jueves, 22 de abril de 2010

LA HERENCIA - VIII

Mariana disfrutaba de la sensación de libertad que sentía al volante de su auto. Las ruedas la llevaban hacia la casa codiciada. El día era diáfano y cálido. Miró por el espejo retrovisor el rodado de escolta, ocupado por Luis y su madre. El cantinero había insistido en acompañarlas a pesar de su decisión de mudarse en pleno día. Sólo cargaron ropa y pertenencias personales. Adonde iban no necesitaban nada más. Antes de que se desvaneciera la zona comercial, descubrió el amplio supermercado. Aminoró la marcha y puso la luz de giro para ingresar a la playa de estacionamiento. Luis la imitó y se ubicó junto a ella.

-¿Y ahora qué decís, ma? –preguntó socarronamente, recordando las protestas maternas de “que en ese lugar no debe haber un miserable almacén”.

Emilia se encogió de hombros. La evidencia de la civilización no la subyugaba. Aún pensaba que habitar esa casa suponía arrinconar las decisiones espontáneas fomentadas por la residencia en el centro de la ciudad. No más salidas imprevistas con las amigas, olvidarse del práctico quiosco de la esquina, depender de Mariana para cualquier traslado. Voy a aprender a manejar y me voy a comprar un auto. ¿Qué digo? Yo no quiero quedarme en ese lugar. Es sólo por dos meses. ¡Dos meses, dije! La propuesta de Luis la sacó de la abstracción.

-¿Entramos para abastecernos?

Los tres caminaron hacia la entrada. Hicieron un rápido recorrido por la planta alta atiborrada de locales ofertando desde un par de zapatos hasta los últimos adelantos digitales.

-No te entusiasmés, Mariana, porque ahora vamos a comprar comida. No quiero llegar de noche a la casa -dijo Emilia.

-¡Qué exagerada, mamá! Recién son las diez de la mañana...

-¿Y si bajamos al súper? -terció Luis.

Las mujeres lo siguieron sin agregar comentarios. Mariana se apoderó de un carrito y se adelantó por el pasillo central. Cuando iban de compras, ella era la encargada de los artículos superfluos. Hacía tiempo que los escasos recursos la privaban de ese rol. Seleccionó los mejores vinos y licores, latas de mariscos, caviar y confituras importadas. En lo alto de una góndola exhibían frascos de higos y castañas en almíbar que despertaron inmediatamente su glotonería. Intentó agarrarlos izándose sobre la punta de los pies. ¿Por qué no me habré puesto tacos? Una seductora voz masculina ofreció:

-¿Te lo alcanzo?

Mariana apoyó los talones, giró la cabeza y quedó a la sombra de un hombre sumamente atractivo. La agradable sonrisa se reflejaba en los ojos oscuros. Varias traumáticas experiencias con el sexo opuesto la persuadieron de que no se dejara embaucar.

-No, gracias -respondió fríamente y empujó el carro hacia delante.

El desconocido disimuló una mueca risueña y bajó el frasco hasta el estante inferior. ¡Vaya con la niña! Ni que le hubiese hecho una propuesta indecorosa -pensó divertido.- ¿Estará de paso? Me gustaría volver a verla. Se asombró de la súbita pretensión inspirada por la joven esquiva que desaparecía a la vuelta del corredor. Volvió la atención hacia las compras con las que agasajaría a sus amigos y ni la recordaba al pasar por la caja. Mariana dio varias vueltas y retornó al sector de los dulces artesanales. No me voy a ir sin los higos, y si el tipo está, no le doy bola y listo. El envase había descendido a una altura razonable. Lo agarró y echó un rápido vistazo alrededor. La acción del hombre le provocó un agradable cosquilleo. ¿Por qué pensar que fue él? Seguro que alguien lo curioseó y decidió no comprarlo. ¿Habré dado con un masculino desinteresado? Emilia interrumpió la especulación.

-¿Ya terminaste, nena?

La joven asintió y le traspasó el contenido del carrito. Luis llegaba con dos bolsas de carbón y se dirigieron hacia una cola. En tanto esperaban, Mariana miró hacia las otras filas con la expectativa de encontrar al extraño. Se sintió vagamente desilusionada al no verlo. ¿Esperabas algo, ridícula, cuando fuiste tan antipática? Luis y su madre ya estaban vaciando el carro sobre la cinta de la caja. Se absorbió en esta tarea y esperó la cuenta mientras los mayores acomodaban las bolsas para llevarlas al auto.

viernes, 16 de abril de 2010

LA HERENCIA - VII

Emilia modificó los planes de Mariana antes de llegar al departamento:

-Luis, quedate a cenar, por favor. Necesitamos un oyente imparcial.

-Será un placer –respondió el hombre.

Entre los tres improvisaron la cena y comieron en un clima relajado. Después de levantar la mesa, y ante las correspondientes tazas de café, Luis mencionó los sucesos del día:

-A Mariana no le voy a preguntar. Basta mirarle la cara para saber cómo le cayó la herencia. Pero vos sos un enigma, Emilia. ¿Hay algo que te incomoda?

La hermosa mujer le dirigió una mirada apreciativa. Estaba descubriendo a un hombre intuitivo detrás del amigo de tantos años. Habló esperando no molestar a Mariana con sus recelos:

-No me voy a quejar de una fortuna en bienes materiales que nunca hubiera soñado, pero siento que toda esta dádiva no es gratuita. Como… -Hizo una pausa- si tuviéramos que devolver de alguna forma este legado.

-¿Qué decís, mamá? –interrumpió la hija- ¡Son todas suposiciones tuyas! ¿Por qué estaríamos en deuda con la tía? Si nosotras no nos interesamos por ella, tampoco ella por nosotras. En todo caso, la decisión fue de papá.

-Tenés razón, Mariana. Pero presiento que sería mejor desprendernos de la casa. ¡Aún vendiéndola a mitad de precio podríamos comprar el mejor departamento de Barrio Martin! –dijo sugerente.

El gesto porfiado de la muchacha le reveló que la moción no tendría apoyo. Miró esperanzada hacia Luis, esperando alguna reflexión que disuadiera a su hija.

-Tal vez no un departamento –aportó el hombre - sino una quinta en Fisherton, con parque y pileta como te gusta. Por lo que ví, vale tanto la casa como el contenido. Les sobraría plata para mantenerse sin apremios. Pensalo. Tendrías la vivienda de tus sueños y una mamá agradecida –remató con una sonrisa.

Mariana controló el disgusto. Después de todo, la culpa es de mamá que lo autorizó a opinar – reconoció. Propuso una solución intermedia:

-No quiero contrariar a mi madre –le habló a Luis- pero no voy a desprenderme de esa casa sin haberla examinado a conciencia –ahora la miró a Emilia:- Ocupémosla un mes y te prometo considerar la posibilidad de venderla –estaba persuadida de que una vez instaladas olvidaría cualquier reparo.

Durante unos minutos nadie habló. La mujer meditó seriamente la oferta filial. ¿Cómo transmitirle esta sensación de rechazo si está deslumbrada por la casa? ¿Por qué Victoria beneficiaría a un hermano que la abandonó? No sé... Tal vez en el que fue su hogar encontremos las explicaciones que nos faltan. Pero un mes, Mariana... ¡Sólo un mes! -decidió.

-Nos instalaremos un mes, hija, y después la venderemos para buscar un lugar más conveniente. ¿Estás de acuerdo?

Mariana la miró sorprendida por el tono autoritario. Después, le contestó en medio de una carcajada:

-¿Quién podría oponerse a ese pedido, mamita querida? Dos meses... ¡Y hecho! -le tendió la mano con cara de pascua.

-Con mudanzas incluidas... -regateó Emilia antes de imitar el gesto.

Mariana asintió con una mueca y después de estrecharse formalmente las diestras la abrazó cariñosamente. Luis asistió al arreglo entre las mujeres lamentando la escasa resistencia que Emilia opuso al planteo de su hija. Tendré que buscarme un reemplazo en el bar para poder estar más tiempo con ellas -resolvió. No quería respaldar los recelos de Emilia para no intranquilizarla más, pero estaba dispuesto a colaborar para acelerar el examen de la propiedad. Confortado por esta decisión, no juzgó arriesgado proponerles la revisión del inventario.

-Ahora que se han puesto de acuerdo, las invito a mi boliche para completar la cena con postre y brindis. ¿Y qué tal echarle una ojeada al inventario? Si tenemos alguna duda, la investigaremos por Internet.

-¡Ay, don Luis...! -se lamentó Mariana:-la idea era agasajarlo por todas sus atenciones y ahora termina invitándonos como siempre.

-¿Si le decís Luis....? -opinó repentinamente Emilia.- Don Luis suena tan arcaico...

La joven y el hombre cruzaron una mirada interrogante.

-Luis... Bueno -concedió, mirando el benévolo rostro masculino. Giró hacia el dormitorio:- ¡Voy a buscar el listado del mobiliario y partimos!

Los adultos la esperaron en confortable silencio. Mariana volvió con la carpeta y se dirigieron hacia el bar.

-¿Qué prefieren? ¿Lemon pie o tarta de ricota?

-Yo, lemon pie. Mami, tarta -contestó la muchacha y lo acompañó para cargar las cosas.

Volvieron con las tortas, las copas y una botella de champaña. Luis la destapó premeditando que el corcho alcanzara a Mariana pero, arbitrariamente, cayó en la falda de Emilia. Entre risas, la madre se lo arrojó a la hija, quien lo sostuvo burlescamente contra el pecho antes de soltarlo sobre la mesa.

-¡Por el comienzo de una nueva vida! -deseó Luis acercándoles su copa.

El brindis fue recibido con sonrisas. Amplia la de Mariana, contenida la de Emilia. El hombre bebió en silencio sin apartar los ojos de la mujer querida. Le inquietaba la reticencia de Emilia cuyo significado se le escapaba. No estaba preocupada por el aislamiento de la casa porque contaban con el auto de Mariana. Si ella se había adaptado a la prosperidad en vida de Edmundo y a la restricción después de su muerte, ¿por qué en esta circunstancia abiertamente favorable se mostraba renuente? Mariana, ajena al pensamiento de Luis, abrió la carpeta.

-¡Presten atención! -dijo con aires de maestrita, recorriendo el documento con la vista- ...Blablabla... ¡Cuánto parloteo jurídico...! ¡Ah! Aquí está lo que nos interesa -y se adentró en la descripción del mobiliario y el contenido de la casa.

Muebles de estilo, porcelanas, tapices, cuadros, cristales y platería, libros de ediciones agotadas, orfebrería, requirieron varias consultas por Internet. Al cabo de dos horas coincidieron con la tasación estimada por los curadores: un millón de dólares que, según el apremio por vender, eran fácilmente transformables en medio millón. Los tres procuraron asimilar la información. Hubo un silencio laborioso al terminar la lectura del inventario y Luis fue el primero en romperlo:

-Como suponía, el mobiliario es más valioso que la casa. Si no lo quieren conservar por razones sentimentales, me atrevo a decir que de ahora en más serán verdaderas potentadas.

-Me bastará con estudiarlos y admirarlos mientras estemos en la vivienda -concedió Emilia- pero para una casa moderna resultan un tanto sombríos.

Mariana no opinó. No eran los muebles lo que ella quería conservar sino su recipiente. Notó que algo faltaba entre los espacios inventariados:

-¿Por qué no detallan el contenido del ático?

La madre la miró sorprendida.

-¿A qué ático te referís?

-Al que domina la planta alta, por supuesto.

Luis intentó recuperar la imagen de la casa que se le borraba a la distancia. Se asombró del escueto recuerdo cuando él, por exigencia de su negocio, había hecho un ejercicio de la observación.

-No lo tengo presente... -dijo dudoso- pero es posible que esté lleno de cosas viejas y por eso no las enumeraron.

-Tiene razón -coincidió la joven- para eso están los áticos. ¡Son los mejores lugares para encontrar cosas raras!

Emilia sonrió con indulgencia y se levantó:

-Bueno, inquisidora, será mejor que nos vayamos para que este hombre pueda descansar.

-Las acompaño -ofreció Luis con presteza.

Ambas se negaron simultáneamente. Adujeron que estaban a una cuadra y que eran dos. El barman se quedó en la puerta del negocio hasta que la curva de la esquina las tragó. Apagó las luces y subió a su vivienda agradeciendo tenerla tan cerca. Un cansancio poco común lo invadió. Demoró bajo la ducha mientras relajaba los músculos. Se secó el cuerpo y lo examinó en el espejo como si fuera ajeno. A los cincuenta y ocho años conservaba el pelo y la complexión atlética de la juventud. ¿Si Edmundo no hubiera sido tan atrayente Emilia lo hubiera preferido a él? Sacudió la cabeza apartando esa idea frívola. El recuerdo del rival lo golpeó. Evocó al esposo enamorado, al padre cariñoso y al amigo enigmático que nunca pudo trasponer la sutil frontera entre la confianza y la reserva. Todos tenemos cosas que ocultar, viejo -concedió mientras pensaba en su encubierto amor por Emilia. Cayó sobre la cama y el sueño lo ganó antes de que pudiera ponerse el pijama. Se despertó con la perentoria necesidad de vaciar la vejiga. La luminosa esfera del reloj indicaba las dos y media como en la madrugada que Emilia le comunicó el accidente de su marido. Caminó tambaleante hacia el baño y cuando alivió la tirantez del bajo vientre, reparó en la turbadora sensación de ser observado. Permaneció de espaldas a la puerta impedido de volverse por la creciente seguridad de ser acechado por detrás. Recurrió a un poderoso esfuerzo voluntario y giró para encontrarse frente a frente con Edmundo. Los erizados vellos de su nuca refutaban el pensamiento racional: No es real. Está muerto. La aparición avanzó hacia él, que apartó la mirada de los ojos oscuros donde prosperaban otras sombras cuyo significado se negaba a interpretar. La boca pronunció palabras que sólo capturó el cerebro: No las dejes solas. Recordá. No las dejes solas. Extendió la mano y apoyó el índice sobre el pecho de Luis. Un grito de terror lo rescató de la parálisis y lo devolvió a la conciencia de estar sentado en la cama y con el corazón acelerado por el pánico.

-¡Mierda! -exclamó cuando notó la humedad de las sábanas.

Saltó del lecho consternado por haberse orinado encima. Estos son los famosos restos diurnos de Freud -conjeturó- tanto pensar en Edmundo y acostarme desnudo. Retrocedí a la infancia y di por hecho que estaba en el baño. La conclusión lógica lo tranquilizó y buscó una toalla grande para secar el colchón. Después de darlo vuelta, puso sábanas limpias y tomó otra ducha. Al abrocharse el saco del pijama, notó un hematoma bajo las tetillas. Me debo haber golpeado sin darme cuenta -se dijo. No obstante, murmuró: Lo prometo, Edmundo. Apenas eran las dos cuando volvió a dormirse.

domingo, 11 de abril de 2010

LA HERENCIA - VI

Mientras Luis escudriñaba el borroso sendero que llegaba hasta la entrada, escuchó los comentarios de las mujeres:

-¡Mamá! ¡Es una verdadera mansión...! -exclamó Mariana exaltada.

Emilia tardó en responder. La breve relación que mantuvo con su cuñada estuvo oscurecida por un sofocado rechazo, sensación que revivió a la vista de la casa.

-Creo que es demasiado grande para nosotras... -insinuó y, para inquietud de Mariana, agregó:- y demasiado lejos del centro.

-¡Pero, mamá...! ¡Ahora tendré mi auto y ya no hay apuro por encontrar trabajo! -Protestó la joven, corroborando su decisión de habitar la finca.

El conductor reanudó la marcha en medio de un esquivo silencio. Apenas detuvo el motor, Mariana se apeó del vehículo. Quedó suspensa observando la tallada puerta de madera. Detrás de ella los mayores no disimulaban la inquietud que el lugar les provocaba. La mirada de la muchacha recorrió la áspera piedra que, a trechos, aparecía libre de la enredadera; los angostos ventanales de vidrios coloridos que requerían una buena limpieza; los deslucidos accesorios de bronce de las aberturas. Fascinada, introdujo la llave y la puerta se abrió tan suavemente como la verja de entrada. Los cerrados postigones impedían la entrada de los mortecinos rayos de sol. Luis se adelantó a las mujeres y, sorteando sombras, llegó hasta una ventana y la abrió. Las sombras se disgregaron en una colección de sólidos muebles que asumieron forma total cuando Emilia bajó mecánicamente la llave de luz. Una vistosa araña de cristal los deslumbró. Luis se sorprendió porque había supuesto que la casa no tenía conectado el fluido eléctrico. Recorrió todas las dependencias y encendió las luces. Les comunicó que la planta baja constaba del recibidor, un comedor, una sala de estar, un escritorio con un baño y una amplia cocina. La madre, chef por vocación, se apropió inmediatamente de ese espacio con el total consentimiento de su hija. La estancia estaba equipada con artefactos un poco antiguos pero en perfectas condiciones. En tanto Emilia admiraba los sólidos muebles de madera y se maravillaba de la increíble cantidad de utensilios, Mariana se dedicó a examinar los sectores restantes. Empujó la puerta vaivén opuesta a la mesada que se abrió sobre una barra circular al fondo del gran salón. El comedor, por supuesto -pensó. Una mesa con espacio para treinta comensales ocupaba el centro, con las correspondientes sillas tapizadas en tela estampada. Más tarde averiguaría que se trataba de un valioso juego de estilo Reina Ana cuyo valor la dejó boquiabierta. Una araña central y dos secundarias, más pequeñas, pendían a lo largo del recinto. Un hogar dominaba sobre la pared que veía a la derecha, adonde colgaban más de dos docenas de retratos. ¿Adornos o parientes desconocidos? – conjeturó su voz interior. Sobre el muro izquierdo, la tarima pulida que soportaba el piano proponía espacio para varios instrumentos más. Tapices con paisajes adornaban esta pared. Extraños panoramas –dijo para sí. Saltó sobre el mostrador para acceder al comedor y se asombró de las dimensiones mientras caminaba hacia la entrada. El espacio entre la mesa y la puerta de ingreso satisfacía las exigencias de una cómoda pista de baile. Si reuniera a los personajes de los cuadros, a la tía, a papá, a mamá y a Luis, llenaría esta mesa – caviló, estremecida por la mezcla de muertos y vivos. Deseosa de reconocer la planta baja, se prometió regresar para observar los cuadros y el mobiliario con detenimiento. Traspuso la puerta doble para acceder al pasillo ancho que vertebraba cada recinto. Frente a ella, otra entrada conducía a un estudio revestido de libreros. El amplio escritorio de aspecto sólido, el sillón de apariencia confortable, la mesita de cristal ante dos sillones mullidos que guarecían una lámpara de pie y vitrinas colmadas de objetos diversos le hicieron pensar que podría pasar el resto de su vida revisando libros y curiosidades. Otra promesa de volver antes de girar el picaporte de la puerta del baño. Se estaba acostumbrando a las dimensiones de los cuartos. El antebaño amueblado era tan grande como su dormitorio actual y, el baño propiamente dicho, otro tanto. Decidida a dar un vistazo a los alrededores antes de que oscureciera, se apresuró hacia la sala de estar. Era la única que se abría al exterior. A través de los ventanales vio decaer la tarde. Se volvió hacia la cocina y gritó:

-¡Ma, estoy afuera!

Salió sin esperar respuesta. El borde de lajas terminaba en una suave pendiente de césped que alfombraba los alrededores de la casa. Mariana pensó que se vería menos agreste cuando fuera recortado. Caminó hacia el centro del espacio abierto hasta llegar a pie de dos árboles frondosos. Aquí se podría poner una mesa para comer en verano, -se dijo con placer-. Se desvió hacia donde comenzaba a prosperar la vegetación. Escuchó los trinos de las aves rezagadas que iban a guarecerse en sus refugios y otros clamores ajenos a la ciudad. Unas rachas de viento le arremolinaron el pelo e hicieron susurrar las hojas de los árboles entre los cuales se internó con vacilación. ¿Hasta dónde vas a llegar? –inquirió su prudente alter ego. Lo ignoró y penetró por el sendero intentando divisar la verja que demarcaba el fin de la propiedad. Las sombras crecientes aglutinaban los árboles impidiéndole vislumbrar los límites del bosquecillo mientras un renovado sentimiento de soledad la invadió. La nostalgia se acrecentó en el lugar en que su padre había crecido. ¿Estoy pisando un lugar que recorriste?¿Por qué nunca hablaste de esta casa? ¿Qué pasó entre Victoria y vos? ¡Ay, papá, cuánto te extraño...! -las lágrimas se escaparon mitigando la angustia. Cuando decidió pegar la vuelta, avistó la construcción sumergida entre las enredaderas. No sigas –le advirtió una voz precavida. Esta vez acató el mandato de la razón. ¡Ya tendré tiempo mañana de investigar este lugar! –pensó convencida. La oscuridad había progresado apagando el perfil de la senda que la guiaría hasta la casa. Apretó el paso amedrentada por la intensificación de sus sentidos. En este bosque medra cualquier cosa –susurró una vocecilla asustada que reconoció como propia. Los pies se desconectaron del cerebro y aceleraron irreflexivamente hasta encontrar un escollo. Presa de pánico, estiró los brazos para frenar la oscuridad que ascendía para devorarla. La tierra vibró bajo su cabeza aturdida por el golpe. ¿Quién viene por mí? Qué digo... ¡Tengo que levantarme...! -hizo un esfuerzo por dominarse. Rompió la inercia que la mantenía pegada al suelo y se incorporó. Un siseo apagado la hizo girar hacia los árboles. ¡Las víboras! ¡Las víboras de la entrada...! -gimió su mente enardecida.

-¡Mariana…! ¿Adónde estás?

La inconfundible voz de Emilia la ancló a la razón. Corrió hacia el clamor que Luis secundaba y se precipitó literalmente en los brazos del hombre.

-¡Nena…! ¿Qué te pasó? –exclamó la mujer.

Mariana se apartó de Luis con una risa inquieta e hizo un gesto despreocupado:

-¡Nada, mami! La oscuridad me regresó a la infancia… ¡Es una tontería de mi parte! –afirmó, molesta por las evocaciones tenebrosas que, en compañía de Luis y su madre, carecían de significado.

-Será mejor que nos vayamos –declaró Emilia.- Tendremos oportunidad de seguir recorriendo más adelante. ¡Este lugar tan abandonado me pone la piel de gallina! –terminó.

Mariana no discutió. Luis encendió los faros del auto antes de apagar las luces de la casa y desandaron el camino hacia la calle de los Sauces. La arteria iluminada entraba en franco contraste con las sinuosidades que acababan de recorrer. Los tres, sin hablarlo, apreciaron el ruido y el movimiento de las calles a medida que se aproximaban al centro de la ciudad.

domingo, 4 de abril de 2010

LA HERENCIA - V

Emilia se repuso momentos después y exhortó a su hija:

-¡Busquemos un lugar donde repararnos, Mariana!

De tácito acuerdo, caminaron hacia la esquina tratando de perder de vista el deslucido edificio. Se refugiaron en una pequeña confitería que tenía pocas mesas ocupadas y se sentaron junto a una ventana. Una jovencita se acercó a tomar el pedido y les alcanzó una toalla para que se secaran. Hasta que no tuvieron delante de ellas los humeantes pocillos de café, no cruzaron palabra.

-Le voy a avisar a Luis que ya tenemos las llaves –dijo Emilia, sacando el celular. Mientras la madre acordaba un horario con el barman, Mariana tomaba conciencia del escenario que acababan de abandonar. Un encadenamiento de sucesos fortuitos que perdían con rapidez el carácter siniestro en el amistoso ambiente de ese refugio.

-Listo –dijo Emilia.- Luis nos pasará a buscar a las cinco de la tarde- y prosiguió con tono neutro:- La oscuridad me jugó una mala pasada. No sólo me imaginé voces sino hasta la sensación de que alguien intentaba separarme de vos.

La hija recordó la tensión de los dedos de Emilia sobre sus hombros y las disonancias que la persiguieron en el interminable descenso. Alucinaciones producidas por el irracional temor a las tinieblas, se dijo con sensatez, y trató de disipar las aprensiones de su madre:

-Ma, a cualquiera en nuestra situación le hubiera pasado. En un lugar abandonado cualquier roce o movimiento producido por corrientes de aire se distorsiona al llegar a nuestros oídos...

-¿Y qué ráfaga se necesitaría para apartar mis manos de tus hombros? -la interrumpió Emilia.

-Mamita, estabas tan asustada que podrías haber visto al hombre lobo -dijo Mariana riendo.

-¿Y vos no lo estabas? -preguntó la mujer, ofendida.

La hija rodeó la mesa y la abrazó. Se alegró de la reacción materna porque la alejaba de pensamientos tenebrosos. Al fin y al cabo estaban en la era de la tecnología y los hombres lobos merodeaban por el mundo virtual. Le dio un beso sonoro que arrancó una sonrisa al agradable rostro de Emilia y volvió a la silla para abocarse al tema que la apartaba de cualquier preocupación:

-¿Alguna vez fuiste a la casa de la tía? -interrogó ansiosa.

-No. Y tu papá nunca habló de ella. En realidad, poco habló siempre de la hermana y la familia. Aunque huérfanos, supongo que tendrían una historia. Pero Edmundo era evasivo y después de las pocas visitas de Victoria para conocerte algo grave los alejó. Tu padre dejó de referirse a su hermana y ¡listo...! Si te he visto, no me acuerdo -concluyó pintorescamente.

-Pero la casa debe ser importante -dedujo la joven.- Digo... Considerando las cuentas bancarias.

-Hablando de eso... ¿Vamos al cajero automático? -propuso Emilia.

Mariana asintió y llamó a la camarera para pagar la cuenta. Antes de salir abrió el sobre pequeño y extrajo la tarjeta y la hojita con la contraseña. Afuera había parado de llover. Como estaban en plena zona comercial encontraron pronto una cabina bancaria. Entraron las dos. La muchacha ingresó la clave, y lanzaron una exclamación al unísono. El fondo para imprevistos era de veinticuatro mil pesos.

-¡Cuatro veces mi indemnización, mamá! -gritó la joven emocionada.

Emilia observaba la pantalla con reserva. ¿No eran desproporcionadas las dádivas provenientes de un pariente no querido? Una parte de ella discrepaba con la euforia de pensar que se habían acabado sus apuros económicos. Observó el rostro extasiado de la joven mientras retiraba los billetes que la máquina vomitó a pedido. La muchacha digitó cuatro veces más el importe de treinta para hacerse de billetes chicos y después se volvió con gozo hacia su madre:

-¡Un mes de sueldo y otros once más, mami! Esta noche lo invitaremos a don Luis a cenar al mejor restaurante.

Como la madre la mirara sorprendida, aclaró:

-Por llevarnos hasta la casa y para festejar la herencia.

De regreso al hogar, Mariana tendió la mesa mientras Emilia preparaba el almuerzo. Había empezado a revisar el inventario cuando estuvo lista la comida. La madre la instó a tomar un descanso hasta la hora en que pasarían a buscarlas, a lo que la muchacha no se resistió. Se levantaron a las cuatro de la tarde y, a las cinco, Luis las recogió puntualmente. Durante el trayecto Emilia le refirió a su amigo los pormenores de la visita al abogado. La hija escuchaba la charla con desasosiego, temiendo que la incursión por el edificio desanimara a Emilia para ocupar la casa. Ese lugar, sin conocerlo, la atraía como un imán. Llegaron cerca de las seis. La Calle de los Sauces, fiel al nombre, estaba bordeada por árboles cuyas largas cabelleras rozaban la calzada. La casa era la penúltima de esa arteria y estaba cercada por una valla de hierro coronada por afiladas puntas de lanza. El auto recorrió más de veinte metros desde el comienzo de la reja hasta alcanzar el pórtico, equidistante otros tantos del final de la empalizada. Una espesa vegetación ocultaba cualquier construcción de la vista de los transeúntes. Mariana se bajó del vehículo sosteniendo entre sus manos temblorosas las llaves que le franquearían el ingreso a la vivienda. El semicírculo del portón de entrada, erizado de púas, quebraba la línea recta de la verja. El centro de la arcada encerraba un nudo de serpientes cuyas lenguas hendidas sostenían, ancladas a los bordes de la curvatura, los cuerpos retorcidos. La joven desvió la vista hacia la puerta y encajó la llave en la cerradura. El tambor giró suavemente, como recién lubricado. Empujó una hoja que se abrió hacia adentro dejando suficiente espacio para que pasara el auto. Luis esperó a que Mariana cerrara la reja y subiera al vehículo antes de tomar la senda que se ondulaba entre los árboles. Ninguno hablaba mientras transitaban entre el denso follaje, esperando ver la casa en cada curva. Luis, atento al camino, sintió que un malestar lo ganaba a medida que se internaban en la espesura. Se preguntó si no era un desatino abandonar a las mujeres en esa inhóspita propiedad. Calculó que llevaban recorridas más de una cuadra, cuando en un viraje terminó abruptamente el bosque. Al fondo del amplio predio, custodiada por añosos cipreses y revestida de hiedra, se erguía una antigua casona rodeada de un descuidado jardín.

domingo, 28 de marzo de 2010

LA HERENCIA - IV

El ascensor permanecía en el piso. Mariana asió la manija para abrir la puerta de reja encontrando una resistencia que le pasó inadvertida en la planta baja. Tironeó varias veces hasta darse por vencida. Cuando se volvía para compartirlo con su madre, la mortecina iluminación del pasillo resplandeció por un momento hasta desaparecer por completo.

-¡Dios mío! -exclamó Emilia.- ¿Qué pasa ahora?

-Tranquila, mamá -dijo Mariana.- Peor hubiera sido que nos sorprendiera bajando.

-¡Ni lo menciones! No se ve nada... ¿Cómo vamos a salir de aquí?

-Vayamos hasta el bufete del abogado y esperemos ahí que vuelva la luz -propuso la hija con una despreocupación que no sentía.

Rehicieron el camino a ciegas, guiándose por el notable sentido de orientación que distinguía a la joven. Golpeó la puerta de la oficina “F” hasta el cansancio. Nadie parecía esperarlas esta vez.

-Esto no me gusta nada -insistía su madre.- ¿Cómo es que ahora no nos atienden? Dejame probar -y se sacó el zapato de tacón para aporrear la entrada, con el mismo éxito que la hija.

-¡Basta, mamá! -le pidió, deteniendo el golpe siguiente.- Está visto que no escuchan o están en otros menesteres. Ponete el zapato y busquemos la escalera.

-¡No bajaremos a oscuras, y menos por unas escaleras que desconocemos! -la conminó mientras se calzaba.

-¡Vamos, mamá! No es momento de ponernos a discutir. No podemos permanecer en este sitio más tiempo.

-¿Por qué lo decís? -preguntó Emilia suspicazmente.

-Porque...

-¿Te da mala espina…? -la interrumpió.- Sé sincera, hija.

-Bueno, es una sensación... ¡Hablemos abajo, mamá, por favor...!

La mujer suspiró, porque conociendo a su hija había captado la intranquilidad en su voz. Reflexionó que ponerse histérica no ayudaba en nada, de modo que la tomó del brazo y le ordenó con ánimo:

-¡Abrí el camino!

Mariana avanzó con seguridad hasta enfrentarse al elevador. Allí se detuvo y rebuscó en su cartera. Sacó un encendedor y lo encendió, estirando el brazo hacia el frente. La débil llama apenas alcanzaba a disipar las tinieblas. Se movió cuidadosamente para que no se apagara buscando la escalera en las cercanías del ascensor. Emilia la seguía temerosa. Después de caminar ordenadamente a derecha e izquierda, divisaron la antigua baranda.

-¡Aquí está, Mariana! -exclamó la madre como si la hubiera descubierto.- Bajemos.

-¡Detrás mío -mandó la hija.- Esperá a que se enfríe el encendedor.

A sus espaldas, Emilia revolvía el bolso. Los ruidos de objetos chocando entre sí distrajeron la atención de Mariana que había creído escuchar un sigiloso murmullo escaleras abajo.

-¿Qué buscás? -le preguntó.

-¡Ésto! -contestó la madre triunfalmente mientras de su mano surgía un haz de luz.

La hija no pudo evitar una risa nerviosa ante la exótica adquisición. ¡El mango de un paraguas plegable convertido en linterna! Juró no reprochar nunca más a su progenitora las extravagantes compras a las que era tan afecta. Le dio un beso y se lo arrebató para apuntar hacia los escalones. El mármol estaba gastado y deslucido y parecía no haber sido limpiado en mucho tiempo. Se sobresaltó cuando una sombra pareció desprenderse de las profundidades. Dirigió la luz hacia abajo y sólo distinguió el polvoriento rellano. Debo controlar mi imaginación -se dijo con firmeza. Tomó aire y le indicó a su madre:

-Apoyá las manos sobre mis hombros y mantenete a la distancia de un escalón. Cuando yo baje uno, vos me seguís.

-Entendido – cuchicheó Emilia.

Iniciaron el lento descenso alumbradas por un resplandor que no iba mucho más allá de dos peldaños. Mariana tanteaba con el pie antes de afirmarse, sosteniendo con una mano la original linterna y aferrada al pasamanos con la otra. Su sensibilidad estaba a flor de piel. Percibía el callado temor de su madre y se asombraba de la inesperada situación en la que habían desembocado. ¿Y si apagaras la linterna, niña? ¿No sería más fácil rodar, rodar, y rodar…? El susurro se le filtró en la cabeza y se extinguió en una risita malévola. ¿Qué…? Debo... controlar... mi... imaginación... –repitió mudamente. La adrenalina le aumentó el ritmo cardíaco. Se concentró en el recuerdo de su padre a quien la oscuridad no perturbaría y avanzó hacia la salida. Una exclamación ahogada de Emilia la detuvo. Sin volverse, murmuró:

-¿Qué pasa, mamá?

-¡Nada, nada! Seguí, por Dios.

Emilia ya no dudaba de que algo pugnaba por separarla de Mariana. Apretó los dientes y resistió la pertinaz interferencia que amenazaba materializarse entre ambas. Evocó la imagen de su marido a modo de conjuro vaciando la mente de otro pensamiento. Si amarte no hubiera sido suficiente, me diste el regalo más hermoso de mi vida -le dijo él cuando nació Mariana. La irresistible sonrisa de Edmundo la preservó de las misteriosas anomalías corpóreas y auditivas. Alcanzaron el abandonado descanso del cuarto piso. Era evidente que no había sido transitado en mucho tiempo porque sólo sus huellas quedaron marcadas en el polvo. Sin vacilar, reanudaron la marcha. Detrás de ellas quedaron sombrías reverberaciones que se esforzaron por ignorar. El peso de la madre se acentuó sobre los hombros de la hija a medida que se acercaban a la planta baja. Mariana se esforzaba en bajar escalón por escalón repudiando los murmullos que parecían rodearlas. No puedo estar escuchando mi nombre -porfiaba- ni la voz de papá pidiéndome que suba. Él no querría que lo hiciera -de eso estaba segura. Esperaba que la luz de la linterna no se agotara antes de llegar al vestíbulo porque se intensificaban la intermitencia y la opacidad del foco. La respiración de Emilia se aceleraba como si estuviera atacada por el pánico. La joven soportaba la zozobra de su pródiga imaginación que la proyectaba desde un resbalón hasta un abismo sin fin. Se aisló de ruidos extraños y maniobró hacia el último tramo. No quería pensar más que en salir de la tenebrosa escalera. Un débil resplandor se insinuó al desdoblar el último rellano. Dominando la ansiedad que empujaba sus pies más rápido de lo recomendable, respetó las pautas que se había impuesto en el quinto piso: sondear la seguridad de cada base antes de descargar el peso de su cuerpo. La tentación de apagar la linterna la asaltó como una artera insinuación pero prevaleció el sentido común que la acompañó desde el apagón. El dispositivo luminoso se agotó al poner Mariana los pies en el vestíbulo. Una urgencia inexplicable la instigó a tomar a su madre del brazo y llevarla casi corriendo hasta las aberturas vidriadas del edificio, que ahora denunciaban el mismo abandono que dejaban atrás. Empujó impetuosamente la anticuada puerta temiendo que no quisiera abrirse y el impulso las arrastró hasta el borde de la vereda poco transitada por la persistente lluvia. Se miraron como quien sale ileso en medio de un tiroteo y rieron como tontas mientras el agua las empapaba.

domingo, 21 de marzo de 2010

LA HERENCIA - III

El estudio de Goyeneche estaba ubicado en el quinto piso de un edificio antiguo y suntuoso. El amplio recibidor, iluminado con una pobreza que no condecía con su categoría, estaba absolutamente desierto. Después de observar a su alrededor, divisaron la puerta enrejada de un ascensor. El indicador luminoso revelaba que estaba en el sexto piso. Bajó con un chirrido de material oxidado hasta detenerse en la planta baja con un golpe seco. Mariana y su madre se miraron dudosas antes de entrar a la cabina. La joven apretó el botón del quinto piso con una sensación de inquietud que concordó con el comentario de Emilia:

-Espero que no quedemos atrapadas en esta antigüedad.

Mariana no repuso. La sola idea le producía escalofríos. ¿Quién las rescataría en ese edificio deshabitado? Después se preguntó el por qué de esa idea. Si era un inmueble de oficinas, a esa hora debían estar varias ocupadas. Abrió la reja con alivio cuando la máquina se detuvo temblorosamente. Después buscaron la oficina “F” como rezaba en la tarjeta. El pasillo estaba tan mal iluminado como el ingreso, y las puertas de madera maciza ocultaban la actividad de cualquier organización. Ubicaron el estudio al final del corredor. Después de cerciorarse de que no había llamador ni timbre a la vista, Mariana castigó sus nudillos contra la puerta. Como si las hubieran estado esperando, se abrió inmediatamente. La figura de una mujer robusta se recortó al contraluz de la profusa iluminación de la oficina. De su boca confundida con las tinieblas del pasillo surgió una pregunta:

-¿A quién buscan?

-Al doctor Goyeneche -respondió Mariana.

-¿Quiénes lo buscan? -la pregunta sonó brusca.

-La señora Emilia de Stéfano y su hija -se adelantó la madre con cierta altivez.

Desde el interior del recinto sonó una voz que se fue acercando con su dueño:

-¡Andrea! ¡Son las clientas que buscamos durante varios meses! -el abogado se materializó detrás de la mujer.- ¡Pasen, por favor! Me alegro que hayan concurrido hoy mismo. La celeridad para tomar decisiones es indicio de inteligencia -expresó con una sonrisa mientras estrechaba la mano de las herederas.

Accedieron a una antesala adonde estaba ubicado el pupitre de la secretaria coronado por una vieja máquina de escribir y un antiguo teléfono a disco. Mariana, hija de la tecnología cibernética, ocultó una sonrisa divertida. Goyeneche las precedió para franquearles el ingreso a su despacho privado. El amplio escritorio labrado estaba cubierto de fascículos y carpetas. Las paredes, forradas de estantes con libros encuadernados. El letrado les indicó que tomaran asiento antes de ubicarse en el amplio sillón detrás de su mesa de trabajo. Se calzó los anteojos, revisó una pila de legajos hasta rescatar el expediente etiquetado como “Sucesión de Victoria Stéfano”, separó varios formularios y se dirigió a las mujeres:

-El trámite comenzará ni bien hayan firmado estos papeles. Les dejaré una copia de los bienes inventariados para que los verifiquen in situ y posteriormente firmen el original prestando conformidad. Nada puede ser vendido hasta el fin de la sucesión. Después de deducir los gastos notariales, las cuentas serán puestas a nombre de las dos. Quedarán netos... -hizo algunas cuentas en un papel y afirmó:- cuatrocientos dieciocho mil y chirolas -levantó la mirada- ¿les parece bien?

Mariana y Emilia asintieron con un movimiento de cabeza como si estuvieran acostumbradas a los grandes negocios. El abogado puso delante de Emilia los formularios y le ofreció un bolígrafo:

-Léalo cuidadosamente antes de firmarlo, señora. Lo mismo le recomiendo a su hija -dijo mirando a Mariana.

-Prefiero que lo lea mi hija. Si ella lo aprueba, firmaré con gusto -contestó la mujer pasándole todo a la joven.

Mariana leyó hoja por hoja y al terminar puso su rúbrica. A continuación firmó la madre y devolvió los papeles al letrado quien, después de revisarlos, les tendió los originales y guardó las copias en la carpeta. Por último, abrió un cajón del escritorio y sacó un llavero y un sobre. A la muchacha se le aceleró el corazón.

-Éste es el único juego de llaves, así que ustedes deberán hacer las copias -dijo Goyeneche tendiéndoselas.- La más grande es la de la verja de entrada y la labrada la de la puerta de ingreso a la propiedad.

Mariana las encerró en su mano como si fueran un tesoro. El abogado abrió el sobre y sacó del interior otro más pequeño. Antes de entregárselo a la joven, aclaró:

-Aquí hay una tarjeta bancaria y la contraseña para retirar los fondos. Esta cuenta no está declarada en la sucesión porque la señora Victoria la reservaba para imprevistos. Hagan las extracciones por cajero automático y por lo que vayan necesitando. El saldo lo tendrán con el primer retiro. Esto es todo -finalizó, echándose sobre el respaldo del asiento.- Las mantendré informadas sobre la marcha del traspaso.

Las mujeres se levantaron a un tiempo y el letrado las imitó deteniéndose junto a la puerta abierta para despedirlas. Mientras apretaba su mano, Mariana le preguntó:

-¿La única oficina abierta es la suya?

-Hoy, sí -afirmó Goyeneche.- Es día de desinfección. -y ante el gesto desconcertado de la joven:- Pero yo vine porque intuí que ustedes no tardarían en presentarse... -rió inesperadamente coreado por su secretaria.

Madre e hija se miraron sorprendidas por la extemporánea demostración. Sonrieron hieráticamente y se internaron, sin comentarios, en la penumbra del corredor.

domingo, 14 de marzo de 2010

LA HERENCIA - II

Mariana abrió la carpeta lentamente y leyó para sí las tres fojas que contenía. Cuando terminó, miró las caras expectantes de Luis y su madre, y les dijo con una sonrisa:

-Si este abogado no es un impostor, me parece que se acabó la época de vacas flacas. Escuchen -y volvió a fijar la vista sobre la última hoja:- un inmueble ubicado en Calle de los Sauces 9898 y todo su contenido según inventario confeccionado ante escribano público y tres cuentas bancarias por un total de cuatrocientos cincuenta y dos mil pesos que serán transferidas a nombre de los herederos en el término de noventa días a partir del comienzo de la sucesión. La propiedad puede ser ocupada inmediatamente con el fin de evitar su deterioro y preservar los objetos que incluye... ¡Una casa propia, mamá! ¡El sueño de toda nuestra vida!

El entusiasmo de Mariana puso una sonrisa en el rostro de los mayores. Luis fluctuaba entre compartir la alegría de las mujeres y la pesadumbre de perderlas de vista. Buscó debajo de la barra hasta encontrar un mapa de la ciudad para ubicar la calle que desconocía. Volvió junto a las mujeres y lo abrió sobre una mesa.

-¿Cuál es la dirección? –le preguntó a Mariana.

La joven releyó la hoja y repitió:

-Calle de los Sauces 9898.

El barman consultó el índice alfabético y luego ubicó las coordenadas donde debía encontrarse la calle. ¡Demasiado lejos para su gusto! Casi a una hora de viaje del lugar que residían.

-Está en un lugar muy retirado –opinó mirando a las mujeres.- ¿Están seguras de querer alejarse tanto del centro?

-¡Es que ahora no tendré que vender el auto! –Afirmó Mariana.- ¡Y sin pagar alquiler, podremos sostenernos hasta que nos transfieran esa suma fabulosa…!

Se quedó ensimismada pensando en el vuelco que había dado ese día. De la desesperanza del despertar había pasado a la perspectiva de una vida desahogada y sin esfuerzos. Nunca hubiera imaginado que la solución a su ajustada situación económica vendría de la mano de una persona a la que ni siquiera habían mencionado en tantos años. Por lo pronto, deberían presentarse cuanto antes en el estudio jurídico para comenzar con los trámites sucesorios. Sentía que se había despojado del inmenso peso de la frustración diaria. ¡Al diablo con el trabajo si se confirmaba el monto de las cuentas bancarias! Podrían vivir de rentas hasta el final de sus días. Podría retomar la carrera de abogacía, o anotarse en la Facultad de Bellas Artes, o viajar al Sur, o… Se rió silenciosamente de los planes que se atropellaban en su cabeza al influjo de una noticia que no tenía más certeza que la de tres hojas presuntamente legales. Buscó con la vista a su mamá. Estaba sentada a la barra esperando a que don Luis terminara de atender a un parroquiano. Se alegró de su acertada decisión de posponer la charla sobre sus finanzas hasta el día siguiente. Le había evitado un disgusto innecesario. Recogió sus pertenencias y se acercó para hacerle compañía. La abrazó cariñosamente y las dos se miraron con una sonrisa ilusionada.

-Mamá. Después que termines el desayuno, iremos a ver al abogado -le dijo.

Emilia miró hacia la calle donde una lluvia desodernada por el viento azotaba la calzada. Los truenos lejanos se habían acercado y los relámpagos insinuaban la continuidad del temporal.

-¡Nos empaparemos! -opinó.

-¡Ahora podemos darnos el lujo de ir en taxi, ma! Y no veo la hora de confirmar la veracidad de esta noticia. Y de tener las llaves de la casa... -pronunció Mariana con tono plañidero.

La madre miró a Luis que se había arrimado a tiempo de escuchar el ruego de la joven y le dijo con una sonrisa:

-¿Qué se puede hacer con una muchacha tan ansiosa?

-¡Seguirle la corriente, mamá! -exclamó la chica eufórica.

Luis, riendo, les propuso conseguir un taxi por teléfono apenas amainara el aguacero y, si conseguían la llave, trasladarlas en su auto a la tarde después de cerrar el negocio. Media hora después, madre e hija subían al vehículo de alquiler que marcaría el inicio de la etapa más oscura de sus vidas.

miércoles, 10 de marzo de 2010

LA HERENCIA - I

Introducción: a quienes han tenido la deferencia de leerme y la paciencia de esperar los siguientes capítulos de "Las cartas de Sara", les comunico que mientras intento reconstruir la historia lamentablemente perdida en el robo de mi notebook, escribí otra novela que subiré por capítulos sin olvidarme que les debo la continuación de la otra. Sepan perdonar este transitorio bloqueo y espero que disfruten de "La herencia". Un fuerte abrazo de
Carmen.


© 2010 - I

El despertador sonó a las siete. Mariana abrió los ojos lentamente, adaptándose a la realidad impuesta por la vigilia. Su optimismo natural se desvanecía junto a las expectativas de conseguir un nuevo empleo. Cuatro meses de búsqueda infructuosa mermaron la indemnización que acrecentaba el fondo de desempleo. ¿Se vería en la desagradable situación de ponerla al corriente a su madre? Se sentó al borde de la cama y se dijo que postergaría la charla hasta mañana. Tal vez hoy conseguiría el trabajo que se le negaba con porfía. Desde la muerte del padre la joven se había hecho cargo del gerenciamiento de la familia. Físicamente era una indudable mixtura de sus progenitores, pero el carácter fuerte y obstinado lo debía, palmariamente, al varón. La impensada desaparición retrasó el período de luto normal. Abandonó la mayor parte de sus actividades rebelándose contra el aciago destino. De esta voluntaria reclusión fue rescatada por la mamá, quien hizo alarde de una determinación infrecuente en la relación marital. Mariana acarició con la mirada el retrato que perpetuaba el vigoroso atractivo del padre. Ella le había tomado la foto en el último cumpleaños. Suspiró y se dirigió al baño para ducharse. Eligió un traje sobrio pero elegante porque siempre salía alistada para cualquier entrevista. Abrió la puerta sigilosamente y se dirigió al barcito de la vuelta. Allí desayunaba todas las mañanas mientras leía los avisos clasificados. Don Luis, el dueño, le reservaba el periódico puntualmente. El cielo estaba tan plomizo como su confianza pero se colgó una sonrisa animosa apenas ingresó al local.

-¡Buen día! -saludó en tanto se ubicaba en una mesa al lado de la ventana.

-¡Buen día! -contestó don Luis acercándole el diario- ¿Lo de siempre?

-Sí, gracias -respondió.

Luis observó a la joven cuya carita se iba ensombreciendo a medida que recorría con la vista el matutino. La conocía desde niña y sabía que hacía varios meses estaba sin ocupación. Admiraba el tesón con el que concurría de lunes a sábado a leer las escasas ofertas de trabajo. Secretamente, la consideraba como a una hija porque siempre había estado enamorado de la madre de Mariana. Pero los sentimientos no se contagian, pensó con un suspiro. Emilia se prendó tempranamente de un viajante con el que se casó tras un corto noviazgo. Debía reconocer que tuvieron un feliz matrimonio hasta que un accidente tronchó la vida del marido. A un año del suceso, Mariana perdió el trabajo. En las multinacionales los duelos deben ser breves y no afectar la capacidad de concentración del empleado. Debieron mudarse a un departamento más pequeño, a veinte cuadras del que habitaron en vida del padre. La dueña les había doblado el alquiler al momento de renovar el contrato. Todas contrariedades, le había confiado Emilia mientras bebían un café. Luis se había horrorizado de su insana alegría ante la desgracia de la mujer, que la acercaba nuevamente al barrio de la infancia. Se justificó pensando que en la vida los acontecimientos no eran fortuitos y que él sólo era culpable de seguirla amando. Por el momento, se conformaba con que ella aceptara su invitación a tomar un café cada tanto y lo considerara un amigo confiable. Decidió adelantar la propuesta de trabajo que había resuelto hacerle a Mariana aunque no necesitara una cajera en el negocio. Conociéndolas, era la única forma de colaboración económica que aceptarían madre e hija. Se acercó a la mesa con la bandeja que contenía un pocillo extra y se sentó frente a la muchacha que apartó el diario con presteza.

-¿Me va a hacer el honor de acompañarme? -le preguntó con una sonrisa cariñosa.

-Las madrugadoras gozan de ese privilegio -contestó devolviendo el gesto afable.- Además, no hay clientes que reclamen mis servicios. ¿Hay algún aviso aprovechable en este pasquín?

Mariana se encogió de hombros.

-No abundan. Saqué una dirección para enviar la currícula. ¿Quiere que le diga algo, don Luis? Estoy perdiendo la esperanza.

-¡Ah, no, mi’ja! Eso es lo último que se pierde. Precisamente...

El ruido de la puerta al abrirse lo interrumpió. Emilia y un hombre vestido de traje oscuro y maletín de ejecutivo ingresaron al local. La madre miró alrededor hasta divisar a Mariana. A Luis se le disparó el corazón mientras la mujer, seguida por el desconocido, caminaba hacia la mesa.

-¿Qué pasa, mamá? -dijo Mariana alarmada, levantándose de la silla.

-¡Hola, Luis! -saludó Emilia camino hacia su hija.- No te asustes que no pasa nada grave -aseguró para tranquilizarla.- Pero la noticia que trae el doctor debemos escucharla entre las dos.

-¿Estás enferma? -pronunció la hija, más alarmada todavía.

Emilia rió sonoramente ante las expresiones de Luis y Mariana.

-¡El doctor es abogado! -dijo riendo aún.- Y nos trae una buena noticia… Creo. - dirigió la mirada interrogante hacia el desconocido.

-Permítanme presentarme –intervino el individuo,- soy el doctor Alejandro Goyeneche, abogado y albacea de la señora Victoria Stéfano. –Extendió la mano que maquinalmente estrecharon Mariana y Luis.

Después de esta introducción, el barman les pidió que se acomodaran en la mesa en tanto les alcanzaba un café. El letrado prosiguió:

-Hace tres meses que estoy tras el paradero de Edmundo Stéfano, heredero legal de los bienes de su única hermana. Impuesto del fallecimiento, comencé la búsqueda de sus sucesores. -Mirando a Mariana:- En la empresa donde trabajó me facilitaron su antiguo domicilio, aunque la propietaria negó conocer su nueva residencia. Pero gracias a mi eficiente secretaria -el rostro se le ablandó reconociendo el mérito- que pensó que tendría el domicilio actualizado para cobrar el fondo de desempleo... ¡la ubicamos en el listado de Internet! -terminó triunfalmente.

Mariana hizo un esfuerzo por recordar los rasgos de una tía a quien había visto dos veces en vida de su padre. Sabía que los hermanos se habían distanciado, pero los motivos los guardó él hasta la tumba. Su voz no sonó muy entusiasta cuando descargó la pregunta:

-¿Y qué es lo que heredamos?

Goyeneche abrió el portafolio y extrajo una carpeta que dejó delante de Mariana.

-Aquí está el detalle de los bienes de la señora Victoria. Léanlo con tranquilidad y luego pónganse en contacto conmigo. Deberán comparecer ambas -terminó, entregándole una tarjeta y levantándose a continuación.- Que pasen ustedes buen día -les tendió la mano y salió hacia la tormenta ya declarada.