lunes, 29 de junio de 2009

LAS CARTAS DE SARA - XII

“Querida Nina: Me aferro a este ejercicio de dialogar con mi parte civilizada y burlona, representada por vos, para mantener el equilibrio en un mundo donde los animales, las plantas y los objetos parecen trascender sus propias fronteras y acercarse a lo humano. En esta intrincada red de seres animados mis sentidos se han afinado para percibir una realidad subyacente que pone a prueba mi lógica racional. ¿Cómo explicar desde mi escepticismo -que incluye a los horóscopos, la astrología, los amuletos, la numismática, los curas sanadores, los milagros, las supersticiones- los numerosos indicios fantásticos que desorganizan mi estructura científica, civilizada y superadora? Aquí cobra significación todo lo que existe: las cosas vivas y las aparentemente inertes, los símbolos conocidos y los desconocidos, las palabras dichas y las calladas, los gestos, los sonidos, los sentimientos más contradictorios. Los sentidos sintonizan frecuencias irreconocibles para nuestra cultura. Esta cultura de seres civilizados que menosprecia a cualquiera que no comparta sus creencias. Tan enajenada de su propia esencia. Tan soberbia que destruye lo que no entiende. Tan indiferente, que ha convertido al mundo en un campo de experimentación con resultados que anuncian su fracaso. No se puede atentar contra un exquisito equilibrio sin temer las consecuencias. Aquí, diferenciada por la distancia y el desarraigo, leo, veo y escucho las alternativas de un mundo diferente. Y sólo aquí, donde es posible convivir con todas las manifestaciones materiales y mentales que pueblan nuestro universo, está la piedra roseta que nos permite decodificar el verdadero sentido de la existencia. Al fin y al cabo, el blanco es carencia y el negro plenitud cuando se descomponen. En este lugar los sentidos se desintegran para percibir lo que cotidianamente es una caja negra. Las piedras se mueven, los animales y las plantas hablan, la Naturaleza se manifiesta a través de sus integrantes. Nosotros somos un acorde más de este concierto universal y como responsables del caos, nos corresponderá reparar. Espero que no hayas tirado la carta después de aburrirte con esta larga introducción, pero es un intento de explicar un extraño suceso ocurrido en la madrugada de hoy. Ayer salí de la clínica dos horas más tarde porque quería dejar terminado un trabajo que se necesitaría a inicios de la mañana. Max, como se había hecho habitual, pasó por mi oficina y viendo la hora, me invitó a cenar. Acepté complacida, no sólo por su presencia sino porque era la primera vez que compartiríamos un momento de intimidad (léase sin secretaria y empleados de la clínica). Comimos en un parador a medio camino del pueblo, pequeño y tranquilo. Me encontré rememorando mi vida, la muerte de mi padre, la larga agonía de mi madre. No lo conté con dramatismo, pero su mirada fue tan comprensiva que no pude reprimir las lágrimas. Estiró la mano y recorrió suavemente con sus dedos mis mejillas. Fue peor. Me acometieron unos espasmódicos sollozos reprimidos por tanto tiempo. Recuerdo que se levantó, me ayudó a incorporarme y me llevó hasta afuera. Yo seguía descontrolada. Me abrazó con fuerza y estuve mojándole la camisa por un buen rato. Después, sacó su pañuelo y me limpió la cara. Tuve que sonarme la nariz porque apenas podía respirar. Él me mantuvo entre sus brazos, y cuando comprobó que había recuperado el dominio, tomó mi barbilla y me obligó a mirarlo. Yo me negaba, porque presentía que mi rostro inflamado por el llanto no tenía nada de atractivo. Sonrió con ternura y entonces… ¡Me besó! Fue el beso más dulce que recibí en mi vida. Un beso profundo, intenso, prolongado. Un beso consolador y apasionado. Le hurté la boca para apaciguar mi corazón y apoyé la cabeza sobre un pecho que retumbaba como el mío. No me soltó. Nos separamos al rato, sin palabras. Me escoltó hasta el auto y volvió al comedor para pagar la cena. Puso el coche en marcha y me llevó a mi alojamiento. Te confieso que lo hubiera seguido hasta el fin del mundo si me lo hubiera pedido, pero era más de medianoche y el hechizo había terminado. Cuando estacionó, me bajé de inmediato. Temía que la despedida desmereciera el momento anterior. Escuché su voz despidiéndose y como yo no esperaba nada más, le di las buenas noches y corrí hacia la puerta. Un sordo gruñido me detuvo y me hizo girar bruscamente. Un perrazo amenazador me cerraba el camino hacia la calle. Vos sabés que yo me jacto de las buenas relaciones que establezco con los animales. Pero en ese momento me di cuenta que iba a ser atacada. Era tal mi susto, potenciado por la imposibilidad de volver hacia el auto y la inaceptable idea de darle la espalda para abrir la puerta, que me apoyé sobre la madera y empecé a deslizarme hacia el suelo sin proferir ni un grito. Mis piernas se doblaron y concluí sentada en el piso, desvanecida de miedo. No puedo relatarte qué hizo Max para ahuyentar al animal, porque cuando recuperé el conocimiento, me cargaba en sus brazos y me llevaba hacia mi cuarto precedido por Mercedes y su marido. Mi mirada extraviada capturó la preocupación de la suya y recliné mi cabeza sobre su pecho. Me depositó sobre la cama e inmediatamente me quedé dormida. Hoy Benito vino a buscarme acompañado por Melián. Como Mercedes no quiso despertarme porque ‘el doctor me lo ordenó’, llegué tarde a la Clínica. No desayuné y me apuré a salir. Benito y Melián estaban apostados en el auto por ‘orden del doctor’. La figura de Max aparecía como la de un cacique que regula los actos de su tribu. Me sentía un poco sorprendida y halagada de tantos cuidados. Tan pronto llegamos me dirigí a mi oficina dada la hora y media de demora. Tenía mucho que hacer y que pensar. A medida que me iba compenetrando de las situaciones, más admisibles se me hacían. Recién a la hora del almuerzo vi a Max. No quise transformar el episodio de la noche anterior en un enigma, pero estaba dispuesta a mencionárselo tan pronto lo encontrara a solas. No se dio la oportunidad porque una emergencia requirió su atención. Terminé mi turno sin poder verlo y me fui hasta la biblioteca del pueblo. Estaba decidida a visitarla para ponerme al corriente de la historia local y sus habitantes. Me resistía a consultar a los conocidos porque sospechaba que cualquier enunciado vendría coloreado por la pertenencia del informante. Como era habitual, se sentía la transición desde los alrededores hasta el centro. Lo que el primer día me pareció bello, ahora tenía la cualidad de una escenografía. ¿Te acordás de las flores y los pájaros? ¿De los animales y los niños? Pregunta tramposa. No. No podés acordarte porque entre el verde no había flores ni pájaros, ni en las calles niños ni perros. Ahora me percato de esa extraña ausencia de candores que atribuí a la hora de escolaridad, a un planificado desarrollo forestal y a la absoluta pulcritud de la Plaza. Las veces que intenté preguntar recibí lacónicas explicaciones y después dejé de hacerlo, como si presintiera que la respuesta desarticularía una conveniente inercia. Hoy esperaba revelar los interrogantes que la prudencia aconsejaba ignorar. Camila estaba como todos los días hábiles ocupando el escritorio a la derecha de la puerta de ingreso. Me conocía porque ya había llevado algunas novelas para leer. No le pregunté directamente por el tema que me había llevado a la biblioteca, sino que le pedí acceso a la computadora. Busqué Historia; busqué Gantes. Busqué Geografía; busqué Gantes. Literatura, Antropología, Agronomía, ¡Comercio, Industria, Economía! y Gantes. Hice todas las combinaciones posibles, pero Gantes no existía. Absolutamente frustrada, abandoné el ordenador y fui a morir en el escritorio de Camila. Como si me estuviera esperando, me alargó un volumen encuadernado en cuero repujado que yo tomé con complicidad. Me fui a una de las mesas ubicada bajo un ventiluz de vitraux que garabateaba pájaros de sol y comencé a revisar el libro. Camila, cuyo horario terminaba a las veinte y treinta horas, no me apremió hasta las veintitrés y treinta. Tan absorta estaba yo explorando el volumen que no me di cuenta del paso del tiempo. Camila me dijo que la medianoche en la biblioteca no era segura. Aunque acepté su información me resistía a dejar inconclusa la lectura. Intuía que era mi única oportunidad de contemplar ese libro. El resto del tomo lo repasé rápidamente tratando de extraer de esa maraña de datos, la llave que me permitiera desentrañar los acontecimientos del lugar. A las veintitrés y cincuenta Camila estaba tan alterada que casi me arrancó el libro de las manos y me urgió a abandonar el lugar. Salimos apresuradamente y cuando poníamos llave a la puerta, me pareció escuchar un ruido. Corrimos hacia la BD e irrumpimos en la cafetería que ya estaba cerrando. El espejo del costado de la entrada me devolvió la imagen de dos mujeres de aspecto alterado. Nos dirigimos a la barra, y Ada, sin preguntar, nos sirvió café con un chorro de licor. Calenté mis manos con el pocillo y le agradecí silenciosamente. Ella comprendió. Como si fuera premeditado, esperamos a Ada que luego nos acompañó a cada una. Una siniestra impresión se instaló en mi calenturienta mente, a pesar de que todavía no me había detenido a meditar sobre el contenido de la obra. Creo que el centro de Gantes es el ojo del huracán donde se juega una partida perpetua que tiende a restablecer el orden. Amiga mía, el sueño me vence. ¡Cómo necesito tus oportunas reflexiones para aclara mi ofuscación! Te mando un beso y un abrazo muy fuertes. ¡Ansío hablar con vos!

Sara.”

Nina calló y quedó en suspenso mirando la carta. En su rostro se plasmaban la pena y el desconcierto. Rosa y Dante se movieron al unísono hacia ella. Su madre la abrazó y Dante se hizo cargo de las palabras:

-Escuchame, querida. Mañana vas a poder abrazar a tu amiga y hablar todo lo que quieras con ella. Estoy seguro de que está bien y que cuando se vean se aclararán todos los enigmas.

La joven se apartó de Rosa y buscó en los ojos de su novio la confianza que le hacía falta. El hombre le devolvió una mirada tan segura que, por el momento, calmó su ansiedad.

-Quiero creerte, Dante, porque sería imperdonable que haya dejado pasar tanto tiempo sin acudir a su lado.

-¿Por qué no traés tus cosas así mañana se van directamente desde aquí? –propuso Rosa, ansiosa de tener a su hija hasta último momento ante su vista.

Dante supo interpretar el ruego encubierto de la madre. Se inclinó sobre Nina, la besó, y le dijo a Rosa con una sonrisa divertida:

-Me parece perfecto, mamacita. Iré a traer mi equipaje y espero que esta noche nos despidas con un buen menú.

-¡Te prometo que será inolvidable! –respondió la mujer agradecida.

domingo, 26 de abril de 2009

LAS CARTAS DE SARA - XI

Dante trató de razonar con las mujeres. Veía que estaban entrando en un cono de interrogantes extraños y quería mantener la lucidez para el viaje que se avecinaba.

-Creo que hasta ahora son todas casualidades y que debemos analizar racionalmente los relatos de Sara. Por el momento, además de esa logia que no es inusual en un pueblito que vive su propio ostracismo, hay declaraciones de una persona un tanto mística y una muchacha con la sensibilidad a flor de piel, arrojada de su vida cotidiana y en contacto con otras costumbres. Amén de que se está enamorando.

-Nada de lo que dice Sara me hace dudar de su equilibrio… -dijo Nina a la defensiva.

-Ni siquiera lo he insinuado –aclaró Dante.- Sólo digo que terminemos de leer las cartas para completar la situación de análisis y después saquemos conclusiones. ¿Puedo leer la siguiente?

Nina se la extendió. Él la estudió por un momento y arrancó:

-“Querida amiga: No hace falta que te mencione que aún no funcionan los teléfonos. Esta nueva carta es prueba de ello. Hoy, aprovechando el feriado, le pedí a Analía que me acompañara a concluir mi exploración. Para mi sorpresa, aceptó sin objeciones. Pusimos en la mochila una cuerda gruesa, un cuchillo grande, un botiquín de emergencias y la radio móvil que me comunica con la guardia de la Clínica (SÓLO PARA EMERGENCIAS). Hasta ahora no había hecho uso de ella y tampoco lo esperaba en esta oportunidad. También llevamos unos panecillos, que Mercedes había horneado temprano, para reforzar el desayuno. Un día caluroso y soleado. Avancé por la senda con seguridad, seguida por Analía que cargaba la mochila en ese primer tramo. Íbamos en silencio, rindiendo tributo a la inconfundible atmósfera del lugar. Evoqué el regocijo que sentía entre los brazos de mi madre. Estaba tan presente en ese paraje, que mitigó el dolor de la pérdida. Caminábamos confiadas, entre la fresca vegetación que parecía celebrar nuestro paso. El entorno cambió perceptiblemente a medida que nos acercábamos al barranco. Antes del encuentro con el puma, un cosquilleo de intranquilidad había sustituido al bienestar inicial. El animal surgió delante de nosotros como una aparición. Analía y yo nos quedamos pegadas al camino, sin atinar a respirar ni movernos. Era un puma enorme, de pelaje casi dorado que, atravesado en la senda, nos miraba fijamente. Penetrando la burbuja de sorpresa que nos mantenía paralizadas, una idea me llegó claramente: “¡RETROCEDE!” En realidad, no era una idea. Era una demanda imperiosa. Cuando vi que el puma se mantenía estático, recuperé el dominio y alargué el brazo para tranquilizar a Analía que temblaba del susto. Yo no sentía temor sino, ahora puedo apreciarlo, una enfermiza curiosidad que me llevó a disparar mentalmente “¡NO!”, a la orden, y a la irracional seguridad de reconocer la voz de mi madre. Enfrenté al animal y caminé hacia él. Casi lo tocaba, ante la mirada aterrada de mi compañera, cuando se arrojó velozmente al terraplén. Corrí hasta el borde y ya no lo divisé. O se había despeñado de la cornisa o la había rodeado. Ni siquiera la segunda presunción inhibió mis planes. Una muda Analía escuchó mis recomendaciones antes de asegurar la soga al tronco de un árbol cercano y comenzar el descenso. Me llevé la mochila con el cuchillo y el botiquín, y le dejé la radio y los panecillos. Aunque siempre ejercité la destreza de mi cuerpo, esta situación estaba muy lejos de las rutinas habituales. Me raspé manos, brazos y piernas con la soga y la cara con la maleza, pero al fin puse mis pies en la cornisa. Sosteniendo la cuerda, caminé hacia derecha e izquierda hasta confirmar la solidez del suelo. Decidí seguir hasta donde el camino se bifurcaba. La saliente se iba estrechando. Antes del recodo, muy a mi pesar, tuve que asegurar el final de la soga a una dura raíz. Me pegué a la pared y avancé con precaución hasta superar la curva. Te confieso que tenía un estado de excitación e indefensión al mismo tiempo. Excitación por develar lo que se ocultaba a la mirada desde arriba, e indefensión por perturbadoras imágenes de pumas dorados acechando a la vuelta del camino. Pero no había más que el sendero que terminaba en un claro despojado de hierba. Casi defraudada, (¿quién no se decepciona por no tener un puma apócrifo apostado a la vuelta?) examiné el lugar. Un espeso matorral se incrustaba como una faja a lo ancho del contorno. Lo recorrí varias veces con la vista porque distinguía una sutil diferencia de textura en la franja. Tomé una rama larga y, con cautela, fui punzando la maraña hasta que no encontré la resistencia del barranco. Una andanada de imágenes retrajo mi brazo. La guarida de la bestia. El interior del féretro de mi madre. La boca de un pozo insondable. Recuerdo que sacudí la cabeza como para expulsar esas visiones inquietantes y abrí la mochila buscando el cuchillo. Corté el tejido vegetal hasta despejar una brecha de mi altura y constaté, al resplandor del sol, que el presunto pozo era la entrada de una cueva. La sensatez de la primera expedición me había abandonado. Penetré unos pocos pasos hasta que mis ojos se amigaron con la penumbra. Unos débiles rayos perforaban más adelante la oscuridad. Lamenté no haber traído una linterna. Como el paso se veía libre, me adentré pensando en llegar hasta donde se enredaban los rayos de sol. Si volteaba, veía la entrada claramente iluminada. Era imposible perderse caminando en línea recta. Con una tranquilidad que a la distancia me sorprende, decidí continuar el reconocimiento. A medida que me iba habituando a la oscuridad, tomé conciencia de que el espacio se agrandaba, y al llegar a la zona connotada por el sol, la oquedad se transfiguró en la antesala de una bóveda mayor. Una débil fosforescencia se desprendía de las estalactitas y resaltaba el contorno de las fantasmagóricas formaciones rocosas. El silencio era abrumador. Por mi cuerpo comenzaron a circular señales de alarma. Una intensa sensación de ser observada me hostigó. La fluorescencia era insuficiente para seguir internándome y mi porfía se había consumido. Experimenté una irreflexiva urgencia por salir. Giré hacia la luz y resonó un trueno. Como presagiando una tormenta, bajó la claridad hasta suponer un sol sepultado tras las nubes. La repentina oscuridad me desorientó. Mi corazón latía aprisa y me acometió entre tinieblas el recuerdo de la tumba del explorador extraviado. ¡Cómo imaginar las aterradoras evocaciones que lo acompañaron hasta su siniestro final! Con los brazos extendidos, avancé arrastrando los pies y temiendo una caída fatídica. ¡Cuánto deploré mi osadía! Me figuré que me quedaría en ese antro para siempre. Los relámpagos iluminaron súbitamente la cámara otorgándole movimiento a las formas inertes. Descubrí que el fogonazo venía de mi izquierda, no del frente adonde presumía caminar. Rectifiqué mi marcha esperando un nuevo resplandor que certificara la salida. El silencio se pobló de un inquietante murmullo polifónico, ilegible a mi comprensión. No entendía, pero rechazaba instintivamente lo que exhortaban. Las formas parecían haberse acrecentado y formaban un frente fantasmagórico que me atraía hacia las entrañas de la gruta. Un fuerte destello alumbró la entrada y una figura sinuosa atravesada en la boca. ¿Morir en solitaria agonía o en la brevedad de unas fauces poderosas? Corrí hacia la fiera deliberadamente. Te juro que toqué su cuerpo antes de que un rayo, que zigzagueó en la cúpula de la súbita noche, delimitara la entrada libre de obstáculos. Cuando estuve afuera, pensé en Analía sola en la oscuridad. Estaba aterida porque la temperatura había bajado bruscamente y ya comenzaban a caer las primeras gotas de lluvia. Volví a pegarme a la cornisa para dar la vuelta y encontrar la soga. El viento amenazaba desbarrancarme y me aferré a los arbustos que envolvían la pared. Sorteado el escollo, oí voces transportadas por las ráfagas. Estos sonidos eran reconocibles. Mi nombre, por ejemplo. Grité una respuesta y bajo una lluvia cegadora, traté de encontrar la cuerda que había asegurado a la raíz. El agua había diluido la oscuridad y pude distinguirla a pocos metros. La sujeté como a un salvavidas y comencé la fatigosa subida. A pesar del diluvio, las plantas y el barranco seguían firmes. Alcancé unos brazos extendidos hacia mi detrás de un rostro serio, y poco después las manos de un hombre retuvieron las mías y me izaron sin esfuerzo. Analía corrió a abrazarme y me contó atropelladamente que cuando se desencadenó la tormenta había llamado a la guardia por radio, temiendo por mí seguridad. Enfrenté a mi reciente protector y le agradecí, preguntando su nombre. Dijo llamarse Melián y que trabajaba a las órdenes del doctor. Es un joven de asombrosa complexión física, pelo largo hasta los hombros y rasgos aquilinos (ya ves que aún puedo admirar un buen ejemplar). La lluvia comenzó a amainar y cuando llegamos a la casa, brillaba de nuevo el sol y estaba todo seco. Sólo había llovido en el barranco. Si no tuviera la certidumbre de mi experiencia, debiera despedirme no con 'tu perturbada amiga' sino con 'tu alienada amiga'. Sólo trato que mi mente sea lo suficientemente permeable para aceptar sucesos nunca registrados; y que no los niegue porque no pueda explicarlos racionalmente. Sé que si pudiéramos hablar de estos acontecimientos los trocaríamos en una razonable vivencia. Mientras la ansiedad por vernos me consume, te envío todo mi cariño. Sara”

Los rostros del lector y sus oyentes habían adquirido gravedad a medida que avanzaba la lectura. Nina fue la primera en reaccionar sintiendo la compulsión de justificar a su amiga.

-No voy a permitir una sola observación sobre el estado mental de Sara. Yo no dudo de la veracidad de su narración. Insisto en que está expuesta a una experiencia anormal y que es necesario sacarla de ese ambiente.

Dante la abrazó hasta sentir que el cuerpo de la joven se aflojaba. Después, le dijo con tono calmo:

-Nadie desea juzgar a Sara ni insinuar que está loca. Queremos ayudar, ¿de acuerdo?

Nina asintió y desplegó la última misiva.

miércoles, 8 de abril de 2009

LAS CARTAS DE SARA - X

-Tres más –dijo Nina.

Dante la besó con suavidad en la sien y propuso:

-¿Por qué no te das una ducha? El agua caliente te relajará. Yo voy hasta el gimnasio para terminar con los arreglos y cuando vuelva las invito a comer afuera. Después terminaremos de leer las cartas.

Rosa se levantó con presteza y acotó:

-Me parece un plan excelente. Quiero que te distiendas un poco, hija.

La muchacha suspiró. No estaba muy de acuerdo pero sabía que su madre y Dante pensaban en su bienestar. Debía reprimir la ansiedad para no preocuparlos. Se levantó y, con una sonrisa, accedió a la petición:

-Está bien, gente. Pero no vuelvas muy tarde –lo intimó al joven.

-Palabra –afirmó Dante.- A las doce y media estoy de vuelta.

Rosa lo acompañó hasta la puerta y cuando volvió ya estaba su hija dándose el baño. Nina se quedó largo rato bajo el chorro de agua caliente. Trató de poner la mente en blanco y tranquilizarse. Salió envuelta en una bata y frotándose el pelo con una toalla. Eligió una solera liviana y unas sandalias cómodas. Bajó y guardó las cartas en la carpeta resistiéndose a leerlas en soledad. Cuando Rosa entró a la sala de estar, la joven estaba mirando un informativo. Apagó el televisor al entrar su madre y la miró con aprobación.

-Te pusiste muy linda, ma. ¿Pensás robarme el novio?

-¡Las cosas que decís, Nina! –parecía tan escandalizada… Y de pronto se largó a reír. Era indudable que Nina había heredado la vena histriónica de su madre.-Son las doce y media. Apuesto a que si vamos a la puerta veremos el auto de tu amorcito.

-Vamos, entonces –aprobó la hija.

Tomaron sus carteras y salieron a la calle. Mientras Rosa cerraba con llave, Dante estacionó el auto.

-¡Parece que las damas están con hambre! –exclamó riendo mientras destrababa las puertas.

Nina se sentó a su lado y le dio un rápido beso. Rosa terminó de acomodarse atrás y Dante arrancó. Las mujeres se dejaron llevar aceptando de tácito acuerdo la elección del muchacho. Condujo hasta el centro y estacionó el vehículo en una cochera.

-¿Les parece bien La casa de Marco?

-Quiero comer cuanto antes y volver a casa –dijo Nina con impaciencia.

Sus acompañantes no pronunciaron palabra y arrancaron hacia el restaurante. Se acomodaron en una mesa y la joven los instó a que eligieran platos rápidos. Rosa y Dante cambiaron una mirada tolerante y secundaron el pedido de Nina. A las dos de la tarde estaban de regreso. La muchacha había comido la mitad de su plato y declaró que prefería tomar el café en su casa. Cuando Rosa volvió con la bandeja, Nina retomó la lectura:

“Amiguísima: los teléfonos siguen sin funcionar aunque hayamos desbordado con reclamos a la empresa telefónica. Dante me anticipó tu emprendimiento y el sofisticado plan para…”

Los atentos oyentes miraron a la joven a la espera de que continuara con el relato. Nina carraspeó y dijo:

-Aquí no se entiende mucho. A ver…

Imprevistamente, su madre le arrebató la carta. Nina intentó recuperarla pero la mujer se la retaceó.

-Creo que aquí viene el tercer insulto para mí. No sería tu madre si no conociera tus gestos. Sigo leyendo yo: “Dante me anticipó tu emprendimiento y el sofisticado plan para mantener alejada a tu santa madre. ¡Mirá que hacerle creer que te dedicás a la meditación cuatro horas por día y en horarios alternados…!” -La hija abrió la boca para intentar una excusa, pero su progenitora, sin interrumpirse, le echó una mirada que la hizo desistir.- Bueno, espero que aprovechés el tiempo mal habido y avance el tapiz con el que matás las horas de tedio. Te cuento: después de la función de teatro, mi relación con Max prosperó. El lunes siguiente al evento artístico almorzó con mi grupo. Como era usual, yo compartía la mesa con Juanita, Benito, Roxana, Leandro, Dora y Milano. Todos integrantes del staff más bajo de la clínica. La elección fue mía. En principio, porque la timidez del primer día registró en ellos los gestos más cordiales de bienvenida. Después, porque la sencillez y sinceridad de estas personas hacían más evidente la afectación de los ‘profesionales’. Sentí que era la mesa más selecta y que me habían incluido y hasta adoptado. Max acostumbra a dosificarse (como buen médico) entre sus colaboradores, así que su inserción no extrañó a nadie. La charla fue amena y espontánea porque no impone su jerarquía y mis compañeros lo aprecian francamente. Habrás notado que dije “mis compañeros”; no me agrego porque a partir de aquel sábado mi percepción sobre él ha sufrido una sutil mutación: lo estoy viendo como hombre. Y no me disgusta, Nina. Una alarma suena mientras escribo esto porque ya sabés lo que pienso de las relaciones intra laborales: donde se come etc., etc. Nuestras miradas, ajenas a la antigua familiaridad, se cruzaron en varias oportunidades. Él también parecía verme por primera vez y sus ojos perfilaron cada centímetro de mi rostro con una atención que me perturbó. La situación no pasó desapercibida para mis amigos quienes observaron en amable silencio el escrutinio mutuo. Hubo un momento en que me alcanzó la sal (¿no es romántico?) y sus dedos se detuvieron más de lo decoroso sobre los míos. Nos miramos y si bajé las pestañas fue porque detrás de sus pupilas atisbé a la pantera agazapada. Estaba tan ofuscada que olvidé controlar la abertura de la tapa del salero, y segundos después miré estupefacta la montaña de sal que aderezaba mi ensalada. Mis compañeros se condolieron mientras Max desenredaba mis dedos inmovilizados y retiraba el recipiente. Salí del trance como siempre: con una carcajada que contagió a toda la mesa y concitó la mirada de los comensales. Mi jefe, aún riendo, se levantó para alcanzarme otro plato. ¡Cómo se transforma cuando ríe abiertamente! Parece más humano. Y no sé por qué escribo esto, porque siempre está atento a las necesidades de todos sus colaboradores. Lo seguí con la mirada risueña hasta tropezarme con la helada expresión de Carolina. No denotaba la curiosidad de las otras, sino una muda reprobación que opacó la diversión del momento y me quitó las ganas de seguir comiendo. Así que Max se habrá preguntado por qué no probé las verduras que se molestó en traer. Exageré un trabajo atrasado y dejé el comedor antes de la hora. Estaba molesta por haberme dejado intimidar por la secretaria aunque sostengo que de haber podido me hubiera eliminado. Sentí que estaba interfiriendo en su proyecto personal, única explicación a semejante hostilidad. Vos sabés que yo, más que audaz, soy impulsiva. Funciono a golpes de instinto y estoy más llena de chichones que de aciertos, pero no creo equivocarme con Carolina. Ahuyenté las molestas digresiones y me puse a trabajar. Antes de irme alguien entró. Acostumbrada como estaba a la concurrencia del doctor Fernández, lo saludé sin levantar la cabeza. La respuesta demorada me hizo voltear hacia la puerta y allí estaba Max, apoyado contra el marco, cercano como la inefable sonrisa que animaban su cara y sus ojos. Me preguntó cómo estaba, tal vez intuyendo aquellos sombríos pensamientos. Yo estaba bien en medio de mis papeles, y charlamos un rato antes de que mis dos guardaespaldas se impacientaran y entraran a constatar que no me había ido sin ellos. Max los saludó alegremente y les recomendó “que me cuidaran”. Nos fuimos bajo su atenta mirada y sus palabras resuenan todavía en mi cabeza: “cuídenla mucho”. ¿Qué habrá querido decir? Suena tan protector… Te digo adiós antes de seguir delirando. Espero que mañana podamos hablar. Mil besos. Sara”

Rosa parecía haber tomado el mando. Ante la muda pareja, dio su veredicto:

-Alguna vez vamos a charlar de tu artimaña. Ahora me quedo con las palabras de tu amiga: “tu santa madre”. –le dijo a Nina. Después, emitió algunas apreciaciones personales:- Estas cartas consecutivas hablan a las claras del enamoramiento de Sara. Y si ella es algo objetiva, entiendo que el doctor siente lo mismo. Vos te obsesionaste tejiendo el tapiz de una pantera. Sara no conocía el motivo de tu trabajo pero menciona varias veces a ese animal –y terminó como su hija:- ¿Será casualidad?

domingo, 8 de marzo de 2009

LAS CARTAS DE SARA - IX

Nadie se arriesgó a responder. Dante alentó a Nina con un gesto para que siguiera leyendo. El sol iluminaba la amplia estancia dejando en el olvido la tormenta nocturna. La joven observó el jarrón adornado con un ramo de flores coloridas que su madre había dispuesto cerca de la ventana.

-¿Las trajiste vos? –se dirigió a su novio.

-Creí que te costaría despabilarte unas horas más hasta que las vieras -le respondió con una sonrisa burlona.

Ella, a modo de agradecimiento, le tiró del pelo y con voz clara continuó con la lectura:

“Nina querida: Perdón y perdón por haber dejado transcurrir dos semanas sin escribirte. Aunque mis días parecen tener menos de veinticuatro horas, al menos me mantengo al tanto de tu recuperación cuando el servicio telefónico me lo permite. ¿Me preguntás qué pasa con el teléfono? No sé. Ni los aparatos fijos ni los celulares se salvan de este extraño fenómeno eléctrico que perturba las comunicaciones. Nuestro único vínculo con el exterior son los distribuidores y el correo. Así que, mientras no podamos hablar, te prometo escribir con frecuencia. Lamento que el viaje anunciado se frustrara, pero no puedo culpar a Max que se dedicó a atender con abnegación a los pasajeros del ómnibus que se accidentó en la ruta. Me pareció mezquino de mi parte ignorar el suceso y largarme sola para casa. Sí, ya sé que te lo anuncié cuando hablamos, pero escribirlo duplica mi disculpa. Es notable cómo, de un momento a otro, las circunstancias que parecían estables se modifican y te alteran los planes. ¿No hace un siglo te dije que me sobraba tiempo y que quería aprovecharlo para evitar el anquilosamiento de mi cerebro? Después del accidente, el trabajo en la clínica se multiplicó. Max contrató dos médicos (para ser exacta un médico y una médica), porque entre él y los cuatro colaboradores no alcanzaban a cubrir los turnos solicitados. A modo de chisme: tuvo una fuerte discusión con uno de los directivos, que salió del consultorio de Max con el rostro desencajado. Después supe que le había querido imponer los ayudantes y él lo despidió con cajas destempladas. No le conocía esa arista terca… Bueno, vayamos a lo nuestro. Paso a relatar mi contacto oficial con la gente del pueblo; la mujer de Rodolfo (otro médico de la clínica) me envió una invitación vía su marido para tomar el té. Era una reunión de mujeres y la acepté con agrado porque pensé que ayudaría a mi integración. Esa tarde viajé en ómnibus ya que la bicicleta no armonizaba con la elegancia de mi atuendo ni con las imprácticas sandalias de taco alto. Ubiqué inmediatamente la casa sobre la calle LA. Una recepción cordial, ingesta de té con masas finas, múltiples preguntas de mi parte. ¿Los niños? Estudian fuera del pueblo. ¿La escuela? Para los niños de los suburbios. ¿Animales? Son una molestia y no hay tiempo para cuidarlos. ¿Actividades? Abogada, contadora, bioquímica, ingeniera, secretaria “de Max”, etc. Salvo Carolina, ninguna confesaba un rango menor que el profesional. El resto de la charla, insustancial: viajes, modas, habladurías. Confieso que la casa me encantó: espaciosa y moderna, amueblada y decorada con gusto. Igual a las otras que conocí a lo largo de la caminata por los alrededores. Cuando pasábamos delante de la residencia de alguna de las integrantes del grupo, me invitaban a entrar. El recorrido duró más de dos horas y no llegué a conocer la biblioteca ni el museo porque ya estaba anocheciendo. Como en la plaza había un espectáculo, nos instalamos frente a la pérgola cuyo estrado estaba ocupado por una orquesta que tocó un repertorio de temas de los ochenta y fue muy aplaudida por los espectadores, entre quienes me contaba. ¡Qué le voy a hacer!... Soy una romántica incurable. Terminamos el “jolgorio” en la confitería del Trust y como se había hecho tarde, Rodolfo y Beatriz (la anfitriona) tuvieron la deferencia de devolverme a casa. Me quedé con ganas de visitar el Museo Histórico y asistir a una función de teatro. Elegí un sábado que amaneció nublado por una llovizna impalpable. Mercedes me advirtió que los fines de semana no circulaba el ómnibus entre las afueras y el centro, de manera que “le hubiera convenido organizar que alguien la pasara a buscar para no embarrarse hasta llegar a la ruta”. Le aseguré que iría adecuadamente calzada con zapatillas para afrontar la caminata y el barro. Me miró un poco escandalizada porque “las señoras de la ciudad van muy adornadas al teatro”. Le pregunté si era obligatorio ese atuendo, pero ella lo ignoraba. Vos sabés que yo me siento tan cómoda con un vestido de fiesta como con un jogging, de modo que decidí vestirme acorde al tiempo. Si eso me impidiera ingresar al teatro, volvería en otra oportunidad. Durante la mañana charlé con Daniel después que Mercedes se negó, amable pero firmemente, a que la ayudara. Los demás dormían y el niño me guió hasta un estanque donde “se pesca todo el año y en verano es formidable para nadar”. Está metido entre los árboles y no le presté demasiada atención porque el lugar era un pantano. Le propuse regresar un día de sol. Estuvimos jugando a tirar dardos hasta la hora en que Analía nos llamó para almorzar. Me retiré prontamente porque quería tomar un pequeño descanso antes de salir. Dormí una hora, me bañé, me puse el conjunto rosa y negro que tanto te gusta y las zapatillas negras. A las cuatro de la tarde, envuelta en el impermeable gris, empecé a caminar hacia la ruta por una senda afirmada con pedregullos que evitaron bastante daño a mis zapatillas. Sólo son dos cuadras de campo. Después enfilé hacia el pueblo por el borde del asfalto, vigilando de tanto en tanto la aparición de algún vehículo. ¿Creerás que ingresé al centro sin haberme cruzado con ninguno? Tomé la calle Amarilla para ir al museo. Atravesé la plaza para acceder a la parte ascendente, porque todas las calles convergen en ella. Me tropecé con pocos conocidos, médicos en su totalidad, acompañados por sus esposas. Son tan extraños… Parecían haber dejado el trato familiar en la Clínica. Las mujeres son jóvenes, bonitas, bien vestidas, pero… ¡tienen un defecto!: la charla más insulsa que hubiera escuchado. Me despedí lo más rápido que pude y arranqué hacia el museo. El edificio es antiguo y las aberturas de la fachada están rodeadas de bajorrelieves. Reconocí panteras en actitud de alerta pero no a los otros animales con apariencia de dragones con dientes. Me dirigí hacia la entrada con la intención de disipar mi ignorancia y titubeé antes de empujar la puerta. ¡Es que había tanto silencio y tanta soledad! Cuando mis ojos se habituaron a la mortecina iluminación del hall, distinguí la ventanilla de venta de entradas. La empleada, sin pronunciar palabra, me indicó con un gesto el cartel que rezaba “DOMINGO: ENTRADA LIBRE Y GRATUITA”. Hice un comentario festivo acerca de lo inspirada que había estado por elegir ese día para visitar el museo, pero no arranqué sonrisas al impávido rostro de la mujer. Sin apocarme, le pregunté por los lagartos de la entrada, conquistando una mirada estólida por toda respuesta. Así que, con un gesto indulgente (creo), me apoderé de un folleto que estaba sobre el voladizo de la ventanilla e inicié el recorrido. La sala primera estaba destinada a la fauna autóctona y me puso la piel de gallina: decenas de animales embalsamados en actitudes tan naturales que parecían dispuestos a cobrar vida. Me invadió la tristeza ante tanta energía detenida para satisfacer el vuaierismo humano. Entre la heterogénea colección se destacaba una pantera, en la misma postura de los grabados de la entrada, desafiando al reptil desconocido. Era tal la autenticidad de sus expresiones que vislumbré, por un momento, la poderosa garra del monstruo buscando la altiva testa del felino. Aparté la mirada para eclipsar la turbadora visión mientras argumentaba racionalmente sobre la falacia de la bestia: “es una escultura; un montaje; los animales prehistóricos no se embalsaman. FIN”. Me volví hacia las aves posadas sobre ramas artificiales y sentí una aflicción que se licuó en lágrimas. Huí de ese recinto para recuperar el dominio de mis emociones y me abalancé sobre la estancia de enfrente. Allí exhibían objetos: artesanías, joyas, armas y adornos mezclados caóticamente en vitrinas de cristal afectando la capacidad de sistematización del cerebro y paredes tapizadas de telares con escenas épicas y domésticas sin solución de continuidad. Si de la primera muestra salí llorando, de ésta me fui tan confundida que no podría describirte lo que ví. Las otras salas contenían mobiliarios y vestiduras tan desordenados como la anterior. La experiencia me indicó la retirada. Tendré que volver con un baqueano que direccione de nuevo mis neuronas para clasificar este galimatías. Una puerta cerrada –en un espacio de salones sin puertas- despertó mi curiosidad antes de replegarme. Observé la gruesa madera tallada con la reproducción del enfrentamiento entre la pantera y el reptil. Los detalles eran tan nítidos que estiré la mano para contornear los poderosos músculos del puma y la retiré al instante. Mis nervios a flor de piel transmitieron a mis dedos un ilusorio estremecimiento –ilusorio porque un tigre de madera no debe palpitar-. Me centré en el picaporte y lo giré para franquear la entrada cuando una voz me sobresaltó. “Esta sala no está habilitada”. Al darme vuelta, casi quedé pegada a la simpática encargada que finalmente había puesto en funcionamiento sus cuerdas vocales. Se fue antes de que pudiera hacer algún reclamo y aunque yo deseaba abandonar el sitio, de porfiada no más, sacudí la manija que no transigió a mi demanda. Salí odiosamente, es decir, sin saludar. Aspiré afuera una bocanada de aire puro que se diferenció del ambiente denso del museo. Como no había llevado reloj, no supe si la oscuridad se debía a la hora o al cielo encapotado. Caminé tres cuadras hasta el teatro y antes de llegar me sentí la versión femenina del caballero de la triste figura. Hombres y mujeres lucían como para una función de gala en el Colón. Había pasado en el museo más de cuatro horas, porque la función comenzaba a las veintiuna y los concurrentes ya estaban ingresando. Tomé aire y me acerqué a preguntar por las entradas. Te juro que las miradas de conmiseración de las mujeres aniquilarían a un espíritu menos terco que el mío. Parece que no te pueden impugnar por la vestimenta, porque el empleado –después de calibrarme- me dijo con toda cortesía que las entradas estaban agotadas. Creo que mi expresión fue bastante elocuente, porque desvió la mirada hacia la persona que estaba a mis espaldas. Giré con una mueca belicosa y me quedé estática, esperando que la tierra me tragara. Max (¿el esmoquin le sienta tan bien a cualquier hombre?) me observaba con una sonrisa divertida. Tuve que levantar la cabeza para escudriñarlo (las zapatillas no favorecen mi altura) y acopiar todo mi aplomo para sostener su mirada. Lo acompañaba Carolina, quien me saludó como si no quisiera contaminarse. Su voz quebró la comunicación visual y mi jefe reaccionó a instante, invitándome con toda cortesía a compartir su palco. Me ofreció el brazo para entrar al coliseo y cuando apoyé mi mano sobre él evoqué los músculos y la vibración de la pantera. Me recuperé, me acomodé a su paso y saludé con una sonrisa victoriosa al aturdido conjunto de asistentes. Mi atención estuvo centrada a medias entre el espectáculo y Max. Varias veces se volvió para mirarme (¿qué cómo lo sé? Porque también yo lo miraba) y cuando terminó la obra sumó la invitación a cenar. Ya era demasiado para la pobre Carolina, de modo que le agradecí y le aseguré que no volvería sola a casa. Que pasaría por el Centro Comercial y encontraría quien me llevara. Lo vi tan preocupado que cumplí mi promesa. Ada terminó su turno y me acompañó. Esa noche soñé que el monstruo me acechaba en el fondo del ojo de agua. No te asustés, que sólo fue un sueño. Ahora me voy a descansar y mañana, si el teléfono sigue muerto, te vuelvo a escribir. ¡Felices sueños! Sara”

-¿Adónde fue a parar esta chica? –explotó Rosa rompiendo el silencio que se había adueñado del grupo.

-No sé, mami. Pero mañana lo averiguaremos –afirmó Nina pidiendo confirmación con la mirada a Dante.

El hombre se limitó a ceñirla más apretadamente y preguntó:

-¿Cuántas cartas quedan?

martes, 3 de marzo de 2009

LAS CARTAS DE SARA - VIII

Nina terminó de leer con expresión pesarosa.

-Aquí tendría que haberme dado cuenta de que los relatos de Sara dejaban de ser rutinarios…

-Estabas recuperándote del asalto –opinó su protectora madre.- Estabas con la cabeza en otra cosa.

-¡Entregada a la confección de ese estúpido tapiz! Sara me estaba confiando detalles inusuales y fue como si yo no la escuchara.

Dante captó la mortificación de su novia y en su fuero interno le sorprendió la falta de comentarios de Nina acerca de las comunicaciones de Sara. Pero ahora debía calmarla e impedir que el tardío arrepentimiento ganara su ánimo. Pasó el brazo sobre sus hombros y la acercó a su costado.

-Escuchame, bonita. ¡Basta de revolcarte en la auto compasión! Así no le serás de ninguna utilidad a Sara. Te voy a dar una buena noticia. Adelantaremos el viaje. Saldremos mañana por la mañana y al mediodía podrás abrazar a tu amiga y entregarle el estúpido tapiz. Después de todo, lo hiciste pensando en ella –terminó con una sonrisa alentadora.

Nina dobló la cabeza y besó el cuello de Dante provocándole un estremecimiento de deseo. Si no hubiera estado Rosa…, rumió él. La mirada cómplice de la muchacha fue tan elocuente como su pensamiento. Para suspender ese momento de mutua apetencia, ella desplegó la carta siguiente y leyó para su auditorio:

-“Querida Nina: ¡Me encantó que llamaras! (Aunque compartiéramos nuestra charla con Muriel, la telefonista). Seguro que ya todo el pueblo sabe que el próximo fin de semana iré a visitarte y ¡en qué compañía! Mañana me voy a enterar si los rumores comenzaron. Sobre todo, por las acotaciones del desfachatado de Dante que, sin dudas, Muriel escuchó tan bien como yo. Pero dejemos que los perros ladren, Nina, y yo pase a relatarte mis múltiples descubrimientos, porque no puedo esperar hasta dentro de siete días para remedar nuestra nueva modalidad de diálogo (probablemente esta carta te la entregue personalmente, pero escribirla me ayudará a no olvidarme de ningún detalle). Después que cortamos (estuvo muy atento de tu parte despedirte de la telefonista), volví a la cocina para terminar de desayunar. Sólo habían regresado a la casa Mercedes y Antonio. Los chicos se habían quedado con la tía. Este desayuno fue más lacónico que el de los lunes. Me levanté prontamente de la mesa para volver al bosque (ya había aprendido que Mercedes prefería que no le ayudaran en la cocina). El día prometía ser espléndido. El sol ya calentaba y pensé que iba a ser una jornada calurosa. Volví al sendero explorado a medias hasta el punto en que comenzaba a descender. Estudié minuciosamente la pendiente y observé que las raíces que afloraban sobre la tierra me servirían de apoyo, tanto para bajar como para volver a subir. Con todo cuidado sacudí la más próxima para calcular su fortaleza y comencé el descenso. Al principio resultó sencillo porque el declive era parejo, pero llegué a un punto donde la senda se cortaba abruptamente. En ese lugar la vegetación era demasiado profusa y no podía distinguir las raíces que me habían facilitado la bajada. Estaba desencantada. Distinguí un borde más despejado y avancé boca abajo para no provocar un desmoronamiento. Poco a poco mi cabeza avanzó hacia el filo del barranco y lo sobrepasó. Desde allí divisé nuevamente el sendero que, encubierto por la fronda, se torneaba sobre una estrecha cornisa desapareciendo de la vista. Evaluaba la posibilidad de sostenerme de las plantas y enredaderas de la orilla para deslizarme nuevamente sobre la senda, cuando un átomo de cordura penetró en mi cerebro. Nadie sabía adónde estaba. Nunca me había cruzado con alguien durante mis incursiones. Si me caía y quedaba imposibilitada de subir por mis medios, podía gritar hasta la afonía sin que persona alguna me escuchara. La sola anticipación de este hecho me hizo desistir. Apesadumbrada (pero curiosamente aliviada) deshice el camino más rápidamente que a la ida. A medida que me iba alejando de ese lugar el cosquilleo de intranquilidad, que me había acompañado desde que llegué al fin del sendero, me fue abandonando. Te aclaro que no renuncié a bajar. Voy a volver acompañada por alguno de los chicos para que puedan dar la alarma si ocurre algún accidente. Con todo el domingo por delante, pensé en aceptar la invitación de Ada para conocer su casa y almorzar con ella. Le avisé a Mercedes que comería afuera; tomé la bicicleta y me llegué hasta el centro para comprar una botella de vino y un postre. Después enfilé por la calle Verde que, aparte de ser la que más me gusta, alberga en su culminación un pulcro barrio de casitas blancas con tejas y chimeneas rojas y un colorido jardín al frente. Todas las construcciones parecían iguales a simple vista, pero en una caminata posterior con Ada, advertí detalles que las distinguían. Cada jardín estaba arreglado de acuerdo al gusto de sus moradores y algunos exhibían toboganes y columpios para los niños. No vi autos pero sí bicicletas. También, en un amplio potrero central, una docena de equinos bien alimentados y cuidados comunitariamente por los residentes (estos pormenores los fui conociendo durante mi estadía). Una sensación de bienestar y armonía con el entorno natural me invadía a medida que pedaleaba hacia las viviendas. “Aquí fluye la vida”- pensé. Niños jugando en las calles, perros, gente disfrutando de la frescura de sus jardines. Busqué el número 16 y me sorprendí al ver una hamaca doble entre una portentosa sandalia. No alcancé a golpear porque Ada abrió la puerta como si esperara mi visita. Nos abrazamos contentas de vernos y entré a su hogar. Me presentó a su hija Cordelia y a su nietita María (aclarado lo de las hamacas). Cordelia es una hermosa joven. Alta, rubia, de ojos celestes y un físico espectacular. El verdadero modelo que la cultura y la sociedad imponen. Yo sentí que bajo su bienvenida se ocultaba otro sentimiento, y fui tan conciente de él, que me pregunté por qué me temía ¿Me teme? ¿Por qué teme, y no, rechaza, o disgusta, o molesta? No lo sé, Nina. Últimamente estoy bastante susceptible y tal vez perciba cosas que sólo están en mi imaginación. Me vendrá muy bien verte y tomar un poco de distancia de este lugar. Por el contrario, la pequeña se apegó inmediatamente a mi persona y fue compañera inseparable de la recorrida propuesta por Ada. Me presentó a sus vecinos, entre los cuales se encontraba una mujer a la que una vez había auxiliado en la calle y luego conducido a la clínica para su atención. No la había vuelto a ver desde ese día. Al preguntar por ella a la mañana siguiente, me comunicaron que ya se había retirado a su casa. Mirta, tal es su nombre, se mostró tan agradecida que casi me avergonzó. Resultó que había difundido mi gesto por todo el poblado y enterada la gente de mi presencia, salía de sus casas para conocerme y brindarme una palabra de reconocimiento. Por Ada supe que los habitantes del centro no visitaban los suburbios y que, salvo por cuestiones de trabajo, no se relacionaban con ellos. Por eso valoraban en demasía mi actitud. Le recalqué que yo vivía como un privilegio la cordialidad que me dispensaban; y no había nada de cumplido en mis palabras. Comimos alrededor de las catorce. Un exquisito pollo al horno con guarnición de papas, pimientos y cebolla, ensalada recién cortada de la quinta, y dimos buena cuenta del vino y el postre. Cordelia habló poco y Ada pareció un poco incómoda por la actitud de su hija. Yo aporté mi mejor talante en honor a mi anfitriona y su nieta. Después del almuerzo Cordelia se retiró a descansar con la niña, y Ada y yo quedamos a solas. Le relaté mi excursión matutina y ella pareció inquietarse sobremanera. Me exhortó a abandonar la determinación de regresar al barranco y yo, como sabía que volvería, le respondí ambiguamente. Con aire concentrado me confió que en el pueblo se tomaban decisiones que regulaban la vida de ellos, pero en las cuales no participaban. Trataban de sobrellevar la situación de la mejor manera posible esperando el cambio que inevitablemente llegaría. Ellos y otras comunidades que circundaban la población, estaban comprometidos con la Energía positiva de la vida que regulaba la existencia de todos los seres vivientes. Los habitantes del pueblo hacía tiempo que habían renunciado a esta comunión alucinados por el poder. Ada creía en un orden sobrehumano donde la Energía positiva estaba en permanente lucha contra la Energía negativa. Esta situación se reflejaba hasta en la ambivalencia materia-espíritu. ¿Cómo podrían expresarse estas fuerzas si no fuera en una forma reconocible por los hombres? Todo lo existente constituía su materia prima. Y algunas veces, lo que ya no existía. Ahora la que trataba de no inquietarse, exhibiendo una sonrisita indescifrable, era yo. Reiteré mi agnosticismo y ella me respondió que Las Energías no dependían de mi fe y por lo tanto yo estaba tan expuesta a ellas como cualquier creyente; que la barranca que había descubierto era territorio de La Energía Negativa y, dicho con un tono lleno de afecto, que ella me rogaba que dejara de incursionar por allí. Asentí, convencida en ese momento de sus palabras. Aunque ahora que lo pongo en el papel me parece un disparate. Sería como creer en las brujas. Bueno, Nina, ya ves que estoy bastante afectada por situaciones que resultarían inocuas en la cotidianeidad ciudadana. Se disculpó por no haberme aclarado en el centro que el símbolo que ostentaban en la reunión los distinguía entre sus pares, porque temía ser escuchada. Ada aseguró que eran la mano izquierda de la población. Llegado este punto, le pregunté por Max. Me miró a los ojos y me dijo: -“¿de modo que te interesa el doctor?” Yo hice un vago gesto de incertidumbre y esto pareció conformarla. Me expresó que el doctor era un individuo insondable aún para aquellos dotados de facultades parapsicológicas. La miré alarmada y se rió, asegurándome que ella no poseía ningún talento especial. Para tranquilizarme (¿a quién le gusta que anden revolviendo en su cerebro?) recalcó que sólo despliegan esas aptitudes en situaciones extremas que comprometan la existencia de los habitantes de las villas. Ella está convencida de que coincidimos en este ámbito para participar en una contienda eterna, donde la Energía Positiva, aunque a veces pierda, siempre gana espacio, y La Energía Negativa, aunque a veces gane, siempre pierde terreno.

Así que, casi me persuadió de que fui convocada a este universo por fuerzas sobrenaturales con el objeto de completar un rompecabezas cósmico.

Ya ves, que a pesar de haber avanzado por el sendero, algunos interrogantes se aclararon pero aparecieron otros misterios que espero, a la luz de la ciudad y la ciencia, se transformen de cósmicos en cómicos.

Esto es todo por hoy. Estoy agotada después de la descarga escrita. Espero con ansia el momento de volverte a ver porque estoy segura de que tu presencia familiar me volverá a anclar en el mundo que siempre percibí.

Un fraternal abrazo de tu perturbada amiga.

Sara”

-¿Eso te escribió Sara y lo diste por normal? –dijo Rosa, olvidándose de su rol de madre sobreprotectora.

-Es como si lo leyera por primera vez, mamá. Te lo juro – murmuró Nina sobrecogida por la dimensión que cobraban las palabras de su amiga.

Dante la abrazó con fuerza. El episodio que Nina actualizaba estaba muy lejos de la imagen que él tenía de Sara. La consideraba una mujer centrada e inteligente, dueña de sus actos, con firmes convicciones sobre la vida y las relaciones. Bien lo había probado al no dejar que la humillaran por conservar un trabajo que era su único sustento. Además, las penurias sufridas ante la larga enfermedad de su madre, le confirieron un escepticismo no compatible con el hermetismo de su relato. Besó el cabello de su novia y le dijo:

-No te apenes, querida. Estoy seguro de que Sara ha logrado mantener el equilibrio. Y mañana podrás comprobarlo.

-Energía positiva y negativa, lectura de pensamiento, fuerzas sobrenaturales… Y yo compelida a crear un tapiz con la imagen de una pantera… Mi mente estaba absorta en ese trabajo, como si fuera una distracción para ocultar el significado de sus palabras. ¿Es una casualidad?

domingo, 15 de febrero de 2009

LAS CARTAS DE SARA - VII

Nina se despertó con la sensación de haber descansado a intervalos. Miró el reloj que estaba sobre la mesa de luz y se levantó de un salto. ¡Eran las diez de la mañana y ansiaba seguir buscando las pistas que la acercarían a Sara! La joven de pelo revuelto que le devolvió la mirada desde el espejo vestía una camisa masculina que le llegaba a mitad de los muslos y cuyas mangas le tapaban las manos. Sonrió sensualmente y se abrazó ciñendo la prenda sobre su cuerpo. Era la ofrenda secreta que le pidió a Dante después de su primera noche de amor. Evocó el voluptuoso despertar en la casa de su amante, el aroma del café recién hecho, sus ropas desparramadas por el piso, la urgente necesidad de verlo. Cubrió su desnudez con la camisa del joven y se dirigió a la cocina. Él estaba de espaldas a la puerta preparando una bandeja con dos pocillos humeantes, una parva de tostadas y… una rosa. Se acercó silenciosamente (eso creyó ella) y estaba a pocos centímetros de distancia cuando él se volvió con rapidez y la proyectó contra su pecho. La boca ávida de Dante cubrió la suya sofocando el grito risueño de sorpresa. Después, la apartó un poco y la miró con detenimiento. Sonriendo, le ofreció la flor, cargó la bandeja y le dijo que volvieran al dormitorio. El desayuno quedó olvidado sobre la mesita de tapa de cristal. Dante le confesó que la vio absolutamente deseable con esa camisa, de modo que ella se la reclamó como prenda de amor. La usó mientras convalecía del ataque porque era un sucedáneo de su presencia. Y anoche, porque era un contacto consolador. Manoteó su pelo revuelto y decidió desayunar y después ducharse. Antes de entrar a la cocina, escuchó la voz de Dante. Charlaba con su madre mientras la mujer untaba rodajas de pan tostado con manteca y mermelada. La expresión del joven cuando la vio, hizo que Rosa se volviera con presteza.

-¿Por qué no te ponés presentable para venir a desayunar? –el tono era de censura.

-No sabía que tenías invitados –le respondió tirándole un beso a su novio.

-¡Nina…!

-Ya voy, ma –le guiñó un ojo a Dante y corrió hacia la escalera.

En cinco minutos volvió a la cocina. Le dio un beso a su madre y otro al hombre mientras se sentaba a su lado.

-¡Qué maravilloso despertar! –exageró- ¿Ya terminaste todos los trámites?

-Gran parte. Llamé para ver cómo sobrellevabas tu ansiedad y Rosa me contó que seguirían leyendo las cartas.

-¡Estómago resfriado! –le espetó a su madre. Y luego, con sonrisa candorosa a Dante:- Mejor, querido. Tres cabezas piensan más que una.

Al joven le divertía el histrionismo de su novia. Al instante, ella recuperó la seriedad y le hizo un resumen de lo que había leído a la noche.

-Estamos buscando alguna señal que explique el silencio de Sara. Hasta ahora, lo único llamativo es un símbolo que exhiben muchos habitantes del pueblo. Leo la carta siguiente:

-“Querida Nina: Te comunico oficialmente que el fin de semana próximo iré a visitarte. ¿Y a que no te imaginás quién me va a llevar? ¡Adivinaste! El doctor Max. Lo pesqué en el momento apropiado. Y no porque me lo propusiera. Ayer le fui a plantear el deseo de darme una vuelta por casa después de casi tres semanas y especialmente el interés que tenía por ver a mi mejor amiga. Me escuchó con la expresión hermética de siempre y me dijo que él debía viajar a la ciudad en dos semanas y que si yo podía esperar me llevaría con mucho gusto. Creo que interpretó mi vacilación de sorpresa como desconfianza, porque para reforzar su ofrecimiento agregó que de ese modo me ahorraría los dos pasajes, ya que él se quedaría hasta el domingo y también podría traerme a la vuelta. Si la oferta no me hubiese tentado per se, este último argumento era lo más adecuado para preservar mis exhaustas arcas. Así que acepté, y el tiempo se ha transformado en una sustancia casi sólida por la que resulta difícil transitar hasta dentro de dos sábados. Sí, sigo siendo la misma ansiosa de siempre. ¿Te acordás del símbolo que me llamó la atención en la fiesta? Averigüé su significado. Le corresponde a una Orden que existe en ese pueblo desde ‘nadie recuerda cuando’ según Francisco. Pertenecen a ella los habitantes más destacados del lugar y la clase media alta. (No todos, porque Max no lo ostentaba. Salvo que lo lleve bajo la ropa. ¿Podré averiguarlo algún día...? (¡Guau!) Después de todo, no es tan malo escribir cartas en vez de usar el correo electrónico. Ésta la vas a leer solamente vos (y la chusma de tu mamá ¡no te enojés, Rosita, es sólo una broma!) y mis pensamientos no quedarán expuestos ante los innumerables hackers de las vidas ajenas.”- Nina se interrumpió:- ¡Cómo me olvidé de que no tienen Internet! Y yo que la bombardeé con mails…

-Y va la segunda vez que me falta el respeto –acotó la madre:- primero me llama gallina clueca y ahora chusma…

-Te pide que no te enojés.

-Lo pensaría si me hubieras leído alguna vez la carta.

Dante intervino para que la disputa entre las dos mujeres no se eternizara:

-¿Habrá algo que interese en esta carta? –Nina lo miró y volvió a la lectura:

-“Prosigo. Quise saber algo más acerca de esta fraternidad, como ser su nombre, origen, motivaciones, funcionamiento en la comunidad, pero Francisco parecía no sólo carecer de información, sino adolecer de un desinterés poco común en un joven acerca de este tema. Analía fue tan reticente como su hermano mayor. ¿Por qué usé reticente? Suena a ocultamiento. Pero esa es la sensación que me quedó después de hablar sucesivamente con Mercedes y Antonio. ¡Es inadmisible que la existencia de una cofradía no dé lugar a habladurías, especialmente entre quienes no pertenecen a ella! No conforme con la falta de respuestas, una idea ruin me ganó. Trataría de sonsacar al pequeño Daniel. Con ese propósito, me adentré en el bosquecillo del fondo esperando encontrarlo al borde del estanque donde le gustaba pescar, imitando a su padre y a su hermano. Aunque este ojo de agua es bastante profundo, parece no presentar alteraciones de comportamiento que impidan pescar y, para quienes naden, darse un buen chapuzón. Como allí no estaba y era un día espléndido, seguí explorando una delgada senda que descubrí la semana pasada. Había dejado un pañuelo turquesa, que llevaba al cuello, anudado a la rama del árbol hasta donde llegué para guiarme en la próxima expedición. El pañuelo seguía en su sitio. Seguí el sendero que se ondulaba entre una profusa vegetación hasta que empezó a descender. Miré hacia atrás y ya mi marca estaba fuera de la vista. Decidí bajar mañana. Cuando llegué a la casa, con la esperanza de charlar con Daniel, encontré una nota de Mercedes donde me anunciaba que se iban a visitar a su hermana, que iban a regresar tarde, y que la comida estaba sobre la mesa. Curiosa la desaparición de toda la familia, ¿no? ¿Tendrá que ver con mis preguntas? A la tarde subí a la bicicleta y fui a tomar un café al “Trust” (el complejo comercial). El bar lo atiende Ada, nativa del lugar y residente de los suburbios. A vos también te gustaría, Nina. Es una mujer de alrededor de sesenta años, de fuerte carácter y excelente disposición. Congeniamos desde el primer día que fui a tomar algo a la cafetería. También sirven comidas rápidas y sándwiches fríos y calientes. A pesar de que declara no haber terminado la primaria, es una ávida lectora y da gusto hablar con ella. Me llego frecuentemente al bar porque a mí me resulta más placentero departir con una persona franca e ingeniosa que intercambiar intrascendencias con las mujeres que me rodean habitualmente. Léase mujeres de médicos, secretarias, etc. Todo esto te lo cuento porque cuando le expuse a Ada mi curiosidad no aplacada, se pasó a la vereda de enfrente. Fue un giro imperceptible pero palpable; un instante abismal de silencio antes de declarar su ignorancia y su falta de interés por lo que a mí tanto me perturbaba. No condecía con su estilo solidario. Acepté su proceder porque intuí que la reserva era defensiva. Comprendí su mirada agradecida por la falta de insistencia y en breve, porque ya la conversación estaba atravesada por el encubrimiento, me despedí y volví a la casa, aún y todavía, vacía. Voy a terminar esta carta gracias a la cual me parece contar con tu presencia de amiga incondicional. Mientras te escribía, decidí preguntarle el lunes a Max sobre la Orden. ¡Ah, estoy de franco! Me toca un fin de semana completo, semana por medio. Espero que cuando nos veamos te pueda develar personalmente EL MISTERIO DE LA ORDEN DE LA QUE NADIE QUIERE HABLAR. Te mando un besote y asumo que tirarás las muletas para recibirme.

¡Rosa y Dante…! Besos para ustedes también.

Sara

P.D. ¡¡¡Los extraño!!!”

sábado, 14 de febrero de 2009

LAS CARTAS DE SARA - VI

El viernes Sara llegó a la clínica pasadas las diez y media de la mañana después de esperar a Melián hasta las nueve y media. Mientras viajaba en el ómnibus, que había demorado una eternidad para su sentir, la inquietud la acometió. Melián la pasaba a buscar todos los días a las ocho y treinta y esta deserción era inexplicable. Con los teléfonos que estaban fuera de servicio desde hacía un mes, era imposible comunicarse con la clínica y aventar la preocupación que la dominaba. ¡Cómo deseaba que las palabras de don Emilio fueran proféticas y ella pudiera anticipar los acontecimientos! Entonces sabría por qué Melián no había venido y por qué el pueblo estaba incomunicado tanto tiempo. Pensó en su amiga Nina y en la necesidad que tenía de verla, de hablar con ella, porque las cartas no podían suplantar la tibieza de su presencia. Pero mejor así, se dijo. Presentía que su amiga correría peligro en ese lugar. Cuando bajó del ómnibus cruzó rápidamente la ruta desierta, atravesó las verdes lajas hasta la puerta automática y casi tropieza con Carolina en su vivaz entrada.

-Creí que ya no vendrías… -le dijo con inflexión admonitoria.

-Me demoré porque Melián no vino a buscarme –explicó sintiendo que su respuesta sonaba a una excusa.

-No sabía que el guardaespaldas era tu chofer –el tono era desdeñoso. Le aclaró:- Esta mañana salió temprano con el doctor Moreno. ¿Así que no tuvo la delicadeza de ponerte al tanto de sus movimientos?

Sara no contestó. Dio media vuelta y se refugió en su oficina. Con el paso del tiempo a Carolina le resultaba más difícil ocultar la antipatía que ella le inspiraba. A medida que avanzaba su relación con Max los desplantes y las indirectas arreciaban. En general las ignoraba, pero esa mañana se habían sumado varios acontecimientos que la debilitaban: las ausencias sorpresivas de Max y Melián y la llegada tardía a su lugar de trabajo. Buscó entre los papeles esparcidos sobre su escritorio alguna nota que esclareciera la marcha inesperada del médico. Después de revisarlos varias veces concluyó que tendría que esperar su regreso para enterarse. Un golpe en la puerta la sacó de su abstracción. Juanita entró con una bandeja que contenía un servicio completo de cafetería.

-Buen día, señorita Sara. El doctor me pidió que le sirviera el café a la hora que llegara. Completo, me recalcó. Supongo que no habrá desayunado…

La joven la miró sorprendida. ¿Cómo supo él que por esperar a Melián no había tomado siquiera un trago de cualquier infusión?

-¡Buen día, Juanita! No desayuné y mi estómago está gruñendo. ¡Gracias!

-Déselas al doctor cuando vuelva. No me animé siquiera a recordarle que el servicio cierra a las nueve. Me lo ordenó ¿sabe? La debe tener en mucha estima porque a mí siempre me pidió las cosas por favor…

Sara le prodigó una sonrisa enigmática. La mujer vaciló y, dándose cuenta de que no habría confidencias, se encogió de hombros y salió. La muchacha dio cuenta del tardío desayuno con satisfacción. Max no estaba pero con ese gesto le decía que la tenía presente. Trabajó de buen ánimo hasta que Juanita le avisó que ya estaban reunidos para el almuerzo. Se sentó en la mesa de siempre y, como al descuido, preguntó:

-¿Alguien sabe adónde está el doctor Moreno?

-¿Acaso no lo sabe usted? –Juanita parecía escandalizada.- ¡Usted es la secretaria y tendría que saberlo!

-La secretaria del doctor es Carolina –le respondió apaciblemente.- Yo soy la empleada administrativa.

-¿Por qué no le pregunta a Carolina, entonces? –volvió Juanita a la carga.

-Porque ella no lo sabe –explicó con paciencia.

-Estamos tan sorprendidos como usted –dijo Milano.- Cuando el doctor tiene una urgencia lo acompaño yo, pero hoy se llevó a Melián –concluyó disgustado.

Sara observó con atención a los comensales. Salvo Dora y Milano que rehuyeron su mirada, los demás se la devolvieron afectuosamente. Terminaron de comer en silencio y ella fue la primera en levantarse para volver a la oficina. ¿Por qué Milano estaba tan contrariado? Por lo que ella conocía, las órdenes del doctor no se discutían. Y seguramente él tendría sus razones para reemplazarlo. ¡Cuánta falta le hacía su amiga pensante para debatir estas impresiones! Una vez le había anunciado una visita frustrada, pero ahora estaba decidida a cumplirla. En cuanto volviera Max se lo diría.

lunes, 5 de enero de 2009

LAS CARTAS DE SARA - V

“Querida Nina: Estoy desvelada. Acabo de llegar de una reunión y es demasiado tarde para saciar mi curiosidad. Todos duermen en la casa. Vos sabés que soy poco observadora, así que no te vas a extrañar que recién al finalizar el encuentro haya caído en la cuenta, por repetición y asociación, de que casi todos los presentes ostentaban el mismo símbolo, ya sea en un anillo, un colgante, un prendedor, un tatuaje o un distintivo. Está formado por dos triángulos, uno negro y otro blanco superpuestos en forma invertida sobre un anillo irisado. El triángulo negro siempre apunta hacia abajo. Esta minuciosa descripción es fruto de mi despierta conciencia al reparar en el objeto –que estaba mirando por enésima vez- colgado del cuello de Carolina. Jorge, un médico residente, me trajo a la vuelta, y no quise preguntarle nada porque se había puesto bastante pesado al encontrarnos a solas. No veía la hora de llegar para no contestar agresivamente a sus insinuaciones. ¿Será mi destino despertar sólo bajos instintos? En fin, como hace poco que estoy, enfrié su ardor con mi silencio y me bajé del auto lo más rápido que pude. Te cuento de la fiesta. Estaba convocada para festejar el cumpleaños del Dr. Fernández, el médico más veterano del hospital. Es para mí el típico médico de cabecera: amigable, pausado, siempre bien dispuesto. Y muy reconocido de mi labor. Aunque no lo creas, en este nido de profesionales soy una persona muy valorada por animarme a lidiar con una tarea que necesitan y rechazan: el orden administrativo. Para ellos es tan misterioso como para mí lo es el diagnóstico de una enfermedad. Como es una clínica mediana, no me resultó difícil sistematizar ficheros y comprobantes, y respetando esta organización, te confieso que pronto me sobrará tiempo. Estoy decidida a discutir esta posibilidad con Max, pues desearía dedicar estos momentos a cualquier actividad productiva. Espero que el premio a la eficiencia no conduzca a una rebaja de horas y sueldo (esto último corre por cuenta de Sara La Desconfiada). De cualquier forma, no andar detrás de sus papeles les deja momentos para asomarse por mi oficina entre paciente y paciente. Mientras acomodo comprobantes, charlamos de distintos temas. Con los médicos más jóvenes me tuteo, salvo con Max y el Dr. Fernández. Carolina me participó de la fiesta y me dijo que pasaría a buscarme a las nueve de la noche. Me aclaró que habría comida y bebida. Cuando llegué a mi habitación no me llevó tiempo elegir atuendo. Descolgué la solera roja (estaba impecable), busqué los zapatos y la cartera al tono, y un abrigo liviano. A continuación le avisé a Mercedes que esa noche no cenaría en la casa y me bañé. En el interín aparecieron Analía y Daniel. La primera, para averiguar adonde iría y curiosear mi guardarropas. (Estamos intimando, como verás). Insistió en que dejara mi pelo “suelto y natural”; “como salido de la ducha”. Daniel me miraba con el deslumbramiento inocente de los hombres incipientes (sé que se jacta de mi compañía ante sus amiguitos) y se fue contento porque le prometí que iríamos el domingo a ver la ‘última de terror’. Carolina llegó puntual. Estaba muy linda con su vestido blanco. Pero no hubo intercambio de elogios. Me escuchó neutramente y puso el auto en marcha. ¡Pero vayamos al festejo! Se hizo en el patio cubierto de la confitería. Espacioso, con muchas plantas. Una mesa al costado con bocaditos y sándwiches, otras dos con vasos y bebidas, sillas dispersas. Bajo una arcada con luces, Jorge (el médico que te mencioné antes) y Javier (otro médico) se ocupaban del equipo de sonido. Las miradas convergieron sobre nosotras cuando entramos. Viendo caras familiares me olvidé del pequeño desaire y saludé con un beso al Dr. Fernández. Se lo veía muy sonriente. Benito, un enfermero con el que habitualmente converso, reclamó su beso y se lo di al tiempo que le agradecía un trago de frutas. Juanita, con un llamativo vestido brilloso, agitó su mano desde lejos mientras acomodaba la mesa de comestibles. Había varios grupitos de médicos, enfermeros y secretarias, que fui recorriendo y saludando. Me sobresalté y me puse colorada (¡me vi en el espejo!) cuando me topé con Max que estaba casi a mi lado. Me salió un saludo atropellado y desvié la mirada de sus ojos tan inquisitivos como una tonta adolescente (o como temiendo que sorprendiera mi recién descubierto interés por ubicarlo entre la gente). Seguí mi camino y no recuerdo que me respondió. Este incidente me hizo reflexionar acerca del oculto deseo de ver a mi jefe en otro ámbito que no fuera el de trabajo. Te aclaro que no me quita el sueño, que no vivo pensando en él, que en la clínica me lo cruzo como a cualquier otro, que me dirige la palabra menos que a otros y que sin duda yo deseaba comprobar como reaccionaría al verme con ojos de fiesta. Creo que tenía la perversa ambición de hacerle perder la compostura. Y la que la perdió, fui yo. Pero no te desalientes, amiga mía, porque me repuse, seguí alternando, comí, bebí, y especialmente bailé toda la noche. Hasta –casi- con Max. Al final de la reunión, cuando hasta el sueño se quería ir a dormir, pusieron unos temas lentos como para ir parando la música sin estridencias. Acepté la invitación más inofensiva de entre los poco sobrios aspirantes: la del doctor Fernández. Bailábamos en un silencio amable cuando de pronto, con un giro, atajó a una pareja, me soltó y siguió bailando con la mujer. Eran Max y Carolina y, por un instante, mi mirada se atrevió a escrutar los ojos del hombre que esperaba por mí. Por un instante. Porque me provocó un extraño anhelo. Cuando nos acercamos para continuar la danza: fin de la música. Ese breve momento embarazoso me suscitó una espontánea risa que distendió también los labios de Max en una leve sonrisa. Me escoltó fuera de la pista y todos comenzamos a despedirnos. El resto ya lo sabés. Creo que el próximo fin de semana te iré a visitar. Te confirmaré la fecha. Espero encontrar adelantado el telar que mencionaste por teléfono. Un beso enorme de tu amiga, Sara”
Nina no habló inmediatamente. Sostuvo la carta en la mano y la instó a su madre:
-¿Hay algo en este relato que te llame la atención?
-Bueno, fue víctima de un asedio, si te referís a eso.
-¿Otra situación que se salga de lo común…? –dijo la hija con impaciencia.
-¿Que se está enamorando del doctor…? –aventuró Rosa.
-Ma, eso forma parte de la vida cotidiana. ¿No hay un detalle inusual? –insistió la joven.
La madre hizo un esfuerzo por recordar la narración. Su rostro se iluminó:
-¡Claro! La mención al adorno que llevaban todos. ¿Te parece significativo?
-¿A vos no te llamaría la atención que todas tus amigas y amigos llevaran aros de argollas?
-¡Nena! Los hombres con aros de argollas…
-Aros, colgantes, prendedores, da lo mismo. Pero todos ostentando las mismas argollas…
-Sí –dijo Rosa.- Sería llamativo, al menos.
-Y si vos no las llevás, ¿no preguntarías el porqué de esa peculiaridad? – indagó su hija.
-Sí. Quisiera saberlo. ¿Y por qué Sara no lo aclaró?
Nina echó una ojeada a la carta. La acomodó en la carpeta y le contestó a la mujer:
-Porque su acompañante se había puesto pesado y no veía la hora de perderlo de vista –su rostro se ensombreció.- En cartas posteriores da más detalles de ese símbolo. ¿Por qué no habré puesto la misma atención en ese momento? Hubiera ido a buscarla antes.
-Dejá el famoso complejo de culpa a un lado y concentrate en el presente –Rosa miró el reloj apoyado en la mesa de luz:- ¡Son las dos de la mañana! –Luego, con afecto no exento de firmeza:- Vamos a dormir, hijita. Para interpretar lo que sigue, creo que nos conviene estar descansadas. Seré otro par de orejas y te ayudaré a preparar la valija. Pero mañana. Prometeme que te acostarás.
Nina inhaló y exhaló con hondura. La ansiedad la impulsaba a releer todas las cartas esa misma noche, pero comprendió que su madre tenía razón. Vería las cosas con más claridad en la mañana. Le contestó:
-Te lo prometo. Y alcanzame una de esas píldoras que tomás para dormir. La voy a necesitar.