Luciano se
dirigió al cobertizo adonde guardaba la camioneta. Braulio lo detuvo en el
camino:
-Patroncito, es
mejor ir a caballo. Es difícil pasar con un auto y además los pondremos sobre
aviso. Los muchachos ya prepararon las monturas.
El joven asintió.
Llegaron a las caballerizas adonde los peones sostenían las riendas de tres
caballos. Damián se acercó a Braulio y le entregó un fusil como el que portaba
él.
-Ingeniero, tengo
un arma para usted -le ofreció a Lucho.
-No, Damián. No
sé manejarla. Confío en ustedes. Y ahora, vámonos -apremió.
Los tres montaron
quedando el capataz a la cabeza del grupo. Guió diestramente a hombres y
animales entre los árboles acrecentados por las sombras. Luciano luchaba contra
la ansiedad de poner al galope su corcel atendiendo a la imperiosa necesidad de
acudir en ayuda de Sandra. La imagen de la muchacha maltratada o herida lo
llenaba de angustia y se reprochó no haber intuido el peligro que la acechaba.
La oscuridad era un espeso pantano que había que sortear con precaución para no
encontrarse con obstáculos que retrasaran la expedición. Cada tanto consultaba
el mapa de su móvil para comprobar la precisión del recorrido y disminuir su
impaciencia. Un siglo después, para su sentir, Braulio detuvo la marcha. Se apearon
y en voz baja les comunicó que estaban a pocos metros de la cabaña y que
convenía llegar de a pie. Aseguraron a los caballos entre unos árboles y se
deslizaron con sigilo detrás del capataz. Sus ojos acostumbrados a las sombras
distinguieron los contornos de la construcción a la que se acercaron en
silencio. Damián se adelantó mientras Lucho y Braulio lo cubrían. A una seña
del encargado, se lanzó sobre la puerta y la abrió de un empellón. Lucho enfocó
el interior con una potente linterna dominado por la preocupación de distinguir
a su amada. Tirado en el piso divisaron a un hombre que emitía quejidos, al que
se acercaron para interrogar:
-¡Ah, maula!
-exclamó Braulio después de arrancarle la máscara.- No te bastó que te
perdonaran los robos en la estancia que tu codicia aumentó. ¿Adónde está la
señorita?
El individuo
siguió gimoteando sin responder. Luciano lo levantó y lo arrojó sobre el
camastro.
-Decime dónde
está la mujer que te llevaste o juro que te mato -le dijo sin levantar la voz.
-¡Se escapó!
-graznó amedrentado.- Yo no le hice nada…
-¿Adónde está tu
compinche? -preguntó el capataz.
-Se fue a
hablarle a la dueña -murmuró el delincuente.
-Debemos
organizar a los hombres para la búsqueda -dijo Braulio a sus acompañantes.
Luciano se
comunicó con su padre y le pidió que reuniera una cuadrilla equipada con
linternas y elementos de rescate para encontrarse cuanto antes en el refugio.
-¡Que traigan a
Baco y Mota! -encareció el capataz.- Y alguna prenda de la señorita.
Lucho transmitió
el pedido a Rafael quien le aseguró que saldrían inmediatamente.
-Yo la voy a
buscar -dijo el joven.- Ustedes esperen a mi padre.
-¡No, patroncito!
Usted desconoce el lugar y tendremos que buscar a dos en lugar de uno. Juan
Cruz conoce la cabaña y llegarán enseguida. Además contamos con dos buenos
perros rastreadores que nos guiarán adonde esté.
Luciano, lejos de
aceptar el razonamiento de Braulio, se preparó para salir cuando escucharon
acercarse el motor de un auto. Damián acercó el fusil a la cabeza del postrado
mientras el capataz se acercaba a la puerta para cerrarla y quedaba apostado al
costado con el arma preparada. Lucho apagó la linterna y se emparejó con él.
Aguardaron en silencio la entrada del otro secuestrador que ingresó en la choza
sin sospechar que habían sido descubiertos. Intentó huir al ver a Damián y a su
cómplice fuera de combate, pero Braulio lo atontó de un golpe mientras Lucho le
arrebataba el arma.
-¡Desgraciados!
-dijo el capataz.- Se van a arrepentir de lo que hicieron.
Lo arrojó al lado
de su secuaz y le ordenó a Damián que los atara. Luciano pisó inadvertidamente
los restos del celular de Sandra y alumbró el lugar con la linterna. Recogió
los pedazos y formuló una maldición. Si
ella hubiera conservado el teléfono ya la estaríamos ubicando. Increpó al
rufián que encontraron en la cabaña:
-Contame con
detalles cómo escapó, no sea que estés mintiendo -pronunció en tono contenido.
-¡No, señor, no
miento! Me tiró ácido en los ojos y después me electrocutó -gritó el sujeto
intimidado.
Lucho rió con
nerviosismo ante el desconcierto del grupo. ¡Adorable
muchacha! Sí que sabía defenderse.
Se regocijó por haberle acercado los dispositivos y por el encadenamiento de
sucesos que posibilitaron que los llevara encima. Ahora estaba seguro de que se
había fugado. Por un momento ensoñó el encuentro: ella corría hacia sus brazos
ansiosos de recibirla y levantaba el rostro para recibir un beso que resumía
todas las palabras de amor que pudiera prodigarle. Como una revelación, cruzó
por su mente el peligro que podía acecharla en medio de la oscuridad.
-¡Braulio! ¿Qué
animales deambulan de noche? -preguntó con voz alterada.
-Muchos,
patroncito. Roguemos al cielo que no se cruce con ninguna amenaza -manifestó,
mirando la cara ensombrecida de Luciano.
Sandra soportó
los empellones con que los sujetos la sacaron por la parte trasera de la casa.
Sus ojos giraban enloquecidos esperando que alguien se cruzara con ellos, pero
amparados por las sombras crecientes de la tarde llegaron hasta un vehículo
adonde la empujaron, sin delicadeza, en el asiento trasero. Uno de los
individuos se sentó atrás para vigilarla mientras el otro se hacía cargo del
volante. Perdió la cuenta de las curvas que pegaron antes de internarse en una
zona densamente arbolada. El conductor manejaba con cuidado sólo alumbrado por
las luces bajas. Después de un tiempo que le pareció una eternidad, detuvieron
el coche entre varios árboles y la hicieron bajar. Caminaron; ella arrastrada
del brazo, hasta una construcción desdibujada por la oscuridad. El que los
precedía empujó la puerta y se sumergieron entre las tinieblas del interior.
Sandra experimentó un ataque de pánico que se esforzó en controlar para no
desmoronarse delante de sus captores. La luz de una linterna recorrió la habitación
y se detuvo en un farol que unas manos abrieron para encender la mecha. Una
claridad amarillenta, que no disipaba las sombras de los rincones, los alumbró.
Cuando su visión se adaptó a la escasa luz, distinguió un camastro, una mesa y
dos sillas. Le señalaron la desvencijada litera con una advertencia:
-Sentate y no se
te ocurra escapar porque nos vamos a olvidar que valés plata.
Ella obedeció y
se acomodó al borde del lecho. El que parecía mandar habló en voz baja unas
palabras con el otro y salió de la casucha. Sandra escuchó el roncar del motor
cuando el auto se puso en marcha y el crujir de las ramitas al alejarse. El
cancerbero, que no había dejado de vigilarla, cruzó una tranca en la puerta,
apoyó el arma contra la pared y se le acercó:
-Tenemos casi una
hora, piba. Vamos a jugar un ratito -dijo el individuo inclinándose hacia ella
y arrancándole la mordaza de un tirón.
Ella no pudo
reprimir una exclamación de dolor que olvidó, cuando las manos del sujeto
tocaron su cuerpo.
-¿Qué vas a hacer?
-lo retó mirándolo a los ojos.- Si tenés ganas de divertirte, hacelo como
hombre y no con una mujer atada.
La levantó de un
tirón y la apoyó contra su cuerpo excitado.
-¡Callate! ¿Querés? Yo te voy a mostrar cómo se divierte un hombre - aseguró tocándole el
trasero.
Ella se resistía
ladeándose a los costados cuando el delincuente lanzó un insulto y, enarbolando
el celular, la arrojó sobre la cama:
-¡Reverenda puta!
¡Tenías el teléfono y no dijiste nada! -gritó abofeteándola.
-¡Estás loco! ¡Me
ataron las manos! ¿Cómo podría usarlo? -exclamó.
El sujeto lo tiró
contra el piso y lo deshizo a tacazos. Después se volvió hacia ella con un
brillo de furia en los ojos.
-Te voy a
enseñar… -gruñó entre dientes.
La joven
presintió que su chance de eludirlo era ínfima. Volvió a clavar la mirada en la
de su atacante y silabeó incitante:
-Desatame y nos
divertiremos los dos. Yo también tengo cosas que enseñarte si no tenés miedo de
una mujer…
-¿Miedo yo? -se
exaltó el personaje.- Podría estrangularte con una mano.- La rodeó con los
brazos y maniobró sobre sus muñecas hasta despegar la banda engomada. Después
se incorporó y la observó por encima:- Ya estás libre. Demostrame que sabés
hacer con las manos.
Sandra se tendió
de costado y lo provocó:
-Acostate. Te va
a gustar más en esta posición…
El delincuente,
respirando con pesadez, se tumbó junto a ella y la apretó contra su cuerpo
sudoroso. Ella pensó que se iba a descomponer del tufo que emanaba del hombre
excitado. Se dominó y palpó la entrepierna masculina. Subió lentamente por su
torso hasta el cuello y entreabrió los labios acariciando el rostro
enmascarado. Escuchó el jadeo del sujeto y sintió la presión de su miembro en
total erección. Tengo una sola
oportunidad, pensó. Ubicó su mano izquierda a la altura de los ojos del
hombre y la unió a su diestra. Deslizó el seguro del anillo y sepultó el rostro
en el pecho del individuo que, abandonado a sus instintos, recibió a medias la
descarga de gas por debajo de la máscara. Al tiempo que aullaba de dolor la
asió por el pelo colmándola de blasfemias. Sandra gritó y apretó el botón de la
pulsera clavando la punta en el cuerpo de su agresor. Atinó a separarse del
sujeto convulsionado y aflojó la presión cuando pensó que podía matarlo. Lo
empujó con las piernas fuera del camastro mientras pisaba el suelo sollozando.
Corrió hacia la puerta liberándola de la estaca y trastabilló hacia el
exterior. Sus piernas, movidas por el instinto de conservación, la encaminaron
hacia los árboles. Se desplazó siempre adelante, tropezando, cayendo y
levantándose. La oscuridad era su aliada y su enemiga; la ocultaba pero la
exponía al ataque de alimañas y depredadores que poblaban su fantasía. Frenó la
desordenada carrera al darse de bruces contra el suelo cuando su pie se
enganchó en una protuberante raíz. Estuvo tendida hasta recuperar el aliento y
comprobar que sus huesos habían resistido el porrazo. No había más sonidos a su
alrededor que el sigiloso movimiento de los animales nocturnos; nada que
indicase que fuera perseguida. Se animó a encender la linterna y dirigió el haz
hacia el frente. Apenas entreveía los primeros árboles, pero pensó que bastaba
para avanzar en línea recta. Caminó aprisa aunque verificando la dirección de
sus pasos. Sabía que tenía que alejarse lo más posible del refugio de los
secuestradores y ocultarse para que no la encontraran. Ahora no sólo estaba en
juego su integridad sino su vida. Anduvo durante un tiempo que juzgó
interminable aturdida por los latidos de su corazón y su prolífica imaginación.
Ni siquiera presintió que la barrera vegetal crecía al borde del profundo
barranco que la engulló liberando los gritos que había reprimido en la huída.
Cayó dando tumbos hasta el fondo y en el último giro quedó sumergida en el
agua. El estanque era profundo y braceó para emerger. Tosiendo, para expulsar
el agua que había tragado, intentó tranquilizarse y mantenerse a flote. No debo estar lejos de la orilla. Espero que
funcione la linterna. Apretó el botón y la luz se encendió. La dirigió
hacia adelante y los lados hasta divisar lo que evaluó como vegetación. Nadó en
esa dirección hasta tantear los matorrales que aferró para izarse fuera del
pozo. Permaneció boca abajo para restablecer su aliento y luego se volvió con
sobresalto al escuchar un chapoteo. El mortecino resplandor de la linterna se
reflejó en unos ojos sobresalidos del agua. ¡Un
cocodrilo! ¡Dios mío! ¡Un cocodrilo! Se levantó de un salto y alumbró la
pared de la hondonada que caía a pique sobre el agua. Bordeó el hoyo hasta
encontrar un espacio más plano que ascendía hacia la oscuridad. Se aferró a las
salientes que su mano tanteaba entre las sombras y fue trepando hasta encontrar
unas ramas fuertes que semejaban a una horquilla. Se aseguró en su base y
encogió las piernas esperando que el reptil no pudiera alcanzarla.
A las cinco de la
tarde terminó el espectáculo y comenzó la ronda de mate. Un equipo fue colocado
en cada mesa con variada panificación casera. Rafael y Lucho transitaron entre
los concurrentes saludando a los conocidos en tanto las mujeres con Mike y
Braulio recorrieron el casco de la estancia. Después llegaron hasta los
corrales y establos, adonde el capataz les adelantó que en la mañana tendrían
aparejadas sus monturas para hacer una excursión y visitar el monte de
frutales. Terminaron circulando entre grandes jaulas con pájaros de distinta
especie y cercados adonde albergaban avestruces traídos por el esposo de Leonor
hacía más de treinta años. A las seis Luisa declaró que estaba agotada y
deseaba tomar un baño. La acompañaron hasta la casa y las jóvenes, junto a los
hombres, se acercaron adonde departía el grupo de invitados. La anfitriona
hacía media hora que se había retirado a descansar. Rafael vio cómo el gesto
retraído de Lucho se disolvía ante la llegada de Sandra. El capataz, que estaba
junto a él, comentó:
-Parece que al
patroncito le ha picado fuerte.
-Era hora,
Braulio - asintió el padre con una sonrisa.- Pero se me ha enamorado la yunta
al mismo tiempo -agregó con pesadumbre.
-¿Por qué se pone
así, patrón? El inglés parece buen hombre y la señorita Sandra, aunque se
resista, ha puesto los ojos en el patroncito. No hay más que verlos - sostuvo
Braulio.
Rafael suspiró
mirando a sus hijos emparejados. Deseaba que encontraran los mejores compañeros
con quienes compartir sus vidas, pero también era para él el comienzo de una
etapa nueva que pocos días atrás ni siquiera vislumbraba. Sandra y Romina reían
de las palabras de Lucho que había tomado en sus manos una trenza de cada
muchacha mientras Mike sonreía divertido. Las jóvenes enfilaron luego a los
vestuarios para recuperar la indumentaria que llevaban al mediodía.
-¿Cuándo nos
llevarás a conocer el monte de frutales? -Romina encaró a su hermano al volver.
-Mañana, cargosa.
Y prepárense para montar -dijo incluyendo a ambas amigas.
-Vos ocupate de
Sandra. Mike será mi profe -declaró Romi abrazando a su novio por la cintura.
Lucho sufría
deseando tener a Sandra apretada contra su cuerpo y poder besarla como Michael
a Romina. Sus ojos expresivos dirigieron un mensaje que coloreó el rostro de la
joven. A él se le agitó la sangre al ritmo de los latidos de un corazón que
presentía la inminencia del momento. La presencia de Braulio rasgó la sutil
trama de clarividencia:
-Disculpe,
patroncito -dijo apesadumbrado.- Aparicio no puede conectar el aparato de
riego.
-Ya voy
-reaccionó el joven.- Vuelvo enseguida -le anunció a Sandra. Mientras se
dirigía a las instalaciones le pidió al capataz:- Braulio, andá a buscar a mi
padre.
-¿Por qué no
aprovechamos para desarmar las valijas? -Le dijo Romina a su amiga al ofrecerse
Mike a colaborar con Lucho.- Quiero sacar cuanto antes el vestido largo para
que no seestropee.
Sandra asintió y
ambas se dirigieron a la residencia. De la sala que estaba al costado de la
escalera escucharon la voz de Luisa. Se asomaron y la vieron departiendo con
Leonor.
-¡Adelante,
chicas! -dijo la dueña de casa.- Estábamos alabando su aptitud para el baile.
Las dos
agradecieron y se sentaron frente a las mujeres.
-¿Y adónde están
sus festejantes? -preguntó Leonor.
-A Lucho lo llamaron
para conectar un aparato y Mike lo acompañó -explicó Romi con naturalidad.-
Nosotras vinimos a desocupar las valijas.
-Vayan. Y después
se tomarán un café y probarán estas deliciosas masitas que cocina Marta
-exhortó Leonor con tanta cordialidad que las chicas no pudieron negarse.
Abrieron las
maletas y dispusieron su contenido en el amplio guardarropa. Sandra revisó el
bolso y acomodó en la mesa de luz los elementos de maquillaje y de higiene
personal. En el fondo estaba el estuche con los accesorios para la indumentaria
de fiesta. Se lo quedó mirando con el ceño fruncido; después se largóa reír.
-¿Qué es lo que
te causa tanta gracia? -preguntó Romina mirándola.
-Que en lugar de
cargar mis abalorios traje la caja con los dispositivos de defensa de Lucho.
-¡Ja ja! No te
preocupes, que entre mamá y yo te prestaremos lo que haga falta. ¿Terminaste?
-Sí. Vayamos a
tomar el café.
Las masitas, como
había asegurado Leonor, eran un manjar. La mujer se interesó por las
actividades de las jóvenes:
-Luisa me contó
acerca de su agencia. Imagino que tomarán recaudos para evitar riesgos -agregó.
-Si nosotras no
lo hubiéramos pensado -señaló Romina entre risas- Lucho se ocupó de enmendarlo.
Precisamente Sandra trajo en lugar de sus adornos, un anillo y una pulsera que
mi hermano le regaló para defensa personal.
-Aclará que fue
por error -dijo la nombrada.- no vaya a creer Leonor que pensaba usarlos en su
casa.
-¡Ah! -exclamó la
anfitriona.- Ahora me los tendrás que mostrar…
-¡Sí! -aprobaron
Romi y Luisa a coro. La madre de Romina insistió:- Dale el gusto a Leonor...
Sandra se encogió
de hombros. Se levantó y volvió a la habitación mientras el trío charlaba con
animación. Se colocó el anillo y buscó la misma blusa roja que disimulaba la
pulsera ficticia. Antes de salir, desenchufó el celular que tenía la carga
completa y lo guardó en el bolsillo trasero del pantalón. Bajó con una sonrisa
pensando en los comentarios de las damas mayores. Al acercarse al aposento
creyó escuchar un grito ahogado. Una descarga de adrenalina aceleró el latido
de su corazón y la indujo a moverse con sigilo para arrimarse a la puerta
entreabierta. El importante espejo que aumentaba la amplitud del recinto
reflejaba una escena que la paralizó. Lidia y Leonor, amordazadas, se
encontraban sentadas en el sillón doble; Romina además de la mordaza estaba
atada de pies y manos. Dos hombres encapuchados las apuntaban con sendos
fusiles.
-Llevemos a la
vieja -escuchó decir a uno.
-¡No! A la
pendeja -decidió el otro que portaba el arma más corta.
Luisa se abalanzó
sobre el malhechor con una exclamación sofocada y recibió un empujón que la
derribó sobre Leonor. El que había hablado primero inmovilizó con una cinta las
extremidades de las mujeres. Sandra se estremeció porque comprendió que
hablaban de un secuestro. En esa parte de la casa no había ningún sirviente
salvo que se le llamara, y las dependencias estaban tan separadas unas de otras
que dudó de que un grito fuera escuchado. Antes de que pudiera tomar una
decisión, se vio amenazada por uno de los sujetos que se había acercado a la
puerta sin que ella lo notara.
-¡Adentro! Y no
intentés gritar porque te mato -la empujó con el caño del arma.
Miró los ojos
desesperados de su amiga y sin medir las consecuencias encaró a los
delincuentes:
-¿Por qué no se
llevan todo lo que puedan y se van? No los denunciaremos.
-¿Y vos quién sos
para dar órdenes? -dijo el que quería llevarse a Romina.
Ella alzó la
cabeza y especificó con gesto altivo:
-La nieta de la
señora. Y si quieren cobrar alguna recompensa ni se les ocurra sacarla de la
casa porque sufre del corazón. Por la única que pagará rescate es por mí y
siempre que no dañen a nadie.
Los maleantes
vacilaron. El que había hablado primero apremió:
-¡Llevémosla y si
la vieja no paga se la devolvemos en pedacitos!
-Amordazala y
atale las manos -le ordenó el de caño recortado. Se volvió hacia Leonor:- La
vamos a llamar para que sepa dónde dejar la plata. Si no paga o le avisa a la
policía, su nieta es fiambre. ¡Vamos! -apresuró a su cómplice.
Romina,
sollozando, vio salir a su amiga tironeada del brazo por los agresores. Trató
de recuperar el control para intentar soltarse. Le habían trabado las muñecas
por detrás y advirtió que no podría despegar la cinta. Leonor, desde el sillón,
parecía indicarle algo con el movimiento de su cabeza. Se acercó reptando hasta
descubrir un botón al costado de la butaca. Se contorsionó para alcanzar el
interruptor con las manos y se apoyó en él con toda la fuerza de su cuerpo. La
desesperación la ganó al no escuchar ningún sonido, pero poco después entraban
a la habitación dos hombres armados y dos mujeres a la zaga. Revisaron
rápidamente el recinto y mientras uno quedaba de custodia en la puerta, los
demás liberaron a las víctimas de sus ataduras.
-¡Vayan a buscar
a Braulio y a los ingenieros! -ordenó Leonor apenas pudo hablar.
Madre e hija,
abrazadas, se le acercaron preocupadas por la conmoción que traslucía su pálido
rostro.
-¡Más les vale
que no lastimen a esa muchacha porque no claudicaré hasta saberlos muertos!
-prometió con un brillo de dureza en sus ojos.
Rafael y Luciano,
seguidos por el capataz y Mike, entraron a la carrera. El hombre se precipitó
sobre su mujer y su hija cercándolas con su brazo. Lucho, aliviado por ver a su
madre y hermana sin lesiones, se acercó a la demacrada estanciera:
-Leonor, cuénteme
qué ha pasado. -Recorrió la habitación con los ojos y, sin aguardar respuesta,
preguntó con voz estrangulada:- ¿Adónde está Sandra?
-Se la llevaron,
Lucho, porque se entregó para protegernos -admitió la mujer.
-¿Se entregó? ¿Qué
quiere decir? -dijo él sin atreverse a comprender.
-Nos
sorprendieron a tu madre, a tu hermana y a mí en esta habitación. Sandra había
salido un momento. Primero nos amordazaron y después ataron a Romina. Uno de
ellos habló de llevarse a tu hermana y el otro dijo que a mí. No pude accionar
la alarma porque nos ataron. Sorprendieron a tu muchacha y la trajeron adentro.
Los enfrentó con tal valentía y seguridad que los convenció de que era mi nieta
y por ella cobrarían recompensa si no nos lastimaban. ¡Tenés que recuperarla
cuanto antes, Lucho!
-¿Pero dónde?
-gimió el joven.
-Patroncito, no
es hora de desesperarse, así no la va a encontrar. La policía viene para acá y
los muchachos están prontos a organizar una partida para buscarla.
Luciano inhaló y
exhaló varias veces para tranquilizarse, pero necesitaba más detalles para
componer en su mente las intenciones de los secuestradores. Habló con Luisa que
pocos datos aportó y luego con Romi que estaba siendo consolada por Mike:
-Hermanita,
cualquier cosa que recuerdes me puede dar una pista para encontrar a Sandra. Lo
que sea, aunque no lo consideres importante.
-¡Ay, Lucho! Ella
se dejó llevar para que no me arrastraran a mí -sollozó.
-¿Por qué no
estaba con ustedes? -insistió su hermano.
-Porque Leonor
quería ver los trastos de defensa que le regalaste -gimoteó.
-¿Los llevaba
puestos? -inquirió Lucho con agitación.
-¡No sé…!
-lloriqueó Romi.- Todo fue tan confuso…
Luciano esperaba
un milagro: que los raptores no confiscaran los dispositivos y, que si Sandra
los usara, los dejara fuera de combate. Se esforzó por hacer un recuento de los
componentes de protección y sintió que algo se le escapaba. Su mente se aclaró
cuando vio a un invitado atender un teléfono móvil. El celular.
-Romi, ¿llevaba
el celular? -interrogó esperanzado.
-¡No sé, Lucho, no
sé! Lo lamento… -se desbordó acongojada.
Él manipuló
frenéticamente su blackberry. Su corazón se disparó al ver las coordenadas del
GPS. Estaban fuera de la estancia de Leonor.
-¡Papá! -llamó en
voz alta- Ayudame a ubicar este lugar -le señaló el mapa en la pantalla de su
teléfono.
-Está dentro de
la cuña boscosa -afirmó el hombre al cabo.- Ampliá el radio y le mostramos a
Braulio. -Se alejó para buscar al encargado.
Luciano miraba
fascinado el display tratando de imaginar el lugar donde se encontraba Sandra. Que no te saquen de ahí, querida. Que tenga
la oportunidad de decirte todo lo que no me animé hasta ahora. Que no te hagan
daño… El fervor de su impetración fue quebrado por la llegada del capataz y
su padre.
-Braulio
-requirió el joven.- Fijate en este mapa. Aquí está la estancia y aquí
posiblemente tengan a Sandra. ¿Cuánto conocés de esta zona?
-Es la parte más
tupida de la cuña boscosa. Si no me equivoco, cerca de este punto hay una
cabaña que servía de refugio a los cazadores -indicó el capataz después de
estudiar la pantalla.- Ahora está en desuso porque la caza está prohibida.
-Voy a buscarla
-dijo Lucho resuelto.
-No solo ni
desarmado, patroncito. Damián y yo iremos con usted.
-Yo también voy
-afirmó su padre.
-No. Quedate con
Mike para cuidar de las mujeres y atender a la policía cuando venga -decidió su
hijo.
-Patrón -propuso
Braulio- usted puede organizar a los hombres por si es necesario hacer un
rastreo. El patroncito le dirá qué hacer cuando lleguemos al refugio.
Rafael asintió
con reticencia mientras Lucho y Braulio se dirigían a la salida.
Una charla amena
matizaba la ingesta. Leonor observó complacida al grupo de comensales que había
seleccionado en función del afecto. Parientes y amigos que la acompañaron en
las circunstancias más adversas y afortunadas de la vida. Pensó en sus inminentes
setenta y nueve años y, como siempre, agradeció estar viva y sana para
festejarlos. Los empleados iban retirando los platos y liberando las mesas para
el postre. Dentro de las instalaciones de la cocina y los vestuarios del
personal había un inusual movimiento. Varias jóvenes vestidas de paisanas
charlaban y reían en la entrada. Un grupo de hombres, ataviados con prendas
gauchescas, hizo poco después su aparición: tres de ellos equipados con
guitarra y otro con un bombo. Se acomodaron en un estrado adonde había
instalado un micrófono y comenzaron a templar sus instrumentos. Romina dijo
excitada:
-¡Música
folklórica! ¿Te acordás, Sandra, de las clases de baile que tomamos en el
Centro Santiagueño?
-¿Ustedes saben
bailar la zamba? -le preguntó Braulio a Romi.
-Sí, señor -dijo
presumida- y chacarera, gato, pericón, cuando, y… creo que nada más -terminó
con una risa.
-¿No quisieran
participar en el baile? -propuso Leonor.- Será un honor para nuestros
bailarines compartir la danza con dos hermosas muchachas de la ciudad.
-¡Ah, no! -objetó
Sandra.- Hace tiempo de eso y ya estoy olvidada.
-¡Animate!
-exhortó Romina levantándose.- Va a ser divertido.
Braulio se
incorporó y le ofreció el brazo a Sandra. Ella lo miró a Lucho como buscando
respaldo pero él sonrió y levantó el pulgar hacia arriba.
-¡Vamos, señorita
Sandra! -instó el capataz.- Que no se diga que tiene algo que envidiar a estas
lugareñas.
Ella tomó al fin
su brazo con un gesto de reto hacia el hombre que todavía no borraba la mueca
burlona de su boca. Braulio le tendió la otra mano a Romina y las escoltó hasta
el vestuario.
-Ramona, Celeste
-dijo a dos muchachas que se acercaron- las señoritas van a participar en el
baile. Atiéndanlas para lo que necesiten -dicho lo cual se retiró del lugar.
-Hola, chicas. Yo
soy Romina y mi amiga, Sandra. ¿Cuál es el programa?
-Hola -dijo
Sandra y tironeó a su amiga hacia un costado.- ¿Cuándo vas a aprender a cerrar
la boca? ¡Haremos un papelón!
Las jóvenes
vestidas de paisanas se acercaron sonrientes y las observaron con atención. La
primera en ser mencionada les pidió que la siguieran y entraron a una
habitación que tenía un largo perchero repleto de ropas típicas.
-Señoritas
-declaró Ramona con simpatía:- no pueden bailar una zamba en pantalones. Elijan
el vestido que más les guste mientras los muchachos amenizan la espera. Su
danza es la primera. Si precisan algo, estoy en la puerta.
-Romina, te mato
-masculló Sandra cuando quedaron a solas.
Romi estaba
revisando el perchero y sacó un conjunto de pollera y chaqueta con volados que
midió contra su cuerpo. Lo separó y buscó otro similar para su amiga.
-¡Probate éste!
Está perfecto para tu altura -dijo haciendo caso omiso al enfado de Sandra.-
¡Vamos, amiguita! -agregó haciéndole una carantoña.- Demostremos lo que sabemos
las chicas de la ciudad.
Se sacó la ropa y
se puso las prendas camperas. Su amiga hizo lo propio y se miraron con
atención. Ambas largaron una carcajada y cuando se compusieron llamaron a
Ramona.
-¡No tenemos
zapatos adecuados! -gritó Romina exhibiendo las zapatillas deportivas.
La muchacha se
dirigió presurosa a un armario, lo abrió e hizo un ademán señalando su
interior. Había al menos dos docenas de zapatos de tacón bajo de distintas
medidas. Las amigas seleccionaron su horma y los calzaron haciendo un gesto de
asentimiento.
-¡Los pañuelos!
-intervino Celeste que había entrado detrás de Ramona. Tomó dos pañuelos
blancos y los anudó flojamente alrededor del cuello de las bailarinas.
-Señoritas -dijo
Ramona- están espléndidas. Les faltan las trenzas, nomás. ¿Nos permiten?
Ambas sometieron
sus cabelleras a las hábiles manos de lugareñas y cuando acabaron lucían dos
trenzas rematadas en lazos blancos.
-¡Ay, Sandra! Sos
la paisana más sugestiva que he visto -exclamó Romina.- Alguien va a lamentar
no ser tu compañero de baile.
Ella sonrió
misteriosamente. Contempló a su amiga y declaró riendo:
-Lo que sí sé es
que Mike va a tomar un curso acelerado de folklore.
Prestaron
atención a los últimos acordes de “Anocheciendo zambas” y elogiaron la voz del
cantante. Ramona les contó que el grupo se llamaba Los de Arancibia y que
estaban invitados a participar en el festival de Cosquín.
-¡Cuánto lujo
para nuestro bochorno! -se lamentó Sandra.
-No te hagas la
mosquita muerta porque nadie te pudo igualar en el curso - denunció Romi.
La discusión no
continuó porque la voz de un locutor introdujo el próximo número explicando las
características de la danza que iban a presenciar:
-La zamba, para
quienes no conocen su lenguaje, es una historia de amor por excelencia. En la
primera parte el hombre trata de conquistar a la mujer que se le resiste para
luego aceptarlo en la segunda. No hay contacto físico, sólo se relacionan con
la mirada y se hablan con los pañuelos. Esta tarde les damos la bienvenida a
dos invitadas que seguramente nos deleitarán con su danza. ¡Un fuerte aplauso
para Sandra y Romina!
Las nombradas se
miraron casi con pánico mientras Ramona y Celeste les hacían señas para que
salieran. Esta vez Sandra abrió la marcha seguida por su amiga. Cuando
aparecieron sobre el escenario un alboroto de palmadas y silbidos las recibió.
Lucho y Mike, deslumbrados por sus paisanitas, no concluían de aplaudir. El
animador presentó a los bailarines:
-He aquí dos
hombres afortunados porque su premio será la conquista de estas bellas jóvenes:
¡Damián y Juan Cruz!
Los varones
también recibieron el aplauso de los asistentes. Las muchachas se acercaron a
sus parejas de baile engalanados con sombrero de ala ancha, botas, chaqueta
abotonada sobre la camisa, bombacha gauchesca, faja y rastra con monedas, y
pañuelo al cuello. Al sonar los primeros compases de Sos todo eso ymucho más,
las mujeres caminaron hacia el centro del escenario con un delicado vaivén.
Damián se acercó a Sandra y le entregó un pañuelo. Juan Cruz hizo lo mismo con
Romina. Se separaron, alzaron los brazos y batieron suavemente las palmas hasta
la indicación del comienzo: “Adentro…”. Enarbolando el pañuelo se fueron
arrimando. Sandra miró a los ojos de su acompañante e imaginó que era Luciano.
Esta ilusión la despojó de inhibiciones y tomándose la falda se movió despacio
y altanera, coqueteando al hombre con los movimientos de su pañuelo y eludiendo
con gracia sus requerimientos. Luciano, parado entre Mike y Braulio, estaba
absorto en los gráciles movimientos de la muchacha. El capataz sonreía con
aprobación y hacía algunos comentarios esporádicos:
-¡Pucha que sabe
hablar con el pañuelo! -ocasión en que ella se tapaba la cara con el lienzo.
-¡Miren que es
provocadora la moza! -viéndola deslizar suavemente el pañuelo frente al rostro
de su pareja.
Lucho ignoraba el
lenguaje de los bailarines pero la sensualidad de la danza lo traspasó. Al
terminar la primera parte, muy aplaudida por el público, Mike le comentó
risueño:
-Si no te apuras,
el gaucho te ganará de mano.
Luciano asintió.
Pensaba que de estar en lugar del bailarín no hubiera resistido la tentación de
enlazarla en medio de un giro y sofocarla con un beso. Un guitarrista anunció:
“adentro…” El baile cobró ímpetu. Las miradas estaban centradas en la pareja de
Sandra y Damián cuyo mudo diálogo adquiría intensidad entre los pliegues de los
pañuelos. Ella, en una vuelta, se apropió de la prenda que su pretendiente le
envolvió en el cuello suscitando un aplauso generalizado.
-¡Prienda
atrevida, si las hay! -exclamó Braulio entusiasmado.- Hay que ver cómo se las
arregla el mozo.
Damián sonrió, se
quitó la faja de la cintura y reemplazó el pañuelo robado. Aumentó el asedio a
su compañera que lo contuvo con habilidad, hasta volver a rodearla con el ancho
cinto cuyos extremos besó.En el giro
final, Sandra estaba en posesión de los pañuelos y la faja. El público aplaudía
en medio de exclamaciones. Se encontraron en el centro y el hombre la coronó
atrayéndola con suavidad por las puntas de su atuendo perdido. El ala de su
sombrero ocultó la representación del beso. Los concurrentes los vitorearon.
Los bailarines saludaron inclinándose hacia los espectadores e incluyendo al
conjunto musical. Cuando se calmó la algarabía, el locutor anunció el comienzo
de otra canción. Sandra declinó participar y fue reemplazada por Ramona. Dos
parejas más subieron al escenario a cuyo pie la esperaba Luciano quien le
tendió la mano para ayudarla a bajar. Se miraron sonrientes.
-Ni lo menciones
-dijo la joven.- El espectáculo te pareció un mamarracho.
Él la observó con
ojos hambrientos y un silencio cargado de elocuencia. Ella, que había manejado
la carga emotiva con Damián, no pudo sostener el escrutinio de Lucho. Giró para
volver a la mesa pero el hombre la detuvo de un brazo y la enfrentó nuevamente:
-¿Por qué decís
eso? Tu baile fue el arquetipo de la seducción. Si hubiera estado en lugar de
Damián no habría podido contenerme -declaró en voz baja.
Ella se desasió
sin pedirle explicaciones. En el camino recogió felicitaciones por su
actuación. Braulio fue el más efusivo:
-Señorita Sandra,
¡guay del que se cruce en su camino! Está condenado sin remedio -aseguró
mirándolo a Luciano.
Ella rió sin
hacer comentarios. En la mesa, los padres de Romi y Mike alabaron su
interpretación, pero Leonor fue la más intuitiva:
-Jovencita, sólo
ví bailar la zamba con esa pasión a parejas enamoradas. O sos una gran actriz,
o sustituiste a Damián por la figura de tu amado.
-Es una ficción
como cualquier otra -respondió a sabiendas de que el rubor la delataba.
-Entonces,
Sandra, te felicito. Aunque más me alegraría que ese arrebato tuviera un
destinatario -expresó la mujer con afecto.
Ella no respondió
y clavó la vista en los artistas evitando la mirada del hombre que tenía
enfrente. Se dejó compenetrar por la excelente versión de La nochera que las parejas bailaban con gracia. Se levantó para
aplaudir cuando terminó y salió al encuentro de Romina para abrazarla. Las
amigas volvieron riendo a la mesa. Mike atrajo el rostro de su novia tirándole
de una trenza y la besó oficialmente por primera vez. Lucho los miró con la
melancolía de un pordiosero ante un plato de comida y buscó sin éxito las
pupilas de la mujer que amaba. Leonor apretó el brazo de su capataz e
intercambiaron una sonrisa de entendimiento.
Sandra abrió la
puerta de su departamento dominada por sentimientos contradictorios. La
inesperada confesión de Lucho no la había ofendido pero sí inquietado. Si tenía
alguna reserva sobre sus intenciones, debía darle de baja. Por el momento estaba
claro que la deseaba y ella sintonizaba con ese deseo. Miró la hora y dudó
entre acostarse inmediatamente o después de ducharse. La aceptación de sus
sentimientos la había relajado, por lo que decidió dormir hasta las cinco y
tomar el baño en la mañana. A las seis, puntualmente, Romina tocaba el timbre.
Le preguntó si necesitaba ayuda para acarrear la valija. Ella declinó el
ofrecimiento y bajó con sus bártulos. Mike y su amiga la esperaban al otro lado
de la puerta. Los saludó con un beso y el hombre cargó el equipaje en el baúl.
Saludó con la mano a Lucho y Rafael que estaban estacionados delante del auto
de Mike. Después se acomodó atrás, al lado de Luisa.
-Te hemos hecho
madrugar, ¿eh? -dijo la mujer sonriendo y la besó en la mejilla.
-Según el programa,
creo que vale la pena -contestó devolviendo el saludo.
Mike arrancó
detrás de la camioneta que le serviría de guía. La ruta estaba despejada y en
buen estado, de modo que dos horas después de la partida Rafael le avisó a
Luisa que harían una parada de media hora. Romi le advirtió al conductor que
estuviera atento a la señal del otro vehículo para desviarse hacia el parador.
Poco después estacionaban delante del establecimiento anexo a una estación de
servicio. El padre de Romi y su hijo se acercaron para saludar a Sandra.
-¡Hola, niña
bonita! Qué bueno que hayas venido -dijo Rafael pasándole un brazo por los
hombros.
Sandra rió y le
dio un beso en la mejilla. Ese hombre afectuoso había ocupado un lugar paternal
durante los años de su adolescencia. Lucho, cruzado de brazos, los miraba
risueño.
-¿Y para mí no
hay nada? Me hacen sentir discriminado -dijo con tono quejumbroso.
-Yo no pienso
besarte, grandulón. No sé si tendrás suerte por otro lado… -manifestó Rafael
sin soltar a la muchacha.
Sandra miró a Luciano
y se le acercó. Pese a su altura, él le llevaba varios centímetros y ella
estaba calzada con chatitas. Se paró en punta de pies y le dio un beso en la
mejilla.
-Para que no
digas que hago diferencias -dijo provocativa, y se apartó antes de que la retribuyera.
Vio a Romi y Luisa dirigirse al tocador y avisó a los varones:- Voy al baño.
Después nos vemos.
-¿No es divina?
-observó Lucho embobado por la perdurable sensación del beso.
-¡Quién se
animaría a afirmar lo contrario! -se mofó su padre.- Vamos, tarambana. Busquemos
a Mike yreservemos una mesa.
Su hijo lo siguió
suspendido en la agradable divagación de que la muchacha simbólicamente lo
había perdonado. Encontraron ubicación al lado de un ventanal y Rafael se sentó
mientras los jóvenes iban a buscar café y gaseosas. Cuando volvieron las
mujeres todo estaba dispuesto sobre la mesa. Ingirieron rápidamente las bebidas
y retomaron el itinerario. A las once y media de la mañana estaban atravesando
los portones de la finca de Leonor. La mujer en persona los esperaba a la
entrada de la casa. Abrazó al matrimonio y a Luciano y esperó la presentación
del resto.
-Esta es mi hija
Romina -dijo Rafael con orgullo.
-¡Feliz
cumpleaños, Leonor! ¡No sabe cuántas ganas tenía de conocerla! -dijo la chica
con una amplia sonrisa.
-Gracias,
querida. Por cierto que tus padres deben sentirse orgullosos de tener dos
bellos retoños.
-Ella es Sandra,
una querida amiga de Romi y la familia -continuó el hombre.
-¡Feliz
cumpleaños! -saludó la joven con viveza.- Y gracias por la invitación.
-Es un placer
tenerte en mi casa, Sandra -declaró Leonor a la que no se le había escapado la
mirada cautivada de Lucho.
-Y este es
Michael Lemacks, nos visita desde Nueva York y es nuestro huésped -finalizó el
padre de Romi.
-¡Filiz cumplaños, señora! -batalló Mike
con el idioma.
La anfitriona
sonrió y le agradeció en perfecto inglés, tras lo cual intercambiaron una breve
charla.
-Ahora María les
indicará sus habitaciones para que puedan acomodarse y refrescarse. Después los
espero en la galería -indicó Leonor.
Los seis
siguieron a la empleada que les fue señalando los dormitorios. Uno estaba
destinado al matrimonio y en los otros se acomodaron las dos mujeres y los dos
hombres respectivamente.
-Una mina piola,
esta Leonor -dijo Romina al quedar a solas.- Pensando en que Lucho y yo
vendríamos con pareja, dejó librado a nuestra elección el reparto de los
dormitorios.
-Si necesitás
ocupar éste, no tenés más que avisarme -le aclaró su amiga.- Yo desapareceré
discretamente.
-¡No quiero unas
horas de hotel! Quiero amanecer con él. Por lo que tendrías que pasar la noche
a la intemperie. A menos, claro, que compartas la habitación con mi hermano…
-insinuó Romi.
-No me fastidies,
¿querés? Conformate con mi oferta -advirtió Sandra.
-¡Está bien, está
bien! Me portaré como una colegiala. A lo mejor -reflexionó- puedo quitarle a
Lucho las llaves de su cabaña… Porque dudo que se las dé a Mike si se las pide.
-¿Lucho tiene una
cabaña?
-Sí. Ese fue el
trato que hizo con Leonor. Él le planificaba el monte de frutales y ella le
pagaba con la casa que había desocupado el viejo guardaparques. Como a mi
hermano le pareció poco el precio que iba a pagar, ella le propuso que se lo
mantuviera tantos años como los necesarios para completar la tasación. Y el muy
honrado aceptó a cambio de atenderlo mientras ella viviera.
-¿La conocés?
-No. ¿No te dije
que nunca me invitó? Pero sé por papá que la recicló y la amplió, así cuando
viene los fines de semana se aloja en su propia casa.
Un golpe en la
puerta interrumpió la conversación.
-¿Puedo pasar?
-era Luisa.
-¡Sí! -dijeron a
coro.
La madre de Romi
inspeccionó el ambiente con aprobación. Era amplio y el mobiliario se adecuaba
al estilo del caserón. Se volvió hacia las chicas:
-Veo que han
estado chusmeando porque todavía no desarmaron las valijas. Pero podrán hacerlo
más tarde, porque ahora llegaron varios invitados y están disponiendo los
lugares en las mesas.
Las chicas se
aprontaron para salir. En la galería saludaron a los nuevos huéspedes y se
dirigieron hacia el predio adonde ya estaban sus compañeros de viaje. Romina se
emparejó con Mike, y Luisa y Sandra se acercaron a Rafael y Lucho que estaban
charlando con un hombre vestido al estilo gauchesco. El padre de Romi lo
presentó al grupo como Braulio, el capataz de la estancia. Después del saludo,
el encargado los invitó a que se acomodaran en la mesa que estaba ocupada por
Leonor y tres de sus parientes. Sandra quedó enfrentada a Luciano quien le
dirigió una mirada tan honda que le hizo apartar la vista. A Braulio, situado al
lado del joven, como a la dueña de casa no les pasó inadvertido el intercambio.
Conocían a Lucho desde que su padre lo llevara como ayudante al comienzo de la
carrera. En diez años lo habían visto recorrer las distintas etapas de la
adolescencia a las de una plena juventud. Mucho habían hablado de él con la
señora Leonor quien se asombraba de que el patroncito no tuviera hembra fija.
“Es un hombre estupendo, Braulio”, le decía. “Pero le falta la alegría del
amor”. Él pensaba que lo importante no pasaba por tener mujer fija sino que le interesaran
las mujeres, y ahora no le cabían dudas de que el muchacho se bebía los vientos
por la linda joven que tenía enfrente. Si los ojos de él buscaban y los de ella
huían, era seguro que todavía no se habían conocido como hombre y mujer, y a
juzgar por la tensión que había entre ellos se dijo que pronto lo concretarían.
Desvió su atención hacia el ayudante del asador que recorría con diligencia las
mesas para atender a los invitados y aceptó una porción del costillar que le
ofrecían.
Sandra volvió a
su departamento a las seis de la tarde. Tenía más de dos horas para preparar la
valija antes de que Luciano pasara a buscarla. A las ocho la había cerrado
dejando para último momento los productos de higiene personal que acomodaría en
un bolso por la mañana. El resto del tiempo lo pasó reflexionando sobre los
impensados sucesos de la tarde. Romi la había arrastrado a un reto que ella no
habría aceptado de haberlo conocido porque se tenía menos confianza que su
amiga. Abrió la caja y admiró el vestido perfectamente acondicionado para el
viaje. Se proyectó luciéndolo en brazos de Lucho y la sofocó la ola de
sensualidad que le despertó la imagen. El timbre la sorprendió. Tomó el bolso y
un abrigo ligero antes de atender.
-Lucho -respondió
la voz del hermano de Romi a su pregunta.- ¿Estás lista?
-Ya voy.
Lo vio mientras
bajaba los últimos escalones. Abrió la puerta y lo saludó con una sonrisa.
Subieron al auto que estaba estacionado frente a la puerta para dirigirse a la
misma parrilla cercana al edificio. Sentados frente a frente se miraron
satisfechos por la presencia del otro.
-Me estoy
acostumbrando a comer con vos -dijo el hombre fijando sus ojos en las pupilas
huidizas. -Podríamos establecerlo como una rutina -sonrió.
-Las rutinas aburren
-declaró ella con suficiencia.- Además, vamos a compartir las comidas durante
cuatro días, ¿no te parece bastante?
-Veremos -expresó
él sin comprometerse. Y cambiando de tema:- ¿Compraste tu vestido?
-¡Ah, sí!
-contestó Sandra sin poder contener la risa al recordar los detalles de su
adquisición.
-¿Qué es tan chistoso?
-preguntó él intrigado.
-A su tiempo te
lo contaré -dijo divertida.- ¿Cuántas horas de viaje hay hasta Arancibia?
-Entre cuatro y
cinco por la ruta nueva. La idea es llegar antes del mediodía para instalarnos
y compartir el asado de bienvenida. Intuyo que será un fin de semana especial
-pronosticó Lucho buscando su mirada.
Ella no se
abandonó. Aún no. Sin comentarios,
siguió comiendo conciente de ser observada por el estoico varón. Yo también lo intuyo, es más, lo deseo. Dos
veces estuve a punto de ceder a tu beso y me negué, porque sabía que de hacerlo
no habría vuelta atrás. Tengo tantas expectativas que me aterra que seas como
los demás. ¿O acaso lo que me aterra es que seas tan distinto que me precipites
en un abismo del que no pueda salir sin vos?
-… te van a
gustar.
-¿Eh? -sólo había
escuchado las últimas palabras absorta en su monólogo interno.
-Que tanto la
dueña de casa como los festejos y el entorno te van a gustar -repitió el hombre
con paciencia.- ¿A qué paisaje interior te retiraste? -indagó con una sonrisa
afable.
Esta vez no podía
disimular el rubor. Levantó la copa para ocultar, al menos, parte de su cara al
inquisitivo sondeo masculino.
-Pensaba en tu
monte de frutales -mistificó.- ¿Están todos los árboles florecidos?
-Casi todos están
adaptados para florecer en esta época. Espero que tu imaginación no supere mi
humilde trabajo -arguyó.
-No lo creo.
Romina me habló de cuánto te satisface esa obra.
-¿Y qué más te
dijo mi hermanita?
-Me pasó la queja
de que nunca la invitaste a visitarla…
-Era otra
presencia la que yo deseaba entre mis árboles -reveló Lucho con voz solemne.
-¿A quién te
referís? -preguntó, segura de la respuesta.
-A vos, bien lo
sabés -contestó bajamente.
Estoy coqueteando con él. Provocándolo para que
confiese que nadie le importa más que yo. ¿Y después? ¿Saldré corriendo para no
padecer una nueva decepción? Me parece que esta vez no, Luciano. Estás ocupando
demasiado espacio en mis pensamientos y la única salida es asumir el riesgo.
-Bueno -replicó
con displicencia.- Vas a matar dos pájaros de un tiro. Dejarás conforme a
Romina y me harás conocer tus frutales.
La contestación
del hombre fue interrumpida por el sonido del celular de Sandra.
-Disculpame
-pidió mientras atendía:- ¡Hola, Romi!
-¿Adónde estás?
-Terminando de
cenar. ¿Y vos?
-A punto de
acostarme. Mirá que mañana te pasamos a buscar a las seis. Mamá, vos y yo
viajamos con Mike porque papá y Lucho llevan un aparato de riego en la
camioneta. ¿Ya preparaste la valija?
-Ajá. Dormí
tranquila que estaré lista.
-Hasta mañana,
entonces. ¿Me pasás con Lucho?
Sandra se
despidió y le tendió el teléfono a su acompañante.
-¿Qué pasa,
aguafiestas? -saludó Luciano.
-Que papá me dijo
que no te olvidaras de poner la caja con los picos y los filtros sobre los
soportes. Y largala a mi amiga para que pueda descansar.
-¿Eso también te
lo dijo papá? -ironizó el hermano.
-Va de parte de
los dos, descerebrado, porque la vas a tener a tu alcance durante cuatro días.
-Gracias por
recordármelo, tesoro. Ya mismo la llevo a la cama.
-¡Si serás
estúpido…! -se indignó Romina, y cortó.
Luciano, riendo,
le devolvió el aparato a Sandra.
-¿A quién vas a
llevar a la cama? -preguntó ella con recelo.
-A vos, a pedido
de mi preocupada hermanita -declaró con naturalidad.
Sandra le echó
una ojeada esperando advertir un gesto de malicia, pero el rostro del joven
permanecía impasible.
-Tiene razón
-dijo por fin.- Es hora de retirarnos.
Lucho pagó la
cuenta y la llevó hasta su casa acatando el silencio en el que se había aislado.
Lamentó haber molestado a las muchachas pero la intrusión de su hermana disparó
la respuesta inconveniente. Y aunque debía reconocer que se adecuaba a su
deseo, a Sandra no la había complacido. Mala suerte, pensó. He perdido varios
puntos. Estacionó y ella estiró la mano para abrir la portezuela. Él la tomó
con delicadeza por el brazo para que se volviera y encontró un mudo reproche en
sus ojos.
-Lo que le
contesté a Romina fue un desplante pero no lo tomes como un agravio porque
constituye el supremo anhelo de mi vida -le aclaró el hombre con voz sofocada.
Sandra se desasió
suavemente y salió del auto.
-Hasta mañana,
Luciano -dijo cuando cerró la puerta. Entró al edificio sin volver en ningún
momento la vista atrás.
Él pegó un
puñetazo al volante cuando ella desapareció en la escalera. Se quedó un rato
con la frente apoyada sobre la mano y después arrancó. Se sentía doblemente
idiota. Primero se había excedido con su hermana. Después le había confesado a
Sandra las ganas de acostarse con ella como si fuera la única aspiración para vincularse.
Por ahora es la principal, admitió, pero no la única. Guardó el auto y dejó
acomodada la caja en la camioneta. Después subió a su dormitorio y se dispuso a
dormir.