lunes, 17 de marzo de 2008

POR SIEMPRE - VIII

Cuando René cerró la puerta tras suyo, supo que no se detendría hasta conquistarla. Evocó la inquietud que lo acometió al momento del rescate cuando la sostuvo inerte entre los brazos. El relato detallado de Andrés no hizo más que acrecentar su interés por la joven poseedora de innatas cualidades humanitarias. Y ahora, el prodigio de su cuerpo en plenitud y la bella expresión de asombro, convirtieron el interés en certidumbre. A partir del abandono de su mujer, no le había faltado compañía femenina para atemperar su soledad, pero ninguna lo estimuló para la convivencia. Experimentó un escalofrío de voluptuosidad cuando imaginó a la muchacha, desnuda y con el pelo alborotado, en su cama demasiado espaciosa para uno. Avanzó por el pasillo buscando la salida de emergencia porque no quería cruzarse con Esteban y someterse a un interrogatorio. Desde el sector trasero del hospital, divisó la camioneta vacía y supuso que Jeremías, Andrés y el abuelo aguardaban en el edificio. Se acomodó en el borde de un cantero y encendió un cigarrillo. Esperaría un tiempo prudencial antes de ingresar de nuevo a la clínica y cuando la volviera a ver, acompañado de su familia, resolvería cómo actuar.

Con su padre muerto a temprana edad se hizo cargo del manejo de la finca guiado por su abuelo. Las rudas tareas agrarias anticiparon la maduración del carácter y los sentidos. Se casó a los dieciocho años con una joven que, estando en viaje de estudios, se encandiló con el precoz estanciero. A los diecinueve ya era padre. A los veinte, un separado más. Diana, su ex-mujer, no se había podido habituar a la vida rural ni a los tiempos de su marido, lo que unido a la depresión post parto, motivó el abandono de la residencia conyugal. Este acto definió el destino del hijo en disputa, y no las influencias y riqueza de don Arturo como se comentó en el pueblo. Con la sentencia a favor, René se dedicó a la crianza de Sergio y a la atención de la hacienda.

Diana, apartada de su hijo, se sumió en una aguda depresión. Después de cinco años de tratamientos e internaciones, comenzó a visitarlo. Llegó con una nueva pareja que había sido el factor predominante de su recuperación. Su ex-marido, libre de rencores, encontró natural acercarse amistosamente a ambos. Esta nueva relación enriqueció el desarrollo de Sergio que sumó dos cariñosas figuras parentales a su amado progenitor. Cuando se casó, tres emocionados padres fueron testigos de la emancipación de su joven hijo. Andrés vino al mundo dotado con tres abuelos, un bisabuelo y una integridad constitucional que los mimos excesivos no pudieron estropear. Las últimas generaciones de los Valdivia apenas salían de la adolescencia cuando adquirían deberes de adultos. René, a los cincuenta años, tenía un hijo de treintiuno y un nieto de doce.

Sergio tuvo la ventaja de contar con un padre joven que no necesitó de su auxilio para dirigir la hacienda. Para colaborar con su progenitor estudió Ciencias Agrarias, y para responder a su pasión, Veterinaria. A la sazón, era el asistente más idóneo que René pudiera desear. Después de un año duro de trabajo, se encontraba junto a su mujer disfrutando de unas vacaciones en Bahía. El avispado Andrés renunció al viaje para que sus padres “estuvieran de novios y le encargaran un hermanito” y para convencer al abuelo de que lo dejara participar en la carrera de obstáculos. El niño lo idolatraba y era el más receptivo de sus estados de ánimo. Cuando lo veía melancólico, trataba de distraerlo con su charla y esperaba una confidencia que demostrara la intuitiva sospecha de que el abuelo necesitaba algo más que la compañía de Ronco: una mujer que lo quisiera, lo abrazara y lo besara como su mamá hacía con su papá. Pensaba lo genial que sería tener un tío o tía más joven que él si su abuelo se volviera a casar. Muchas veces hablaba con Alejandra que, estando felizmente desposada, también se preocupaba por su hermano Julián. Ella opinaba que no había nada peor que despertarse a la mañana en una cama de una plaza. Había un alguien para cada quien y no ahorraba esfuerzos para descubrir al alguien de su hermano. Le había presentado tantas amigas que Julián amenazó con no visitarla más si no se sosegaba. Sólo eso detuvo a la hermanita.

Alejandra creía que René, a pesar de su fuerte carácter y sus seguras decisiones, era demasiado confiado con el sexo opuesto. Le contó que la noche del teatro estaba en el baño, cuando entraron la sobrina del intendente con otra mujer. Sin sospechar que uno de los compartimientos estaba ocupado, hablaron sueltamente. La mujer se deshacía en elogios acerca de René y de sus bienes. Y la sobrina del intendente exponía sin tapujos su decisión de conquistar a ese pueblerino. Bien valía la pena su fortuna, sin contar que era un hombre sumamente atractivo. Alejandra no pudo enterarse del final de la aventura porque Julián fue muy discreto, pero dedujo que no tuvo trascendencia porque la mujer volvió a su casa al día siguiente. Así que Andrés no quería que su posible abuelastra fuera como la sobrina del intendente. Él también se puso atento a las mujeres que se cruzaban en su camino. Las fue desechando por feas, gordas, antipáticas, desaliñadas, superficiales, renegadas de la naturaleza y los animales, demasiado jóvenes, demasiado viejas. Cayó en la cuenta de cuán difícil era la elección y creyó comprender la nostalgia del abuelo. En esta búsqueda despuntó su acercamiento al complejo mundo de relaciones entre hombres y mujeres.

Así como el abuelo era el paradigma del hombre que quería ser, sus padres eran el mejor argumento a favor de la pareja. Sólo añoraba poder compartir su bienestar con otros hermanos. Ignoraba que su madre no podía concebir más hijos porque padecía de una forma de hipertensión que los embarazos descontrolaban. A los catorce años pudo hablarlo con su papá, y admiró a la mujer que lo había traído al mundo poniendo en riesgo su vida. Este conocimiento canceló la deuda familiar y realzó el valor de su existencia.

Andrés vio acercarse a su abuelo y corrió al encuentro. Ya estaba aburrido de la espera y excitado por ver a Celina. René le revolvió el pelo cariñosamente y les dijo a don Arturo y Jeremías que ya podían acercarse para visitar a la joven. Buscaron a Esteban quien les refirió el encuentro de las dos amigas. Hacía casi una hora que estaban a solas y consideró que a la velocidad de comunicación entre mujeres ya se habrían puesto al día. Esta afirmación no contribuyó a la tranquilidad de René que se preguntaba si habría provocado una reacción en cadena. El médico los guió hacia la habitación. En la sala de espera encontraron a Alejandra y Julián, que debido a su intimidad con Esteban se habían negado rotundamente a retirarse sin conocer a Celina. Miraron triunfalmente a su pariente, sabiendo que ahora no podría negarles la entrada. El médico le propinó un coscorrón cariñoso a su mujer y especificó que primero entraría él para anunciar a los visitantes; que pasarían juntos y no se demorarían demasiado para no intimidarla y que recordaran que estaba convaleciente de una rigurosa exposición al frío. Todos asintieron y Esteban golpeó la puerta antes de ingresar. Julián y Alejandra habían saludado con alborozo a Andrés e interrogaron vivamente al chico sobre la afortunada aventura. El nieto de Valdivia se explayó sobre una Celina que había ascendido al Olimpo de sus dioses. No había mujer que se le comparara salvo su madre. Cuando relató la creatividad y el esmero que puso para proteger a los niños y al chofer, Alejandra no pudo evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas pensando en el riesgo que había corrido su hijo. Julián le pasó un brazo por los hombros y la acercó a su costado para consolarla. La puerta volvió a abrirse y el médico les indicó que pasaran.

Valdivia se rezagó mientras su cerebro giraba a mil revoluciones por minuto. Él se creía preparado para el reencuentro, pero ni siquiera imaginaba la reacción de Celina cuando lo viera. El primer encuentro que tan esclarecedor fue para él, pudiera producir un efecto contrario en la muchacha. Desde la habitación surgían voces y risas que daban cuenta del tenor de la reunión. Se acercó a la puerta y pudo ver a Celina, vistiendo un atuendo deportivo blanco y rojo que realzaba su figura y el color de su cabello. Se la veía reanimada y adorable mientras don Arturo sostenía sus manos al tiempo que le agradecía calurosamente su coraje. Andrés la miraba arrobado y Julián no parecía inmune a su encanto. Jeremías tenía una expresión de absoluta aprobación, por lo que René concluyó que debería sortear varios escollos antes de su definitivo acercamiento. Cuando Alejandra se acercó a la heroína del pueblo, Sofía lo distinguió y lo llamó a viva voz. Celina se volvió hacia la entrada y descubrió al hombre que creyó producto de su mente. Su mirada no reclamaba ahogarse en la suya, sino que la arrastraba hacia la nocturna corriente de sus ojos

sábado, 8 de marzo de 2008

POR SIEMPRE - VII

Celina, que no veía la hora de quedarse a solas con su amiga, le agradeció mentalmente al doctor cuando arrastró a María tras de sí. Esperaba que su compañera le ayudara a desentrañar el insólito momento vivido.

-¿En serio me perdonás? –dijo Sofía con expresión tan contrita que motivó la risa de Celina.

-¡En serio! Recién pensaba que si te hubieras quedado hubieras sido un lastre.

Sofía, previo mohín de reproche por la escasa consideración que implicaba el concepto, se unió a la risa de su camarada. Después, poniéndose seria, la abrazó y le pidió detalles del salvataje. Celina había empezado a vestirse con la misma indumentaria que llevaba cuando se bajó del ómnibus, la que alguien lavó y acondicionó hasta dejar impecable. Apretó el antebrazo de Sofía y le dijo:

-Eso, después… ¡No te imaginás lo que me acaba de pasar!

-¿Que jodida buena cosa te pasó? -la interrogó, con la fórmula cabalística de aventar las malas noticias.

-Que recién salía de la ducha envuelta en un toallón, cuando se aflojó y cayó al suelo ante la mirada de un intruso -susurró Celina como si hubiera micrófonos ocultos.

Sofía la miró incrédula y dijo: -¿Querés decir que un mirón se coló en tu habitación mientras te estabas bañando, como en Psicosis?

-¡Pero no! Yo lo autoricé a entrar -respondió Celina impaciente.

Su amiga, que entendía cada vez menos, repitió: -¿Vos lo autorizaste a entrar...? -un signo mayúsculo de interrogación flotó en la habitación.

-¡Porque creí que volvía María con la ropa! -contestó Celina tratando de clarificar el relato.

Con un tono que contradecía su discurso, Sofía intentó seguir el hilo de la conversación:

-¡Ah! Comprendo. Se hizo pasar por María. ¿Y cómo sabía que te iba a encontrar desnuda?

Celina gimió ante la derivación que tomó su sencilla confesión. Inclinó la cabeza y se tomó de la barbilla tratando de ordenar los pensamientos. Luego, levantó la mano derecha con el propósito de detener las deducciones de Sofía. Volvió a empezar, esta vez más serena:

-Desperté. Me ubiqué en el espacio. Vi a una mujer que dormía en un sillón. Me di cuenta que estaba en un hospital. Fui al baño. Hice pis y me lavé la cara. Quise ducharme. Golpearon la puerta. Era la mujer que dijo llamarse María y ser la esposa del chofer del ómnibus accidentado. Me abrazó. Me agradeció. Le dije que quería bañarme y necesitaba ropa. Me dijo que la iba a traer y que le iba a avisar al médico. Salió. Me duché. Me envolví en el toallón. Me sequé el pelo en la habitación. Tocaron a la puerta. Pensé: “¡María!” Grité: “¡Adelante!” El toallón se cayó. Miré hacia la puerta. Había un hombre. Me quedé helada. Se quedó pasmado. Dio media vuelta y se fue. Fin -la enumeración fue clara y precisa.

-¿Cómo era él? -fue la única ocurrencia de Sofía.

-No sé bien. Debía tener algunos años más que yo. Era alto, creo. Y más bien corpulento. No estoy muy segura… -dijo esto último en un murmullo.

Sofía percibió una cierta conmoción en su amiga. La miró afectuosamente y dijo:

-¿Tanto te gustó? -los matices de la voz invitaban a la confesión.

Celina se entregó sin recelos al llamado de la amiga:

-Parece una liviandad decir que un tipo me gustó después de verlo un minuto… Diría más que me impresionó. Y no porque me vio desnuda. No fue una situación premeditada. Pero sentí… -se detuvo buscando el término apropiado- me sentí absolutamente indefensa. Sí, indefensa y en manos de un extraño.

-¡Es emocionante! -dijo Sofía con un brillo excitado en los ojos celestes -¿Y no pudiste averiguar quién era? ¿No le preguntaste a María?

-¿Qué podía decirle? María, quiero saber quién es el hombre que me vio en traje de Eva. Consígame su teléfono y datos personales -interrumpió la ironía y dijo como si la observación de su amiga fuera pertinente -además, estaba con el médico.

¿El sujeto estaba con el médico? -dijo Sofía consternada.

-¡No volvamos a irnos por las ramas! -exigió Celina irritada por los malentendidos.- María estaba con el médico -concluyó con el tono cariñoso de siempre.

Sofía, que no se había acobardado por la reacción de la amiga, se burló de su propia torpeza:

-¡Entendí, entendí! ¡No me pegue, patrona de los deportes! -se cubrió la cara risueña con los antebrazos cruzados.

Celina no pudo contener la carcajada. Las payasadas de la amiga siempre la ponían de buen humor. Sintió que a pesar de los contratiempos la vida le ofrecía posibilidades insospechadas. Como ésta de haber sobrevivido a la inundación y comprobar que el instinto no le había jugado una mala pasada.

Sofía volvió a la carga:

-No podemos quedarnos con la intriga -dijo como si ambas fueran protagonistas del incidente.

-En este momento dudo si lo que pasó fue real o producto de mi mente calenturienta.- Y agregó con gesto compinche:- No te olvides que llevo casi un año de abstinencia.

Sofía abrió la boca para decir algo pero se detuvo con el ceño fruncido. Volvió a reír y acotó:

-¡Claro! ¡Me había olvidado del motoquero! -Ahora reían las dos compartiendo el recuerdo.

Celina, a continuación, le pidió a Sofía que le contara cómo había llegado hasta el hospital. La interpelada se explayó:

-Para empezar, debo decirte que en este pueblo hay un tesoro. ¡Hombres! Y muy seductores, contando al tuyo -la miró con intención y afirmó con descaro- Eso te gustó ¿Eh?

Celina, ante el pronombre posesivo, sintió que la sangre le subía hasta el rostro como el agua caliente en una cafetera. Quiso enojarse con Sofía pero reconoció que la acotación le agradaba. Se hizo la indiferente y no respondió al comentario.

Sofía prosiguió:

-Apenas llegamos al alojamiento, nos recibió el encargado. ¡Un churro bárbaro!, como diría tu madre. Cuando le relaté el accidente para explicar tu ausencia, me sometió a un arduo interrogatorio que terminó con la expulsión de los pasajeros y los encargados de la excursión. Yo me salvé porque ya me había llorado todo por haberte abandonado -hizo una pausa para mirarla con cariño- y ya conocés el efecto de las lágrimas sobre los hombres... Sobre todo si son sinceras –aclaró como si hiciera falta.

Celina preguntó con admiración: -¿El encargado los echó a TODOS?

-Bueno, él empezó el desparramo entre los choferes y la coordinadora. Después siguió el dueño del hotel –aclaró su amiga; y a continuación:- ¿Sabés que este hombre es un poderoso terrateniente y el abuelo de uno de los chicos? El organizó el rescate.

-Debe ser el abuelo de Andrés. El chico estaba decididamente convencido de que vendría a buscarlo. Te aseguro que esa confianza me dio fuerzas para no abandonarme. Lástima que sea un explotador –agregó pesarosa.

-¡Ah, no! El ‘a vos te saco’ aquí no vale -reaccionó Sofía- Entre ayer y hoy no escuché más que alabanzas sobre este hombre. Tendrás…- Celina no la dejó terminar:

-¿Ayer? ¿Quiere decir que dormí un día entero? -preguntó alarmada.

La amiga confirmó:

-Así es. El siniestro fue ayer. Yo llegué anoche y ahora son las siete de la tarde del día siguiente.

-¡Con razón me sentí tan relajada! -declaró Celina.- Volviendo al latifundista, seguro que debe ser tan dueño del hospital como del hotel -dijo convencida.

Sofía asintió con un gesto contrariado porque sabía lo difícil que sería aventar los prejuicios de su amiga.

-Aún así, prometeme que no lo vas a prejuzgar antes de tratarlo -le pidió con porfía.

-¡Vaya, vaya! Parece que el abuelo te pegó fuerte -dijo Celina divertida- Creí que los ancianos no encajaban en tu coto de caza.

Sofía soltó una risotada. Su amiga se llevaría la misma sorpresa que ella cuando conociera al anciano. Por consiguiente, no le adelantaría nada.

Celina insistió:

-¿No ves que si la clínica le pertenece, ningún empleado hablaría mal de él? Se juegan el puesto -dijo categórica.

-Me conformo con tu promesa de no prejuzgarlo -le recordó Sofía, testaruda.

La amiga inclinó la cabeza hacia el hombro y la miró con expresión burlona:

-¿Se armó un romance…? -dijo sugerente.

-Más quisiera. Pero mi intuición dice que sólo me ve con simpatía. Mira mis hermosos ojos celestes con cordialidad. -con un gesto de ostentosa auto conmiseración, agregó:- ¡Nada de querer ahogarse en ellos! ¿No es atroz?

Celina se reía con la dramatización. Como para consolarla, hizo un aporte:

-No creo que pierdas nada. A cambio del viejo rico, apuntá al conserje. Joven y churro como diría mi mamá. Y aunque no tenga plata, a vos no te hace falta -declaró sensatamente.

Sofía abandonó la postura contrita y participó con otra sugerencia:

-¡Brillante! En ese caso, vos debieras ganarte al abuelo. Tiene asegurado el futuro hasta el próximo milenio. Total, los viejos se suelen infartar en la luna de miel -le dijo con una exagerada mueca de cinismo.

-¡Aj! -profirió Celina- ¡No puedo creer que me propongas semejante asquerosidad! Seré pobre, pero tengo un estómago delicado -se cruzó de brazos y adoptó una pose ofendida.

Unos golpes en la puerta clausuraron el espacio lúdico. Las chicas volvieron a la realidad y Celina accedió por tercera vez:

-¡Adelante!

El médico con el pelo de carpincho entró y acercándose a la que llamaron Bella Durmiente, solicitó:

-Afuera está la familia Valdivia que quiere presentarte sus saludos. -Y agregó, como disculpándose:- Y mi mujer Alejandra, y mi cuñado Julián…

Celina y Sofía intercambiaron una veloz mirada. La primera, con una sonrisa inefable, respondió:

-Estaré encantada de recibirlos.

jueves, 28 de febrero de 2008

POR SIEMPRE - VI

Celina abrió los ojos tomando conciencia del estado relajado de sus músculos. "He descansado bien", pensó satisfecha. Se inquietó cuando no reconoció el lugar. Su mirada abandonó el techo desconocido hasta centrarse en la figura que estaba adormecida en un sillón enfrente de su cama. Era una mujer madura abandonada al descanso. Poco a poco fue recordando la tensa situación previa a su desmayo. Miró su vestimenta y cayó en la cuenta de que era una bata de hospital. Se incorporó despacio midiendo el esfuerzo. Su cuerpo laso iba respondiendo lentamente. Se sentó en la cama y la urgencia por ir al baño la asaltó. Se paró descalza apoyada en el lecho hasta que se aseguró que podía caminar sin desfallecer. Se dirigió despacio al cuarto de baño y después de satisfacer su necesidad giró hacia el lavatorio. El espejo le devolvió un rostro ojeroso rodeado de alborotadas mechas rojizas. La constelación de pecas que salpicaban el puente de su nariz y los pómulos parecían resaltar en la palidez de la piel. Abrió la canilla y se lavó las manos. Con agua fría refrescó su rostro y sintió que su mente se despejaba. “Necesito un buen baño”, se dijo. ¿Adónde habrían puesto su ropa? “Todavía debe estar mojada”, pensó. Unos golpes sobre la puerta la sacaron de su meditación. Abrió y se encontró ante el rostro alarmado de la desconocida, que mudó a jubiloso cuando la vio en pie.

-¡Por fin se despertó mi bella durmiente! -dijo eufórica y la estrechó contra su corpulenta figura.

Celina estaba confusa porque aún no entendía el entusiasmo de la mujer. Cuando pudo respirar, esbozó una sonrisa de agradecimiento y dijo:

-Gracias por el abrazo, pero me gustaría saber quien sos -las clases de gimnasia a personas de la tercera edad la habían acostumbrado a tutear a todos- y adonde estoy.

-Soy María -contestó.- La mujer del chofer que está vivo gracias a vos. Andrecito no se durmió hasta que nos contó todo lo que pasó después del accidente. ¡Todos los niños están bien y te vas a asombrar cuando veas cuánta gente te tiene que agradecer! -proclamó, y volvió a tenderle los brazos.

Celina se abandonó al apretón riendo. Cuando se separaron, le dijo:

-Me quiero dar un baño, María. Pero ¿qué me voy a poner? -el gesto de las manos con las palmas hacia arriba era elocuente.

María le hizo un ademán despreocupado. Le preguntó solícita:

-¿Estás segura de que te vas a arreglar sola? No te vaya a dar un mareo…

-¡No, no! -la tranquilizó- Estoy bien.

-Bueno, -dijo no muy convencida- en el baño hay toallas y toallones. Yo voy a llamar al doctor y vuelvo con la ropa.

Celina insistió:

-Estoy bien. No es necesario molestar a nadie.

María salió sin que la muchacha descifrara si la había escuchado o no. La ducha la llamaba. Cerró la puerta del baño y miró a su alrededor con detenimiento. Eligió un toallón y una toalla chica, para secarse el pelo. Abrió el agua caliente y cuando estuvo a su gusto, deslizó la bata hacia el suelo y se metió bajo el chorro. El recuerdo del frío y agotamiento pasados aumentó la sensación de placer que le provocaba el baño. Se demoró lavando con esmero su cabello y gozando los hilos cálidos que recorrían su espalda. Cerró la ducha y después de secarse se envolvió en el toallón. Escurrió el pelo con la toalla de mano y la enrolló en su cabeza. Ya en la habitación la desprendió para terminar de secarse el pelo. Estaba frotando enérgicamente su cabeza cuando escuchó que golpeaban la puerta. “¡María con la ropa!” -pensó complacida.

-¡Adelante! -dijo en voz alta.

Con los brazos todavía en alto, detuvo el movimiento. El toallón, que se había aflojado por las vivaces sacudidas, cayó a sus pies al mismo tiempo que advertía que no era María quien había tocado a la puerta. La turbación coloreó sus mejillas mientras, paralizada, exhibía su desnudez ante un hombre desconocido. En ese momento infinito observó que la sonrisa que ostentaba cuando ella levantó la cabeza, se había transformado en una sorprendida seriedad. Los ojos del hombre se habían oscurecido como si se resguardaran de un fuerte resplandor. Ante la parálisis de la mujer, recuperó el raciocinio y se volvió, saliendo al pasillo y cerrando la puerta tras él.

Celina sintió que las fuerzas la abandonaban. En cámara lenta flexionó las rodillas para agacharse y alcanzar la toalla que la había cubierto. Se tapó antes de levantarse y, con agitación, se sentó en la cama para reflexionar sobre el incidente. Estaba azorada por su falta de reacción. Ella, para quien el cuerpo humano era una síntesis de músculos que cumplían funciones específicas, no podía avergonzarse por haber mostrado de manera accidental la disposición de los suyos. En una ocasión, participando de un certamen de natación, había entrado por error en el vestuario de los varones. Muchos estaban desnudos después de haberse dado una ducha. Abrió la puerta, pensando que era el baño, y se armó un alboroto entre los desprevenidos hombres. Sin perder la compostura, les hizo un ademán de saludo, y salió riéndose. Fue un episodio tomado con tanta naturalidad que no le produjo ninguna molestia al volver a verlos durante la competencia. ¿Y ahora? ¿Por qué se había sentido tan expuesta? Sus pensamientos se agitaban por salir. Tiene que haber sido el médico. Pero no se hubiera ido. Hubiera salvado la situación como cualquier médico. Un chiste, una indicación, se hubiera presentado. No tenía bata blanca. Pero ahora muchos médicos visten de jean. Se fue porque no quiso avergonzarme. Pero los doctores no se asombran de un cuerpo sin ropas. Y ese hombre me miró como si fuera la primera vez que viera a una mujer desnuda. Qué mal comienzo. Es una lástima porque me gustó. ¡Qué tarada que soy, lo que estoy pensando! Si estuviera Sofía nos reiríamos juntas.¿Qué estará haciendo? ¿Se habrá apenado por dejarme sola? No puedo guardarle rencor. Todo terminó bien. No la veo quebrándose las uñas por aferrarse a un árbol. Hubiera tenido doble trabajo teniendo que sostenerla. ¿Volveré a verlo? Seguro que era un marido visitando a su mujer de parto. Aunque no se escucha el llanto de ningún bebé. ¿Desde cuándo estoy tan desesperada por conseguir un tipo que digo que me gusta aunque lo vi un segundo? Pero que segundo largo. Se me hizo una eternidad. ¿Y esa debilidad que me atacó? Ni siquiera con Jorge cuando nos acostamos la primera vez...

Dos golpes en la puerta la arrancaron de su abstracción. Esta vez preguntó:

-¿Quién es?

-María y el doctor -dijo la conocida voz.

Se acomodó el toallón para que le cubriera las piernas y contestó:

-¡Adelante! -mirando con aprensión la puerta que se abría.

María entró secundada por un joven de bata blanca, anteojos, estetoscopio colgado al cuello y pelo de carpincho. ¡Éste era el médico! Se acercó muy sonriente a Celina y le dio un beso en la mejilla.

-Ojalá todos mis pacientes me dieran la alegría de recuperarse tan rápido –le dijo con satisfacción mientras se sentaba en el borde del lecho.

Celina le sonrió al simpático doctor. Él continuó:

-Como padre favorecido, estaré siempre en deuda con vos –se puso solemne durante esta breve declaración. Después de una pausa, se incorporó.

-Acabo de echar a una horda de padres, parientes y amigos, entre ellos mi esposa, que pensaban abrumarte con su agradecimiento –la miró buscando su aprobación. Celina lanzó un ostensible suspiro de alivio.

-No vas a poder eludirlos –le advirtió,- pero con el abuelo de Andrés pensamos que una compañía conocida te haría muy bien hoy.

La joven fijó sus ojos abiertos en el rostro del médico. Éste sonrió y caminó hacia la puerta. María, desde que había entrado, sostenía la ropa entre sus brazos. Era evidente que no quería perderse ningún detalle. El profesional abrió la puerta y Celina pudo ver el rostro expectante de Sofía. La sonrisa se le disparó con espontaneidad. Abrió los brazos para recibir a su amiga que corrió para rodearla con la fuerza de su afecto. Sofía no soltaba el abrazo como para no mostrar su cara compungida. Se desligaron y dijeron al unísono:

-¿Cómo estás? -y una carcajada las acometió como si hubieran escuchado el mejor chiste.

La mujer del conductor miraba arrobada a las dos lindas muchachas muertas de risa. El médico desde la puerta sonreía abiertamente. Gesticuló hacia María para indicarle que abandonara la escena. Ella hizo un gesto sorprendido de entendimiento y salió con las prendas todavía en sus brazos. El doctor las señaló y volvió apresurada para depositarlas sobre el sofá. Se fueron, dejando que detrás de la puerta cerrada se apretara un lazo que ninguna coyuntura habría de aflojar.

domingo, 17 de febrero de 2008

POR SIEMPRE - V

Después de despedir a Valdivia y Sofía, Julián se apostó en la recepción para ultimar los trámites con los desalojados. No podía admitir la indiferencia de esa gente ante la fatalidad de otros semejantes. Había ordenado a los responsables de la excursión que abandonaran el hotel, más por preservarlos de la furia de René Valdivia, que por castigarlos. ¡No quisieran enfrentarlo si a su nieto le hubiera pasado algo! Tampoco le había hablado a su hermana. Sólo la hubiera contagiado de su inquietud. Su esperanza se sustentaba en el conocimiento del carácter de René. Ninguna tormenta le impediría acudir en auxilio de los niños. También estaba esa única pasajera que, con su actitud, se diferenció del resto de los turistas. Y su amiga, que estaba tan contrita por no haberse quedado. Él le creía, y no sólo por lo bonita que era. Estaba dispuesta a aceptar cualquier propuesta a fin de reparar su error. En el hotel, todos velaron aguardando noticias del rescate. Cuando se dirigió a la radio que lo conectaba con la estancia de Valdivia, Jeremías -el capataz- lo atendió y le dijo que su patrón había alistado tres lanchas hacía más de una hora. Como se mantenían en contacto por radio le pidió que dejara la frecuencia libre y le prometió que le avisaría ni bien tuviera nuevas de la batida. Julián se había despedido decepcionado. La inmóvil espera estiró los minutos en horas. Había deseado con fervor formar parte de la búsqueda. La carita de Pancho, su sobrino, se le aparecía sonriente como la noche anterior cuando lo había llevado a la dulcería para que pidiera los helados de fruta que tanto le gustaban. Ahora estaría en brazos de su padre. Su mente derivó hacia la persona del estanciero, ese digno heredero de los fundadores del pueblo. A medida que la estancia crecía, aumentaba el bienestar de los trabajadores. Se preocupaba por la educación y la salud. La hermana de Julián era una de las tantas becadas que una vez terminada la carrera, había decidido devolver su aprendizaje en la escuela del lugar. Tanto volvían hombres como mujeres. No iban a buscar un lugar mejor, sino a conocer otros lugares. Y, en general, el ambiente natal aventajaba la experiencia ciudadana. Así, Alejandra formó pareja a poco de regresar al poblado. Su cuñado Esteban era médico y engrosaba el plantel del hospital comunitario. A estas horas estaría cuidando a su hijo y a los accidentados. Salir en medio de la tormenta y la inundación era una empresa arriesgada, pero eso iba con la personalidad de René. Sobre todo, cuando estaba en peligro la vida. Hacía dos años que, en la crecida anterior, Valdivia salió con el personal de la estancia a recorrer los terrenos bajos en auxilio de los inundados. Desde la lancha vio flotar a un perro que intentaba desesperadamente llegar a la orilla. Jeremías le contó que René no vaciló. Se arrojó de la embarcación y nadó con furia hacia el animal. Lo sujetó como a un cachorro y se sostuvo contra la corriente hasta que pudieron izarlos hasta el navío. A partir de ese día el can era su más fiel custodio como si reconociera que le debía la vida. Lo apodó Ronco debido a su peculiar ladrido. En la finca había perros de pura raza y otros no clasificados, pero Ronco se destacaba por su adhesión a René. Dormía delante de la casa principal y lo esperaba todas las mañanas para acompañarlo adonde fuera. Valdivia estaba asombrado de la sagacidad del animal. Parecía comprender el sentido de todos sus mandatos. Se había convertido en su sombra, pero obedecía sin vacilación cuando le ordenaba quedarse. Si él estaba presente, nadie se acercaba a su amo sin pasar por el estricto control de su olfato. Le había ahuyentado varias mujeres como si adivinara que no serían una relación adecuada. René, hasta el momento, aceptaba con humor la descalificación. Julián había sido testigo de la última censura. Fue con motivo de concurrir a la ciudad para presenciar el estreno de una obra de teatro a cargo de jóvenes de la localidad. Después de la función, fueron todos a cenar. En el exclusivo restaurante coincidieron con el intendente quien los invitó a compartir la mesa. Julián se sentó enfrente de René, que tenía a su derecha a la llamativa sobrina del funcionario. Después que su hermana le comentó la charla que había escuchado en el baño, no pudo menos que convenir con Ronco. La mencionada dama se dedicó toda la noche a desplegar su maniobra de seducción con su vecino de mesa. Luego de copiosas libaciones Valdivia, que no era insensible, estaba absolutamente decidido a responder al cortejo de la mujer. Los invitó a tomar una copa a la hacienda, invitación que el intendente declinó explicando que por la mañana tenía una reunión. Dejó librado a la decisión de su sobrina aceptar el convite. La joven accedió con franqueza dedicándole a René una sugerente mirada. Valdivia extendió el ofrecimiento a Julián quien, para su sorpresa y sin duda debido a la ingesta de alcohol, aceptó en forma automática. Cuando arribaron a la casa, se toparon con la presencia del eterno guardián. Olisqueó a Julián y movió la cola en señal de reconocimiento. Ya la muchacha parecía inquieta por su imponente presencia. Dicen que los perros presienten a quien les teme, y que esa percepción los hace desconfiar. Se le acercó, y ella retrocedió. Un sordo gruñido resonó en el silencio de la noche. René se adelantó para regañarlo, pero Ronco lo eludió y se prendió de la irregular falda de la mujer. La víctima gritaba despavorida mientras Valdivia asía con fiereza al perro del cogote. Ronco se alejó gimiendo y taimadamente giró, amagando otro ataque que provocó en la mujer otro arrebato de histeria. Esta vez René le lanzó una patada que el porfiado esquivó, desapareciendo entre las sombras. El daño estaba hecho. La sobrina del intendente aullaba que quería volver a la ciudad y no aceptó ninguna justificación. Valdivia le hizo una seña a Julián para que lo acompañara. La joven se acomodó en el asiento trasero como si René se hubiera convertido en un indeseable. Éste se encogió de hombros y condujo en silencio hasta el centro. Cuando dejó a la mujer frente a la casa de su tío, ella se bajó sin despedirse y los ignoró mientras esperaba que le abrieran la puerta. En el momento que entró, Valdivia arrancó con la mesura de quien sabe que se ha excedido en los tragos. El viaje de regreso lo hicieron en silencio, salvo por algunos ataques de risa que acometían a René sin duda pasmado por la conducta de su perro. Lo dejó en la puerta de su casa y cuando Julián se volvió para despedirse, le dijo con esa sonrisa que ponía los pelos de punta a sus contendientes: "¿Sabés, Julián? Esta noche voy a matar a un perro". Antes de que Julián reaccionara, el auto se puso en movimiento. Hasta la próxima ocasión en que lo volvió a ver en la estancia, detrás de su dueño, no estuvo seguro del destino del animal. Esa noche no dejó de pensar en el incidente con los hermanos Alderete. La hacienda de Valdivia estaba transpuesta por el arroyo Ailin, afluente del Aucan. Este cauce complementaba el servicio provisto por la central hidroeléctrica de la ciudad en lo tocante a generar energía accesoria a través de una pintoresca rueda. Abastecía a la estancia, a los bebederos de los animales y a los canales de riego. Además, en varios tramos donde no era muy profundo, se convertía en balneario estival para los residentes. Desde que la familia Valdivia se asentó en la propiedad, había suscrito con las autoridades -del pueblo, primero; de la ciudad, después- un convenio donde se le otorgaba el usufructo del arroyo Ailin a cambio de contratar mano de obra entre los residentes del pueblo. Con el tiempo, los temporarios se afincaron en forma permanente en el barrio anexo a la hacienda. Al aumentar los habitantes fijos, el contrato se otorgó a perpetuidad. Los hermanos Alderete habían llegado hacía cinco años a ocupar las tierras de Bergara que René quería comprar. El propietario, por algunas disputas que había tenido con el abuelo de Valdivia, se negó a vendérselas. En ese terreno aparecía el Ailin a flor de tierra aspirando a ver la luz después de un largo viaje subterráneo. Concebido por el deshielo de los altos picos que resguardaban la estancia hacia el sur, la cascada de agua pura se precipitaba hacia las entrañas de la tierra para volver a emerger en el suelo controvertido. Los nuevos dueños instalaron una curtiembre provista por cazadores furtivos. Ese había sido el primer punto de conflicto, pues René no aceptaba la caza indiscriminada. Lo segundo, fue la contaminación del arroyo por derramar las sustancias químicas con que trataban las pieles. Cuando algunas personas y animales enfermaron, Valdivia agotó la investigación hasta averiguar en dos días el origen de la dolencia. El técnico ambiental le había alcanzado las conclusiones de los análisis atmosféricos e hídricos mientras estaba haciendo un control de la hacienda acompañado por Julián. Sin titubear, dirigió a su caballo hacia la propiedad de los vecinos. Julián lo siguió mecánicamente y se pegó a su montura cuando varios hombres intentaron detenerlos. René fue más rápido y desmontó de un salto a la entrada de la casa. El ruido alertó a los titulares que abrieron la puerta antes que Valdivia la tocara. En forma categórica los conminó a que cesaran de usar el arroyo como vertedero, porque ponían en peligro la vida de las personas y los animales. Los hermanos se miraron entre sí como si no pudieran creer que este hombre, sólo acompañado por un muchacho, estuviera planteándoles esa exigencia. Intercambiaron miradas con los sujetos que rodeaban a los intrusos. El más robusto de los Alderete se acercó a René casi tocándolo. La altiva mirada del desafiante lo hizo retroceder unos pasos. La contestación no tuvo la virulencia que anunciaba su acción preliminar. “Está usted en casa ajena, y aquí no permitimos apremios”. “Tengo derechos sobre este arroyo y no permitiré que ustedes lo malogren”, replicó René con tono amenazador. “Les doy veinticuatro horas para que anulen los desagües hacia el arroyo. En caso contrario, yo mismo lo haré”. Dio media vuelta y se subió a la montura. Quedaron los hombres tan consternados que no se escuchó ninguna refutación. Julián lo precedió en su frenética cabalgata hacia la estancia. Presenció como convocaba al capataz y a sus hombres y les planteaba el conflicto. Les dijo que estaban en estado de emergencia y no confiaba en las autoridades para resolver en forma expeditiva la crisis. Pidió voluntarios para acompañarlo al día siguiente a fin de verificar el desarme de las instalaciones o proceder a su desmantelamiento. Hasta Julián respondió a la elocuente arenga. Seleccionó a diez hombres entre los que se contaban él y Jeremías. Al mediodía siguiente, once hombres armados partieron en dos camionetas hacia la curtiembre. Seis individuos equipados con rifles custodiaban la tranquera que daba acceso al casco de la finca. René no dudó. Lanzó la rural sobre el portal y lo derribó. El otro coche lo siguió sin vacilar ante el desconcierto de los guardianes. Julián temió que abrieran fuego, pero era evidente que sólo tenían órdenes de impedir el acceso al campo. Estacionaron los vehículos ante la vivienda adonde los hermanos los esperaban con cuatro custodios más. Valdivia bajó seguido de Jeremías. Los demás voluntarios aguardaron adentro de las camionetas atentos al mandato de su jefe. Julián tenía grabado el momento en que René constató que los drenajes estaban intactos y giró hacia el hermano corpulento exhibiéndole esa sonrisa ajena a sus ojos. Sin pronunciar una palabra hizo un gesto a Jeremías quien lo trasladó al conductor del otro vehículo. Los ayudantes se apearon al instante sosteniendo sus armas de manera inequívoca. Los Alderete y sus secuaces parecían amedrentados por la actitud resuelta del pequeño ejército. Algunos hombres del estanciero montaron guardia frente a los curtidores mientras otros seguían a Valdivia y al capataz. Ante los irresolutos propietarios retiraron maquinarias de un galpón ubicado a un costado de la finca, y avanzaron sobre los cuestionados desagües. Esta acción los hizo reaccionar, pero de inmediato los resueltos pobladores los apuntaron con sus armas. Fue evidente que los Alderete evaluaron la determinación de esos hombres, porque frenaron a sus acólitos y observaron la destrucción de las instalaciones. Terminada la faena, René les advirtió que los acusaría por la epidemia y la contaminación de las aguas. Que fueran pensando en otra actividad porque no les daría respiro. Sin esperar contestación, subió a la camioneta mientras sus hombres se ubicaban en los vehículos. No descuidaron la vigilancia hasta que abandonaron los alrededores del predio adversario. Recién allí se escucharon exclamaciones de triunfo por el operativo exitoso. Valdivia bromeaba con Julián y Jeremías y se congratulaba porque la empresa hubiera resultado sin heridos ni duras confrontaciones. Discurrieron que, hasta que intentaran reconstruir los desagües, tendrían tiempo de obtener un recurso de amparo para salvaguardar la salud de hombres y hacienda. René cumplió su palabra. Los requerimientos judiciales impidieron que los manufactureros reanudaran la explotación. La reyerta concluyó cuando los malogrados pellejeros pusieron en venta las tierras. Fue tan generosa la oferta del rival, que hasta los hermanos Alderete firmaron satisfechos la transferencia de sus tierras al que llamaban “el loco del arroyo”.

martes, 5 de febrero de 2008

POR SIEMPRE - IV

El timbre del teléfono la sobresaltó. Atendió mientras su corazón bombeaba a toda prisa. Del otro lado, la voz de Julián le comunicó escuetamente que los accidentados y su amiga habían sido rescatados con éxito y derivados a la clínica del poblado. Ella le respondió que bajaría al instante. Tomó el abrigo que había dejado sobre la otra cama, se lo puso sobre los hombros y se dirigió a los ascensores. La impaciencia la hizo buscar la escalera. A medida que se acercaba al gran hall, escuchaba el murmullo de voces. Desembocó en la estancia y vio a los integrantes del contingente discutiendo vehementemente con un individuo de aspecto autoritario. Él impuso silencio con un gesto y dijo:

-Les repito que en este hotel no son bienvenidos. Deben bajar sus pertenencias para ser trasladados a otro alojamiento.

Un hombre obeso, al que Sofía reconoció como al abogado que ocupaba el primer asiento, se le puso adelante y le gritó:

-¡Yo de aquí no me muevo! Tendrá que llamar a la policía para desalojarme.

El dueño del hotel, sin alterarse, clavó la mirada en el provocador y replicó:

-Nada me gustaría más que dar a publicidad la cobarde actitud de ustedes. No sólo llamaré a la policía sino a toda la prensa que pueda convocar -y, como al pasar, agregó-. La nieta del comisario estaba en el ómnibus volcado y calculo que le darán la mejor oportunidad para arruinarles las vacaciones.

-¡No se atreverá!...

-Póngame a prueba -desafió flemáticamente.- Yo no los quiero hospedar, pero les ofrezco un alojamiento similar para que no pierdan la excursión.

Una llorosa mujer intervino.

-¡Señor, nuestra falta de reacción se debió al desconocimiento y al miedo! ¿Puede usted asegurar qué haría en esa contingencia?

El hombre le contestó con calma:

-Sí, señora. He afrontado varias contingencias. Pero mi conducta no es el mejor ejemplo. El modelo de ustedes debiera ser la joven que se bajó del ómnibus.

Se volvió hacia los reunidos y les dijo:

-Si no quieren aceptar mis términos, demándenme. Una sola queja los hará responsables a todos.

Dicho esto se dirigió, seguido por Julián, hacia una mesa ubicada en el ángulo de dos ventanales. Muchas mujeres lagrimeaban, no se sabía si por vergüenza o por bronca. Los expulsados se quedaron deliberando en voz baja y varios coincidieron en que irse era lo más conveniente. Por grupos se fueron alejando hacia los ascensores. Era evidente que la idea de ser expuestos al juicio popular los inquietaba. Todos volverían con sus valijas y firmarían la autorización para el cambio de hotel.

Desde su ubicación, Sofía buscó la mirada de Julián, insegura de su destino. Él se acercó y le dijo que la medida no la incluía por decisión del Sr. Valdivia. La condujo hacia la mesa y la presentó como la compañera de la providencial rescatista. La mirada escrutadora del hombre la hizo sonrojar. Él le tendió la mano, le dio un apretón firme y la invitó a sentarse. Cuando estuvieron frente a frente, le dijo: “Julián me puso al tanto de su preocupación”. Ante el gesto de Sofía, que movió la cabeza como apesadumbrada, continuó:

-No se aflija. A todos nos pasa en algún momento dejarnos vencer por el miedo. Pero lo más importante es que reconoció su actitud y trató de repararla.

El tono conciliador le hizo peor. No pudo responder. El hombre siguió:

-Mi nombre es René, y estaré obligado toda la vida con su amiga -el reconocimiento era tangible-. Gracias a ella pudimos rescatar a todos los niños sanos y salvos. Y al chofer, que no hubiera podido moverse por sus propios medios. Me gustaría saber más sobre Celina. Ese es su nombre, ¿verdad?

Sofía respiró con alivio, recuperando parte de su perdida tranquilidad.

-Sí -dijo -y nos conocemos desde la escuela secundaria. Nada la pinta mejor que ese gesto espontáneo. En su mente no cabe el egoísmo -aseveró-. Cuando piensa que algo es así, no calcula las consecuencias. Era mi esperanza que pudiera resistir gracias a su entrenamiento -agregó como para sí misma.

René la miró interrogante.

-Celina es profesora de educación física y guardavidas - aclaró Sofía - y ejerce la actividad desde antes de recibirse -su voz se tornó confidencial-. Participó de muchos ejercicios de sobrevivencia y siempre con el mejor puntaje. Ha dado muestras de sentido común ante las situaciones de riesgo -dijo con llaneza, para concluir:- Pero eso, lamentablemente, no justifica mi actitud. El miedo me descerebró y no sé cómo me enfrentaré a ella cuando nos veamos.

René esbozó una leve sonrisa:

-Seguramente su amiga la comprenderá.

-Eso es lo peor. Porque en la relación que llevamos, me doy cuenta que ella siempre es la comprensiva -la culpa la ganaba-. Comprende mi haraganería, mi falta de entrenamiento, mi fútil óptica de la vida. Yo debiera padecer el mismo destino que mis compañeros de viaje- terminó, lista para el martirio.

-De eso ni hablar –y como hecho consumado agregó:- Se instalará en una habitación de la clínica para que ella encuentre un rostro familiar cuando despierte.

-¿Está inconsciente?- preguntó Sofía, alarmada.

-No. Está sedada como todos los integrantes del ómnibus, para que puedan recuperarse más rápido.

Le preguntó si quería merendar antes de partir, pero Sofía le dijo que esperaría a cenar. Julián en persona bajó los equipajes y los cargó en el auto de Valdivia. Mantuvo la puerta abierta para que se acomodara, y la despidió con una sonrisa alentadora. Sofía iba recuperando la confianza en sí misma. Recostada sobre el respaldo del asiento, miró sin disimulo el perfil del conductor. Aunque no era de noche el cielo permanecía tormentoso, tornando a la ruta en un túnel oscuro apenas iluminado por las luces laterales. Pensó que en el término de pocas horas había conocido a dos excelentes ejemplares del sexo masculino. Porque este René, de pelo corto y piel curtida, tenía un intenso atractivo que no desmerecía el de Julián, de rasgos y contextura más distinguidos. Comenzó una charla tanto como para que no se durmiera (aprensión que la asaltaba en los viajes nocturnos) como para averiguar algo más acerca de ese individuo interesante.

-¿Dijo usted que tenía un nieto, René? -preguntó con desparpajo.

Sin volverse, el hombre sonrió. -Así es. Un nieto de doce años que se llama Andrés.

Sofía estaba asombrada. Aparentaba poco más que su edad, que era al momento treinta años.

-Pero, ¿a qué edad se casó? -dijo, acentuando la pregunta.

-A los dieciocho. Y a los diecinueve ya tenía a mi hijo.

-¿Y ahora tiene...? -Se detuvo sin terminar, temiendo ser indiscreta.

-Cincuenta exactamente -dijo René riéndose.

La muchacha volvió a la carga: -¡No lo puedo creer! Pero si apenas parece un poco mayor que yo.

Él parecía divertido con su confusión:

-No lo vuelvas a repetir, porque eso no habla mucho a tu favor -dijo en tono de broma.

-¡Ojalá me vea así cuando tenga tu edad! -Y enseguida, acoplándose al tuteo:- No vayas a pensar que te considero un anciano…

El hombre se rió con ganas. Era evidente que estaba de buen humor y le agradaba la soltura de esa joven. Habló de su familia sin nombrar a ninguna mujer, evento del que Sofía tomó nota inmediatamente. También se refirió a su hacienda y a sus actividades. Le preguntó por la extensión de sus tierras y se quedó en silencio ante la respuesta.

-¿De modo que sos un terrateniente? -le dijo después.

-Bueno, se podría decir -dijo René encogiéndose de hombros.

Sofía le recomendó con seriedad: -Será mejor que Celina no lo sepa de entrada. Por lo menos hasta que te conozca un poco mejor.

Él se volvió un instante y preguntó: -¿Tiene algún problema con los terratenientes?

-¡Y qué problema! Odia la calificación. Se transforma ante la palabra.

-Entonces, será cuestión de no mencionarlo -dijo el hombre.- ¿A qué viene tanto encono?

-Es que el abuelo de Celina era un trabajador muy sacrificado -le contó.- Tenía una granja de la que vivía muy bien. Después de una gran sequía recurrió a un vecino para pedir un préstamo porque el viejo no confiaba en los bancos. -Como si cometiera una infidencia, aceleró el relato:- el individuo era un sinverguenza que deseaba apropiarse de las tierras circundantes. Le ejecutó la deuda y se quedó con el suelo y la propiedad. El abuelo enfermó al poco tiempo y murió dejando a la viuda y a la hija sin recursos.-Respiró para continuar.- La madre de Celina nunca pudo superar las pérdidas y se lo transmitió a su hija. Ese es el motivo de su hostilidad.

René, que la escuchó sin interrupciones, declaró:

-Trataremos de reemplazar su mal recuerdo con un presente satisfactorio. ¿Qué te parece?

A Sofía le pareció más que perfecto.

viernes, 1 de febrero de 2008

POR SIEMPRE - III

Sofía permaneció pegada a la puerta del ómnibus mirando como la figura de Celina se alejaba de su vista. El profundo temor que se había adueñado de ella ante la amenaza de la inundación había superado el compromiso de la amistad. Un hondo vacío se instaló en sus vísceras cuando buscó razones para justificar el abandono. Derrotada, volvió al asiento en silencio y se aisló de los comentarios de todo el pasaje. ¿Cómo explicarle a Susana, la madre de su amiga, la cobarde retirada? ¿En qué clase de persona se había convertido por defender su mísera seguridad? Con desesperación, se mesó los largos cabellos. El viento sacudía al ómnibus como un juguete en manos de un niño gigante mientras el mutismo se instalaba entre los pasajeros que parecían rumiar la vergüenza de la huída. La lluvia azotó los cristales de las ventanillas hasta transformarse en una densa cortina que los limpiaparabrisas no alcanzaban a descorrer. Lentamente se dirigían hacia la seguridad de la parada que los albergaría en un hotel de cinco estrellas. Sofía se torturó con la imagen de ella instalada en una confortable habitación mientras Celina padecía a la intemperie. Ni siquiera la consoló el anuncio de la coordinadora de que estaban a diez minutos de su objetivo. Llegaron a la estación donde un vehículo mediano los esperaba para trasbordar. Mientras los turistas se dirigían al hotel, los responsables de la excursión enfilaron el autobús hacia las cocheras del subsuelo donde descargarían el equipaje para el posterior traslado a las habitaciones. A medida que los viajeros ingresaban al alojamiento, eran recibidos con gran deferencia por el conserje. Repitió a cada uno de ellos la preocupación general ante tamaña tormenta y el alivio al comprobar que habían arribado sin inconvenientes. Como si se hubieran puesto de acuerdo, nadie mencionó el incidente de la ruta. Sofía, que iba a compartir una suite con Celina, sintió una amarga alegría al explicar la circunstancia que la privaba de su compañía. El rostro del conserje se ensombreció cuando, a su pedido, describió el vehículo accidentado. El hombre le entregó la tarjeta de la habitación e hizo un gesto a otro empleado que se acercó con rapidez. Ambos desaparecieron tras la puerta de una oficina que estaba detrás del suntuoso mostrador. Sofía se ensimismó mirando hacia esa puerta. ¿Por qué el relato había causado tal efecto en su interlocutor? Su abstracción culminó cuando los choferes y la coordinadora, ayudados por los empleados, entraron las pertenencias del contingente. Sin dirigirles la palabra, caminó hacia los ascensores para subir a la habitación. ¡Cuán miserable se sentía por no haberse aliado con Celina en ese gesto sensible tan característico de ella! Lloró sobre el cubrecama de raso hasta quedar exhausta. Después de haberse aligerado con las lágrimas, se levantó decidida a investigar el destino de su amiga. Estaba por bajar a la recepción cuando golpeó un botones que le alcanzó los equipajes. Le dio la propina y salió tras él. En el ingreso no encontró a ningún integrante de la excursión. Seguramente estarían desarmando las valijas o reposando después del agitado viaje. Pidió hablar con el encargado al que debió aguardar por varios minutos. La tormenta estaba en el apogeo. Se acercó a los espaciosos ventanales que daban a un abigarrado jardín. El viento era un maestro de ceremonias que reunía en solemnes reverencias a las distintas especies. Un escalofrío la recorrió al imaginarse a Celina empapada y golpeada por las ráfagas. Estos pensamientos fueron interrumpidos al acercarse una empleada que le anunció que el conserje la aguardaba en su despacho. La guió hacia la oficina y le abrió la puerta haciéndose a un lado para que pasara. Sofía vio al hombre que la esperaba sentado detrás de un sólido escritorio. Se sentó frente a él y, sin eufemismos, le confesó la pesadumbre por no haberse sumado a la cruzada humanitaria de su amiga y le pidió su colaboración para buscarla cuanto antes. El encargado la escuchó en silencio y, cuando ella concluyó, le manifestó que ese ómnibus volcado transportaba a la escuela a niños de la localidad entre los que se contaba un sobrino suyo. Que ya había comunicado el accidente a las autoridades del poblado, las que saldrían al rescate inmediatamente. También le reveló que le había pedido a los choferes y a la coordinadora que buscaran otro alojamiento y que pediría una sanción por abandono de personas. En cuanto a los pasajeros, la decisión correspondía al dueño del hotel. Como Sofía insistió en preguntar que podía hacer ella ahora, le dijo que fuera a descansar y que él la pondría al tanto de cualquier novedad. Conmovido ante la aflicción que trascendía del hermoso rostro, y sin dudar de su sinceridad, atemperó la voz para reiterarle que sólo les restaba esperar. La calidez del tono incitó a Sofía a contemplar su rostro. Percibió lo joven y apuesto que era. ¡Vaya que estaba mortificada para no haberlo apreciado antes! Este pensamiento frívolo la ruborizó. El conserje le dijo que se llamaba Julián y que preguntara por él ante cualquier problema. Sofía le agradeció y se apresuró a salir. Llegó a la solitaria suite y sintió las primeras señales de hambre. Se negó rotundamente a comer hasta que no tuviera noticias de Celina. Al menos, compartiría esta privación con ella. Sentada frente al balcón, evocó los momentos que trocaron la amistad en hermandad. Viajes compartidos, la permanente compañía de su amiga mientras duró la larga enfermedad de su madre, el bálsamo de una presencia ante los desengaños amorosos, el apoyo incondicional cuando intentaron expulsarla de la Universidad por una falta que no había cometido. A pesar de que el fraude se aclaró, Celina perdió el interés por las disciplinas humanísticas. Se dedicó a estudiar el profesorado de Educación Física mientras ella se recibía de Psicóloga. Tenía el título colgado en el dormitorio. Dudaba de ejercer algún día la profesión por necesidad, y gustaba demasiado de no pautar con obligaciones el tiempo libre. Su padre le había asegurado económicamente el futuro, contrariamente a su amiga, que debía sostener la casa y a la madre. El padre de Celina había muerto en un accidente poco antes de que se recibiera. Era la única entrada que sustentaba el hogar. Dedicó la vida a su esposa e hija. Había sido un marido empeñado en suprimir la nostalgia de la mujer por la granja paterna y un padre amoroso que enseñó a la hija el valor de conservar el afecto sobre las frustraciones. Muchas veces Celina le confesó el dolor que sentía ante los vanos esfuerzos del padre para contentar a su progenitora. Ella trataba de compensarlo siendo una hija cariñosa y aprovechando los esfuerzos paternos por brindarle un futuro independiente. Lloró la muerte inesperada y el inalcanzable deseo de dedicarle un título. El promedio brillante le aseguró trabajo apenas graduada. Por dedicada y responsable se permitió elegir las mejores ofertas. Apoyada en esta buena experiencia, la había azuzado para ejercer la carrera, pero la holgazanería la ganaba. Ella no necesitaba desarrollarse laboralmente para sentirse autosuficiente. Le confesaba a su amiga que la liberalidad del progenitor la preservaba de cualquier inquietud. Celina la miraba meneando la cabeza con divertida admonición. Esta dualidad de intereses unía a las jóvenes como un imán. Sofía afirmaba que Celina no debía preocuparse por la vejez, pues a ella le sobraban recursos para que pudieran vivir las dos. La amiga le contestaba, con un suspiro resignado, que si seguía derrochando el dinero, ella tendría que trabajar en su ancianidad para mantenerlas a ambas. Sofía gozaba haciéndole espléndidos regalos, especialmente de buena ropa y zapatos. Su amiga los recibía con agradecido deleite pues, aunque gustaba de ellos, no se asociaban con un racional presupuesto. Se regocijaba de compartir con ella su patrimonio con la certeza de que haría lo mismo en ese lugar. Porque Celina era una de las personas más desprendida que conocía. Tenía una filosofía de vida donde el dinero sólo tenía un valor de intercambio que no le confería al poseedor, según su criterio, ninguna cualidad personal. Apreciaba los valores morales de los semejantes y la capacidad para enfrentar la adversidad. Era inusualmente constante en los afectos así como no perdonaba la deslealtad. Por eso Sofía no entendía cómo le había costado tanto desprenderse de Jorge. Un verdadero patán a pesar del doctorado. Mientras duró la relación su amiga se acomodó a exigencias egoístas. Nada de salidas con amigas ni viajes, mientras él conservaba jornadas de caza y numerosas reuniones de trabajo. Si ella no hubiese persistido en visitarla todas las semanas, no se habrían visto en los cuatro años que duró el noviazgo. En la noche que lo sorprendió con la platinada se suponía que estaba de cacería. Aunque se moría por advertir a Celina, calculó que esa revelación sería un lastre para el futuro. Ella era fatalista. Nada se podía alterar voluntariamente. El tiempo de la verdad llegó con la indignación de la madre que se enteró de la infidelidad del novio. A su amiga le costó tiempo y lágrimas superar la separación que concluyó con el vínculo. Jorge la asedió durante meses, pero la autoestima de la mujer traicionada, afirmada sobre madre y amiga, le borró cualquier esperanza. Celina fue recuperando espacios e intereses. Cada dos años ahorraba lo suficiente para emprender un viaje conjunto. Esta vez habían renunciado al avión para agregar más días. El sur las fascinaba. Repetían la zona con un itinerario que incluía localidades menos turísticas pero no menos atractivas. No habían encontrado demasiada bibliografía de esa región, así que mucho estaba por descubrirse. Su molicie no perturbaba la exploración y reconocimiento de parajes; sólo el cansancio que la ganaba mientras Celina seguía fresca como una flor silvestre. Con tradicional deferencia, esperaba a que se repusiera para seguir adelante. Este adiestramiento de su amiga la dotaba de mejores condiciones para adecuarse a un medio hostil. Eso era lo que deseaba creer Sofía. Aferrada a esta convicción, se tendió vestida sobre la cama para estar lista ante cualquier aviso.

domingo, 27 de enero de 2008

POR SIEMPRE - II

Celina miró risueñamente a Sofía que dormía con la boca abierta. Un audible ronquido acompañaba su respiración. ¡Menuda sorpresa se llevaría su refinada amiga si pudiera escucharse! En cambio, ella no podía apartar la mirada del paisaje. Un terreno escabroso de abundante vegetación despertaba su febril imaginación. ¿Habría hollado algún pié humano ese suelo aparentemente virgen? Este paisaje exacerbadamente elemental la atraía como el abismo. Alucinaba con vivir encubierta por el verde profuso y la hospitalaria tierra. Las incomodidades derivadas de sus costumbres urbanas no alteraban la placidez de su fantasía, así como la satisfacción de las necesidades corporales básicas no viciaban ningún relato de amor. La proximidad de una tormenta resaltaba los contornos del paisaje contrastando con la opacidad de la atmósfera. Celina echó un vistazo al reloj que le indicó que apenas eran las tres de la tarde. El viento sacudía el desplazamiento del ómnibus y un sonido creciente la llevó a inclinarse sobre la cabina de conducción para preguntarle a los choferes su significado. Le contestaron, bastante alterados, que así había sonado unos años atrás el desborde del río Aucan. Con el objeto de alejarse de esa zona de tierras bajas le imprimieron mayor velocidad al vehículo. El conductor la tranquilizó asegurándole que llegarían sin dificultades a la próxima parada. Celina volvió a su asiento y a pesar de su intranquilidad, no despertó a Sofía que seguía durmiendo plácidamente. Se dedicó a observar el exterior con una concentración dolorosa. Como si la vigilia pudiera suprimir el peligro. Así viajaron media hora más bajo un cielo encendido de relámpagos. El espectáculo que otrora la fascinara, ahora la llenaba de presagios sombríos. La mayor parte del contingente dormía después del copioso almuerzo. Sólo unos chicos jugaban con naipes de héroes y una joven pareja intercambiaba ardientes besos y abrazos. Los contempló con la nostalgia de la soledad y luego apartó la mirada decorosamente. Cuando se volvió hacia la ventanilla, vio una combi casi volcada sobre la cuneta y varias figuras que hacían desesperadas señas con los brazos. Corrió hacia la cabina para avisar al conductor. El chofer y su acompañante le dijeron que no podían detenerse porque no llegarían a la parada. Celina, indignada por la falta de caridad, los conminó a viva voz para que volvieran. La discusión despertó a los pasajeros y entre ellos, a Sofía. Medio dormida, se acercó a la cabina para ver que pasaba. Celina había obligado con su escándalo a disminuir la velocidad del ómnibus y varias personas intervinieron en la controversia. Como la mayoría apoyaba a los choferes, ella exigió bajarse del vehículo porque no podía desoír el pedido de auxilio. La tildaron de insensata pero detuvieron el coche. Recomendó sus pertenencias a una Sofía abrumada por su determinación y recuperó -de la bodega del ómnibus abierta a regañadientes- la mochila de exploradora y un abrigo impermeable. La mirada culposa de su amiga y el respingo del autobús al partir, fueron las últimas imágenes que fijó antes de volverse hacia el coche siniestrado. Corrió contra el viento mientras las figuras, que acortaban la distancia hacia ella, se convertían en niños llorosos y aliviados a la vez. Abrazó a dos pequeños mientras intentaba aprehender el borbollón de voces dispersadas por el vendaval. Uno de los chicos más grandes tomó la palabra y le explicó que había estallado una cubierta y el ómnibus se había volcado al costado de la ruta. Que el conductor estaba herido y no podía caminar, y que había que alejarse inmediatamente de ese lugar antes de que llegara el agua. No lo habían hecho antes porque no podían dejar al chofer. Celina se apresuró hacia el coche y comprobó que el conductor estaba inconsciente. Andrés, el portavoz del grupo, le dijo que debían dirigirse hacia la zona arbolada que estaba a nivel superior a la carretera. Cuanto más se internaran entre la vegetación, menos expuestos estarían a la inundación. Celina abrió su mochila y sacó la hamaca paraguaya que había cargado antes de salir. Con la ayuda de los muchachos mayores trasladaron al conductor sobre ella y encomendó a seis de ellos que sostuvieran la improvisada camilla por ambos extremos. Ella se dedicó a reunir y contar a los más pequeños. Eran siete en total. Cuatro nenas y tres varones. Hurgó en la mochila y sacó dos sogas y la linterna. Formó dos grupos de chiquillos tomados de cada soga. Uno comandado por ella y otro por Andrés. Como él conocía el lugar, le cedió la linterna y le pidió que encabezara la marcha. Avanzaron con dificultad debido a la resistencia del viento y al terreno en ascenso. Continuamente recordaba a los niños que no soltaran la cuerda. Atrás cerraban filas los voluntariosos camilleros con el chofer desmayado. A poco de marchar, comenzaron a caer las primeras gotas que se transformaron en lluvia fría. El agua se filtraba por el cuello de su impermeable y la mochila era un peso que le torturaba la espalda. En medio del aguacero que convertía la tierra en barro, treparon penosamente un empinado barranco. Esta nueva superficie estaba poblada por grandes árboles. Andrés señaló que convenía encaramarse entre las ramas más altas. Con la soga, aseguraron entre sí a cada grupo de pequeños que se acomodó en sendos árboles, auxiliados por los mayores. Andrés escaló sin dificultad el árbol seleccionado para guarecerse con Celina y el conductor. Ayudó a subir a la joven y luego, entre los dos, recibieron al herido de manos de los chicos más grandes y lo aseguraron a una rama horquillada. Finalmente, los ex-camilleros, se repartieron con cada grupo de niños. A pesar de que estaba cada vez más aterida, Celina pensaba con claridad. Andrés coincidió con ella en que debían combatir sin tregua el estado de hipotermia. Tenían que impedir que los niños se durmieran para no caer del refugio. A viva voz, se turnaron para instruir a los encargados de grupo. La consigna era cantar para que todos pudieran participar. Aunque costó arrancar, los niños mayores estimularon a los pequeños con una actitud firme y cariñosa. Poco después todos entonaban las canciones infantiles propuestas por los niños. El diluvio fue decreciendo junto a la temperatura. Un sonido amenazante los puso en guardia. Andrés gritó que se venía la crecida. Alertó a sus compañeros para afrontar el embate de las aguas y asegurar cuidadosamente a los más chicos. Le dijo a Celina que se sujetara con fuerza, indicación que ella obedeció de inmediato. Andrés apuntó la linterna hacia abajo y vieron que el suelo barroso se había metamorfoseado en una corriente marrón que se abalanzaba sobre los árboles. Celina había rodeado con su brazo derecho la rama que la sostenía, mientras amarraba con el otro al conductor que no se había reanimado en ningún momento. El torrente estremeció a sus anfitriones que parecieron someterse al embate. Celina rogaba no sabía a quien que el aluvión no los arrastrara, y tal vez alguien la escuchó y permitió que los árboles permanecieran firmemente arraigados al suelo. El nivel del agua ascendió rápidamente lo que la precipitó en un nuevo estado de ansiedad. ¿Llegaría hasta esa altura y los expulsaría? La imagen de cuerpos infantiles y del propio flotando inertes en el turbio arroyo la convulsionó y unas lágrimas ardientes abrasaron sus mejillas frías. Estaba convencida que prefería ahogarse con los chicos a soportar el cargo de conciencia de haberlos abandonado a su suerte. ¡Pero ella no quería morir ahora, con veintinueve años y sin haber conocido el AMOR con mayúsculas! La tensión por la injusta posibilidad la hizo recuperarse y la movilizó para conectarse nuevamente con los otros refugiados. Organizó una rueda de repetición de nombres para aventar el sueño. Los pequeños, temblorosos y cansados, se abandonaron al llanto. Ella siguió hablando en voz alta con Andrés y los chicos mayores esperando que no se durmieran y guardaran a los otros. Mientras, su mente deambulaba por los oscuros dominios del miedo. Sabía que si tenían que esperar hasta la mañana por ayuda, no resistirían. ¿Pero qué certeza tenía? Si alguien le hubiese preguntado horas atrás acerca de su comportamiento en esta situación, no hubiera sabido responderle. Todo lo hizo por impulso, de manera instintiva. La única convicción que tenía era que coincidía con su sector irracional. Andrés le reiteró que su abuelo saldría a buscarlos apenas fuera posible. Celina suspiró en la oscuridad. Tenía tanto frío que la tentaba la idea de cerrar los ojos y sosegar su pensamiento. Siguió llamando a todos por su nombre para resistirse hasta que la disfonía y el sopor la fueron ganando. Se sobresaltó cuando Andrés la sacudió para impedir que soltara su amarra. Creyó escuchar un motor a lo lejos pero comprendió que alucinaba porque ningún vehículo podría recorrer la carretera inundada. Andrés volvió a zarandearla y vociferó llamando a su abuelo. Los pequeños empezaron a gritar alentados por los mayores mientras el ronquido del motor se intensificaba. Innegables voces masculinas voceaban los nombres de los chicos y con sus últimos chispazos de razonamiento, la joven dedujo que se acercaba una lancha de salvamento dirigida por el abuelo de Andrés. El progresivo resplandor aumentó hasta que un reflector la encegueció. Venían tres embarcaciones a motor que se dirigieron a cada árbol una vez evaluada la situación. Sintió que alguien liberaba su brazo del cuerpo del herido. Mientras se sumergía en la inconciencia junto a las voces, comprendió por qué los seres humanos necesitaban dioses para afrontar el inescrutable comportamiento de la Naturaleza.