
Me observó con gesto pensativo. Luego: —Ya decía yo que no todo estaba perdido con ese hombre. Tuvo la entereza de liberarte para que se cumpla tu destino.
—Querida pitonisa, preferiría que me digas qué número saldrá en la quiniela y yo te develaré cuál será mi futuro —me reí.
—No lo tomes a la chacota —se ofendió—. Quiero que me contestes dos preguntas que te hago como hermana: —¿La decisión de Noel te dolió?
Me encogí de hombros: —En mi amor propio. Ni siquiera me sorprendió, no fue más que una determinación que veníamos postergando.
—Bien. Ahora la otra: ¿Algo varió con respecto a Guillermo? ¡Y no quiero evasivas…! —me advirtió.
—Algo —dije lacónica.
—¿En cuál estadio estás?
—¡Ni lo pensé! —exploté.
—Pensalo ahora. ¿En cuál? —siguió implacable.
—En el primero —dije al fin. Era el de reconocimiento.
—¡Pucha que estás atrasada, hermana! ¿Una semana empantanada en el uno? Yo, en menos días, arribando al diez.
—No me confundas más de lo que estoy, India. Nada de esto entraba en mis cálculos.
—Tampoco Román en los míos. Pero no me empeciné en impugnar mis sentimientos —señaló reprobadora.
—Estás evolucionando… de adivina a sicóloga —la ataqué.
—Marti… —rogó con afecto—, date una oportunidad. Nadie dice que estás obligada a compartir sus sentimientos, pero ¿cómo saberlo si te metés en el bunker de la negación? Y no me vengas con la perorata de la diferencia de edad porque podría nombrarte cientos de parejas exitosas, como…
No la dejé terminar: —Pará, India. No me interesan las experiencias ajenas. Aprenderé de las mías —declaré con firmeza.
—¡Qué bien! ¡Eso quiere decir que estás a punto de asumir el riesgo! —apostó.
La escaramuza no continuó porque se acercaban Samanta y Guillermo. Me bajé del auto y les hice señas: —¡India quiere saludarlos! —pregoné.
Los hermanos ocuparon el asiento delantero y charlaron un rato con mi amiga. Estábamos cerca del mediodía y las nubes seguían ocultando buena parte del sol. Guille, que ya quería almorzar, se avino al deseo de Sami y al mío que deseábamos recorrer el pueblo y visitar el Museo de la Poesía. La villa minera de callejuelas y casas empedradas nos transportó a la época de la colonia.
—¿Saben cuál es el nombre completo del museo? —preguntó Samanta que se había ilustrado con los catálogos.
—¡No! —le respondimos a coro el gurka y yo.
—Museo de la Poesía Manuscrita —dijo con aire de sabihonda—. En Sudamérica es el único museo estatal orientado a preservar textos manuscritos. Los hay de Borges, Sábato, Ibarbourou, Mujica Lainez, del mismo Lafinur y de muchos otros escritores del mundo. El camino de ingreso está bordeado de bustos de bronce de hombres y mujeres de las letras sostenidos sobre pedestales de mármol. Y también hay una réplica del laberinto borgiano.
Nos llevó más de dos horas recorrer el museo, conocer la sala de audiovisuales, el café literario y la biblioteca. Guillermo amenazó con irse a comer solo si seguíamos intentando leer cada uno de los textos exhibidos.
—¡Sos insufrible, gurka! ¡Tan tranquilas que la pasamos ayer! —regañó Sami.
Él la miró con tolerancia y enumeró: —Almuerzo, mina de oro y cueva. Nos queda un largo camino, muchacha.
—Tiene razón, Sami —intervine—. Llegamos hasta acá y no nos vamos a perder lo que falta… —mi tono era conciliador.
—¡Ja! ¡Nada ha cambiado! Siempre lo defendés a él —dijo enfurruñada.
No pude evitar una carcajada que reprodujo mi amiga y nos valieron diversos chistidos de los que revisaban los manuscritos. Guille nos tomó del brazo y nos arrastró hacia la salida. Acabamos el jolgorio en la puerta, ante su mirada condescendiente.
—Si terminaron de divertirse —aventuró—, volvamos al restaurante.
A las cuatro de la tarde, bajo un sol que intentaba asomar entre las nubes, emprendimos la corta caminata hacia la mina. Un guía joven equipado con mochila y acompañado por un perro estaba a cargo de la excursión. Nos proveyó de botas y cascos con luces e hicimos un recorrido por los alrededores antes de ingresar al interior del cerro. La explotación tenía una antigüedad de doscientos años y había sido comenzada por los españoles y continuada por los ingleses contratando mano de obra local y de países limítrofes. Al agotarse el oro, el yacimiento y el pueblo fueron abandonados; hoy no lo habitaban más de doscientas personas.
Sobre el terreno perduraban las pircas, muros de piedra encastradas que delimitaban propiedades o servían de corrales. Me quedé fascinada por un grupo de llamas que pacían mansamente en las cercanías y con las ganas de arrimarme para acariciarlas porque al intentarlo, Guille -que interpretó mi intención- me tomó del brazo y me alertó: —Con ese equipo no vas a poder salir corriendo si no son tan dóciles como parecen.
Miré las pesadas botas inadecuadas para el tamaño de mis pies y tuve que darle la razón. Delante nuestro caminaba un matrimonio joven custodiando y reprendiendo a un niño de unos seis años. Me sonreí al recordar la canción de Serrat: “niño… que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca”. Al llegar a la entrada de la mina, el baqueano nos encareció que usáramos los cascos y evitáramos salpicar al caminar por el suelo encharcado. Tampoco debíamos tocar las paredes de la bóveda ni el techo para evitar roturas que dieran lugar a deslizamientos. Tardamos en iniciar el recorrido hasta que el cicerone zanjó la discusión de la pareja acerca de quien se quedaría cuidando al pequeño barrabás para recorrer primero la excavación. Tiró una moneda al aire y salió favorecido el padre. Entramos en fila de dos detrás del guía y su perro dejando a nuestras espaldas los gritos de protesta de la criatura. Nos enteramos de que el túnel principal tenía seis cuadras y había sido excavado con herramientas manuales en forma de bóveda de tal manera que no hubo necesidad de apuntalarlo. La procesión de visitantes escuchaba con atención las explicaciones del lugareño y solo se oían apagados murmullos en la densa oscuridad cribada por las luces de los cascos. Yo tenía plena percepción de la presencia del gurka rozando mi perfil por el aroma de su inconfundible colonia (Chanel, había identificado India). Algunas veces, al detenernos para apreciar detalles que nos señalaba el baqueano, sentí que su aliento rozaba mi pelo como si se volviera para contemplarme. Imaginé que si volteaba la cabeza hacia el costado sus labios rozarían mi frente. Peligroso, pensé, porque las sombras me hacían vulnerable. Así avanzamos, yo siempre mirando al frente y perdiéndome, cada tanto, algunos pormenores ubicados a mi diestra. En esas oportunidades, escuchaba la indicación burlona de Guille a quien no le pasaba desapercibida mi actitud: “A la derecha, milady”, sin que yo me diera por aludida. Lo que sí pude apreciar, a la izquierda, fue la galería cavada en un cruce para seguir la veta de cuarzo que suponían acompañaba una de oro. El ingreso estaba cerrado al paso por una reja. Cerca de la salida, anunciada por el resplandor exterior, escuché a mis espaldas los alaridos de una mujer: —¡Pedrito! ¡Volvé! ¡Mi hijo! ¡Agarren a mi hijo!
Atrás se mezclaban los gritos de sorpresa con las puteadas a madre e hijo. Distinguí ruidos de caídas y yo misma grité cuando un bulto se estrelló contra mis piernas haciéndome perder el equilibrio. Un brazo vigoroso me sujetó de la cintura a la par que me proyectaba sobre un cuerpo que olía a Chanel.
—¡Quieto, fiera! —rugió el gurka atrapando a Pedrito.


jueves, 19 de junio de 2014

CONFLICTO AMOROSO - XXI



Samanta y Darren estaban sentados a la mesa instalada en la galería. Las pupilas del colorado tenía un dejo de leve compasión, indicio de que Sami no había resistido la tentación de referirle mi crisis. Por efecto transitivo, supuse que Guille también estaría enterado. Sus ojos inquisitivos me lo confirmaron. Tal vez la mirada de los hombres me confortó o, posiblemente, me resistí a interpretar el rol de víctima, por lo que probé y elogié cada una de las porciones que el gurka me ofreció de la fuente. Entretuvimos a los muchachos con el relato de nuestro día en Pasos Malos y Sami le pidió a Darren que bajara las fotos en su computadora, pedido que satisfizo al término de la comida. Nos reunimos alrededor de su escritorio para apreciarlas; los paisajes captados en las instantáneas eran bellos pero no transmitían el encanto que nos había colmado al descubrirlos en el sinuoso recorrido. Después estaban las fotografías que Sami y yo nos sacamos mutuamente y aquellas que nos tomaron los chicos. Ante una se detuvieron los varones, un retrato de nuestros rostros salpicados por el rocío de la cascada e iluminados por el espectro del arco iris. El embeleso resplandecía en nuestros ojos y bocas dotando de vida a la imagen congelada en la pantalla. ¡Bien por Rolfi o Pedro cualquiera haya sido! aplaudí.
—¡Están preciosas! —declaró Darren atrayendo a Sami sobre sus rodillas. Después, murmuró—: Y nosotros tenemos la suerte de contar con los originales…
¿Nosotros? Desvié la vista hacia Guillermo acechando su reacción ante el comentario que lo involucraba, pero estaba absorto en la contemplación de la foto. Mientras Samanta reía abrazada al colorado, él examinaba el retrato con grave concentración. Me pregunté qué estaría pensando ahora que yo era una mujer disponible. Este interrogante me inquietó, pues contenía la posibilidad de una eventual aceptación. ¡Es el hermanito menor de mi amiga! gritó mi superego horrorizado. Revisté la silueta del gurka a la pálida luz del estudio y admití que coincidía poco con la definición de hermanito menor.
—Si no se enojan, los abandono —dije—. Estoy cansada.
Guille pareció resucitar al sonido de mi voz. Se acercó y tomó una de mis manos entre las suyas: —¿Podrás madrugar mañana? —inquirió con gentileza.
—Sí —asentí turbada—. ¿Adónde iremos? —indagué, liberando mi extremidad.
—A visitar una mina abandonada y una gruta milenaria —sonrió—. ¿Querés más detalles?
—Mañana —especifiqué—, ahora me voy a dormir. ¿A qué hora saldremos?
—A las ocho, y desayunaremos por el camino así no tienen que levantarse tan temprano. ¿Querés que te despierte? —preguntó solícito.
Miré con recelo su rostro impasible: —No hace falta. Pondré un recordatorio —me volví hacia los dueños de casa que seguían mirando las fotografías y le di un beso a Sami. Me abrazó y me dijo en voz baja: —No se te ocurra llorar a solas, ¿eh?
Me largué a reír. Por cierto que ya había pasado mi momento de debilidad: —Tengo pensado dormir hasta que suene la alarma del celu —aseguré.
∞ ∞
Me desperté a las siete y preparé el bolso para la excursión. Dudé en ponerme la malla porque nubes oscuras cubrían la mayor parte del firmamento. Finalmente me arriesgué porque, ¿acaso no tenía Merlo un microclima especial? Antes de las ocho estaba abajo y la única persona a la vista era Samanta.
—¡Buen día, Marti! ¿Dormiste bien?
—Como un lirón. ¿Darren se fue?
—Sí. Tiene pensado avanzar en el trabajo para tomarse el día mañana. ¡Será el primer día entero que me dedique desde que estamos aquí! —dijo radiante. Después, recordando mi infortunio—: ¿Cómo anda tu ánimo?
—Mejor que ayer —reconocí—. No todos los días la abandonan a una.
—¡Estate segura de que será para mejor! —pronosticó en medio de un abrazo.
Así hermanadas nos sorprendió Guille.
—Lindo cuadro mañanero —alabó—. ¿Están listas para salir?
Nos separamos riendo y lo seguimos acarreando nuestros bolsos. Sami se acomodó en el asiento trasero y yo al lado del conductor sin que mediara orden del gurka. Antes de partir le pregunté: —¿Llevás tu notebook?
—Sí. Pero si querés conectarte con tu mamá y con India podés hacerlo desde la pantalla de comando del auto.
Lo miré agradecida porque a ese efecto iba dirigido mi interés. Antes de volverse hacia el frente, manifestó: —Ahora prestá atención a mis instrucciones porque después del desayuno vas a conducir vos.
—¿Me dejarás manejar? —me sorprendí.
—Si querés —sonrió.
¡Claro que quería! Escuché sus indicaciones con absoluta concentración; no estaba dispuesta a desmentir mis dotes de piloto. El parador, adonde Guillermo nos anticipó los pormenores de la excursión, quedaba a quince minutos del centro.
—Vamos a conocer el pueblo minero de La Carolina hoy escasamente poblado. Haremos una excursión por la mina de oro abandonada, conoceremos la casa natal de Lafinur, tío bisabuelo de Borges y, por último, la gruta de Inti Huasi.
—¿Cuán lejos están? —preguntó Sami.
—Cerca de doscientos kilómetros —respondió su hermano—. Viajaremos por el camino asfaltado. Primera parada: La Carolina.
A las nueve me puse al volante del Mercedes. Después de ajustarme el cinturón, le eché un vistazo a su dueño. Me guiñó el ojo con una sonrisa confiada y entonces arranqué. Puse todos mis sentidos en el manejo de la estupenda camioneta que se deslizaba sobre el pavimento como si flotara. Estar sentada en el asiento del conductor, delante del tablero iluminado y el completo GPS me hacía sentir como el comandante de una aeronave. Aceleré de más cuando adquirí confianza y aprecié la templanza de Guille que se abstuvo de intervenir para que retomara una velocidad prudente. Hice mi entrada triunfal en el casco de la antigua ciudad minera y estacioné en las cercanías del restaurante que me indicó. Me liberé del cinturón y miré primero hacia el asiento trasero. Sami hizo la pantomima de estar al borde de la histeria. Riendo, me volví hacia Guillermo: —Creí que te verías pálido como un espectro —observé.
—No sé por qué. Confiaba en vos.
—Mmm… No es lo que dicen los hombres cuando le ceden su auto a una mujer —afirmé.
—Es la primera vez que me reconocés como hombre, ¿te diste cuenta? —dijo sugerente.
No caí en la trampa. Evadí la respuesta e insistí: —Nunca me habías visto manejar.
—No. Pero aparte de vos, confiaba en mi auto —expuso con suficiencia.
—¡Ah…! ¿Tan fantástico es?
—Está programado para detectar la inminencia de un choque. En tal caso, se accionan las bolsas de aire y se posicionan los asientos a modo de aviso para el conductor temerario —curvó los labios en una sonrisa guasona.
Remedé su gesto y le sostuve la mirada hasta advertir que sus ojos adquirían esa profundidad de mar turbulento que me aturdía.