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viernes, 4 de julio de 2014

CONFLICTO AMOROSO - XXIII



El pibe, amedrentado por la orden de quien lo sostenía, se dedicó a lloriquear en voz baja. Distinguí la voz de Samanta entre el bullicio: —¡Marti, Guille! ¿Están bien? —preguntó en inglés.
—¡Sí! —Le contestó su hermano en el mismo idioma—. ¡No te muevas de dónde estás!
El guía gritó: —¡No se vuelvan! ¡Caminen hacia la salida que está cerca!
Atrás continuaban los clamores de la mujer y los improperios de los paseantes. Un hombre se abrió paso hacia nosotros voceando el nombre del chico. Guillermo lo detuvo y le entregó al mocoso: —Hacete cargo vos —le dijo.
Me ciñó entonces con ambos brazos y me preguntó: —¿Estás bien, querida?
Yo suspiré contra su pecho: —Sí… —y como no me soltaba, murmuré—: Ya puedo caminar sola.
Aflojó el cerco despacito pero me mantuvo sujeta a su costado hasta que cruzamos la salida. Allí me tomó de los hombros y escrutó mi rostro buscando algún signo de conmoción.
—Me asusté cuando te oí gritar, Martina —dijo conmovido.
—El chico me sorprendió. Gracias por evitar que cayera al agua —reconocí sosteniendo su mirada.
Todavía estábamos absortos el uno en el otro cuando se acercó Sami.
—¡Qué travesía, chicos! El crío casi me tira al piso y la madre desde atrás no ahorró empujones. ¡Varios cayeron al suelo como bolos! —rió—. Y después, los que salieron de estampida atropellaban en sentido contrario… ¡Ufff! —resopló—. ¿Ustedes bien?
—Bien —confirmó Guille—. Vayamos a devolver el equipo y las invito a un refrigerio antes de visitar la gruta.
El guía nos interceptó al salir del depósito: —¡Compadre, no se vayan! Queda probar suerte en el Arroyo Amarillo —le dijo a Guillermo.
Él nos consultó con la mirada y ambas denegamos con un gesto amable. El baqueano se refería a la búsqueda de oro zarandeando el sedimento del arroyo. Hoy en día, con los filones agotados, no era más que un entretenimiento que podía terminar con el cuerpo acalambrado.
—Gracias, viejo —contestó Guille—. Otra vez será. Las chicas están cansadas.
El joven levantó el pulgar y enfiló hacia el grueso del contingente. Nosotros, en un silencio lánguido y amistoso, caminamos hacia el restaurante adonde estaba estacionado el auto. El gurka nos agasajó con una torta exquisita y un aromático café para luego transitar unos veinte kilómetros hacia el este en busca de Inti Huasi. En quechua significa “casa del sol” y tiene una antigüedad de ocho mil años. Guillermo me relevó en la conducción de modo que me dediqué a observar el paisaje. Una formación de nubes grises opacaba el brillo del sol y acentuaba la serranía allende la ruta. Las formaciones rocosas se hicieron más profusas conforme nos acercábamos a nuestro destino en tanto la niebla engullía la cresta de las más altas. La gruta estaba atravesada por pasarelas a cuyo costado estaban expuestas distintas piezas de las culturas aborígenes que la habían ocupado por milenios. En las paredes, erosionadas por el paso del tiempo, quedaban rastros de antiquísimas pinturas. Nos llevó más de una hora recorrerla. Regresamos a Merlo anocheciendo.
A las once de la noche me despedí de Sami y familia después de haber compartido la pizza y las empanadas caseras que le habían obsequiado a Darren. Necesitaba procesar los acontecimientos de los dos últimos días con la cabeza despejada y lejos de la mirada del gurka. Porque mi análisis poco tenía que ver con la disolución del vínculo con Noel; tenía que ver con los cimientos de mi vida que la aparición de Guillermo Moore había debilitado.
             —¡Dinamitado, Martina! —Vociferó mi otro yo—. Tu metódico devenir entre el trabajo, la casa de tu mamá, la relación sin premuras con Noel, la estoica resignación a no progresar, carecía de sustento.
             —¡Yo vivía tranquila —me defendí.
             —¡Ja! Vivías en la inercia y, aunque te espante, un ejercicio de sinceramiento podría abrirte las puertas a una existencia con significado.
             —¿Pensar en proseguir la licenciatura en idiomas no te parece un cambio?
             —Es solo el comienzo. No solo de títulos vive el hombre… —dijo con hastío.
Me estiré en la cama con un largo suspiro. Sabía adónde quería llegar mi sabueso interior: no se conformaba con huesos, quería sangre. Pretendía que me quitara la máscara con respecto a Guille, que confrontara sentimientos con dogmas, que aceptara que su intrusión era cada vez más consentida. Las circunstancias que me obstinaba en negar me atravesaron como dardos: el beso, su confesión, la sensación de amparo al abrigo de su cuerpo, cada gesto con el que afirmaba su designio de seducirme.
             —Dale, Marti… —de nuevo mi fastidiosa voz interior—, aceptá que su actitud te fue ganando. Si se hubiese acercado a vos sin ese conocimiento previo, ¿lo habrías descalificado?
Lo pensé despojado de su antecedente temporal y concluí que me hubiese fijado en ese hombre de físico y carácter atrayentes. No había hecho el intento de imponerse por su posición social o económica lo cual no era muy común en personas exitosas y lo favorecía en mi escala de valores.
             —¿No es hora de darle la razón a India y dejarte llevar por tu instinto en lugar de melonear cada una de tus reacciones…?
Me dormí sin resolver el conflicto. La alarma del celular me despertó a las ocho de la mañana. Una hora después, bajé ocultando la cajita detrás de la cintura. Sami estaba sentada tras la barra.
—¡Buen día y feliz cumpleaños! —la abracé, la besé y le dí un tirón de orejas antes de ofrecerle el regalo.
—¡Marti! ¡Gracias! —dijo con una risa sorprendida.
Rompió el envoltorio y admiró el estuche. Luego lo abrió y emitió una exclamación de deleite al ver la pulsera. La ayudé con el broche y estiró la mano para admirarla.
—¡Marti! —repitió—, ¡es preciosa y original! —me abrazó—: Sos muy generosa —dijo agradecida—. Y no quisiste gastar en un vestido de fiesta…
—Importa que te guste, y pienso pasarla bien aunque no vaya de largo —aseguré.
—No es lo que me preocupa —dijo convencida—. Vas a estar hermosa con cualquier atuendo.
—Todo un cumplido —reí. Miré a mi alrededor—: ¿Y los muchachos adónde están?
—Una mala y una buena —me comunicó Sami—: lo llamaron a Darren porque una máquina computarizada quedó fuera de servicio y Guille lo acompañó. La buena: que me valí de mi ventaja como la mujer del ingeniero y nos esperan en el mejor salón de centro para una sesión integral de estética —declaró con entusiasmo.
Fruncí el ceño. Si no podía invertir en un vestuario menos en algo tan efímero como un tratamiento de belleza.
—Yo paso, Sami —me disculpé—. Te acompaño y te espero.
—Te vas a aburrir… —se lamentó.
—Ni lo pienses. Si va para largo, voy a buscar la manera de ocupar el tiempo.
Desayuné en tanto Samanta se pertrechaba para salir. A las nueve y media ingresamos al Instituto “Afrodita”. Como mi amiga se iba a someter a todos los cuidados que ofrecían, le obsequiaron un tratamiento capilar gratuito que insistió yo aprovechara. Por no discutir, seguí a la empleada hasta el sector de estética del cabello adonde insertaron un turno para el cual debía aguardar una hora. En tanto, pusieron a mi disposición un box equipado con una computadora y conexión wifi. Hablé con mami y me vi con India quien se manifestó inexorablemente enamorada de Román y evaluando la posibilidad de mudarse con él. Explotando mi declaración de alegría por su estado de gracia, intentó sonsacarme con respecto a Guille.
—No hay novedades —transmití.
—Martina, he desnudado mi alma frente a vos, ¿y me retribuís con un comunicado lacónico? —se indignó.
La aparición de una empleada requiriéndome para pasar al salón acabó con la polémica. Me despedí con la promesa de llamarla al día siguiente. Simpaticé de inmediato con la encargada, que estudió mi pelo y me aconsejó acerca del tratamiento, color y corte. Salí tres horas después con unas espectaculares mechas californianas que doraban las puntas desparejas y onduladas. Estaba famélica y después de averiguar que a Sami le quedaba más de una hora, me dirigí a la confitería del Instituto adonde habíamos acordado en reunirnos. La vi venir mientras terminaba un tostado de pollo, jamón y queso. Estaba espléndida con su pelo rubio brillando bajo la sutil iluminación del local. Se acercó a la mesa y me observó antes de sentarse.
—Martina, si fuera posible diría que te quitaste diez años de encima —su apreciación sonaba sincera.
—¡Dios me libre! —exclamé—. Porque en cualquier momento el gurka aparecerá correteando por aquí.
Largó una carcajada antes de sentarse que me transportó a los despreocupados años de nuestra adolescencia. Le hizo una seña a la camarera: —¡Me muero de hambre! ¿Está bueno el tostado?
Asentí y encargó uno para ella. Después nos estudiamos con afecto.
—Darren me avisó que llegarían alrededor de las nueve de la noche y eso gracias a mi hermanito que pudo destrabar un programa —me informó. A continuación—: Debieras mantener siempre ese corte y ese color, Marti. ¡No sabés cuánto te favorecen!
—Sí, claro, si no pagara el alquiler de mi departamento —dije divertida.
—El tiempo dirá —dijo enigmática—. ¿Te parece que ocultaron mis arrugas con el maquillaje?
—Son indicadores de carácter —atestigüé.
—Pero a vos no se te marcan —puchereó.
—Porque no tengo una piel delicada como la tuya —traté de convencerla.
Volvió a reír y se abstrajo en su comida. Al salir, hizo algunas compras por el centro antes de regresar a la casa. Eran las ocho cuando entramos a nuestros dormitorios para cambiarnos. Me duché cuidando de no mojar el cabello y elegí un vestido blanco que dejaba mis hombros y espalda al descubierto. Bajo el ceñido talle, la amplia falda caía a mitad de muslo. Calcé unas sandalias altas y blancas, aros, brazalete y tobillera del mismo color y me contemplé en el espejo. La mujer de piel bronceada que me enfrentaba se veía fascinante. Terminé mi arreglo, me cubrí con la torera de mangas hasta el codo y bajé al encuentro de cualquier reto que me propusiera el destino.

miércoles, 28 de marzo de 2012

AMIGOS Y AMANTES - III


Jordi detuvo su carrera cuando dio vuelta a la esquina. Otras sensaciones sustituyeron la urgencia de llegar al kiosco para comprar los sobres que tanto anhelaba. Caminó con la cabeza gacha para no perder la línea recta de sus pasos mientras se concentraba en su hermana. Ivi estaba triste. Ivi pensaba que la vida era un desierto oscuro y vacío. Ésa era la imagen que tenía en su cabeza cuando le dio con generosidad el dinero que necesitaba. Jordi no se asombraba de las representaciones que veía en la mente de las personas porque le sucedía desde muy pequeño, pero evitaba hablar de ello para que no se burlaran o lo tomaran por loco. Algunas eran coloridas y sugerentes como las de Gael cuando miraba a su hermana, aunque él todavía no podía deducir mucho de las imágenes de los adultos. Pero sí entendía el significado del paisaje árido y apagado que agobiaba a Ivana. También podía diferenciar entre pensamientos amigables u hostiles entre ese abanico de estampas que poblaban la mente de los organismos vivos. Porque Jordi podía sintonizar las impresiones del mundo animal y vegetal que se le manifestaban, en el primer caso como líneas y el segundo como formas geométricas. Las figuras nunca eran amenazantes, pero las líneas… Las líneas rectas eran favorables; las onduladas de precaución; las dentadas de peligro. Este conocimiento innato le permitía transitar entre los animales con seguridad, alejándose cuando percibía la posibilidad de agresión. Descubrió que podía alterar el trazado de estos símbolos cuando tenía cinco años, en ocasión de pasear con Ivi y Gael por los alrededores de la casa de fin de semana que su papá había alquilado en Roldán. A instancia de su hermana se internaron entre unos árboles para observar un matorral de flores amarillas. Ivi estaba cortando una rama cuando un enorme perro surgió de la espesura gruñendo y mostrando los dientes. Gael se puso delante de los hermanos y enfrentó al animal cuyo patrón de pensamiento aterrorizó a Jordi. Supo que el joven no podría detenerlo y se adelantó al encuentro del perro. Ivana gritaba mientras Gael, que había recogido una piedra, la sujetaba y trataba de calmarla. El niño adelantó las palmas de las manos hacia el can ante la mirada alerta del joven. Poco a poco el mastín dejó de rugir, su cuerpo se aflojó y pegó la vuelta para adentrarse entre la vegetación. Jordi había aprendido a interactuar con los animales transformando su módulo de ferocidad. Ivi se desasió de Gael y corrió a guarecerlo entre sus brazos. Después, sollozando, intentó golpear a su amigo que la mantuvo trabajosamente lejos de su cuerpo.
-¡Desalmado! ¡Escudarte detrás de un niño! ¡Lo hubiera podido destrozar!
Jordi percibió el dolor del muchacho ante la injusta acusación y el silencio amargo con que recibió el reclamo.
-¡Ivi! -intervino.- No lo retes a Gael porque estaba atento para defendernos. Se puso delante de nosotros y te salvó la semana pasada.
La declaración del niño detuvo el ataque de Ivana proyectándola hacia la nefasta aventura que habían interrumpido su hermano y su amigo.
-¿Presumiste ante Jordi tu papel de héroe? -le espetó indignada.
-No merece siquiera que te conteste -dijo el muchacho con desprecio.
-Entonces anduvieron hablando con Diego y mi hermano los escuchó -insistió la joven sin reparar en su tono.
-¡Basta, Ivi! Lo sé pero nadie me lo dijo -interrumpió Jordi al borde del llanto.
-¿No ves que lo estás atormentando? No te creía capaz de este arranque de histeria -declaró Gael decepcionado. Se repuso y ordenó al dúo con firmeza:- Salgamos de este lugar.
Los hermanos lo siguieron sin discutir. Jordi porque estaba desconcertado por el arranque de su hermana y las impresiones que le transmitían ambos jóvenes al pelear, e Ivana porque sentía que había llegado demasiado lejos en su ataque a Gael. Las palabras del pequeño, aceptando que ninguno de sus protectores le hubiese contado nada, la llenaron de inquietud. Ahora que estaba calmada, revivió la escena del duelo con el perrazo. Fue como si el niño lo hubiese dominado mentalmente. Lo tomó de la mano y corrió tras Gael que caminaba a grandes pasos.
-¡Pará un momento, por favor! -le dijo cuando lo alcanzó.
El muchacho la miró con seriedad y ella se dio cuenta de que debía desplegar todo su encanto para que la disculpara.
-No me mires así, inglecito -dijo con un mohín- que me vas a romper el corazón. -Estiró la mano para acariciarle la cabeza pero el joven se apartó con brusquedad. Los ojazos de ella lo miraron con reproche y sus labios se curvaron inducidos por el llanto inminente. Las lágrimas de Ivi disolvieron como por encanto el enfado de Gael. Atinó a tartamudear una excusa y se acercó para abrazarla torpemente. Un tropel de sensaciones lo embargó mientras la chica sollozaba contra su cuerpo. Era la segunda vez que la tenía contra él, aunque de la primera ella no tenía memoria. La cargó desmayada entre sus brazos mientras Diego se ocupaba de persuadir al oportunista de que no le convenía meterse con su hermana. Gael no se cuestionaba las emociones que ella le despertaba. La quería como fuera. Ofensiva, intolerante, indiferente a los sentimientos que le provocaba. Poco a poco disminuyó el llanto y la joven se apartó de la remera húmeda de lágrimas y manchada de rimel.
-¿Me perdonás? -rogó afligida.
Él sonrió y le trabó el cuello con el brazo hasta arrimarle la cabeza a su hombro.
-Sólo si me lavás y me planchás la remera.
-¡Hecho! -dijo Ivana aliviada.
Jordi, reanimado por el vuelco que había tomado la controversia entre Ivi y Gael, corrió delante de los dos apremiado por probar la torta de manzana que había preparado su madre. Sentía un poquito de remordimiento por haberla forzado a postergar las frutillas. Pero a él le seducían las manzanas.