domingo, 28 de marzo de 2010

LA HERENCIA - IV

El ascensor permanecía en el piso. Mariana asió la manija para abrir la puerta de reja encontrando una resistencia que le pasó inadvertida en la planta baja. Tironeó varias veces hasta darse por vencida. Cuando se volvía para compartirlo con su madre, la mortecina iluminación del pasillo resplandeció por un momento hasta desaparecer por completo.

-¡Dios mío! -exclamó Emilia.- ¿Qué pasa ahora?

-Tranquila, mamá -dijo Mariana.- Peor hubiera sido que nos sorprendiera bajando.

-¡Ni lo menciones! No se ve nada... ¿Cómo vamos a salir de aquí?

-Vayamos hasta el bufete del abogado y esperemos ahí que vuelva la luz -propuso la hija con una despreocupación que no sentía.

Rehicieron el camino a ciegas, guiándose por el notable sentido de orientación que distinguía a la joven. Golpeó la puerta de la oficina “F” hasta el cansancio. Nadie parecía esperarlas esta vez.

-Esto no me gusta nada -insistía su madre.- ¿Cómo es que ahora no nos atienden? Dejame probar -y se sacó el zapato de tacón para aporrear la entrada, con el mismo éxito que la hija.

-¡Basta, mamá! -le pidió, deteniendo el golpe siguiente.- Está visto que no escuchan o están en otros menesteres. Ponete el zapato y busquemos la escalera.

-¡No bajaremos a oscuras, y menos por unas escaleras que desconocemos! -la conminó mientras se calzaba.

-¡Vamos, mamá! No es momento de ponernos a discutir. No podemos permanecer en este sitio más tiempo.

-¿Por qué lo decís? -preguntó Emilia suspicazmente.

-Porque...

-¿Te da mala espina…? -la interrumpió.- Sé sincera, hija.

-Bueno, es una sensación... ¡Hablemos abajo, mamá, por favor...!

La mujer suspiró, porque conociendo a su hija había captado la intranquilidad en su voz. Reflexionó que ponerse histérica no ayudaba en nada, de modo que la tomó del brazo y le ordenó con ánimo:

-¡Abrí el camino!

Mariana avanzó con seguridad hasta enfrentarse al elevador. Allí se detuvo y rebuscó en su cartera. Sacó un encendedor y lo encendió, estirando el brazo hacia el frente. La débil llama apenas alcanzaba a disipar las tinieblas. Se movió cuidadosamente para que no se apagara buscando la escalera en las cercanías del ascensor. Emilia la seguía temerosa. Después de caminar ordenadamente a derecha e izquierda, divisaron la antigua baranda.

-¡Aquí está, Mariana! -exclamó la madre como si la hubiera descubierto.- Bajemos.

-¡Detrás mío -mandó la hija.- Esperá a que se enfríe el encendedor.

A sus espaldas, Emilia revolvía el bolso. Los ruidos de objetos chocando entre sí distrajeron la atención de Mariana que había creído escuchar un sigiloso murmullo escaleras abajo.

-¿Qué buscás? -le preguntó.

-¡Ésto! -contestó la madre triunfalmente mientras de su mano surgía un haz de luz.

La hija no pudo evitar una risa nerviosa ante la exótica adquisición. ¡El mango de un paraguas plegable convertido en linterna! Juró no reprochar nunca más a su progenitora las extravagantes compras a las que era tan afecta. Le dio un beso y se lo arrebató para apuntar hacia los escalones. El mármol estaba gastado y deslucido y parecía no haber sido limpiado en mucho tiempo. Se sobresaltó cuando una sombra pareció desprenderse de las profundidades. Dirigió la luz hacia abajo y sólo distinguió el polvoriento rellano. Debo controlar mi imaginación -se dijo con firmeza. Tomó aire y le indicó a su madre:

-Apoyá las manos sobre mis hombros y mantenete a la distancia de un escalón. Cuando yo baje uno, vos me seguís.

-Entendido – cuchicheó Emilia.

Iniciaron el lento descenso alumbradas por un resplandor que no iba mucho más allá de dos peldaños. Mariana tanteaba con el pie antes de afirmarse, sosteniendo con una mano la original linterna y aferrada al pasamanos con la otra. Su sensibilidad estaba a flor de piel. Percibía el callado temor de su madre y se asombraba de la inesperada situación en la que habían desembocado. ¿Y si apagaras la linterna, niña? ¿No sería más fácil rodar, rodar, y rodar…? El susurro se le filtró en la cabeza y se extinguió en una risita malévola. ¿Qué…? Debo... controlar... mi... imaginación... –repitió mudamente. La adrenalina le aumentó el ritmo cardíaco. Se concentró en el recuerdo de su padre a quien la oscuridad no perturbaría y avanzó hacia la salida. Una exclamación ahogada de Emilia la detuvo. Sin volverse, murmuró:

-¿Qué pasa, mamá?

-¡Nada, nada! Seguí, por Dios.

Emilia ya no dudaba de que algo pugnaba por separarla de Mariana. Apretó los dientes y resistió la pertinaz interferencia que amenazaba materializarse entre ambas. Evocó la imagen de su marido a modo de conjuro vaciando la mente de otro pensamiento. Si amarte no hubiera sido suficiente, me diste el regalo más hermoso de mi vida -le dijo él cuando nació Mariana. La irresistible sonrisa de Edmundo la preservó de las misteriosas anomalías corpóreas y auditivas. Alcanzaron el abandonado descanso del cuarto piso. Era evidente que no había sido transitado en mucho tiempo porque sólo sus huellas quedaron marcadas en el polvo. Sin vacilar, reanudaron la marcha. Detrás de ellas quedaron sombrías reverberaciones que se esforzaron por ignorar. El peso de la madre se acentuó sobre los hombros de la hija a medida que se acercaban a la planta baja. Mariana se esforzaba en bajar escalón por escalón repudiando los murmullos que parecían rodearlas. No puedo estar escuchando mi nombre -porfiaba- ni la voz de papá pidiéndome que suba. Él no querría que lo hiciera -de eso estaba segura. Esperaba que la luz de la linterna no se agotara antes de llegar al vestíbulo porque se intensificaban la intermitencia y la opacidad del foco. La respiración de Emilia se aceleraba como si estuviera atacada por el pánico. La joven soportaba la zozobra de su pródiga imaginación que la proyectaba desde un resbalón hasta un abismo sin fin. Se aisló de ruidos extraños y maniobró hacia el último tramo. No quería pensar más que en salir de la tenebrosa escalera. Un débil resplandor se insinuó al desdoblar el último rellano. Dominando la ansiedad que empujaba sus pies más rápido de lo recomendable, respetó las pautas que se había impuesto en el quinto piso: sondear la seguridad de cada base antes de descargar el peso de su cuerpo. La tentación de apagar la linterna la asaltó como una artera insinuación pero prevaleció el sentido común que la acompañó desde el apagón. El dispositivo luminoso se agotó al poner Mariana los pies en el vestíbulo. Una urgencia inexplicable la instigó a tomar a su madre del brazo y llevarla casi corriendo hasta las aberturas vidriadas del edificio, que ahora denunciaban el mismo abandono que dejaban atrás. Empujó impetuosamente la anticuada puerta temiendo que no quisiera abrirse y el impulso las arrastró hasta el borde de la vereda poco transitada por la persistente lluvia. Se miraron como quien sale ileso en medio de un tiroteo y rieron como tontas mientras el agua las empapaba.

domingo, 21 de marzo de 2010

LA HERENCIA - III

El estudio de Goyeneche estaba ubicado en el quinto piso de un edificio antiguo y suntuoso. El amplio recibidor, iluminado con una pobreza que no condecía con su categoría, estaba absolutamente desierto. Después de observar a su alrededor, divisaron la puerta enrejada de un ascensor. El indicador luminoso revelaba que estaba en el sexto piso. Bajó con un chirrido de material oxidado hasta detenerse en la planta baja con un golpe seco. Mariana y su madre se miraron dudosas antes de entrar a la cabina. La joven apretó el botón del quinto piso con una sensación de inquietud que concordó con el comentario de Emilia:

-Espero que no quedemos atrapadas en esta antigüedad.

Mariana no repuso. La sola idea le producía escalofríos. ¿Quién las rescataría en ese edificio deshabitado? Después se preguntó el por qué de esa idea. Si era un inmueble de oficinas, a esa hora debían estar varias ocupadas. Abrió la reja con alivio cuando la máquina se detuvo temblorosamente. Después buscaron la oficina “F” como rezaba en la tarjeta. El pasillo estaba tan mal iluminado como el ingreso, y las puertas de madera maciza ocultaban la actividad de cualquier organización. Ubicaron el estudio al final del corredor. Después de cerciorarse de que no había llamador ni timbre a la vista, Mariana castigó sus nudillos contra la puerta. Como si las hubieran estado esperando, se abrió inmediatamente. La figura de una mujer robusta se recortó al contraluz de la profusa iluminación de la oficina. De su boca confundida con las tinieblas del pasillo surgió una pregunta:

-¿A quién buscan?

-Al doctor Goyeneche -respondió Mariana.

-¿Quiénes lo buscan? -la pregunta sonó brusca.

-La señora Emilia de Stéfano y su hija -se adelantó la madre con cierta altivez.

Desde el interior del recinto sonó una voz que se fue acercando con su dueño:

-¡Andrea! ¡Son las clientas que buscamos durante varios meses! -el abogado se materializó detrás de la mujer.- ¡Pasen, por favor! Me alegro que hayan concurrido hoy mismo. La celeridad para tomar decisiones es indicio de inteligencia -expresó con una sonrisa mientras estrechaba la mano de las herederas.

Accedieron a una antesala adonde estaba ubicado el pupitre de la secretaria coronado por una vieja máquina de escribir y un antiguo teléfono a disco. Mariana, hija de la tecnología cibernética, ocultó una sonrisa divertida. Goyeneche las precedió para franquearles el ingreso a su despacho privado. El amplio escritorio labrado estaba cubierto de fascículos y carpetas. Las paredes, forradas de estantes con libros encuadernados. El letrado les indicó que tomaran asiento antes de ubicarse en el amplio sillón detrás de su mesa de trabajo. Se calzó los anteojos, revisó una pila de legajos hasta rescatar el expediente etiquetado como “Sucesión de Victoria Stéfano”, separó varios formularios y se dirigió a las mujeres:

-El trámite comenzará ni bien hayan firmado estos papeles. Les dejaré una copia de los bienes inventariados para que los verifiquen in situ y posteriormente firmen el original prestando conformidad. Nada puede ser vendido hasta el fin de la sucesión. Después de deducir los gastos notariales, las cuentas serán puestas a nombre de las dos. Quedarán netos... -hizo algunas cuentas en un papel y afirmó:- cuatrocientos dieciocho mil y chirolas -levantó la mirada- ¿les parece bien?

Mariana y Emilia asintieron con un movimiento de cabeza como si estuvieran acostumbradas a los grandes negocios. El abogado puso delante de Emilia los formularios y le ofreció un bolígrafo:

-Léalo cuidadosamente antes de firmarlo, señora. Lo mismo le recomiendo a su hija -dijo mirando a Mariana.

-Prefiero que lo lea mi hija. Si ella lo aprueba, firmaré con gusto -contestó la mujer pasándole todo a la joven.

Mariana leyó hoja por hoja y al terminar puso su rúbrica. A continuación firmó la madre y devolvió los papeles al letrado quien, después de revisarlos, les tendió los originales y guardó las copias en la carpeta. Por último, abrió un cajón del escritorio y sacó un llavero y un sobre. A la muchacha se le aceleró el corazón.

-Éste es el único juego de llaves, así que ustedes deberán hacer las copias -dijo Goyeneche tendiéndoselas.- La más grande es la de la verja de entrada y la labrada la de la puerta de ingreso a la propiedad.

Mariana las encerró en su mano como si fueran un tesoro. El abogado abrió el sobre y sacó del interior otro más pequeño. Antes de entregárselo a la joven, aclaró:

-Aquí hay una tarjeta bancaria y la contraseña para retirar los fondos. Esta cuenta no está declarada en la sucesión porque la señora Victoria la reservaba para imprevistos. Hagan las extracciones por cajero automático y por lo que vayan necesitando. El saldo lo tendrán con el primer retiro. Esto es todo -finalizó, echándose sobre el respaldo del asiento.- Las mantendré informadas sobre la marcha del traspaso.

Las mujeres se levantaron a un tiempo y el letrado las imitó deteniéndose junto a la puerta abierta para despedirlas. Mientras apretaba su mano, Mariana le preguntó:

-¿La única oficina abierta es la suya?

-Hoy, sí -afirmó Goyeneche.- Es día de desinfección. -y ante el gesto desconcertado de la joven:- Pero yo vine porque intuí que ustedes no tardarían en presentarse... -rió inesperadamente coreado por su secretaria.

Madre e hija se miraron sorprendidas por la extemporánea demostración. Sonrieron hieráticamente y se internaron, sin comentarios, en la penumbra del corredor.

domingo, 14 de marzo de 2010

LA HERENCIA - II

Mariana abrió la carpeta lentamente y leyó para sí las tres fojas que contenía. Cuando terminó, miró las caras expectantes de Luis y su madre, y les dijo con una sonrisa:

-Si este abogado no es un impostor, me parece que se acabó la época de vacas flacas. Escuchen -y volvió a fijar la vista sobre la última hoja:- un inmueble ubicado en Calle de los Sauces 9898 y todo su contenido según inventario confeccionado ante escribano público y tres cuentas bancarias por un total de cuatrocientos cincuenta y dos mil pesos que serán transferidas a nombre de los herederos en el término de noventa días a partir del comienzo de la sucesión. La propiedad puede ser ocupada inmediatamente con el fin de evitar su deterioro y preservar los objetos que incluye... ¡Una casa propia, mamá! ¡El sueño de toda nuestra vida!

El entusiasmo de Mariana puso una sonrisa en el rostro de los mayores. Luis fluctuaba entre compartir la alegría de las mujeres y la pesadumbre de perderlas de vista. Buscó debajo de la barra hasta encontrar un mapa de la ciudad para ubicar la calle que desconocía. Volvió junto a las mujeres y lo abrió sobre una mesa.

-¿Cuál es la dirección? –le preguntó a Mariana.

La joven releyó la hoja y repitió:

-Calle de los Sauces 9898.

El barman consultó el índice alfabético y luego ubicó las coordenadas donde debía encontrarse la calle. ¡Demasiado lejos para su gusto! Casi a una hora de viaje del lugar que residían.

-Está en un lugar muy retirado –opinó mirando a las mujeres.- ¿Están seguras de querer alejarse tanto del centro?

-¡Es que ahora no tendré que vender el auto! –Afirmó Mariana.- ¡Y sin pagar alquiler, podremos sostenernos hasta que nos transfieran esa suma fabulosa…!

Se quedó ensimismada pensando en el vuelco que había dado ese día. De la desesperanza del despertar había pasado a la perspectiva de una vida desahogada y sin esfuerzos. Nunca hubiera imaginado que la solución a su ajustada situación económica vendría de la mano de una persona a la que ni siquiera habían mencionado en tantos años. Por lo pronto, deberían presentarse cuanto antes en el estudio jurídico para comenzar con los trámites sucesorios. Sentía que se había despojado del inmenso peso de la frustración diaria. ¡Al diablo con el trabajo si se confirmaba el monto de las cuentas bancarias! Podrían vivir de rentas hasta el final de sus días. Podría retomar la carrera de abogacía, o anotarse en la Facultad de Bellas Artes, o viajar al Sur, o… Se rió silenciosamente de los planes que se atropellaban en su cabeza al influjo de una noticia que no tenía más certeza que la de tres hojas presuntamente legales. Buscó con la vista a su mamá. Estaba sentada a la barra esperando a que don Luis terminara de atender a un parroquiano. Se alegró de su acertada decisión de posponer la charla sobre sus finanzas hasta el día siguiente. Le había evitado un disgusto innecesario. Recogió sus pertenencias y se acercó para hacerle compañía. La abrazó cariñosamente y las dos se miraron con una sonrisa ilusionada.

-Mamá. Después que termines el desayuno, iremos a ver al abogado -le dijo.

Emilia miró hacia la calle donde una lluvia desodernada por el viento azotaba la calzada. Los truenos lejanos se habían acercado y los relámpagos insinuaban la continuidad del temporal.

-¡Nos empaparemos! -opinó.

-¡Ahora podemos darnos el lujo de ir en taxi, ma! Y no veo la hora de confirmar la veracidad de esta noticia. Y de tener las llaves de la casa... -pronunció Mariana con tono plañidero.

La madre miró a Luis que se había arrimado a tiempo de escuchar el ruego de la joven y le dijo con una sonrisa:

-¿Qué se puede hacer con una muchacha tan ansiosa?

-¡Seguirle la corriente, mamá! -exclamó la chica eufórica.

Luis, riendo, les propuso conseguir un taxi por teléfono apenas amainara el aguacero y, si conseguían la llave, trasladarlas en su auto a la tarde después de cerrar el negocio. Media hora después, madre e hija subían al vehículo de alquiler que marcaría el inicio de la etapa más oscura de sus vidas.

miércoles, 10 de marzo de 2010

LA HERENCIA - I

Introducción: a quienes han tenido la deferencia de leerme y la paciencia de esperar los siguientes capítulos de "Las cartas de Sara", les comunico que mientras intento reconstruir la historia lamentablemente perdida en el robo de mi notebook, escribí otra novela que subiré por capítulos sin olvidarme que les debo la continuación de la otra. Sepan perdonar este transitorio bloqueo y espero que disfruten de "La herencia". Un fuerte abrazo de
Carmen.


© 2010 - I

El despertador sonó a las siete. Mariana abrió los ojos lentamente, adaptándose a la realidad impuesta por la vigilia. Su optimismo natural se desvanecía junto a las expectativas de conseguir un nuevo empleo. Cuatro meses de búsqueda infructuosa mermaron la indemnización que acrecentaba el fondo de desempleo. ¿Se vería en la desagradable situación de ponerla al corriente a su madre? Se sentó al borde de la cama y se dijo que postergaría la charla hasta mañana. Tal vez hoy conseguiría el trabajo que se le negaba con porfía. Desde la muerte del padre la joven se había hecho cargo del gerenciamiento de la familia. Físicamente era una indudable mixtura de sus progenitores, pero el carácter fuerte y obstinado lo debía, palmariamente, al varón. La impensada desaparición retrasó el período de luto normal. Abandonó la mayor parte de sus actividades rebelándose contra el aciago destino. De esta voluntaria reclusión fue rescatada por la mamá, quien hizo alarde de una determinación infrecuente en la relación marital. Mariana acarició con la mirada el retrato que perpetuaba el vigoroso atractivo del padre. Ella le había tomado la foto en el último cumpleaños. Suspiró y se dirigió al baño para ducharse. Eligió un traje sobrio pero elegante porque siempre salía alistada para cualquier entrevista. Abrió la puerta sigilosamente y se dirigió al barcito de la vuelta. Allí desayunaba todas las mañanas mientras leía los avisos clasificados. Don Luis, el dueño, le reservaba el periódico puntualmente. El cielo estaba tan plomizo como su confianza pero se colgó una sonrisa animosa apenas ingresó al local.

-¡Buen día! -saludó en tanto se ubicaba en una mesa al lado de la ventana.

-¡Buen día! -contestó don Luis acercándole el diario- ¿Lo de siempre?

-Sí, gracias -respondió.

Luis observó a la joven cuya carita se iba ensombreciendo a medida que recorría con la vista el matutino. La conocía desde niña y sabía que hacía varios meses estaba sin ocupación. Admiraba el tesón con el que concurría de lunes a sábado a leer las escasas ofertas de trabajo. Secretamente, la consideraba como a una hija porque siempre había estado enamorado de la madre de Mariana. Pero los sentimientos no se contagian, pensó con un suspiro. Emilia se prendó tempranamente de un viajante con el que se casó tras un corto noviazgo. Debía reconocer que tuvieron un feliz matrimonio hasta que un accidente tronchó la vida del marido. A un año del suceso, Mariana perdió el trabajo. En las multinacionales los duelos deben ser breves y no afectar la capacidad de concentración del empleado. Debieron mudarse a un departamento más pequeño, a veinte cuadras del que habitaron en vida del padre. La dueña les había doblado el alquiler al momento de renovar el contrato. Todas contrariedades, le había confiado Emilia mientras bebían un café. Luis se había horrorizado de su insana alegría ante la desgracia de la mujer, que la acercaba nuevamente al barrio de la infancia. Se justificó pensando que en la vida los acontecimientos no eran fortuitos y que él sólo era culpable de seguirla amando. Por el momento, se conformaba con que ella aceptara su invitación a tomar un café cada tanto y lo considerara un amigo confiable. Decidió adelantar la propuesta de trabajo que había resuelto hacerle a Mariana aunque no necesitara una cajera en el negocio. Conociéndolas, era la única forma de colaboración económica que aceptarían madre e hija. Se acercó a la mesa con la bandeja que contenía un pocillo extra y se sentó frente a la muchacha que apartó el diario con presteza.

-¿Me va a hacer el honor de acompañarme? -le preguntó con una sonrisa cariñosa.

-Las madrugadoras gozan de ese privilegio -contestó devolviendo el gesto afable.- Además, no hay clientes que reclamen mis servicios. ¿Hay algún aviso aprovechable en este pasquín?

Mariana se encogió de hombros.

-No abundan. Saqué una dirección para enviar la currícula. ¿Quiere que le diga algo, don Luis? Estoy perdiendo la esperanza.

-¡Ah, no, mi’ja! Eso es lo último que se pierde. Precisamente...

El ruido de la puerta al abrirse lo interrumpió. Emilia y un hombre vestido de traje oscuro y maletín de ejecutivo ingresaron al local. La madre miró alrededor hasta divisar a Mariana. A Luis se le disparó el corazón mientras la mujer, seguida por el desconocido, caminaba hacia la mesa.

-¿Qué pasa, mamá? -dijo Mariana alarmada, levantándose de la silla.

-¡Hola, Luis! -saludó Emilia camino hacia su hija.- No te asustes que no pasa nada grave -aseguró para tranquilizarla.- Pero la noticia que trae el doctor debemos escucharla entre las dos.

-¿Estás enferma? -pronunció la hija, más alarmada todavía.

Emilia rió sonoramente ante las expresiones de Luis y Mariana.

-¡El doctor es abogado! -dijo riendo aún.- Y nos trae una buena noticia… Creo. - dirigió la mirada interrogante hacia el desconocido.

-Permítanme presentarme –intervino el individuo,- soy el doctor Alejandro Goyeneche, abogado y albacea de la señora Victoria Stéfano. –Extendió la mano que maquinalmente estrecharon Mariana y Luis.

Después de esta introducción, el barman les pidió que se acomodaran en la mesa en tanto les alcanzaba un café. El letrado prosiguió:

-Hace tres meses que estoy tras el paradero de Edmundo Stéfano, heredero legal de los bienes de su única hermana. Impuesto del fallecimiento, comencé la búsqueda de sus sucesores. -Mirando a Mariana:- En la empresa donde trabajó me facilitaron su antiguo domicilio, aunque la propietaria negó conocer su nueva residencia. Pero gracias a mi eficiente secretaria -el rostro se le ablandó reconociendo el mérito- que pensó que tendría el domicilio actualizado para cobrar el fondo de desempleo... ¡la ubicamos en el listado de Internet! -terminó triunfalmente.

Mariana hizo un esfuerzo por recordar los rasgos de una tía a quien había visto dos veces en vida de su padre. Sabía que los hermanos se habían distanciado, pero los motivos los guardó él hasta la tumba. Su voz no sonó muy entusiasta cuando descargó la pregunta:

-¿Y qué es lo que heredamos?

Goyeneche abrió el portafolio y extrajo una carpeta que dejó delante de Mariana.

-Aquí está el detalle de los bienes de la señora Victoria. Léanlo con tranquilidad y luego pónganse en contacto conmigo. Deberán comparecer ambas -terminó, entregándole una tarjeta y levantándose a continuación.- Que pasen ustedes buen día -les tendió la mano y salió hacia la tormenta ya declarada.

sábado, 12 de diciembre de 2009

LAS CARTAS DE SARA - XVI

Nina miraba el camino con una concentración dolorosa. El viento que arrastrara las nubes invadió el interior del vehículo obligándola a cerrar la ventanilla. Dante encendió los faros perforando la creciente oscuridad y bajó el cuenta kilómetros a sesenta. La senda, recta y con pocos declives, se fue bordeando de una arboleda tupida que aumentó el estado de alerta de la muchacha. No se sorprendió demasiado cuando apareció el animal delante del auto. Revivió la brusca frenada, y la exclamación de su novio:

-¡Casi lo atropello! –Se volvió hacia Nina y preguntó con desconcierto:- ¿Es el perro de tu sueño?

La joven no respondió. Impelida por una certeza que se infiltraba desde algún desconocido resguardo de su mente, asió el tapiz y abrió la portezuela del coche antes de que Dante pudiera impedirlo. Avanzó con seguridad hacia la bestia sosteniendo frente a sí, a modo de escudo, el elaborado estandarte. El animal gruñó amenazadoramente pero Nina no retrocedió. Supo el porqué del impulso que la llevó a entramar durante meses la altiva figura de la pantera. Era un talismán, la salvaguardia para este incidente que estaba previsto en los vericuetos de su destino. Dante bajó con premura y la alcanzó cuando el perro se volvió y saltó hacia la espesura. Apoyó las manos sobre los hombros de Nina y la volvió hacia él. La expresión serena de su novia contrastaba con la alteración de sus rasgos.

-¡Podría haberte atacado, mujer loca! –gritó en tanto la sacudía con un enojo que disfrazaba su temor. Luego, la apretó entre los brazos como si quisiera fundirla a su cuerpo.

Nina, a punto de no poder respirar, forcejeó para aflojar el abrazo de su conmovido novio.

-¡Basta, Dante! Sólo tenía que estar en guardia; ese fue el sentido del sueño. Cuando vi al monstruo, supe qué hacer. Ya no habrá sorpresas en el resto del camino –dijo con certidumbre.

Las primeras gotas comenzaron a golpearlos con insistencia. Ambos corrieron a refugiarse en el vehículo. Antes de encender el motor, el pragmático Dante discurrió:

-Algo me dice que en esta zona tu percepción y la de Sara se han agudizado. Lamento que mis neuronas sólo transmitan lo obvio, pero te prometo que no desestimaré ninguna de tus corazonadas.

Nina se inclinó hacia él y puso en su beso tanta pasión como agradecimiento. Por un mágico momento se olvidaron de las extrañas circunstancias del trayecto cuando sus bocas y sus cuerpos celebraron la existencia del otro. Se separaron sofocados y deseándose, pero implícitamente convencidos de que debían postergar su encuentro amoroso hasta lograr su objetivo. Dante giró la llave de encendido con un suspiro pesaroso. El resto del itinerario lo hicieron bajo una llovizna pertinaz que, si bien no aflojó demasiado el terreno, obligó al joven a estar pendiente del camino desconocido. Cuando divisaron las primeras construcciones, Nina miró su reloj y comprobó que había transcurrido una hora desde el mediodía. La urgencia por ver a su amiga la desbordó.

-¿Cómo vamos a encontrar la casa donde vive Sara? –urgió a su novio.

-Apenas veamos a algún habitante de este pueblo.

-Deben estar todos almorzando –arriesgó la joven.

-Buscaremos un parador –dijo el práctico Dante.

La calzada de tierra desembocó por fin en el asfalto. El joven imprimió más velocidad al auto atento a cualquier edificación que sugiriera un comedor o una estación de servicio. Vio un cartel de YPF a la distancia y fue disminuyendo la marcha para ingresar a la expendedora de combustible. Un joven empleado vestido con uniforme azul y blanco se acercó para atenderlos.

-Buenas tardes –saludó Dante.- Llená el tanque, por favor.

Se bajó del coche y le manifestó:

-Buscamos a una amiga que trabaja en la clínica del doctor Moreno. Su nombre es Sara. ¿Podrás indicarme cómo llegar?

-¡Ah, sí! La clínica está en la segunda vuelta de la ruta. ¿Ella es médica?

-No –contestó Nina que de puro ansiosa se había bajado detrás de su novio- trabaja en la administración.

-Entonces hoy no la va a encontrar. Sólo quedan de guardia los médicos y algunos enfermeros.

-¡Es cierto, Dante! –Dijo contrariada.- Hoy es domingo. –Se dirigió al empleado:- Por casualidad, ¿no conocés la casa de la familia Biani?

El muchacho la miró con gesto de disculpa y movió la cabeza negativamente. Dante intervino al tiempo que le pagaba:

-Está bien. Decime cómo llegar al centro.

-¡Eso sí! Tome derecho por la ruta hasta la primera curva. Es el comienzo de la calle Verde que lleva directo a la Plaza Central.

-¡Gracias! –respondió Dante, y subió al auto seguido por su novia.

La curva estaba a pocos metros. Cuando la interceptaron, Nina atisbó el color de la vereda que la remontaba directamente a las primeras cartas de Sara. Apreció las dotes descriptivas de su amiga porque el entorno le resultaba familiar a pesar de no haber estado nunca allí. Dante estacionó en un predio que supuso destinado a ese fin, y se encaminaron hacia los negocios que rodeaban la plaza.

-¡Allí está el Trust! –Exclamó Nina señalando el letrero- Ahí trabaja Ada, la amiga de Sara. Seguro que ella sabe dónde vive.

-Y si no está por ser feriado, iremos al correo o a la comisaría –agregó el joven tratando de apaciguar la ansiedad de la muchacha que ya se le había adelantado y empujaba la puerta del local.

Dante paseó la vista por el lugar y vio que sólo cuatro mesas estaban ocupadas. Dos por gente de mediana edad y las otras por adolescentes que consumían comidas rápidas. Nina se había acercado a la barra y la vio hablando con un hombre de aspecto fatigado. Oyó parte de la conversación al aproximarse:

-… dentro de una hora –terminó de decir el mesero con voz tan cansina como su semblante.

-Ada llega en una hora –le informó su novia volviéndose hacia él.- ¿La esperamos?

-Y en tanto, podríamos comer algo. ¡Estoy muerto de hambre! Se dirigió al hombre:- ¿Tienen algún menú sugerido?

-Sólo sandwichería.

-¿Te parece bien un tostado de jamón y queso? –consultó con Nina, quien asintió.

-Dos tostados de jamón y queso y una cerveza especial –le dijo al mesero.

-Ya se los llevo. Acomódense en una mesa.

La joven eligió una al lado de un ventanal, segura de que reconocería a Ada ni bien la viera entrar. En veinte minutos estaban dando cuenta de su almuerzo y proyectando su estadía:

-Entonces –resumió Dante- si Sara está bien, nos quedamos hasta el martes a la tardecita. Si no, la subimos hoy mismo al auto y pegamos la vuelta. ¿Conforme? –la miró con esa sonrisa que la trastornaba.

Nina le acarició el rostro con la mirada. ¿Acaso había imaginado cuánto llegaría a amarlo cuando lo conoció? En el primer encuentro le pareció un macho presumido de su físico, pero él no se arredró ante la frialdad que le demostró. La persiguió con tenacidad y su buena amiga no se burló de ella cuando aceptó la primera cita después de todo lo que lo había criticado. Descubrió bajo esa musculatura a un hombre sensible que no se avergonzaba de mostrar sus sentimientos y, cuando cayó en la cuenta de que estaba enamorada, Sara fue su primera y complacida confidente. ¿Cómo había podido desinteresarse de ella? Una ráfaga de culpa la estremeció.

-¿Qué te pasa, querida? –preguntó el hombre atento a su semblante.

-Que… -dejó la respuesta en suspenso. Una mujer entraba en el local y la joven intuyó que era Ada.

-¡Ada! –llamó sin temor a equivocarse mientras se levantaba del asiento.

La nombrada se volvió con una expresión interrogante. Quedaron enfrentadas por un momento inquiriéndose con la mirada.

-Soy Ada, ¿la conozco?

-Me habrá oído nombrar. Soy Nina, la amiga de Sara.

El rostro de la mujer se iluminó. Tomó las manos de la joven y exclamó:

-¡Dios me ha escuchado! La envió cuando Sara más la necesitaba.

-¿Sara está bien? –preguntó alarmada.

-Quédese tranquila. Por ahora está en buenas manos. El doctor Moreno volvió esta mañana y se la llevó de la casa de Biani cuando se enteró del ataque que tuvo anoche.

-¿Qué le pasó? ¿Segura que ahora está bien? –encimó las preguntas sin darle tiempo a contestar.

-Está bien –afirmó Ada.- Mercedes nos llamó porque no podía comunicarse con la clínica y la trasladamos hasta lo de don Emilio hasta que mejoró. Después Mirta la acompañó hasta su casa y se quedó con ella toda la noche. A la mañana llamó a la clínica y la atendió el propio doctor, que enseguida pasó a buscarla.

-¿Está en el hospital, entonces? –intervino Dante.

-No. Llamamos para ver cómo estaba y nos dijeron que, después de hacerle unos controles, salió con ella e indicó que no volvería hasta mañana. Lamento no tener espacio en mi casa, porque si no les ofrecería alojamiento. ¿Por qué no toman una habitación en el hotel? Descansarán y mañana podrán verla.

-¿Adónde vive el médico? Yo no voy a esperar hasta mañana para verla –señaló Nina.

-Es mejor así, señorita –insistió Ada.- Después de lo que pasó, él no la habrá llevado a su casa. Está demasiado cerca del centro. Pero la va a cuidar y mañana tendrá a su amiga sana y salva.

Dante, anticipando un arrebato de su novia, le apretó el brazo y le dijo a Ada:

-De acuerdo, Ada. Díganos dónde queda el hotel y volveremos para cenar. También para que nos cuente con detalle cómo fue el ataque que sufrió Sara.

-Se los prometo –contestó la mujer.- El hotel está a la vuelta, por la calle Amarilla. Es limpio y tranquilo y estarán cómodos. Les indico –ofreció dirigiéndose a la puerta.

Los jóvenes la escoltaron y atendieron sus instrucciones. Después volvieron al auto y se dirigieron al hotel. Nina guardaba un silencio desilusionado. Dante ubicó el coche frente al hospedaje y ambos bajaron con los bolsos. El trámite fue rápido y el encargado los guió hacia un cuarto de la planta baja. Después que cerraron la puerta tras ellos, el muchacho alivianó a Nina de los bolsos y la cartera, y los arrojó sobre un sillón. Enseguida se ocupó de su novia. La levantó en andas riendo ante la exclamación de sorpresa de ella y la depositó en la cama. Por el momento sólo deseaba que se aflojara, de modo que se estiró de costado y la miró con una sonrisa tranquilizadora.

-¡Eh, bonita, que no quiero nada que vos no quieras! ¿No sería bueno que te dieras una ducha caliente para relajarte?

-Es que no sé si creerle a esa mujer que Sara está bien. ¿Y si sólo quiere distraernos para que no la podamos ayudar?

-Yo no soy tan intuitivo, Nina; pero estoy seguro de que no mintió. Sara confiaba en ella y si reponemos fuerzas estaremos en mejores condiciones de ayudarla.

Nina lo miró con tanto desvalimiento que Dante estuvo a punto de olvidar su estrategia y cobijarla en un abrazo que lo llevaría más allá del gesto consolador. Se levantó y le acarició la cabeza.

-Andá, mi amor. Vas a ver que te sentirás mejor.

Nina se incorporó y buscó ropa limpia en su bolso. Pasó al baño y se quedó largo tiempo bajo la ducha. Una extraña turbación hizo que se vistiera completamente antes de aparecer en la habitación. Dante la observó sin hacer comentarios y pasó seguidamente al cuarto de baño. ¿Qué le ocurría?, pensó Nina. Si ella se deleitaba al exhibir su cuerpo desnudo para verse reflejada en los ojos de su amante. ¿O es que no se daba permiso para gozar hasta averiguar si Sara estaba bien? Estas especulaciones obraron como un afrodisíaco. El calor del deseo le endureció los pezones y ardió en su entrepierna. Cuando Dante salió de la ducha envuelto en una toalla de baño, encontró a la mujer de sus sueños. Se acercó despaciosamente y le alzó el rostro para besarla. Nina se pegó a su cuerpo notando la creciente erección que le arrancó un gemido mientras las bocas se exploraban como si no se conocieran. Sentía que le temblaban las piernas como ni siquiera había pasado en su primer encuentro. La piel le ardía al roce de las manos varoniles que la desnudaban. Le sacó las prendas con una lentitud que se contradecía con la excitación de ambos mientras ella lo despojaba de la toalla y se conmocionaba al contacto del órgano masculino. Dante jadeaba su nombre y ciento de palabras amorosas recorriendo con sus manos y su boca el cuerpo de la mujer que amaba. Se desmoronaron en la cama ávidos de la consumación amorosa, perdidos en ese mundo inigualable que excluía cualquier tormento que no fuera la culminación de su deseo. Nina se abrió a la penetración con un ardor desconocido demandando al miembro viril el bálsamo que apagara el fuego de sus entrañas. Los embates controlados del hombre se aceleraron ante la exigencia de la joven cercana a la plenitud del orgasmo. Las contracciones femeninas lo elevaron al pináculo del placer y se derramó en ella ajeno a cualquier sensación que no fuera la voluptuosidad del apogeo.

martes, 8 de diciembre de 2009

LAS CARTAS DE SARA - XV

Rosa los despidió en la puerta con un aluvión de recomendaciones: Vayan despacio, no levanten a nadie en la ruta, si paran a comer no tomen alcohol, apenas lleguen avísenme, ¡estaré esperando! Nina y Dante la abrazaron y la tranquilizaron diciéndole sí a todo. Recién cuando el auto dobló en la intersección con la avenida y desapareció de su vista, entró Rosa a la casa. Una oscura intranquilidad se aposentó en su ánimo como si fuera el presagio de una desgracia. ¿Por qué no había aceptado Sara el ofrecimiento que con tanto cariño le había hecho Nina? ¿Por qué esa porfía de auto suficiencia? Sacudió la cabeza para aventar esos pensamientos y se dispuso a esperar.

Nina se acomodó en su asiento y observó el perfil de Dante. Manejaba con aire concentrado y distendido. Sabía que le esperaban cuatro horas de viaje y él le había prometido que no harían ningún alto. Ya tendrían tiempo de almorzar cuando llegaran a Gantes. Para el camino, había llevado el equipo de mate y unas facturas que su madre había comprado, temprano, en la panadería.

-¡Un peso por tus pensamientos! –la voz risueña de su novio la trajo a la realidad.

-¡Un centavo, tonto! –le señaló.

-¡Bah, me pareció una miseria ofrecerte centavos con la inflación que tenemos! ¿Por dónde andabas navegando?

-¡Vaya! Ni siquiera atento a la carretera se te escapa nada. Ya me hacía en Gantes y abrazando a Sara. Ahora que estamos en marcha me siento mejor. Es… como si hubiera estado frente a un problema y en lugar de actuar, para solucionarlo, especulara sobre él. Este viaje es el principio de la acción –afirmó.

El hombre, sin apartar los ojos de la ruta, estiró un brazo y le acarició la mejilla. Nina se estremeció al contacto de su mano. El deseo de estar en sus brazos se acrecentaba por la forzosa abstinencia de los preparativos del viaje. Normalmente, pasaba los fines de semana con él, pero no hubiera expuesto a su madre a la incomodidad de dormir con Dante en su habitación sin estar casados. Y sí… Su mamá tenía algunas reglas inquebrantables aunque no ignorara la convivencia de su hija con el joven.

-¿Por dónde andamos? –preguntó, intentando leer las señales camineras.

-¿Qué diferencia hay si te lo digo? –respondió Dante burlón, a sabiendas del despiste de su novia.

-De que alguna vez puedo aprender, si alguien tiene la paciencia de explicarme.

-¡Bueno, bueno! Para tu información, estamos por tomar por la ruta 34, para empalmar luego la 95 y desviarnos a la derecha antes de Ceres, por un camino que ni tiene nombre en el mapa que nos mandó Sara. ¿Satisfecha?

-¡Psé! –resopló Nina poco agradecida. Esa enumeración, como adelantó Dante, no hacía diferencia para ella.

Se dedicó por un rato a observar el paisaje que retrocedía a los costados del asfalto mientras el coche aumentaba la velocidad. Quiso entablar una charla intrascendente para distraer a Dante de la hipnótica carretera, pero un pesado cansancio la ganó. Una brusca frenada la sacudió del sopor. Abrió los ojos y se encontró observando a un increíble animal que los miraba a pocos centímetros del parabrisas. El clima había desmejorado y nubes apretadas ocultaban el sol.

-¡Casi lo atropello! –Exclamó su novio.- ¿Es un perro?

La bestia, plantada con firmeza en medio del camino, tenía una talla imponente. La penumbra tormentosa encubría su figura pero destacaba el brillo de sus ojos. Los pensamientos de Nina dejaron de fluir como una cascada que se queda sin agua. Vio que la mano de Dante se movía hacia la traba de la puerta, sin poder reaccionar para gritarle que no saliera, que el animal era peligroso, que sólo el interior del auto era seguro. Pero su capacidad de acción estaba tan anulada como su mente. Como en cámara lenta, vio a su novio abrir la portezuela, bajar del coche y quedarse a pocos metros del perro. Dante se inclinó con cautela hacia el piso para tomar una rama gruesa, cuando el animal pareció despertar de su letargo y se abalanzó sobre él. El aullido de Nina rasgó el silencio como la sirena de una ambulancia que se abre paso para llegar a tiempo al hospital. Sus brazos rechazaron la embestida del can cuyas fauces buscaban su cabeza. Cerró los ojos y manoteó con desesperación para alejarlo, cuando unas palabras se filtraron en sus oídos por encima del rugido de la bestia:

-¡Nina, Nina! ¡Soy yo! –mientras unos brazos inmovilizaban sus sacudidas de espanto.

Incrustada sobre el pecho de Dante, de Dante vivo, de Dante tibio, sin indicios del ataque mortal del perro, el grito se transformó en sollozo. El sol brillaba sobre el asfalto y el auto estaba detenido al costado de la carretera. Se aferró con fuerza al cuerpo de su novio y se dejó mecer por un llanto que fue relegando a un rincón de su mente el terror de la pesadilla.

-¡Te quedaste dormida! ¡Buen copiloto traigo en este viaje! –reprochó el joven con cariño. Besó sus mejillas húmedas y ardientes y la separó de su lado. Nina rehuyó la mirada avergonzada. Él se echó a reír y la envolvió entre sus brazos.

-Menos mal que la autopista está poco transitada… Me sobresaltó tu grito, pero cuando empezaste a empujarme fuera del auto, me pasé al carril contrario. ¿Qué te asustó tanto?

-¡Fue horrible, amor! Me había quedado dormida y de golpe me desperté cuando frenaste en el camino de tierra. Se había nublado y apareció ese horrible animal –se atropelló.

-Fue un sueño, Nina. Nunca abandonamos la ruta. Faltan al menos dos horas para llegar a Ceres –afirmó con voz serena.- Se dio vuelta y levantó del asiento trasero un bolso:- ¿Qué tal si cebás unos mates mientras seguimos viaje?

La joven estuvo a punto de relatarle el sueño, pero se retrajo ante la vívida imagen del ataque. Abrió el bolso y retiró el equipo de mate y la bolsa con las medialunas. Empezó a cebarlos cuando Dante retomó la carretera. La alegría inicial del viaje parecía haber quedado en los primeros kilómetros del camino. Se preguntó si debía participarlo de la pesadilla y decidió que sí. Más serena, comentó:

-En mi sueño apareció un enorme perro negro en medio del camino de tierra. El sol se había ocultado y vos bajaste del auto para tratar de espantarlo. El animal te atacó y después vino por mí. ¡Era tan real, Dante! Ahora que lo pienso, lo que más me impresiona es que no pude reaccionar hasta que se me abalanzó encima. Estaba petrificada.

-Tesoro, lo único que falta es que te cargues de culpa por no haber empezado antes con los alaridos. Si a mí me sacaron de la ruta, hubieran espantado al perro de tu sueño –rió el muchacho.

-No te burles –dijo dolida.- No hubiera podido soportar que te pasara algo.

-Bueno, mi amor. Tal vez el sueño pueda interpretarse como que estamos juntos en esto, en las buenas y en las malas. ¿Estamos de acuerdo? –se volvió por un momento con una sonrisa tranquilizadora, para volver luego a prestar atención al camino.

Nina asintió. No quería seguir escarbando en las implicancias del sueño. Cebó varios mates más y después devolvió el equipo al bolso. Cuando se volvió para dejarlo en el asiento de atrás, distinguió un extremo del tapiz que asomaba desde la bolsa adonde lo había acondicionado. Impulsó el envoltorio hacia sí y lo apoyó en la falda para acomodarlo. Su mirada se dirigió hacia la lejanía. Creyó distinguir una franja más oscura adonde se unían el camino y el firmamento.

-Dante, ¿es ése un frente de tormenta?

-Me temo que sí, querida –dijo al cabo.- Pero se ve muy lejano. Es posible que lleguemos antes que la lluvia.

Las facciones de Nina se oscurecieron como si las nubes que suponían el temporal hubieran comenzado a formarse sobre ella. Esta vez estaría atenta, se dijo, ¡ah sí que lo estaría! Aflojó la mano que sostenía el tapiz al cual se había aferrado como si se lo quisieran quitar. Alisó la punta y lo empujó para introducirlo en su envoltorio.

-¿Por qué no lo sacás del todo y lo volvés a poner en la bolsa? –Opinó Dante después de escucharla mascullar tras los infructuosos esfuerzos.- Derecho… -agregó con una risita que hizo que su novia levantara la mirada con enfado.

La réplica se extravió en el laberinto de nubes que avanzaban sobre el disco del sol como si un ventarrón las arrastrara. Antes de que las primeras alcanzaran a cubrir su resplandor, distinguieron la señal que indicaba el ingreso a Ceres. Dante disminuyó la velocidad y giró hacia el camino sin asfaltar que conducía a Gantes.

viernes, 20 de noviembre de 2009

LAS CARTAS DE SARA - XIV

Sara caminó con Ada hasta los confines de la villa. La casa de don Emilio era apenas visible entre espesos arbustos y árboles añosos. Su guía se dirigió hacia la puerta que se abrió antes de que llegara a golpear. Un anciano flaco, de piel curtida por el sol y rostro cruzado por múltiples arrugas las miró en silencio. A considerar por su aspecto, Sara le podría dar más de cien años, pero sus ojos tenían un brillo tan intenso que cualquier conjetura sobre su edad era inapropiada. Las saludó con un leve movimiento de la cabeza y les hizo un ademán para que ingresaran a la casa. Adentro estaba fresco y aseado. La habitación tenía escasos muebles: una mesa de madera, dos sillas y algunas banquetas. Las paredes estaban colmadas de tallas autóctonas (ningún animal embalsamado para alivio de la muchacha). Una vieja heladera y una antigua cocina quebraban el misticismo del lugar. Sin palabras, les ofreció las sillas y él se ubicó en uno de los taburetes de madera. Esperaron a que el anciano hablara.

-Bienvenida a mi hogar, Sara. Hace tiempo que te aguardo.

Un cosquilleo de intranquilidad la recorrió. Sintió, después de expresarla, que la pregunta era pueril en esas circunstancias:

-¿Cuántos años tiene usted, don Emilio?

-Ciento doce, niña, aunque no los suficientes para figurar en los libros –agregó con humor.- Entenderás que tuve una larga espera.

La joven no dudó ni un instante de que él la conocía antes de nacer. ¿Podría saber qué le deparaba el destino?

-Eso dependerá de vos, muchacha –le contestó como si ella hubiera formulado la pregunta en voz alta.

Sara aceptó con naturalidad las habilidades del hombre. El contacto con el viejo fue instantáneo y su cabeza se llenó con sonidos que los oídos no transportaban.

-¿Has escuchado otras voces que no fueran la mía?

-Sí, anoche en la reunión del pueblo –respondió de igual manera.

Ada asistía en silencio al encuentro de ambos. Sabía que se estaban comunicando y que a ella le estaban vedados algunos de los conocimientos que ellos compartían. Un viejo de ojos vivaces y una bella joven cuyo semblante dejaba traslucir las emociones del mudo diálogo.

-Pero pudiste sustraerte a su influencia porque, si no, no estaríamos hablando.

-Don Emilio, hasta que llegué a Gantes me consideraba una persona común, sin más aspiraciones que la de subsistir por mis propios medios. Ahora descubro esta capacidad para la cual nadie me preparó y me aterroriza no saber su propósito.

-Lo sé, Sara. Pero deberás ser permeable a una fe que nunca te planteaste. No lo tomes como un argumento religioso sino como la facultad de percibir las fronteras entre el bien y el mal. De que te aferres a esta aptitud, dependerá el resultado de la confrontación.

-¡Es demasiada responsabilidad la que espera de mí! Temo decepcionarlo… -alegó Sara intimidada.

-No lo harás, muchacha. Tus sentimientos de integridad lo prueban. Pudiste con el administrador espontáneamente. Tu intuición no te traicionará.- El acento del anciano le comunicó la seguridad que necesitaba.

-¡Ayúdeme a entender! –pidió con fervor.

-En este pequeño pueblo, desde tiempos inmemoriales, la luz y la oscuridad libran su eterna batalla. Los avances y retrocesos de la humanidad son consecuencia de esta lucha. ¿Por qué Gantes? Son designios fuera de nuestro entendimiento. Hace cien años, la emisaria de la oscuridad conquistó al Enviado que gestó en ella a los futuros administradores del oscurantismo y el sometimiento. Este pueblo es un modelo a escala de los acontecimientos a nivel mundial. Retrocedieron los valores humanos, las familias se desintegraron, prosperaron los conocimientos técnicos al servicio de los opresores y se fue olvidando el verdadero sentido de la vida.

Sara experimentó una conexión plena con las vivencias del viejo. Oscuras reminiscencias de una historia repetida a perpetuidad fulguraron en su conciencia. Tuvo la sensación de que su vida había sido dirigida para estar en Gantes en el momento preciso, que las pruebas a las que había sido sometida eran el prólogo de este enfrentamiento final. La bestia y la pantera no eran más que personificaciones accesibles a la conciencia humana de las fuerzas que estaban eternamente en pugna. Recibió los conocimientos de don Emilio como quien acepta una misión. Al finalizar el mudo diálogo, la joven comprendió que su antecesora había sido derrotada por su soberbia, por no haber comprendido que el motor del cambio estaba en la unión de todos los habitantes del pueblo que aspiraban a una vida digna. Ella no era más que un catalizador; debería propiciar la transformación desde afuera sin dejarse seducir por el triunfalismo.

Sara se incorporó, imitada por el anciano. Una leve sonrisa en su cara, una mirada complacida en los ojos de don Emilio, fueron la despedida. Ella y Ada se alejaron de la casa del viejo sin hablar hasta que llegaron a la calle principal del pueblo.

-¿Y ahora que harás? –dijo la mujer dejándose ganar por la ansiedad.

-Haremos –puntualizó.- Organizar una reunión con todos los habitantes de la villa. ¿No te parece que es hora de discutir algunos temas?

-Las reuniones están prohibidas –expresó Ada con alarma.

-¿Y qué pasará? ¿Vendrá un comando policial para impedirla? Si apenas tienen en la comisaría tres agentes. Además, podemos juntarnos para charlar sobre… -hizo una pausa:- cuestiones de atención médica. O de trabajo. O de educación. ¡Qué se yo! Hay tantos temas. Lo que importa irá surgiendo espontáneamente. Sólo hay que abonar el terreno.

La mirada de su amiga fluctuaba entre el temor y la esperanza. Sara rió contagiosamente alborotando el pelo de Ada. Al cabo, las dos caminaron riendo como si compartieran una picardía. La risa se les borró al entrar en la casa de la mujer. Cordelia estaba desayunando y ni siquiera se molestó en saludarlas. Sara se compadeció de su pobre amiga que soportaba con estoicismo la indiferencia de su hija. Decidió precipitar los acontecimientos:

-¿Entonces quedamos en que la reunión puede ser para el domingo a la tarde? –preguntó como si ya hubieran hablado de fechas.

-¿De qué reunión hablan? - se entrometió Cordelia.

-Si te interesa –respondió Sara- estás invitada a participar –se dirigió a Ada:- Espero que hagas correr la voz y me avises. Ahora debo regresar para que Mercedes no se alarme.

-¿Qué le pasa a ésta? Algo se trae entre manos. Debo avisarle al Administrador –los pensamientos de Cordelia eran transparentes para Sara. Un extraño regocijo la ganó anticipando la reacción de sus rivales sin que ninguna sensación de peligro la asaltara.

Ada la acompañó hasta la puerta y cuando se abrazaron para despedirse, Sara leyó una nueva expectativa en los ojos de la mujer.

lunes, 17 de agosto de 2009

LAS CARTAS DE SARA - XIII

A Sara, la noche del viernes le parecía un sueño. No, una pesadilla. Mientras se duchaba, no dejó de pensar en los sentimientos negativos que la habían invadido durante la velada. Todo comenzó con una invitación del doctor Fernández a una reunión que se haría en casa de Carolina. Ella se había rehusado amablemente, ya que poco interés tenía en frecuentar la vivienda de una mujer que le mostraba abierta antipatía y no la había invitado personalmente. Pero el buen doctor insistió en que lo acompañara para no sentirse sapo de otro pozo según su humorada. El argumento que la decidió, fue que estaría Max. Cuando terminó la jornada en la clínica, el doctor Fernández la pasó a buscar por su oficina. Le aseguró que era una reunión informal que no requería que ella volviera a su residencia para mudarse de ropa. Fueron a tomar un café al centro en tanto se hacía la hora de la recepción y a las nueve de la noche se encaminaron a la casa de la secretaria. Desde que llegaron, comenzó el tobogán de sensaciones que a las once de la noche la arrojaron a la calle y a la búsqueda de Ada. Lo primero que observó, fue que no era una reunión informal. Los concurrentes lucían atuendos de gala, como aquella vez en el teatro. Sólo que ahora la sacudió un sentimiento de menoscabo ante aquellas hermosas mujeres vestidas con exquisitos trajes de fiesta que contrastaban con la humildad de su falda de jean y su remera de algodón azul. Y podría haberse repuesto de la impresión si no fuera porque se sintió engañada por el doctor Fernández. Después de evaluar a los presentes, buscó con la mirada a su acompañante quien, al menos, tampoco estaba emperifollado para la ocasión. Se había esfumado. Una aguda percepción se despertó en ella al entrar en la casa de la secretaria. Un murmullo de repulsa, proveniente de los grupos de hombres y mujeres que la observaban con arrogancia, zumbaba en su cerebro: ¡Qué descaro presentarse como una pordiosera! No pertenece a nuestro grupo. ¿No se da cuenta de lo ridícula que está? Con esa facha ¿pretenderá conquistar al doctor? A pesar de su apariencia tiene buen cuerpo. No me disgustaría volteármela esta noche. Carolina la rescató del bochorno que la acometió. Apareció a su lado y se mostró inusualmente afable. Le presentó a las personas que no conocía quienes aturdieron su pensamiento con los mismos juicios descalificadores. ¿Tenía el don que le había referido Ada? ¿Y por qué afloraba en este momento? Tal vez para aumentar su humillación. Apretó los labios y recorrió con la mirada el amplio salón buscando la presencia de Max. No lo vio y supo con certeza que no vendría. Una bella mujer se abrió paso entre los concurrentes y se plantó frente a ella. Su rostro le resultó familiar, hasta que la recordó. Era Cordelia, la hija de Ada, que ostentaba en su grácil cuello una gargantilla con el consabido símbolo suspendido en el medio. Antes de que pudieran intercambiar un saludo, un tumulto de pensamientos no expresados la hirieron como un enjambre de avispas. ¿Esta mujer insignificante es mi rival? ¿Cómo puede mi madre y ese puñado de fracasados que habitan la aldea suponer que El Enviado me despreciará? YO soy la elegida para preservar la continuidad de la Orden… y pronto te darás cuenta, forastera. La violencia de este pensamiento la superó. Dio media vuelta y escapó hacia la puerta de calle. Antes de rebasarla, la interceptó Carolina y la sujetó del brazo. Le transmitió que el administrador de la clínica deseaba hablar con ella. La condujo hacia un despacho mientras ella pugnaba por contener las lágrimas. Un sujeto de aspecto imperioso la esperaba de pié. De él escuchó las primeras palabras gentiles de la noche y ningún pensamiento torturó su lastimado cerebro. Fue el padre que no pudo disfrutar, el bálsamo para sus heridas. Entretanto su voz acrecentaba en ella un intenso deseo de pleitesía, experimentó un odio desmesurado hacia Max. Él se había burlado de ella. Fingiendo un interés que nunca sintió, la despreció como mujer sabiendo que su predilección estaba puesta en Cordelia. Cuando el ejecutivo le extendió el contrato para que lo firmara, tomó la pluma sin vacilar. Podría volver a su ciudad adonde la esperaría una vivienda propia y una renta que la eximiría trabajar de por vida… Haría los viajes que siempre soñó… Estudiaría la carrera que postergó sin esperanzas… ¿Por qué titubeó? ¿Examinó el escrito con el automatismo que le confería su trabajo? Sólo sabía que a medida que leía el documento dejó de escuchar las palabras del individuo y percibió su furia intentando anular su entendimiento. Bloqueó el ataque y terminó de leer. Era una denuncia por malversación de fondos contra Max, y aunque ella lo despreciara por su comportamiento no le constaba el fraude. Al aclararse su mente, el sentimiento negativo que había experimentado retrocedió como su reverencia por el hombre. No se reconocía en ese encono sin límites ni en la apetencia de bienes materiales obtenidos sin esfuerzo. Recordó súplicas, amenazas y su carrera hacia el Trust en busca de Ada. La bondad de la mujer desintegró el férreo voluntarismo que contenía su llanto. La acunó entre sus brazos hasta que cedió su conmoción y la persuadió de pernoctar en su morada. Sara se negó pensando en Cordelia, pero Ada le aseguró que no volvería esa noche. Durante el trayecto hacia el hogar de Ada, fue recuperando el dominio y le relató los sucesos de la noche. Su compañera se santiguó varias veces y sugirió que al otro día hablara con don Emilio. Se acostó apenas llegaron. La contienda la había dejado extenuada. Ahora, mientras terminaba de bañarse, decidió que era imperiosa la conversación con el anciano. Se vistió y fue a la cocina adonde la esperaba Ada con el desayuno preparado. La recibió con un abrazo y ambas se sentaron a la mesa. Sara fue la primera en hablar:

-Ada, debo hablar con don Emilio. Pero antes necesito que me expliques algunas cosas acerca de este pueblo que no me quedan claras. Desde que llegué, una sucesión de hechos extraños me hicieron dudar de mi equilibrio, hasta que fui aceptando que estas rarezas están directamente relacionadas con este lugar. ¿Entendés a qué me refiero? –dijo con ansiedad.

El franco rostro de la mujer le respondió antes que sus palabras.

-Mi madre tenía diez años cuando llegó El Enviado y se alineó con las fuerzas de la Energía Negativa, así que sólo queda don Emilio como testigo del enfrentamiento que nos sumió en otros cien años de sumisión. Ahora se abre una puerta de esperanza para nosotros porque contamos que esta vez se alíe con la Energía Positiva.

-¿Entonces ese enviado tiene más de cien años? –preguntó la muchacha.

-No. Aparece cada cien años y ni siquiera es consciente de su papel. Está llamado a engendrar al único descendiente de los integrantes de la Orden que prolongará su dominación en detrimento del pueblo.

-¿Y por qué viene de afuera? –interrumpió Sara.

-Porque puede procrear y los partidarios de la Orden son estériles.

-Cada vez entiendo menos. Si este suceso se produjo hace cien años y los que viven en el centro no tienen hijos, ¿cómo se explica que haya gente de mi edad y más joven aún?

Un brillo de dolor cruzó los ojos de Ada.

-Porque sus descendientes pertenecen a nuestra comunidad. Seleccionan a los más capacitados y si pueden convencerlos de los fundamentos de su Orden, los llevan afuera para que se eduquen en distintas profesiones y se integren luego a su círculo. Como a mi Cordelia… -balbuceó quebrantada.

Sara se levantó y la abrazó. No había necesidad de palabras en ese gesto consolador. Ada se compuso y se desasió suavemente.

-Una vez que están adoctrinados reniegan de sus orígenes y no regresan al pueblo. Pero pagan cara su elección. Son tan infecundos como todos los integrantes de la Orden.

-Pero Cordelia tiene una hija… -apuntó Sara consternada.

-Ella es la excepción, Sara. Tenés que saber una cosa. Antes de cada confrontación, una mujer del pueblo es seleccionada y adoctrinada para ser la consorte del Enviado. Por sus atributos físicos y su ambición, fue elegida Cordelia.

-¿Cómo pueden disponer de sus hijos sin que ustedes se rebelen?

-Cuando el terreno es fértil, el deseo de poder se enraíza profundamente. Los vuelven contra nosotros y abominan de la vida de trabajo y principios de sus padres. La codicia los enceguece y creen haber cumplido todas sus aspiraciones en esa existencia colmada de bienes materiales pero sin el calor del afecto.

-No comprendo por qué siguen viviendo acá si están sometidos al despojo de sus hijos y sus horas de trabajo –porfió la joven.

-¿Y adónde habríamos de ir? –Dijo Ada.- Aquí están nuestras raíces, nuestros hogares y las posibilidades de trabajo que no encontraríamos en otro lugar. ¿Acaso no estás acá porque el desempleo te expulsó de la gran ciudad?

Sara la miró con desvalimiento. ¿Quién era ella para juzgar la conducta de esos seres que luchaban contra la adversidad? ¿Acaso su vida no había estado abarrotada de sucesos desagradables y aún se sentía con derecho a soñar? La pregunta brotó con la intensidad de una esperanza de reparación:

-¿Y este ciclo no se puede romper?

-Eso lo sabrás por boca de don Emilio. Terminemos de desayunar que nos está esperando.