jueves, 28 de noviembre de 2013

VIAJE INESPERADO - XIX



—Creo que Leonora se indispuso porque la contradije —comentó Marcos preocupado.
—Es posible, hijo —coincidió Arturo—. Ella está convencida de que hay un complot contra su amiga y descree de la idoneidad de Matías.
—Racionalmente, papá, nada indica una conspiración para privar a Camila de sus derechos. Los antecedentes familiares son determinantes para aceptar que tuvo una crisis como explicó Matías.
—Leo se tranquilizaría si otro médico coincidiera con el diagnóstico —intervino Irma.
—Posibilidad ilusoria siendo su pariente un psiquiatra reconocido —aportó Marcos.
—Como habrán observado —tomó parte Antonio— mi contacto con la vida al aire libre es precario, no así con las actividades nocturnas. Ello me ha valido algunas amistades que podrían ayudar en este caso. El hijo del ministro de salud de la provincia es mi amigo y no me negará su colaboración. Mañana me comunicaré con él y veremos si puede terciar para que Camila sea examinada por otro profesional.
—¡Eso sería excelente, Toni! Si otro psiquiatra concuerda con el dictamen, le bajaría la ansiedad a tu hermana.
—Y a uno que yo me sé —dijo Arturo mirando a su hijo con sorna.
Antonio no pudo evitar una risa divertida. Marcos ignoró el comentario de su padre aunque coincidiera con su apreciación.
—Imaginemos por un momento que la suposición de Leo es verídica —arriesgó Toni— ¿qué motivaría a tan reconocido profesional precipitar al paciente en un cuadro sicótico?
—Algún interés personal —opinó Irma.
—Impedir que la chica se haga cargo de la herencia. Es muy claro —afirmó Arturo.
—Lo que no me cierra es que corra semejante riesgo cuando sus ingresos superan el rendimiento que podrían tener los campos —refutó Marcos—. No obstante, para no descartar la intuición de Leonora, propongo abocarnos a obtener algún tipo de información —se dirigió puntualmente a Irma y Arturo.
—¡Contá conmigo, Quito! —se pronunció la mujer.
—Yo me voy a dar una vuelta por el boliche —decidió el padre—. A esta hora estarán entonados y será fácil tirarles de la lengua.
—Llevate la camioneta —indicó Marcos—. Después nos pasás a buscar.
—De acuerdo —Arturo se levantó y salió a cumplir su cometido.
El bodegón estaba a unas diez cuadras atravesando la ruta. Estacionó el vehículo a la entrada e ingresó al local. El primero en verlo fue Saverio, el dueño de la taberna, acomodado tras el pringoso mostrador.
—¡Don Arturo! ¿A qué debo el placer de su visita?
—Extrañaba tu impoluto salón —contestó con una carcajada que su par imitó.
—¿Qué va a tomar?
—Una ginebra, y mandale una ronda de mi parte a los amigos que hace tanto no veo —saludó con un gesto a los hombres que ocupaban una mesa y que le devolvieron el ademán. Si Saverio fallaba como informante, alguno de los parroquianos podría tener algún dato esclarecedor. 
El dueño del local entregó el pedido en la mesa y, al volver, abrió el camino a la confidencia: —¿así que la Camila se desgració como su madre?
—Parece. Pero Matías la tiene bien cuidada. No cualquiera se preocuparía de un pariente que nunca los vino a visitar. ¿No creés…? —dejó la pregunta en suspenso.
El hombre agachó la cabeza en actitud de meditar. Arturo no lo apuró. Los lugareños tenían sus tiempos y él los conocía. Al cabo, como conspirando, habló en voz baja.
—Don Nicanor fue poco cuidadoso con su testamento. Doña Teresa lo leyó antes de que se lo llevara a López y le dio un soponcio. ¡Imagínese! ¡Fuera de la casa donde nació! —lo miró esperando que compartiera su arrebato.
—A ver, Saverio —dijo con parsimonia—, ¿qué decía el testamento para sacar a Teresa de la casa?
—Que todo iba a parar a la Camila. Los campos y la casa.
—¿Y vos cómo te enteraste?
—Por la Mercedes que estaba de limpieza cuando doña Teresa apareció descompuesta en el comedor. Lo llamó a don Nicanor y él, al doctor. Cuando la señora se recuperó, la Merce estaba lustrando el pasillo. Doña Teresa le contó al doctor que su hermano le había dejado a Camila toda su fortuna, incluida la casa. La Merce no pudo escuchar más porque el doctor cerró la puerta del dormitorio. Entonces ella siguió con la oficina de don Nicanor. Él salió con un sobre grande, subió a la rural y se fue sin preguntar siquiera por su hermana.
Un compartido silencio se instaló entre los hombres. Arturo iba sintetizando la información. Era Teresa la que leyó el testamento y se lo comunicó a Matías… Sin duda ser arrojada de la casa fue lo que más la impactó, porque esa figuración postergó la revelación de la verdadera noticia: la filiación de Camila. Se lo debe haber dicho después de cerrar la puerta, caso contrario sería vox populi en el pueblo. Ahora falta relacionar este descubrimiento a la repentina descompensación de la heredera.
—Con lo que gana Matías como médico, podría comprarle la casa a Camila —opinó a la postre—. En cuanto a la tierra, no creo que le interese explotarla.
Saverio volvió a bajar la cabeza. Arturo esperó.
—Por ahí andan diciendo que al doctor le gusta jugar. No hay semana que no vaya al casino de Victoria —dijo el cantinero—. Pero a lo mejor son habladurías de los peones, porque a ninguno le da la paga para entrar a ese lugar. Oyen los comentarios de los patrones y se los pasan entre ellos. Y ya sabe… de una migaja hacen un pan.
—Aunque también dicen que cuando el río suena, agua trae —incitó Arturo.
Saverio señaló: —Usted conoce a don Hernández. Su capataz fue el que desparramó el cuento… —dicho lo cual, calló.
Silva padre hizo un gesto de asentimiento, bebió su ginebra y poco después se despidió del tabernero y de los hombres que prolongaban la tertulia. Hora de pasar a buscar a los muchachos, se dijo. Mañana iría a la hacienda de Hernández. Tal vez el rompecabezas se completara.
∞ ∞
Irma se ocupó de la cocina sin permitir que Marcos ni Toni ayudaran. Les pidió que se acomodaran el la sala mientras ella concluía la limpieza. Después sirvió café y unas masitas que compartió con ellos.
—Nana —pidió Marcos—, asomate para ver si Leo necesita algo.
La mujer asintió y, mientras caminaba hacia los dormitorios, se congratuló por el interés que su Quito exteriorizaba hacia la muchacha. Ella le había caído bien y estaba segura de que sería la pareja ideal para su ahijado. Abrió la puerta de la habitación con sigilo para no interrumpirle el descanso y esperó a que sus ojos, enfocados en la cama, se adaptaran a la penumbra. Primero pensó que a su vista gastada le costaba reconocer el relieve de la figura que suponía acostada; después, agitada, encendió la lámpara que colgaba del techo para descubrir la cama perfectamente tendida como estaba por la mañana. Caminó por el pequeño cuarto alrededor del lecho y entró al baño con agitación, temiendo encontrarla descompuesta. Regresó aturdida al comedor y se paró delante de Marcos buscando la manera de comunicarle la desaparición de la joven. Él se incorporó de un salto al ver su rostro demudado.
—¿Qué pasa, Nana?
—Leo no está —dijo con voz estrangulada.

lunes, 25 de noviembre de 2013

VIAJE INESPERADO - XVIII



Los comensales se anunciaron al tiempo que Leo sostenía la asadera caliente controlando la cocción. Sopló para apartar un mechón rebelde que le entorpecía la visión, cuando una mano viril se lo acomodó detrás de la oreja.
—Estarías encantadora con una gorra de chef —afirmó el responsable de la gentileza.
—Sí —rió estremecida— y especialmente, higiénica —enfocó la fuente que estaba sobre la mesa y la señaló con un movimiento de cabeza—: ¿me la alcanzarías? —pidió.
Marcos se apresuró a colocarla sobre la mesada y no apartó los ojos de la joven mientras llenaba el recipiente con destreza. Cayó en la cuenta de que ambicionaba verla moverse por su casa tanto como la deseaba. Desde que la conoció, los lugares cotidianos y los sueños ancestrales cobraron un diáfano significado: quería construir con ella esa unidad malograda para sus padres por el aciago destino de su idilio. Al imperio de su aparición admitió el subterráneo temor a la temprana pérdida de la persona amada y descubrió, también, que estaba dispuesto a afrontar el desafío ante la oportunidad de un destino común. La fuerza de esta convicción le permitió comprender la fidelidad de su padre ante la compañera escogida; elección inexplicable para un hombre que debió hacer frente a la soledad en la plenitud de su vida.
Leonora terminó de acondicionar el plato principal y levantó la mirada hacia Marcos. La expresión de su rostro la conmocionó. Indagó en las pupilas del hombre y quedó atrapada en su brillo febril. Él recorrió el exiguo trecho que lo separaba de la mujer encadenada a sus ojos y se inclinó lentamente sobre la boca entreabierta que anhelaba besar. Las voces del resto de los ocupantes de la casa, acercándose a la cocina, los separaron antes de concretar la caricia. Ninguno evidenció darse cuenta del brusco alejamiento de los jóvenes, ni del rubor que teñía las mejillas de Leo, o del gesto contrariado de Marcos.
—¡Irma no nos mintió! —expresó Arturo—. Comida gourmet de manos de una exquisita cocinera —la abrazó y puso un beso sobre su frente.
—Irma es muy benévola —rió apoyada sobre el pecho masculino que ocultó su sonrojo. Se volvió hacia su hermano que la observaba con una sonrisa complacida—: ¡Estás rojo como un camarón! —apreció alarmada.
—El viento rural, chiquita. Ya me curtiré —dijo con despreocupación.
—Te voy a dar el filtro solar que llevaba para mis vacaciones. Al menos, evitará daños mayores —garantizó.
—Bueno, linda —aceptó Toni enlazándola por los hombros—. Me lo pondré para retribuir tu interés y para no desertar del trabajo.
—Si están listos, ya podemos sentarnos —ofreció Leonora tratando de que no trascendiera su urgencia.
Se ubicaron alrededor de la mesa y ella ofició de anfitriona. Mientras degustaban la entrada, Arturo le relató la charla con el escribano.
—¡Entonces mis sospechas estaban fundamentadas! —exclamó la joven.
—Tranquila, Leo —intervino Marcos—. Así Camila haya heredado todos los bienes de Nicanor, eso no es motivo para que Matías quiera perjudicarla. Aunque esté internada, él no puede apropiarse de su legado.
—¡Si Cami no se repone podrá ejercer una curatela como su pariente más cercano! —prorrumpió alterada—. ¡Y dispondrá a voluntad de su fortuna!
—Matías tiene la propia conseguida por su actividad profesional y estimo que no estropeará su reputación por apropiarse de los bienes de su prima —insistió Marcos esperando calmar la desconfianza de la chica.
Leonora se llamó a silencio al entender que su polémica con el hombre era infructuosa. Estamos en polos opuestos. Vos no querés aceptar la maniobra delictiva de este personaje al que no estimás pero que forma parte de tu entorno. Por más que a mí me sea antipático, todos los indicios apuntan a que atentó contra el equilibrio mental de Camila. Y si lo hizo es porque tiene interés en que no maneje su herencia. Cuando ella esté a salvo, será el momento de indagar el motivo. Miró el reloj de la cocina y se inquietó: eran casi las diez de la noche. Sirvió el plato principal acompañado por la ensalada y, al dar las diez y media, una observación de su hermano le permitió excusarse para abandonar la mesa.
—¿Qué te pasa, Leoncita? Te quedaste muy callada.
—Es que no me siento bien… —manifestó con una mueca dolorida.
—¿Fue por lo que hablamos? —irrumpió Marcos asumiendo la responsabilidad de haberla contrariado.
—No. Me duele el estómago y creo que me hará bien recostarme. ¿Me disculpan? —pidió con un mohín de justificación.
—Irma, acompañala —pidió su enamorado.
—¡De ninguna manera! —negó Leo—. Puedo llegar sola y cuando me acueste se me pasará —se dirigió a la mujer que la miraba preocupada—: más tarde te ayudo con la cocina —hizo un gesto de saludo en general y caminó hacia el dormitorio.
No bien ingresó al cuarto cambió su indumentaria y calzó zapatillas. Vació una mochila y la rellenó con un jean, una remera y un par de zapatos bajos. Iba a sacar a Camila de ese lugar y no quería perder tiempo buscando su ropa. Levantó la ventana cuidando de no hacer ruido y saltó al exterior. Se asomó a la habitación esperando que nadie la hubiese seguido y caminó en silencio hasta la esquina. El resto del camino lo corrió recordando la indicación de Cleto: a las once en punto. Cinco minutos antes, detuvo la carrera enfrente de la clínica para recuperar el aliento.

domingo, 17 de noviembre de 2013

VIAJE INESPERADO - XVII



Leonora le hizo una seña a Mario para que se acercara a la mesa.
—Mario —le anunció—, te quiero relevar como intermediario entre Cleto y yo así no te verás expuesto a ninguna presión de Marcos. Dame el número de teléfono para que lo agregue.
El muchacho observó dubitativo las firmes pupilas de Leo y no se animó a disentir.
—Indicame adónde puedo hacer una compra de víveres —pidió después de anotarlo.
—Hay un mercado en la intersección de esta esquina y dos cuadras paralelas a la ruta —señaló.
La chica se levantó, pagó el cargador y el café, y se despidió. Recién intentó comunicarse con Cleto cuando se instaló en el auto.
—Hola… —susurraron del otro lado.
—Anacleto, soy Leo, la amiga de Camila.
—¿Quién le dio mi teléfono? —sonó alarmado.
—Mario —dijo con determinación—. Para que nos comuniquemos directamente —dando por sentado la anuencia del enfermero, preguntó—: ¿Camila ha tenido alguna reacción positiva?
—Le estoy retirando la medicación en forma gradual para evitar un rebote. Esta noche le pasaré el informe. Mientras tanto no me llame si no es una urgencia porque estoy muy controlado.
—De acuerdo, Cleto. Esperaré tu llamado. Hasta la noche.
En el mercado compró carne, verduras y frutas porque deseaba retribuir a su anfitriona las atenciones que le dispensaba. Atendiendo a la cena con invitados, eligió dos botellas de buen vino y una torta helada. Irma estaba en la puerta charlando con un vecino cuando estacionó el auto. Entre los dos la ayudaron a bajar las bolsas.
—Hoy cocino yo —le anunció al acomodar las compras sobre la mesada.
La mujer aceptó la iniciativa de Leonora con una sonrisa y sin protestar.
—Mi especialidad es carne al horno con guarniciones y, para variar, acompañada con ensalada Waldorf —completó Leo.
—Nos vas a hacer adictos a tus ensaladas originales —enfatizó Irma—, aunque ahora vas a tener que conformarte con mi sencillo almuerzo.
—¡Qué son los mejores que he comido! —rió la joven abrazándola.
—Me parece que te estás poniendo mentirosa como Quito…
—Me ofendés, Irma. ¿Acaso tengo cara de embustera? —le preguntó con falso enojo.
Su anfitriona sacudió la cabeza divertida y después de varios menesteres se dedicó a preparar el refrigerio que ambas consumieron en medio de una charla cariñosa. Pasado el mediodía Irma le propuso tomar un descanso que Leo no consiguió disfrutar, pendiente de las alternativas que sugería su desbocada imaginación. Estuvo tentada de comunicarse con Cleto más de una vez y se abstuvo recordando su pedido. La ansiedad me mata. Tengo que hablar con alguien, de cualquier cosa, o me subiré al auto y hasta la clínica no paro. ¿Marcos…? ¡Sí! ¡Cómo quisiera apoyarme en vos! No. No debo involucrarte. Al final de toda esta historia te quedarás en Vado Seco y yo volveré a la ciudad. ¿Le irá bien a Toni? Si califica para el trabajo se tendrá que instalar aquí. Y yo seguramente vendré a visitarlo… Y te veré… Y…
El agudo timbre del celular la sobresaltó. Lo miró ante de atender. ¡Era Cleto!
—¡Hola! —respondió con agitación.
—Esta noche. El doctor vuelve antes de lo esperado —susurró el enfermero del otro lado.
—¿Cómo hacemos? —dijo Leo, sofocando otras preguntas que podrían perturbar al muchacho.
—La espero en la puerta a las once. El guardia estará haciendo una ronda. A las once en punto —reiteró y cortó la comunicación.
¿A las once de la noche? ¿Y cómo puedo esfumarme delante de los presentes? Fingiré una descompostura y me retiraré al dormitorio. Si alguien intenta comprobar como estoy ya me habré ido…
Los fantasmas de su mente la acosaron hasta las cinco de la tarde, momento en que Irma se levantó. Abrió su teléfono con gesto decidido: —¿Toni?
—¡Leoncita! Es un gusto escucharte tan seguido, hermana.
—¿A qué hora vendrán a comer? —se atropelló.
—No sé. Te paso con el jefe —resolvió Antonio, desconcertado.
—No quería molestarte… —murmuró cuando escuchó la voz de Marcos.
—¿Qué decís? Si sos un regalo inesperado —la cortejó.
—Quería saber si pueden venir a cenar a las nueve.
—Si es porque me extrañás, estaremos a las nueve en punto —aseguró en tono risueño.
—Es por la comida que voy a preparar —se disculpó, molesta por la trivial excusa.
—Ah… Por un momento aluciné en que me echabas de menos —jugueteó.
Leonora no estaba de ánimo para alentarlo.
—¿A las nueve en punto? —insistió remedando a Cleto.
—A sus órdenes, señora —esta vez se expresó con seriedad.
—Chau, entonces —se despidió y cortó la comunicación.
Se afanó en la cocina y a las ocho ponía la carne con sus aderezos al horno. La dejó bajo la supervisión de Irma y se fue a bañar y alistar para la cena.

viernes, 8 de noviembre de 2013

VIAJE INESPERADO - XVI



El gesto compungido de Mario cuando la vio entrar lo decía todo. Antes de que pudiera saludarlo, el muchacho tartamudeó: —¡Leo! Lo… lo siento. No fue mi intención… pero…

—Tranquilo, Mario —lo calmó—. No pasó nada. Vengo a buscar un cargador para mi celu. ¿Tenés alguno que sirva? —dijo exhibiendo el aparato.

—Sí. Hay uno universal —sacó una caja de la estantería, la abrió y conectó el teléfono—. Mientras se carga, te alcanzo un café ¿querés? —ofreció obsequioso.

—Sí. Gracias —aceptó y se dirigió a una mesa.

El joven le acercó la infusión y enchufó el celular en una toma cercana, de tal modo que media hora después se comunicaba con su hermano.

—¡Hola, Leona! —la saludó con el apelativo que usaba para hostigarla pero que esta vez sonó cariñoso—. ¿No era que tenías el aparato fuera de combate?

—Lo estoy cargando. ¿Adónde estás?

—Intentando ponerme al tanto de mi nuevo trabajo. No quiero dejarte mal, hermanita —acotó.

—Hacelo por vos. Estoy segura de que no vas a desaprovechar esta oportunidad —argumentó convencida, y con acento cómplice—: ¿te resulta muy complicada la tarea?

—Tengo los mejores maestros. Ya te contaré esta noche. ¿Vos, cómo estás?

—Bien. ¿Nos vamos a ver esta noche?

—Así parece. Te paso con Marcos para acordar. Chau, Leo.

—Chau… —murmuró.

—Buen día, Leonora —la voz grave del hombre la turbó.

—Hola, Marcos —se repuso y preguntó con inflexión risueña—: ¿Qué posibilidades tiene el alumno?

—Me sorprende. Creo que avanzará muy rápido a juzgar por su entusiasmo. Avisale a Irma que cenaremos en su casa, así podrás charlar con tu hermano —y en tono más intimista—: ¿Cómo pasaste la noche?

—Como pude —contestó evasiva.

—Leo… —pronunció como una caricia—, ¿acaso no confiás en que pueda ayudarte?

—No es eso. Es… que no soporto la incertidumbre. ¡Pero no me hagas caso! —se apresuró a tranquilizarlo—. Ya me estoy reponiendo.

—Quisiera verlo —deslizó él con recelo; y, como si presintiera que no estaba en casa de su nana—: Hablaremos más tarde. ¿Me das con Irma?

—Estoy en la estación de servicio —dijo al fin.

—¿Tan temprano?

—Vine a comprar un cargador para el celular —decidió que no quería contestar más preguntas—. Corto porque se está agotando la batería. Nos vemos —se despidió y cerró el aparato sin escuchar la respuesta.

Marcos le estiró el teléfono a Toni con expresión pensativa.

—¿Pasa algo? —preguntó el muchacho.

—No sé… —sacudió la cabeza— tal vez son aprensiones mías—. Espoleó su caballo y manifestó—: Sigamos.

Antonio se emparejó con él y continuaron controlando la integridad de los alambrados.

∞ ∞

Arturo había acordado reunirse con el escribano López a las nueve de la mañana. Lo esperó en la confitería que estaba enfrente del despacho. Esa mañana había arribado a la estancia el hermano de la muchacha que su hijo pretendía; él esperaba que la buena predisposición de Antonio cubriera las expectativas de Marcos. A ambos los beneficiaría tener una persona competente y de confianza. La aparición de López interrumpió su cavilación.

—¡Buen día, Arturo! —saludó el profesional ofreciéndole la diestra.

—¡Buen día, Andrés! —se incorporó tendiendo la suya.

Después de estrecharse las manos, quedaron ubicados uno frente a otro.

—¿Qué vas a tomar? —le preguntó al escribano.

—Un café grande y tres medialunas. Todavía no desayuné —explicó.

Arturo hizo una seña a la camarera y ordenó el pedido. Esperó a que lo acercara antes de hablar con López. Se conocían desde niños y se respetaban mutuamente. Si Andrés conocía el contenido del testamento, se lo revelaría.

—Comé tranquilo mientras te pongo al tanto de los motivos de este encuentro —le dijo.

El hombre asintió con un gesto y escuchó, mientras daba cuenta del refrigerio, la historia de las amigas desencontradas por el repentino cuadro sicótico de Camila, convocada a la lectura del testamento de Ávila. Como pensamiento propio, expuso la conjetura de que esta descompensación estuviera provocada por el tenor del legado.

López había terminado la ingesta antes de que Arturo finalizara el relato. Se inclinó sobre la mesa para acercarse a Silva y expresó en voz baja: —Imposible. Nadie más que yo conoce las cláusulas del testamento. Y te aseguro que son del todo favorables para Camila Ávila.

—Su amiga la invocó con ese apellido, seguramente para centrar la atención en Camila, pero ambos sabemos que su padre era Ramos.

—Craso error, amigo —cuchicheó Andrés con una mueca de suficiencia—. Camila es Ávila de padre y madre. Nicanor la reconoce en su testamento y la declara heredera de todos los bienes. También dejó una carta lacrada que solo a ella está destinada.

—¿Alicia y Nicanor…? ¡Le doblaba la edad! —le sorprendió su tono de censura.

—Fue una pasión reprobable desde todo punto de vista, pero inevitable. A pesar de su carácter introvertido, Nicanor y yo teníamos una relación amistosa. Fui su confidente cuando Alicia quedó embarazada y más tarde lo asesoré cuando dispuso de sus bienes —hizo una pausa y afirmó—: Se querían, Arturo, pero Nicanor sabía que Alicia no resistiría el escándalo social ni la condenación de su madre.

—¿De modo que sentenció a esa pobre chica a casarse con otro?

—Fue una alternativa acordada. Por ese entonces Pablo Ramos había instalado su empresa de bienes raíces en el centro y cortejaba a Alicia. Él deseaba conectarse con las familias destacadas del pueblo y ella, calculo, lo usaba como pantalla para ocultar el vínculo prohibido. La boda se decidió de súbito, y aunque Dora sospechara de la posible preñez de su hija, resolvió disimularlo porque el responsable cumpliría con su obligación. Camila nació antes de los ocho meses y como fue un bebé muy pequeño que pasó varios días en la incubadora, no generó ninguna murmuración.

—No tuve mucho trato con Nicanor —reconoció Arturo—, pero no comprendo como pudo desentenderse de su hija y de la mujer que decía amar.

—Era un tipo muy especial y le costaba expresar lo que sentía —coincidió Andrés—. Además, por pertenecer a una generación de acendrados conceptos morales, vivió con culpa la relación con su sobrina. Tal vez ese sentimiento lo alejó de su hija y acentuó el trastorno psicótico de Alicia.

—Caro lo pagó, por cierto —discurrió Arturo—. Separado de su mujer y excluido de la crianza de Camila. Debió ser una experiencia muy dolorosa.

—Tanto que lo fue marchitando por dentro acentuado por la temprana desaparición de Alicia en un accidente que, se rumoreó, provocó ella. Dora murió dos años después y Teresa se hizo cargo de la niña. Consagrada como estaba a Matías, poco tiempo le dedicó a la pequeña. Una de las mujeres que más tiempo pasó con ella fue la madre de Anacleto.

—Hubiera sido la oportunidad para que Nicanor forjara un lazo con la niña —estimó Arturo.

—No sé —dudó López—. Para él la destrucción de su pareja estaba relacionada con la concepción de Camila.

—¡Qué pedazo de miserable! ¿No se le ocurrió usar un forro antes de repudiar a su hija? —dijo Arturo indignado.

Andrés hizo un gesto con las manos como disculpándolo: —Ése era Nicanor. Trató de compensar con la carta y el testamento.

—¿Quién más conocía el legado?

—Yo y los testigos, que son mi mujer y mi hijo. Es un testamento ológrafo que está guardado en mi caja fuerte ensobrado y lacrado —lo miró con prevención—: ¿No dudarás de la discreción de mi familia?

—Jamás se me hubiera ocurrido. Pero si Leo tiene razón, alguien más lo leyó —consideró Arturo.

lunes, 28 de octubre de 2013

VIAJE INESPERADO - XV



Irma y Arturo se distrajeron limpiando la cocina y esperaron con paciencia el regreso de la pareja que apareció a la hora, con una torta helada. Los mayores charlaron de cosas intrascendentes ante el sosegado mutismo de los jóvenes y después de consumir el postre, padre e hijo se despidieron.
—Me voy a acostar, Irma —anunció Leo—. Estoy muy cansada.
La perceptiva mujer interpretó, sin otra aclaración, que la muchacha no estaba de ánimo para las confidencias.
—Sí, querida. Ha sido un día agotador para vos —se acercó para abrazarla—. Que no te agarren los monstruos, como le decía a Quito —sonrió.
La chica, agradecida, prolongó el abrazo y la sonrisa.
∞ ∞
—¿Me querés explicar esa patraña del helado? —dijo Arturo camino a la casa de su hijo.
Marcos rió sueltamente. Esperaba el interrogatorio de su progenitor. Le contó a grandes rasgos la maniobra en la que se había involucrado Leonora y su decisión de respaldarla.
—Pensar que hace un rato te tildé de criterioso… —se lamentó Arturo—. Me temo que esa muchacha te ha sorbido la cordura junto con el seso. ¿Calculaste el escándalo de ser sorprendido?
—Si voy a participar, viejo, será para evitar un descalabro. No quiero que ella corra ningún riesgo.
—Te confieso que este asunto me está intrigando. Mañana me voy a llegar a la escribanía para ver si López sabe algo del testamento.
—Buena idea. Cuanta más información tenga, mejor la voy a poder ayudar.
∞ ∞
Toni no dejó de pensar, mientras acortaba la distancia a Vado Seco, en el desafío que se había impuesto. Era una oportunidad inesperada en esa vida sin esfuerzos que se había construido al amparo de un padre tolerante con su indolencia y, reconocía, exigente con Leonora. ¡Leo…! Como hermano mayor no había estado a la altura de las circunstancias. Evocó a la delicada pero enérgica mujercita que defendió con entereza sus ideales, aún renunciando al bienestar que le ofrecía su padre a cambio de someterse a su mandato. No se había dado cuenta de cuánto le importaba hasta que se enfrentó a su potencial desaparición. La buscó no solo para calmar la inquietud de sus progenitores sino la culpa de no haberle demostrado a tiempo su cariño de hermano. No iba a desaprovechar esta posibilidad, decidió.
A las ocho de la mañana estacionó el auto frente al casco de la estancia. Marcos lo estaba esperando y lo recibió con un firme apretón de manos.
—Puntual, amigo mío —señaló con una sonrisa—. Habla mucho a tu favor.
—Podrás descartarme por lelo —replicó Antonio—, no por informal.
—¡Ja! Acordate que me la jugué por vos —bromeó Marcos—. Bajá tus pertenencias para acomodarlas en el dormitorio —indicó.
Cargó una de las dos valijas y lo condujo hasta una habitación de la planta alta. El recinto era espacioso y el mobiliario satisfacía las necesidades propias del descanso y el esparcimiento. Después de dejar las maletas sobre la cama, Toni inspeccionó a su alrededor. La puerta con un rectángulo vidriado daba cuenta del baño. Sobre la pared, la pantalla de plasma. Bajo la misma, el reproductor de DVD. Al final del reconocimiento, admitió que el pequeño escritorio era ideal para su notebook. Marcos respetó en silencio la exploración al cabo de la cual sugirió: —Instalate tranquilo. Al mediodía almorzaremos acá y a la noche con tu hermana. Podés tomarte el día para descansar y comenzar mañana.
—¡De ninguna manera! Ya estoy listo. Desarmaré las valijas a la noche.
Su empleador hizo un gesto de asentimiento y abandonó el cuarto seguido por el joven. Al pisar la planta baja, descolgó dos sombreros gauchescos y le ofreció uno.
—Vamos a estar a la intemperie. Te evitará insolarte.
Toni lo aceptó con una sonrisa y se lo calzó no bien salieron. Subió a la camioneta decidido a forjarse su futuro.
∞ ∞
Leonora se revolvió en la cama intentando conciliar el sueño. Un vistazo al reloj le dijo que eran las seis de la mañana. Evocó la sensación de desamparo que la embargó ante el fastidio de Marcos y el sosiego que le transmitiera su abrazo vehemente. También ella era lábil a la presencia del hombre, aunque deseaba haberlo conocido en otra circunstancia. ¿Qué diría Camila que soñaba encontrar en algún viaje el amor que tan esquivo les era? En este itinerario no programado parecía hasta profano un sentimiento nacido en medio de la desgracia. ¿Cumpliría Cleto con su palabra? Inmersa en el torbellino de interrogantes que no daban sosiego a su mente, se levantó a las siete. Media hora después, tras una ducha reparadora, ingresó a la cocina adonde ya la esperaba Irma con el desayuno listo.
—¡Hola, Leo! ¡Qué madrugadora! —observó la mujer.
Ella se acercó a saludarla con un beso: —Me desvelé.
Se sentó a la mesa en tanto Irma le preparaba una taza de café con leche. Se la alcanzó junto a unas tostadas.
—¡Gracias, Irma! Aunque debiera decirte nana, ya que me atendés como a tu Quito —dijo reconocida.
Su anfitriona sonrió y, por un momento, se abstrajo en algún recuerdo que pareció rejuvenecerla. Leo comió en silencio sin interrumpir la meditación, hasta que volvieron a enfocarla los ojos de su compañera.
—Dirás que soy una vieja chusma —le anticipó—, pero te voy a preguntar sin vueltas: ¿en qué andan Quito y vos? Y no me refiero a un romance… Aunque me gustaría —aclaró.
La joven sostuvo sin tensión la mirada grave de la mujer. Su interés era legítimo por haber prohijado a Marcos. En cuanto a ella, no podía menos que estar agradecida por haberle ofrecido su casa con generosidad. Además, se dijo, tal vez pudiera aportarle algunos datos más sobre Cleto, indagación que parecía riesgosa con Silva. Fue ordenada al relatarle desde la entrevista con el joven enfermero hasta el conato de enfrentamiento con Marcos que culminó con el compromiso de respaldarla. Claro que en este caso no le dio demasiados detalles. Irma la escuchó en silencio y se tomó tiempo para opinar.
—Te habrás dado cuenta de que Cleto es un muchacho muy especial —discurrió—, lo que me lleva a considerar hasta qué punto hay que fiarse de su juicio. Es probable que haya hecho un aprendizaje de las prácticas médicas porque, aparte de su tic, no hay nada que indique una deficiencia intelectual. Pero tendrás que estar alerta ante cualquier reacción inesperada y, por sobre todas las cosas, no desestimes la ayuda de Marcos.
—Estoy segura de que no me engañé por el entusiasmo de comunicarme con Camila cuando Anacleto me describió su propósito. Sonaba muy racional y se compadecía con mi sensación de que ella me había reconocido —sostuvo.
—No te cuestiono, hija —dijo Irma con humildad— solo espero que no se arriesguen demasiado.
Leonora tomó en cuenta el plural que utilizó la mujer. Era cierto que no tenía derecho a exponer a Marcos a una situación comprometida por lo que decidió, en ese momento, manejarse con autonomía para no trastocar el equilibrio de ese cosmos que habitaban el hombre y su Nana antes de su aparición.
—Quedate tranquila, Irma. No haré nada que perjudique a Marcos —afirmó con honradez—. Ahora voy a la estación de servicio a conseguir un cargador para mi teléfono. Si necesitás que te haga algún recado, decime —ofreció.
—No, querida. Gracias. Te espero para el almuerzo, ¿verdad?
—Como siempre —sonrió. Se acercó a la mujer y la abrazó—: Gracias a vos, Irma, por soportarme.
Irma la observó salir con esa viveza propia de un cuerpo joven. Algo se le escapaba en el diálogo que había cruzado con la muchacha. Ese imperceptible momento de vacilación que le hizo pensar en si había modificado alguna estrategia con sus sugerencias. Sacudió la cabeza para espantar lo que calificó como elucubraciones temerosas. Estaría atenta.

miércoles, 16 de octubre de 2013

VIAJE INESPERADO - XIV



Marcos pensó que, de no tener los brazos ocupados con la bandeja del postre y la caja de vinos, los hubiera estirado para atrapar a la adorable embustera que los recibió.
—¡Hola! —entonó Leo, y se hizo a un lado para que pasara.
Él se acopló a la sonrisa y le dirigió una mirada absorta al tiempo que entraba a la casa. Arturo fue más campechano; la besó en la mejilla y la enlazó por la cintura para ingresar a la vivienda. Después de saludar a Irma, pasaron al comedor y se ubicaron alrededor de la mesa. La cena transcurrió en medio de una charla amena y sin mencionar la circunstancia que retenía a Leonora en Vado Seco.
—Te voy a dar una noticia —le dijo Marcos—. Tu hermano aceptó el trabajo y mañana se instalará en la finca.
—Lo del trabajo lo sé. Me lo confirmó esta tarde. Aunque no aclaró que empezaba tan pronto —se dirigió a Arturo—: Espero que se esfuerce y no te ocasione disgustos.
—Superó el sondeo de Marcos —manifestó su padre—, y rara vez se equivoca.
Ella miró al nombrado con una mezcla de gratitud y escepticismo. Hurtó los ojos abrumada por el legible mensaje que le transmitían las pupilas masculinas.
Ahora no, se advirtió.
—¿Qué apostamos, incrédula? —le preguntó con una mueca risueña.
—Nada —respondió ofuscada—. Estaría dudando del criterio de tu papá.
Él mantuvo el gesto divertido buscando en vano la mirada esquiva. La actitud de la muchacha actualizó la confidencia de Mario. Tenía que indagarla a solas, libre de la interferencia de terceros.
—Leo —propuso—, ¿me acompañás a buscar helado?
—Bueno —asintió sorprendida por el repentino pedido.
Salieron ante la atónita mirada de Arturo e Irma.
—¿Quito se olvidó del postre que dejó en la heladera? —dijo la mujer, confundida.
—En otra ocasión pensaría que se llevó el postre consigo —rió Arturo—, pero Marcos es criterioso. Colijo que tiene que decirle algo sin testigos.
—¿Una declaración? —se ilusionó Irma.
—Alguna vez será, Irma —sonrió el padre de Marcos— pero ahora la chica está concentrada en recuperar a su amiga. Hay algo que se me escapa de esta repentina crisis de Camila y de la porfía de Matías para evitar el contacto entre las mujeres. Mañana voy a visitar a López. Si conoce algo relacionado con la muerte de Ávila y su testamento, me lo dirá.
—¿Usted cree que hay algo turbio?
—Estoy dando palos de ciego al relacionar el desapego de Camila con su familia, el requerimiento para asistir al entierro y el mandato de Nicanor para que presencie la lectura del testamento. Es posible que sean figuraciones mías, pero me voy a sacar la duda.
∞ ∞
Leonora permaneció en silencio esperando que Marcos iniciara la conversación. Intuía que la brusca invitación tenía un oculto objetivo que trascendía la compra del helado. Recorrieron varias cuadras hasta que el hombre maniobró para estacionar al borde de una acera. La calle iluminada no mostraba ningún negocio abierto lo que confirmó la suposición de la joven. Atisbó de reojo que él se volvía a mirarla.
—No voy a ir con rodeos, Leonora. Le sonsaqué a Mario el motivo de tu permanencia en la trastienda…
—¡Hiciste muy mal! —lo interrumpió—. Y él también por contarte… —dijo contrariada—. Era una charla personal con Cleto.
—Creo que entendiste mal, jovencita. Todo lo que te concierna es ámbito de mi incumbencia. Cleto es un buen muchacho pero personalmente adolece de cierta inestabilidad. Te pido que me pongas al tanto de lo que te confió en la reunión.
Ella lo miró con expresión huraña. Este sujeto que la interpelaba con timbre autoritario no condecía con el hombre sensible a sus encantos. Refrenó el impulso de negarse por no exponer al amigo de Camila.
—No creo que tengas derecho a interrogarme sobre asuntos privados aunque te agradezco la preocupación que manifestás por mí —expresó con un mohín de disgusto—. Anacleto no hizo más que confirmar mi sospecha de que el estado de Camila está inducido por el suministro de drogas.
Marcos la estudió con gesto escéptico: —¿Y quién se beneficiaría por mantenerla narcotizada?
—Matías —aseguró ella.
—A ver… A Matías no le conviene que Camila siga desconectada de la realidad porque impide la lectura del testamento. Aunque no goza de tu simpatía, no es motivo para sospechar de él —manifestó Marcos condescendiente.
—¿Adivinás por qué no compartí esta información con vos? —dijo Leo con frialdad—. Sabía que minimizarías mi presentimiento.
Marcos escrutó el rostro enfurruñado de la joven y lo avasalló el deseo de suavizárselo a besos. El enojo la hacía tan fascinante como el alborozo, aunque él no necesitara de ninguno de los extremos para codiciarla. Sintió que había extraviado el camino para ganar su confianza y ensayó otra actitud.
—Lo único que me importa es tu seguridad —formuló con vehemencia—. Quiero ser tu aliado, pero necesito saber qué te proponés para poder colaborar.
La franqueza de su declaración aplacó el malestar de la muchacha. Lo evaluó con formalidad hasta concluir en que podía referirle el plan concebido con el enfermero. Le relató la concurrencia de Matías al congreso, el intento de Camila de comunicarse con ella, la propuesta de Cleto para recuperar a su amiga del marasmo y el proyecto de verla antes del regreso del siquiatra. El hombre la escuchó sin interrumpir; al finalizar la exposición, la inquietó con un silencio que ella no logró dilucidar: ¿la consideraba totalmente loca o apoyaba su empresa?
—¿Te dijo Cleto cómo burlar la vigilancia? —preguntó a la postre.
—No tuvimos tiempo para hablar de eso —manifestó incómoda.
—Luis estará más atento que nunca ante la ausencia de Matías.
—Me imagino —frunció los labios con suficiencia—. Cuando Anacleto me ponga al tanto de su estrategia, te lo comunicaré.
Marcos miró con ternura a la muchachita irritada. Sabía que su interrogatorio la fastidiaba, pero tenía que confrontarla con la realidad. También estaba seguro de que era inútil oponerse a la decisión de infiltrarse en la clínica para ver a su amiga. No te dejes llevar por tu temperamento. Es mejor seguirle la corriente para que no te oculte ningún movimiento.
—De acuerdo —asintió—. Suponiendo que el proyecto de Cleto fuera inviable, buscaremos otra alternativa, ¿convenido?
—Está bien —dijo Leo con arrogancia—. ¿Me suena a menosprecio tu juicio acerca de la comprensión de Anacleto?
—Niña —reaccionó exasperado—, conozco al muchacho desde que nació y puedo opinar sobre su discernimiento con objetividad. Me concederás esta atribución —terminó con aspereza.
Ella le echó una mirada aturdida, conciente de que lo había ofendido. Se mordió el labio inferior y se empequeñeció en el asiento. Marcos se arrepintió de su arranque al ver la actitud contrita de Leonora. Acurrucada en un rincón, configuraba una imagen bella e indefensa que deseó consolar a fuerza de caricias. Su mano, desligada de la razón, se apoyó con delicadeza sobre la cabeza de la joven al tiempo que murmuraba una disculpa. Ese gesto disolvió la angustia de la mujer en las lágrimas que se había obstinado en reprimir desde el inicio del accidente de Camila. Volvió el rostro hacia la ventanilla para ocultarlas a la mirada del varón quien, sin poder contenerse, la encerró entre sus brazos. Leo se abatió sobre el estruendoso corazón de un Marcos compungido por haber desencadenado su llanto. La sostuvo contra él a la espera de que se calmara, reprochándose la torpeza de su proceder. Leonora se desahogó contra el pecho del hombre, abandonada a su protección a pesar de las rudas palabras. Se apartó con suavidad cuando se tranquilizó, aceptando el pañuelo que Marcos le alargaba.
—Perdoname… —murmuró—. Soy una desagradecida…
—¡No, Leo! ¡Perdoname vos! Debí comprender el delicado equilibrio de tu espíritu ante la repentina enfermedad de tu amiga, en un lugar desconocido y rodeada de extraños —manifestó con arrebato.
—Entonces… ¿me seguirás ayudando?
En la mirada de Marcos brilló la promesa de un pacto incondicional.