lunes 29 de junio de 2009

LAS CARTAS DE SARA - XII

“Querida Nina: Me aferro a este ejercicio de dialogar con mi parte civilizada y burlona, representada por vos, para mantener el equilibrio en un mundo donde los animales, las plantas y los objetos parecen trascender sus propias fronteras y acercarse a lo humano. En esta intrincada red de seres animados mis sentidos se han afinado para percibir una realidad subyacente que pone a prueba mi lógica racional. ¿Cómo explicar desde mi escepticismo -que incluye a los horóscopos, la astrología, los amuletos, la numismática, los curas sanadores, los milagros, las supersticiones- los numerosos indicios fantásticos que desorganizan mi estructura científica, civilizada y superadora? Aquí cobra significación todo lo que existe: las cosas vivas y las aparentemente inertes, los símbolos conocidos y los desconocidos, las palabras dichas y las calladas, los gestos, los sonidos, los sentimientos más contradictorios. Los sentidos sintonizan frecuencias irreconocibles para nuestra cultura. Esta cultura de seres civilizados que menosprecia a cualquiera que no comparta sus creencias. Tan enajenada de su propia esencia. Tan soberbia que destruye lo que no entiende. Tan indiferente, que ha convertido al mundo en un campo de experimentación con resultados que anuncian su fracaso. No se puede atentar contra un exquisito equilibrio sin temer las consecuencias. Aquí, diferenciada por la distancia y el desarraigo, leo, veo y escucho las alternativas de un mundo diferente. Y sólo aquí, donde es posible convivir con todas las manifestaciones materiales y mentales que pueblan nuestro universo, está la piedra roseta que nos permite decodificar el verdadero sentido de la existencia. Al fin y al cabo, el blanco es carencia y el negro plenitud cuando se descomponen. En este lugar los sentidos se desintegran para percibir lo que cotidianamente es una caja negra. Las piedras se mueven, los animales y las plantas hablan, la Naturaleza se manifiesta a través de sus integrantes. Nosotros somos un acorde más de este concierto universal y como responsables del caos, nos corresponderá reparar. Espero que no hayas tirado la carta después de aburrirte con esta larga introducción, pero es un intento de explicar un extraño suceso ocurrido en la madrugada de hoy. Ayer salí de la clínica dos horas más tarde porque quería dejar terminado un trabajo que se necesitaría a inicios de la mañana. Max, como se había hecho habitual, pasó por mi oficina y viendo la hora, me invitó a cenar. Acepté complacida, no sólo por su presencia sino porque era la primera vez que compartiríamos un momento de intimidad (léase sin secretaria y empleados de la clínica). Comimos en un parador a medio camino del pueblo, pequeño y tranquilo. Me encontré rememorando mi vida, la muerte de mi padre, la larga agonía de mi madre. No lo conté con dramatismo, pero su mirada fue tan comprensiva que no pude reprimir las lágrimas. Estiró la mano y recorrió suavemente con sus dedos mis mejillas. Fue peor. Me acometieron unos espasmódicos sollozos reprimidos por tanto tiempo. Recuerdo que se levantó, me ayudó a incorporarme y me llevó hasta afuera. Yo seguía descontrolada. Me abrazó con fuerza y estuve mojándole la camisa por un buen rato. Después, sacó su pañuelo y me limpió la cara. Tuve que sonarme la nariz porque apenas podía respirar. Él me mantuvo entre sus brazos, y cuando comprobó que había recuperado el dominio, tomó mi barbilla y me obligó a mirarlo. Yo me negaba, porque presentía que mi rostro inflamado por el llanto no tenía nada de atractivo. Sonrió con ternura y entonces… ¡Me besó! Fue el beso más dulce que recibí en mi vida. Un beso profundo, intenso, prolongado. Un beso consolador y apasionado. Le hurté la boca para apaciguar mi corazón y apoyé la cabeza sobre un pecho que retumbaba como el mío. No me soltó. Nos separamos al rato, sin palabras. Me escoltó hasta el auto y volvió al comedor para pagar la cena. Puso el coche en marcha y me llevó a mi alojamiento. Te confieso que lo hubiera seguido hasta el fin del mundo si me lo hubiera pedido, pero era más de medianoche y el hechizo había terminado. Cuando estacionó, me bajé de inmediato. Temía que la despedida desmereciera el momento anterior. Escuché su voz despidiéndose y como yo no esperaba nada más, le di las buenas noches y corrí hacia la puerta. Un sordo gruñido me detuvo y me hizo girar bruscamente. Un perrazo amenazador me cerraba el camino hacia la calle. Vos sabés que yo me jacto de las buenas relaciones que establezco con los animales. Pero en ese momento me di cuenta que iba a ser atacada. Era tal mi susto, potenciado por la imposibilidad de volver hacia el auto y la inaceptable idea de darle la espalda para abrir la puerta, que me apoyé sobre la madera y empecé a deslizarme hacia el suelo sin proferir ni un grito. Mis piernas se doblaron y concluí sentada en el piso, desvanecida de miedo. No puedo relatarte qué hizo Max para ahuyentar al animal, porque cuando recuperé el conocimiento, me cargaba en sus brazos y me llevaba hacia mi cuarto precedido por Mercedes y su marido. Mi mirada extraviada capturó la preocupación de la suya y recliné mi cabeza sobre su pecho. Me depositó sobre la cama e inmediatamente me quedé dormida. Hoy Benito vino a buscarme acompañado por Melián. Como Mercedes no quiso despertarme porque ‘el doctor me lo ordenó’, llegué tarde a la Clínica. No desayuné y me apuré a salir. Benito y Melián estaban apostados en el auto por ‘orden del doctor’. La figura de Max aparecía como la de un cacique que regula los actos de su tribu. Me sentía un poco sorprendida y halagada de tantos cuidados. Tan pronto llegamos me dirigí a mi oficina dada la hora y media de demora. Tenía mucho que hacer y que pensar. A medida que me iba compenetrando de las situaciones, más admisibles se me hacían. Recién a la hora del almuerzo vi a Max. No quise transformar el episodio de la noche anterior en un enigma, pero estaba dispuesta a mencionárselo tan pronto lo encontrara a solas. No se dio la oportunidad porque una emergencia requirió su atención. Terminé mi turno sin poder verlo y me fui hasta la biblioteca del pueblo. Estaba decidida a visitarla para ponerme al corriente de la historia local y sus habitantes. Me resistía a consultar a los conocidos porque sospechaba que cualquier enunciado vendría coloreado por la pertenencia del informante. Como era habitual, se sentía la transición desde los alrededores hasta el centro. Lo que el primer día me pareció bello, ahora tenía la cualidad de una escenografía. ¿Te acordás de las flores y los pájaros? ¿De los animales y los niños? Pregunta tramposa. No. No podés acordarte porque entre el verde no había flores ni pájaros, ni en las calles niños ni perros. Ahora me percato de esa extraña ausencia de candores que atribuí a la hora de escolaridad, a un planificado desarrollo forestal y a la absoluta pulcritud de la Plaza. Las veces que intenté preguntar recibí lacónicas explicaciones y después dejé de hacerlo, como si presintiera que la respuesta desarticularía una conveniente inercia. Hoy esperaba revelar los interrogantes que la prudencia aconsejaba ignorar. Camila estaba como todos los días hábiles ocupando el escritorio a la derecha de la puerta de ingreso. Me conocía porque ya había llevado algunas novelas para leer. No le pregunté directamente por el tema que me había llevado a la biblioteca, sino que le pedí acceso a la computadora. Busqué Historia; busqué Gantes. Busqué Geografía; busqué Gantes. Literatura, Antropología, Agronomía, ¡Comercio, Industria, Economía! y Gantes. Hice todas las combinaciones posibles, pero Gantes no existía. Absolutamente frustrada, abandoné el ordenador y fui a morir en el escritorio de Camila. Como si me estuviera esperando, me alargó un volumen encuadernado en cuero repujado que yo tomé con complicidad. Me fui a una de las mesas ubicada bajo un ventiluz de vitraux que garabateaba pájaros de sol y comencé a revisar el libro. Camila, cuyo horario terminaba a las veinte y treinta horas, no me apremió hasta las veintitrés y treinta. Tan absorta estaba yo explorando el volumen que no me di cuenta del paso del tiempo. Camila me dijo que la medianoche en la biblioteca no era segura. Aunque acepté su información me resistía a dejar inconclusa la lectura. Intuía que era mi única oportunidad de contemplar ese libro. El resto del tomo lo repasé rápidamente tratando de extraer de esa maraña de datos, la llave que me permitiera desentrañar los acontecimientos del lugar. A las veintitrés y cincuenta Camila estaba tan alterada que casi me arrancó el libro de las manos y me urgió a abandonar el lugar. Salimos apresuradamente y cuando poníamos llave a la puerta, me pareció escuchar un ruido. Corrimos hacia la BD e irrumpimos en la cafetería que ya estaba cerrando. El espejo del costado de la entrada me devolvió la imagen de dos mujeres de aspecto alterado. Nos dirigimos a la barra, y Ada, sin preguntar, nos sirvió café con un chorro de licor. Calenté mis manos con el pocillo y le agradecí silenciosamente. Ella comprendió. Como si fuera premeditado, esperamos a Ada que luego nos acompañó a cada una. Una siniestra impresión se instaló en mi calenturienta mente, a pesar de que todavía no me había detenido a meditar sobre el contenido de la obra. Creo que el centro de Gantes es el ojo del huracán donde se juega una partida perpetua que tiende a restablecer el orden. Amiga mía, el sueño me vence. ¡Cómo necesito tus oportunas reflexiones para aclara mi ofuscación! Te mando un beso y un abrazo muy fuertes. ¡Ansío hablar con vos!

Sara.”

Nina calló y quedó en suspenso mirando la carta. En su rostro se plasmaban la pena y el desconcierto. Rosa y Dante se movieron al unísono hacia ella. Su madre la abrazó y Dante se hizo cargo de las palabras:

-Escuchame, querida. Mañana vas a poder abrazar a tu amiga y hablar todo lo que quieras con ella. Estoy seguro de que está bien y que cuando se vean se aclararán todos los enigmas.

La joven se apartó de Rosa y buscó en los ojos de su novio la confianza que le hacía falta. El hombre le devolvió una mirada tan segura que, por el momento, calmó su ansiedad.

-Quiero creerte, Dante, porque sería imperdonable que haya dejado pasar tanto tiempo sin acudir a su lado.

-¿Por qué no traés tus cosas así mañana se van directamente desde aquí? –propuso Rosa, ansiosa de tener a su hija hasta último momento ante su vista.

Dante supo interpretar el ruego encubierto de la madre. Se inclinó sobre Nina, la besó, y le dijo a Rosa con una sonrisa divertida:

-Me parece perfecto, mamacita. Iré a traer mi equipaje y espero que esta noche nos despidas con un buen menú.

-¡Te prometo que será inolvidable! –respondió la mujer agradecida.

domingo 26 de abril de 2009

LAS CARTAS DE SARA - XI

Dante trató de razonar con las mujeres. Veía que estaban entrando en un cono de interrogantes extraños y quería mantener la lucidez para el viaje que se avecinaba.

-Creo que hasta ahora son todas casualidades y que debemos analizar racionalmente los relatos de Sara. Por el momento, además de esa logia que no es inusual en un pueblito que vive su propio ostracismo, hay declaraciones de una persona un tanto mística y una muchacha con la sensibilidad a flor de piel, arrojada de su vida cotidiana y en contacto con otras costumbres. Amén de que se está enamorando.

-Nada de lo que dice Sara me hace dudar de su equilibrio… -dijo Nina a la defensiva.

-Ni siquiera lo he insinuado –aclaró Dante.- Sólo digo que terminemos de leer las cartas para completar la situación de análisis y después saquemos conclusiones. ¿Puedo leer la siguiente?

Nina se la extendió. Él la estudió por un momento y arrancó:

-“Querida amiga: No hace falta que te mencione que aún no funcionan los teléfonos. Esta nueva carta es prueba de ello. Hoy, aprovechando el feriado, le pedí a Analía que me acompañara a concluir mi exploración. Para mi sorpresa, aceptó sin objeciones. Pusimos en la mochila una cuerda gruesa, un cuchillo grande, un botiquín de emergencias y la radio móvil que me comunica con la guardia de la Clínica (SÓLO PARA EMERGENCIAS). Hasta ahora no había hecho uso de ella y tampoco lo esperaba en esta oportunidad. También llevamos unos panecillos, que Mercedes había horneado temprano, para reforzar el desayuno. Un día caluroso y soleado. Avancé por la senda con seguridad, seguida por Analía que cargaba la mochila en ese primer tramo. Íbamos en silencio, rindiendo tributo a la inconfundible atmósfera del lugar. Evoqué el regocijo que sentía entre los brazos de mi madre. Estaba tan presente en ese paraje, que mitigó el dolor de la pérdida. Caminábamos confiadas, entre la fresca vegetación que parecía celebrar nuestro paso. El entorno cambió perceptiblemente a medida que nos acercábamos al barranco. Antes del encuentro con el puma, un cosquilleo de intranquilidad había sustituido al bienestar inicial. El animal surgió delante de nosotros como una aparición. Analía y yo nos quedamos pegadas al camino, sin atinar a respirar ni movernos. Era un puma enorme, de pelaje casi dorado que, atravesado en la senda, nos miraba fijamente. Penetrando la burbuja de sorpresa que nos mantenía paralizadas, una idea me llegó claramente: “¡RETROCEDE!” En realidad, no era una idea. Era una demanda imperiosa. Cuando vi que el puma se mantenía estático, recuperé el dominio y alargué el brazo para tranquilizar a Analía que temblaba del susto. Yo no sentía temor sino, ahora puedo apreciarlo, una enfermiza curiosidad que me llevó a disparar mentalmente “¡NO!”, a la orden, y a la irracional seguridad de reconocer la voz de mi madre. Enfrenté al animal y caminé hacia él. Casi lo tocaba, ante la mirada aterrada de mi compañera, cuando se arrojó velozmente al terraplén. Corrí hasta el borde y ya no lo divisé. O se había despeñado de la cornisa o la había rodeado. Ni siquiera la segunda presunción inhibió mis planes. Una muda Analía escuchó mis recomendaciones antes de asegurar la soga al tronco de un árbol cercano y comenzar el descenso. Me llevé la mochila con el cuchillo y el botiquín, y le dejé la radio y los panecillos. Aunque siempre ejercité la destreza de mi cuerpo, esta situación estaba muy lejos de las rutinas habituales. Me raspé manos, brazos y piernas con la soga y la cara con la maleza, pero al fin puse mis pies en la cornisa. Sosteniendo la cuerda, caminé hacia derecha e izquierda hasta confirmar la solidez del suelo. Decidí seguir hasta donde el camino se bifurcaba. La saliente se iba estrechando. Antes del recodo, muy a mi pesar, tuve que asegurar el final de la soga a una dura raíz. Me pegué a la pared y avancé con precaución hasta superar la curva. Te confieso que tenía un estado de excitación e indefensión al mismo tiempo. Excitación por develar lo que se ocultaba a la mirada desde arriba, e indefensión por perturbadoras imágenes de pumas dorados acechando a la vuelta del camino. Pero no había más que el sendero que terminaba en un claro despojado de hierba. Casi defraudada, (¿quién no se decepciona por no tener un puma apócrifo apostado a la vuelta?) examiné el lugar. Un espeso matorral se incrustaba como una faja a lo ancho del contorno. Lo recorrí varias veces con la vista porque distinguía una sutil diferencia de textura en la franja. Tomé una rama larga y, con cautela, fui punzando la maraña hasta que no encontré la resistencia del barranco. Una andanada de imágenes retrajo mi brazo. La guarida de la bestia. El interior del féretro de mi madre. La boca de un pozo insondable. Recuerdo que sacudí la cabeza como para expulsar esas visiones inquietantes y abrí la mochila buscando el cuchillo. Corté el tejido vegetal hasta despejar una brecha de mi altura y constaté, al resplandor del sol, que el presunto pozo era la entrada de una cueva. La sensatez de la primera expedición me había abandonado. Penetré unos pocos pasos hasta que mis ojos se amigaron con la penumbra. Unos débiles rayos perforaban más adelante la oscuridad. Lamenté no haber traído una linterna. Como el paso se veía libre, me adentré pensando en llegar hasta donde se enredaban los rayos de sol. Si volteaba, veía la entrada claramente iluminada. Era imposible perderse caminando en línea recta. Con una tranquilidad que a la distancia me sorprende, decidí continuar el reconocimiento. A medida que me iba habituando a la oscuridad, tomé conciencia de que el espacio se agrandaba, y al llegar a la zona connotada por el sol, la oquedad se transfiguró en la antesala de una bóveda mayor. Una débil fosforescencia se desprendía de las estalactitas y resaltaba el contorno de las fantasmagóricas formaciones rocosas. El silencio era abrumador. Por mi cuerpo comenzaron a circular señales de alarma. Una intensa sensación de ser observada me hostigó. La fluorescencia era insuficiente para seguir internándome y mi porfía se había consumido. Experimenté una irreflexiva urgencia por salir. Giré hacia la luz y resonó un trueno. Como presagiando una tormenta, bajó la claridad hasta suponer un sol sepultado tras las nubes. La repentina oscuridad me desorientó. Mi corazón latía aprisa y me acometió entre tinieblas el recuerdo de la tumba del explorador extraviado. ¡Cómo imaginar las aterradoras evocaciones que lo acompañaron hasta su siniestro final! Con los brazos extendidos, avancé arrastrando los pies y temiendo una caída fatídica. ¡Cuánto deploré mi osadía! Me figuré que me quedaría en ese antro para siempre. Los relámpagos iluminaron súbitamente la cámara otorgándole movimiento a las formas inertes. Descubrí que el fogonazo venía de mi izquierda, no del frente adonde presumía caminar. Rectifiqué mi marcha esperando un nuevo resplandor que certificara la salida. El silencio se pobló de un inquietante murmullo polifónico, ilegible a mi comprensión. No entendía, pero rechazaba instintivamente lo que exhortaban. Las formas parecían haberse acrecentado y formaban un frente fantasmagórico que me atraía hacia las entrañas de la gruta. Un fuerte destello alumbró la entrada y una figura sinuosa atravesada en la boca. ¿Morir en solitaria agonía o en la brevedad de unas fauces poderosas? Corrí hacia la fiera deliberadamente. Te juro que toqué su cuerpo antes de que un rayo, que zigzagueó en la cúpula de la súbita noche, delimitara la entrada libre de obstáculos. Cuando estuve afuera, pensé en Analía sola en la oscuridad. Estaba aterida porque la temperatura había bajado bruscamente y ya comenzaban a caer las primeras gotas de lluvia. Volví a pegarme a la cornisa para dar la vuelta y encontrar la soga. El viento amenazaba desbarrancarme y me aferré a los arbustos que envolvían la pared. Sorteado el escollo, oí voces transportadas por las ráfagas. Estos sonidos eran reconocibles. Mi nombre, por ejemplo. Grité una respuesta y bajo una lluvia cegadora, traté de encontrar la cuerda que había asegurado a la raíz. El agua había diluido la oscuridad y pude distinguirla a pocos metros. La sujeté como a un salvavidas y comencé la fatigosa subida. A pesar del diluvio, las plantas y el barranco seguían firmes. Alcancé unos brazos extendidos hacia mi detrás de un rostro serio, y poco después las manos de un hombre retuvieron las mías y me izaron sin esfuerzo. Analía corrió a abrazarme y me contó atropelladamente que cuando se desencadenó la tormenta había llamado a la guardia por radio, temiendo por mí seguridad. Enfrenté a mi reciente protector y le agradecí, preguntando su nombre. Dijo llamarse Melián y que trabajaba a las órdenes del doctor. Es un joven de asombrosa complexión física, pelo largo hasta los hombros y rasgos aquilinos (ya ves que aún puedo admirar un buen ejemplar). La lluvia comenzó a amainar y cuando llegamos a la casa, brillaba de nuevo el sol y estaba todo seco. Sólo había llovido en el barranco. Si no tuviera la certidumbre de mi experiencia, debiera despedirme no con 'tu perturbada amiga' sino con 'tu alienada amiga'. Sólo trato que mi mente sea lo suficientemente permeable para aceptar sucesos nunca registrados; y que no los niegue porque no pueda explicarlos racionalmente. Sé que si pudiéramos hablar de estos acontecimientos los trocaríamos en una razonable vivencia. Mientras la ansiedad por vernos me consume, te envío todo mi cariño. Sara”

Los rostros del lector y sus oyentes habían adquirido gravedad a medida que avanzaba la lectura. Nina fue la primera en reaccionar sintiendo la compulsión de justificar a su amiga.

-No voy a permitir una sola observación sobre el estado mental de Sara. Yo no dudo de la veracidad de su narración. Insisto en que está expuesta a una experiencia anormal y que es necesario sacarla de ese ambiente.

Dante la abrazó hasta sentir que el cuerpo de la joven se aflojaba. Después, le dijo con tono calmo:

-Nadie desea juzgar a Sara ni insinuar que está loca. Queremos ayudar, ¿de acuerdo?

Nina asintió y desplegó la última misiva.

miércoles 8 de abril de 2009

LAS CARTAS DE SARA - X

-Tres más –dijo Nina.

Dante la besó con suavidad en la sien y propuso:

-¿Por qué no te das una ducha? El agua caliente te relajará. Yo voy hasta el gimnasio para terminar con los arreglos y cuando vuelva las invito a comer afuera. Después terminaremos de leer las cartas.

Rosa se levantó con presteza y acotó:

-Me parece un plan excelente. Quiero que te distiendas un poco, hija.

La muchacha suspiró. No estaba muy de acuerdo pero sabía que su madre y Dante pensaban en su bienestar. Debía reprimir la ansiedad para no preocuparlos. Se levantó y, con una sonrisa, accedió a la petición:

-Está bien, gente. Pero no vuelvas muy tarde –lo intimó al joven.

-Palabra –afirmó Dante.- A las doce y media estoy de vuelta.

Rosa lo acompañó hasta la puerta y cuando volvió ya estaba su hija dándose el baño. Nina se quedó largo rato bajo el chorro de agua caliente. Trató de poner la mente en blanco y tranquilizarse. Salió envuelta en una bata y frotándose el pelo con una toalla. Eligió una solera liviana y unas sandalias cómodas. Bajó y guardó las cartas en la carpeta resistiéndose a leerlas en soledad. Cuando Rosa entró a la sala de estar, la joven estaba mirando un informativo. Apagó el televisor al entrar su madre y la miró con aprobación.

-Te pusiste muy linda, ma. ¿Pensás robarme el novio?

-¡Las cosas que decís, Nina! –parecía tan escandalizada… Y de pronto se largó a reír. Era indudable que Nina había heredado la vena histriónica de su madre.-Son las doce y media. Apuesto a que si vamos a la puerta veremos el auto de tu amorcito.

-Vamos, entonces –aprobó la hija.

Tomaron sus carteras y salieron a la calle. Mientras Rosa cerraba con llave, Dante estacionó el auto.

-¡Parece que las damas están con hambre! –exclamó riendo mientras destrababa las puertas.

Nina se sentó a su lado y le dio un rápido beso. Rosa terminó de acomodarse atrás y Dante arrancó. Las mujeres se dejaron llevar aceptando de tácito acuerdo la elección del muchacho. Condujo hasta el centro y estacionó el vehículo en una cochera.

-¿Les parece bien La casa de Marco?

-Quiero comer cuanto antes y volver a casa –dijo Nina con impaciencia.

Sus acompañantes no pronunciaron palabra y arrancaron hacia el restaurante. Se acomodaron en una mesa y la joven los instó a que eligieran platos rápidos. Rosa y Dante cambiaron una mirada tolerante y secundaron el pedido de Nina. A las dos de la tarde estaban de regreso. La muchacha había comido la mitad de su plato y declaró que prefería tomar el café en su casa. Cuando Rosa volvió con la bandeja, Nina retomó la lectura:

Amiguísima: los teléfonos siguen sin funcionar aunque hayamos desbordado con reclamos a la empresa telefónica. Dante me anticipó tu emprendimiento y el sofisticado plan para…”

Los atentos oyentes miraron a la joven a la espera de que continuara con el relato. Nina carraspeó y dijo:

-Aquí no se entiende mucho. A ver…

Imprevistamente, su madre le arrebató la carta. Nina intentó recuperarla pero la mujer se la retaceó.

-Creo que aquí viene el tercer insulto para mí. No sería tu madre si no conociera tus gestos. Sigo leyendo yo: “Dante me anticipó tu emprendimiento y el sofisticado plan para mantener alejada a tu santa madre. ¡Mirá que hacerle creer que te dedicás a la meditación cuatro horas por día y en horarios alternados…!” -La hija abrió la boca para intentar una excusa, pero su progenitora, sin interrumpirse, le echó una mirada que la hizo desistir.- Bueno, espero que aprovechés el tiempo mal habido y avance el tapiz con el que matás las horas de tedio. Te cuento: después de la función de teatro, mi relación con Max prosperó. El lunes siguiente al evento artístico almorzó con mi grupo. Como era usual, yo compartía la mesa con Juanita, Benito, Roxana, Leandro, Dora y Milano. Todos integrantes del staff más bajo de la clínica. La elección fue mía. En principio, porque la timidez del primer día registró en ellos los gestos más cordiales de bienvenida. Después, porque la sencillez y sinceridad de estas personas hacían más evidente la afectación de los ‘profesionales’. Sentí que era la mesa más selecta y que me habían incluido y hasta adoptado. Max acostumbra a dosificarse (como buen médico) entre sus colaboradores, así que su inserción no extrañó a nadie. La charla fue amena y espontánea porque no impone su jerarquía y mis compañeros lo aprecian francamente. Habrás notado que dije “mis compañeros”; no me agrego porque a partir de aquel sábado mi percepción sobre él ha sufrido una sutil mutación: lo estoy viendo como hombre. Y no me disgusta, Nina. Una alarma suena mientras escribo esto porque ya sabés lo que pienso de las relaciones intra laborales: donde se come etc., etc. Nuestras miradas, ajenas a la antigua familiaridad, se cruzaron en varias oportunidades. Él también parecía verme por primera vez y sus ojos perfilaron cada centímetro de mi rostro con una atención que me perturbó. La situación no pasó desapercibida para mis amigos quienes observaron en amable silencio el escrutinio mutuo. Hubo un momento en que me alcanzó la sal (¿no es romántico?) y sus dedos se detuvieron más de lo decoroso sobre los míos. Nos miramos y si bajé las pestañas fue porque detrás de sus pupilas atisbé a la pantera agazapada. Estaba tan ofuscada que olvidé controlar la abertura de la tapa del salero, y segundos después miré estupefacta la montaña de sal que aderezaba mi ensalada. Mis compañeros se condolieron mientras Max desenredaba mis dedos inmovilizados y retiraba el recipiente. Salí del trance como siempre: con una carcajada que contagió a toda la mesa y concitó la mirada de los comensales. Mi jefe, aún riendo, se levantó para alcanzarme otro plato. ¡Cómo se transforma cuando ríe abiertamente! Parece más humano. Y no sé por qué escribo esto, porque siempre está atento a las necesidades de todos sus colaboradores. Lo seguí con la mirada risueña hasta tropezarme con la helada expresión de Carolina. No denotaba la curiosidad de las otras, sino una muda reprobación que opacó la diversión del momento y me quitó las ganas de seguir comiendo. Así que Max se habrá preguntado por qué no probé las verduras que se molestó en traer. Exageré un trabajo atrasado y dejé el comedor antes de la hora. Estaba molesta por haberme dejado intimidar por la secretaria aunque sostengo que de haber podido me hubiera eliminado. Sentí que estaba interfiriendo en su proyecto personal, única explicación a semejante hostilidad. Vos sabés que yo, más que audaz, soy impulsiva. Funciono a golpes de instinto y estoy más llena de chichones que de aciertos, pero no creo equivocarme con Carolina. Ahuyenté las molestas digresiones y me puse a trabajar. Antes de irme alguien entró. Acostumbrada como estaba a la concurrencia del doctor Fernández, lo saludé sin levantar la cabeza. La respuesta demorada me hizo voltear hacia la puerta y allí estaba Max, apoyado contra el marco, cercano como la inefable sonrisa que animaban su cara y sus ojos. Me preguntó cómo estaba, tal vez intuyendo aquellos sombríos pensamientos. Yo estaba bien en medio de mis papeles, y charlamos un rato antes de que mis dos guardaespaldas se impacientaran y entraran a constatar que no me había ido sin ellos. Max los saludó alegremente y les recomendó “que me cuidaran”. Nos fuimos bajo su atenta mirada y sus palabras resuenan todavía en mi cabeza: “cuídenla mucho”. ¿Qué habrá querido decir? Suena tan protector… Te digo adiós antes de seguir delirando. Espero que mañana podamos hablar. Mil besos. Sara”

Rosa parecía haber tomado el mando. Ante la muda pareja, dio su veredicto:

-Alguna vez vamos a charlar de tu artimaña. Ahora me quedo con las palabras de tu amiga: “tu santa madre”. –le dijo a Nina. Después, emitió algunas apreciaciones personales:- Estas cartas consecutivas hablan a las claras del enamoramiento de Sara. Y si ella es algo objetiva, entiendo que el doctor siente lo mismo. Vos te obsesionaste tejiendo el tapiz de una pantera. Sara no conocía el motivo de tu trabajo pero menciona varias veces a ese animal –y terminó como su hija:- ¿Será casualidad?

domingo 8 de marzo de 2009

LAS CARTAS DE SARA - IX

Nadie se arriesgó a responder. Dante alentó a Nina con un gesto para que siguiera leyendo. El sol iluminaba la amplia estancia dejando en el olvido la tormenta nocturna. La joven observó el jarrón adornado con un ramo de flores coloridas que su madre había dispuesto cerca de la ventana.

-¿Las trajiste vos? –se dirigió a su novio.

-Creí que te costaría despabilarte unas horas más hasta que las vieras -le respondió con una sonrisa burlona.

Ella, a modo de agradecimiento, le tiró del pelo y con voz clara continuó con la lectura:

“Nina querida: Perdón y perdón por haber dejado transcurrir dos semanas sin escribirte. Aunque mis días parecen tener menos de veinticuatro horas, al menos me mantengo al tanto de tu recuperación cuando el servicio telefónico me lo permite. ¿Me preguntás qué pasa con el teléfono? No sé. Ni los aparatos fijos ni los celulares se salvan de este extraño fenómeno eléctrico que perturba las comunicaciones. Nuestro único vínculo con el exterior son los distribuidores y el correo. Así que, mientras no podamos hablar, te prometo escribir con frecuencia. Lamento que el viaje anunciado se frustrara, pero no puedo culpar a Max que se dedicó a atender con abnegación a los pasajeros del ómnibus que se accidentó en la ruta. Me pareció mezquino de mi parte ignorar el suceso y largarme sola para casa. Sí, ya sé que te lo anuncié cuando hablamos, pero escribirlo duplica mi disculpa. Es notable cómo, de un momento a otro, las circunstancias que parecían estables se modifican y te alteran los planes. ¿No hace un siglo te dije que me sobraba tiempo y que quería aprovecharlo para evitar el anquilosamiento de mi cerebro? Después del accidente, el trabajo en la clínica se multiplicó. Max contrató dos médicos (para ser exacta un médico y una médica), porque entre él y los cuatro colaboradores no alcanzaban a cubrir los turnos solicitados. A modo de chisme: tuvo una fuerte discusión con uno de los directivos, que salió del consultorio de Max con el rostro desencajado. Después supe que le había querido imponer los ayudantes y él lo despidió con cajas destempladas. No le conocía esa arista terca… Bueno, vayamos a lo nuestro. Paso a relatar mi contacto oficial con la gente del pueblo; la mujer de Rodolfo (otro médico de la clínica) me envió una invitación vía su marido para tomar el té. Era una reunión de mujeres y la acepté con agrado porque pensé que ayudaría a mi integración. Esa tarde viajé en ómnibus ya que la bicicleta no armonizaba con la elegancia de mi atuendo ni con las imprácticas sandalias de taco alto. Ubiqué inmediatamente la casa sobre la calle LA. Una recepción cordial, ingesta de té con masas finas, múltiples preguntas de mi parte. ¿Los niños? Estudian fuera del pueblo. ¿La escuela? Para los niños de los suburbios. ¿Animales? Son una molestia y no hay tiempo para cuidarlos. ¿Actividades? Abogada, contadora, bioquímica, ingeniera, secretaria “de Max”, etc. Salvo Carolina, ninguna confesaba un rango menor que el profesional. El resto de la charla, insustancial: viajes, modas, habladurías. Confieso que la casa me encantó: espaciosa y moderna, amueblada y decorada con gusto. Igual a las otras que conocí a lo largo de la caminata por los alrededores. Cuando pasábamos delante de la residencia de alguna de las integrantes del grupo, me invitaban a entrar. El recorrido duró más de dos horas y no llegué a conocer la biblioteca ni el museo porque ya estaba anocheciendo. Como en la plaza había un espectáculo, nos instalamos frente a la pérgola cuyo estrado estaba ocupado por una orquesta que tocó un repertorio de temas de los ochenta y fue muy aplaudida por los espectadores, entre quienes me contaba. ¡Qué le voy a hacer!... Soy una romántica incurable. Terminamos el “jolgorio” en la confitería del Trust y como se había hecho tarde, Rodolfo y Beatriz (la anfitriona) tuvieron la deferencia de devolverme a casa. Me quedé con ganas de visitar el Museo Histórico y asistir a una función de teatro. Elegí un sábado que amaneció nublado por una llovizna impalpable. Mercedes me advirtió que los fines de semana no circulaba el ómnibus entre las afueras y el centro, de manera que “le hubiera convenido organizar que alguien la pasara a buscar para no embarrarse hasta llegar a la ruta”. Le aseguré que iría adecuadamente calzada con zapatillas para afrontar la caminata y el barro. Me miró un poco escandalizada porque “las señoras de la ciudad van muy adornadas al teatro”. Le pregunté si era obligatorio ese atuendo, pero ella lo ignoraba. Vos sabés que yo me siento tan cómoda con un vestido de fiesta como con un jogging, de modo que decidí vestirme acorde al tiempo. Si eso me impidiera ingresar al teatro, volvería en otra oportunidad. Durante la mañana charlé con Daniel después que Mercedes se negó, amable pero firmemente, a que la ayudara. Los demás dormían y el niño me guió hasta un estanque donde “se pesca todo el año y en verano es formidable para nadar”. Está metido entre los árboles y no le presté demasiada atención porque el lugar era un pantano. Le propuse regresar un día de sol. Estuvimos jugando a tirar dardos hasta la hora en que Analía nos llamó para almorzar. Me retiré prontamente porque quería tomar un pequeño descanso antes de salir. Dormí una hora, me bañé, me puse el conjunto rosa y negro que tanto te gusta y las zapatillas negras. A las cuatro de la tarde, envuelta en el impermeable gris, empecé a caminar hacia la ruta por una senda afirmada con pedregullos que evitaron bastante daño a mis zapatillas. Sólo son dos cuadras de campo. Después enfilé hacia el pueblo por el borde del asfalto, vigilando de tanto en tanto la aparición de algún vehículo. ¿Creerás que ingresé al centro sin haberme cruzado con ninguno? Tomé la calle Amarilla para ir al museo. Atravesé la plaza para acceder a la parte ascendente, porque todas las calles convergen en ella. Me tropecé con pocos conocidos, médicos en su totalidad, acompañados por sus esposas. Son tan extraños… Parecían haber dejado el trato familiar en la Clínica. Las mujeres son jóvenes, bonitas, bien vestidas, pero… ¡tienen un defecto!: la charla más insulsa que hubiera escuchado. Me despedí lo más rápido que pude y arranqué hacia el museo. El edificio es antiguo y las aberturas de la fachada están rodeadas de bajorrelieves. Reconocí panteras en actitud de alerta pero no a los otros animales con apariencia de dragones con dientes. Me dirigí hacia la entrada con la intención de disipar mi ignorancia y titubeé antes de empujar la puerta. ¡Es que había tanto silencio y tanta soledad! Cuando mis ojos se habituaron a la mortecina iluminación del hall, distinguí la ventanilla de venta de entradas. La empleada, sin pronunciar palabra, me indicó con un gesto el cartel que rezaba “DOMINGO: ENTRADA LIBRE Y GRATUITA”. Hice un comentario festivo acerca de lo inspirada que había estado por elegir ese día para visitar el museo, pero no arranqué sonrisas al impávido rostro de la mujer. Sin apocarme, le pregunté por los lagartos de la entrada, conquistando una mirada estólida por toda respuesta. Así que, con un gesto indulgente (creo), me apoderé de un folleto que estaba sobre el voladizo de la ventanilla e inicié el recorrido. La sala primera estaba destinada a la fauna autóctona y me puso la piel de gallina: decenas de animales embalsamados en actitudes tan naturales que parecían dispuestos a cobrar vida. Me invadió la tristeza ante tanta energía detenida para satisfacer el vuaierismo humano. Entre la heterogénea colección se destacaba una pantera, en la misma postura de los grabados de la entrada, desafiando al reptil desconocido. Era tal la autenticidad de sus expresiones que vislumbré, por un momento, la poderosa garra del monstruo buscando la altiva testa del felino. Aparté la mirada para eclipsar la turbadora visión mientras argumentaba racionalmente sobre la falacia de la bestia: “es una escultura; un montaje; los animales prehistóricos no se embalsaman. FIN”. Me volví hacia las aves posadas sobre ramas artificiales y sentí una aflicción que se licuó en lágrimas. Huí de ese recinto para recuperar el dominio de mis emociones y me abalancé sobre la estancia de enfrente. Allí exhibían objetos: artesanías, joyas, armas y adornos mezclados caóticamente en vitrinas de cristal afectando la capacidad de sistematización del cerebro y paredes tapizadas de telares con escenas épicas y domésticas sin solución de continuidad. Si de la primera muestra salí llorando, de ésta me fui tan confundida que no podría describirte lo que ví. Las otras salas contenían mobiliarios y vestiduras tan desordenados como la anterior. La experiencia me indicó la retirada. Tendré que volver con un baqueano que direccione de nuevo mis neuronas para clasificar este galimatías. Una puerta cerrada –en un espacio de salones sin puertas- despertó mi curiosidad antes de replegarme. Observé la gruesa madera tallada con la reproducción del enfrentamiento entre la pantera y el reptil. Los detalles eran tan nítidos que estiré la mano para contornear los poderosos músculos del puma y la retiré al instante. Mis nervios a flor de piel transmitieron a mis dedos un ilusorio estremecimiento –ilusorio porque un tigre de madera no debe palpitar-. Me centré en el picaporte y lo giré para franquear la entrada cuando una voz me sobresaltó. “Esta sala no está habilitada”. Al darme vuelta, casi quedé pegada a la simpática encargada que finalmente había puesto en funcionamiento sus cuerdas vocales. Se fue antes de que pudiera hacer algún reclamo y aunque yo deseaba abandonar el sitio, de porfiada no más, sacudí la manija que no transigió a mi demanda. Salí odiosamente, es decir, sin saludar. Aspiré afuera una bocanada de aire puro que se diferenció del ambiente denso del museo. Como no había llevado reloj, no supe si la oscuridad se debía a la hora o al cielo encapotado. Caminé tres cuadras hasta el teatro y antes de llegar me sentí la versión femenina del caballero de la triste figura. Hombres y mujeres lucían como para una función de gala en el Colón. Había pasado en el museo más de cuatro horas, porque la función comenzaba a las veintiuna y los concurrentes ya estaban ingresando. Tomé aire y me acerqué a preguntar por las entradas. Te juro que las miradas de conmiseración de las mujeres aniquilarían a un espíritu menos terco que el mío. Parece que no te pueden impugnar por la vestimenta, porque el empleado –después de calibrarme- me dijo con toda cortesía que las entradas estaban agotadas. Creo que mi expresión fue bastante elocuente, porque desvió la mirada hacia la persona que estaba a mis espaldas. Giré con una mueca belicosa y me quedé estática, esperando que la tierra me tragara. Max (¿el esmoquin le sienta tan bien a cualquier hombre?) me observaba con una sonrisa divertida. Tuve que levantar la cabeza para escudriñarlo (las zapatillas no favorecen mi altura) y acopiar todo mi aplomo para sostener su mirada. Lo acompañaba Carolina, quien me saludó como si no quisiera contaminarse. Su voz quebró la comunicación visual y mi jefe reaccionó a instante, invitándome con toda cortesía a compartir su palco. Me ofreció el brazo para entrar al coliseo y cuando apoyé mi mano sobre él evoqué los músculos y la vibración de la pantera. Me recuperé, me acomodé a su paso y saludé con una sonrisa victoriosa al aturdido conjunto de asistentes. Mi atención estuvo centrada a medias entre el espectáculo y Max. Varias veces se volvió para mirarme (¿qué cómo lo sé? Porque también yo lo miraba) y cuando terminó la obra sumó la invitación a cenar. Ya era demasiado para la pobre Carolina, de modo que le agradecí y le aseguré que no volvería sola a casa. Que pasaría por el Centro Comercial y encontraría quien me llevara. Lo vi tan preocupado que cumplí mi promesa. Ada terminó su turno y me acompañó. Esa noche soñé que el monstruo me acechaba en el fondo del ojo de agua. No te asustés, que sólo fue un sueño. Ahora me voy a descansar y mañana, si el teléfono sigue muerto, te vuelvo a escribir. ¡Felices sueños! Sara”

-¿Adónde fue a parar esta chica? –explotó Rosa rompiendo el silencio que se había adueñado del grupo.

-No sé, mami. Pero mañana lo averiguaremos –afirmó Nina pidiendo confirmación con la mirada a Dante.

El hombre se limitó a ceñirla más apretadamente y preguntó:

-¿Cuántas cartas quedan?

martes 3 de marzo de 2009

LAS CARTAS DE SARA - VIII

Nina terminó de leer con expresión pesarosa.

-Aquí tendría que haberme dado cuenta de que los relatos de Sara dejaban de ser rutinarios…

-Estabas recuperándote del asalto –opinó su protectora madre.- Estabas con la cabeza en otra cosa.

-¡Entregada a la confección de ese estúpido tapiz! Sara me estaba confiando detalles inusuales y fue como si yo no la escuchara.

Dante captó la mortificación de su novia y en su fuero interno le sorprendió la falta de comentarios de Nina acerca de las comunicaciones de Sara. Pero ahora debía calmarla e impedir que el tardío arrepentimiento ganara su ánimo. Pasó el brazo sobre sus hombros y la acercó a su costado.

-Escuchame, bonita. ¡Basta de revolcarte en la auto compasión! Así no le serás de ninguna utilidad a Sara. Te voy a dar una buena noticia. Adelantaremos el viaje. Saldremos mañana por la mañana y al mediodía podrás abrazar a tu amiga y entregarle el estúpido tapiz. Después de todo, lo hiciste pensando en ella –terminó con una sonrisa alentadora.

Nina dobló la cabeza y besó el cuello de Dante provocándole un estremecimiento de deseo. Si no hubiera estado Rosa…, rumió él. La mirada cómplice de la muchacha fue tan elocuente como su pensamiento. Para suspender ese momento de mutua apetencia, ella desplegó la carta siguiente y leyó para su auditorio:

-“Querida Nina: ¡Me encantó que llamaras! (Aunque compartiéramos nuestra charla con Muriel, la telefonista). Seguro que ya todo el pueblo sabe que el próximo fin de semana iré a visitarte y ¡en qué compañía! Mañana me voy a enterar si los rumores comenzaron. Sobre todo, por las acotaciones del desfachatado de Dante que, sin dudas, Muriel escuchó tan bien como yo. Pero dejemos que los perros ladren, Nina, y yo pase a relatarte mis múltiples descubrimientos, porque no puedo esperar hasta dentro de siete días para remedar nuestra nueva modalidad de diálogo (probablemente esta carta te la entregue personalmente, pero escribirla me ayudará a no olvidarme de ningún detalle). Después que cortamos (estuvo muy atento de tu parte despedirte de la telefonista), volví a la cocina para terminar de desayunar. Sólo habían regresado a la casa Mercedes y Antonio. Los chicos se habían quedado con la tía. Este desayuno fue más lacónico que el de los lunes. Me levanté prontamente de la mesa para volver al bosque (ya había aprendido que Mercedes prefería que no le ayudaran en la cocina). El día prometía ser espléndido. El sol ya calentaba y pensé que iba a ser una jornada calurosa. Volví al sendero explorado a medias hasta el punto en que comenzaba a descender. Estudié minuciosamente la pendiente y observé que las raíces que afloraban sobre la tierra me servirían de apoyo, tanto para bajar como para volver a subir. Con todo cuidado sacudí la más próxima para calcular su fortaleza y comencé el descenso. Al principio resultó sencillo porque el declive era parejo, pero llegué a un punto donde la senda se cortaba abruptamente. En ese lugar la vegetación era demasiado profusa y no podía distinguir las raíces que me habían facilitado la bajada. Estaba desencantada. Distinguí un borde más despejado y avancé boca abajo para no provocar un desmoronamiento. Poco a poco mi cabeza avanzó hacia el filo del barranco y lo sobrepasó. Desde allí divisé nuevamente el sendero que, encubierto por la fronda, se torneaba sobre una estrecha cornisa desapareciendo de la vista. Evaluaba la posibilidad de sostenerme de las plantas y enredaderas de la orilla para deslizarme nuevamente sobre la senda, cuando un átomo de cordura penetró en mi cerebro. Nadie sabía adónde estaba. Nunca me había cruzado con alguien durante mis incursiones. Si me caía y quedaba imposibilitada de subir por mis medios, podía gritar hasta la afonía sin que persona alguna me escuchara. La sola anticipación de este hecho me hizo desistir. Apesadumbrada (pero curiosamente aliviada) deshice el camino más rápidamente que a la ida. A medida que me iba alejando de ese lugar el cosquilleo de intranquilidad, que me había acompañado desde que llegué al fin del sendero, me fue abandonando. Te aclaro que no renuncié a bajar. Voy a volver acompañada por alguno de los chicos para que puedan dar la alarma si ocurre algún accidente. Con todo el domingo por delante, pensé en aceptar la invitación de Ada para conocer su casa y almorzar con ella. Le avisé a Mercedes que comería afuera; tomé la bicicleta y me llegué hasta el centro para comprar una botella de vino y un postre. Después enfilé por la calle Verde que, aparte de ser la que más me gusta, alberga en su culminación un pulcro barrio de casitas blancas con tejas y chimeneas rojas y un colorido jardín al frente. Todas las construcciones parecían iguales a simple vista, pero en una caminata posterior con Ada, advertí detalles que las distinguían. Cada jardín estaba arreglado de acuerdo al gusto de sus moradores y algunos exhibían toboganes y columpios para los niños. No vi autos pero sí bicicletas. También, en un amplio potrero central, una docena de equinos bien alimentados y cuidados comunitariamente por los residentes (estos pormenores los fui conociendo durante mi estadía). Una sensación de bienestar y armonía con el entorno natural me invadía a medida que pedaleaba hacia las viviendas. “Aquí fluye la vida”- pensé. Niños jugando en las calles, perros, gente disfrutando de la frescura de sus jardines. Busqué el número 16 y me sorprendí al ver una hamaca doble entre una portentosa sandalia. No alcancé a golpear porque Ada abrió la puerta como si esperara mi visita. Nos abrazamos contentas de vernos y entré a su hogar. Me presentó a su hija Cordelia y a su nietita María (aclarado lo de las hamacas). Cordelia es una hermosa joven. Alta, rubia, de ojos celestes y un físico espectacular. El verdadero modelo que la cultura y la sociedad imponen. Yo sentí que bajo su bienvenida se ocultaba otro sentimiento, y fui tan conciente de él, que me pregunté por qué me temía ¿Me teme? ¿Por qué teme, y no, rechaza, o disgusta, o molesta? No lo sé, Nina. Últimamente estoy bastante susceptible y tal vez perciba cosas que sólo están en mi imaginación. Me vendrá muy bien verte y tomar un poco de distancia de este lugar. Por el contrario, la pequeña se apegó inmediatamente a mi persona y fue compañera inseparable de la recorrida propuesta por Ada. Me presentó a sus vecinos, entre los cuales se encontraba una mujer a la que una vez había auxiliado en la calle y luego conducido a la clínica para su atención. No la había vuelto a ver desde ese día. Al preguntar por ella a la mañana siguiente, me comunicaron que ya se había retirado a su casa. Mirta, tal es su nombre, se mostró tan agradecida que casi me avergonzó. Resultó que había difundido mi gesto por todo el poblado y enterada la gente de mi presencia, salía de sus casas para conocerme y brindarme una palabra de reconocimiento. Por Ada supe que los habitantes del centro no visitaban los suburbios y que, salvo por cuestiones de trabajo, no se relacionaban con ellos. Por eso valoraban en demasía mi actitud. Le recalqué que yo vivía como un privilegio la cordialidad que me dispensaban; y no había nada de cumplido en mis palabras. Comimos alrededor de las catorce. Un exquisito pollo al horno con guarnición de papas, pimientos y cebolla, ensalada recién cortada de la quinta, y dimos buena cuenta del vino y el postre. Cordelia habló poco y Ada pareció un poco incómoda por la actitud de su hija. Yo aporté mi mejor talante en honor a mi anfitriona y su nieta. Después del almuerzo Cordelia se retiró a descansar con la niña, y Ada y yo quedamos a solas. Le relaté mi excursión matutina y ella pareció inquietarse sobremanera. Me exhortó a abandonar la determinación de regresar al barranco y yo, como sabía que volvería, le respondí ambiguamente. Con aire concentrado me confió que en el pueblo se tomaban decisiones que regulaban la vida de ellos, pero en las cuales no participaban. Trataban de sobrellevar la situación de la mejor manera posible esperando el cambio que inevitablemente llegaría. Ellos y otras comunidades que circundaban la población, estaban comprometidos con la Energía positiva de la vida que regulaba la existencia de todos los seres vivientes. Los habitantes del pueblo hacía tiempo que habían renunciado a esta comunión alucinados por el poder. Ada creía en un orden sobrehumano donde la Energía positiva estaba en permanente lucha contra la Energía negativa. Esta situación se reflejaba hasta en la ambivalencia materia-espíritu. ¿Cómo podrían expresarse estas fuerzas si no fuera en una forma reconocible por los hombres? Todo lo existente constituía su materia prima. Y algunas veces, lo que ya no existía. Ahora la que trataba de no inquietarse, exhibiendo una sonrisita indescifrable, era yo. Reiteré mi agnosticismo y ella me respondió que Las Energías no dependían de mi fe y por lo tanto yo estaba tan expuesta a ellas como cualquier creyente; que la barranca que había descubierto era territorio de La Energía Negativa y, dicho con un tono lleno de afecto, que ella me rogaba que dejara de incursionar por allí. Asentí, convencida en ese momento de sus palabras. Aunque ahora que lo pongo en el papel me parece un disparate. Sería como creer en las brujas. Bueno, Nina, ya ves que estoy bastante afectada por situaciones que resultarían inocuas en la cotidianeidad ciudadana. Se disculpó por no haberme aclarado en el centro que el símbolo que ostentaban en la reunión los distinguía entre sus pares, porque temía ser escuchada. Ada aseguró que eran la mano izquierda de la población. Llegado este punto, le pregunté por Max. Me miró a los ojos y me dijo: -“¿de modo que te interesa el doctor?” Yo hice un vago gesto de incertidumbre y esto pareció conformarla. Me expresó que el doctor era un individuo insondable aún para aquellos dotados de facultades parapsicológicas. La miré alarmada y se rió, asegurándome que ella no poseía ningún talento especial. Para tranquilizarme (¿a quién le gusta que anden revolviendo en su cerebro?) recalcó que sólo despliegan esas aptitudes en situaciones extremas que comprometan la existencia de los habitantes de las villas. Ella está convencida de que coincidimos en este ámbito para participar en una contienda eterna, donde la Energía Positiva, aunque a veces pierda, siempre gana espacio, y La Energía Negativa, aunque a veces gane, siempre pierde terreno.

Así que, casi me persuadió de que fui convocada a este universo por fuerzas sobrenaturales con el objeto de completar un rompecabezas cósmico.

Ya ves, que a pesar de haber avanzado por el sendero, algunos interrogantes se aclararon pero aparecieron otros misterios que espero, a la luz de la ciudad y la ciencia, se transformen de cósmicos en cómicos.

Esto es todo por hoy. Estoy agotada después de la descarga escrita. Espero con ansia el momento de volverte a ver porque estoy segura de que tu presencia familiar me volverá a anclar en el mundo que siempre percibí.

Un fraternal abrazo de tu perturbada amiga.

Sara”

-¿Eso te escribió Sara y lo diste por normal? –dijo Rosa, olvidándose de su rol de madre sobreprotectora.

-Es como si lo leyera por primera vez, mamá. Te lo juro – murmuró Nina sobrecogida por la dimensión que cobraban las palabras de su amiga.

Dante la abrazó con fuerza. El episodio que Nina actualizaba estaba muy lejos de la imagen que él tenía de Sara. La consideraba una mujer centrada e inteligente, dueña de sus actos, con firmes convicciones sobre la vida y las relaciones. Bien lo había probado al no dejar que la humillaran por conservar un trabajo que era su único sustento. Además, las penurias sufridas ante la larga enfermedad de su madre, le confirieron un escepticismo no compatible con el hermetismo de su relato. Besó el cabello de su novia y le dijo:

-No te apenes, querida. Estoy seguro de que Sara ha logrado mantener el equilibrio. Y mañana podrás comprobarlo.

-Energía positiva y negativa, lectura de pensamiento, fuerzas sobrenaturales… Y yo compelida a crear un tapiz con la imagen de una pantera… Mi mente estaba absorta en ese trabajo, como si fuera una distracción para ocultar el significado de sus palabras. ¿Es una casualidad?

domingo 15 de febrero de 2009

LAS CARTAS DE SARA - VII

Nina se despertó con la sensación de haber descansado a intervalos. Miró el reloj que estaba sobre la mesa de luz y se levantó de un salto. ¡Eran las diez de la mañana y ansiaba seguir buscando las pistas que la acercarían a Sara! La joven de pelo revuelto que le devolvió la mirada desde el espejo vestía una camisa masculina que le llegaba a mitad de los muslos y cuyas mangas le tapaban las manos. Sonrió sensualmente y se abrazó ciñendo la prenda sobre su cuerpo. Era la ofrenda secreta que le pidió a Dante después de su primera noche de amor. Evocó el voluptuoso despertar en la casa de su amante, el aroma del café recién hecho, sus ropas desparramadas por el piso, la urgente necesidad de verlo. Cubrió su desnudez con la camisa del joven y se dirigió a la cocina. Él estaba de espaldas a la puerta preparando una bandeja con dos pocillos humeantes, una parva de tostadas y… una rosa. Se acercó silenciosamente (eso creyó ella) y estaba a pocos centímetros de distancia cuando él se volvió con rapidez y la proyectó contra su pecho. La boca ávida de Dante cubrió la suya sofocando el grito risueño de sorpresa. Después, la apartó un poco y la miró con detenimiento. Sonriendo, le ofreció la flor, cargó la bandeja y le dijo que volvieran al dormitorio. El desayuno quedó olvidado sobre la mesita de tapa de cristal. Dante le confesó que la vio absolutamente deseable con esa camisa, de modo que ella se la reclamó como prenda de amor. La usó mientras convalecía del ataque porque era un sucedáneo de su presencia. Y anoche, porque era un contacto consolador. Manoteó su pelo revuelto y decidió desayunar y después ducharse. Antes de entrar a la cocina, escuchó la voz de Dante. Charlaba con su madre mientras la mujer untaba rodajas de pan tostado con manteca y mermelada. La expresión del joven cuando la vio, hizo que Rosa se volviera con presteza.

-¿Por qué no te ponés presentable para venir a desayunar? –el tono era de censura.

-No sabía que tenías invitados –le respondió tirándole un beso a su novio.

-¡Nina…!

-Ya voy, ma –le guiñó un ojo a Dante y corrió hacia la escalera.

En cinco minutos volvió a la cocina. Le dio un beso a su madre y otro al hombre mientras se sentaba a su lado.

-¡Qué maravilloso despertar! –exageró- ¿Ya terminaste todos los trámites?

-Gran parte. Llamé para ver cómo sobrellevabas tu ansiedad y Rosa me contó que seguirían leyendo las cartas.

-¡Estómago resfriado! –le espetó a su madre. Y luego, con sonrisa candorosa a Dante:- Mejor, querido. Tres cabezas piensan más que una.

Al joven le divertía el histrionismo de su novia. Al instante, ella recuperó la seriedad y le hizo un resumen de lo que había leído a la noche.

-Estamos buscando alguna señal que explique el silencio de Sara. Hasta ahora, lo único llamativo es un símbolo que exhiben muchos habitantes del pueblo. Leo la carta siguiente:

-“Querida Nina: Te comunico oficialmente que el fin de semana próximo iré a visitarte. ¿Y a que no te imaginás quién me va a llevar? ¡Adivinaste! El doctor Max. Lo pesqué en el momento apropiado. Y no porque me lo propusiera. Ayer le fui a plantear el deseo de darme una vuelta por casa después de casi tres semanas y especialmente el interés que tenía por ver a mi mejor amiga. Me escuchó con la expresión hermética de siempre y me dijo que él debía viajar a la ciudad en dos semanas y que si yo podía esperar me llevaría con mucho gusto. Creo que interpretó mi vacilación de sorpresa como desconfianza, porque para reforzar su ofrecimiento agregó que de ese modo me ahorraría los dos pasajes, ya que él se quedaría hasta el domingo y también podría traerme a la vuelta. Si la oferta no me hubiese tentado per se, este último argumento era lo más adecuado para preservar mis exhaustas arcas. Así que acepté, y el tiempo se ha transformado en una sustancia casi sólida por la que resulta difícil transitar hasta dentro de dos sábados. Sí, sigo siendo la misma ansiosa de siempre. ¿Te acordás del símbolo que me llamó la atención en la fiesta? Averigüé su significado. Le corresponde a una Orden que existe en ese pueblo desde ‘nadie recuerda cuando’ según Francisco. Pertenecen a ella los habitantes más destacados del lugar y la clase media alta. (No todos, porque Max no lo ostentaba. Salvo que lo lleve bajo la ropa. ¿Podré averiguarlo algún día...? (¡Guau!) Después de todo, no es tan malo escribir cartas en vez de usar el correo electrónico. Ésta la vas a leer solamente vos (y la chusma de tu mamá ¡no te enojés, Rosita, es sólo una broma!) y mis pensamientos no quedarán expuestos ante los innumerables hackers de las vidas ajenas.”- Nina se interrumpió:- ¡Cómo me olvidé de que no tienen Internet! Y yo que la bombardeé con mails…

-Y va la segunda vez que me falta el respeto –acotó la madre:- primero me llama gallina clueca y ahora chusma…

-Te pide que no te enojés.

-Lo pensaría si me hubieras leído alguna vez la carta.

Dante intervino para que la disputa entre las dos mujeres no se eternizara:

-¿Habrá algo que interese en esta carta? –Nina lo miró y volvió a la lectura:

-“Prosigo. Quise saber algo más acerca de esta fraternidad, como ser su nombre, origen, motivaciones, funcionamiento en la comunidad, pero Francisco parecía no sólo carecer de información, sino adolecer de un desinterés poco común en un joven acerca de este tema. Analía fue tan reticente como su hermano mayor. ¿Por qué usé reticente? Suena a ocultamiento. Pero esa es la sensación que me quedó después de hablar sucesivamente con Mercedes y Antonio. ¡Es inadmisible que la existencia de una cofradía no dé lugar a habladurías, especialmente entre quienes no pertenecen a ella! No conforme con la falta de respuestas, una idea ruin me ganó. Trataría de sonsacar al pequeño Daniel. Con ese propósito, me adentré en el bosquecillo del fondo esperando encontrarlo al borde del estanque donde le gustaba pescar, imitando a su padre y a su hermano. Aunque este ojo de agua es bastante profundo, parece no presentar alteraciones de comportamiento que impidan pescar y, para quienes naden, darse un buen chapuzón. Como allí no estaba y era un día espléndido, seguí explorando una delgada senda que descubrí la semana pasada. Había dejado un pañuelo turquesa, que llevaba al cuello, anudado a la rama del árbol hasta donde llegué para guiarme en la próxima expedición. El pañuelo seguía en su sitio. Seguí el sendero que se ondulaba entre una profusa vegetación hasta que empezó a descender. Miré hacia atrás y ya mi marca estaba fuera de la vista. Decidí bajar mañana. Cuando llegué a la casa, con la esperanza de charlar con Daniel, encontré una nota de Mercedes donde me anunciaba que se iban a visitar a su hermana, que iban a regresar tarde, y que la comida estaba sobre la mesa. Curiosa la desaparición de toda la familia, ¿no? ¿Tendrá que ver con mis preguntas? A la tarde subí a la bicicleta y fui a tomar un café al “Trust” (el complejo comercial). El bar lo atiende Ada, nativa del lugar y residente de los suburbios. A vos también te gustaría, Nina. Es una mujer de alrededor de sesenta años, de fuerte carácter y excelente disposición. Congeniamos desde el primer día que fui a tomar algo a la cafetería. También sirven comidas rápidas y sándwiches fríos y calientes. A pesar de que declara no haber terminado la primaria, es una ávida lectora y da gusto hablar con ella. Me llego frecuentemente al bar porque a mí me resulta más placentero departir con una persona franca e ingeniosa que intercambiar intrascendencias con las mujeres que me rodean habitualmente. Léase mujeres de médicos, secretarias, etc. Todo esto te lo cuento porque cuando le expuse a Ada mi curiosidad no aplacada, se pasó a la vereda de enfrente. Fue un giro imperceptible pero palpable; un instante abismal de silencio antes de declarar su ignorancia y su falta de interés por lo que a mí tanto me perturbaba. No condecía con su estilo solidario. Acepté su proceder porque intuí que la reserva era defensiva. Comprendí su mirada agradecida por la falta de insistencia y en breve, porque ya la conversación estaba atravesada por el encubrimiento, me despedí y volví a la casa, aún y todavía, vacía. Voy a terminar esta carta gracias a la cual me parece contar con tu presencia de amiga incondicional. Mientras te escribía, decidí preguntarle el lunes a Max sobre la Orden. ¡Ah, estoy de franco! Me toca un fin de semana completo, semana por medio. Espero que cuando nos veamos te pueda develar personalmente EL MISTERIO DE LA ORDEN DE LA QUE NADIE QUIERE HABLAR. Te mando un besote y asumo que tirarás las muletas para recibirme.

¡Rosa y Dante…! Besos para ustedes también.

Sara

P.D. ¡¡¡Los extraño!!!”

sábado 14 de febrero de 2009

LAS CARTAS DE SARA - VI

El viernes Sara llegó a la clínica pasadas las diez y media de la mañana después de esperar a Melián hasta las nueve y media. Mientras viajaba en el ómnibus, que había demorado una eternidad para su sentir, la inquietud la acometió. Melián la pasaba a buscar todos los días a las ocho y treinta y esta deserción era inexplicable. Con los teléfonos que estaban fuera de servicio desde hacía un mes, era imposible comunicarse con la clínica y aventar la preocupación que la dominaba. ¡Cómo deseaba que las palabras de don Emilio fueran proféticas y ella pudiera anticipar los acontecimientos! Entonces sabría por qué Melián no había venido y por qué el pueblo estaba incomunicado tanto tiempo. Pensó en su amiga Nina y en la necesidad que tenía de verla, de hablar con ella, porque las cartas no podían suplantar la tibieza de su presencia. Pero mejor así, se dijo. Presentía que su amiga correría peligro en ese lugar. Cuando bajó del ómnibus cruzó rápidamente la ruta desierta, atravesó las verdes lajas hasta la puerta automática y casi tropieza con Carolina en su vivaz entrada.

-Creí que ya no vendrías… -le dijo con inflexión admonitoria.

-Me demoré porque Melián no vino a buscarme –explicó sintiendo que su respuesta sonaba a una excusa.

-No sabía que el guardaespaldas era tu chofer –el tono era desdeñoso. Le aclaró:- Esta mañana salió temprano con el doctor Moreno. ¿Así que no tuvo la delicadeza de ponerte al tanto de sus movimientos?

Sara no contestó. Dio media vuelta y se refugió en su oficina. Con el paso del tiempo a Carolina le resultaba más difícil ocultar la antipatía que ella le inspiraba. A medida que avanzaba su relación con Max los desplantes y las indirectas arreciaban. En general las ignoraba, pero esa mañana se habían sumado varios acontecimientos que la debilitaban: las ausencias sorpresivas de Max y Melián y la llegada tardía a su lugar de trabajo. Buscó entre los papeles esparcidos sobre su escritorio alguna nota que esclareciera la marcha inesperada del médico. Después de revisarlos varias veces concluyó que tendría que esperar su regreso para enterarse. Un golpe en la puerta la sacó de su abstracción. Juanita entró con una bandeja que contenía un servicio completo de cafetería.

-Buen día, señorita Sara. El doctor me pidió que le sirviera el café a la hora que llegara. Completo, me recalcó. Supongo que no habrá desayunado…

La joven la miró sorprendida. ¿Cómo supo él que por esperar a Melián no había tomado siquiera un trago de cualquier infusión?

-¡Buen día, Juanita! No desayuné y mi estómago está gruñendo. ¡Gracias!

-Déselas al doctor cuando vuelva. No me animé siquiera a recordarle que el servicio cierra a las nueve. Me lo ordenó ¿sabe? La debe tener en mucha estima porque a mí siempre me pidió las cosas por favor…

Sara le prodigó una sonrisa enigmática. La mujer vaciló y, dándose cuenta de que no habría confidencias, se encogió de hombros y salió. La muchacha dio cuenta del tardío desayuno con satisfacción. Max no estaba pero con ese gesto le decía que la tenía presente. Trabajó de buen ánimo hasta que Juanita le avisó que ya estaban reunidos para el almuerzo. Se sentó en la mesa de siempre y, como al descuido, preguntó:

-¿Alguien sabe adónde está el doctor Moreno?

-¿Acaso no lo sabe usted? –Juanita parecía escandalizada.- ¡Usted es la secretaria y tendría que saberlo!

-La secretaria del doctor es Carolina –le respondió apaciblemente.- Yo soy la empleada administrativa.

-¿Por qué no le pregunta a Carolina, entonces? –volvió Juanita a la carga.

-Porque ella no lo sabe –explicó con paciencia.

-Estamos tan sorprendidos como usted –dijo Milano.- Cuando el doctor tiene una urgencia lo acompaño yo, pero hoy se llevó a Melián –concluyó disgustado.

Sara observó con atención a los comensales. Salvo Dora y Milano que rehuyeron su mirada, los demás se la devolvieron afectuosamente. Terminaron de comer en silencio y ella fue la primera en levantarse para volver a la oficina. ¿Por qué Milano estaba tan contrariado? Por lo que ella conocía, las órdenes del doctor no se discutían. Y seguramente él tendría sus razones para reemplazarlo. ¡Cuánta falta le hacía su amiga pensante para debatir estas impresiones! Una vez le había anunciado una visita frustrada, pero ahora estaba decidida a cumplirla. En cuanto volviera Max se lo diría.

lunes 5 de enero de 2009

LAS CARTAS DE SARA - V

Querida Nina: Estoy desvelada. Acabo de llegar de una reunión y es demasiado tarde para saciar mi curiosidad. Todos duermen en la casa. Vos sabés que soy poco observadora, así que no te vas a extrañar que recién al finalizar el encuentro haya caído en la cuenta, por repetición y asociación, de que casi todos los presentes ostentaban el mismo símbolo, ya sea en un anillo, un colgante, un prendedor, un tatuaje o un distintivo. Está formado por dos triángulos, uno negro y otro blanco superpuestos en forma invertida sobre un anillo irisado. El triángulo negro siempre apunta hacia abajo. Esta minuciosa descripción es fruto de mi despierta conciencia al reparar en el objeto –que estaba mirando por enésima vez- colgado del cuello de Carolina. Jorge, un médico residente, me trajo a la vuelta, y no quise preguntarle nada porque se había puesto bastante pesado al encontrarnos a solas. No veía la hora de llegar para no contestar agresivamente a sus insinuaciones. ¿Será mi destino despertar sólo bajos instintos? En fin, como hace poco que estoy, enfrié su ardor con mi silencio y me bajé del auto lo más rápido que pude. Te cuento de la fiesta. Estaba convocada para festejar el cumpleaños del Dr. Fernández, el médico más veterano del hospital. Es para mí el típico médico de cabecera: amigable, pausado, siempre bien dispuesto. Y muy reconocido de mi labor. Aunque no lo creas, en este nido de profesionales soy una persona muy valorada por animarme a lidiar con una tarea que necesitan y rechazan: el orden administrativo. Para ellos es tan misterioso como para mí lo es el diagnóstico de una enfermedad. Como es una clínica mediana, no me resultó difícil sistematizar ficheros y comprobantes, y respetando esta organización, te confieso que pronto me sobrará tiempo. Estoy decidida a discutir esta posibilidad con Max, pues desearía dedicar estos momentos a cualquier actividad productiva. Espero que el premio a la eficiencia no conduzca a una rebaja de horas y sueldo (esto último corre por cuenta de Sara La Desconfiada). De cualquier forma, no andar detrás de sus papeles les deja momentos para asomarse por mi oficina entre paciente y paciente. Mientras acomodo comprobantes, charlamos de distintos temas. Con los médicos más jóvenes me tuteo, salvo con Max y el Dr. Fernández. Carolina me participó de la fiesta y me dijo que pasaría a buscarme a las nueve de la noche. Me aclaró que habría comida y bebida. Cuando llegué a mi habitación no me llevó tiempo elegir atuendo. Descolgué la solera roja (estaba impecable), busqué los zapatos y la cartera al tono, y un abrigo liviano. A continuación le avisé a Mercedes que esa noche no cenaría en la casa y me bañé. En el interín aparecieron Analía y Daniel. La primera, para averiguar adonde iría y curiosear mi guardarropas. (Estamos intimando, como verás). Insistió en que dejara mi pelo “suelto y natural”; “como salido de la ducha”. Daniel me miraba con el deslumbramiento inocente de los hombres incipientes (sé que se jacta de mi compañía ante sus amiguitos) y se fue contento porque le prometí que iríamos el domingo a ver la ‘última de terror’. Carolina llegó puntual. Estaba muy linda con su vestido blanco. Pero no hubo intercambio de elogios. Me escuchó neutramente y puso el auto en marcha. ¡Pero vayamos al festejo! Se hizo en el patio cubierto de la confitería. Espacioso, con muchas plantas. Una mesa al costado con bocaditos y sándwiches, otras dos con vasos y bebidas, sillas dispersas. Bajo una arcada con luces, Jorge (el médico que te mencioné antes) y Javier (otro médico) se ocupaban del equipo de sonido. Las miradas convergieron sobre nosotras cuando entramos. Viendo caras familiares me olvidé del pequeño desaire y saludé con un beso al Dr. Fernández. Se lo veía muy sonriente. Benito, un enfermero con el que habitualmente converso, reclamó su beso y se lo di al tiempo que le agradecía un trago de frutas. Juanita, con un llamativo vestido brilloso, agitó su mano desde lejos mientras acomodaba la mesa de comestibles. Había varios grupitos de médicos, enfermeros y secretarias, que fui recorriendo y saludando. Me sobresalté y me puse colorada (¡me vi en el espejo!) cuando me topé con Max que estaba casi a mi lado. Me salió un saludo atropellado y desvié la mirada de sus ojos tan inquisitivos como una tonta adolescente (o como temiendo que sorprendiera mi recién descubierto interés por ubicarlo entre la gente). Seguí mi camino y no recuerdo que me respondió. Este incidente me hizo reflexionar acerca del oculto deseo de ver a mi jefe en otro ámbito que no fuera el de trabajo. Te aclaro que no me quita el sueño, que no vivo pensando en él, que en la clínica me lo cruzo como a cualquier otro, que me dirige la palabra menos que a otros y que sin duda yo deseaba comprobar como reaccionaría al verme con ojos de fiesta. Creo que tenía la perversa ambición de hacerle perder la compostura. Y la que la perdió, fui yo. Pero no te desalientes, amiga mía, porque me repuse, seguí alternando, comí, bebí, y especialmente bailé toda la noche. Hasta –casi- con Max. Al final de la reunión, cuando hasta el sueño se quería ir a dormir, pusieron unos temas lentos como para ir parando la música sin estridencias. Acepté la invitación más inofensiva de entre los poco sobrios aspirantes: la del doctor Fernández. Bailábamos en un silencio amable cuando de pronto, con un giro, atajó a una pareja, me soltó y siguió bailando con la mujer. Eran Max y Carolina y, por un instante, mi mirada se atrevió a escrutar los ojos del hombre que esperaba por mí. Por un instante. Porque me provocó un extraño anhelo. Cuando nos acercamos para continuar la danza: fin de la música. Ese breve momento embarazoso me suscitó una espontánea risa que distendió también los labios de Max en una leve sonrisa. Me escoltó fuera de la pista y todos comenzamos a despedirnos. El resto ya lo sabés. Creo que el próximo fin de semana te iré a visitar. Te confirmaré la fecha. Espero encontrar adelantado el telar que mencionaste por teléfono. Un beso enorme de tu amiga, Sara

Nina no habló inmediatamente. Sostuvo la carta en la mano y la instó a su madre:

-¿Hay algo en este relato que te llame la atención?

-Bueno, fue víctima de un asedio, si te referís a eso.

-¿Otra situación que se salga de lo común…? –dijo la hija con impaciencia.

-¿Que se está enamorando del doctor…? –aventuró Rosa.

-Ma, eso forma parte de la vida cotidiana. ¿No hay un detalle inusual? –insistió la joven.

La madre hizo un esfuerzo por recordar la narración. Su rostro se iluminó:

-¡Claro! La mención al adorno que llevaban todos. ¿Te parece significativo?

-¿A vos no te llamaría la atención que todas tus amigas y amigos llevaran aros de argollas?

-¡Nena! Los hombres con aros de argollas…

-Aros, colgantes, prendedores, da lo mismo. Pero todos ostentando las mismas argollas…

-Sí –dijo Rosa.- Sería llamativo, al menos.

-Y si vos no las llevás, ¿no preguntarías el porqué de esa peculiaridad? – indagó su hija.

-Sí. Quisiera saberlo. ¿Y por qué Sara no lo aclaró?

Nina echó una ojeada a la carta. La acomodó en la carpeta y le contestó a la mujer:

-Porque su acompañante se había puesto pesado y no veía la hora de perderlo de vista –su rostro se ensombreció.- En cartas posteriores da más detalles de ese símbolo. ¿Por qué no habré puesto la misma atención en ese momento? Hubiera ido a buscarla antes.

-Dejá el famoso complejo de culpa a un lado y concentrate en el presente –Rosa miró el reloj apoyado en la mesa de luz:- ¡Son las dos de la mañana! –Luego, con afecto no exento de firmeza:- Vamos a dormir, hijita. Para interpretar lo que sigue, creo que nos conviene estar descansadas. Seré otro par de orejas y te ayudaré a preparar la valija. Pero mañana. Prometeme que te acostarás.

Nina inhaló y exhaló con hondura. La ansiedad la impulsaba a releer todas las cartas esa misma noche, pero comprendió que su madre tenía razón. Vería las cosas con más claridad en la mañana. Le contestó:

-Te lo prometo. Y alcanzame una de esas píldoras que tomás para dormir. La voy a necesitar.

domingo 28 de diciembre de 2008

LAS CARTAS DE SARA - IV

Amiga mía: Todavía no me repongo de la impresión que me causó el asalto que sufriste. El propio doctor Moreno me llamó para que atendiera a Dante y me dijo que usara libremente el teléfono. Me sentí más tranquila al escuchar tu voz que calmó ese desasosiego que me obnubila cuando peligra alguien que amo. El doctor Moreno (Maximiliano es su nombre; Max desde ahora para nosotras así no escribo tanto) salió discretamente y no volvió a su consultorio hasta después que hube hablado con vos. A pesar de su aire abstraído me preguntó si me sentía bien, ya que seguramente mi rostro traslucía la preocupación por lo sucedido. Fue tan cordial que le comenté el incidente y se alegró de que no hubiera sido más grave. Ya pasó a engrosar mi agenda de personas confiables, y vos sabés que salvo en cuestiones de amor, poco me equivoco en mis juicios. Aunque te fastidie, opino lo mismo que tu mamá y Dante. La sacaste barata. Los huesos tienen arreglo. ¿Te acordás de lo que opinamos acerca de las personas imprescindibles? Pensá... Imaginate que vas a disfrutar más tiempo de la compañía de tu novio, que tu mamá va a superar sus expectativas de gallina clueca (dejate atender sin pelear), que mis cartas van a amenizar tu recuperación, y sobre todo, que estás viva, que te queremos, que encontraste la mejor excusa para adelantar mi visita. Después de una semana volví al centro de Gantes y recorrí casi todo el pueblo en bicicleta. Di una vuelta por la plaza adonde convergen todas las arterias (Azul, Rojo, Verde, Amarillo, Blanco y Pardo), con la particularidad de que las aceras son de baldosas hexagonales con el mismo color de su calle. ¿No es la materialización de tus deseos de despistada? Representate una rueda de seis rayos con las gamas mencionadas y los tonos orientándote en cada diagonal. Las casas son de distinto estilo. Algunas de una planta, otras de dos. Todas tienen jardines muy bien cuidados y están dispuestas sobre amplios terrenos. Hasta las más pequeñas se ven suntuosas, y los autos estacionados fuera de las cocheras son modernos y costosos. Antenas de radio y parabólicas en casi todas las propiedades. Infiero que la gente de menores recursos vivirá en los suburbios, como los Biani. Esperaba encontrar niños y perros jugando afuera, pero no vi ninguno. La plaza está muy bien cuidada y en el centro hay una pérgola techada para espectáculos al aire libre. Es un placer sentarse en los bancos rodeada de árboles frondosos y arbustos florecidos. Tanta vegetación y ningún trino. La oficina de correos está sobre la calle amarilla ascendente (AA) y la escuela sobre la amarilla descendente (AD). La confitería sobre la roja ascendente (RA) el cine sobre la RD (¿captaste?). La iglesia sobre la VA, la municipalidad sobre la VD, el museo sobre la LA (si no adivinás te lo aclaro en la próxima), el edificio de bomberos sobre la LD, el teatro sobre la BA, un complejo comercial sobre la BD, un video club y disquería en la PA y la comisaría en la PD. Ese día había poca gente fuera de sus casas. Cuando me cruzaba con alguien, me miraban con cierta curiosidad y me saludaban. Supongo que recurrirán a la telefonista en averiguación de antecedentes. Como habíamos quedado con Francisco en encontrarnos a las 20 hs. en el video club, no tuve tiempo de recorrer los lugares que te mencioné. Volví el fin de semana y ya te voy a contar qué lugares y a quiénes conocí. Francisco llegó a las 19.30 hs. y eligió una película. Curioseando, vi el último CD de los Big Boys y recordé con cuánto fervor deseaba tenerlo Analía. Si vacilar, lo compré y lo hice envolver para regalo. Por una senda entre AD y PD, volvimos en poco tiempo a su casa. La bici, y conocer la geografía del pueblo, me llenaban de una sensación de libertad. Llegamos un rato antes de la cena y yo llamé a la huraña jovencita desde mi cuarto. Apareció con un gesto de fastidio. En ese momento recurrí a todos mis conocimientos de logística, estrategia, sicología juvenil y especialmente a mi instinto. Una sonrisa confiable, una mirada firme, un gesto cómplice al tenderle el brillante envoltorio. Lo tomó con reticencia. Le hice un gesto para que lo abriera y ¡si vieras qué lucha interior entre recibir el obsequio y aceptarme, o rechazarlo y mantener la distancia! ¡Big Boys ídolos, todo lo pueden! Para reforzar el ablande le dije que como a mí me ‘encantaaaba’ esa banda había imaginado que a ella le gustaría escucharlos y que si ya tenía esos temas podía cambiarlos por otros. La propuesta la sobresaltó (yo jugaba con ventaja porque había escuchado como ella le confiaba a Daniel su deseo de tener esta nueva grabación) y me dijo que gracias, que estaba perfecto y que lo tomaría como regalo de cumpleaños adelantado. Le pregunté cuándo sería y me contestó que a fin de mes. Y ¡sorpresa! Se interesó por mi cumpleaños, me dio un beso, y salió con una sonrisa feliz a escuchar inagotablemente el CD (los decibeles seguramente se deben a su generosa disposición para compartirlo con otros fans). Durante la cena me dirigió por primera vez la palabra y yo descubrí cuánto disfrutaba por estar en armonía con los tres hermanos. Creo que Mercedes y Antonio notaron el cambio de clima y parecían complacidos. Me vine a mi dormitorio con la sensación de haber obtenido un logro importante. Como tengo sueño y lo breve y bueno dos veces bueno (¿?), te deseo buenas noches, paciencia y bienestar. Sabés cuánto te quiero. No me des más sustos. Sara”.

-Esto pasó en la semana siguiente a la partida de Sara –dijo Rosa.- ¡Qué mal recuerdo, Nina! Si el mocoso hubiera sacado una navaja en lugar de empujarte…

-¡Pero no hizo más que empujarme, mamá! Yo caí con el pie doblado y sólo tuve un esguince –contestó para restarle importancia al incidente.

-Que te tuvo enyesada por veinticinco días. Eso de llamarme gallina clueca no me lo habías contado… –agregó con tonito de censura.

-Es una chanza de mi amiga, -dijo Nina riendo.- ¿Adónde se metió tu sentido del humor? Además, para ella que careció de cuidados maternos, esa comparación es un halago.

Rosa no parecía muy convencida, pero no siguió con el tema. En cambio, opinó:

-Se nota que Sara quería compartir esta etapa de su vida con vos, y aunque a veces se muestre vacilante, no parece nunca pedirte consejos.

-Ma, yo al lado de mi amiga tuve una vida privilegiada. Cuando murió su papá, quedó prácticamente huérfana de padre y madre. Su mamá se tiró en una cama y no volvió a levantarse. Y su enfermedad se llevó los mejores años de Sara y los ahorros del padre. A pesar de eso, le quedó tiempo para ser una hermana para mí. La vi llorar pero nunca abandonarse al sufrimiento. De dónde sacaba fuerzas, no sé…

-Vos también fuiste una amiga leal –certificó su madre.

-Sí. Pero entonces no me daba cuenta de su gran entereza. –Volviendo a la realidad:- Continúo antes de que amanezca.

domingo 21 de diciembre de 2008

LAS CARTAS DE SARA - III

Nina: Hace una hora que acabo de cenar. Ya me bañé (prefiero quedarme un ratito más en la cama por la mañana) y ahora paso a contarte los últimos sucesos. (¿Sabés que Freud le escribió a su novia 1.500 cartas? Esto lo menciono porque te imagino rodeada de papeles y desesperada por tener que leerlos todos. YO no voy a escribirte ni la décima parte. Espero poder visitarte en poco tiempo). En primer lugar, ayer me levanté apenas sonó el despertador (si no lo hubiera puesto creo que hubiera dormido más tranquila, sin la horrible duda de si sonaría), me duché en el bañito de enfrente de mi cuarto (la bata que me regalaste el año pasado le encantó a Mercedes) y me vestí cuidadosamente antes de sentarme a desayunar. A esa hora ya estaban levantados Antonio, el dueño de casa, Francisco, el hijo mayor, y Analía, la hija del medio. Los chicos tienen 17 y 15 años respectivamente, según me informé mientras tomaba el mate cocido con leche. El más pequeño, Daniel, aún dormía (tiene 7 años y va a la escuela de tarde). Noté que la familia me observaba con curiosidad. Seguramente se preguntaban qué extraordinario acontecimiento habría empujado a una mujer de la ciudad a refugiarse en un lugar tan aislado. Ningún motivo romántico, por cierto. Cuando solicité indicaciones para llegar hasta mi lugar de trabajo, Francisco me aclaró que lo podía hacer de dos formas: mediante un ómnibus local que pasaba por la ruta cada media hora, o a través de una senda que nacía o moría (conforme se iba o se venía) en los fondos de la casa. Era una vía directa, de no más de cinco cuadras (¡de campo! según descubrí más tarde), que llegaba hasta la Clínica. Se ofreció para acompañarme para que aprendiera el camino y a las ocho y media partimos. Tendría que haber renunciado a seguir cuando los primeros ripios se guarecieron en mis zapatos. Cada tanto me paraba a devolverlos al camino, pero las medias ya habían sufrido las consecuencias. Después de cruzar la ruta, el pedregullo se convirtió en tierra. Debo confesar que el camino era espléndido, entre pinos fragantes y olmos imponentes que desflecaban al sol. Ya caminaba más confiada y apretando el paso para recuperarme de las detenciones, cuando miré mis zapatos. ¡Estaban blancos de tierra! Francisco, ante mi exclamación de disgusto, me aseguró que podría sacudirme el polvo apenas cruzáramos la carretera. Así que seguí caminando sin tregua. Pronto dejamos el bosquecillo atrás. Avisté el moderno edificio que se levantaba al otro lado de la ruta, rodeado de árboles y cortejado por enredaderas florecidas. No se parecía en nada a un hospital. La vereda de la entrada y el camino de acceso eran de lajas verdes que se fusionaban con el césped. Allí me detuve a limpiar mis zapatos y a componerme para el primer contacto. Me acerqué a la puerta de ingreso que se abrió en forma automática y me dirigí hacia una ventanilla para identificarme y preguntar por el doctor Moreno con el cual había tratado mi puesto. La empleada me miró, me evaluó, y luego habló por teléfono. Me indicó que siguiera por el pasillo y esperara a ser llamada desde el consultorio número cinco. Mientras caminaba, me vi reflejada en un espejo. Me acomodé el traje, el pelo, (las medias no tenían remedio), y seguí hasta el lugar indicado. Aguardé sentada en un confortable sillón tratando de apaciguar el torbellino de ideas. ¿Cómo sería este nuevo empleador? ¿Respetaría lo acordado verbalmente? ¿Podría desarrollar mi trabajo en libertad y confianza? ¿Tendría buenos modales? La puerta del consultorio se abrió y un hombre de apariencia joven me indicó que pasara. Era el doctor Moreno. Para resumir: me dio carta blanca para organizar todos los aspectos administrativos y contables de la clínica siempre que no le planteara a él ningún ´fastidioso asunto de papeles’ (sic). Tendría la colaboración de todo el personal para orientarme en los primeros tiempos y aquí fue donde me aclaró cuánto y cómo sería la modalidad de pago. Creo que la entrevista duró tan poco como la paciencia del doctor. Me derivó a su secretaria y mientras la instruía para que se pusiera a mi disposición, me dio un veloz apretón de manos y desapareció. Espero que no haga lo mismo con sus pacientes. Carolina –la secretaria- es una mujer joven y agraciada. Me precedió hasta una oficina interna con vista al parque trasero. Muy luminosa, con una vista soberbia, y absolutamente desordenada. Me dijo que hacía más de un año que no se actualizaban los archivos, que había papelería pendiente de despacho, que sólo se había gestionado lo imprescindible. Mientras mis ojos sobrevolaban el caos, mi estómago se contraía invadido por una primitiva sensación de impotencia. Aspiré con fuerza y le pedí a Carolina que me indicara las categorías de formularios, libros y documentos que allí se manejaban. Tomé nota cuidadosamente y apunté descongestionar el escritorio para hacer uso de la PC. Cuando hube estrujado toda su información, le agradecí y le manifesté que podía quedarme sola y que si la necesitara, la llamaría. Comencé a separar papeles y a guardarlos según similares. Carolina, alrededor de las trece, me escoltó hasta el comedor y me presentó a otros integrantes de la clínica. El almuerzo consistió en pollo a la parrilla con guarnición de verduras crudas y cocidas, frutas y gaseosas o agua mineral. Me aclaró que podía pedir café si lo deseaba, o esperar hasta más tarde cuando Juanita, la empleada de limpieza, lo distribuyera. Opté por lo último. Volví a mi oficina (apenas ordenada, ya sentía haberle impreso mi sello) y proseguí con la tarea de higiene. A las dieciséis, Juanita trajo el café y nos conocimos. Vos sabés cual es mi concepto acerca del personal de maestranza. A los diez minutos me contó la historia de su vida e hizo ingentes esfuerzos por enterarse de la mía. Yo le respondí a todo sin decirle nada y la incorporé a mi lista de ‘buenas relaciones’. A las dieciocho volvió para avisarme que era el horario de salida. Antes de irme y cerrar la puerta, eché una mirada satisfecha a mi alrededor. Le había dado la primera lección de esperanto a esa torre de babel. En el pasillo me crucé con Carolina que me saludó cordialmente (imagino su alivio por no haber sido molestada) y rebasé la puerta automática pensando en cómo volvería a la casa. Afuera me esperaban dos sorpresas: Francisco y Daniel. El más chico de los Biani es un gordito agradable y perspicaz. Diría que el más sagaz de la familia. Regresamos caminando por la misma senda, mientras charlábamos animadamente. Daniel quedó deslumbrado por mis conocimientos de computación, mi cinturón negro de judo y mi pasión por los relatos de terror, que comparte. Estos temas fueron apareciendo en ese orden. El primero y el segundo, exhortados por la andanada de preguntas del chico, cuya locuacidad contrasta con la moderación del hermano mayor. Y el tercero, convocado por el ocaso. El bosque luminoso de la mañana se apaga. Los árboles se condensan con las sombras crecientes y los sonidos se hacen inquietantes. ¿Qué mejor recurso que hablar del miedo para ahuyentarlo? Te confieso que me confortó divisar las luces traseras de la vivienda. Francisco me mencionó en ese momento la conveniencia de tener una bicicleta para mis futuros traslados. Me aseguró que podía conseguirme alguna prestada. ¿No dirías que percibió mis temores? Tanto Mercedes como Antonio parecieron satisfechos cuando les aseguré que efectivamente trabajaría en la clínica y seguiría hospedándome en la casa. Sólo Analía se mostraba un tanto reticente. Estimé que estaba un poco celosa. Resolví usar alguna estrategia para romper el hielo. A las veinte y treinta me llamaron a cenar. Comimos pescado y verduras al vapor. No estuvo mal. Lo mejor, el budín de pan casero. Me excusé prontamente para venir a mi cuarto, y ahora, sin excusas, me despido con un beso de vos. ¡Llamame! Sara”.

Madre e hija se miraron.

-¡Normal! –dijeron al unísono. Nina la colocó sobre la carpeta y tomó la siguiente. Un estruendoso fogonazo las sobresaltó. Rosa inspeccionó el cierre de la ventana y separó las cortinas para mirar hacia el exterior.

-Llueve torrencialmente. ¿Viajarán con esta tormenta?

-Mami, faltan dos días hasta el lunes. Habrá un sol que rajará la tierra y echaremos de menos la tormenta –acotó Nina pacientemente.

-Si yo soy dramática, vos pecás de fantasiosa. Espero que tu pronóstico se cumpla mejor que el del Servicio Meteorológico. -Volvió a sentarse en la butaca y la exhortó:- seguí leyendo que por ahora no encuentro nada extraño.

domingo 14 de diciembre de 2008

LAS CARTAS DE SARA - II

Querida Nina: recién acabo de acomodarme en el cuarto y te escribo para exorcizar las sensaciones de soledad y de temor que me acosan. ¿No es un castigo estar tan lejos y pertenecer a una clase media despojada que no puede darse el lujo de pagar unas horas de chat por Internet? Pero nunca me voy a arrepentir de haber desenmascarado al grotesco personaje que me dejó sin empleo y casi en la indigencia. Aún valiendo más su palabra que la mía, cuando estoy conmigo misma no tengo nada que reprocharme; y él, en soledad, no podrá sostener la mentira que fraguó para despedirme sin indemnización. Pero el peor daño que me infligió fue el de arrojarme a una realidad sin muchas alternativas. Con más de treinta años -aunque no los aparente- las oportunidades de trabajo en la ciudad son ínfimas. Y he aquí que, pese a tu generoso ofrecimiento, me tenés en este perdido pueblecito rural para comenzar una nueva etapa. Mañana tengo que presentarme en la clínica para hacerme cargo de la administración. ¡Suerte que en algunos lugares todavía necesitan encargados con experiencia! Aunque sea en Gantes y a cuatrocientos kilómetros de la ciudad. Por cierto, ¿no fue bastante providencial que cayera en mis manos un aviso publicado hace tantos meses atrás? Y que yo me decidiera llamar y que aún estuviese el puesto vacante.

Dada mi situación financiera, no puedo alquilar una vivienda propia, de modo que, cuando bajé en la estación, pregunté y me enviaron a la casa de los Biani, donde “seguramente me darían alojamiento”. Tienen una casa austera pero amplia que, sin dudas, vivió épocas de esplendor. Diría que es una familia venida a menos y mi llegada, junto con la renta, fue bien acogida. Es posible que hayan recibido algún aviso, porque Mercedes, la dueña de casa, me condujo prontamente hacia una habitación trasera, que tenía la cama tendida con sábanas limpias, una mesita y un sillón, sobre y desde donde te escribo. Es curioso, Nina; a medida que me comunico con vos afloja la angustia. No quiero que te perturbes con esta carta. Vos me conocés bien y sabés que voy a sacudir mis plumas y reponerme antes de lo que cante un gallo (valga la redundancia plumífera). Como el ómnibus se atrasó llegué tarde y decliné el ofrecimiento de cenar. Había comido algo y realmente no tenía hambre. Así que me acomodé en el cuarto y, por cábala, solamente saqué de la valija la ropa que me pondré mañana. ¿Cuándo me sentí tan insegura por última vez? Ni siquiera cuando apreté el botón de manos libres para que todos escucharan las indecentes propuestas del mamarracho. Pero mañana... siento como si apostara mi vida a un solo número. ¿Y si no sale? En la próxima te cuento. PD. Como corresponde a un estado depresivo, sólo hablé de mí. Mandame un mail para saber que estás bien, lo mismo que ese forzudo novio que tenés. Y decile que no vale la pena que se despelleje los nudillos en semejante basura. Te quiero y extraño. ¡Que duermas bieen...! Sara.”

Nina sonrió. ¡Esa era su verdadera amiga! Optimista a pesar de los escollos que le presentaba la vida. Buscó una carpeta y acomodó la carta boca abajo. Así quedarían nuevamente ordenadas por fecha cuando las terminara de leer y listas para cualquier consulta posterior. Tomó la siguiente:

“¡Hola, Nina! :

Aunque no lo creas, aquí no llega Internet. Después de buscar infructuosamente un ciber, entré a la oficina de correos (lugar que me pareció el más indicado para averiguar por modernos medios de comunicación) y terminé comprando sobres, papel y estampillas. Descubrí también que dentro de la misma dependencia está instalada la central telefónica y, como en los viejos tiempos, la atiende una telefonista que se entretiene escuchando las conversaciones de todo el pueblo. Por eso, te mando el número de teléfono de los Biani (06617) y de la clínica (06622) - ofrecido amablemente por el doctor Moreno- por si querés transmitirme alguna urgencia o hablar de trivialidades, pero los detalles más importantes los reservo para la correspondencia. Sucintamente te cuento que ayer conocí al resto de la familia Biani, me presenté en la clínica, me enteré de que mi sueldo inicial sería de ¡novecientos pesos! sujeto a futuros reajustes (¿no es fantástico después de soportar tantos agravios por quinientos pesos?...), me relacioné con algunos compañeros de trabajo y me hice cargo del puesto que me aguardaba.

Estoy escribiendo sobre un incómodo estante voladizo y ya termino, pero te prometo que esta noche voy a ser mucho más locuaz. ¡Tengo mil cosas que contarte! Por ejemplo, que al salir hoy de la clínica estaba esperándome Francisco, el hijo mayor de mis anfitriones, con la bicicleta que me había prometido para facilitar mi traslado al pueblo. Él en su bici y yo en la mía, pedaleamos por una senda ciclista al costado de la ruta hasta dar con una calle que termina en el centro mismo del municipio. El ejercicio me sentó de maravillas y, ni bien despache la carta, voy a dar unas vueltas de reconocimiento hasta encontrarme de nuevo con Francisco para volver a la casa. Llamame si podés. Una voz querida me falta aunque los sucesos se estén dando favorablemente. Un beso de Sara.

Hasta aquí todo normal, se dijo Nina. Una sucesión de hechos cotidianos donde lo extraño era estar en un lugar remoto donde los adelantos de la civilización no llegaban. Pero ella sabía que no era el único. De vez en cuando leía en el diario que alguna comarca rural se había beneficiado con el cableado que la uniría a la red. Estaba a punto de leer la tercera cuando sintió unos discretos golpes en la puerta de su habitación.

-Pasá, mami –dijo en voz alta.

-¿No ibas a acostarte? –hizo la pregunta mientras entraba.

-Sí. Pero me puse a releer las cartas de Sara. En alguna tiene que haber una pista que me aclare el porqué de su silencio –miró a su madre con aire contrito:- Yo sé que ni Dante ni vos comparten mis aprensiones, pero ¡te digo, mami! Si Sara no volvió a escribir, es porque pasa algo. Este silencio es un pedido de ayuda y no lo voy a desoír.

-Espero que estés equivocada, querida. ¿Por qué no pensar que está en pleno romance con ese médico y el tiempo le pasa sin darse cuenta?

-Si es así, tiene mi bendición y yo comprobaré personalmente su felicidad –sacudió la cabeza negativamente.- ¡Yo la conozco a Sara! En ese caso, más razones para compartir la situación con su amiga. No, mami, tengo el presentimiento de que me oculta algo, y si lo hace, es por no involucrarme en ese algo. Sólo estaré tranquila cuando la vea.

-Me das miedo con estos supuestos, Nina. ¿Y qué hay si cometió un error y se relacionó con gente inadecuada? ¿Qué sabés con quiénes te vas a encontrar en ese lugar olvidado de la mano de Dios? ¿Y si te pasa algo? ¿Cómo voy a enterarme? –las palabras se atropellaban en la boca de Rosa.

-¿Ves, mamá, por qué no puedo compartir ninguna inquietud con vos? Lo dramatizás todo. Soy una persona adulta y perspicaz. Me manejaré con prudencia y además voy con Dante y llevo mi celular.

-Que vaya a saber si ahí funciona. Hace una semana que no te podés comunicar con Sara.

-Ella no tiene celu, depende de la central telefónica. Y si hubo alguna tormenta es posible que la haya inutilizado. –Se levantó de la silla giratoria y abrazó a su madre:- ¡Quedate tranquila, mamá Rosa! Volveré sana y salva. Con Sara, si no se quiere quedar, o sin ella si me aseguro de que no corre ningún riesgo.

Rosa se separó suavemente de su hija y se sentó en la butaca contigua al escritorio. Le hizo un gesto a Nina y dijo:

-¡Adelante! Leé las cartas en voz alta que a lo mejor esta tonta madre tuya te pueda ayudar.

La joven lanzó una carcajada. Sin acotar nada, pasó a la tercera misiva.

domingo 7 de diciembre de 2008

LAS CARTAS DE SARA - I

Sólo escuchaba el ruido del agua que golpeaba con furia el viejo muelle de madera. Escrutó la oscuridad intentando distinguir los contornos de la isla que los rayos perfilaban espaciadamente. La luz se había cortado hacía media hora, seguramente alguna usina fuera de servicio por la despreocupación de los gobernantes de turno. La confitería de la guardería de lanchas tenía un generador propio porque clientes importantes dejaban sus embarcaciones y no escatimaban gastos para proteger su propiedad. El camarero le había anticipado a Nina que pronto la energía sería totalmente utilizada en el brazo interior donde estaban amarradas las naves. Esperaba que Dante llegara antes de quedar totalmente a oscuras. El viento y los relámpagos arreciaron. Sostuvo la copa de trago largo antes de que una racha la volteara y disfrutó de las ráfagas que iban disipando la sofocante temperatura. Pensó que si lloviera antes de la llegada de su novio no correría a refugiarse en el salón. Estaba lleno de gente que había abandonado las mesas de la terraza en cuanto se anunció la tormenta. Estaría irrespirable. La palabra la llenó de congoja porque la asoció con esa nefasta sensación que la asaltaba cuando pensaba en Sara. ¿Cuánto hacía que dejó de escribirle? ¿Un mes? Ella se preocupó a la tercera semana porque no era la primera vez que se atrasaba. Esta inquietud no fue correspondida por su madre ni por Dante, que intentaron calmarla cuando no pudo comunicarse con la clínica ni con la familia donde se alojaba su amiga. ¿Y los mails? ¿Por qué no contestaba el correo si los teléfonos no funcionaban? Pero qué tonta, se dijo. Si el teléfono no funciona, mal podría recibir el correo electrónico. Estaba absolutamente decidida a viajar a Gantes si en el fin de semana no lograba conectarse con Sara. Con o sin la aprobación de su madre y su novio. Ya se imaginaba la respuesta de Dante: ¡pero Nina! ¡Abandonar mi trabajo cuando hace un mes que me ascendieron! ¡Y con tantos desempleados que están en fila para reemplazarme! Una mano fuerte le acarició el cuello que el viento dejaba sin la protección de su larga cabellera. Se volvió para recibir en plena boca el beso de Dante.

-¡Loquita! ¿Por qué no me esperaste adentro? Dos minutos más y tengo que rescatarte del río –le dijo mientras se sentaba en la silla de al lado.

Nina miró al fornido hombre que le sonreía y alargaba el brazo para delinear con delicadeza el contorno de su cara. ¡Ahora o nunca!, se dijo.

-Dante, si no tengo pronto noticias de Sara, me voy a Gantes.

-¿Y cuándo es pronto? Si se puede saber...

-El lunes –contestó con beligerancia porque entrevió un tonito irónico en la acotación.

Él se tomó un tiempo para responder. Aquí vienen los argumentos en contra, pensó Nina, dispuesta a enemistarse con el joven de ser preciso.

-Vamos a hacer una cosa –declaró Dante al fin.- Aunque recibas noticias, iremos a verla el lunes. Vos te quedarás tranquila y yo podré planificar mi ausencia. ¿Hecho?

Ahora tardó ella en responder, porque sólo tenía que decir que sí. Archivó todos los argumentos defensivos y se inclinó para abrazarlo. Dante la apretó contra él mientras reía tiernamente. Nina, acordonada por los brazos del hombre, se abandonó a la sensación de sosiego que la propuesta le brindaba. La lluvia se desplomó sobre ellos y los obligó a correr hacia la confitería. Entraron riendo y, por un momento, se volvieron a contemplar el furioso espectáculo de la tormenta. Nosotros somos un acorde más de este concierto universal. La idea la desconcertó. ¿A quién se lo había escuchado? La escasa iluminación de la terraza se apagó y las sombras devoraron las sillas y las mesas acomodadas a lo largo de la baranda. Nina se volvió hacia Dante. Quería volver a su casa y releer las cartas de Sara. ¡Seguro que hallaría indicios que no buscó en la primera lectura! Le apretó el brazo y le dijo:

-¿Podremos llegar hasta el auto?

Su novio hizo un gesto de asentimiento. La guió hacia la parte trasera del local hasta desembocar en una escalera. Un empleado se acercó portando una linterna.

-¿Quiere bajar a la cochera, señor?

-Sí. Pero no es necesario que nos acompañe. Conozco el camino.

-Iré adelante de ustedes. Las luces de emergencia se están agotando y hay un tramo de escaleras a oscuras. Además, necesitará que lo alumbre para encontrar su vehículo. Hagan el favor de seguirme –les pidió.

Bajaron guiados por el muchacho hasta localizar el coche. Dante le dio una propina y maniobró hacia la salida. Hablaron muy poco hasta llegar a la casa de Nina. Su novio apagó el encendido para despedirse. Se volvió hacia ella y la atrajo contra sí. El beso la estremeció como siempre. Él le susurró:

-Si no tuviera que programar toda una semana de trabajo, no te bajaría en tu casa, bonita. Pero ya nos desquitaremos en Gantes, ¿de acuerdo?

Ella rió, feliz, y volvió a besarlo. Después miró hacia la calle y comprobó que la lluvia había menguado.

-¡Me bajo antes de que se largue de nuevo! Te quiero, ¿sabés? –y abrió la puerta y se lanzó a la calle antes de que el hombre le respondiera y la planificación se fuera a pique.

Colgó el llavero a la entrada del vestíbulo y se dirigió a la sala de estar. El televisor funcionando indicaba que su madre estaba levantada. Sonrió al verla adormecida delante de la pantalla. Se acercó con sigilo y le dio un beso en la cabeza.

-¡Nena! –Dijo con sobresalto- ¡Qué flor de madre tenés! ¡Mirá que dormirme con lo preocupada que estaba! Esta no es una tormenta cualquiera...

-No, mamá, si afuera está amarrada el arca de Noé... –la interrumpió Nina-Además estaba con Dante, ¿qué podría pasarme?

-No sé. Árboles caídos, cables cortados… ¡Yo qué sé!

-Sos dramática, madre –dijo la muchacha sentándose a su lado. ¿Sería el momento apropiado para anunciarle el viaje? Sí. Porque lo haría le gustara o no. Apoyó la cabeza sobre el regazo de la mujer y, mientras ésta le acariciaba el pelo, le informó:- El lunes me voy a Gantes.

La mano detuvo su lento recorrido. Tras un instante de silencio, llegó el comentario de su madre:

-No podré convencerte de lo contrario, ¿verdad? –y antes de que pudiera responderle:- Has tomado la decisión y espero que no vayas sola. ¡Y pensar que Sara podría estar viviendo con nosotras y no en ese remoto lugar!

¡Querida mamá Rosa!, pensó Nina. Siempre tan intuitiva. Sabe que no me voy a echar atrás y no quiere empezar una pelea. Para tranquilizarla, confirmó:

-Me acompañará Dante. Ya debe estar preparando el cronograma de trabajo. ¿No es un sol este novio mío? –se levantó, le dio un beso y anunció:- me voy a dormir. Mañana empezaré a armar la valija. Que descanses, mamá.

-Hasta mañana, querida -suspiró Rosa.

Nina entró en su dormitorio y cerró la puerta. Abrió el primer cajón del escritorio y sacó un manojo de cartas. El sutil perfume que distinguía a Sara flotaba sobre el papel como un aura. La vívida imagen de su amiga, mi hermana del alma, irrumpió en su interior con la fuerza del afecto que las unía desde niñas. A Sara le debía no haber incursionado más que en la fumata de un porro, haber podido enfrentar la decisión de su padre que menospreciaba su inclinación por el arte en función de una carrera “con futuro”, la incondicional compañía por los difíciles momentos de la adolescencia. Juntas, compartieron sueños y desengaños. Sara no pudo continuar una carrera universitaria por haber dedicado todo el tiempo a cuidar de su madre postrada por la depresión. Cuando su progenitora falleció, buscó un trabajo de empleada administrativa para el cual estaba preparada. Vivía en un departamento compartido con dos estudiantes y, durante el receso universitario, Nina compartía los fines de semana con ella. Hasta que conoció a Dante, claro…

Salió de su abstracción y sacó las misivas de los sobres. Las acomodó por fecha y comenzó a leer la primera:

sábado 22 de noviembre de 2008

POR SIEMPRE - XXVIII

René y Celina aparecieron para el almuerzo. Habían zanjado su diferencia y anunciaron a familiares y amigos el comienzo de la convivencia tan pronto la joven ordenara sus asuntos en la ciudad. La noticia fue recibida con alegría por los presentes y con displicencia por Diana. Sergio, consolidado en su rol de buen hijo, festejó la decisión de la pareja. Don Arturo no cabía en sí de satisfacción, y sus ojos rodaban desde el rostro distinguido de su nieto hasta el de su hermosa mujer. Andrés preguntó:

-¿Cuándo se van a casar?

René se largó a reír, y con un gesto de burlona cortesía le cedió la palabra a Celina. La muchacha lo miró calmosa y le contestó al jovencito:

-Por ahora vamos a vivir juntos.

-¿Y no va a haber fiesta? -dijo Andrés decepcionado.

-¡La más grande que recuerdes! -aseguró su abuelo abrazándolo.

El nieto sonrió alborozado y volvió a ocuparse de la comida. Diana rompió su excéntrico laconismo:

-¿Hay algún impedimento para una boda?

Esta vez René asumió la respuesta:

-Lo haremos cuando tengamos un hijo.

-¿Y por qué no lo hacen por ustedes mismos? -se asombró Sergio.

-Celina no quiere. Y punto -el tono del hombre no admitía otra pregunta.

Su hijo se encogió de hombros y sin alterarse, prosiguió con el almuerzo. Cuando terminaron, René les propuso una cabalgata a las amigas, a lo cual adhirió Andrés. Los cuatro partieron para la caballeriza para elegir sus monturas. Celina, apenas lo vio, abrazó el pescuezo y puso un beso entre los ojos de Amigo, quien empujó la cabeza contra la de ella con suavidad como si quisiera devolverle la caricia. Montaron sobre los caballos ensillados y salieron bajo el sol brillante. Cabalgaron por la extensa propiedad sintiendo la maravillosa sensación de libertad que los briosos animales les transmitían en su carrera. René les indicó dirigirse hacia el grupo de hombres atareados en su faena, comandados por Sergio y Jeremías. Don Arturo se había acomodado a la sombra de un árbol y fumaba despaciosamente la pipa. Les hizo un gesto de bienvenida cuando los divisó y se acercó solícito para ayudar a desmontar a Celina y a Sofía aunque no lo necesitaran. Andrés reclamó el mismo tratamiento de su bisabuelo y se quedó sobre su montura hasta que el anciano lo recibió en sus brazos. Los visitantes se acercaron a saludar a los hombres que ya reconocían a Celina como la mujer de su patrón y a Sofía como su amiga. Sergio y Jeremías se arrimaron haciendo un alto en su tarea. El joven apretó el brazo de su padre férreamente mientras le decía riendo:

-¡Esto se llama buena vida, viejo! Pasear en compañía de dos bellas mujeres mientras los demás se fríen los sesos trabajando.

-¡Ya era hora que devolvieras los sacrificios a tu padre, muchacho insolente! –replicó René enganchando con su brazo libre la cabeza de Sergio y atrayéndolo hacia él.

Los dos se abrazaron cariñosamente mientras Celina, ante la conducta normal del hijo, ingresó en una zona de calma que Sergio nunca perturbaría. Jeremías, al tanto de su flamante alianza, se dirigió a la pareja tomando con sus manos una de cada uno:

-Kona, domo huinka, que Ngenechen bendiga esta unión manteniendo siempre vivo el anhelo de üñamtun.

-Chaltu, inka. Honraremos tu deseo -respondió René apretando la mano del capataz.

Celina lo abrazó y le dio un beso, diciendo graciosamente:

-Gracias, Jeremías. Aunque no haya entendido tus palabras ni las de René, estoy segura que son bienintencionadas.

-No lo dudes, hue malén. Es derecho de tu ayün ofrendarte su significado -contestó el capataz con la seriedad propia de todas sus declaraciones.

La joven distinguió un nebuloso eco de travesura en la manifestación de Jeremías y ladeó su cabeza para mirar a René con gesto de interrogación. El estanciero, riendo, la atrajo hacia él y le susurró al oído:

-Dijo que Dios bendiga nuestra unión y mantenga siempre vivo el anhelo de hacer el amor, y que es derecho de tu amante ofrecerte su significado -le besó la oreja y la sien amorosamente antes de separarla para contemplar su semblante.

Celina, para no perder la costumbre adquirida en esos pagos, mostró un rostro arrebolado por el sentimiento de ser transparente a la vista de Jeremías. René le sujetó la mano y la llevó a sus labios al tiempo que su mirada la envolvía en un capullo de amor impermeable a cualquier pensamiento ajeno. Le sonrió confortada y caminó a su lado para despedirse del grupo trabajador. Volvieron a montar para emprender el regreso a la casa. Las amigas debían preparar el equipaje para viajar a la tarde siguiente. René había conseguido pasajes aéreos en su afán por que Celina estuviera de regreso cuanto antes. Había pensado en acompañarlas, pero debía estar presente en una importante transacción que se celebraría en dos días. La tarde transcurrió rápidamente mientras Sofía y Celina acomodaban sus pertenencias. La joven prometida volvía con una pequeña maleta pues gran parte de su vestuario y los presentes recibidos quedaban en la habitación de René.

-Es cierto que no hay plazo que no se cumpla -dijo Sofía mientras cerraba la valija, y agregó:- ¿No te resulta extraño tener que volver?

-Si no fuera por mamá y mi trabajo, no volvería -afirmó Celina.

-Te entiendo, querida. Pero vas a dar la vuelta para caer en brazos de tu amado. ¿Y qué va a ser de mí en esa ciudad hueca de amigos sin tener con quién compartir mis desengaños? -se lamentó Sofía ostentosamente.

-¡Vamos, Sofi! No estamos en continentes distintos. ¿Por qué no venís a vivir aquí? Conmigo o sola, ya que te lo podés costear.

-No estoy hecha para el campo, Cel. En poco tiempo me pondría tan fastidiosa que querrías echarme. Además, la oportunidad que te llegó no se presenta dos veces.

-No estés tan segura. Te tomaste muy poco tiempo para conocer a Julián, por ejemplo -sentenció Celina empecinada.

-¡Uf! Es muy lindo pero no es mi tipo -aseguró con vehemencia.

-Entonces, ¿tu tipo son los hombres feos? -la miró, inclinando la cabeza.

Sofía admiró la determinación de su amiga para desarticular sus negativas.

-¿En qué estás pensando? -la interrogó a su vez.

Celina puso los brazos en jarra y le respondió sin evasivas:

-En Mahún.

-¿Qué? Es un bicho y encima mal educado -dijo enojada.

-No te reconozco en esta modalidad discriminatoria y poco piadosa -se asombró su amiga.

-Mirá, Cel, es más factible que me quede aquí por don Arturo, que por ese… espeleólogo.

Celina la miró risueña porque nunca había visto a Sofía tan enfadada por un tipo. ¿No era un poco exagerada su animadversión? Decidió echar más leña al fuego:

-Será poco atractivo de rostro pero cuando sonríe se transforma, o cuando habla te olvidás de su aspecto. Y en cuanto al físico…

-¡Te prohíbo que le sigas haciendo de esponsor! -explotó Sofía interrumpiéndola.

Celina mostró sus palmas hacia arriba con un gesto de sorprendida ingenuidad. Las amigas se miraron; con desafío por parte de la una y con cariño por parte de la otra hasta que el calor del afecto diluyó la irritación de Sofía.

-¿Cuánto te paga el cacique para hacer proselitismo...? -preguntó con la insolencia de siempre.

Celina se aflojó con una carcajada. No estaba en sus planes malquistarse con su amiga del alma, mas percibió algo en la expresión de Sofía que la animó a seguir:

-Nada. Pero tengo ojos en la cara para advertir una estampa varonil –dijo con soltura.

-A René no le causaría mucha gracia enterarse de tu comentario… - sermoneó amenazante.

-Aunque no se va a enterar porque vos no le vas a contar… ¿Verdad?

-¡Si no me molestás más con tus insinuaciones! –contestó belicosa.

Celina hizo un gesto de asentimiento y se dio por satisfecha. Creía haber sacudido la coraza con que se revestía su amiga y detuvo la provocación. Le echó los brazos al cuello y no se dio por agraviada cuando Sofía la apartó con aire ofendido. Ella le hizo cosquillas hasta que la obligó a reír y terminaron envueltas en un abrazo. Cuando se separaron, su amiga de siempre preguntó:

-¿Van a perder tiempo cenando con la familia o se van a dedicar a la despedida?

-Esta noche cenaremos solos, en el departamento de René –respondió Celina soñadora.

-¡Bien, bien, bien! ¿Podrás despegarte de sus brazos para venir a buscarme?

-No seas exagerada... Me voy a duchar –dijo con una calma que no sentía y se dirigió al baño.

Sofía suspiró y se armó de paciencia para enfrentar la última jornada en la estancia. Se consoló pensando que, salvo Diana, los integrantes de la familia eran muy agradables. Se dedicaría a ellos. Celina salió frotándose el pelo con una toalla y comenzó a vestirse. Se puso un vestido blanco de pequeñas mangas abullonadas que caían arrastrando el escote y dejaban sus magníficos hombros al descubierto. Bajo el talle ceñido resaltaban su estómago y su vientre planos y la falda corta descubría la esbeltez de sus piernas.

-¡Estás preciosa, Cel! –le dijo espontánea, y añadió:- René te va a secuestrar.

-Cambiate, novelera, que es hora de cenar. No hagamos sufrir a los muchachos –le recordó el juego de palabras que usaban para urgirse mutuamente.

Sofía acató la orden y poco después bajaron al salón donde esperaba René. Cuando vio a Celina se olvidó del mundo y se le arrimó como el hierro al imán. Le encuadró la cara entre las manos e inclinó su rostro para fundir su mirada en los ojos amados y los labios en la boca que esperaba. Sofía aguardó un tiempo prudencial y carraspeó ruidosamente. Los enamorados dejaron de besarse y el hombre volvió a la realidad:

-¡Sofía, aquí estás! Te ves hermosa –la piropeó.

-Gracias, galán, por reparar en mi humilde presencia –le respondió con mordacidad.

René no perdió el aplomo. Le dispensó una sonrisa seductora y le confió:

-Sé de otros galanes que sólo reparan en tu presencia…

Celina enlazó su brazo al de René, lo pellizcó para detener un nuevo conflicto y le dijo con dulzura:

-¿Qué te parece si nos vamos para que Sofía pueda cenar?

El hombre acusó recibo de la advertencia y, sin desligar su brazo, se inclinó y besó a la amiga en la mejilla. Luego dijo con cómica resignación:

-Obedecerla es mi cometido, Sofía. Nos veremos mañana en el aeropuerto.

-¿Iré sola? -consultó con inquietud.

-Ya he dispuesto que te pasen a buscar a las cuatro de la tarde-la tranquilizó René con una sonrisa.

-Bueno, gracias por avisarme -repuso, sin poder evitar la ironía. A continuación los exhortó:- ¡Vayan de una vez y no malgasten el tiempo!

Tiró un beso al aire y desapareció con una risa juguetona.

La pareja se despidió de la familia que estaba instalada en la galería, de Rayén y de Ronco, y enfiló hacia el departamento de René. En ese ámbito estimulante recrearon el amor como si fuera la última oportunidad. Se durmieron estrechamente abrazados esperando el milagro de tornarse uno al despertar. Celina fue la primera en abrir los ojos. Se desasió suavemente de René para no turbar su reposo y contempló el poderoso cuerpo masculino abandonado al sueño. La idea de no verlo por un tiempo le provocó una dolorosa sensación de desamparo que aquietó con un movimiento de cabeza mientras se incorporaba para ir al baño. Abrió la ducha y el agua tibia relajó sus músculos y sus pensamientos. La sutil caricia de un beso en la nuca le anunció la felina entrada de René. Giró entre los brazos anudados a su cintura mientras el agua golpeaba voluptuosamente sobre sus cuerpos. Enceguecida por la lluvia le echó los brazos al cuello y levantó la cara para besarlo. Las caricias del hombre le despertaron un intenso erotismo que se extendió como fuego desde el estómago hasta la entrepierna. René, en total erección, la levantó por los muslos y le apoyó la espalda contra los azulejos hasta que ella se afianzó moldeando con las piernas los flancos masculinos. Con inusual urgencia, el miembro se hundió en su interior arrancándole un grito de placer doloroso. Se apretó más fuerte contra el pecho vigoroso para soportar el empuje y apoyó la cabeza sobre el hombro de René. Las manos del hombre almohadillaron su espalda y la boca albergó sus pechos hasta que los pezones se le endurecieron de excitación. Los gemidos se le transformaron en clamor cuando arreció el embate anticipando el advenimiento del clímax, que los arrastró exhaustos hacia el piso. Celina quedó enredada sobre el cuerpo de René quien la sostuvo con la calma del cielo azul después de la tormenta. Innumerables besos mariposearon sobre su cara y su nariz aumentando la sensación de placidez que la embargaba en el manso abandono.

-¡Querida mía...! Me volví un poco loco cuando te vi tan hermosa y pensé en tu ausencia... –le susurró el hombre.

Celina frotó su nariz contra la garganta de René y murmuró embriagada:

-Me encanta un poco de locura...

Él le acarició la cabeza y la apretó contra su cuello mientras manifestaba:

-¡No quiero hacerte daño nunca...!

La joven sonrió y le rozó la mejilla.

-Me tomaste por sorpresa, pero no soy de cristal.

-¡Ni lo diga, mi señora! Usted es de exquisita carne… -afirmó su amante con cara de pascua.

Celina rió y se incorporó con agilidad. Se metió bajo la ducha para terminar su baño mientras René la observaba extasiado desde el suelo. Al salir ella hacia el dormitorio, él se levantó y se duchó. Cuando estuvieron listos, cargó la maleta de Celina hasta la recepción donde se despidieron de León. Julián los esperaba en el hotel para almorzar y se mostró un poco decepcionado cuando no vio a Sofía, pero la comida transcurrió en un clima de alegre cordialidad. René no se olvidó del helado de Celina y contempló con embeleso el deleite con que lo saboreaba. Recorrieron el exuberante jardín mientras hacían la digestión y a las cuatro se despidieron de Javier para dirigirse al aeropuerto. El viaje fue extrañamente silencioso, cada cual sumido en sus propios pensamientos. A poco de llegar apareció Sofía escoltada por Mahún. Celina hizo un gesto de sorpresa y le dijo a René:

-¿Qué hiciste?

-¿Yo? Nada -respondió sorprendido.

Sofía vino a la carga apenas los vio. Le soltó a René entre dientes:

-Esto nunca te lo perdonaré.

El hombre la miró desconcertado y postergó las preguntas para estrechar la mano de Mahún.

-¡Chaltu, peñi!

-Feley, peñi -le devolvió el guía.

René dejó a Celina charlando con Mahún y se acercó a la contrariada Sofía.

-¿Qué hice para que no me perdonés? -le preguntó sin ambigüedad.

-Endosarme a ese individuo -contestó desafiante.

El estanciero la miró con paciencia y se repitió que era la amiga de Celina.

-Traducime. Él tuvo la cortesía de acompañarte.

-Vos sabés lo que opino de ese hombre y por lo tanto no era la escolta más adecuada para traerme al aeropuerto -insistió porfiada, y subrayó:- No hablamos una palabra en todo el viaje.

-No será por capricho de Mahún… -manifestó René, calmoso. Y a continuación:- No riñamos, Sofía. Que bastante me pesa dejar a Celina.

La joven observó la expresión contrita del estanciero y se suavizó.

-¡Te perdono, hombre! Mis problemas son triviales al lado de los tuyos. Y no te aflijas, la voy a cuidar para que vuelva completita a tu lado, ¿eh? -lo tomó del brazo con afecto.

René le alborotó el pelo y mientras caminaban para reunirse con los otros, se dijo que era curioso el arrebato de Sofía. ¿La inquietaría Mahún con su silencio? Escuchó el llamado de los altavoces y se apresuró hacia Celina. La abrazó y le pidió con voz enronquecida:

-¡No te vayas, mi amor! ¿No podés arreglar las cosas por teléfono?

La muchacha se apretó contra él y trató de restarle seriedad al momento:

-Las mujeres de la ciudad somos así. Nos gusta resolver los asuntos frontalmente… como sabrás- le dirigió una ostensible mirada de complicidad.

El hombre no pudo menos que reírse. Le cubrió la boca con un beso interminable y la soltó para despedirse de Sofía:

-Recordá tu promesa -le dijo mientras la abrazaba con vigor.

Celina se despidió de Mahún con un beso en la mejilla y su amiga le tendió la mano tibiamente. El guía la sostuvo entre la suya un poco más de lo acostumbrado mientras la miraba con intensidad. Sofía, perturbada, bajó los ojos y rescató su extremidad. A Celina le asaltó la clara premonición de que el porvenir de Sofía se concretaría en el sur. Traspuso, dichosa, la puerta de ingreso a la pista y se volvió para saludar al hombre que estaba arcanamente unido a su destino.

FIN

La vida de las amigas tuvo las mismas alternativas de alegrías, tristezas, encuentros y desencuentros que constituyen el fundamento de la existencia. Ésta es sólo la crónica del prodigioso instante en que irrumpe el amor.

domingo 2 de noviembre de 2008

POR SIEMPRE XXVII

Las amigas subieron a su habitación dejando atrás a René que se acostó solo, ilusionado con la noche venidera. Sofía nunca terminaba de asombrarse por la clarividencia de Celina que, sin un pedido expreso, había comprendido su estado de orfandad. Por un momento se sintió culpable ante René, pero se absolvió pensando que él ya tendría tiempo de disfrutarla. Tras la puerta cerrada, quedaron a solas en el cuarto. Se estudiaron para reconocerse, dos almas complejas que hasta ahora habían peregrinado por experiencias amorosas comparables. Sofía tomó conciencia del cambio operado en su compañera al haber transitado por un paraje todavía fuera de su alcance. Celina se juró sofocar cualquier muestra de entusiasmo para no herir a su alicaída amiga.

-Y bien, ¿cómo te fue? -la pregunta rezumaba urgencia.

-Bien, bien… -contestó la interpelada parcamente.

Sofía abrió desmesuradamente los ojos celestes y la miró escandalizada.

-¡Vamos, vamos! ¿A quién creés que engañás? Parece que en vez de amor te hubieran dado un laxante…

Celina la miró contrita y abrió la boca para responder, pero su amiga se anticipó:

-¡Cel! No te mortifiques por mí, que cuando me enamore viajaré desde la China para compartirlo con vos. No seas egoísta y contame todo lo que puedas… -rogó graciosamente.

Celina respiró con alivio y se reprochó haber menospreciado a su querida amiga quien, para su tranquilidad, desplegaba el sarcasmo de siempre. Se cruzó de brazos e inclinó graciosamente la cabeza en ese gesto personal de cuando no sabía por donde empezar.

-A ver…

-Te la voy a hacer fácil. Respondé a mis preguntas -propuso Sofía, y luego, al ver la expresión cuidadosa de su amiga:- Las que quieras y como quieras, mujer desconfiada.

Celina la abrazó riendo y la llevó hacia los cómodos sillones contiguos al balcón. Miró la lluvia que tantos recuerdos le traía y la instó con humor:

-¡Adelante! Estoy preparada.

-¿Cuántas veces te…? -largó una carcajada y se enmendó -¡No, no, Cel! Ahora va en serio. ¿Cómo te convenció para llevarte con él?

-No necesitó hacer ningún esfuerzo. Parecía tan natural su propuesta…

-¿Qué te propuso…?

-Cuidarme. Y no me sonó presumido.

-Es todo un cambio para quien se pasó protegiendo a su padre, a su madre, y hasta a su amiga -observó Sofía con cariño.

-Bueno, me afloró la veta de debilidad femenina que tanto censuré, y me puse en sus manos.

-¿Literalmente? -preguntó su amiga con picardía.

Celina sonrió como la Mona Lisa y no respondió. Sofía volvió a la carga:

-¿Cómo es el departamento?

-Hermoso y amplio, decorado con buen gusto, con una vista espectacular -resumió su amiga.

-¿Cuándo se acostaron? -le preguntó sin rodeos.

-Después de almorzar -fue la escueta respuesta.

Sofía quería más detalles. Se devanó los sesos para desmenuzar la pregunta:

-¿Se dieron tiempo para comer?

-Y para recorrer la casa, para charlar, para brindar, para bailar… -el resto lo dejó en suspenso.

-¿Qué es estar enamorada?

-Sentir que una descubrió la esencia del amor -definió después de una pausa.

-¡Ay, Cel! ¿Lograste llegar a esa revelación? -preguntó Sofía deslumbrada.

-¡Sí! Y vos también lo sentirás el día que te enamores. Como todos los amantes -certificó en forma categórica.

Se miraron magnetizadas. A Sofía le quedaba una última pregunta basada en la definición que ambas habían compuesto de la relación sexual.

-¿El sexo es sólo una sensación genital? -la pregunta quedó picando en la memoria colectiva del dúo.

Celina se mordió el pulgar y buscó palabras para transmitir a la amiga su nueva concepción de la relación sexual:

-El sexo es piel, sangre, extremidades, los cuatro sentidos, corazón, terminaciones nerviosas, genitales, músculos, instinto, y huesos para sostener el cuerpo de tu amante –terminó sin aliento.

Sofía respondió al arrebato apasionado con un palmoteo:

-¡Quién te ha visto y quién te ve! –exclamó con aspaviento, y agregó:- Nuestro caduco enunciado no fue tan elocuente…

Celina se aflojó con una carcajada y citó:

-“El acto sexual es una sensación genital que depende de la templanza del macho”. Minúsculo depósito, ¿no?

-Creo que tendré que reconsiderarlo para el futuro –asintió Sofía juiciosamente.

Su amiga se desperezó y ahogó un bostezo.

-¿Qué tal si descansamos un poco? –consultó.

-¡Ah! Cierto que un hombre que me debe detestar nos llevará de paseo –recordó Sofía.

-Por cierto que nunca te lo demostrará, ridícula –le contestó Celina entre risas.

-¡Cel, llamala a tu vieja porque en cualquier momento se aparece! ¡Ah! y decile que recién pudiste salir del la casa inundada de Jeremías…

La joven le lanzó una mirada interrogante.

-Fue lo único que se me ocurrió. No podía decirle que todavía andabas corriendo por el campo…

-Podrías haberle dicho que me había ido con René… -simplificó con una sonrisa.

-Le dije lo que le habría dicho a mi progenitor, así que hablale y arreglá el lío -refunfuñó su amiga.

Celina se acomodó junto al teléfono y llamó a su mamá. La charla fue cariñosa y la instó a que fuera más paciente y se quedara tranquila. Cuando colgó, la empujó a Sofía aparatosamente para despegarla del costado al cual se había adherido grotescamente mientras se comunicaba con su madre. Se acostaron con la alegría de haberse reencontrado entre la felicidad de la una y la esperanza de la otra. A las cuatro de la tarde Rayén las despertó para que se alistaran y merendaran antes de la excursión. Abajo se encontraron con Andrés, Walter y Camila que formarían parte de la expedición. El médico aclaró que Diana no gustaba salir con tiempo tormentoso.

-El señor René fue a buscar la camioneta –le informó Rayén a Celina.

Asintió con una sonrisa que se amplió cuando lo vio entrar. El hombre saludó y se dirigió directamente hacia ella para besarla. Comieron rápidamente y salieron bajo la lluvia porque el abuelo quería cumplir la promesa que le había hecho al nieto. El jovencito viajó adelante con Celina y los demás se acomodaron en la parte de atrás del espacioso vehículo. El trayecto duró casi una hora por una carretera resbaladiza por las continuas precipitaciones. Cuando llegaron a destino, René pagó las entradas y saludó familiarmente al guía, inconfundiblemente mapuche. Mahún había trabajado varios años en la estancia y ahora guiaba a los excursionistas. El estanciero le presentó a Celina como su futura esposa y a Sofía como la mejor amiga de Celina. A causa del día, fueron los únicos visitantes de la Gran Caverna. Salvo Mahún y René, nadie la conocía. Ingresaron por una abertura de tamaño medio que conectaba con un túnel donde comenzaba un entablado con barandas a cada lado, iluminado regularmente por lámparas colocadas a los costados del camino. La gruta iba haciéndose más espaciosa a medida que se internaban en las galerías interconectadas, donde el agua de lluvia que se filtraba arrastrando carbonatos y silicatos, generaba, al solidificarse, estalactitas y estalagmitas que formaban figuras cada vez más complejas. La sensación de vagabundear por un paisaje ajeno a la tierra se hacía tan evidente como el sentido de religiosidad que sobrevenía al sumergirse en ese oscuro y milenario mundo sólo alumbrado por las luces artificiales de los hombres. Celina se estremeció al pensar que pasaría si las lámparas se apagaran y se perdieran en ese mundo subterráneo. Me moriría haciendo el amor con René, se consoló. La presencia del hombre a su lado, hablándola, sosteniéndola, deslizando palabras amorosas en su oído, besándola y acariciándola con la complicidad de las sombras, era más concreta que la misma muerte. Lo deseó con la misma violencia que amaba la vida y se asustó de sus sentimientos. Él, como sintonizando su estado de ánimo, la arrastró detrás de una formación rocosa para apretarla contra su cuerpo y besarla hasta que todo se serenó. Volvieron con el grupo esforzándose por recuperar el aliento y la moderación. El camino explorado y señalado se extendía por tres kilómetros, a cuyo final no llegaron porque la cuidadosa caminata llevaba más de dos horas y habría que sumar otras tantas para regresar. El retorno los volvió a maravillar al observar desde otro ángulo las esculturas del tiempo. Los comentarios se hacían en voz baja como si nadie deseara interrumpir la majestad del lugar. La lluvia seguía azotando el agreste paraje y se refugiaron en el comedor local que abrió para atenderlos. René invitó a Mahún a compartir la cena y pasaron uno de los momentos más placenteros que recordaba Sofía. El guía era un hombre corpulento de rostro poco expresivo que cobraba vida en las pocas ocasiones que sonreía. Lo que soslayaba el poco atractivo de sus facciones eran su erudición y su pasión por las costumbres de su pueblo tan compenetrado con la naturaleza. Las amigas no se asombraron cuando René les contó que Mahún cursaba la carrera de espeleología y que había sido el principal explorador de la Gran Caverna, pero sí cuando les dijo que tenía veintiocho años porque ellas lo habían aquilatado como un hombre de casi cuarenta. La comida se prolongó hasta la medianoche en medio de una animada conversación donde Mahún y René le relataron a una interesada audiencia pormenores de costumbres y lugares que despertaron los más variados y, a veces, graciosos comentarios. El guía se dirigía generalmente a Celina y a Camila y nunca a Sofía, entre las mujeres. Con los hombres no hacía ninguna discriminación. Se rieron de varias observaciones que hizo Andrés y cuando se separaron Mahún prometió visitarlos en la estancia.

-Esta vez Mahún cumplirá su palabra -dijo René cuando emprendieron el regreso.

-¿Por Celina? -se le escapó a Sofía.

-¿Qué? Lo mataría -soltó el estanciero con aplomo, y agregó:- Por vos. Te echó el ojo y no va a renunciar fácilmente.

-¡Pero si no me dirigió la palabra! -protestó la joven con asombro.

-Es una estrategia para forzar tu atención -aclaró René.

-¡Que tontería! -dijo Sofía incrédula.

-¿Te fijaste o no en su proceder, aunque te haya molestado? -insistió el hombre.

-Sólo porque me pareció desconsiderado -confesó con fastidio, y concluyó:- No veo que sea la manera más propicia de iniciar una relación. Si me disculpás, me muero de sueño.

-Que descanses, Sofía -respondió el estanciero con cordialidad.

Celina, que había seguido el diálogo luchando contra el sopor, se adormeció sobre René como Andrés lo había hecho sobre ella. Atrás, las mujeres se apuntalaron mutuamente, al tiempo que Walter se obligó a estar despabilado para disertar con René acerca del acompañamiento de los durmientes. Cuando se acomodaron en los dormitorios daban las dos de la mañana. René cerró la puerta y sin encender la luz abrazó a Celina hasta incrustarla contra su ávido cuerpo. Ella tembló de excitación y se desmadejó en los brazos del hombre que la alzaron para llevarla a la cama. Se desnudaron confesándose la necesidad mutua, la pasión inagotable, el nuevo sentido de la existencia. Sus cuerpos se confundieron en el cenit del deseo recíproco hasta alcanzar la culminación del placer que los disolvió como el sol a la escarcha. Se durmieron abrazados hasta la mañana, cuando René, esperanzado, le propuso matrimonio.

-No es necesario, querido. Prefiero seguir así.

-Celina, yo te amo y necesito compartir lo que siento con todos. Con mi familia, con la tuya, con mis hombres, con tus amigos…

-¿Podemos hablar de esto en otro momento? -murmuró acongojada.

René la estrechó contra él y le acarició el rostro con ternura, mientras le preguntaba:

-¿Qué te causa miedo, mi amor? ¿Es que no estás segura de tus sentimientos? -la mirada afligida del hombre la hizo llorar. Hundió la cara en su pecho y lo inundó de lágrimas conmovidas mientras él trataba de consolarla totalmente ajeno a su reacción. Cuando pudo hablar, le dijo entre sollozos:

-¡Es que no quiero que tu familia piense que me interesan tus bienes! -y volvió a ocultar su rostro ardido contra el cuerpo amado.

René trató de levantarle la cabeza pero ella se resistió:

-¡No me mires, que estoy horrible! -pidió consentida.

El hombre se rió y la separó de su cuerpo que ya estaba mostrando los efectos del juego amoroso. Le levantó la barbilla y la miró cautivado mientras le decía:

-Estás para comerte. ¿Y de dónde nace esa idea extravagante sobre mi familia…?

-Lo pensé yo sola -balbuceó.

El beso la despojó de toda resistencia. René, amoroso, le preguntó:

-¿Y si tuviéramos un hijo, le negarías el apellido del padre?

Celina lo observó con los ojos entrecerrados. Un hijo nuestro, pensó, y le sonó excelso. Para no ceder enseguida, se encogió levemente de hombros. René la estrechó y le dijo sobre su boca:

-¿Probamos…?

Ella no se intimidó. Abrazó al hombre que había iluminado su vida y enlazó las piernas alrededor de su cadera.

domingo 28 de septiembre de 2008

POR SIEMPRE - XXVI

Sofía se despertó temprano con el pensamiento centrado en Celina. Quería tener noticias de su amiga y no se resignaba a la espera pasiva. La tormenta, que aún continuaba, ayer la había confinado al radio de su habitación porque no deseaba encontrarse con Diana. Había hablado con Susana y ya no tenía excusas para disculpar a Celina. Lo último que se le había ocurrido, y que sólo había preocupado a la madre, era que su amiga había quedado aislada en casa de Jeremías a causa del temporal y que el capataz carecía de medios de comunicación. Ya vería cómo salir de ese embuste, se dijo. Decidió bajar a desayunar, creyendo que había pocas posibilidades de toparse con la ex de René. Rayén la saludó con afecto:

-¿Durmió bien, señorita Sofía?

-Más o menos, Rayén. Pero me muero de hambre -respondió con una sonrisa.

-Siéntese que en seguida le sirvo -dijo la mujer.

La muchacha miró hacia el exterior y le pareció que el cielo estaba menos encapotado que el día anterior. Combinaba con su ánimo; taciturno de experiencias frustradas, de soledad agudizada, de autoestima disminuida. Rayén compareció con café, leche, buñuelos y pasteles frutados que le hicieron olvidar por un momento su desánimo. La retuvo familiarmente por un brazo:

-Rayén, ¿cuándo pensás que van a volver Celina y René?

-Pues no sé, señorita. Pero deben estar muy entretenidos -dijo la mujer risueñamente.

-¿Vos creés que René la quiere bien?

-¡Eso ni lo debe dudar! Nunca estuvo tan enamorado como de la señorita Celina. Ruego que ella lo quiera igual porque no hay hombre mejor -declaró con fervor.

-Eso tampoco lo dudes, Rayén… -dijo la muchacha, pensativa.

La aparición de Andrés cortó el diálogo. Besó a las mujeres y se aprestó a comer.

-¿Cómo es que madrugaste tanto? -preguntó Sofía sonriendo.

-¡Porque el abuelo prometió llevarme a la Gran Caverna con ustedes! -desembuchó tratando de sorprenderla.

-¡Ay, pero el tiempo está muy feo!

-No importa. Vamos todos en la camioneta y en la caverna no llueve -replicó con lógica.

Sofía pensó que las cosas se complicarían si la pareja no daba señales de vida. ¿Cuánto disfruté en estos días?... Nada. Mentira. Fuimos al lago Tig, paseamos por la estancia, nos divertimos en el arroyo, participé de un homenaje y de una búsqueda, me vi cara a cara con el hombre de mis sueños recurrentes… ¡Pero en mi vida no cambió nada!

-¡Buen día! -el saludo de Walter la rescató de su cavilación.

-¡Buen día! ¿Y Diana? -preguntó por cortesía.

-Quedó descansando. Le dolía mucho la cabeza -dijo mientras se sentaba.

Lo que le duele es la desaparición de los amantes, sus recuerdos, y lo que imagina. El impiadoso juicio no le provocó arrepentimiento. Walter se interesó:

-¿Se sabe algo de René y… eh… Celina?

-Aún no. Pero René debe cumplir una promesa a su nieto -le contestó, incautando la confidencia del niño.

-¡Sí, abuelo! Hoy vamos a ir a la Gran Caverna -Andrés se sentía importante.

-¡Ah…! -dejó escapar Walter, sin comprometerse.

Camila hizo su entrada saludando a todos con amabilidad. Sofía sentía un real aprecio por la mujer de Sergio, siempre sencilla y afable. No era muy locuaz y en sus ojos se adivinaba una oculta tristeza, pero relucían con amor cuando miraban a su esposo y a su hijo.

La lluvia volvió a descargarse torrencialmente. Todos miraron hacia fuera con el mismo sentimiento de claustrofobia. Walter sugirió instalarse en la sala para jugar a los naipes, propuesta que fue aceptada con entusiasmo por Andrés, con cortesía por Camila y con resignación por Sofía. A pesar de sus reparos, pasaron una hora entretenida hasta que Rayén, resplandeciente, vino a comunicarles que “el señor René llamó y dijo que van a venir a almorzar” dando por sobrentendido con quién. Andrés aplaudió y Sofía recuperó el humor. Celina podría explicarle a su madre el retraso en la comunicación y ella, viéndola, constataría el estado de gracia de su amiga. Abandonaron el juego y mientras los varones guardaban las cartas, las mujeres se acomodaron en los sillones.

-¿Estás preocupada por tu amiga? -preguntó Camila, intuitiva.

-Un poco -Sofía hizo un gesto desorientado.

-Quedate tranquila. Está con un buen hombre que la quiere bien -le apretó cariñosamente el brazo.

-¡Ya lo sé! Pero hemos vivido cosas tan inesperadas… Es… como subirse a un avión para ir a Europa y terminar en un cohete a la Luna.

Camila sonrió e insistió en contenerla:

-Tal vez no creas en el destino, pero nuestra reacción ante cualquier suceso determina un resultado. ¿No te parece?

-Sí y sí. Creo en el destino y en lo segundo. Mil veces me cuestioné adónde estaríamos si Celina no se hubiera bajado del ómnibus… ¡No, esa hipótesis es impensable! Ella no hubiera actuado de otra forma.

-¡Así es! Era un resultado previsto porque estaba contemplada su reacción. Y el resultado era que conociera a René, porque de otra manera nunca se hubieran encontrado.

-¿No es una abstracción demasiado imaginativa? ¿Quién querría que ellos se conocieran?

-No lo sé. Pero creo que ningún acontecimiento es casual. Yo sentí que eran dos personas destinadas a estar juntas.

Unos escandalosos ladridos interrumpieron la charla. Ronco parecía haber enloquecido al divisar el auto de René. Esperó agazapado a que bajara del coche y se precipitó sobre el hombre antes de que pudiera abrir la puerta de Celina. René lo acarició con afecto y lo amenazó para que no volteara ni embarrara a su muchacha. El perro obedeció a su manera. Apenas se abrió la portezuela se zambulló encima de la alborozada joven y le barrió la cara a lengüetazos. Su amo exhaló el principio de una orden que no llegó a completar, porque el avispado animal interpretó el tono y abandonó el regazo de Celina a la carrera. René la rescató del asiento enlodada y muerta de risa; le sacudió la ropa, le limpió el rostro con delicadeza y le estampó un beso en la boca sin disimular. Abrazados y felices ingresaron a la casa antes de que Sergio y don Arturo hicieran el paréntesis del medio día. La expresión de ambos obviaba cualquier presunción. Celina, radiante, saludó con alegría a los presentes. Rayén la estrujó hasta quitarle el aliento y ella demoró el abrazo con su amiga. Sofía observó el porte suavemente orgulloso de Celina ante la callada curiosidad de la familia y supo con certeza de que era una mujer amada.

-¿A qué se debe tanto alboroto? -la voz de Diana, que se incorporaba al grupo, sonó exóticamente alegre.

Celina se volvió para saludarla y la mujer, después de responder con un gesto, escudriñó a René. Lo que vio le provocó un turbulento resentimiento hacia la joven, a quien responsabilizó de la destrucción de lo que suponía un mundo inexpugnable. La llegada de Sergio y don Arturo desvió la atención de los que estaban reunidos. Don Arturo le abrió los brazos a Celina que corrió hacia el viejo mestizo para que la estrechara cariñosamente. El abuelo de René le puso un beso en la frente y la separó sosteniéndola por los hombros. La miró concienzudamente y le dijo:

-Mi nieto ha sido recompensado por los dioses.

Celina se sonrojó como no lo había hecho en el escrutinio anterior. Las palabras de don Arturo la llenaban de regocijo como si la aceptación del hombre refrendara su derecho al amor. El abuelo se acercó al nieto para abrazarlo, observarlo y decirle:

-En tus manos, kona, está la responsabilidad de cuidar este presente.

-Con mi vida, laku1 -afirmó René.

-¡Bueno, bueno! -dijo Sergio rompiendo la solemnidad del momento- ¿Cuándo tendré el placer de llamarte mamá? -tomó a Celina de los hombros y la besó en la mejilla.

Otra vez se le arreboló la cara. René acudió en su auxilio:

-Muchacho impaciente, todavía no lo hemos hablado -y la estrechó contra su flanco.

-¿Yo tendré que llamarte abuela? Me gusta más Celina –intervino Andrés decepcionado.

-¿Por qué no vamos a comer? –insinuó Walter al grupo.

La propuesta fue aceptada al instante. Se acomodaron alrededor de la mesa mientras Rayén miraba aprobadoramente a los asistentes. Parecían una gran familia y salvo excepciones, se veían felices.

Diana se había mantenido callada desde que llegó la pareja. Se sentó al lado de Camila y enfrente de Sergio para estar atenta al semblante de su hijo. En este momento le preocupaba más el sufrimiento filial que la propia decepción. Si su muchacho penaba, lo escondía muy bien. Estaba sentado enfrente de los enamorados y charlaba con ellos mostrándose tan encantador como acostumbraba para enmascarar su verdadero estado de ánimo. Diana alguna vez quiso alejarse de la estancia y tal vez de René, pero nunca de su hijo. La superó la responsabilidad de ser madre y esposa adolescente en un lugar que nunca sintió propio. No por su joven marido, ni siquiera por el abuelo, ni por los servidores. El entorno la excluía como ella rechazaba los encierros de los largos días de invierno, el silencio atronador de la soledad, la inexperiencia de fortificarse en su mundo interior. Cuando volvió a ver a Sergio, descubrió que el chiquillo tapaba sus carencias con una cobertura de despreocupada aceptación. Naturalizó los siete años de ausencia materna, la reaparición con su nueva pareja, el triángulo de abuelos y hasta su relación con Camila por el temprano embarazo de su mujer. El advenimiento de un hijo representaba para Sergio la evidencia de que estaba enamorado. ¿La presencia de Celina habría traspasado el escudo impenetrable de su hijo? ¿Y con qué consecuencias? Conociéndolo, sabía que Sergio nunca competiría con su adorado padre y se envolvería en una insensible fantasía que le permitiría sobrevivir cada día.

-¡Abuelo! ¿Vamos a ir a la Gran Caverna? -quiso asegurarse Andrés.

-Después de la siesta.

A Celina se le erizó el vello de todo el cuerpo imaginando una siesta con René. Se preguntó si estaba preparada para afrontar la convivencia con él. ¿Desde cuándo estos planteos la inquietaban? Desde que no quiero despertar un día más sin verlo, sin que me bese, sin que me abrace, sin que me haga el amor, admitió sin dudar. La mano de René apretó la suya como si hubiera penetrado en su mente y se reconociera en el mismo deseo. Para cuando llegó el fin del almuerzo, Sergio y don Arturo retomaron sus ocupaciones, Diana y Walter se retiraron a descansar, Camila se llevó a rastras a Andrés, y Celina, leyendo una súplica en la mirada de Sofía, habló quedamente con René que, por quererla tanto, se resignó a transitar la siesta sin ella.


1
(mapuche) abuelo

domingo 7 de septiembre de 2008

POR SIEMPRE - XXV

El cielo oscuro imitaba la noche engañando a las luces automáticas que se encendieron en todas las calles de la ciudad. René pensó que era un día perfecto para amar. Borró la idea de un plumazo porque no dependía de su deseo sino de la hermosa pasajera que se adormecía sobre su hombro. Se detuvo en la entrada de la cochera para activar el portón automático y estacionó el auto en el subsuelo. Cuando el coche paró, Celina se movió y abrió los ojos. Se encontró con la mirada tierna de un paciente René que se deleitaba observándola.

-¿Ya llegamos? -logró articular.

-Casi. Debemos pasar por la entrada para registrarnos ante León.

-Esto parece un destacamento militar -rezongó la joven.

-Son reglas de convivencia que conviene respetar para no discutir con los otros propietarios -reconoció él con resignación, y resumió:- Será un trámite rápido. Además el portero debe conocerte para que puedas moverte con libertad.

Celina se encogió de hombros. No le agradaban las apreciaciones de un desconocido acerca de su vida personal, pero podría soportarlo. Subieron al ascensor evitando acercarse demasiado como si intuyeran que la energía que los rodeaba provocaría un cortocircuito al mínimo contacto. Desembocaron en el palier adonde estaba apostado un hombre maduro de aspecto bonachón.

-¡Señor Valdivia! -exclamó con alegría en cuanto lo divisó.

René le estrechó la mano y se volvió hacia su compañera.

-León, te presento a Celina, mi futura esposa.

La muchacha contuvo un gesto de sorpresa. Estiró la mano que se perdió en la del portero.

-¡Señorita Celina…! Lamento haberme perdido el homenaje, pero estaba por concurrir a la estancia para presentarle mis respetos -aseguró León, y aclaró:- También mi nieto fue uno de los afortunados.

Ella sonrió medio avergonzada. Todavía no se acostumbraba a tantos elogios y menos en esa circunstancia inquietante.

-¿Tuvo un accidente? -preguntó el hombre al observar el vendaje que rodeaba su cabeza.

-No es nada -le respondió- una lesión sin importancia.

René firmó el libro que le presentó el empleado, y luego le pidió:

-¿Me ordenarías el menú número cinco del hotel más una botella de champaña y un kilo de helado? –le dirigió una mirada traviesa a Celina.

-Inmediatamente, señor. Se lo alcanzaré apenas lo traigan.

-Gracias, León. ¡Ah! Será conveniente que no trascienda que estamos acá.

-Cuente conmigo. Nadie lo molestará- le contestó, haciéndose cargo.

René precedió a Celina hasta el ascensor y ella se acomodó de espaldas al espejo, correspondiendo a la sonrisa de León hasta que la puerta se cerró. Se sentía extrañamente vulnerable porque sus sentidos la empujaban hacia los brazos del hombre que había impuesto una condición para tenerla. ¿Tenerme? Ella detestaba la connotación discriminatoria del término como si la relación sexual fuera unívoca y el rédito para los machos. Quiero que René me posea incondicionalmente. El pensamiento primitivo la golpeó como un mazazo y le estremeció las entrañas. ¿De modo que hasta esto has llegado? La protesta de su menguante mitad racional se detuvo junto con al ascensor en la recepción privada del departamento. René abrió la puerta que estaba enfrentada al elevador, encendió una luz, y le hizo un cortés ademán para que entrara. La que ingresó al piso era una Celina enamorada dispuesta a enloquecer a René sin palabras. Miró a su alrededor y recién apreció la altura y las dimensiones de la vivienda. Desde los balcones circulares lo único que estaba a la vista era el oscuro firmamento como si estuvieran en la cúspide de un faro. Caminó hacia los ventanales y comprobó que nada más que el cielo podría arriesgarse a invadir esa intimidad. La amplia estancia estaba selectamente decorada y amueblada, complementando el confort del lugar. René parecía disponer de todo el tiempo del mundo para embelesarse mirando a la joven de flexibles movimientos y dúctil expresión.

-¡René… este lugar es alucinante! -reconoció Celina.

-¿Te muestro el resto?

Asintió con una sonrisa que comenzó a resquebrajar los condicionamientos del hombre, y caminó detrás de él plenamente consciente de su poder. Recorrieron los demás ambientes decorados con igual gusto hasta llegar al dormitorio principal, espaciosa habitación en suite favorecida con los mismos balcones que la sala de estar. Se detuvieron a la entrada y ella adivinó en la mirada de René el violento deseo de llevarla a la cama. ¡Todavía no!, se resistieron los despojos de su raciocinio. Con un comentario tibio, se alejó del lugar para volver al salón principal. El enamorado la siguió estoicamente.

Celina siguió curioseando a su alrededor. En un estante vidriado descansaba un antiguo reproductor de discos de vinilo.

-¿Este giradiscos funciona? -preguntó.

-Perfectamente -dijo René, y se agachó para buscar algunos temas musicales.

Celina se acuclilló al lado rozando sin intención el cuerpo del sufrido varón, que dejó los sobres de los larga duración y se volvió hacia ella. Si no hubiera sonado el timbre, René habría sucumbido.

Se levantaron al unísono y el hombre respondió al llamado de León que junto con un mandadero le subía el pedido. Desde la puerta abierta el portero saludó a la muchacha que le respondió moviendo la mano. Cuando se fueron, René preguntó:

-¿Tenés hambre?

-Son las once…

-Y ¿qué? -él se rió y volvió a preguntar:- ¿Tenés hambre?

-¡Sí! -afirmó ella espantando a su yo estructurado.

Lo ayudó a trasladar los envoltorios a la cocina y René acomodó la vajilla para el almuerzo sobre la barra. Había encargado ensalada Waldorf, supremas al champiñón y un excelente vino cabernet. Comieron despaciosamente degustando el delicioso menú en medio de una charla placentera. Los relámpagos iluminaban sus rostros encandilados por el placer de la mutua compañía. René se regocijó más que con el helado, con la delectación con que Celina paladeó el suyo. Terminaron de almorzar y la joven lavó los platos mientras el hombre preparaba las copas de champaña y escogía varios discos. La voz armoniosa de Roberto Carlos volvió a repetirle que quería amanecer con ella. Se sentó en un diván y René le acercó la bebida para brindar. Se absorbieron con los ojos hasta que el hombre le quitó la copa de la mano y delicada pero firmemente la atrajo hacia él y la ciñó para bailar. La maniobra la tomó de sorpresa y se encontró al fin apretada contra el cuerpo masculino al que se abandonó lentamente. René la guiaba con habilidad y alzó los brazos que Celina apoyaba en su pecho para enlazarlos a su cuello. Los últimos vestigios de resistencia desaparecieron cuando ella resguardó su cara contra la garganta masculina que palpitaba al ritmo de un corazón desbocado por el deseo. La incipiente barba de René le raspaba sensualmente la mejilla mientras bajaba el rostro para besarla despaciosamente, recorriéndole los labios con la lengua, que se abrió paso hacia el interior de su boca. Celina respondió a la caricia con un ardor ignorado en los años que llevaba a cuestas y que ahora le explotaba en cada célula de su piel. Tomó conciencia de la transformación del cuerpo masculino al de un macho en celo cuando el órgano viril se hizo ostensible contra su vientre. La danza había terminado y René la besaba como si su boca fuera un manantial donde apagar la sed. Respirando pesadamente pronunció su nombre:

-¡Celina, mi amor…!

Por favor, por favor, no me preguntes nada, sólo llevame con vos.

Sin palabras, la levantó en brazos y no dejó de besarla hasta el dormitorio. La estabilizó cuidadosamente sobre el piso y comenzó a desnudarla. Celina estaba temblorosa por la excitación y cuando sólo quedó piel, el hombre la miró tan deslumbrado como la primera vez. Ella lo ayudó a desvestirse y quedaron frente a frente, sin tapujos, dos cuerpos y almas perfeccionados para la odisea del amor. Se acercaron y Celina se sintió inexplicablemente indefensa ante el formidable porte masculino, avivando la hoguera que se había encendido en su vientre. Se abrazaron estrechamente enajenándose con la textura y los detalles de sus formas. René la alzó para tenderla sobre la cama y se inclinó sobre ella para besarla y recorrer con sus manos cada vericueto del cuerpo soñado. La joven gimió de placer ante las caricias que dibujaban el verdadero mapa de su anatomía amorosa y no pudo evitar una exclamación cuando el hombre le deslizó gentilmente los dedos entre las piernas para ratificar el comienzo de la penetración. Las manos poderosas se deslizaron bajo sus glúteos y elevaron la pelvis al encuentro del miembro inflamado por el deseo que, de un impulso certero, se alojó en la sima de su deflagración. Gritó extasiada por la conquista mutua, sintiendo la profunda pulsación masculina dentro de su cuerpo. ¡Ya no hay retorno! pensó, transportada a los confines del paroxismo. René la inmovilizó rogándole que no se moviera mientras la besaba y derramaba palabras de amor desenfrenado, hasta que ella al límite de su resistencia, movió las caderas buscando la coronación de su voluptuosidad. El orgasmo la arrasó como la feroz tormenta que participaba con efectos especiales de su aprendizaje amoroso. Las irrefrenables contracciones de placer arrastraron la templanza de René para derramarse incontenible en el incendio interior de Celina. Después, embriagados, quedaron con los cuerpos unidos palmo a palmo saboreando la experiencia inédita de su amor.

sábado 30 de agosto de 2008

POR SIEMPRE - XXIV

A Sofía la despertó el timbre del teléfono directo que tenían en la habitación. Atendió sumergida en la bruma del sueño de la cual la sacó la enérgica voz de Susana:

-¡Sofía! ¿Qué pasa que Celina no me llama desde hace dos días? -ni se tomó el trabajo de saludarla.

-Buen día, Susana. ¿Cómo está el tiempo por Rosario? -si la desconcertaba, le daría tiempo de inventar alguna excusa.

Se hizo un breve silencio. Luego:

-Buen día, Sofía. Perdoná mi ansiedad. Es que mi hija prometió hablarme todos los días. Pasan cosas tan terribles, y encima, adonde están…

La joven reparó en que llovía torrencialmente a través del ventanal.

-Quedate tranquila, Susi. La gimnasta se levantó temprano y ya debe haber dado dos vueltas por el campo. Estamos bien y disfrutando de este lugar encantador. Los peligros están en la ciudad, ma. Aquí no pasa nada -cruzó los dedos para invalidar la mentira.

-Voy a creerte. De cualquier manera, decile que me llame apenas vuelva. No te olvides, ¿eh?

-¡No, mamacita! ¿Vos estás bien?

-Soportando el calor, pero bien.

Se despidieron y Sofía se duchó y se cambió en tiempo record. Supuso que Celina podría hablarle a su madre desde el hospital. Cuando estuvo lista, bajó al familiar punto de encuentro. En ese horario, Diana, Walter y Andrés ocupaban la mesa de desayuno. Saludó a todos, incluida Rayén, y se sentó. Tenía la sensación de no haber comido en mucho tiempo y atacó con ganas las delicias caseras de la servidora. Mientras consumía el desayuno, consultó por su amiga:

-¿Tienen alguna noticia de Celina?

-Hace un rato hablé con Esteban y me dijo que le había dado de alta -contestó Walter.

-¿Entonces vendrá para acá?

El médico cruzó una mirada con su esposa.

-No creo que hoy -contestó al fin.

-¿Se puede saber por qué? -insistió Sofía.

-Porque parece que René la raptó -contestó Diana con sarcasmo.

La joven la fulminó con la mirada y se levantó bruscamente. “¡La odio!”, pensó, y volvió a su cuarto para comunicarse con un interlocutor más gentil. Llamó a la clínica y la secretaria le confirmó que su amiga se había retirado con el estanciero. No vale, Cel. Me dejás sola en compañía de esta arpía. ¿Qué voy a hacer en este lugar donde nadie se interesa por mí? Me voy a aburrir a muerte. Me vuelvo a Rosario. Pero tu madre me va a volver loca si regreso sin vos. ¿Adónde te llevó René? ¿Fue contra tu voluntad? Soy una necia. Lo seguirías hasta el fin del mundo. Tengo que saber de vos.

Interrumpió su monólogo para comunicarse con Javier, su incondicional partidario.

-¡Javier! Llamé al hospital y me dijeron que Celina se fue con René, pero nadie sabe decirme adónde está… -su voz transmitía urgencia.

-Ah, sí. Tranquilizate que René me dejó una nota. ¿Querés venir al hotel? Te invito a almorzar y de paso hablamos.

-Voy ahora -contestó con determinación.

Se despidieron y Sofía salió a buscar a alguien que la llevara. Un peón convocado por Rayén la alcanzó en la camioneta. Esperó a que Javier se desocupara en la misma mesa -hacía un siglo para su memoria- adonde se había sentado con René. Aceptó el café y la torta que le mandó el conserje para amenizar la espera, mientras trataba de poner orden en sus pensamientos tan caóticos como el temporal exterior.

Preparamos un viaje minucioso como siempre quiso Celina. Desde el vamos se alteró su orden perfecto. ¿Obra de la casualidad o había una causalidad que dirigió los acontecimientos hacia un desenlace establecido? Como dicen por aquí: estaba escrito el encuentro de Celina y René a través del micro accidentado, su sensibilidad, mi cobardía. Si ella no se hubiera bajado, si yo no hubiera hablado, si… Pero ¿qué digo? El destino se aseguró por varios flancos del resultado. Reunirse en el momento adecuado, cuando el presente confronta imbatible con las experiencias vividas… ¿Que la mujer viva en una gran ciudad? ¿Que el hombre esté en un pueblito perdido a miles de kilómetros? Nada será imposible cuando deban cruzarse. Me recuerda al poema de las tres hermanas: “Éramos tres hermanas/ dijo una /vendrá el amor con la primera estrella/ vino la muerte y nos dejó sin ella/ éramos dos hermanas/ dijo una/ vendrá la muerte y quedarás tú sola/ pero el amor llevola/ yo clamaba/ yo clamo/ ¡amor o muerte, amor o muerte quiero!/ y todavía espero.” Siempre me puso muy triste la incertidumbre de la tercera hermana, como si su vida careciera de significado. A veces me identifico con ella en la espera desanimada. ¿Cuándo será mi tiempo de encuentro y adónde? Con la suerte que tengo, dentro de veinte años y en la Quiaca…

La presencia de Javier detuvo su meditación. La saludó con un beso en la mejilla y se sentó enfrente.

-Perdón por la espera. Tenía que terminar algunas tareas urgentes.

-Te perdono si me das alguna noticia de mi amiga -dijo truculenta.

-René la fue a buscar a primera hora y entiendo que la llevó a su departamento.

-¿Qué departamento? -dijo sorprendida.

-Uno que tiene en el centro. Será para evitar más contratiempos… -manifestó con expresión cándida.

La joven entrecerró los ojos y le espetó:

-¡Sí que lo creo! Podría haberla encerrado en nuestra habitación. Pero allí estaba Sofía para fastidiar…

Javier largó la carcajada. Le tomó una mano y la reprendió con afecto:

-Que no se diga que una evolucionada muchacha de la gran ciudad descalifica a un campesino enamorado…

-¡Yo no llamé campesino a René! Los calificativos corren por tu cuenta -respondió huraña.

-¿Lo de enamorado también…?

-Eso es vox pópuli -aceptó Sofía, y agregó:- No estoy en contra de la felicidad de mi amiga, pero han pasado tantas cosas en poco tiempo, cosas que han puesto en riesgo su vida, que tiemblo cuando no sé dónde está.

Javier la miró con una serenidad que logró apaciguarla y su razonamiento afianzó la mirada:

-¿Vos creés que estará más segura en nuestra compañía que en la de René? Desde que lo conozco nunca lo ví tan absorto en una mujer, y no porque le faltaran. Está realmente enamorado de Celina y pondrá el mundo patas arriba para conservarla.

Sofía suspiró y dirigió una mirada desvalida hacia Julián. Él volvió a tomarle la mano y se la apretó consoladoramente.

-Como dicen vulgarmente: no perderás una amiga sino que ganarás un amigo. Creeme que el mejor, porque René dará la vida por la felicidad de Celina.

-Vas a pensar que estoy celosa… Pero no es fácil encontrar una persona tan desinteresada como ella. Me voy a sentir perdida si tengo que volver a la ciudad sola.

-¿Y por qué no radicarte aquí? Hay muchas posibilidades para una hermosa muchacha como vos…

A Sofía la propuesta le sonó intencionada. Miró francamente a Javier y a pesar de su apostura no le provocó el aviso de predestinación. Bajó los ojos para responder:

-Soy demasiado holgazana para congeniar con la naturaleza y renunciar a las luces de la metrópoli. Pero supongo que vendré con frecuencia a visitarla.

Javier, que no tenía un pelo de tonto, aceptó con hidalguía la negativa implícita y se conformó con presentar batalla en el futuro. Por un momento callaron y se concentraron en la tormenta.

-¿Cuándo creés que van a volver? -preguntó Sofía.

-Cuando se cansen de estar a solas -respondió Julián sonriendo.

-Entonces, nunca -aseguró plenamente convencida.

sábado 16 de agosto de 2008

POR SIEMPRE - XXIII

René se tendió para relajar los músculos. Bajó a desayunar a la hora acostumbrada resuelto a traspasar a Sergio la atención de la hacienda. Se encontraron en la mesa del desayuno.

-¡Buen día, papá! ¿No debieras estar descansando? -lo saludó Sergio poniéndose de pie.

-No pude dormir. Además necesitaba hablar con los dos -dijo, incluyendo a don Arturo. Y continuó de un tirón:- Necesito estar libre por unos días para convencer a Celina de que se quede. Así que cuento con ustedes para que me reemplacen.

Don Arturo hizo un gesto de asentimiento acompañado de una sonrisa benévola mientras el hijo aniquilaba sus aspiraciones por amor al padre.

-Ya lo habíamos decidido para que te recuperaras, viejo, pero esta consideración no se me había ocurrido. Te auguro una misión exitosa -manifestó Sergio con generosidad.

La expresión feliz del progenitor atemperaba el estéril paisaje interior del hijo habitado de sueños muertos y una doliente sensación de renuncia. Tras las últimas recomendaciones, René se despidió con un abrazo.

-Que Üenechén1 lo proteja y le dé fortaleza a su domo huinka2 -fue el adiós de Rayén.

El hombre le dio un sonoro beso en la mejilla y salió al encuentro de la oportunidad que su hado le brindaba. Manejó sin apuro dado que recién amanecía y no quería perturbar el reposo de Celina. Se detuvo en el hotel para buscar las llaves del departamento que tenía en el pueblo y tomó un café para hacer tiempo. La tormenta que se preparaba lo trasladó al día en que conoció a la mujer amada. ¿Sería un buen augurio? Se rió de sí mismo al tomar conciencia de que se había puesto un poco supersticioso. El amor le había completado un proyecto de vida al servicio de sus descendientes con la reaparición de anhelos olvidados, la ilusión al despertar cada día, la virilidad exacerbada por la imaginación. Deseaba a Celina con frenesí, pero estaba dispuesto a postergar el momento trascendental para que fuera una experiencia correspondida con el deseo de la muchacha. Dejó algunas instrucciones escritas para Javier y arrancó para la clínica. Las primeras gotas salpicaban el parabrisas cuando se bajó del auto y los truenos y relámpagos pronosticaban un fuerte temporal. El hall del hospital estaba desierto, a no ser por una enfermera que hacía guardia en la recepción.

-Buen día, Marcela. ¿Esteban está descansando?

-Buen día, señor Valdivia. En este momento está en la habitación de la señorita Celina.

Le agradeció la información y caminó, disimulando su prisa, hacia el cuarto adonde la había trasladado en la noche. Golpeó la puerta.

-¡Adelante, hombre impaciente! -la voz del médico sonó complacida.

Entró sorprendido por la ansiedad de verla como si hubieran estado alejados por mucho tiempo. Celina estaba apoyada sobre dos almohadas y el brillo de la conciencia resplandecía en la mirada que le prodigó. Una venda blanca rodeaba su frente dándole el aspecto de una bella india. Como si estuviera sola, se acercó al lecho y la estrujó entre los brazos fundiéndola sobre el pecho hasta que la joven dejó escapar una risa sofocada.

-¡René, debo respirar! -reclamó a su verdugo.

El hombre aflojó la presión con una sonrisa jubilosa y volvió a tenderla sobre las almohadas con un movimiento tan pausado como el beso que no pudo reprimir. Cuando se separaron, reparó en Esteban que observaba la escena cruzado de brazos y con una sonrisa divertida. Se dirigió a él:

-¿Así la ibas a cuidar, dejando entrar a cualquiera? -lo sermoneó.

-Con cualquiera no hubiera corrido el riesgo de morir asfixiada -contestó el médico cachazudamente.

-Me parece que van a ser tus últimos días en este hospital… -amenazó René con una mueca que expresaba todo lo contrario.

-¡Dios lo quiera! Así no tendré que ver tu trastornada expresión de enamorado -retrucó Esteban; y poniéndose serio:- Le estoy firmando el alta a mi linda paciente, así que preparate para llevarla.

-Presumo que están hablando de mí -intervino Celina con soltura, y preguntó:- ¿Adónde se supone que me van a llevar…?

El médico hizo un ademán moderador y le dijo mientras se despedía:

-René te dará todas las explicaciones. ¿Un consejo de amigo? Este patán merece toda tu confianza –se inclinó para besarla en la mejilla, mientras ella lo abrazaba con afecto.

-¡Gracias, querido doctor! Lo tendré en cuenta.

La puerta se cerró aislándolos del mundo. René se sentó mirándola con tanta avidez que la obligó a bajar los párpados para que no leyera el mismo anhelo en los suyos.

-¡Bueno! –le dijo al fin- ¿me dirás qué me depara el destino?

El hombre le levantó la barbilla para enfocar su mirada y le aseguró:

-Un enamorado que te ambiciona tanto que sólo aceptará tenerte cuando estés chalada por él.

Ella rió encantada con la declaración de René y tiempo después le confesó que en ese preciso instante se transformó de seducida en chalada. El estanciero la besó tiernamente y le preguntó:

-¿Podrás vestirte sola?

-Si necesito ayuda, te llamaré –le respondió con desenfado.

René hizo un gesto de escepticismo y le acarició la mejilla sin perder la sonrisa.

-Te espero afuera –le dijo.

Celina se levantó de la cama y buscó la ropa de la que nuevamente se había ocupado María. Se vistió y pasó por el baño antes de salir al pasillo donde la aguardaba su enamorado. Él le pasó un brazo por la cintura y la guió hacia la salida adonde estaba estacionado el auto. La tormenta estaba en crecimiento y René corrió primero al vehículo para moverlo sobre la vereda que estaba rematada por un alero. Celina subió a su lado sin sufrir más molestia que el atropello del viento que le dificultaba el avance. Cuando logró cerrar la portezuela, René le dijo divertido:

-Creí que tendría que salir a rescatarte. Me voy a ocupar de que ganes peso.

-No podrás. Tengo un metabolismo eficiente. Pero te informo que los helados me encantan.

-Hace frío –le avisó el hombre.

-¡En toda temporada! –exclamó eufórica.

-Tendrás tu helado –le prometió; luego la tomó de los hombros y le contó adónde pensaba llevarla:- Vamos a mi departamento del centro. Allí acabarán mis sobresaltos porque te tendré siempre a la vista –la miró un poco inquieto, como si esperara una negativa.

La mujer chalada esbozó una luminosa sonrisa y sólo dijo:

-Me parece bárbaro.

René se quedó un momento en suspenso hasta que asimiló la respuesta y dio de baja a todos los argumentos que tenía preparados. Condujo hacia la ciudad con plena conciencia de la proximidad de Celina, de su perfume, de su calor, de su gracia, y entendió que se avecinaba el momento más glorioso de su vida.

1 (mapuche) Creador de los hombres

2 (mapuche) mujer extranjera

domingo 10 de agosto de 2008

POR SIEMPRE - XXII

Jeremías encabezaba la partida guiando a Julián y a Sofía por un terreno que le era conocido. La consigna era acercarse a cualquier resplandor que delatara la hoguera ritual. El avance era lento debido a la oscuridad y a la necesidad de rodear macizos de árboles que impedían el paso de los animales. Habían concentrado la energía en el sentido de la vista con la esperanza de divisar cuanto antes el fulgor que los llevaría a Celina. Después de un tiempo tuvieron que desmontar y conducir los caballos entre la compacta arboleda. Caminaban en silencio y atentos a cualquier sonido, cuando la cabalgadura de Sofía sacudió la cabeza y liberó la brida de sus manos. Antes de que la joven pudiera atraparla, Amigo se confundió entre las sombras que poblaban el bosque. La muchacha quedó tan abatida por esta pérdida que ni las palabras susurradas por Javier y Jeremías lograron devolverle la tranquilidad. Reanudaron el avance tratando de sobreponerse al sentimiento de fatalidad que les había dejado la ausencia del equino. Durante la interminable marcha a ciegas se comunicaban regularmente con René y con Sergio para estar al tanto de cualquier indicio. Sólo apuntaban las linternas al suelo para salvar los accidentes del terreno y no tropezar con las protuberantes raíces de los árboles. Javier miró su reloj y comprobó que sólo habían pasado cuarenta minutos que le impresionaron como horas. Sofía se deslizaba por la espesa oscuridad repitiéndose que atrás suyo estaba Javier y adelante Jeremías, porque su imaginación desbocada elaboraba imágenes de ataque y sustitución. El relincho cercano de un caballo los sobresaltó orientándolos hacia la derecha del camino que recorrían. Jeremías notificó inmediatamente a René, a la par que mudaban de dirección. Desde esta nueva perspectiva distinguieron un débil reflejo que oscilaba en la espesura a unos trescientos metros de distancia. Con la mirada puesta en la luz, descubrieron un atajo de escasa vegetación que desembocó en el claro adonde retenían a Celina. Jeremías los empujó para que retrocedieran y se ocultaran de la vista de los hombres y la mujer que estaban alrededor de la fogata. Desde su escondite vigilaron los movimientos del terceto, dispuestos a participar si entrañaban una amenaza para la cautiva. El capataz le anunció al estanciero el hallazgo y volvió a ocupar su sitio junto a Javier y Sofía. La muchacha le había pedido el largavistas al conserje y observaba angustiada a su amiga, que yacía sobre dos gruesos troncos colocados uno al lado de otro. Celina tenía los ojos entreabiertos pero no hacía más movimiento que el de respirar tenuemente. Un trazo de sangre pintaba su mejilla derecha desde la sien hasta el cuello, lo que explicaba su letargo y la forma en que la inmovilizaron. Enfocó el dispositivo hacia la machi y los esbirros, tratando de anticipar lo que harían y rogando que René o Sergio llegaran cuanto antes. El tigre asomó desde la espesura sin ningún sonido que lo anticipara y se ubicó al lado de la hechicera. Los hombres alzaron a la extática prisionera dejándola frente al felino mientras la mujer entonaba una especie de cántico y arrojaba objetos al fuego. Después se volvió hacia la víctima y le habló: “domo huinka1, el destino del kona2 está en tus manos. Aceptá el rüpü3 sagrado que te ofrece el nahuel4. No habrá dolor. En un instante tu destino será la inmortalidad”. Jeremías apuntó al animal con el rifle intuyendo el desenlace de la liturgia y decidido a intervenir si su amo no llegaba a tiempo. Celina, erguida ante la fiera, la mente obnubilada por el narcótico que le habían obligado a beber, hizo un esfuerzo titánico para recuperar el dominio de su voz y la proyectó al espacio en un grito:

-¡René…!

-Es inútil que lo llamés, domo huinka. Si no te entregás al nahuel, tu kona perderá la vida. Tus palabras lo salvarán –pronunció una extraña letanía mientras insistía:-invocalo…, tu sacrificio lo salvará.

La machi repitió las palabras con pertinacia, hasta que Celina las recitó penosamente. El tigre se aprontó para lanzarse sobre su presa a la vez que Amigo brotaba de la espesura y se plantaba entre el animal y la joven. La bestia atacó al caballo mientras Jeremías oprimía el gatillo del fusil sin dar en el blanco, pero evitando que lo hiriera mortalmente. Un tiro certero, procedente del arma de Sergio, acabó con la vida del nahuel al tiempo que René se abalanzaba entre Celina y la mujer. Sin vacilar, se llevó el rifle a la cara y apuntó a la hechicera con la manifiesta intención de matarla. De no ser por la rápida intervención del capataz que desvió el arma y en su lengua le rogó y le exigió que reflexionara, hubieran sido los últimos instantes de la machi. Los cómplices, aterrados, desaparecieron raudamente. El estanciero aceptó las palabras de Jeremías y giró de inmediato hacia la muchacha refugiándola entre sus brazos. Una exclamación de pena y de furia brotó de sus labios cuando le vio la herida en la cabeza y la mirada ofuscada. Sergio se acercó a su padre mientras trataba de tranquilizarlo, al tiempo que Javier se ocupaba de la hechicera y Jeremías de sofocar el fuego. Sofía miraba la escena tratando de reconstruir los vertiginosos acontecimientos desde que divisaron a su amiga y el arribo de padre e hijo. Entendió que en ese momento no era más que un personaje secundario y trató de no interferir con el desarrollo de la acción. Sergio examinó a Amigo comprobando que tenía una herida poco profunda e interpeló a la mujer sobre el brebaje que le había administrado a la muchacha. “Se recuperará durmiendo”, le dijo a su progenitor cuando lo supo. René le encomendó a Javier que condujera a la machi hasta la estancia y, ayudado por su hijo, subió a Celina a su caballo. El estanciero iba recobrando el aplomo al ritmo de la serena respiración de la joven. Antes de salir del bosque se toparon con una partida de hombres que, empujados por la preocupación, se habían unido para buscarlos. Le comunicaron a su jefe que tenían una camioneta estacionada en el patio del capataz. René se acomodó con Celina en el asiento trasero y partieron de inmediato hacia el hospital. Esteban, alertado por el ranchero, los recibió en la puerta y después que René la depositó en una cama, procedió a efectuarle una serie de análisis y curarle la lesión de la sien. Tras media hora de espera, el médico le informó que la herida de la cabeza no era de cuidado y que el sueño anularía el efecto de la droga. Con la colaboración de María que había venido a su pedido, lo intimó a que fuera a descansar y dejara a Celina al cuidado de ambos. Cuando salió de la clínica el fiel Ronco, que lo había rastreado, se le acercó y lo acompañó hasta el vehículo sin alborotar. Todos lo esperaban en la estancia para saber de la joven. Les comunicó que estaba bien, y le pidió a su abuelo que decidiera acerca de la machi porque él no podría hacerlo imparcialmente. Cuando se retiraron a descansar, Sofía se estremeció al entrar en la habitación solitaria y no pudo evitar sentir un poco de rencor por el hombre que se había adueñado de la vida de su amiga.


1 (mapuche) mujer extranjera

2 (mapuche) guerrero

3 (mapuche) camino

4 (mapuche) tigre

domingo 3 de agosto de 2008

POR SIEMPRE - XXI

Sofía cayó exhausta sobre la cama y se quedó dormida sin desvestirse. Tres horas después la despertó el irresistible clamor de su vejiga. Cuando volvió al lecho, observó que el de Celina estaba vacío. De modo que ya consumaron, ¿no? -pensó melancólica recordando que su amiga se había retrasado para responder al llamado de un peón que invocaba el nombre de René. Se sacó la ropa, se puso el camisón y volvió a acostarse deseando con sinceridad la felicidad de la joven. Se levantó a las diez de la mañana sin que Celina hubiese aparecido. ¡Vaya nochecita! -se dijo con humor. Bajó a desayunar y encontró a Walter y Diana en la cocina.

-¡Buen día! -saludó alegre.

Se acomodó mientras le respondían, en tanto Rayén le alcanzaba una taza de café.

-¿La señorita Celina sigue durmiendo? -preguntó la mujer.

Sofía casi se atragantó con la bebida. ¿Qué voy a responder? -interrogó a su cerebro.

-Se debe haber levantado más temprano -dijo al fin.

-No lo creo, porque yo la hubiese atendido -insistió Rayén.

-¿René ya bajó? -preguntó para ganar tiempo.

-Como todos los días. Salió temprano con don Arturo y el señorito Sergio -no se movía del lado de Sofía esperando saber de Celina.

Sofía no sabía cómo decirle que la buscara en el dormitorio de René adonde seguramente estaría descansando de su noche de amor. Los presentes se sumaron a la expectativa de Rayén entretanto ella rumiaba una salida aceptable. Se levantó repentinamente:

-¡Tengo que enviar un mail ahora mismo! -y disparó hacia la escalera.

Subió corriendo, decidida a invadir el dormitorio de René para despertar a su amiga. Abrió varias puertas de habitaciones sin ocupantes tratando de identificar la del estanciero en el caso de que Celina se encontrara en el baño. Nada. Un malestar comenzó a instalarse en la boca de su estómago. Comenzó nuevamente la requisa desde el fondo del pasillo. Cuarto por cuarto golpeó las puertas de los baños hasta llegar al propio. Celina no estaba. Se fue con René -se dijo, tratando de aventar el mal agüero. Pero Rayén lo sabría. ¡Ay, amiga!, ¿qué te pasó? -la inquietud era un larguero doloroso entre el estómago y la garganta. Otra vez la había abandonado al ceder a su egoísta cansancio. Bajó velozmente dispuesta a compartir su temor con los demás. Los tres se habían quedado en la cocina como presintiendo que algo no andaba bien.

-¡Miré en todas las habitaciones y Celina no está! -anunció alterada.

El rostro de Rayén se nubló.

-¿Cómo es que recién se dio cuenta? -le preguntó casi con ira.

-Porque anoche pensé que estaba con René -contestó altiva.

La mujer entendió que se había excedido en su celo y señaló respetuosa:

-Entonces hay que avisarle cuanto antes al señor René.

Sergio los encontró a los cuatro mirándose con perplejidad.

-¿Algún problema? -indagó.

-No hemos visto a Celina -admitió Sofía sombríamente.

El muchacho interrogó a su madre con la mirada.

-Sofía revisó en todos los cuartos y no la encontró.

-Estará paseando afuera -terció Walter.

-¡No, doctor! Yo no la ví -porfió Rayén.

Sergio se volvió hacia la mujer:

-Domo. ¿Qué sospechás?

-Que hay que buscarla cuanto antes.

Bastaron estas palabras para que el muchacho se pusiera en acción. Los demás lo siguieron.

-¡Sergio! Decinos adónde vas -exigió su madre.

-Voy a buscar a papá. Ustedes revisen los alrededores. Hasta el arroyo -indicó sin detenerse.

Sofía se sentía en medio de una pesadilla. Para no superponerse, formaron cuatro grupos con la colaboración de dos hombres que convocó Rayén y partieron hacia los cuatro puntos cardinales. La búsqueda fue infructuosa; la joven no estaba en ninguna parte y nadie la había visto. René ya había regresado cuando volvieron a reunirse y Ronco caminaba nervioso a su alrededor.

-¿Cómo no me avisaste cuando no la viste? -le increpó a Sofía.

-Porque pensé que estaba con vos.

René la miró tan afligido que el enfado se le evaporó. Le contó el encuentro de la noche y se atribuyó la responsabilidad de la desaparición por haberla dejado sola. El presentimiento de desgracia comenzaba a ser contagioso. Padre e hijo revisaron las instalaciones mientras el resto se dedicaba a la vivienda. La preocupación aumentó con la esterilidad del registro y se reflejó en el rostro conmovido de René. El sonido de cascos desvió la atención de los reunidos hasta que Jeremías desmontó con agilidad.

-¿Qué pasa, kona? -fue directamente hacia su patrón.

-Celina desapareció. Hay que encontrarla.

Por los ojos del capataz cruzó un relámpago de intuición.

-En el bosque -afirmó.

-¿La machi?

El hombre asintió sin palabras. René montó seguido de Sergio y el capataz. Cuando los demás reaccionaron, los tres -junto al perro- desaparecían tras el recodo que llevaba a las tierras de Jeremías.

-Ahora sólo nos resta esperar -dijo Walter, y agregó:- ellos la encontrarán.

Sofía se sentó en un escalón y se encogió como si tuviera frío. Su mente divagaba. Tengo miedo por Celina. Seguro que está muerta. ¿Cómo terminamos en esto? No debió bajarse del ómnibus. ¿Quién preparó esta trampa? No voy a resistir que le haya pasado algo. Va a estar bien, va a estar bien, va a estar bien. En el mundo no hay tigres ni hechiceras y aquí todo puede pasar. Tendríamos que estar en medio de una excursión si no se hubiera bajado del ómnibus. Pero ella es especial. Es parte de ese uno por ciento capaz de sacrificarse por otros. ¡Ay, Cel! Quisiera que no fueras así pero entonces no hubieras sido la hermana que no tuve…

Rayén interrumpió su soliloquio mental alcanzándole una taza de café caliente que ella aceptó cariacontecida. Diana y Walter estaban sentados en los sillones de la galería sin hablar, como si quebrar el silencio pudiera convocar a la desgracia. Cerca del mediodía se trasladaron, sin noticias, al interior de la casa. Los tres declinaron comer y se retiraron a sus habitaciones. Sofía estaba llena de impotencia por no saber cómo colaborar para encontrar a su amiga. Cediendo a un impulso llamó a Julián, que le prometió que estaría con ella lo más pronto que pudiera. Bajó de nuevo a la galería porque la desierta habitación la ahogaba. Se abalanzó sobre Javier apenas bajó del auto y se permitió llorar por primera vez sobre el pecho del sorprendido conserje.

-¡Javier! Celina desapareció -dijo entrecortadamente.

El muchacho la separó un poco para entenderla.

-No entiendo, Sofía. ¿Cómo desapareció?

-Anoche no durmió conmigo y yo, como una idiota, supuse que estaba con René -se lamentó.

Javier la abrazó y la consoló:

-No sos ninguna idiota. Idiota sería el que pensara que esos dos no terminarían así. ¿René salió a rastrearla?

-Sí. Buscamos por todos lados y Jeremías señaló el bosque. Hace más de dos horas que salieron y ya no aguanto más la espera. ¡Quiero hacer algo!

La expresión de Javier era grave.

-¿Sabés montar?

-Sí.

-Vamos a unirnos a la partida de rescate -le propuso.

Sofía asintió y se dirigieron a la caballeriza. Sin saber por qué, eligió el animal que había montado Celina. El empleado preparó inmediatamente las cabalgaduras y partieron al galope en busca de René y los suyos. Javier dirigía la marcha y la joven lo siguió con facilidad. Divisaron a los caballos pastando cuando llegaron a las inmediaciones de la casa del capataz. Desmontaron en el pórtico adonde estaba echado Ronco en actitud alerta y rumbearon hacia el interior guiados por las voces masculinas. Antes de que golpearan, salió Jeremías a recibirlos. Se quedó un poco asombrado al ver a Sofía pero los invitó a entrar. En el interior encontraron a un René desesperado enfrentado con Sergio.

- Si le hizo algún daño voy a matar a esa mujer con mis manos -decía enardecido.

-Todavía no sabemos que pasó -su hijo trataba de calmarlo; y continuó:- Todavía falta recorrer la parte más tupida del bosque.

-¿Querés decir que ella juega a las escondidas en la espesura? -soltó contrariado.

-¿No pensaste que pudo ir a la ciudad a tomar un ómnibus?

René se revolvió como una fiera. La mirada que le echó a su hijo presagiaba una pelea. Sergio sonrió porque su padre estaba emergiendo de la catatonia provocada por la desaparición de la mujer que amaba.

-Así me gusta, viejo. Prefiero que me pegués a que te des por vencido.

El estanciero se reanimó y se fijó por primera vez en Javier y Sofía haciéndoles un gesto de saludo.

-¿No debiéramos seguir buscando? -preguntó la joven con nerviosismo.

-Es mejor esperar a que caiga la tarde -contestó Jeremías.

-¿Por qué perder las horas de luz? -intervino Javier.

-Porque si va a ser parte de una ceremonia, ahora estará fuera de nuestro alcance -señaló René.

-¿Una ceremonia? -exclamó Sofía aterrada por la connotación de la palabra.

-Pensamos que la machi enloqueció y cree que Celina es una amenaza para mi padre. Como él le salvó la vida, ella está obligada a protegerlo -explicó Sergio.

-Pero ¿cómo pudo esa mujer dominarla? Mi amiga es fuerte a pesar de su apariencia -aseguró Sofía.

-Con secuaces, señorita. Hombres que le temen al poder de la machi y la obedecen ciegamente -explicó Jeremías.

Después de esto el silencio reinó por mucho tiempo. El sol se entibiaba mientras las individualidades que conformaban el cosmos instalado en la vivienda de Jeremías se enfrentaban con sus miedos y esperanzas. René quebrantó la tregua:

-Jeremías. Vas a formar grupo con Javier y Sofía. Sergio y yo buscaremos solos.

El capataz asintió.

-Voy a traer los caballos para prepararlos -informó, y salió de la casa.

Sofía estaba extrañamente tranquila ante el desafío que implicaba internarse en un bosque a oscuras. La posibilidad de entrar en acción la ilusionaba con la expectativa de hallar a Celina y esta vez no rehuiría el compromiso. Salió al exterior y se acercó a Amigo que había permanecido delante de la casa. Jeremías apareció con los caballos precedido por Ronco que oficiaba de perro pastor. A pedido del estanciero el capataz buscó una cuerda con la que lo sujetaron para impedir que los siguiera.

-No quiero que corran ningún riesgo -mandó René distribuyendo los transmisores y linternas, y sendos rifles a Javier y Jeremías.- Ante cualquier hallazgo se comunican con Sergio o conmigo –concluyó.

Todos aprobaron y, cuando padre e hijo acomodaron las armas en sus monturas, subieron a sus caballos para adentrarse en la vegetación buscando el resplandor de una estrella de Belén.

domingo 27 de julio de 2008

POR SIEMPRE - XX

La tarde caía hundiéndose como un globo de fuego en el horizonte. Una brisa fresca mecía las hojas y levantaba con impertinencia la falda de las mujeres que bailaban una soñadora melodía en brazos de sus parejas. Todos estaban alegres después de la copiosa comida y bebida prolongando un encuentro que llevaba más de siete horas. Celina se movía cadenciosamente abrigada por René, y en ese refugio contenedor revivió las alternativas del día. Había llegado hasta los presentes tomada de la mano del estanciero quien la introdujo ante cada invitado mencionando el parentesco con los niños. El momento tan temido fue una hermosa experiencia respaldada por la presencia de René y la calidez de la gente. Cuando María la vio la abrazó como la primera vez y le presentó a su marido que exhibía una pierna enyesada como recuerdo del accidente. El hombre también la abrazó y usó palabras que la conmovieron para agradecerle el regalo de la vida. Se apartó del chofer con los ojos brillantes y René la atrajo hacia sí para confortarla ante la vista de los complacidos asistentes que legitimaban su relación con toda naturalidad. Cuando se sobrepuso, su escolta siguió con la ceremonia. El comisario le dedicó un discurso castrense y el intendente uno político que ella agradeció con una sonrisa. Cuando fue conocida por todos, René la condujo hacia la mesa adonde estaban ubicados los ocupantes de la casa. Julián y familia la detuvieron al pasar para saludarla y reiterarle su gratitud. Se situó al lado de René con la cara arrebolada por el sol y las emociones. Sofía estaba sentada entre Sergio y Andrés; don Arturo entre Camila y Walter, y Diana enfrentada a ellos. La conversación fue generalizada durante la comida. René y Celina, leve y sostenidamente, se deslizaron hacia una privacidad que culminó en una charla intimista que los demás aceptaron con sencillez.

Hasta Diana tuvo que admitirse deslumbrada por el fenómeno de génesis que trascendía a la propia pareja, embarcada en la construcción de un mundo que durante un tiempo sólo ellos habitarían. Don Arturo estaba más afable, como si la felicidad de su nieto desvaneciera viejos rencores, y Walter bromeaba con Sofía acerca de la sordera y ceguera de los enamorados que, fieles a leyes no escritas, ni siquiera atendían al vozarrón del médico. La madre miró preocupada hacia Sergio que estaba extrañamente lacónico. Se preciaba de conocer a su hijo y sentía que algo lo inquietaba. Atendió a sus gestos con perseverancia y entró en pánico cuando comprendió los sentimientos reprimidos del muchacho cada vez que observaba a su padre y a Celina. Bajo esa apariencia retraída se escondía un volcán presto a estallar y destruir el universo que la presencia de la muchacha había desequilibrado. Por un instante de locura deseó que nunca se hubiera cruzado en sus caminos a riesgo de ofrendar a su nieto para conservar esa perfecta armonía. Desechaba con horror este pensamiento cuando sus ojos se cruzaron con los de su hijo. Había tanto desvalimiento en su mirada que hubiera querido acunarlo en sus brazos como no pudo hacerlo de niño. Él sonrió animosamente y le hizo un gesto tranquilizador que le removió las encubiertas sensaciones de culpa y privación. “Si no me hubiera ido, ¿podría haber cambiado su destino?” se cuestionó, y se sintió incapaz de responder a esta pregunta.

Un grupo de niños reclamando a las amigas después del postre, quebró su abstracción. Las jóvenes se levantaron dispuestas a participar del juego que habían iniciado en el arroyo. Se situaron con los tachos ante cada grupito que las bombardeaba inclementes. Después de un tiempo, viendo que no disminuía el entusiasmo de los chicos, René las fue a rescatar. Se puso detrás de Celina y atajó una piedrita que echó en el recipiente ante los gritos risueños de los adversarios. Hizo lo mismo con Sofía para equilibrar la contienda y se fue remolcando a las jóvenes bajo una lluvia de proyectiles. Llegaron a la mesa a las corridas y se sentaron a mitigar la sed. Los concurrentes se habían mezclado después del almuerzo y Javier estaba sentado al lado de Sergio. Mostró interés por Sofía y la secundó para que se instalara. Al rato estaban charlando animadamente con Camila y don Arturo mientras Diana y Walter trataban de penetrar el cerco de silencio adonde Sergio se había refugiado. El joven alegó dolor de cabeza debido a las copiosas libaciones, lo que no estaba lejos de la verdad. Celina y René caminaban entre los invitados alternando cordialmente con los hombres y mujeres tan reconocidos por el arrojo de la muchacha. Su pareja la fue guiando hasta una mesa dispuesta debajo de un árbol florido, atiborrada en un extremo de objetos artesanales. Los presentes se reunieron alrededor y María fue portavoz de los agradecidos pobladores que le confiaban a Celina su más querido objeto personal a modo de retribución. Ella sintió, sin que nadie se lo dijera, que no debía negarse. Uno a uno fueron retirando los regalos y se los entregaron citando su origen. Las lágrimas volvieron a acometerla ante la mención de padres, amigos, parejas, hijos y mascotas desaparecidos. Cuando los aceptaba, volvían a ponerlo en el extremo vacío de la mesa. Se sostuvo hasta que el último obsequio le fue otorgado, momento en el que se derrumbó recorrida por los sollozos. René la cobijó amorosamente mitigando su desconsuelo con caricias y palabras tiernas. Cuando sacó un pañuelo para que se soplara la nariz, hizo un gesto a Javier que ordenó el comienzo de la música. El ambiente perdió la cualidad solemne que había tenido durante la ceremonia e inmediatamente hombres, mujeres y niños se volcaron al baile con alegría. Celina, debilitada por el llanto, se dejó llevar por René. Cuando se recobró comenzó a disfrutar de la cercanía del hombre que tantos motivos le había dado para amarlo. A su alrededor todo el mundo se divertía y cambiaban de pareja continuamente, sin osar siquiera reclamar a Celina del dominio de René. Cuando Sergio se acercó para arrebatarla de los brazos de su padre reprochándole que monopolizara a la agasajada, René la cedió con desgano porque lo único que dominaba su pensamiento era atesorarla para él. Sergio la guiaba con muda destreza hasta que el silencio se condensó en una sensación de pesadumbre que la movió a interrumpirlo:

-Presiento que algo anda mal. ¿Tiene que ver con tu padre?

El muchacho no le respondió; pero su mirada, herida y salvaje a la vez, le dirigió un mensaje que ella no pudo desoír. Observó el rostro varonil admirando la mezcla racial que lo hacía tan atractivo, y pensó sin malicia que si no estuviera enamorada de René lo estaría de su hijo.

-Sé que no nos conocemos, pero quiero que sepas que no deseo causar ningún problema en tu familia. No puedo prometerte renunciar a tu padre, pero sí a no interferir con sus bienes, si eso te preocupa.

Las facciones de Sergio reflejaron incredulidad. Con voz enronquecida, le dijo:

-¿Cómo podés pensar que eso me preocupa?

-Puedo pensar cualquier cosa mientras vos no me expliqués –repuso ella con calma.

-¿No te das cuenta que desde que te vi mi existencia dejó de tener sentido? –susurró con fiereza.

-De lo que me doy cuenta es que estás un poco ebrio.

-Lo estoy. Pero esto no invalida lo que siento ni lo que digo.

-Hay veces en que no debiéramos decir lo que sentimos –musitó Celina.

Sergio la miró apenado porque sabía la tristeza que le causaba en el momento más trascendente de su vida. Desde ayer se cuestionaba su cordura, su amor filial, su matrimonio. Sabía que no estaba dispuesto a infligir ninguna herida a su padre ni a su esposa, que debería convivir con el disimulo para sostener la fragilidad de su estructura familiar. ¿Cómo puede un individuo lúcido trastocar los valores de toda su historia por desear a una mujer?, se preguntó. A una mujer que pudo haberse quedado en el ómnibus en lugar de exponerse a la muerte para auxiliar a un puñado de niños; que tuvo la sensibilidad de enamorarse del mejor hombre del mundo; que eliminó los restos del blindaje que se procuró en los primeros años de la infancia; que a pesar de su cruel reproche le respondió con piedad…

-Celina –le dijo, más tranquilo- preguntar la razón de mis sentimientos sería como cuestionar al sol todas las mañanas. Te quiero locamente. Si mi rival no fuera mi padre no descansaría hasta conseguirte. Pero necesito mirarte a los ojos y saber que no confundís el dolor de mi herida con hostilidad. Por favor… -le suplicó.

-Yo no quise dañarte… –dijo ella conteniendo un sollozo.

Sergio se estremeció luchando contra el deseo de cobijarla entre sus brazos y secarle las lágrimas a besos. Le pidió con voz contenida:

-No llorés porque me mata, querida, y me voy a delatar. Tu vida está al lado del hombre que elegiste. Yo seguiré con la mía acompañado por las personas que amo y no quiero lastimar.

Celina se desasió.

-Voy a lavarme la cara –dijo repentinamente.

Mientras se dirigía a la casa no podía reaccionar ante la confesión de Sergio. A ella sólo la perturbaba el peso de este secreto que no podía compartir con René. Pasó raudamente hacia la escalera que conducía a su habitación y se apaciguó cuando cerró la puerta tras sí. Entró al cuarto de baño y refrescó sus ardientes mejillas. Era un día extraño donde había derramado más lágrimas que en toda su vida. Cuando se recobró, salió en busca del hombre a quien las circunstancias parecían alejar.

lunes 21 de julio de 2008

POR SIEMPRE - XIX

La mañana del sábado fue atípica para las amigas. Durmieron sin desvelarse; Sofía sin soñar y Celina sin ser acometida por el insomnio. A las nueve de la mañana, a pedido de René, Rayén les subió el desayuno a la habitación. Esta modalidad no era costumbre en la casa para nadie, pero ellas eran huéspedes de honor y la mujer se sentía movida a expresarle su gratitud a Celina. Golpeó varias veces la puerta hasta que las muchachas se despabilaron. Una adormilada Sofía le abrió la puerta y exclamó al ver la bandeja:

-¡Cel! ¡Nos envían un desayuno de regalo!

Rayén sonrió ante la espontaneidad de la joven y les deseó buen día a ambas. Celina la saludó mientras se levantaba de la cama y se acercó a la mesita adonde la mujer acomodó el contenido de la fuente.

-¡Mmn, Rayén! Esto huele delicioso. Pero no te hubieras molestado… –dijo como si conociera los hábitos de la vivienda.

-Para mí es un placer, señorita. Pero no hago más que cumplir las indicaciones del señor René.

-¿René se levantó? - interrogó Celina.

-No tan temprano como todos los días. El señorito Sergio dijo que no entendía cómo estaba tan bien esta mañana. La madre tierra lo ha protegido para el kawin.

Como la joven la miró extrañada, tradujo:

-Para el festejo en su honor, señorita. Todos están ansiosos por conocerla.

-¿Vendrá mucha gente, Rayén? –preguntó Celina intimidada.

-Los que quieren agradecerle – resumió la mujer, y luego añadió-: que disfruten el desayuno.

Rayén cerró la puerta del cuarto dejando a la muchacha con la incógnita. Las amigas se sentaron frente al ventanal observando el espléndido día posterior a la tormenta. Comieron con apetito el variado refrigerio y se dispusieron a vestirse para la reunión. Eligieron indumentaria cómoda y sencilla para un día de campo y, cuando estuvieron listas, bajaron a la cocina donde Diana y Walter estaban desayunando.

-¡Buenos días, bellezas! Hágannos el honor de su compañía -saludó el hombre jovialmente mientras se levantaba para darles sendos besos.

Diana las saludó con una sonrisa e hizo un gesto de invitación. La ex mujer de René estaba espléndida luciendo un vestido de seda estampado complementado con una capelina blanca que descansaba sobre su espalda. Las jóvenes se instalaron con la solícita colaboración de Walter y aceptaron un café más.

-¿René estaba en condiciones de levantarse? -Celina se dirigió al médico.

-Milagrosamente, sí. Este hombre es un toro, así que se justifica que lo atienda un celoso veterinario -se volvió hacia su mujer-: ¿podés creer que Sergio no requirió nunca mi opinión? -y siguió-: Salvo los mínimos magullones por haber soportado ese peso, se movía sin dificultades.

-René es incapaz de aceptar los límites físicos. Y ya está entrando en la vejez -terció Diana como al pasar.

Sofía largó una carcajada:

-¡No conozco un tipo tan vital como René! Y ni hablar de su apariencia. Parece el hermano de su hijo… Yo creo que está muy lejos de la vejez -certificó con aplomo.

Celina ni se molestó en intervenir. Querida Dianita -pensó- cómo te escuece que René se haya fijado en mí. Pero ¿sabés? Cuanto más me atacás, más firme es mi convicción de lo que siento. Giró hacia Sofía y le preguntó:

-¿Querés que vayamos afuera? Será interesante observar los preparativos.

-Vamos. Me gustaría conocer la caballeriza -se levantó y se dirigió a la pareja-: ¿Vienen?

-Gracias. Pero ya hemos asistido a muchos festejos. Vayan ustedes -dijo Diana.

Las chicas saludaron y salieron al amplio solar que rodeaba la casa desde donde se divisaba el ajetreo de los empleados acomodando mesas y sillas. Rayén, como un general al mando de su ejército, daba órdenes que sus soldados se apresuraban a obedecer. La saludaron camino a la caballeriza y se detuvieron para charlar con los hombres que se ocupaban de encender el fuego. Los boxes estaban custodiados por el empleado al que Celina ya había conocido, quien las saludó con deferencia y abrió la puerta a pedido de de la joven. Sofía admiró cada ejemplar con ojos de conocedora pues su padre tenía un haras en la provincia de Buenos Aires.

-¿Qué caballo montaste? -se interesó después del reconocimiento.

-Éste -Celina se dirigió al dominio de Amigo. Se dirigió a él con voz cariñosa:

-¡Hola, Amigo! Hace mucho que no nos vemos -Mientras lo acariciaba:-¿Me extrañaste? Si fuera por mí, te llevaría a mi casa, bonito.

Sofía se cruzó de brazos con paciencia, escuchando cómo su amiga le prodigaba palabras y mimos al caballo según acostumbraba con cualquier animal. Hasta ella creía en la firme hipótesis de Celina de que cualquier ser vivo, al menos, comprendía el tono con el que se le hablaba. Tan distraída estaba en la contemplación, que la sorprendió la aparición de René a su lado. Él cruzó el índice sobre los labios para indicarle silencio, y se deleitó con las expresiones amorosas que Celina derrochaba con el equino. La joven se despidió del cuadrúpedo con una palmadita y se volvió hacia su compañera para encontrarse con un sonriente René que le dijo:

-¿Puedo cambiar de lugar con Amigo?

El rubor subió a su cara impulsado por los latidos de su corazón. Se miraron encandilados mientras la alegría de estar frente a frente les alumbraba una sonrisa que daba de baja a la soledad. Se acercaron olvidados de Sofía que discretamente los dejó solos. René encuadró la cara de Celina entre sus manos y bajó la cabeza buscando sus labios. Ella cerró los ojos como una adolescente esperando el primer beso, al tiempo que el cálido aliento del hombre se transformaba en una tierna presión que la dejó totalmente vulnerable. Los brazos la enlazaron por la espalda y la cintura, y la boca resbaló hasta su oreja murmurando una y otra vez su nombre; confesándole las largas noches de vigilia deseando tenerla a su lado como la viera la primera vez; la lucha contra el impulso de arrebatarla de su habitación para traerla a su cama. Celina había apoyado sus manos contra el pecho de René en un débil intento de recuperar la cordura que perdió totalmente cuando el segundo beso, apasionado e inquisidor, invadió la privacidad de su boca. Lengua contra lengua intercambiaron los primeros humores que anticipaban el irrevocable acto del amor. Una cabezota a modo de palanca los separó permitiendo que recuperaran el aliento. Ronco se abalanzó sobre René, le lamió la cara y apenas le dio tiempo de sujetar a Celina antes de que le pusiera las patas sobre el pecho y repitiera el festejo. Iba del uno hacia el otro ladrando y moviendo la cola como aprobando la elección de su amo. Riendo, René ciñó a la joven por la cintura y la condujo fuera de la caballeriza. A la entrada, Sofía y el empleado disimulaban su involuntaria calidad de observadores a puerta abierta. Ambos estaban seguros de que la pareja estaba demasiado ensimismada como para reparar en tan nimio detalle. René se detuvo a la entrada y desenlazó a Celina para tomarle las manos como si no pudiera evitar el contacto.

-Te amo. Tengo que supervisar las tareas y darle una mano a Rayén. No te vayas fuera de mi vista. ¿Te dije que te amo? -tiró de la risueña mujer y la besó a cielo abierto. Le hizo un guiño a Sofía y se fue.

-Querida, borrá esa expresión de embobamiento y no me contés nada porque lo vi todo -chacoteó su amiga.

Celina estaba en una dimensión astral donde nada la rozaba. Sonrió a su compañera como si le hubiera dispensado un halago. Sofía suspiró resignada y miró a su alrededor donde todo el mundo estaba activo. Divisó a Sergio, Jeremías, don Arturo y Camila cerca de un asador:

-¿Estás en condiciones de bajar a tierra y alternar?

-¡Por supuesto! -se defendió su amiga.

-Vamos a saludar a nuestros anfitriones -dijo Sofía alegremente.

Caminaron hasta donde estaba el grupo que las recibió con demostraciones de afecto. Don Arturo y Jeremías expresaron claramente satisfacción en sus miradas y Camila les dio un abrazo y un beso. La expresión de Sergio, tras el saludo, era inescrutable. Celina, que tenía la sensibilidad a flor de piel, sintió por primera vez un atisbo de inquietud frente al muchacho. Sus ojos eran huidizos como si quisieran ocultar algún secreto. ¿La prueba que tendré que afrontar será la oposición de su hijo? pensó afligida. La llegada de Andrés la sacó de su meditación.

-¡Ya están llegando los invitados! La entrada está llena de autos -anunció con entusiasmo, y a continuación-: ¿Vas a pronunciar un discurso, Celina?

-¡Dios me libre! ¡No!

-Es lo que se estila en los homenajes -dijo decepcionado. Luego, con afecto:- no te preocupés, el abuelo te salvará.

Las mujeres rieron ante la cándida observación del jovencito que ponía en evidencia una realidad sobrentendida.

-¿Estás intranquila? -le preguntó Camila.

-Un poco. Me voy a morir de vergüenza ante tanta gente.

-Es que Celina es muy modesta -aportó con cariño su amiga.

-Como dijo Andrés: no te preocupés. René no permitirá que pases un momento desagradable -sostuvo la mujer de Sergio.

-Bueno, no creo que sea para tanto, -reaccionó Celina- estaré a la altura de las circunstancias.

El bullicio crecía a medida que ingresaban los convidados. La homenajeada vio acercarse a René que la encaró con una cálida mirada.

-¿Está preparada mi ovejita para el sacrificio? -le preguntó con humor.

-Soy toda tuya -le respondió con desenfado.

-¡Más quisiera! -contestó el hombre calurosamente, y aclaró:- Vamos a recibir juntos a la gente, así será más llevadera la presentación.

Se despidieron del clan y, sosteniendo René la mano de Celina, se encaminaron hacia los invitados.

sábado 5 de julio de 2008

POR SIEMPRE - XVIII

-¿Qué opinás de mi hijo? - se preció René.

-Una versión mejorada del padre -rió Celina.

El hombre hizo una mueca festiva y se acomodó en medio de la cama. Señaló el espacio que quedaba:

-Si te sentás acá no te voy a comer… -su mirada no combinaba con el discurso.

La mujer hizo un gesto desafiante y se sentó en el lecho con la misma postura que en el suelo.

-¿No nos hemos vuelto demasiado confianzudos en tan poco tiempo? –apuntó ella displicente.

René sonrió mientras Celina observaba apreciativamente el fuerte torso descubierto y amoratado por el golpe. Pensó que tardaría bastante en recuperarse para… ¿para qué? No pensó más y cambió de tema:

-Esta tarde, mientras visitábamos el lago Tig, vimos de nuevo a la mujer del bosque.

-¿Qué pasó? ¿Te amenazó o intentó alguna intimidación? –la interrumpió alarmado.

-No. Me dijo… No puedo entender lo que dice. Pero tengo la sensación de haber roto algún equilibrio –expresó afligida.

-¡No, mi querida…! –dijo fervorosamente- Esa mujer está trastornada pero prometo que no volverá a molestarte.

-¿Ella inventa todo? –la pregunta esperaba confirmación.

-Todo.

La joven quedó sumida en sus pensamientos. René no la interrumpió esperando que se tranquilizara y planeando poner fin a las incursiones de la machi. La enviaría a otro territorio de ser necesario. No permitiría que sus aprensiones echaran por tierra la concresión de su amor, durara lo que durase. En las tierras de Jeremías le previno que la unión con Celina estaba signada por la maldición familiar. Él respetaba las creencias del pueblo de la tierra, pero ninguna amenaza igualaría la aflicción de no poseer a la mujer que amaba. Para sacarla de su meditación, se interesó:

-¿Les gustó el recorrido?

-Es maravilloso. Y no veo la hora de visitar la Gran Caverna –A continuación, preocupada:- ¿no sería mejor suspender la reunión hasta que te recuperes?

-¡De ninguna manera! Estaré bien. Ni un entierro podría contener la ansiedad de los pobladores por conocerte.

-Voy a desear que me trague la tierra... –confesó azorada.

-No te asustés. Yo me ocuparé de presentarte a la gente y de rescatarte a tiempo –le dijo para alentarla.

Ella lo miró agradecida, y antes de que pudiera contestarle, golpearon la puerta.

-¡Adelante! -permitió René.

Walter entró acompañado de Diana y Andrés. El jovencito se ubicó en la cama al lado de Celina imitando su posición.

-¡Andrés! Bajate de la cama que molestás a tu abuelo -la reconvención de Diana no parecía sólo dirigida a su nieto.

Ni Andrés ni Celina se dieron por aludidos, especialmente el nieto que fue tironeado del pelo por su risueño abuelo hasta acercarlo a su pecho y asfixiarlo en un abrazo. Andrés gritó eufórico y Celina se sorprendió especulando que René estaba lo suficientemente fuerte para… Volvió a detener su meditación.

-¿Ya te inspeccionó el matabichos? Me tiene menos confianza que a un mono -dijo Walter acercando dos sillones.

-Es que se cree todo un veterinario -contestó René sonriendo.

-Harías bien en dejar que Walter te revisara -intervino Diana.

-No tengo ningún inconveniente, querida. Pero Sergio me dio vuelta de atrás para adelante y me auguró una pronta recuperación.

Celina consideró que era momento de retirada. Lo dejaba en compañía y deseaba hablar con Sofía. Se bajó ágilmente del lecho y se despidió:

-¡Buenas noches a todos! Me voy a dormir.

Las voces le desearon descanso y René atrapó su mano para depositar un beso en la palma.

-Gracias de nuevo -le dijo demorándose en soltarla.

Se desasió y salió sin responder. Ansiosa por ver a su amiga, caminó hacia su habitación con el recuerdo del beso alojado en la mano. Abrió la puerta y Sofía saltó de la cama como un resorte.

-¿Cómo está tu príncipe azul? -le dijo dándole un beso.

-Magnífico. Como si en vez de una rama le hubiera caído un helecho.

-¡Me alegro, Cel! -festejó su amiga.

-¿Y cómo fue tu encuentro?

-¡No me reconoció! -dijo Sofía contrariada.

-¿Cómo puede ser? -interrogó Celina sorprendida.

-¡Qué sé yo! Cuando nos presentaron me miró afablemente, sin ver en mí nada especial. Y lo extraño es que ni siquiera me decepcionó demasiado…

-De eso me alegro, Sofía. Me hubiera roto el corazón que sufrieras por un amor irrealizable -dijo fervientemente.

-¿Lo conociste? -preguntó su amiga.

-Sí. Primero me tropecé con él cuando buscaba auxilio para René. Después lo volví a ver cuando revisó a su padre.

-¡Qué pregunta tonta! Si él corrió en su ayuda… ¿Y qué te pareció?

-Ya van dos veces que me preguntan lo mismo. Te respondo como a René: una versión mejorada del padre.

-Es muy atractivo. Y debe querer mucho a su progenitor. Cuando Rayén preguntó por “el señor René”, Sergio miró el reloj y salió como un bólido. Walter lo siguió cuando pudo reaccionar.

-Fue un accidente con suerte. Por lo que el asado de mañana no se suspende.

-No te veo muy entusiasmada.

-No veo la hora que llegue el domingo. Es la misma sensación que tengo cuando vienen las fiestas de fin de año. ¡Quiero que pasen cuánto antes!

-Bueno, bueno, chiquita. No vas a decir que las últimas en mi compañía las pasaste mal…

-¡Sos una latosa! Me gastaste presentándome esos candidatos al chaleco de fuerza -no pudo contener la risa al recordarlos.

-¿Ves? Hasta ahora te divertís. Pero vos te estabas reservando para un destino superior -observó con picardía.

-¿No es todo una locura? Cuando lo miro, o hablo con René, siento que lo conozco de toda la vida. Nada en él me provoca desconfianza y me parece que es peligroso…

-¿Por qué no te aflojás de una vez? No es posible que vivas tus relaciones observándolas con una lupa. ¿Te gusta? Dejate guiar por lo que sentís -aconsejó su amiga.

-Lo que siento es que ya no quiero que haya barreras entre nosotros, ¿entendés? Y tengo miedo de salir defraudada -se sinceró.

-Esas son excusas. Y no te habla la sicóloga. Mi sexto sentido dice que René te dará la felicidad que buscás. Y la pasión, y los hijos, y la herencia, y…

-¡Basta! -Celina largó la risa mientras le tapaba la boca.

Sofía se alegró de haberla sacado de su melancolía. Volvió a la cama mientras su compañera se vestía para descansar. Antes de pasar a su lecho, Celina se sentó junto a ella.

-¿Hay algo que quieras confesar, hija mía, antes de irnos a dormir? -le preguntó con grandilocuencia.

-Sí, madre de los accidentados. Que me muero de sueño y que faltan pocas horas para levantarnos.

-Si tu confesión me provoca insomnio, lo compartiré gustosa con vos -dijo Celina dándole el beso de las buenas noches.

domingo 22 de junio de 2008

POR SIEMPRE - XVII

Sergio abandonó el dormitorio de su padre dejándolo en compañía de Celina. Estaba absolutamente trastornado por la furia de sus emociones y por la inexorable prohibición de sus deseos. ¿Cómo enfrentarse a Camila rompiendo el pacto de lealtad que ambos profesaban de mutuo acuerdo? ¿Cómo explicarle que una muchacha a la que recién había conocido borrara de un plumazo doce años de estabilidad? Desde que la vio sintió que la mujer le estaba reservada y que la vida sin ella carecía de significado. Ni la imagen de su hijo catalizaba la urgencia de sus sentimientos. ¿Habría amado alguna vez a su esposa o nunca imaginó que el amor conmovía hasta la médula? Esta reacción de su carácter coincidía más con el ímpetu de su madre que con el aplomo paterno con el que siempre se había identificado. Salió al exterior por la puerta de servicio esperando que el furor de la tormenta neutralizara su tempestad interior. Ronco se acercó moviendo la cola y recibió unas palmadas de agradecimiento por su magnífica participación. Se sentó al reparo de la lluvia y el perro se tendió a su lado. Dos tristes solitarios impedidos de disfrutar de la presencia de las personas amadas. Revivió las dos horas posteriores a su regreso. Su padre estaba cambiado. Una expresión vivaz iluminaba su semblante y un desusado brío juvenil animaba su habitual compostura. Abrazó a los inefables integrantes de su familia y volvió a escuchar la cháchara de Andrés acerca de su aventura y de la ya endiosada salvadora. Antes de llegar a la vivienda le cedió el volante y bajó a cerciorarse de la seguridad de los corrales. Él guió el auto nervioso como un adolescente en su primera cita. Quería y a la vez temía enfrentarse con la joven que había convertido su vida en una paradoja. Llegaron a la entrada mientras Rayén, firme en la puerta, luchaba porque el viento no se la llevara. La estrechó con cariño al igual que Camila y dejaron el equipaje y los abrigos a la entrada, esperando subirlos cuando hubieran satisfecho las preguntas de todos. No escapó a su observación la inquietud de su madre ni la actitud de distanciamiento de su abuelo, quien nunca le había perdonado el abandono de su inaugurada familia. Rayén, que se había ausentado para prepararles una colación, volvió en compañía de una hermosa joven rubia que la ayudaba a cargar las bandejas. Él la miró con fijeza cuando se la presentaron y creyó atisbar un destello de reproche en los límpidos ojos celestes. Era Sofía, la amiga de la heroína quien, según explicó, había salido detrás de Ronco que parecía reclamarla. En principio, la aclaración no le llamó la atención porque se estaba interrogando por la expresión de la muchacha y manejando su ansiedad por la ausencia de Celina, pero un comentario hecho por Rayén en una de sus apariciones le hizo mirar el reloj y descubrió que su padre llevaba casi media hora ausente. Los corrales no estaban lejos de la finca y verificar su normalidad era cosa de pocos minutos. Unió esta reflexión a la agitación del perro, y presintió que algo había pasado. Sin vacilar, salió de la casa sin detenerse a contestar preguntas y corrió en medio del furioso vendaval hacia las construcciones. Una ojeada en cada lugar sin encontrar a su progenitor corroboró su presunción. El lejano ladrido de Ronco lo direccionó hacia la senda que conducía al arroyo precipitando su carrera y la evocación de calamidad. Vio una figura que se lanzaba hacia él pidiendo socorro y la detuvo entre sus brazos cuando resbaló en el barro. La muchacha balbuceó con voz entrecortada por el esfuerzo: “¡René está atrapado bajo un árbol… No sé si está herido… Yo no pude levantarlo… Necesita ayuda…” La percepción del tibio cuerpo estremecido por la aflicción, lo conmocionó hasta hacerle perder el sentido de la realidad. Un gemido de angustia reverberó contra su pecho y lo hizo reaccionar. La sacudió un poco para calmarla y le dijo que fuera a la casa para pedir refuerzo. Ella se compuso rápidamente y salieron disparados hacia puntos opuestos. Antes de llegar al lugar del accidente se acercó Ronco para guiarlo al lado de su padre que se encontraba soportando la presión de una maciza rama. Recordó sus palabras, casi de regaño, cuando se arrodilló a su lado: “¡Viejo tonto! ¿Desde cuándo pensás que te podés arreglar sin mi…?” Una carcajada de alivio le respondió y lo tranquilizó. Si estaba consciente podía verificar rápidamente los daños del aplastamiento. Pese a su situación, respondió a su interrogatorio bromeando acerca de cómo se las arreglaba para diagnosticar a sus pacientes, lo que le valió una grosería de su parte. Aparentemente no había fracturas y el problema se reducía a remover la rama que lo sujetaba. La ayuda llegó rápido porque Celina encontró a Walter, que había seguido a Sergio, y con la colaboración del hombretón levantaron el peso mientras la joven arrastraba al accidentado fuera del radio de peligro. A pesar de la concentración para sostener la rama, recordó que tuvo tiempo de asombrarse por la fortaleza de la frágil muchacha. Cuando su padre estuvo liberado, le hizo un exhaustivo reconocimiento a pesar de su protesta de que él no era un caballo. Con la ayuda de Walter lo ayudaron a incorporarse y le pidió que hiciera una serie de movimientos para confirmar la ausencia de lesiones. Ni bien terminaron los exámenes, su progenitor se acercó a la joven agradeciéndole su ayuda y expresando preocupación por su estado. No escuchó la respuesta de ella pero él se veía recobrado y al mando de la situación. Sosegó a Ronco que mostraba su alegría dando vueltas a su alrededor y manifestó al grupo que era hora de volver a la casa. Tomó la delantera cuidando a la muchacha mientras él y Walter los seguían chapaleando por el barro y sintiéndose poco dignos de reconocimiento. En el camino se enteró por el marido de su madre de lo que sospechaba y temía: que su padre la amaba. ¿Cómo podría no amarla habiendo compartido con ella varios días, cuando él se dejó seducir por la imagen que le sonreía desde la pantalla de su computadora portátil? Andrés había captado en una foto esa bella expresión de contenida alegría que le entreabría los labios y llenaba sus pupilas de interrogantes. Se la envió por correo electrónico ávido de compartir con sus padres la experiencia que había vivido y la fascinación que le despertaba la joven. Sólo que Sergio guardó celosamente ese retrato para sí y aprisionó cada detalle del rostro femenino en su controlado territorio de los deseos inexplorados. Los últimos días del viaje los vivió ensimismado entre la culpa y la urgencia por volver. Culpa porque sabía la herida que iba a infligir a su mujer; urgencia porque un oscuro presagio interfería con la rotunda certeza de sus sentimientos.

A medio regreso los alcanzaron Andrés y don Arturo bajo una lluvia que uniformó al bizarro grupo y provocó las expresiones de alarma de las mujeres que aguardaban. Inmediatamente subieron a las habitaciones para quitarse las prendas mojadas y darse un baño caliente. Cuando él entró a la habitación de su padre, Celina estaba sentada sobre un almohadón en posición de loto, entregadas manos y pupilas a ese desconocido que había reemplazado a René Valdivia, su progenitor. Carraspeó para sacarlos de su abstracción y ella se volvió liberando sus manos mientras un sonriente padre le hacía señas para que se acercara. Le presentó a Celina mientras la miraba con ternura, y él mantuvo un gesto circunspecto al saludarla y agradecerle el acto de asistencia en favor de los niños. Una amplia sonrisa de correspondencia realzó el sensitivo rostro de la joven que lo miró llanamente y confesó el alivio que había sentido cuando lo divisó en medio de la tormenta. Este recuerdo avivó la sensación física de contacto infiltrando fuego en su torrente sanguíneo mientras ella, sin sospechar de la pasión que había despertado, charlaba animadamente con los dos. Le preguntó a su padre por qué se había alejado de los corrales. “Escuché ruidos en la senda del arroyo” fue su respuesta y, de no mediar su atracción incontenible, se hubiera divertido con las consideraciones de la muchacha acerca de los lugareños que no saben distinguir el lamento de un árbol que se cae. No dejó que gesto o mirada reflejase el sufrimiento anímico que lo embargaba a medida que la voz, la risa, los gestos y las reflexiones de Celina ratificaban la autenticidad de sus emociones. Como un perverso masoquista se expuso al encanto de la joven con la congoja de saber que nunca podría arrebatársela a su padre, y renegó de su destino después de haber vislumbrado una posibilidad irrealizable. Cumplida la visita se había retirado para terminar en compañía de Ronco. Su vida, desde el momento en que la recibió entre sus brazos, oscilaba entre el equilibrio y el caos.

domingo 15 de junio de 2008

POR SIEMPRE - XVI

-¡Celina!, ¿Adónde creés que vas? -Sofía la detuvo por un brazo.

-¡Quiero saber a qué prueba se refería! -protestó.

-Esa mujer no te va a decir nada más y yo quiero volver… ¡Con vos!

Su amiga la miró dolorida pero la determinación de Sofía se impuso. Sin soltarla, desanduvo el borroso sendero rogando que no desapareciera su punto de referencia. Varias veces creyó divisar al árbol testigo hasta que pudo reflexionar que solamente se veía desde el comienzo de la senda. Allí llegaron sin que se apagara la luz del sol o fueran atacadas por criaturas peligrosas y caminaron sin detenerse hasta el mojón vegetal. Sofía saltó hacia la ribera aferrando a Celina y ni los rápidos reflejos de la deportista pudieron evitar que cayeran despatarradas sobre los afilados pedruscos. Este desenlace aparatoso quebró la ofuscación de las amigas. Una risa nerviosa las sacudió al verse observadas por un grupo de turistas que se acercaron solícitos para ayudarlas a incorporarse. Les agradecieron sin poder contener la hilaridad que sólo decayó cuando emprendieron el camino de regreso.

-De ahora en más, te relevo de ayudarme -dijo Celina enfurruñada.

-Por nada…

-Daría cualquier cosa por estar en el auto.

-Este es el momento en que el levantador en brazos nato se lo pierde -dijo Sofía burlona.

Celina largó una carcajada. Las amigas apuraron la marcha pese a su cansancio y no hablaron demasiado para ahorrar energía. Cuando distinguieron la entrada decidieron tomar un refrigerio en el mismo lugar en que habían almorzado. Pidieron un café y una porción de torta cada una.

-¿Qué entendiste de las palabras de la machi? -preguntó Celina.

-Machi, machi. Te estás contagiando de las creencias de estos aborígenes.

-En serio, Sofía. Me quiso decir algo, pero su lenguaje es tan oscuro…

-Tan oscuro para vos como para ella entender cómo funciona una computadora. Que lo entiendan o no, no cambia los hechos.

-Este es un pensamiento fatalista impropio de vos…

-La vida es una eventualidad. Si no, decime por qué estamos aquí las dos hablando de profecías en vez de disfrutar las vacaciones programadas.

-Por mi culpa, ¿no? -dijo Celina pesarosa.

-¿Y haberte perdido conocer a René? ¿Y yo al hombre que aparece en mis sueños? Como dijo tu machi: está escrito.

Celina miró el reloj y se sobresaltó. Eran las seis de la tarde. Seguramente ya habrían llegado los viajeros.

-Sofía, debemos regresar. Andá relajándote porque es posible que nos reciban Sergio y su mujer.

Se sintió mortificada cuando terminó de decir esto porque pensó que había acentuado innecesariamente el estado civil del muchacho. Su amiga arqueó las cejas y se levantó de la mesa. No cambiaron palabra hasta llegar al vehículo.

-No fue mi intención…

-Dejémoslo ahí -cortó Sofía.

Celina puso el auto en marcha y condujo en silencio por un largo trecho. La tarde iba cayendo en horas, pero reluciente de sol. En su ciudad natal las sombras estarían opacando el día. Se sintió atrapada en una espiral ascendente que la alejaba cada vez más de su existencia metódica y del regular transcurso del tiempo. Las emociones que la impregnaron desde que se bajó del charter eran las más auténticas de su vida. Decidió que la elipsis entre dos charlatanas era demasiado extensa.

-¿Cómo te sentís? -preguntó sin sacar la vista del camino.

-Menos ansiosa de lo que esperaba.

-A lo mejor, en persona, no te afecta como en tus sueños.

-Veremos -contestó Sofía evasiva.

-Quiero que sepas que mi apoyo es incondicional. Salvo que quieras eliminar a su mujer -dijo Celina conspiradora.

-¡Ah! Sabiéndolo, ni te vas a enterar de mis intenciones -fue la rápida contestación.

Atravesaron el último peaje a las ocho y media de la tarde y llegaron a la finca a las nueve, cuando el sol comenzaba a replegarse forzado por nubes tormentosas. El viento arreciaba cuando bajaron del coche y se dirigieron al interior de la casa. Rayén salió a recibirlas y les anunció que toda la familia había viajado al aeropuerto para recibir a los viajeros. René había llamado hacía media hora para avisar que el vuelo estaba retrasado. Las jóvenes le agradecieron la información y subieron a su habitación acuciadas por darse un baño y lucir rozagantes.

-Bañate primero vos -pidió Sofía, indecisa de su vestuario.

Mientras Celina se duchaba, recorrió las perchas sin mucha convicción. A la postre, eligió una solera negra cavada en la espalda hasta la cintura y ceñida como un guante. Nadie imaginaría el atrevido dorso mirando el púdico frente. La dejó sobre la cama y se metió en el baño apenas salió su amiga. Celina se puso un top elastizado que dejaba sus hombros al descubierto y un jean de tiro bajo. Unas cómodas sandalias completaron su atuendo. Se asomó al balcón admirando la rapidez conque la tormenta se había adueñado del cielo. Los relámpagos iluminaban la estancia como las luces intermitentes de un boliche bailable y el viento sacudía los árboles con euforia. Las ráfagas trajeron el sonido de motores que le anticiparon la inmediatez del encuentro con los viajeros y su familia. Extrañaba a René.

-¡Ey! Esta tormenta no me gusta nada -exclamó Sofía saliendo del baño.

-El bloque familiar ya está arribando -el anuncio tenía un matiz tranquilizador.

-¡Menos mal! Estar afuera con este tiempo es atemorizante.

Se sentó delante del espejo para secarse el pelo con el secador de mano. Cuando terminó, buscó la solera y se la calzó. Estaba bella con el largo pelo rubio desparramado sobre el negro ropaje. Buscó unas sandalias negras con adornos dorados y tacos altos y se puso al lado de Celina.

-¡Hola, pigmea! ¿Es posible que puedas respirar a ras de suelo? -preguntó con jactancia.

-Prefiero asfixiarme antes que apunarme -repuso su amiga alejándola de un empujón.

Sofía se rió y empezó a maquillarse mientras Celina esperaba pacientemente. Cuando terminó, se volvió hacia su compañera y le dijo con aprensión:

-¿Ya vamos?

Celina le tendió los brazos con una sonrisa comprensiva. Ambas se estrecharon ratificando su apego y salieron al pasillo rumbo al encuentro temidamente deseado.