sábado, 9 de julio de 2011

DESPUÉS DEL TEMPORAL - XII

Deambuló por la calle intentando encontrarle sentido a la afrenta vivida. ¿Tanto la odiaba Adelina para hacerle perder el empleo y el buen nombre? ¿Y cómo había ingresado el valor con una fecha vencida si el sistema no lo permitía? Sólo con intervención del personal de cómputos, concluyó. Vaya a saber qué mentira les contó para que la ayudaran a salvar un error. Cuando las lágrimas volvieron a asomar, tomó un taxi para llorar a solas en su casa. Descolgó el teléfono porque intuía que sus compañeras de trabajo intentarían comunicarse con ella. Dio rienda suelta a su congoja y se fue a dormir sin cenar. El despertador sonó a las siete como siempre. Desayunó y tomó conciencia de su estado de desempleada cuando recordó que debía mandar el telegrama de renuncia. Salió del correo sin deseos de encerrarse toda la mañana en su pequeño hábitat, de modo que bajó por la peatonal hasta la costa. Se sentó en uno de los bancos que miraban hacia el río y como no quería pensar en su trabajo, pensó en Germán. Los dos días que la separaban del domingo semejaron años. ¿Podían pasar cosas irreversibles en tan corto tiempo? Sí. Y la prueba de ello era la carencia de trabajo y la posibilidad, si no encontraba otro empleo, de perder su departamento. Si hubieras vuelto… Este mal trago habría sido soportable. ¿Pero que vas a pensar de mí cuando la dulce Adelina se ocupe, porque estoy segura de que se va a ocupar, de contarte mi humillante retirada? ¿Le vas a creer? ¿O me buscarás para escrutar mis ojos cuando yo te diga mi verdad? No, soy una ilusa. Ella es una gran mitómana. Te convencerá…

-Hola, linda –el timbre masculino acalló su voz interior.- ¿Puedo hacerte compañía?

Lo calibró antes de responderle. Era un joven casi de su edad y distendía su rostro en una jovial sonrisa. ¿Qué tenía que perder?, pensó. A lo sumo se despediría si se ponía pesado. El muchacho se sentó y le tendió la mano:

-Me llamo Gabriel, ¿y vos?

-Sofía –dijo estrechándosela.

-¿Vivís por acá?

-No. ¿Y vos?

-Sí. Y lamento no tenerte de vecina. Así te vería todos los días.

Ella se rió halagada. El muchacho se veía muy seguro. Se sintió distendida y empezó a disfrutar de esa hermosa mañana de sol. Ya tendría tiempo de meditar sobre su desventura.

-¿Qué te parece si tomamos un café? –Él señaló un coqueto barcito que tenía mesas con sombrillas en una pequeña terraza con vista al río.

-Es que no traje plata… -le aclaró.

-Te estoy invitando –dijo Gabriel.

-Entonces, acepto –se levantaron juntos y juntos caminaron para instalarse debajo de una sombrilla.

El café venía acompañado de una porción de torta que Sofía no despreció. Hacía un día que no comía y su estómago le agradeció.

-¿A qué te dedicás? –le preguntó.

-Soy ingeniero. Trabajo en el sur y ahora estoy visitando a mi familia. Mamá, papá y hermanos –aclaró.

-Bueno –dijo Sofía.- Si con eso querés referirte a tu estado civil, es un pobre testimonio. Podrías tener mujer e hijos en el sur. –Se sentía atrevida.

Gabriel se rió con ganas. Pensó que esa jovencita le gustaba tanto de físico como de temperamento. Lástima que la estaba conociendo poco antes de marcharse.

-Recibido. No tengo mujer ni hijos. ¿Y vos?

-¡Tampoco, por favor! –rieron juntos.- Debe ser poco llevadero estar tan lejos y al final de la jornada no tener con quien compartirla –añadió Sofía.

-Ninguna conclusión más acertada. ¿No te gustaría vivir en el sur? –preguntó Gabriel con un matiz de ansiedad velado tras la sonrisa.

-¡Ah! No es mi mejor momento, joven, –bromeó.- Desde ayer para atrás podría haberlo pensado, pero hoy sería sólo un lastre.

-No lo creo. ¿Pero qué gran catástrofe se interpone entre nosotros? –cuchicheó Gabriel en tono conspirativo.

Sofía lo evaluó nuevamente. ¿Qué mal haría en contarle al muchacho el fraude que le costó su empleo? No tenía intención de volver a verlo ni le daría ningún dato para que pudiera ubicarla. Le relató concisamente la maquinación de su compañera de trabajo y la tortuosa reacción de su jefe. Terminó la historia con la voz quebrada y la misma sensación de escarnio que creía haber superado. Volvió la cabeza a un costado para evitarle el espectáculo de las lágrimas que desbordaban sus ojos. Una mano le tendió un pañuelo para que las enjugara. Gabriel la miraba con un dejo de ternura y conmiseración.

-¿Ves? –se oyó decir- No soy buena compañía para nadie.

-Voy a decir algo reiterado –señaló Gabriel:- No hay mal que por bien no venga. En poco tiempo te felicitarás por no alternar más con esa manga de cretinos. ¡Estoy seguro de que te espera un trabajo mejor! Y si no, venite al sur conmigo, ¿eh?

Sofía hizo una mueca y le devolvió el pañuelo. Ahora quería volver a su casa.

-No me des una falsa dirección o un falso apellido –dijo el intuitivo joven tendiéndole una tarjeta.- Mañana vuelvo a Comodoro y aquí están mis teléfonos. Me gustaría saber de vos. En serio. Como amigo.

-Gracias Gabriel. Perdoname si te hice sentir fatal. Cuando esté encaminada te llamaré.

Él la miró alejarse y presintió que no la vería más. Una pena, pensó. El sur en su compañía sería doblemente mágico.

Sofía llegó a su departamento y lloró un poco más. Hizo un esfuerzo por rescatar a la mujer firme que había sido y se dedicó a estudiar sus finanzas. Con la inflación, la cuota del departamento absorbía la mitad de su sueldo. No tenía ahorros y este mes cobraría por veinte días. ¿Cómo viviría? ¿Y cómo podría afrontar la hipoteca los meses venideros? Necesitaba conseguir un empleo cuanto antes. De pronto el cansancio la agobió. Se retiró al dormitorio y se tendió vestida en la cama. El timbre de la puerta la despertó. El reloj de la salita marcaba las seis de la tarde. Bajó a abrirle a Mónica que venía con Carina y Rocío. Sus amigas la estrecharon sin palabras, y en esos abrazos comenzó a restañarse la herida de su autoestima.

-¿Café, mate o té? –preguntó mientras las mujeres se instalaban en la salita.

-¡Mate! –fue la respuesta unánime.

Mientras el agua se calentaba, puso galletitas dulces y saladas en una bandeja y poco después las llevó con el equipo de mate.

-¡Yo cebo! –ofreció Carina.

Sofía aceptó sin cuestionar. Le gustaba tomar la infusión pero no cebar para una ronda.

-¿Y qué se comenta en la oficina? –preguntó con una sonrisa desvaída.

-Nuestro benemérito jefe nos reunió en su despacho y nos comunicó que habías renunciado debido a un faltante de caja –respondió Mónica con una mueca. Y agregó:- De más está decirte que nadie se lo creyó, sobre todo por la insufrible presencia de Adelina que parecía un gato que acababa de tragarse al canario.

-Bueno, esa mujer no sabe cómo me ha jodido la vida con su manejo y espero que no se entere porque sería doble su satisfacción.

-¿Qué pasó realmente? –dijo Rocío inclinándose hacia ella.

Miró a cada una de sus amigas y les relató detalladamente lo sucedido agregando al final:

-Todo estaba preparado, desde la falsa orden de no depositar hasta el ingreso tardío del cheque posdatado. Era muy fácil para ella hacerse de una copia de las llaves y de la combinación de la caja fuerte que Méndez tiene anotada en su agenda. Sólo quisiera saber quién, de la oficina de cómputos, le facilitó registrar ese valor con la fecha real en que fue librado.

-¿Habrá sido Sergio? –observó Carina.

-¡No, no lo creo! –contestó Sofía.- Yo sé que no es santo de tu devoción, pero lo creo incapaz de semejante bajeza.

-Mmm... No si la villana lo enredó en una de sus mentiras –porfió.- Estate segura de que lo voy a averiguar.

Carina había llegado a la misma conclusión que ella. Daba lo mismo que fuera Sergio u otro porque ambos habían sido víctimas de un engaño. Aceptó el mate que le ofrecía y le confesó al grupo su mayor preocupación:

-Lo que me desvela es perder el departamento por no poder pagar la hipoteca. Este mes zafo porque me tienen que liquidar el aguinaldo y las vacaciones proporcionales, pero si no consigo pronto otro trabajo…

-¡Vas a conseguir, vas a conseguir…! –exclamó Carina- Sos una empleada eficiente, conocés dos idiomas y tus antecedentes son intachables.

Sofía la miró levantando las cejas.

-Está bien, está bien… –insistió Carina.- No sólo en esta empresa pueden dar referencias tuyas.

-Sólo que las anteriores tienen más de diez años de antigüedad. ¿Cómo justificar que no he trabajado en tantos años? Pensarán que mis conocimientos están desactualizados.

-Mirá, Sofía –intervino Mónica.- Tenemos un mes por delante. Nos pondremos en campaña para ayudarte a buscar un trabajo. Estamos en contacto directo con todos los proveedores y contratistas de la empresa. Cualquiera de ellos quisiera tenerte entre sus empleados.

-Sobre todo Germán. ¿Verdad chicas? –dijo Rocío con entusiasmo.

-No sé si la querrá como empleada –rió Carina.- Pero seguro que la quiere…

-¡Les prohíbo! ¿Entienden? ¡Les prohíbo que le pidan a ese hombre cualquier favor para mí! –exclamó Sofía agitada.

-¡Eh! No es para tanto… Era sólo una posibilidad –dijo Carina sorprendida por la reacción.

-Miren, les agradezco su preocupación, pero este problema debo resolverlo yo sola –dijo en tono amigable.- Y ahora, cambiemos de tema. ¿Quieren ver mis nuevos cactus?

Las tres se levantaron para seguirla hasta el pequeño balcón, admiraron las plantas florecidas y ninguna volvió a referirse al tema que las había convocado.

jueves, 7 de julio de 2011

DESPUÉS DEL TEMPORAL - XI

La mañana, como queriendo congraciarse con los profetas del tiempo, despuntó con un cielo despejado y la inminencia del sol. Sofía ejecutó sus rituales diarios y marchó hacia la oficina. A las diez, Méndez le pidió por el teléfono interno los saldos bancarios.

-Controle el Rioplatense, Sofía. Ayer le mandé depositar cincuenta mil pesos.

–Los tengo en el cofre -contestó con sobresalto.

-¿Se puede saber por qué tomó esa decisión? –la voz de su jefe sonaba disgustada.

-Adelina dijo que usted quería tenerlo disponible a primera hora de la mañana.

-Debió entender mal, porque libré para hoy un cheque de cien mil pesos y el saldo es de sesenta mil. Hable al banco inmediatamente para que le reciban el depósito antes de la hora de atención al público.

-Sí, ingeniero, ya lo preparo –respondió, contrariada por el error.

Se comunicó con la tesorera del Rioplatense y le advirtió que enviaría al cadete para hacer el depósito. Confeccionó la boleta mientras se reprochaba no haber confirmado el día anterior una orden que le había resultado anómala. Todo por no crear más discordia con la secretaria. Abrió el cofre y se quedó mirando el interior como aturdida. El grueso sobre no estaba. Revolvió los papeles que contenía negándose a aceptar el hecho consumado de que había desaparecido. Un vacío doloroso se instaló en sus entrañas cuando tomó conciencia de la falta. ¿Cómo justificarla ante su jefe? Se levantó con el corazón palpitante y se dirigió hacia el privado de Méndez. Golpeó la puerta y una voz la autorizó a entrar.

-Ingeniero –dijo angustiada- ayer guardé el dinero en el cofre y ahora no está- la confesión brotó de sus labios atropelladamente.

-¿Qué dice?

-Que el sobre no está en el lugar en que lo dejé.

-¿Dejó el cofre fuera de la caja de seguridad?

-¡No! Esta mañana lo saqué de la caja como todos los días, pero al abrirlo el sobre ya no estaba.

-A ver, Sofía –dijo con forzada calma,- ¿le ha confiado usted a alguien las llaves de las cajas?

-Bien sabe que no, ingeniero, pero alguien más debe tenerlas para explicar esta irregularidad –afirmó desde la seguridad de quien no había cometido ningún ilícito.

-Si usted no se las ha cedido a nadie, sólo yo y mi hijo tenemos las otras copias. No pensará que mi hijo que se encuentra en Inglaterra haya sacado el sobre ¿verdad?

Sofía tomó aire y preguntó:

-¿Adelina no tiene las llaves?

-¿Desconfía de mi secretaria?

-Sólo digo que ayer mintió cuando me dijo que usted mandaba no depositar el dinero y que nunca cargó en el sistema el cheque diferido que vencía hoy. Si lo hubiera hecho yo hubiera depositado el efectivo a pesar de su orden.

Con el rostro ensombrecido su jefe pulsó el intercomunicador:

-¡Adelina! Venga de inmediato a mi oficina.

La mujer se presentó al instante. Miró con menosprecio a Sofía y dijo con mansedumbre:

-¿Me necesitaba, ingeniero?

-Quiero saber por qué le indicó ayer a Sofía que no depositara las cobranzas.

-¡Señor! Yo sólo le entregué el sobre. Considero que ella sabe muy bien cuál es su trabajo para darle indicaciones –dijo con desparpajo.

Sofía la escuchó asombrada. Ahora estaba segura de que en la desaparición del sobre estaba involucrada la mujer que mentía con tanta soltura.

-¿Y por qué no ingresaste el cheque que vencía hoy? – la interrogó con aspereza.

-Me parece que estás un poco alterada porque el cheque está ingresado –alegó con arrogancia.- Cerciórese, ingeniero, y verá que el banco aparece hoy en descubierto. -Adelina la miraba triunfante.

-Hasta recién no estaba registrado el cheque en el sistema –aseguró Sofía.- El saldo de bancos es lo primero que controlo cuando llego y ninguno estaba en descubierto.

En la pantalla del ordenador de Méndez relucía en rojo el saldo del Rioplatense. El hombre dirigió una mirada inquisitiva hacia Sofía.

-¡No es posible! –la encaró a Adelina.- Lo acabás de ingresar.

-Lo pasé en su momento, y debo decir que no entiendo a qué se deben tus ataques –señaló ofendida.

-A que falta el sobre con el dinero que te aseguraste que no depositara –le aclaró con fiereza.

-¿Y a mí qué me decís? La única empleada que tiene las llaves sos vos y el ingeniero no se robaría a sí mismo, creo… –agregó mirando a su jefe con una sonrisita de complicidad.

Sofía estaba pálida. Méndez y Adelina la observaban con suspicacia, pero a ella no la impresionaba la mirada de la secretaria, sino la de su jefe que iba mudando hacia la desconfianza.

-¡Usted no puede creer que yo tomé ese dinero! –alegó con desesperación.

-Déjenos solos, Adelina –pronunció el ingeniero.

Cuando se cerró la puerta tras ella, el hombre miró a su empleada:

-¿Qué se creía, Sofía? ¿Que esta suma iba a pasar desapercibida? Si necesitaba algo, podríamos haberlo charlado.

-Por lo visto usted está convencido de que yo me apropié del dinero y nada de lo que diga le hará cambiar de opinión. Me han tendido una trampa y no me equivoco al decir que fue su secretaria. Si hay algo de lo que me precio es de ser honesta. Jamás me quedaría con algo ajeno. ¡Tiene que creerme! –Se sentía inmersa en una pesadilla.

-Lo cierto es que ninguno de sus argumentos de disculpa son válidos –dijo por fin el hombre.- No puede probar que Adelina le haya dado ninguna orden, el cheque está ingresado desde hace un mes, y sólo usted dispone de las llaves. ¿Qué pensaría en mi lugar?

-Yo no lo robé. Tampoco puedo devolver esa cantidad –expresó con desaliento.

-Aunque lo hiciera, Sofía, se dará cuenta de que para usted ya no hay lugar en esta empresa. No la voy a denunciar a cambio de que hoy mismo envíe su renuncia. Se le liquidarán los haberes proporcionales de este mes cuando llegue el telegrama. Si le sirve para algo, le diré que me ha decepcionado. No suelo equivocarme cuando juzgo la calidad moral de las personas –detuvo con un gesto la protesta de la muchacha.- Vaya por sus cosas y devuélvame las llaves antes de irse.

Sofía salió intentando contener las lágrimas de rabia y de vergüenza. Tropezó con Mónica que la siguió hasta su despacho al ver su semblante descompuesto.

-¿Qué te pasó? ¿El viejo se lanzó con vos?

Sofía se derrumbó sollozando en su sillón. Cuando pudo controlarse le dijo a Mónica:

-Más tarde te explico –puso sus pertenencias en un bolso bajo la mirada compasiva de su amiga y se despidió:- Hoy no tengo ánimo. Mañana, cuando salgas del trabajo, pasá por mi casa. Yo te voy a dar mi versión de lo que vas a escuchar hoy en la oficina.

Pasó por el despacho de su jefe y sin palabras dejó las llaves sobre el escritorio. Después, corrió hacia las escaleras y su incierto futuro.

domingo, 26 de junio de 2011

DESPUÉS DEL TEMPORAL - X

Sofía recorrió su departamento comprobando las luces de emergencia. La mayoría emitía un resplandor mortecino. La única que quedaba con carga completa era la del baño. El ruidoso generador instalado a la entrada del edificio sólo alimentaba el motor que llevaba agua a los tanques. Decidió ducharse antes de comer y terminar de agotar la batería en la cocina. Se despojó del jogging pero no del recuerdo de Germán. Las palabras del hombre la habían encerrado en una muda reserva que confundió con enojo. Y ahora, lejos de su presencia, reconoció que la habían perturbado. Con un suspiro, se metió bajo el agua caliente y estuvo largo rato bajo la ducha hasta relajar sus músculos tensionados. Después de secarse, se puso un pijama. La próxima tarea fue revisar la heladera. Vació el freezer y cocinó la carne. Dispuso los elementos perecederos en una bolsa que al día siguiente dejaría en el contenedor. Las verduras aún estaban en buen estado, de manera que cuando la carne estuvo lista, comió varias rodajas con ensalada. Calentó una taza de café y se acostó a las once de la noche.

El despertador sonó a las siete de la mañana. Se despertó con la sensación de haber descansado sin sobresaltos. Levantó la persiana del dormitorio y la tenue claridad del amanecer se filtró en el cuarto. Entrevió un cielo que parecía haberse despejado. Pulsó la llave de luz para comprobar, con desaliento, que aún carecía de fluido eléctrico. Su horario de trabajo era de nueve a cinco de la tarde, pero gustaba levantarse temprano para desayunar sin prisa. Cuando el mate estuvo listo, comió unas galletitas con mermelada y después circuló por el departamento para regar algunas plantas y verificar que todo estuviera en su lugar. A las ocho se vistió y salió media hora después para esperar el ómnibus que la dejaría a dos cuadras del trabajo. A las ocho y cincuenta marcaba la tarjeta de ingreso. Subió a su oficina, saludó a los pocos empleados madrugadores y se acomodó en su escritorio. Mientras resolvía los asuntos más urgentes, Carina pasó a saludarla:

-¡Hola, Sofía! ¿Cómo amaneciste?

-Como nueva. ¿Y vos? –contestó con una sonrisa.

-Seguro que no tan bien como vos –le dijo con un gesto pícaro- pero fastidiada por la falta de luz. ¿Cuándo se irá a arreglar? Sin la tele mis viejos están insoportables.

-¡Ja! El gran placebo de la comunicación –opinó Sofía.- Pero por lo menos en esta zona hay luz y negocios donde proveernos de comida fresca antes de volver a casa.

-Somos unos borregos. Nos conformamos con cualquier cosa –se quejó Carina.

-Es cierto, ¿no? Sólo podemos juntarnos cuando el gobierno se queda con nuestros queridos ahorros. Cuando no tengamos miedo de perder las cosas materiales, no nos vamos a conformar con cualquier cosa –afirmó Sofía.

-¿Estás hablando de una revolución? Porque sólo así podríamos zafar de este destino de esclavitud moderna.

-Mmm… En verdad, algunas veces pienso que las revoluciones sólo sirven para cambiar de opresores. Y si no, fijate que pasó con los líderes de la revolución francesa. Terminaron guillotinándose entre ellos… -se interrumpió mirando hacia la puerta.- Mejor que vuelvas a tu puesto. Acaba de entrar Méndez.

Carina le arrebató una hoja de memo del escritorio y salió con paso decidido, aclarando en voz alta:

-Enseguida te averiguo lo del presupuesto –y al cruzarse con el jefe lo saludó con una sonrisa:- ¡Buenos días, ingeniero!

El aludido le hizo un gesto con la cabeza e ingresó al despacho de Sofía. La mañana transcurrió sin mayores incidentes. A la una la joven hizo un alto para almorzar. Las dependencias del sindicato a la que era afiliada estaban a pocas cuadras del trabajo. Allí, además de contar con varias prestaciones como biblioteca, farmacia, óptica, gimnasio, sala de teatro y actividades recreativas, funcionaba un restaurante que ofrecía desayunos, almuerzos y meriendas a sus inscritos, por un bajo costo. Sacó el ticket en la caja, tomó la bandeja, puso un pan, los cubiertos y pasó por los mostradores adonde levantó un vaso con gaseosa y la comida del día: sopa como primer plato, una hamburguesa con ensalada y una fruta. Buscó un lugar donde sentarse y vio a Rocío que le hacía señas desde una mesa.

-¡Aquí hay lugar! –le dijo cuando se acercó.- Lo había guardado para Pablo pero me avisó que vendría más tarde.

-Gracias. ¿Cómo sabe la hamburguesa? –Le preguntó mientras se sentaba.

-Desabrida como siempre. Ponele un poco de mayonesa o mostaza –le ofreció unos sobrecitos que aún tenían la mitad de contenido.

Sofía usó el resto y se condolieron mutuamente por la falta de electricidad en sus respectivos barrios.

-Pablo opina que deberíamos mudarnos a la zona del centro ahora que se vence el contrato de locación, pero yo prefiero aguantarme algunas incomodidades antes que vivir en medio del caos. ¿Y vos cómo lo sobrellevás?

-Con resignación. Supongo que dentro de veinte años, cuando el departamento sea mío, los problemas eléctricos se habrán solucionado.

-No te olvides que hay un individuo que tiene una casa con generador eléctrico de última generación –acotó Rocío con un gesto de complicidad.- Quién sabe hasta cuando estarás en tu departamento.

-¡Eh! Que sólo fue un episodio fortuito. Creo que las circunstancias nos afectaron a todos. Pero el momento pasó y la rutina atropella como todos los días –dijo con cierto desaliento.

-No creo –porfió Rocío.- Germán demostró que estaba muy interesado en vos. Bastaba ver su expresión cuando te miraba. Apuesto que hoy mismo lo tendrás en la oficina.

-No me gusta hacer apuestas –dijo Sofía con un malestar que no comprendía. Rocío era una buena persona, pero sentía que se estaba inmiscuyendo en un terreno que era privado de ella. Ya no tenía ganas de comer la fruta. Se levantó y anunció con cierta brusquedad:- Méndez me espera para resolver un contrato. Nos vemos.

Salió a la calle ofuscada por sus sentimientos contradictorios. Por un lado, las palabras de Rocío se correspondían con sus secretos anhelos; por el otro, su típica desconfianza en las intenciones masculinas rechazaba la ilusión de un reencuentro. Esta corteza la protegía de los desengaños y la asustaban las expresiones de su amiga que amenazaban agrietarla. Aligerada por la comprensión, se dirigió a su despacho. La esperaba Adelina que le tendió un abultado sobre con las cobranzas del día.

-Dice el ingeniero que lo deposités mañana –dijo con sequedad.

-Todavía hay tiempo –respondió Sofía.- Es mejor llevarlo al banco.

-Lo necesita para hacer un pago a primera hora y dijo que lo guardés en tu caja. Si tenés alguna duda preguntale a él –expresó con fastidio.- Chau.

Sofía estuvo tentada de llamar a su jefe pero sabía que de hacerlo se ampliaría la brecha que la separaba de la secretaria. Y ya bastante tenía con el incidente del sábado por la noche. Metió el dinero en un cofre del cual sólo ella y Méndez tenían la llave y lo guardó en la caja de seguridad.

Germán Navarro no hizo acto de presencia esa tarde como su instinto negativo había supuesto. La desazón aumentaba cada vez que se abría la puerta del corredor. A las cinco de la tarde descolgó la cartera del perchero y se despidió de sus compañeros de trabajo. Bajó por las escaleras como era su costumbre y en la entrada se encontró con Carina y Rocío que salían del ascensor.

-¡Vení a tomar un café con nosotras! –invitó Carina.

-No puedo –mintió.- Me espera una amiga en el centro. Nos vemos mañana. –Y salió con rapidez hacia la parada de ómnibus.

El tiempo no había mejorado. Esperó casi media hora su colectivo rumiando su desilusión. Germán era como todos. Una noche atípica y la posibilidad de una aventura habían dictado sus palabras en el auto. Soy una ingenua. Por momentos le creí. Y me gustó. Parecía sincero y sus miradas y gestos eran… tan tiernos. Me hizo sentir protegida. ¿Desde cuándo el sentimiento de indefensión me conmueve? ¿Será porque viví luchando contra la adversidad y ahora quiero que alguien me defienda un poco?...

Sus pensamientos quedaron interrumpidos por la llegada del ómnibus. Venía repleto y se detuvo porque alguien bajaba por la puerta delantera. Un hombre que se había apeado para dejar descender al pasajero, le hizo un gesto para que subiera primero y luego se afirmó detrás de ella. Un ademán gentil que reavivó su reciente soliloquio. Se adelantó para marcar la tarjeta y obligó a su mente a transitar otros derroteros. Cuando bajó del transporte caía una espesa llovizna. Corrió la media cuadra hacia su casa notando que las luces de la calle se habían encendido ante la temprana oscuridad provocada por la tormenta. ¡Habían restituido la energía eléctrica! Mientras cenaba, encendió el televisor y escuchó que pronosticaban el fin de la lluvia. Revisó su correo antes de acostarse y ahuyentó cualquier especulación relacionado con Germán.

domingo, 5 de junio de 2011

DESPUÉS DEL TEMPORAL - IX

Germán estacionó el auto en la cochera y después de bajar cerró la portezuela de un golpe. Había repartido a los empleados de Méndez a sus domicilios y a Sofía en tercer lugar después de Pablo y Rocío. Fue la única vez que le dirigió la palabra y precisamente para hacerle ese pedido. Estaba contrariado consigo mismo porque estaba seguro de haber inquietado a la mujer con su intempestiva revelación. Antes de acceder a la sala, su hermano apareció en el estacionamiento.

-¡Ey! ¿A qué se debe tu enojo? –le preguntó por reconocer sus estados de ánimo.

-A que hace un rato dije cosas que debería haberme tragado.

-¿A tu damisela? No puedo creer que la hayas injuriado.

-Algunas veces las palabras dichas fuera de tiempo pueden sonar ofensivas. Así que tendré que empezar de cero.

-¡Vamos, hombre! –le dijo Mauro pasándole un brazo por los hombros.- No conozco a nadie más obstinado que vos. Si pudiste salir adelante con la carga de un hermano cuando aún eras un jovenzuelo, ¿qué no harás para conservar a esta jovencita?

Germán le dio un amistoso empujón y le revolvió el pelo. Era conciente del afecto de su hermano y este sentimiento compensaba cualquier sacrificio y renuncia del pasado. Pensó que sus palabras no provenían sólo de su apego sino del conocimiento de su carácter empecinado que nunca se daba por vencido. Había conocido a una mujer que lo sacudió de su inercia amorosa y renovó sus fantasías juveniles. No la iba a perder por un exabrupto. Animado por este pensamiento, entró al comedor perseguido por las preguntas de Mauro:

-¿Me vas a contar qué pasó? ¿Qué le dijiste para que se haya molestado?

-Que me gustaba y que la hubiera abrazado y besado. Después de esto, no me habló más – confesó riendo.

-A ver… A ver… No hay nada insultante en ese discurso. ¿Por qué habría de tomarlo a mal?

-Porque recién me conoce, tonto. Y pudo creer que era un intento de seducirla.

-¿Y eso no está en tus planes? –carcajeó su hermano.

-Al final, cabeza hueca –afirmó siguiéndole el juego.- Y ahora, basta de mis desventuras amorosas. ¿Por qué estás solo?

-Ingrid viajó a Salta por una promoción y vuelve el martes. Así que, viejo, ya que no podemos disfrutar de nuestras mujeres ni mirar una película, te propongo una partidita de ajedrez. A lo mejor tu enajenamiento me permite ganar –dijo con una sonrisa maliciosa.

Germán lanzó una risotada ante la insinuación de su hermano. Abrió una de las puertas del modular, sacó el juego y lo instaló sobre la mesa ratona. Con un gesto, lo invitó a la partida. Estuvieron jugando hasta las seis de la tarde, hora en que se presentaron en la sala Antonio, Luciana y otra mujer que dijo llamarse Asunta. Germán los invitó a merendar en la cocina adonde Luciana insistió en ayudarle. Él estaba admirado de la capacidad del grupo para reponerse de las penurias. Se sentó a la mesa con sus huéspedes y los acompañó con una taza de café solo. El jardinero le comunicó que se prepararían para trasladarse a la casa de unos parientes ahora que había dejado de llover.

-No hay apuro, Antonio, –le aclaró- pueden quedarse en la casa mientras lo necesiten.

-Gracias, señor Navarro. Ya hizo demasiado por nosotros. Pero Asunta, María y Dolores con sus hermanas tienen donde estar, y con mi Luciana y las chicas podemos acomodarnos en la casa de mi compadre hasta que baje el agua.

-Como quieras. Me avisarás si necesitan cualquier cosa.

Antonio asintió y terminaron de merendar en silencio. Las mujeres se levantaron primero. Poco después volvieron con el resto del grupo y prepararon un refrigerio a instancia del dueño de casa. Cuando todas hubieron dado cuenta de sus porciones, Luciana se ocupó de lavar la vajilla y se prepararon para salir. Germán hizo un primer viaje con las mujeres que no estaban emparentadas con el jardinero y después lo dejó, junto a su familia, en la casa del pariente.

La tarde caía con rapidez favorecida por umbrías nubes que opacaban la retirada del sol. La mayor parte del trayecto lo hizo a oscuras, sólo alumbrado por las luces altas del coche y los destellos de los relámpagos que presagiaban la continuidad del temporal. La imagen de Sofía lo acompañó con la melancolía de la expectativa malograda. La luz no iluminaba su barrio como a gran parte de la ciudad. Para evitar que se agotara la poca carga que quedaba en las baterías, le propuso a Mauro que fueran a cenar a una localidad cercana adonde sabía que el suministro eléctrico no faltaba. A las nueve de la noche estaban instalados en un comedor de la ruta a Roldán. Mientras esperaban la comida, paladearon un buen vino y charlaron:

-Sigamos con el tema de tu esquiva enamorada –propuso Mauro.

-Antes, hablame de cómo van las cosas con Ingrid. A vos te veo poco, pero a ella menos. ¿Sigue con el negocio de los perfumes?

-¡A todo vapor! Parece que su deliciosa naricita es la mejor aliada en esto de descubrir fragancias exclusivas –dijo Mauro riendo porque la personal nariz de Ingrid distaba mucho de ser pequeña.

Germán sonrió. Recordó la primera impresión que lo asaltó al conocer a su cuñada. En tan delicado rostro uno no podía asumir tan llamativa nariz aguileña. Pero después de hablar un rato con ella, su carisma desvanecía la importancia del apéndice nasal. Ingrid reconocía esta desproporción, pero Mauro, absolutamente enamorado de todos sus pedazos, la disuadió de someterse a una cirugía. Como el amor era mutuo, ella accedió con la condición de discutirlo más adelante. Llevaban cinco años de casados y el tema no se había actualizado.

-Por lo que veo, viaja más que vos. ¿Cómo lo tomás?

-Me escuece un poco, viejo, pero está tan ilusionada con su emprendimiento que me prometí no boicotearle el entusiasmo. De cualquier manera, hemos estado hablando de un bebé. Las finanzas dan para mantenerlo y para que Ingrid instale un local. Así que, hermano, me estoy esmerando en cada reencuentro.

Germán lanzó una risotada ante la confidencia de Mauro. Divertida, por el comedido informe de su relación sexual y de alegría, por saber de las aspiraciones paternales de Mauro. Su hermano lo observaba con expresión risueña.

-No te rías tanto que vas a ser el padrino y, como lo vamos a malcriar, te sacará canas verdes.

-No te perdonaría que el primero no sea mi ahijado, pero ¿por qué hablamos de él? Puede ser él o ella…

-Es cierto, pero Ingrid y yo siempre nos referimos a un él.

-Te prometo que también seré padrino de ella. Sin querer contradecirlos, claro… - manifestó con una sonrisa.

-Volviendo a lo tuyo -insistió Mauro- ¿por qué no la llamás mañana por teléfono? Dejás pasar esta noche, dejás que se le afloje el enfado… y mañana la invitás a desayunar.

-Primero, no sé su número de teléfono. Segundo, mañana viajo a Buenos Aires

-¿Y a qué se debe ese viaje?

-Voy a una exposición internacional de materiales eléctricos. Allí me voy a encontrar con Donald Farris.

-¿El presidente de Elcover? – Profirió Mauro asombrado.

-Así es. Y si tiene buena memoria, es posible que viaje con él a Inglaterra.

-¡Uh! Estoy impresionado. ¿Cómo lo conociste?

-En una circunstancia que le hizo pensar que me debe un favor. También fue en Buenos Aires, hace unos ocho meses. Iba yo para Pilar a un asado en la casa del Chnago, cuando vi al costado de la ruta a un tipo que hacía señas desesperadas a cualquier vehículo que pasara. Nadie paraba y me dio lástima, porque era noche cerrada y hacía un frío de cagarse. Me detuve varios metros adelante porque no podía maniobrar a la velocidad que venían los coches, y mientras retrocedía el hombre corría hacia mí. Abrí la puerta del auto para que subiera…

-¡Vos siempre tan confiado! –Interrumpió Mauro.- Algún día te vas a llevar una sorpresa…

-Me la llevé. Pero fue una buena sorpresa. Apenas se sentó, intentó chapurrear unas palabras en castellano para explicar su situación. Yo le contesté en inglés y ¡vieras cómo se le iluminó la cara! No podía creer que aparte de socorrerlo supiera hablar su idioma. Le propuse llamar al auxilio mecánico y me ofrecí a esperar junto con él. Me contestó que lo haría a la mañana, porque iba a una reunión muy importante. Supe que su auto había colapsado y con él todos los sistemas de comunicación. Terminó por ofrecerme mil dólares si lo llevaba al Sheraton de Buenos Aires.

-¡Qué momento, hermano! –dijo Mauro.- Un asado en la quinta del Chango o mil dólares. ¿Qué elegiste? ¡No! ¡Esperá, esperá! –lo atajó riendo.- Conociéndote, lo llevaste gratis.

-Me revientan tus aires de sabihondo. –Declaró Germán con una mueca.- Lo llevé gratis, sí, como lo hubieras hecho vos. Durante el trayecto se interesó por mis actividades, mi posición económica y mi vida familiar. Sabés que no me agrada hablar de mis cosas con un extraño, de modo que le contesté con cortesía pero sin decirle demasiado. Cuando llegamos al hotel, sacó una tarjeta y me dijo que, dadas mis actividades, esperaba encontrarme en la Expo de electricidad. Y agregó que sería un placer responder a mi gesto haciéndome conocer las instalaciones de su empresa.

-¡Habrás quedado en shock!

-No hasta llegar a Pilar adonde leí la tarjeta. De cualquier manera, no sé si después de tanto tiempo se acordará. Por las dudas, llevo mi pasaporte.

-¡Vos sos un tipo inolvidable! –dijo Mauro con ardor.- Supongo que no tendrás problemas para conseguir pasaje.

-Olvidate de eso, chiquilín. Viaja en jet propio –le aclaró con un gesto de suficiencia.

-Yo te voy a bajar de las nubes, grandullón. Si esa posibilidad se concreta, decime qué vas a hacer con tu amada. ¿O acaso creés que se va a bancar una semana de ausencia? Por no decir dos, o tres…

-En ese caso, vas a quedar encargado de averiguar su teléfono y pasármelo.

-¿Hacer de Celestina? ¡Ni loco! Te debo lo que soy, pero esto es demasiado.

Las bromas quedaron interrumpidas por la llegada de la cena. A medianoche pegaron la vuelta y Germán se desveló ante la expectativa del viaje y el recuerdo agridulce de sus reveladas emociones.

viernes, 22 de abril de 2011

DESPUÉS DEL TEMPORAL - VIII

Detrás de él venían Pablo, Antonio y los hermanos Navarro en idéntico estado. Germán paseó la mirada sobre todos los ocupantes de la cocina y se acercó a la mesa para saludar a las comensales. Con un gesto desechó los agradecimientos y escuchó con una sonrisa la charla de Luciana. Les dijo a sus acompañantes que fueran a cambiarse la ropa mojada y luego se acercó sin apremio a Sofía:

-Aquí hay una señora muy agradecida por tu atención –le dijo en voz baja.

-¡Ah, no es mérito mío! Las atendimos entre las cuatro –afirmó. Levantó la cabeza para mirarlo a la cara y encontró en los ojos del hombre un anhelo que le coloreó las mejillas y la hizo balbucear:- Deberías ponerte ropa seca.

Él sonrió y salió del comedor. De inmediato sus amigas, que habían estado pendientes de la escena, entablaron un diálogo haciendo caso omiso de su presencia:

-Ya te dije que el amor es ciego –le dijo Carina a Mónica.- ¿Te diste cuenta de que ni siquiera nos saludó?

-Y le agradeció a ella sola el trabajo que hicimos entre todas…

-No sean injustas –terció Rocío que se había desprendido de los brazos de su marido.- Yo escuché cuando le aclaró que habíamos participado todas.

-¡Psé! –resopló Mónica.- Entre casadas y futuras esposas se justifican.

Sofía se repuso con rapidez de la parodia montada por sus compañeras. Levantó la bandeja de la barra y se dirigió a la mesa, diciendo al pasar:

-Si terminaron con las bufonadas, hagan el favor de calentar la sopa. Algunas querrán repetir y a los hombres no les vendría mal un tazón.

-¡Lo que usted ordene, señora! – exclamó Carina y corrió a encender la cocina.

Sofía retiró los recipientes vacíos sin dejar de escuchar las risitas de sus amigas. Los enjuagó, los secó y los dispuso nuevamente en la bandeja listos para ser cargados. No me voy a enojar. ¿Y de qué me voy a enojar? Si debo reconocer que las bromas no me desagradan. Pero no somos amigas. ¿O esta convivencia obligada transformó la relación? No son maliciosas como Adelina. Me parece que tendría que darme y darles una oportunidad… La voz de Mónica la apartó de su divagación:

-¡La comida está caliente…!

-Gracias, Moni –respondió con una amplia sonrisa y llenó cuatro tazones para llevarles a las niñas.

Luciana la atajó a mitad de camino y le pidió la bandeja con un gesto:

-Ahora déjeme a mí, señorita, que ya se ha molestado bastante.

-¡Pero si no es molestia, Luciana! Andá. Andá a sentarte a la mesa que ya viene tu marido –le dijo con afecto y continuó hacia donde esperaban las chiquillas.

Repartía las porciones cuando entraron los hombres. Antonio saludó a su mujer y a sus hijas y se acercó a la barra con los demás.

-¡Señor! Con semejante camarera hasta cicuta bebería –declamó Sergio llevándose el puño al pecho.

-Lamento no tenerla en el menú porque con gusto se la serviría –ironizó Sofía.

-¿No les dije? Mata con sus buenos modales –declaró Sergio ante la diversión de los otros que ya estaban encaramándose a los taburetes.

La joven dosificó el contenido de la olla en cinco recipientes que Carina se ocupó de distribuir entre los varones. Mientras ellos comían, las amigas se reunieron en la sala. Detrás de los ventanales la lluvia aminoraba y caía despareja zarandeada por el viento sur.

-Va a componer –dijo Rocío.- No veo la hora de volver a casa.

-Sí –asintió Mónica- a prepararse para volver al yugo.

-La misma optimista de siempre –rezongó Carina.- Había logrado olvidarme de que hoy es domingo.

-¡Bueno, chicas! Recuerden lo que dice el ingeniero Méndez: “ustedes se quejan de puro llenas. Muchos quisieran ocupar sus puestos” –remedó Sofía con voz gutural.

-Y tener nuestro magro sueldo, y nuestras excesivas horas de trabajo… -agregó Carina.- Pero alegrémonos. Tenemos empleo y zafamos de la marginalidad. Lo que es todo un logro.

La entrada de los hombres interrumpió la conversación. Sergio caminaba detrás de Germán y éste asentía a los dichos del joven. Se detuvieron frente al grupo de mujeres que los miraban interrogantes:

-El temporal ha disminuido –abordó el dueño de casa- y mi intención es llevarlos a sus hogares. Pero con la anuencia de todas, pasaremos primero a buscar el auto de Sergio.

-¡Por favor, compañeras! –Suplicó el aludido mesándose el pelo.- ¡Digan que sí! ¡Es mi autito nuevo y sin él no soy nada!

Todas rieron de la pantomima de Sergio menos Carina, que dijo con expresión de fastidio:

-¡Sí! No intentés más explicaciones porque ya sabemos que es la prolongación de tu virilidad. Mejor vamos a recuperarlo antes de que termines castrado.

-¡Oigan, oigan a la damisela! –Exclamó Sergio con gesto escandalizado.- Si estuviéramos a solas, niñita, te haría cambiar de opinión –le dijo con intención.

-Ni lo sueñes, pendejo –aseguró Carina y le dio la espalda dando por concluido el altercado.

-Los espero en la cochera –anunció Germán que había asistido en silencio a la disputa.

El grupo pasó a saludar a las mujeres quienes, junto a Mauro y Antonio, preparaban dos habitaciones de la planta baja que les servirían de albergue hasta que pudieran volver a sus viviendas. Se despidieron con un abrazo y un sincero ofrecimiento de colaboración. Sofía intercambió su número de teléfono con Luciana y respondió en perfecto inglés el saludo de Mauro coronado con un beso en la mejilla. Se distribuyeron en el auto de la misma manera en que habían venido. En camino hacia el restaurante pudieron comprobar los destrozos que había dejado la tormenta: calles inundadas, árboles caídos, cables cortados. La lluvia se había transformado en una espesa llovizna y el viento soplaba con moderación. Dentro del vehículo cada cual estaba sumido en sus propios pensamientos. Germán, atento a los obstáculos que había desparramado el temporal, no podía sustraerse a la cálida presencia de Sofía y elucubraba pretextos para prolongar el inaugurado acercamiento. Por el momento, sólo se le ocurría dejarla en su casa en último lugar. A solas, buscaría la manera de convencerla de compartir el resto del día. Entraron al desvío que conducía al restaurante. Los vestigios del vendaval quedaban materializados en grandes charcos fangosos y fragmentos de madera del muelle destruido parcialmente. Sergio lanzó una exclamación:

-¡Ahí está, ahí está! –gritó al divisar a su vehículo.- ¡Ya sabía yo que no debía abandonar a mi fiel compañero! Debí quedarme a compartir su suerte –gimoteó grotescamente.

Germán estacionó la camioneta junto al auto y todos, salvo Sofía que estaba calzada con zoquetes por la pérdida de su calzado, se bajaron para observarlo. Los camalotes cubrían los asientos y colgaban del volante y el espejo retrovisor como guirnaldas navideñas. Un hombre salió de la casa de comidas y preguntó:

-¿Este auto es de ustedes?

-Es mío –aclaró Sergio sin quitar los ojos de los estragos causados por la creciente.

-Tuvo suerte, amigo –dijo el individuo.- Los muchachos lo aseguraron al árbol antes de que lo arrastrara la corriente. Ahora sólo tendrá que limpiarlo y secarlo.

-Déle las gracias a los muchachos –recitó Sergio con apatía pendiente de las condiciones de su flamante adquisición.

Abrió una de las portezuelas con cuidado y una mezcla de agua barrosa escurrió del interior. Hizo lo mismo con las puertas restantes hasta desagotar el fango acumulado. Las chicas miraban con conmiseración el rostro descompuesto de Sergio en tanto Germán, que se había acercado al hombre, le agradecía con palabras y una recompensa monetaria el salvamento del coche. Después volvió con el grupo y le aconsejó al joven:

-Será mejor que llames a la grúa para que lleve el auto a un taller. Te conviene antes librarlo de los camalotes.

-Está bien –asintió Sergio, y sacó el celular para llamar al auxilio mecánico.- Dijeron que estarán aquí al mediodía –informó después.- Los esperaré. –Y seguidamente:- Mujeres, ¿me ayudarían a limpiar el auto?

-¿Qué…? –Exclamó Carina con una mueca de asco.- ¡Si debe estar lleno de alimañas! No es trabajo de mujeres, cavernícola. Además, si no escuché mal, es tu fiel compañero. Asistilo vos para que te disculpe el plantón.

-Tenés menos sensibilidad que una piedra –le dijo Sergio.- Tu ironía es deplorable. -Para tu esclarecimiento, no hice nada más que darte un poco de tu medicina habitual. Molesta, ¿no? –señaló dando media vuelta y dejándolo solo.

El cuidador del restaurante se arrimó trayendo dos escobas y un secador. Junto a Sergio retiraron las plantas acuáticas y desagotaron el interior del coche. Germán volvió al lado de Sofía mientras los demás caminaban por los alrededores examinando los destrozos de la tormenta.

-Este Sergio es inclasificable –dijo con una sonrisa.- Nunca despertó mi simpatía y menos con las actitudes de anoche, pero hubo un momento en que si no hubiera sido por él yo estaría nadando en medio del río.

-¿Te arrastró el agua? - exclamó la joven.

Germán miró la carita alarmada y experimentó la absurda alegría de haber estado en peligro sólo por comprobar la preocupación de la muchacha.

-Él lo evitó. A riesgo de su seguridad, se aferró a la rama de un árbol y me sostuvo hasta que encontré un lugar firme para sujetarme. Un proceder poco usual en un individuo de sus características.

-No me sorprende –dijo Sofía.- Creo que bajo esa capa de cinismo esconde su miedo al rechazo.

-Creí que le tenías animosidad, pero me volvés a sorprender con tu interpretación –observó Germán.- Acepté la invitación de Méndez porque quería verte fuera de la oficina, pero no imaginé que detrás de la formal empleada convivieran una fervorosa ecologista y una lúcida sicóloga.

-Me asombra de que quisieras encontrarte con una formal empleada –dijo Sofía con una mueca.- No suena muy halagador, ¿sabés?

El hombre se cruzó de brazos y escudriñó las facciones de la joven. Estaba tan encantadora con esa expresión de enfado que tuvo que contenerse para no besarla. Después de un momento, le dijo con suavidad:

-He antepuesto cualidades internas a cada una de tus facetas porque pudieras molestarte si te dijera, por ejemplo, que ya me imaginaba tu belleza sin ese uniforme de secretaria, o que cuando te arriesgaste a salvar a ese gorrión estuve tentado de abrazarte delante de todos, o que cuando juzgaste con tanta tolerancia a Sergio me cautivaste aún más, o que este gesto de enojo me inspira besarte… Sofía, turbada por la declaración, volvió la cara hacia la ventanilla para sustraerse de la mirada del hombre y ocultar el rubor que encendía sus mejillas.