René y Celina aparecieron para el almuerzo. Habían zanjado su diferencia y anunciaron a familiares y amigos el comienzo de la convivencia tan pronto la joven ordenara sus asuntos en la ciudad. La noticia fue recibida con alegría por los presentes y con displicencia por Diana. Sergio, consolidado en su rol de buen hijo, festejó la decisión de la pareja. Don Arturo no cabía en sí de satisfacción, y sus ojos rodaban desde el rostro distinguido de su nieto hasta el de su hermosa mujer. Andrés preguntó:
-¿Cuándo se van a casar?
René se largó a reír, y con un gesto de burlona cortesía le cedió la palabra a Celina. La muchacha lo miró calmosa y le contestó al jovencito:
-Por ahora vamos a vivir juntos.
-¿Y no va a haber fiesta? -dijo Andrés decepcionado.
-¡La más grande que recuerdes! -aseguró su abuelo abrazándolo.
El nieto sonrió alborozado y volvió a ocuparse de la comida. Diana rompió su excéntrico laconismo:
-¿Hay algún impedimento para una boda?
Esta vez René asumió la respuesta:
-Lo haremos cuando tengamos un hijo.
-¿Y por qué no lo hacen por ustedes mismos? -se asombró Sergio.
-Celina no quiere. Y punto -el tono del hombre no admitía otra pregunta.
Su hijo se encogió de hombros y sin alterarse, prosiguió con el almuerzo. Cuando terminaron, René les propuso una cabalgata a las amigas, a lo cual adhirió Andrés. Los cuatro partieron para la caballeriza para elegir sus monturas. Celina, apenas lo vio, abrazó el pescuezo y puso un beso entre los ojos de Amigo, quien empujó la cabeza contra la de ella con suavidad como si quisiera devolverle la caricia. Montaron sobre los caballos ensillados y salieron bajo el sol brillante. Cabalgaron por la extensa propiedad sintiendo la maravillosa sensación de libertad que los briosos animales les transmitían en su carrera. René les indicó dirigirse hacia el grupo de hombres atareados en su faena, comandados por Sergio y Jeremías. Don Arturo se había acomodado a la sombra de un árbol y fumaba despaciosamente la pipa. Les hizo un gesto de bienvenida cuando los divisó y se acercó solícito para ayudar a desmontar a Celina y a Sofía aunque no lo necesitaran. Andrés reclamó el mismo tratamiento de su bisabuelo y se quedó sobre su montura hasta que el anciano lo recibió en sus brazos. Los visitantes se acercaron a saludar a los hombres que ya reconocían a Celina como la mujer de su patrón y a Sofía como su amiga. Sergio y Jeremías se arrimaron haciendo un alto en su tarea. El joven apretó el brazo de su padre férreamente mientras le decía riendo:
-¡Esto se llama buena vida, viejo! Pasear en compañía de dos bellas mujeres mientras los demás se fríen los sesos trabajando.
-¡Ya era hora que devolvieras los sacrificios a tu padre, muchacho insolente! –replicó René enganchando con su brazo libre la cabeza de Sergio y atrayéndolo hacia él.
Los dos se abrazaron cariñosamente mientras Celina, ante la conducta normal del hijo, ingresó en una zona de calma que Sergio nunca perturbaría. Jeremías, al tanto de su flamante alianza, se dirigió a la pareja tomando con sus manos una de cada uno:
-Kona, domo huinka, que Ngenechen bendiga esta unión manteniendo siempre vivo el anhelo de üñamtun.
-Chaltu, inka. Honraremos tu deseo -respondió René apretando la mano del capataz.
Celina lo abrazó y le dio un beso, diciendo graciosamente:
-Gracias, Jeremías. Aunque no haya entendido tus palabras ni las de René, estoy segura que son bienintencionadas.
-No lo dudes, hue malén. Es derecho de tu ayün ofrendarte su significado -contestó el capataz con la seriedad propia de todas sus declaraciones.
La joven distinguió un nebuloso eco de travesura en la manifestación de Jeremías y ladeó su cabeza para mirar a René con gesto de interrogación. El estanciero, riendo, la atrajo hacia él y le susurró al oído:
-Dijo que Dios bendiga nuestra unión y mantenga siempre vivo el anhelo de hacer el amor, y que es derecho de tu amante ofrecerte su significado -le besó la oreja y la sien amorosamente antes de separarla para contemplar su semblante.
Celina, para no perder la costumbre adquirida en esos pagos, mostró un rostro arrebolado por el sentimiento de ser transparente a la vista de Jeremías. René le sujetó la mano y la llevó a sus labios al tiempo que su mirada la envolvía en un capullo de amor impermeable a cualquier pensamiento ajeno. Le sonrió confortada y caminó a su lado para despedirse del grupo trabajador. Volvieron a montar para emprender el regreso a la casa. Las amigas debían preparar el equipaje para viajar a la tarde siguiente. René había conseguido pasajes aéreos en su afán por que Celina estuviera de regreso cuanto antes. Había pensado en acompañarlas, pero debía estar presente en una importante transacción que se celebraría en dos días. La tarde transcurrió rápidamente mientras Sofía y Celina acomodaban sus pertenencias. La joven prometida volvía con una pequeña maleta pues gran parte de su vestuario y los presentes recibidos quedaban en la habitación de René.
-Es cierto que no hay plazo que no se cumpla -dijo Sofía mientras cerraba la valija, y agregó:- ¿No te resulta extraño tener que volver?
-Si no fuera por mamá y mi trabajo, no volvería -afirmó Celina.
-Te entiendo, querida. Pero vas a dar la vuelta para caer en brazos de tu amado. ¿Y qué va a ser de mí en esa ciudad hueca de amigos sin tener con quién compartir mis desengaños? -se lamentó Sofía ostentosamente.
-¡Vamos, Sofi! No estamos en continentes distintos. ¿Por qué no venís a vivir aquí? Conmigo o sola, ya que te lo podés costear.
-No estoy hecha para el campo, Cel. En poco tiempo me pondría tan fastidiosa que querrías echarme. Además, la oportunidad que te llegó no se presenta dos veces.
-No estés tan segura. Te tomaste muy poco tiempo para conocer a Julián, por ejemplo -sentenció Celina empecinada.
-¡Uf! Es muy lindo pero no es mi tipo -aseguró con vehemencia.
-Entonces, ¿tu tipo son los hombres feos? -la miró, inclinando la cabeza.
Sofía admiró la determinación de su amiga para desarticular sus negativas.
-¿En qué estás pensando? -la interrogó a su vez.
Celina puso los brazos en jarra y le respondió sin evasivas:
-En Mahún.
-¿Qué? Es un bicho y encima mal educado -dijo enojada.
-No te reconozco en esta modalidad discriminatoria y poco piadosa -se asombró su amiga.
-Mirá, Cel, es más factible que me quede aquí por don Arturo, que por ese… espeleólogo.
Celina la miró risueña porque nunca había visto a Sofía tan enfadada por un tipo. ¿No era un poco exagerada su animadversión? Decidió echar más leña al fuego:
-Será poco atractivo de rostro pero cuando sonríe se transforma, o cuando habla te olvidás de su aspecto. Y en cuanto al físico…
-¡Te prohíbo que le sigas haciendo de esponsor! -explotó Sofía interrumpiéndola.
Celina mostró sus palmas hacia arriba con un gesto de sorprendida ingenuidad. Las amigas se miraron; con desafío por parte de la una y con cariño por parte de la otra hasta que el calor del afecto diluyó la irritación de Sofía.
-¿Cuánto te paga el cacique para hacer proselitismo...? -preguntó con la insolencia de siempre.
Celina se aflojó con una carcajada. No estaba en sus planes malquistarse con su amiga del alma, mas percibió algo en la expresión de Sofía que la animó a seguir:
-Nada. Pero tengo ojos en la cara para advertir una estampa varonil –dijo con soltura.
-A René no le causaría mucha gracia enterarse de tu comentario… - sermoneó amenazante.
-Aunque no se va a enterar porque vos no le vas a contar… ¿Verdad?
-¡Si no me molestás más con tus insinuaciones! –contestó belicosa.
Celina hizo un gesto de asentimiento y se dio por satisfecha. Creía haber sacudido la coraza con que se revestía su amiga y detuvo la provocación. Le echó los brazos al cuello y no se dio por agraviada cuando Sofía la apartó con aire ofendido. Ella le hizo cosquillas hasta que la obligó a reír y terminaron envueltas en un abrazo. Cuando se separaron, su amiga de siempre preguntó:
-¿Van a perder tiempo cenando con la familia o se van a dedicar a la despedida?
-Esta noche cenaremos solos, en el departamento de René –respondió Celina soñadora.
-¡Bien, bien, bien! ¿Podrás despegarte de sus brazos para venir a buscarme?
-No seas exagerada... Me voy a duchar –dijo con una calma que no sentía y se dirigió al baño.
Sofía suspiró y se armó de paciencia para enfrentar la última jornada en la estancia. Se consoló pensando que, salvo Diana, los integrantes de la familia eran muy agradables. Se dedicaría a ellos. Celina salió frotándose el pelo con una toalla y comenzó a vestirse. Se puso un vestido blanco de pequeñas mangas abullonadas que caían arrastrando el escote y dejaban sus magníficos hombros al descubierto. Bajo el talle ceñido resaltaban su estómago y su vientre planos y la falda corta descubría la esbeltez de sus piernas.
-¡Estás preciosa, Cel! –le dijo espontánea, y añadió:- René te va a secuestrar.
-Cambiate, novelera, que es hora de cenar. No hagamos sufrir a los muchachos –le recordó el juego de palabras que usaban para urgirse mutuamente.
Sofía acató la orden y poco después bajaron al salón donde esperaba René. Cuando vio a Celina se olvidó del mundo y se le arrimó como el hierro al imán. Le encuadró la cara entre las manos e inclinó su rostro para fundir su mirada en los ojos amados y los labios en la boca que esperaba. Sofía aguardó un tiempo prudencial y carraspeó ruidosamente. Los enamorados dejaron de besarse y el hombre volvió a la realidad:
-¡Sofía, aquí estás! Te ves hermosa –la piropeó.
-Gracias, galán, por reparar en mi humilde presencia –le respondió con mordacidad.
René no perdió el aplomo. Le dispensó una sonrisa seductora y le confió:
-Sé de otros galanes que sólo reparan en tu presencia…
Celina enlazó su brazo al de René, lo pellizcó para detener un nuevo conflicto y le dijo con dulzura:
-¿Qué te parece si nos vamos para que Sofía pueda cenar?
El hombre acusó recibo de la advertencia y, sin desligar su brazo, se inclinó y besó a la amiga en la mejilla. Luego dijo con cómica resignación:
-Obedecerla es mi cometido, Sofía. Nos veremos mañana en el aeropuerto.
-¿Iré sola? -consultó con inquietud.
-Ya he dispuesto que te pasen a buscar a las cuatro de la tarde-la tranquilizó René con una sonrisa.
-Bueno, gracias por avisarme -repuso, sin poder evitar la ironía. A continuación los exhortó:- ¡Vayan de una vez y no malgasten el tiempo!
Tiró un beso al aire y desapareció con una risa juguetona.
La pareja se despidió de la familia que estaba instalada en la galería, de Rayén y de Ronco, y enfiló hacia el departamento de René. En ese ámbito estimulante recrearon el amor como si fuera la última oportunidad. Se durmieron estrechamente abrazados esperando el milagro de tornarse uno al despertar. Celina fue la primera en abrir los ojos. Se desasió suavemente de René para no turbar su reposo y contempló el poderoso cuerpo masculino abandonado al sueño. La idea de no verlo por un tiempo le provocó una dolorosa sensación de desamparo que aquietó con un movimiento de cabeza mientras se incorporaba para ir al baño. Abrió la ducha y el agua tibia relajó sus músculos y sus pensamientos. La sutil caricia de un beso en la nuca le anunció la felina entrada de René. Giró entre los brazos anudados a su cintura mientras el agua golpeaba voluptuosamente sobre sus cuerpos. Enceguecida por la lluvia le echó los brazos al cuello y levantó la cara para besarlo. Las caricias del hombre le despertaron un intenso erotismo que se extendió como fuego desde el estómago hasta la entrepierna. René, en total erección, la levantó por los muslos y le apoyó la espalda contra los azulejos hasta que ella se afianzó moldeando con las piernas los flancos masculinos. Con inusual urgencia, el miembro se hundió en su interior arrancándole un grito de placer doloroso. Se apretó más fuerte contra el pecho vigoroso para soportar el empuje y apoyó la cabeza sobre el hombro de René. Las manos del hombre almohadillaron su espalda y la boca albergó sus pechos hasta que los pezones se le endurecieron de excitación. Los gemidos se le transformaron en clamor cuando arreció el embate anticipando el advenimiento del clímax, que los arrastró exhaustos hacia el piso. Celina quedó enredada sobre el cuerpo de René quien la sostuvo con la calma del cielo azul después de la tormenta. Innumerables besos mariposearon sobre su cara y su nariz aumentando la sensación de placidez que la embargaba en el manso abandono.
-¡Querida mía...! Me volví un poco loco cuando te vi tan hermosa y pensé en tu ausencia... –le susurró el hombre.
Celina frotó su nariz contra la garganta de René y murmuró embriagada:
-Me encanta un poco de locura...
Él le acarició la cabeza y la apretó contra su cuello mientras manifestaba:
-¡No quiero hacerte daño nunca...!
La joven sonrió y le rozó la mejilla.
-Me tomaste por sorpresa, pero no soy de cristal.
-¡Ni lo diga, mi señora! Usted es de exquisita carne… -afirmó su amante con cara de pascua.
Celina rió y se incorporó con agilidad. Se metió bajo la ducha para terminar su baño mientras René la observaba extasiado desde el suelo. Al salir ella hacia el dormitorio, él se levantó y se duchó. Cuando estuvieron listos, cargó la maleta de Celina hasta la recepción donde se despidieron de León. Julián los esperaba en el hotel para almorzar y se mostró un poco decepcionado cuando no vio a Sofía, pero la comida transcurrió en un clima de alegre cordialidad. René no se olvidó del helado de Celina y contempló con embeleso el deleite con que lo saboreaba. Recorrieron el exuberante jardín mientras hacían la digestión y a las cuatro se despidieron de Javier para dirigirse al aeropuerto. El viaje fue extrañamente silencioso, cada cual sumido en sus propios pensamientos. A poco de llegar apareció Sofía escoltada por Mahún. Celina hizo un gesto de sorpresa y le dijo a René:
-¿Qué hiciste?
-¿Yo? Nada -respondió sorprendido.
Sofía vino a la carga apenas los vio. Le soltó a René entre dientes:
-Esto nunca te lo perdonaré.
El hombre la miró desconcertado y postergó las preguntas para estrechar la mano de Mahún.
-¡Chaltu, peñi!
-Feley, peñi -le devolvió el guía.
René dejó a Celina charlando con Mahún y se acercó a la contrariada Sofía.
-¿Qué hice para que no me perdonés? -le preguntó sin ambigüedad.
-Endosarme a ese individuo -contestó desafiante.
El estanciero la miró con paciencia y se repitió que era la amiga de Celina.
-Traducime. Él tuvo la cortesía de acompañarte.
-Vos sabés lo que opino de ese hombre y por lo tanto no era la escolta más adecuada para traerme al aeropuerto -insistió porfiada, y subrayó:- No hablamos una palabra en todo el viaje.
-No será por capricho de Mahún… -manifestó René, calmoso. Y a continuación:- No riñamos, Sofía. Que bastante me pesa dejar a Celina.
La joven observó la expresión contrita del estanciero y se suavizó.
-¡Te perdono, hombre! Mis problemas son triviales al lado de los tuyos. Y no te aflijas, la voy a cuidar para que vuelva completita a tu lado, ¿eh? -lo tomó del brazo con afecto.
René le alborotó el pelo y mientras caminaban para reunirse con los otros, se dijo que era curioso el arrebato de Sofía. ¿La inquietaría Mahún con su silencio? Escuchó el llamado de los altavoces y se apresuró hacia Celina. La abrazó y le pidió con voz enronquecida:
-¡No te vayas, mi amor! ¿No podés arreglar las cosas por teléfono?
La muchacha se apretó contra él y trató de restarle seriedad al momento:
-Las mujeres de la ciudad somos así. Nos gusta resolver los asuntos frontalmente… como sabrás- le dirigió una ostensible mirada de complicidad.
El hombre no pudo menos que reírse. Le cubrió la boca con un beso interminable y la soltó para despedirse de Sofía:
-Recordá tu promesa -le dijo mientras la abrazaba con vigor.
Celina se despidió de Mahún con un beso en la mejilla y su amiga le tendió la mano tibiamente. El guía la sostuvo entre la suya un poco más de lo acostumbrado mientras la miraba con intensidad. Sofía, perturbada, bajó los ojos y rescató su extremidad. A Celina le asaltó la clara premonición de que el porvenir de Sofía se concretaría en el sur. Traspuso, dichosa, la puerta de ingreso a la pista y se volvió para saludar al hombre que estaba arcanamente unido a su destino.
FIN
La vida de las amigas tuvo las mismas alternativas de alegrías, tristezas, encuentros y desencuentros que constituyen el fundamento de la existencia. Ésta es sólo la crónica del prodigioso instante en que irrumpe el amor.