viernes, 23 de agosto de 2013

VIAJE INESPERADO - IX



—¿Desde cuándo te desvela mi seguridad? —reaccionó belicosa.
—A partir de que llamaron de la agencia de turismo y nos enteramos de que cancelaste el viaje. Te estuve rastreando desde ayer a la mañana. Mamá estuvo al borde del infarto hasta que no averigüé tu paradero, y vine a buscarte porque a los viejos les cayó la ficha de que te podría pasar algo grave.
—¡Ja! Es preferible la incomodidad del viaje a soportar su histeria —le espetó con sarcasmo.
Toni se le acercó hasta que ella descubrió en sus ojos una suerte de alivio mezclada con enojo. La abrazó y le dijo, poniendo un beso en su frente: —¡A mí también me cayó la ficha, estúpida!
Leonora rió en brazos de su hermano, atónita por esa confesión de cariño intempestivo. ¡No es tarde para que mi hermano me abrace y mis padres se preocupen por mí!, se dijo feliz.
Marcos y Arturo se habían acercado y observaban a la pareja barajando distintas especulaciones. Leo se desasió del joven, y se dirigió a padre e hijo: —¡Mi hermano Toni! —presentó con euforia.
Las facciones de Marcos se relajaron. Estiró la diestra y recitó su nombre. Arturo hizo lo propio y poco después retomaban la mateada.
—¡Con la inseguridad en que vivimos esta hermana mía se da el lujo de desaparecer! —rezongó el recién llegado—. Ahora te toca llamar a los viejos para tranquilizarlos —le indicó.
—Me olvidé el cargador del celular en Rosario.
—Tomá el mío y llamalos —se lo estiró.
Leo suspiró y se levantó con una disculpa. Apartada del grupo charló con dos progenitores que, por primera vez, se olvidaron de sus reclamos para demostrarle cuan afligidos estaban por la falta de noticias. Los calmó y les prometió que los hablaría con regularidad. Colgó con la flamante sensación de estar integrada a su familia por el afecto. Marcos no dejó de observarla cuando se alejó para comunicarse con los padres. El sobresalto de verla en brazos de un hombre que no conjeturó como su hermano le hizo preguntarse, después de las confidencias del día anterior, por el cambio de humor en la relación filial. Era obvio que la muchacha había respondido al desapego hogareño con un distanciamiento que no se compadecía con sus sentimientos. Ahora volvía a la reunión con una expresión de alegría contenida que lo deleitó. Le sonrió a su hermano al devolverle el teléfono, gesto que el joven retribuyó.
—Ya que papá y mamá están tranquilos, me vuelvo a Rosario. ¿Hasta cuándo te pensás quedar aquí?
—Hasta que Camila esté bien.
—Toni —opinó Marcos—, aunque salgas ahora vas a viajar de noche. Quedate a cenar con nosotros y pernoctá en mi departamento.
El hermano de Leo asintió: —Te agradezco. Me vendría bien reponerme de esta jornada.
—¿Por qué no cenan acá y duermen en la casa? —ofreció Arturo—. Hay suficientes habitaciones para todos.
—Porque el mediador tiene la dirección de Irma y no sabemos a qué hora llegará durante la mañana —respondió el hijo—. Nos iremos después de cenar.
A las diez de la noche se despidieron del dueño de casa y Marcos, después de dejar a Leo e Irma, partió hacia su casa seguido por Toni.
—¡Qué joven bien parecido es tu hermano! —apreció Irma.
—Sí. Y muy pagado de sí mismo —rió la muchacha—. Lo que no esperaba es que se tomara la molestia de buscarme. No somos muy apegados…
—Esto te demuestra que te quiere bien. No debe haber distancia entre hermanos —sermoneó.
—Así debiera ser, querida Irma —se estiró con exuberancia—. Estoy agotada. Demasiadas emociones para un día —bostezó.
—Mmm… Sí. Los abrazos y los besos suelen agotar —dijo la mujer con picardía.
Leonora observó la cara socarrona de Irma y no le cupo duda de que se refería al beso de Marcos. ¡Claro! No se habían alejado demasiado de la casa y debieron ser visibles desde el interior. ¿Arturo también habría sido testigo? Sacudió la cabeza y le dedicó a su anfitriona una sonrisa enigmática. Aún no era tiempo de confidencias.
—¡A la cama, entonces! Mañana te espera otro día agitado —exhortó la mujer interpretando su silencio.
—¡Gracias, Irma! —la abrazó—. Vayamos a descansar.
∞ ∞
Marcos estacionó el auto en la calle y le indicó a Toni que guardara el suyo en la cochera del departamento. Instalados en la sala de estar, se estudiaron mutuamente. El dueño de casa aventajaba en información a su invitado. Sabía que le llevaba tres años a su hermana, que era la debilidad de sus padres, que no le encontraba rumbo a su vida y que lo había sorprendido con su impensada demostración de afecto. La alegría de Leo por este cambio era palmaria, y se esforzó en pensar cómo podría colaborar para mantenerla.
—¿Aluciné o estuviste a punto de liquidarme con la mirada cuando abracé a mi hermanita? —arriesgó Antonio con soltura.
—¡Te absolví cuando te presentó! —aceptó Marcos riendo—. Encuentro a la mujer ideal y por poco pensé que tenía dueño...
—Estás de parabienes porque, que sepa, solo se ha enfocado en su profesión —lo alentó—. Aunque deberás sortear un gran escollo: este pueblo no se compadece con una gran carrera.
—De eso me preocuparé luego —contestó Marcos—. En cuanto a vos, contame a qué te dedicás.
—A holgazanear. Estudiar no me gusta y menos ser cadete de mi padre. Pero es mi única fuente de recursos hasta que herede. Y como el viejo goza de buena salud, esta salida está muy distante —dijo con cinismo.
Silva no arriesgó ningún comentario. Bajo esa costra de frivolidad, intuyó a un tipo sensible subestimado por un padre intolerante y una hermana autosuficiente.
—Tomemos una copa. ¿Qué te sirvo? —preguntó al levantarse.
—Whisky.
—Bien.
Trajo los vasos refrescados con hielo y volvió a sentarse enfrente de Toni. Lo escrutó con calma, atendiendo al recuerdo de su charla con Leo a quien mortificaba la actitud apática de su hermano frente a la vida. Tal vez…
—¿Te satisface depender de tu padre? —la pregunta no estaba revestida de ninguna sutileza.
Antonio no se alteró. El pretendiente de su hermana le caía bien y le gustaba su estilo frontal: —No. Aunque tampoco cualquier tarea —aclaró.
—Si estás dispuesto a experimentar, puedo ofrecerte una alternativa.
El joven lo miró interrogante. ¿Pensaba Marcos que esa propuesta le facilitaría el consentimiento de Leonora? Pensó que tendría que puntualizarlo de entrada si así fuera.
—Te escucho —accedió.
—Hace tiempo que estamos considerando con mi padre delegar algunas tareas en una especie de capataz, o gerente, como quieras llamarlo.
—¡Pero yo no entiendo nada de labores agrícolas! —interrumpió Toni alarmado—. Solo cursé algunas materias de Agronomía.
—Lo tuve en cuenta para pensar en vos —precisó Marcos con placidez—. Se trata de incorporar gradualmente las distintas tareas hasta que puedas manejarlas como una totalidad. El tiempo que lleve dependerá de tu interés.
Antonio se hizo algunos planteos antes de responder. La expresión serena del hombre que no lo apremiaba le facilitó el auto análisis. Le sorprendió que Marcos, sin conocerlo, depositara en él la confianza que suponía hacerse cargo de la administración de la hacienda. La oferta era tentadora y predecía un cambio inesperado en su vida. Se sintió capaz de afrontar el desafío.
—Mirá, viejo —dijo al cabo—, todo bien si mi posibilidad no depende de tu potencial relación con mi hermana —hizo un gesto de disculpa—. Perdoname la franqueza, pero si me involucro no quiero ser rechazado por razones ajenas a mi dedicación.
Marcos sonrió ante el reparo del muchacho que daba por sentada su idoneidad, lo cual era meritorio en un habitante de la metrópoli que lidiaría en un terreno desconocido. Estaba seguro de no haberse equivocado al calibrar a Toni como futuro colaborador así como que Leonora era la compañera de ruta que ambicionaba. La respuesta fue contundente: —Vos preocupate por aprender. De conquistar a tu hermana me preocuparé yo.

domingo, 4 de agosto de 2013

VIAJE INESPERADO - VIII



Leonora se detuvo a contemplar la casa. Madera, piedra y tejas le daban un peculiar aire de solidez. Sobre todo le fascinaron las dos ventanas que predominaban en la planta alta, protegidas por un techo a dos aguas. El porche cubierto, estaba bordeado a cada lado de la escalera por macizos de plantas florecidas, y varios árboles añosos, atrás y a los costados de la construcción, la protegían de la canícula veraniega.
—Me encanta tu casa —proclamó—. ¿Cuántos dormitorios tiene?
—Cuatro. Estuvo pensada para varios niños —dijo Marcos—. Lamentablemente, sólo me tuvieron a mí.
Leo le dirigió una mirada compasiva: —¿Te hace daño hablar de tu mamá?
Él jugó con el suave cabello de la joven antes de contestar: —No con vos. Poco pude disfrutarla hasta que murió. Enfermó de leucemia cuando yo tenía dos años y luchó contra su dolencia durante otros diez. Mi recuerdo más nítido es el del sufrimiento de mi padre que no se resignaba a perderla. Él recorrió el mundo para salvarla mientras a mí me cuidaba nana y mi abuelo se hacía cargo de la hacienda. Cuando ella se restablecía un poco se esforzaba por brindarme todo el tiempo que podía aunque yo no comprendiera del todo sus frecuentes ausencias. Solo tomé conciencia de la gravedad de su enfermedad antes de su muerte —reveló conmovido.
—Oh, Marcos… —murmuró Leonora con las pupilas brillantes de lágrimas contenidas.
Estaban tan cerca que bastó un mínimo movimiento del hombre para sostener a la muchacha trémula contra su cuerpo. La abrazó sin otra intención que la de consolarla y la besó porque no pudo contenerse. Ella apartó la boca cuando la caricia se convertía en el preludio de una entrega y refugió la cara en el hueco del hombro viril. Él  apretó la cabeza de la chica contra su cuello mientras recuperaba el aliento y la sensatez.
—Querida… No quise mortificarte —musitó junto a su oído.
Ella se apartó con suavidad: —No, no… Yo tuve la culpa. No debí recordarte una historia tan dolorosa.
—Ya no lo es, Leo. Pero me sacudió tu sensible interés. Me hizo bien recordar en voz alta esa etapa de mi vida que ni siquiera pude hablar con papá por no afligirlo.
—¿No lo decís para confortarme?
—Lo juro —sonrió—. ¿Querés reanudar el paseo?
Arrancaron a caminar juntos hacia el pequeño monte de frutales que abastecía las necesidades de los propietarios y de algunos vecinos, pasaron por la huerta que tenía el mismo propósito, y desembocaron en el establo.
—¿Sabés montar?
—¡No! —negó la joven, con una risa.
—Es hora de que aprendas —anunció Marcos.
Abrió uno de los boxes y acarició la testa y los belfos de un caballo que restregó la cabeza contra su mano. Le colocó la brida con las riendas y la silla de montar. Hizo lo propio con otro equino y los sacó de la caballeriza.
—Primera lección —dijo a la risueña muchacha—, establecer una relación cordial —le indicó que acariciara la cabeza y el pecho del animal.
Ella obedeció con gravedad. En tanto él sujetaba al caballo, le señaló como poner el pie en el estribo para montarlo. Luego le entregó las riendas y subió al suyo. Las claras explicaciones de Marcos le iban infundiendo confianza hasta animarla a pasar a un trotecillo. Cabalgaron durante una hora recorriendo los alrededores con calma y se apearon antes de pegar la vuelta. El hombre la ayudó a bajar y ató las riendas de los caballos a un travesaño de la tranquera. Después se sentó en el suelo junto a Leonora.
—¿Cómo está tu lindo trasero? —preguntó con humor.
—Por ahora indemne. Pero temo, por tu interés, que mañana no voy a poder sentarme.
—¡Ja! Hemos sido muy cuidadosos —lo dijo con una mueca juguetona.
Ella reclinó la cabeza y le hizo un mohín. A él le reverdecieron las ganas de besarla. Se extasió mirando el rostro arrebolado por el sol, los cabellos alborotados por el viento y esa expresión de chiquilla burlona con que respondía a su provocación.   
—Los caballos parecen inquietos. ¿Por qué mueven tanto las orejas? —la pregunta lo liberó de su embeleso.
—Están bien. Solo vigilan. Hay otros movimientos a los cuales hay que atender.
—¿Cómo cuáles? —se interesó Leo.
Marcos le dio una cátedra sobre orejas paradas, caídas, hacia atrás, en diagonal, que ella escuchó con atención. Antes de las doce, volvieron a montar para regresar a la casa. Después de desensillar su caballo siguiendo las instrucciones de su entrenador, Leonora le dijo: —Gracias por la experiencia, Marcos. Ha sido el paseo más ameno que recuerde.
—Lo volveremos a repetir, ¿eh? —propuso él satisfecho.
Los esperaba una mesa tendida a la sombra de los árboles adonde se acomodaron para comer algunos entremeses preparados por Irma. Arturo apareció poco después con la primera fuente de carne asada.
—Faltaba una bella amazona para engalanar esta hacienda —lisonjeó a la invitada.
—¡No me cargues! —rió ella—. Pero podés apostar a que si practico podría llegar a ser un buen jinete.
—No lo dudo. Mis caballos y mi hijo están a tu disposición. ¿Digo bien? —le preguntó al aludido mientras le servía unas achuras.
—Acertado como siempre, papá —declaró Marcos, circunspecto.
El histrionismo de padre e hijo provocó la hilaridad de Leo, contagiando al resto de los comensales. El almuerzo discurrió en un clima de bienestar que, a criterio de Irma, hacía mucho que no se vivía en esa casa. Leonora le ayudó a levantar la mesa y dejar la cocina limpia pese a su negativa, después de lo cual volvieron a sentarse para tomar un café.
—Le sonsaqué a Irma el motivo de tu visita a este pueblo —señaló Arturo—. Deploro la circunstancia, pero ¿qué otro azar te hubiera conducido a estos pagos?
—Creo que solo si Camila hubiera aceptado que la acompañara. ¡Me arrepiento de no haber insistido! —se censuró.
—¡Vamos, Leo! —terció Marcos—. No te culpes ni te desmoralices. Mañana se resolverá el problema.
—Pienso que Matías es el más interesado en que se recupere —aportó Arturo—. Esta semana se iba a leer el testamento de Nicanor ante la presencia de todos los herederos. Se postergó hasta que Camila esté en condiciones de discernir.
—¿Testamento? Ella es una heredera no forzosa, y la relación con el tío de su mamá, inexistente.
—El escribano ante quien manifestó su última voluntad tenía el mandato de leer el legado ante Teresa, Matías y Camila —aclaró el padre de Marcos.
—Todos herederos legítimos pero no forzosos —reflexionó Leonora—. El testamento podría ser una sorpresa para Matías… Aunque no sufriría gran perjuicio porque no implica más que un tercio de los bienes.
—No, Leo. Todo el patrimonio le pertenece a Nicanor —precisó el estanciero.
—¡Si eran tres hermanos! La herencia paterna debió repartirse entre ellos por partes iguales.
—Nicanor, como hijo mayor, le compró a su padre todas las propiedades incluida la casa solariega cuando don Ávila se fundió. Él había hecho una pequeña fortuna administrando otras haciendas, de modo que con el consentimiento de su madre y hermanas puso el dinero para pagar las deudas y evitar que fueran desalojados. Nada quedó a distribuir cuando murieron los padres.
—Entonces… ¡Puede repartir campos y propiedades como quiera, al no tener hijos! —descubrió la joven—. ¿No tendrá que ver la herencia con la inexplicable crisis de mi amiga?
—Si Camila no tuviera los antecedentes maternos, podríamos pensar en una conspiración —especuló Marcos—, aunque Matías es un profesional reconocido en la especialidad y gane fortunas con su actividad. La clínica siquiátrica le pertenece y no creo que la haya construido con la colaboración de su tío.
—No se… —dijo la joven reticente—. Algo me dice que aquí hay gato encerrado.
Marcos le echó una mirada entre risueña e inquieta. Su muchachita parecía estar cayendo en las garras de una obsesión.
—Leo —pronunció con firmeza—. Si la intervención del mediador es efectiva, podrás acompañarla lo suficiente para comprobar su estado. Si no lo fuera, buscaremos otra manera de acercarnos. En tanto, te pido que sosiegues tu imaginación.
Por un momento ella lo miró con intolerancia, mas las pupilas masculinas no cedieron ante su rebeldía. Un rictus de indefensión reemplazó su arrebato. Marcos desvariaba por consolarla y borrar con sus besos el gesto de desamparo. Arturo creyó oportuno intervenir al interpretar la preocupación de su hijo.
—Lo que dice Marcos es razonable, Leo. También yo asumo el compromiso de colaborar para ayudarte en todo lo que esté a mi alcance.
—Gracias… —murmuró la joven—. Me siento un poco avergonzada por mi impaciencia.
—¿Te gustan las aves? —preguntó Arturo de súbito.
—¡Las adoro!
—Te llevaremos a un lugar adonde podrás avistar varias especies. ¿Querrás buscar los largavistas, Marcos?
El hijo se levantó para volver después con cuatro catalejos. Irma declinó la invitación: —Vayan ustedes. Yo le haré honor a mi antiguo dormitorio.
Subieron a la camioneta y salieron de la propiedad para dirigirse a un frondoso bosque de la vecindad. Leonora quedó fascinada por el canto de los distintos pájaros que observaba a través de los binoculares. Preguntó nombres que fueron respondidos por padre e hijo, algunos de los cuales la hicieron reír, como el papamoscas y la lavandera. La presencia de Marcos con sus cuidados y atenciones la rodeó de un capullo de optimismo que la distanció de su preliminar congoja. Volvieron al caer la tarde, cuando las aves se guarecían en sus refugios. A mitad del camino arbolado, distinguieron el llamativo auto rojo. Leo frunció el ceño desestimando la peregrina imagen que el vehículo le sugería, pese a lo cual se apeó apenas se detuvo la camioneta. Corrió hasta reconocer la patente y divisar a su ocupante que compartía el mate con Irma. El hombre se levantó y la increpó: —¿Qué te pasa? ¿Por qué no dabas señales de vida?

jueves, 25 de julio de 2013

VIAJE INESPERADO - VII



—¿Ya de vuelta? —fue la acogida de Irma—. ¡Ni siquiera comencé a preparar la cena!
—Calma, nana, que llegó el hada madrina —sonrió Marcos, indicando a Leo con la cabeza por tener los brazos cargados de paquetes.
—¡Trajimos hasta el postre! —dijo la muchacha con entusiasmo.
—Ella insistió, Irma —aclaró el hombre dejando la carga sobre la mesa de la cocina—. No está dispuesta a que la mantenga.
—Leo… —pronunció la mujer con afecto—. Sabés que no era necesario. Aprecio mucho tu compañía.
—Y yo. Más si puedo colaborar.
El gesto de Leonora terminó de completar la imagen que Irma se había hecho de la joven. La gente agradecida no abundaba, y este rasgo poco común la distinguía de otras mujeres que le había conocido a Marcos. Tal vez por eso se alegró de que él hubiera subordinado su deseo de seducirla a conocerla. La relación parecía haberse profundizado entre las horas del mediodía y la noche.
—Sentate, nana, que Leo y yo te vamos a agasajar —ordenó Marcos indicándole una silla.
Los contempló accionar desde su ubicación. La chica daba instrucciones que su compañero cumplía en medio de bromas. Ella terminó de distribuir las viandas en las fuentes bajo la cálida mirada masculina luego de lo cual, y antes de convocar a Irma para ubicarse en la mesa, se ofrendaron una sonrisa de mutua complacencia.
No he sido la nana de Quito si estos dos no terminan en pareja, se dijo la mujer con beneplácito.
—Irma, la mesa está servida —anunció Leonora con un gesto ampuloso.
Fue una cena henchida de sentimientos no expresados en palabras pero sugeridos a través de gestos y miradas. La dueña de casa asistía a la génesis de un vínculo que colmaba sus expectativas más ambiciosas en correlación a la felicidad de Marcos. Se levantaron de la mesa antes de la medianoche y los jóvenes completaron la tarea que se habían asignado: Leonora lavó la vajilla y Marcos la secó; solo consintieron que Irma la guardara para no alterar el orden de su cocina.
—Mañana las paso a buscar a las nueve —advirtió Silva antes de irse. Besó a su aya y señaló su corazón, su boca y su frente para despedirse de Leo.
Cuando Irma regresó después de cerrar la puerta, aún aleteaba la sonrisa en los labios de Leonora.
—¿Querés que tomemos un café antes de acostarnos? —consultó la dueña de casa.
Leo asintió y esperó en la salita. Disfrutaba la compañía de Irma y se preguntó por qué un acto tan simple como beber una infusión en compañía no lo había podido compartir con su mamá. Las confidencias propias de mujeres estaban descartadas en una existencia abocada a la exclusiva atención de las demandas varoniles.
—No hicieron ninguna referencia a la entrevista con el doctor Ávila… —arriesgó su anfitriona.
La joven emergió de su abstracción: —Cuando me acerqué a la cama Camila pareció reconocerme, y Matías me sacó a los tirones como si quisiera ocultar la reacción de ella.
—¿Delante de Quito? —se asombró.
—Que lo puso a un tris de perder su impecable dentadura —rió la chica—. Tu Quito es pendenciero, ¿eh?
—Cuando tiene razón —afirmó.
—Matías nos echó, Irma. Lamento haberlos enfrentado…
—No te apenes porque no son más que conocidos. Marcos es un señor al lado de ese doctorcito con aires de suficiencia.
Leo suspiró y terminó su relato: —Para resumir, el lunes viaja un abogado desde Rosario para intentar que Ávila me permita ver a Camila sin llegar a un litigio.
—Hacete acompañar por Quito —recomendó la mujer.
—Irma… No puedo tenerlo a mi disposición.
—Él lo está… Lo está… —repitió convencida.
La joven, pasando a otra cosa, preguntó: —¿Adónde nos llevará mañana?  
—A la estancia familiar, seguramente. Vas a conocer a don Silva, gran padre y eterno enamorado.
Leonora la miró interrogante.
—Después de Amanda, no volvió a interesarse por otra mujer. Nunca llevó a nadie a la casa —explicó Irma—. Y todavía es un hombre joven. Creo que vivió por su hijo y su trabajo.
—No es común tanta devoción —dijo Leo.
—Te va a gustar. Es un hombre parco pero amable. —Observó que había terminado de tomar el café—: Son más de las doce. ¿Te parece que nos acostemos?
—Sí, Irma. Creo que después de esta jornada vas a tener que salpicarme con agua para despertarme —declaró Leonora estirándose.
—Mejor te mando un príncipe para que te despierte con un beso… —insinuó la mujer con una sonrisa.
Leo respondió a la indirecta con una carcajada mientras se dirigía a su dormitorio. Se despertó a las ocho de la mañana, antes de que Irma la llamara. Se dio un baño rápido y media hora después desayunaban juntas. Poco antes de la llegada de Marcos, revisó su celular. Vio, con inquietud, que tenía la batería agotada. Había olvidado incluir el cargador al rellenar el bolso. Hizo un gesto de fastidio y lo guardó en el bolsillo del pantalón. “Es irrelevante. Solo sirve para comunicarme con Camila”, pensó. La aparición de Marcos la recobró del intento de tristeza que la acometió al recuerdo de su amiga.
—¿Listas para pasar un día de campo? —preguntó el hombre no bien entrar.
Antes de acomodarse en la camioneta, le consultó: —¿Mi auto seguirá en la estación?
—Está guardado en la cochera de Antonio —la tranquilizó.
—Pero… Yo tengo la llave.
—Lo movieron con la grúa de auxilio.
Ella inclinó la cabeza con una sonrisa y se ubicó en el asiento delantero ya que Irma se había sentado en el de atrás. El cielo límpido presagiaba un día caluroso. El trayecto hasta la hacienda insumió quince minutos hasta llegar a la entrada marcada por una tranquera de madera que unía todo el espacio alambrado. Marcos bajó del coche para abrirla y, cuando se volvía, Leo ya se había adueñado del volante. Él, con un gesto risueño, le hizo señas para que entrara el vehículo. Cerró la valla y detuvo el movimiento de la muchacha que volvía a su lugar.
—Seguí manejando. El sendero te lleva hasta la casa —le dijo acomodándose a su lado.
Leo condujo la camioneta por el acceso bordeado de árboles hasta llegar a una explanada adonde se levantaba la construcción de estilo campestre. Con una diestra maniobra la estacionó paralela a la entrada, en la cual aguardaba un sujeto que –ella no dudó- era el padre de Marcos. Se dirigió hacia el vehículo y abrió la puerta ofreciéndole la mano. La chica la aceptó con una sonrisa y se presentó: —¡Hola! Soy Leo.
—Y yo, Arturo. Encantado de conocerte, Leo —expresó.
Irma se acercó seguida de Marcos y saludó a Silva padre, después de lo cual fueron invitados a ingresar a la casona. El amplio salón de entrada estaba amoblado con confort. Sobre una de las paredes se destacaba un hogar a leña presidido por el cuadro de una bella mujer. Tampoco dudó Leonora de su identidad. Dejó el bolso de mano sobre un sillón y se acercó a la pintura. El agraciado rostro trasuntaba un aire de complacencia acorde al tranquilo abandono del cuerpo sobre el sillón donde se reclinaba. El pintor había captado algo más que confianza en sus ojos; en ellos brillaba un resplandor amoroso. Intuyó una presencia a su lado y se volvió para encontrarse con la mirada conmovida del padre de Marcos.
—Vos la pintaste, ¿verdad?
Él sonrió, desandando su recuerdo: —¿Lo adivinaste por la técnica rudimentaria?
—Lejos está de ese calificativo —dijo con entendimiento—. No. Porque mira al artista con amor.
El hombre la miró con aprecio antes de señalar: —Tuvo una gran paciencia ante mis veleidades artísticas. Posó durante tres meses al comienzo del embarazo, porque solo podía dedicarme a pintarla de noche cuando terminaba mi rutina en el campo.
—Es un trabajo digno de ser expuesto —afirmó Leo.
—¿Estudiaste pintura?
—Lo suficiente para apreciar una obra bien ejecutada —garantizó.
Arturo la tomó del brazo y la encaminó hacia donde estaban Irma y Marcos: —Te voy a devolver a la comunidad antes de ganarme la animosidad de mi hijo.
Leonora no pudo contener la risa ante la salida del hombre. Miró a Marcos y pensó que, decididamente, no lo cambiaría por el padre.
—Irma, necesito tu colaboración para agasajar a nuestra invitada —manifestó el estanciero.
—Estoy siempre a su disposición —dijo la mujer como un soldadito.
—Ustedes están libres hasta el mediodía —indicó Silva padre a los jóvenes—. A las doce estará listo el asado.
—¡Magnífico! —exclamó Marcos—. Vamos, Leo. Haremos una caminata antes de que el sol apriete.
La pareja salió bajo la mirada de Arturo e Irma. El primero observó: —¿Estoy suponiendo, Irma, o esta jovencita ha conmovido el corazón de mi muchacho?
—Supone bien, don Arturo. Y me parece que es mutuo.
—Bien, bien —aprobó el hombre—. Porque me gusta.

domingo, 21 de julio de 2013

VIAJE INESPERADO - VI



Marcos se acomodó frente al volante y, antes de partir, le dirigió una sonrisa a Leonora. Ella suspiró y se apoyó contra el respaldo, ganada por la ansiedad de ver a su amiga. Silva no perturbó con palabras los pensamientos de la joven. Se apearon enfrente del sanatorio y, juntos, ascendieron la escalinata que conducía a la entrada. Al abrirse las puertas, el guardia hizo un gesto de desconcierto al reconocer a la muchacha.
—Hola, Luis —saludó Marcos con familiaridad—. Anunciame al doctor Ávila.
—Sí, señor Silva —el tono denotaba respeto.
—De haber venido sola, me hubiera puesto de patitas en la calle —observó Leo mientras el uniformado se alejaba.
—Estás muy susceptible —arriesgó Marcos.
Ella hizo un gesto de porfía: —Viste como vaciló al verme. No me paró porque estaba con vos.
Matías avanzaba por el corredor escoltado por el guardia. Lo esperaron en silencio.
—¡Marcos! ¿A qué se debe tu inédita visita? —exclamó tendiéndole la mano—. Veo que ya conocés a Leonora —añadió al saludarla.
—Hola, Matías —dijo la chica—. Me gustaría ver a Camila.
—Creí que habíamos llegado a un acuerdo…
—No haré nada que altere su descanso. Solo quiero verla.
El médico contuvo su contrariedad. Se preguntaba cómo la joven se había puesto en contacto con Silva. Él era demasiado poderoso como para desairar a la muchacha que acompañaba. No obstante, previno: —Su condición no ha variado.
—Solo quiero verla —repitió Leonora empecinada.
—Síganme —se sometió a la demanda.
Luis también formó parte de la comitiva. Matías reprodujo con las llaves el ritual del día anterior. Abonada por la presencia de Marcos, Leo se arrimó a la cama de su amiga. Tenía los párpados entornados y le pareció que procuraba abrirlos cuando ella se inclinó a mirarla. También percibió un suave quejido que atribuyó a un intento de comunicación. Una mano ruda atenazó su brazo y la arrastró hacia la salida.
—¡Te pedí que no te acercaras! —barbotó el médico, alterado, mientras cerraba la puerta.
—¡Un momento, Matías! No es necesario ser tan descortés —intervino Marcos disgustado por el trato desconsiderado hacia la muchacha.
—Hablemos abajo —lo interrumpió.
Silva apretó los labios y tomó a Leonora del brazo con suavidad para ingresar al ascensor. Matías rompió el tenso silencio en la planta baja: —Vayamos a mi despacho —dispuso, despidiendo al guardia con un gesto.
Los precedió hasta un consultorio ubicado después de la primera puerta que accedía al pasillo. Se ubicó detrás del escritorio y los invitó a sentarse en los sillones opuestos.
—Lamento mi reacción —se dirigió a Leo—, pero creí que quedaba clara la consigna de no interferir.
—¡Ella trató de comunicarse conmigo! Intentaba decirme algo cuando me apartaste —exclamó acusadora.
—Son figuraciones. Camila no está en condiciones de coordinar y tu intervención podría retardar su recuperación.
—Sin ánimo de molestarte —dijo la chica con decisión—, quiero que Cami sea evaluada por otro médico.
Las facciones de Matías se demudaron: —No sé que pretendés, pero debo recordarte que Camila es mi paciente y vos no tenés autoridad para exigir cambios en su tratamiento.
Marcos, que asistía al diálogo sin intervenir, se inmiscuyó al ver el gesto desalentado de la joven: —Matías, pienso que la propuesta de Leonora no tiene nada de agraviante. Como experto en salud mental debieras aportarle la tranquilidad que requiere. Entiendo que es una práctica común solicitar otras opiniones.
—Te lo voy a explicar, Marcos —pronunció el médico molesto—. Las consultas se hacen a pedido de los familiares cuando dudan del diagnóstico profesional, que no es éste el caso. No sé la relación que has entablado con esta mujer, pero no permitiré que tu calentura estorbe el proceso terapéutico.
Leonora quedó muda por la indignación y Marcos saltó del asiento con una expresión de amenaza.
—¡No te voy a permitir esa grosería! —garantizó, inclinándose sobre el rostro sobresaltado del siquiatra.
Como si hubiera sido invocado, el guardia entró al consultorio. Silva se enderezó al escuchar que se abría la puerta. Luis, confundido, deambulaba los ojos entre la cara de su jefe y la del estanciero. Marcos le dijo con calma: —Podés irte. El doctor Ávila no sufrirá ningún menoscabo.
El empleado desapareció. Silva le notificó a Matías: —La próxima vez que la ofendas, te quedás sin dientes.
El medico se levantó y pronunció con voz temblorosa: —Es mejor que no vuelvan por acá. No serán bien recibidos.
Leo detuvo el avance de Marcos sobre Matías: —¡Vamos! ¡Por favor, Marcos…! —rogó.
Él salió con brusquedad. Ella lo siguió hasta la calle adonde lo tomó del brazo. Marcos se plantó y le dijo relajado: —Quería mandarle un paciente a Horacio.
—Supongo que será el dentista —arriesgó Leonora.
—Linda y avispada —reconoció el hombre con una sonrisa. Recuperó la seriedad e indicó—: Me parece que tenemos mucho que charlar.
—Sí. ¿Adónde vamos?
—A la estación.
Saludaron a Mario y ocuparon una mesa arrinconada contra una esquina. El muchacho les alcanzó café y se alejó.
—Me apena que te hayas enfrentado con Matías por mi culpa —principió Leo.
—No debió zafarse —declaró Marcos—. Quiero que me cuentes qué te conmovió al acercarte a tu amiga.
—¡Me reconoció, Marcos! Y trató de hablarme. Estoy segura de que si me dejaran cuidarla volvería a la realidad.
—No vamos a poder entrar sin una orden judicial —adelantó él—. Voy a llamar a mi abogado para que vea qué puede hacer.
—No hace falta. Soy abogada y me pondré en contacto con el estudio adonde trabajo. Como conviviente, puedo solicitar un habeas corpus para verla. No sé si puedo pasar sobre los parientes para requerir una junta médica. ¿Por qué esa hostilidad por parte de su familia? —dijo dolorida.
Marcos se moría por consolarla. Quería concentrarse en el problema de Leonora y solo imaginaba tenerla en sus brazos para borrarle a fuerza de besos y caricias su pesadumbre. A fin de cuentas Matías resumió bien mi participación. La calentura me nubla el raciocinio. No puedo pensar más que en tenerla. Y ella necesita una mano que no sea para acariciarla. Despacio, Marcos, o saldrá de estampida.
—Allá hay una cabina telefónica. Voy a comunicarme con el estudio —avisó la chica interrumpiendo su controversia interna.
Regresó quince minutos después y le resumió la conversación: —Mis colegas me aconsejan usar los servicios de un mediador, creen que será más efectivo que un enfrentamiento judicial. El lunes estaría viajando el doctor Sánchez, muy reconocido en el ambiente por sus intervenciones exitosas.
—Voy a tener que contenerte la ansiedad —consideró el hombre con una sonrisa.
—Tarea ímproba —expresó Leo melancólica.
Chiquita, si me dejaras, te olvidarías del mundo.
—Contame que hacés —solicitó Leonora—. Por tu tiempo libre, diría que sos un desocupado.
Él soltó una carcajada. Después contestó: —Exploto algunos terrenos y los controlamos entre mi padre y yo. Esta semana le toca al viejo. Pero más me interesa saber de tu vida en la ciudad. Aquí todo es muy rutinario.
Cuando se levantaron para volver a casa de Irma, aún persistía la magia del momento en que se recrearon el uno para el otro. Leonora aquietó su mente angustiada y Marcos la atesoró, definitivamente, en el profundo abismo de su deseo.

domingo, 14 de julio de 2013

VIAJE INESPERADO - V



Marcos se comunicó con Irma a las diez de la mañana. Ambos acordaron en no perturbar el sueño de Leonora y en reunirse al mediodía para almorzar. La joven apareció en la cocina a las once y media.
—¡Me quedé dormida! Quería visitar a Cami por la mañana —se lamentó.
—Te hacía falta un buen descanso —dijo Irma ofreciéndole una taza de café con leche.
—Tengo que informar la cancelación del viaje a la agencia de turismo —recordó Leonora; manipuló el celular y envió el mensaje. Después le confió a la mujer—: Ahora que vuelve a funcionar mi cabeza planeo pedir una consulta con otros médicos. ¿Creés que su familia se opondrá?
—Me temo que sí. Supondría una ofensa para el doctor Ávila.
—¡Es que no puedo aceptar que la haya afectado la muerte de su tío! Algo más debió ocurrir. Ella misma me dijo que venía por una cuestión de urbanidad y yo le creo —insistió.
—¿Por qué no lo hablás con Marcos? Él conoce a Matías y podrá orientarte mejor que yo.
—A propósito de Marcos… —observó con un mohín de decepción— se olvidó de que me alcanzaría hasta mi auto.
—Llamó a las diez y pensamos que era mejor dejarte reposar. Es hombre de palabra, Leonora —acentuó la mujer.
La joven murmuró una disculpa: —Perdoname… y me podés decir Leo si te gustan los nombres cortos —ofreció a modo de desagravio.
Irma lamentó su exabrupto: —Perdoname vos, Leo. Es que soy una quisquillosa cuando se trata de mi muchacho.
—Ya me dí cuenta —rió Leonora—. ¿Hay manera de ubicarlo?
—En una hora viene a comer con nosotras. Voy a terminar de preparar el almuerzo. Si querés entretenerte, en la sala hay un televisor.
—¡De ninguna manera! Te ayudo —manifestó.
—Bueno. Podrías preparar una ensalada —sugirió Irma—. En la heladera hay verduras limpias y la combinación la dejo a tu criterio.
—¡A mi juego me llamaron! —exclamó Leo animada—. Lo que quiera, ¿eh?
—¡Sí! —ratificó la mujer, risueña.
La muchacha acomodó sobre una tabla verduras, frutas, queso, nueces y aceitunas. Cortó, combinó sobre una fuente y eligió los ingredientes para aderezarla antes de servir. Miró su creación satisfecha.
—Me dejé llevar por la inspiración —le dijo a Irma que se acercó a curiosear—. Espero que les guste el entrevero.
—Se ve tentador, aunque mi conocimiento de las ensaladas sea más tradicional —opinó la mujer.
Leonora asintió con una inclinación de cabeza. Después encaró el asunto de su alojamiento: —Todavía no conversamos el costo de mi estadía —señaló.
—¡Ni se te ocurra! Sería como si le quisiera cobrar a Marquito.
—Tu Marquito tiene todo el derecho, pero yo hasta ayer ni siquiera lo conocía —protestó la muchacha.
—A quienquiera que traiga, es como si fuera él —dijo Irma concluyente.
—¿Y te suele traer muchas invitadas? —inquirió la joven burlona.
—Para que sepas… —el timbre abortó la respuesta de la mujer—. ¿Atenderías la puerta? —mudó con gesto travieso.
Leonora se alejó riendo. Le duraba la sonrisa cuando se encaró con Silva. Él la evaluó con una expresión de tanto deleite que la hizo sonrojar. Recuperada de la impresión sufrida por los sucesos del día anterior, tomó conciencia de la presencia masculina y se dejó llevar por las emociones que le provocaba. La intensidad del momento los arrojó a una dimensión habitada sólo por ellos. Leo no se resistió a la primitiva atracción que el hombre le despertaba, extrañamente asociada a una sensación de seguridad. Marcos se dejó impregnar por la renovada imagen de la joven. Si ayer le había estimulado el instinto protector, hoy lo abatió una ola de profunda sensualidad. La imaginó en sus brazos y deseó besar esos labios curvados en una sonrisa inefable. Ella se inquietó como si hubiera captado su anhelo y emergió de su inmovilidad.
—Hola —saludó con un hilo de voz.
—Hola —repitió él en tono grave—. Se te ve recuperada —agregó más distendido.
—Así me siento. Gracias —se hizo a un lado para que pasara y cerró la puerta.
Lo siguió hasta la cocina adonde él saludó a Irma y metió en el freezer el paquete que llevaba.
—Helado —aclaró con una sonrisa.
Lo degustaron en la salita después del almuerzo, en cuyo transcurso la ensalada de Leo fue elogiada y consumida. Irma se complacía observando la interacción entre los jóvenes, que evidenciaba el innegable interés de Marcos y la cauta aceptación de Leonora. En medio de la charla amena, la realidad irrumpió ante la mención de la muerte de Nicanor. El semblante de la muchacha se opacó al evocar a Camila y se reprochó haber olvidado, por una personal atracción, la crítica situación de su amiga.
—Marcos —su voz denotaba urgencia—, tengo que ver a Cami y proponerle a Matías una inter consulta.
Silva demoró en responder. Irma se intranquilizó, pensando que el pedido de Leo lo había contrariado.
—Leonora —dijo él al cabo—, no me queda claro la razón de otras consultas.
—Porque su primo da por sentado que el estado de Camila se debe a la muerte del tío y la trata bajo ese diagnóstico. Yo digo que la crisis se desató por otra causa.
—Sabés que ese pedido podría molestarlo…
—Sí —asintió la chica con gravedad—. Por eso necesito tu intermediación.
Él escrutó los ojos femeninos que sostuvieron su mirada en franco reclamo de auxilio. La ansiedad le entreabría los labios, particularidad que desarticuló cualquier intento de negativa por parte del hombre que alucinaba con besarla. Moderó su excitación y transigió: —Vayamos a la clínica.
El rostro de Leonora se iluminó. Aferró el brazo de Marcos y le expresó su reconocimiento: —¡Gracias! ¡No sabés cómo me alivia tu ayuda!
—Lo que vos debés saber —dijo él con voz contenida— es que si me seguís tocando te voy a cobrar la ayuda con un beso.
Leo emitió una risita sorprendida. Sin soltarle el brazo levantó la cabeza y rozó con sus labios la mejilla masculina fingiendo ignorar la vibración que lo sacudió.
—¡Te lo merecés! —afirmó al varón apabullado—. ¿Vamos? —se volvió para saludar a Irma y salió a la calle.
—¿Vas a quedarte toda la tarde con la boca abierta? —lo regañó la mujer.
—Si esta noche no la traigo, no te alarmes —le advirtió amagando la retirada.
—¡Quito…! —moduló escandalizada.
—¡Era una broma, nana…! —la abrazó—. Seré todo un caballero. Aunque ganas no me faltan de llevármela conmigo… —le susurró antes de cerrar la puerta tras él.
Irma se cruzó de brazos. Conociendo el temperamento del hombre no estaba muy segura de su moderación. “Bueno, la chica es una adulta. El desenlace depende de ella”, se dijo.