domingo, 23 de mayo de 2010

LA HERENCIA - XVI

Los esperó con los brazos cruzados sobre el manubrio. Le divertía pensar en la ansiedad materna por enterarse de la identidad del vecino. Luis bajó del auto y le guiñó un ojo al pasar. Abrió la verja y ella los precedió por la senda que conducía hasta la casa. Dejó la bicicleta apoyada contra la pared porque pensaba que la usaría con frecuencia y -sin hacerlo consciente- porque el galpón no le gustaba. Emilia bajó del auto y abrevió:

-¿Y...?

-Ese hombre al que miraste con descaro vive en la casa de al lado. Se llama Julián. Su perro, Goliat, es un mastín español. La cancha de fútbol le pertenece. Los arbustos rojos y plateados son agracejo y... organza, creo.

-¿Cómo se apellida? ¿Es soltero? ¿Con quién vive?

-Me invitó a recorrer la casa -siguió enumerando.

-¿Fuiste? -interrumpió la madre, alarmada.

-No, mami. Le ofrecí mate o café por la tarde. Así podrás hacerle el identikit.

Luis, atento al diálogo de las mujeres, no disimuló la sonrisa. Le hizo notar a Mariana un hecho que lo sorprendió.

-Te vi apoyar la mano sobre la cabeza del perro. ¿Cómo lograste superar tu fobia?

Ella les relató sin dramatismos el encuentro. Terminó diciendo: -además, se parece más a un pony que a un perro. Y se mostró tan amigable...

Emilia le pidió a Luis que abriera el baúl del auto. Entre los dos acarrearon varios paquetes hasta la cocina. La joven trasladó, en un canasto, la vajilla para tender la mesa al aire libre. La acomodó sobre el mantel y miró pensativa los asientos despojados de los cojines. Se resistía a volver al cobertizo. Respiró aliviada cuando vio venir a su madre y a Luis cargando la comida y la bebida.

-Luis, ¿traerías los almohadones del galpón? Después los guardaré en la casa para que no se ensucien -dijo, tratando de disimular su cobardía.

Siguió con vista inquieta la marcha del hombre y no dejó de observarlo hasta que salió del depósito. El almuerzo fue práctico: sandwiches y tarteletas. A las dos de la tarde Mariana se retiró a descansar porque el ejercicio mañanero y la comida reclamaban su tributo. Antes de subir, Emilia le comunicó que al día siguiente tendrían ayuda para la limpieza de la casa.

-¿Le hablaste a Norita?

-Sí. ¡No podía creer que nos hubiésemos mudado! Se puso muy contenta porque está sin trabajo. Poco después que dejó de venir a casa enfermó y estuvo dos meses en cama reponiéndose de una hepatitis. Sus otras patronas no la esperaron y la reemplazaron. Así que está completamente disponible.

-¡Qué bueno, mamá! Porque con los objetos valiosos que hay en la casa necesitamos una persona de confianza.

¿Te acordaste vos de buscar un jardinero? –preguntó Emilia.

-Ya mismo lo busco, señora –dijo, y giró hacia la sala en busca del teléfono.

Después de consultar a varias empresas, se decidió por una de la zona. Le prometieron enviar un empleado por la mañana. En su dormitorio, decidió tomar un baño de inmersión. Al salir, buscó el camisón que había dejado sobre la almohada. Revisó el ropero, suponiendo que lo hubiera guardado su madre y al fin sacó otro, se lo puso, y se acostó bajo la sábana desparramando el pelo húmedo sobre la almohada. Tomó el camafeo y escrutó los rasgos proporcionados preguntándose en qué circunstancia la habrían fotografiado, quién era, qué pensaba. Por el sesgo del ojo percibió el movimiento de la puerta que se abría como empujada por una corriente. Miró hacia la ventana y la encontró cerrada.

-Mariana...

El llamado provenía del pasillo. Se levantó y se colgó el medallón antes de salir. El corredor estaba vacío.

-Mariana...

La voz fluía desde la puerta entornada del dormitorio de su tía. Caminó lentamente y entró con igual morosidad. El retrato de la mujer del medallón, de medio perfil y párpados semicerrados, dominaba la pared opuesta a la cama. Sobre la mesita de luz, distinguió las fotografías de los hermanos. Levantó la de su padre y pensó que no se parecía a la del último aniversario. Claro, está mucho más joven -se dijo.

-Mariana...

Se dio vuelta. El cuadro adquiría profundidad. En el interior, la dama del retrato estaba cambiando de posición. La muchacha dejó la foto y caminó en trance hasta que su mano extendida chocó contra la superficie de vidrio. El cuerpo giraba lentamente. Los ojos se abrieron sobre el pálido rostro y la boca modeló palabras que resonaron en la cabeza de Mariana.

-Deberás buscar lo que tu tía no pudo encontrar y destruir lo que quería preservar.

La mente de la joven, ajena a la incongruencia racional, quería dialogar con la figura oscilante. Percibió que la transformación apuntaba a transmitirle un mensaje no traducible en palabras. Disparó las preguntas que la inquietaban.

-¿Quién sos? ¿Adónde debo buscar?

-Lo sabrás cuando descubras el ático. Y cuando se revelen los signos a tu entendimiento. Tendrás que acabar con una existencia muy preciada. No deberás vacilar, Mariana. Hay que aniquilar de raíz el mal que corrompe a la familia y liberar mi espíritu condenado a permanecer en esta pintura -los párpados cubrieron los ojos inertes antes de pronunciar la orden postrera.- Es hora que vuelvas a tu habitación.

La muchacha obedeció y dio la espalda a la visión. Llegó al dormitorio y repitió la ceremonia de tenderse. Durmió profundamente hasta las cuatro y media, hora en que la despertó su madre. Algunas imágenes nebulosas pugnaban por hacerse concientes, pero desaparecieron con los últimos vestigios de sueño. Bajó y salió al exterior donde Luis y Emilia se habían instalado para merendar. Una torta de respetable tamaño lucía sobre la mesa. Mariana se inclinó para aspirar el aroma que se desprendía del pastel aún tibio.

-¿Quién es responsable de esta delicia?

-Tu mamá, tarambana. Para no recibir a tu invitado con unas galletitas de agua -aclaró Emilia.

-¡Mamacita! ¡Soy una hija despreciable! –la abrazó por detrás y le besó la cabeza.

La madre rió y acarició las manos de la muchacha. Estaba complacida por la aprobación de su hija que recompensaba la falta de descanso. También por la colaboración de Luis, que volvió a tiempo para picar las nueces. Era una experiencia nueva para ella, porque los viajes de Edmundo la privaban de compartir esos momentos de cooperación doméstica. Apoyó la mirada en el cuello robusto del hombre y se sorprendió de su atractivo. Estaba reparando en el varón que despuntaba detrás del amigo. El ruidoso timbre la sobresaltó. Luis ingresó a la casa para atender la llamada. Salió con una sonrisa manifiesta:

-Es tu vecino, Mariana -y agregó:- Un virtuoso de la puntualidad.

jueves, 20 de mayo de 2010

LA HERENCIA - XV

El hombre llegó a la carrera y se agachó junto a la desfallecida muchacha.

-¿Te hizo daño?

Mariana hizo un débil gesto de negación. Él, preocupado, intentó levantarla.

-No... -se resistió ella, tratando de recuperar el dominio.

Cuando recobró el foco de la mirada ambos pasaron respectivamente, del susto y la preocupación, a la sorpresa. Olvidados del encuentro en el supermercado, revivieron la primera impresión. El joven reaccionó y le ofreció el brazo:

-¿Te ayudo?

Mariana, descentrada del miedo por la coincidencia, sintió crecer la ira en su interior. Hizo un gesto de rechazo y se levantó vacilante. Él permaneció atento.

-No me mordió... - balbuceó ella conmovida. Miró al hombre y lo increpó:- ¿Es tu perro?

-Sí.

-¡Me parece un desatino dejarlo libre y sin bozal! Podría matar a cualquiera.

Él la miró inexpresivo. No le respondió esperando ver hasta donde llegaba. ¡La muchacha bonita del súper! Casi se infartó cuando vio asomar las piernas debajo de Goliat. Pero el animal no reaccionó de acuerdo al entrenamiento. No ladró para darle la alarma ni parecía inquieto...

-¿Escuchaste lo que dije? -la pregunta de la joven detuvo su digresión- ¡Está prohibido dejar animales sueltos!

-En lugares públicos.

-Y esta cancha, ¿qué es?

-Parte de mi propiedad.

-¿Tu...? -miró confundida a su alrededor.

-Si la vista no me engaña, el portón está cerrado. Por lo tanto, para Goliat sos una intrusa.

La muchacha bajó la vista y se mordió el labio inferior. El hombre trató de romper el hielo:

-Vamos a omitir este inconveniente. ¿Cuál es tu nombre? -le preguntó cortésmente.

-Mariana –murmuró.

-¡Aquí, Goliat! –el perro se acercó y se sentó- te presento a Mariana. Dale la mano.

El mastodonte estiró la pata delantera y la mantuvo levantada. La joven no se animaba a tocarla.

-No rechaces su mano. Goliat es muy susceptible.

Ella se apresuró a tomarla, ganándose un lengüetazo de aceptación. El joven le tendió la mano mientras se presentaba:

-Yo soy Julián. Encantado de conocerte.

Mariana miraba absorta al animal, incapaz de creer que fuera tan manso. Su dueño, después de un momento, bajó la diestra.

-Bueno. Yo soy de ofrecer una segunda oportunidad –declaró sin que la joven le prestara atención.

-¿Por qué no me atacó? –preguntó en cambio.

-Porque tiene buen gusto, como su amo –chanceó él con una sonrisa.

La joven se recuperó rápidamente. El animal la fascinaba. El color arena del pelo contrastaba con la máscara negra de la cara.

-¿De qué raza es?

-Un mastín español.

-¿Cuánto mide?

-Casi un metro. Y pesa más de cien kilos. ¿Te interesaría saber algo de mí?

La extemporánea salida arrancó una risa en Mariana. Dirigió la mirada hacia los ojos de Julián que brillaban divertidos.

-En realidad, no. Tu perro es más interesante.

Él rió mostrando una dentadura impecable. Ella lo encontró más atrayente que la primera vez que lo vio.

-¿Y estas plantas de colores? ¿Cómo se llaman?

-La roja, agracejo púrpura, y la plateada, orgaza. Te invito a recorrer la casa y prometo responder a todas tus preguntas.

El intercambio fluía con naturalidad. La esgrima verbal encubría el arcano juego de la seducción, aún oculto a la razón. Mariana le retrucó:

-Te invito a la mía. Y podés traer a Goliat.

La complacencia se reflejó en la cara del hombre. La joven captó la expresión y esbozó una sonrisa traviesa. ¿Pensará que lo estoy llevando a mi dormitorio? ¡Buena sorpresa tendrá cuando conozca a mamá Emilia!

-Acepto. ¿Adónde vivís?

-Al lado.

Julián dirigió la mirada hacia la única casa que lindaba con la suya. Bajó la barbilla contra el pecho y cuando levantó la cabeza, la gravedad reemplazaba a la sonrisa.

-Allí vivía una mujer un poco... excéntrica. ¿Compraste la propiedad?

-La heredé. Esa mujer era mi tía. Dejé de verla durante mi infancia. ¿Qué me podés contar de ella?

-Las habladurías del barrio a las cuales es muy afecta mi madre.

-¿Vivís con tu mamá?

-Mantenemos una tierna relación a la distancia -contestó ambiguamente.

A Mariana, la expresión de picardía que acompañaba a la respuesta, le provocó otra carcajada. Abandonó la mano sobre la cabeza del perro, y reiteró:

-¿Café y mate a las cinco? Así me hablás de tía Victoria.

-¡Ah...! Sí, sí. Todo lo que recuerde -se volvió hacia Goliat:- Soy un cero a la izquierda, amigo. De no ser por vos y la tía, mi vecina me hubiese ignorado olímpicamente.

-¡No lo tomés así! Que con los animales y los muertos no se puede dialogar... -consideró ella a modo de consuelo. Sin esperar respuesta, agitó la mano y regresó a la cerca.

-¿Adónde vas?

-A la calle.

-¿Vas a volver a saltar el alambrado? Te puedo ofrecer una salida más cómoda -hizo un ademán hacia una puerta de hierro enclavada entre los ligustros.

La risa la atacó inexorablemente. Pasó al terreno de la casa secundada por el mastín y su dueño. Un sendero de ripio descendía suavemente desde la puerta hasta el camino central que llevaba al exterior. Caminaron en silencio en compañía del can. Se despidieron en la calle y titubearon al momento de formalizar la separación. Goliat los sacó del trance tendiéndole la pata a Mariana y arrancándole la postrera carcajada. Todavía risueña, se agachó para levantar la bicicleta. Fue el momento en que vio, detenido frente a la casa, el auto de Luis. Su mamá estudiaba a Julián y al perro sin disimulos. Ella se lanzó a pedalear raudamente y llegó a la verja antes que Luis, quien retrocedía marcha atrás.

domingo, 16 de mayo de 2010

LA HERENCIA - XIV

Madrugaron después de una noche de pacífico descanso. Ni bien terminaron de desayunar, Mariana le pidió a Luis:

-Acompañame hasta el galpón. El otro día vi una bicicleta en buen estado.

Salieron dejando a una madre inquieta que se preguntaba a qué otro sobresalto la sometería la hija. Las decisiones de Mariana eran tan intempestivas como las de su padre. A una la sentenciaban al asombro pasivo e irremediable. Si ella creía que la dejaría vagabundear entre ramas y senderos escabrosos montada en dos ruedas, chocaría contra la autoridad materna. Estaba dispuesta a ser inflexible para preservar la integridad de su retoño. La voz de Mariana truncó el soliloquio.

-¡Mamá! ¡Vení a ver!

La muchacha pedaleaba diestramente en una bicicleta plateada de aspecto flamante. A Emilia no la sorprendió. Antes de que Edmundo le ayudara a comprar el auto, Mariana viajó varios años en bici. La hizo vivir sobre ascuas temiendo que sufriera algún accidente, así que fue la principal promotora de la compra del automóvil cuando su hija quiso escalar a la motocicleta. Allí, al menos, no había vehículos que pudieran atropellarla. No pudo evitar reconvenirla cuando, alardeando de su pericia, soltó el manubrio y saludó con ambos brazos levantados.

-¡Mariana! ¡Te vas a caer!

Le respondió la risa al viento de la joven que giró graciosamente y se apeó ante ella.

-¿No sabés mamacita que andar en bicicleta nunca se olvida? ¡Me ha dado tanto gusto encontrar esta belleza! ¿No está en perfectas condiciones?

La mujer asintió. El vehículo no sugería una larga estadía en el cobertizo. Tal vez -pensó- estuvo guardada en la casa. Aunque no imaginaba a Victoria montada en ese artilugio. Le transmitió a su hija los planes de la mañana:

-Tenemos que ir hasta el súper. Anoche escuché ruidos en la cocina y temo que haya ratas. Vamos a comprar cebos para distribuirlos por la casa.

-¡Yo los sigo en la bici!

-¡Ni lo menciones! No vas a ir pedaleando por la ruta.

-Entonces, me quedo pedaleando aquí. Me hace falta un poco de ejercicio.

-Ya hablamos acerca de quedarte sola en cualquier lugar de la casa –dijo Emilia con firmeza.

-Mamá. Una cosa es que te haya prometido no correr riesgos, y otra, que me trates como a una criatura –replicó molesta.

-Mirá, Mariana. Tal vez dentro de unos días se me haya pasado el susto. Pero por ahora, no te quiero sola en este lugar.

La hija reflexionó. No estaba dispuesta a renunciar al paseo tonificante.

-Se me ocurre una idea. Mientras ustedes hacen las compras, doy una vuelta por los alrededores. El barrio es tranquilo, no hay tránsito de vehículos, y de paso tomo nota de los negocios.

Emilia, respondiendo al reflejo adquirido recientemente, interrogó a Luis con la mirada.

-Pienso que son calles seguras si te preocupa el tráfico -respondió él a la pregunta tácita.

-Muy bien. Te llevamos en auto hasta la calle.

-Me van a llevar a la retaguardia y vos podés vigilarme por el espejito retrovisor si te tranquiliza -resolvió la hija.

Emilia se dio por vencida y subió al coche con una sonrisa. Nunca había podido con el genio de padre e hija. No perdía de vista a Mariana quien sorteaba hábilmente los escollos de la senda. En la entrada, le repitió:

-No vayas a entrar sin esperarnos.

-Andá tranquila. Si tengo que usar el baño, me meto detrás de un arbolito -contestó burlona.

La risa de Luis quedó resonando cuando el auto se alejaba. Mariana montó en la bicicleta y se abandonó al placer de pedalear. Agrandó el radio de la incursión registrando mentalmente una panadería, una farmacia, un minimercado, una carnicería y un puesto de diarios y revistas. Al cabo de una hora de ejercicio, regresó a su cuadra y enfiló hasta el final de la calle. Abandonó la bicicleta en el suelo y avanzó hacia una reja cubierta de apretado ligustro. Sobre ella, asomaba una casa moderna de dos plantas. Los pinos y los cipreses la custodiaban pero no la ocultaban. No apreció movimiento de personas y concluyó que debía estar deshabitada. Al costado, cercada por un alambrado, distinguió una cuidada cancha de fútbol. El fondo estaba orlado por arbustos de llamativas hojas color rojo y plata. Obedeciendo a un arranque que su madre reprobaría, trepó la empalizada y cayó del otro lado. Caminó con placer, relajada por el sol y la gimnasia. Examinó el vistoso follaje y arrancó una hoja de cada color. Se dejó tentar por el mullido césped y se tendió boca abajo para inspeccionar las muestras sin que la molestase el resplandor. Cuando el sopor la embargó, se dio vuelta y almohadilló la cabeza entre los brazos. Cerró los ojos y respiró hondo para disfrutar del aire oxigenado. Se sentía en estado de gracia. Su mente, azarosa, deambulaba por atemporales paisajes que fusionaban pasado y futuro. La sustrajo del ensueño un tenue resoplido. Un sol que le hería las pupilas no alcanzó a encubrir al formidable animal que la contemplaba. La crisis de pánico sólo le permitió mover los brazos para taparse el rostro. Sintió el cuerpo paralizado, agarrotadas las cuerdas vocales. Estaba segura de que iba a ser destrozada y devorada. La bestia le olfateó las extremidades tratando de llegar, a juicio de la joven, al punto vulnerable del cuello. Como en el sótano, se sobrepuso al terror y bajó lentamente los brazos. El perrazo no detuvo su reconocimiento. Mientras le olía el torso, ella giró la cabeza buscando algún objeto que le sirviera de defensa. Un agudo silbido, continuado por un grito masculino, alertó al animal.

-¡Goliat! ¡Quieto!

miércoles, 12 de mayo de 2010

LA HERENCIA - XIII

Un calor creciente la descentró de los murmullos. Entre los dedos agarrotados se filtraba un tenue resplandor verdoso. Soltó el medallón. La fosforescencia se expandió y la rodeó como un aura. Intuyó que estaba a salvo antes de que los ruidos se acallaran. La cápsula protectora persistió hasta el llamado apremiante de Luis y Emilia. Cuando el hombre levantó la puerta de madera, encontró a Mariana sumida en la oscuridad.
Los torsos de Luis y Emilia se recortaron contra el enceguecedor cuadrado de la tapa levantada. Se inclinaron hacia abajo intentando penetrar las tinieblas. Las preguntas se superponían:
-¿Estás bien, querida?
-¿Podés subir?
La joven se incorporó deseando estirar la claridad hasta donde se encontraba. La luz sólo iluminaba los primeros escalones.
-¡Estoy bien! Pero necesito luz para ver hasta donde llega la escalera. Me caí porque se rompieron los peldaños.
-¿Los primeros están firmes? –preguntó el hombre.
-¡Sí! Por eso me confié.
-Voy a tratar de arrimarme a vos –dijo Luis disponiéndose a bajar –acercate a la escalera y vamos a ver si te alcanzo.
En tanto descendía no dejaba de hablar para que Mariana lo ubicara. Cuando acabaron los peldaños, le indicó:
-Me voy a tomar del último escalón. Fijate si podés tocar mis pies.
Ella estiró los brazos, avanzó y sus dedos chocaron contra la rodilla de Luis. Largó la carcajada cuando se dio cuenta que sólo había caído dos metros.
-¿Son tan graciosas mis piernas? –preguntó Luis al tiempo que se soltaba del escalón y aterrizaba junto a Mariana.
La muchacha lo abrazó fervorosamente. Él la apretó por un momento y después le comunicó: -te voy a izar hasta la escalera.
-¿Y vos, cómo vas a salir?
-Dando un salto, querida. Vamos, que tu mamá está muda por la impaciencia.
La levantó sin esfuerzo hasta que las manos de Mariana se aferraron al travesaño. La euforia de salir de aquel hueco minimizó las huellas del golpe. Los brazos ansiosos de su madre la estrecharon consoladoramente hasta que las separó la voz de Luis:
-¿Me harán lugar para abandonar este agujero?
Una vez que la puerta estuvo cerrada y acomodada la alfombra, se descargó la tensión de Emilia.
-¡Sos una imprudente! ¿Cómo se te ocurrió bajar a ese lugar sola? ¿Y si te hubieras roto algún hueso? ¿O si no hubiéramos sabido donde encontrarte? ¡Te prohíbo que vuelvas a merodear por cualquier rincón de la casa!
Mariana y Luis escucharon en silencio el estallido de la mujer. La hija se acercó con un gesto de disculpa.
-¡Tenés razón, mami! Te prometo que nunca más me dejaré llevar por un impulso. ¿Me perdonás? –dijo compungida.
La madre no parecía muy permeable al indulto. Mariana no insistió y caminó hacia la puerta. Los mayores la siguieron y se dirigieron hacia la casa de consuno. El regreso fue silencioso, respetando el mutismo de Emilia. Los planes mañaneros habían quedado en el olvido. La muchacha subió a su habitación y se tiró en la cama. Los recuerdos de la experiencia en el sótano afloraron. Se sentó y desprendió la cadena del cuello. Examinó el medallón a conciencia hasta descubrir en el costado un cierre disimulado. Se abrió al oprimirlo revelando una vieja fotografía. Era el retrato de una mujer de cara armoniosa y serena. Si no fuera por el pelo recogido en lo alto y la expresión, se diría que era su tía Victoria. Volvió a reclinarse sosteniendo la fotografía sobre el rostro, intentando encontrar una explicación racional a la anomalía experimentada durante el encierro. No dudaba de la realidad de las voces ni de la manifestación luminosa. Rebuscó en la memoria hasta encontrar un artículo acerca de la materialización de fenómenos ante la inminencia del peligro. “Mi mente calenturienta se proyectó sobre el medallón” -sintetizó. Somnolienta, se abrazó a la almohada y se embarcó hacia el territorio del sueño. La despertó un roce suave sobre la frente. Abrió los ojos y encontró la mirada materna. Emilia estaba reclinada en actitud protectora. Ella le sonrió blandamente a medida que recuperaba la conciencia.
-¡Hola, dormilona! Buen susto me has dado y buen susto te has pegado a juzgar por la siesta -le dijo cariñosamente.
-¿Qué hora es? -bostezó.
-Hora de cenar, señorita. El chef, con mi asistencia, ha preparado una deliciosa fuente de carne al horno con guarniciones. ¿Por qué no te despejás con un baño antes de comer?
-Bueno, mami -y agregó con gesto contrito:- nos perdimos el estreno de la pileta...
-Mañana será, ansiosa -y la instó:- Date una ducha mientras Luis y yo terminamos de acomodar la mesa -se levantó del borde de la cama y salió airosamente.
Mariana observó cuán juvenil lucía. ¿Sería que empezaba a olvidar a su papá? Una punzada de celos la acongojó. No podría compartir con ella el nuevo afecto como compartían la tristeza de la pérdida. Pero a mamá no se le ha terminado la vida. ¡Es tan joven todavía...! No voy a ser yo quien se interponga en su camino. En realidad, YO, YO, debiera buscarme un novio. O una aventurita, para empezar. ¡Pero no me gusta nadie! ¿Serán todos los hombres tan vacíos? Como el idiota de Sandro, incapaz de compartir mi duelo. ¡Chiica! ¿Dos semanas llorando? Mejor me busco una compañía más alegre. No me lo dijo así, pero ERA lo que quería decir. Estaba tan dolida que ni siquiera me importó... Necesito alguien que me abrace, me bese, me diga que soy linda, que me necesita. Y bastante más... Algo mejor que lo que tuve con Sandro y Miguel. Claro que tendré que aflojar mis represiones, pero TIENE que haber un hombre que me excite. La curiosidad por el sexo no es suficiente. Ya me la saqué de encima y no quiero más relaciones así. Asintió enérgicamente con la cabeza y saltó de la cama. Media hora después, relajada por el baño, bajó a la salita. Luis y Emilia departían amigablemente delante de una copa de vino rojo.
-¿Algún resabio del golpe? -le preguntó el hombre.
-¡Nada! Sólo la humillación de estar tan cerca de la superficie sin haberme dado cuenta -dijo riendo.
-¿Qué pasó por tu cabeza allí abajo?
La intuitiva pregunta de su madre la sorprendió. Decidió no contarle nada por el momento.
-¡Los personajes que me asustaban cuando era chica! Ya sabés: fantasmas, hombres lobos, vampiros y... ¡alimañas! Ratas sobre todo -terminó con una mueca de repugnancia.
El semblante circunspecto de Emilia le dijo que la respuesta no la persuadía. Entonces decidió cambia el eje de la conversación:
-¡Me muero de hambre! ¿Qué exquisitez comeremos?
-¡Ay, querida, cierto que no comiste nada en todo el día! Pero no quise despertarte...
-Tenés la oportunidad de reivindicarte -sugirió, estirándole el plato.
Luis se había levantado y volvió con una tentadora bandeja de fiambres y quesos. Retiró el plato de la mano de Mariana y le sirvió una generosa ración. La joven le dijo divertida:
-¿Estás insinuando que soy una glotona?
-¡Dios me libre! Sólo trato de evitar que tu madre se quede sin brazo.
La declaración, hecha en tono solemne, despertó la carcajada de las mujeres. Mientras Luis volvía a la cocina en busca del plato principal, Emilia le propuso a su hija:
-¿Qué te parece si mañana madrugamos y me ayudás a desyuyar el jardín y a limpiar los vidrios?
-No me parece, mamá. No voy a perder el tiempo en tareas domésticas teniendo tanto que descubrir en la casa. Y vos no te vas a deslomar preparando la tierra para plantar. ¿Te olvidaste que podemos contratar un jardinero y una empleada que nos ayude?
-Lo que parece es que te han subido los humos de nueva rica a la cabeza –dijo Emilia con sonrisa divertida.
-¡Mamá…! ¿Acaso en vida de papá no la tenías a Norita tres veces por semana para un departamento de tres dormitorios? Además, no va a ser un gasto excesivo. Sólo serán dos meses y quedará la casa en perfectas condiciones para venderla. ¿No es lo que tenés planeado?
La mujer la miró dubitativa. No le sonó demasiado sincero el argumento de Mariana, pero decidió aceptarlo.
-Entonces, mañana llamaré a Norita. Espero que le quede algún día libre. ¿Podrás buscar en la guía algún jardinero? ¡Esos yuyos me enferman!
La charla quedó interrumpida por la aparición del improvisado cocinero portando una fuente de carne y papas y otra de hortalizas crudas. Un clima relajado distinguió la velada. Después de cenar se acomodaron en los sillones para continuar la sobremesa. Evitaron referirse al suceso de la mañana como si temieran romper la armonía del momento. Mariana, al rato, se levantó y enchufó el viejo equipo de música. Seleccionó varios discos de larga duración y los apiló sobre la bandeja. Sincronizó el cuerpo a los compases del twist y se sacudió sola por un rato. Después tomó la mano de su madre y la llevó hasta la pista improvisada. Luis entornó los ojos arrobado por la gracia con que danzaban. En ese momento tomó conciencia de que nada lo separaba de Emilia. Esta vez no cedería sus derechos a nadie. Se preguntó por qué pensaba que tenía derechos sobre la mujer. Por amarla tanto -descubrió. El tornado Mariana lo arrastró al centro de la escena. Se sentía torpe en medio de las diestras bailarinas. El denuedo de la joven, devenida en profesora, le permitió adecuarse al movimiento de las mujeres. Descubrió el placer de abandonarse a la música en compañía y extenuó a las damas con su resistencia física. Mariana, con la cara arrebatada, se tiró en un sillón.
-¡Piedad! Ya no puedo más... -concluyó en un soplo. Después se levantó y avisó:- Voy afuera a tomar un poco de aire.
-¡Sola, no! -la reacción de Emilia fue instantánea.
-Entonces, acompañame -replicó la hija caminando hacia la salida.
La mujer cambió una mirada con Luis y ambos la siguieron hasta el iluminado pórtico. Mariana se ahorcajó en el borde de la escalera y extendió los brazos hacia la cúpula acribillada de estrellas.
-¿No parece que estuviéramos en el planetario? ¿Y que brillan más que en la ciudad?
-Sí -respondió Emilia con melancolía- las luces las apagan y los edificios las ocultan. Cambiamos la belleza por el confort.
La hija la miró sorprendida. Estaba convencida de que su madre era tan adicta a la ciudad como ella a los espacios abiertos.
-¡No es mi mamá la que habla! ¿Desde cuándo cuestionás las ventajas de la civilización?
-¿Y desde cuándo cuestionás vos a tu mamá, sabihonda? -Emilia fingió enojo.
Mariana se incorporó de un salto y la abrazó. Así enlazadas se acercaron a Luis. Los tres, en silencio, compartieron el ancestral espectáculo nocturno.

viernes, 7 de mayo de 2010

LA HERENCIA - XII

En la casona, Mariana hojeaba los periódicos después de sacudirles el polvo. Fue desechando los tradicionales de fechas caducas y separó los que desconocía. Estaban escritos en inglés, francés, alemán, ruso y -supuso- chino. ¿Quién tendría conocimiento de tantas lenguas?, se preguntó maravillada. ¿Su tía? Después bajó las revistas. Aquí no había ninguna escrita en castellano y no eran, precisamente, publicaciones de chismes. El idioma le era extraño, no se parecía a ninguno que pudiera identificar. Las portadas eran oscuras y las ilustraciones, símbolos. Revisó algunas y abandonó por no entender nada. Las devolvió al estante con los periódicos extranjeros. Apoyó las cajas y los bultos sobre la mesa. ¿Por dónde empezar? -se dijo. Decidió abrir las cajas. La primera estaba ocupada por hojas perforadas y unidas por un cordel, atestadas de símbolos semejantes a los de las revistas. El papel era grueso, símil pergamino. Para salir de la duda, bajó una revista y comprobó que coincidían. Recorrió la carpeta cuidadosamente sin encontrar nada que ayudara a desentrañar los signos. Las otras cajas contenían más carpetas escritas en esa oscura grafía. Al separar una página de la que encabezaba la última caja, descubrió unos rasgos escritos en el borde interno de la hoja. Los destapó en su totalidad y quedó aturdida estudiando una letra que le era familiar. Cuanto más la observaba, más se aseguraba de que era la firma de su papá. ¿Cómo no reconocerla si tantas veces la vio al pie de los contratos que ella le tipeaba en la computadora? O papá escribió estos símbolos, o de puro aburrido estampó una rúbrica en el papiro. Pensar en un papiro le causó gracia. Se quedó con la carpeta para enseñársela a Emilia y corroborar la autenticidad de la firma. Al devolver el resto a la caja, sus dedos tropezaron con un objeto encajado en una arista del fondo. Dejó los folios sobre la mesa y levantó el doblez que fortalecía la base. Tirando cuidadosamente, fue recuperando una gruesa cadena plateada de la que colgaba un camafeo labrado. Mariana, sin inspeccionarlo, se lo colgó al cuello. Ya tendría tiempo de estudiarlo cuando volviera a la casa. Antes de abrir el primer paquete descansó la vista sobre la alfombra. Los dibujos estaban opacados por el polvo. Se agachó para sacudir la tierra con las palmas de las manos. La nube de polvo la hizo toser. Desprendió el reloj de su muñeca para preservar el mecanismo y lo dejó sobre la mesa. Gateó sobre el tapizado descubriendo el colorido estampado. Después de los extraños tapices del gran salón, el grabado de flores le pareció ingenuo. A diez centímetros del borde, un eco respondió al golpe. Sorprendida, volvió a palmear el lugar que indudablemente sonó a hueco. Levantó la alfombra y la dobló sobre si misma. Los contornos de una tapa aparecieron debajo. Terminó de enrollarla y dejó al descubierto lo que supuso el acceso a un sótano. Buscó la manija o alguna hendidura para levantarla. En uno de los bordes había dos perforaciones equidistantes de las puntas. Separó los brazos y metió los dedos tironeando hacia arriba. La tapa no se movió a pesar de sus múltiples intentos. Sin desalentarse, revisó todos los rincones del cuarto buscando cualquier elemento que le permitiera abrirla. Recurrió al armario y encontró sobre el piso de madera una barra con dos pivotes que concordaban con los agujeros del cuadrado. Los encajó y elevó la tapa sin dificultad. Complacida por la simplicidad de la operación, examinó la oscura boca considerando la posibilidad de bajar. El resplandor exterior le permitió ver los primeros tramos de una escalera de madera. Seguro que abajo debe haber una llave de luz –pensó con optimismo. Colocó la pila de diarios desechados bajo una de las aristas de la tapa y se arrodilló para tantear con su pie el primer peldaño. Lo encontró resistente y bajó el otro pie aferrándose del borde. Nada le sugería la imprudencia de una aventura sobre terreno desconocido y en total soledad. Descendió cautelosamente probando la resistencia de cada escalón. Los sintió tan firmes que abandonó las precauciones a la mitad de camino. La excitación del descubrimiento la impregnó. Cuando su mano izquierda soltó el soporte del travesaño para buscar el que seguía, el pie derecho se apoyó en el vacío. Ahogó una exclamación mientras se mantenía suspendida por un brazo. Pateó buscando sustento para su pie, sin animarse a soltar el peldaño, ignorante de la profundidad de la bodega. Se afirmó con el otro brazo y se deslizó hacia abajo suponiendo que encontraría la grada posterior. No había más que maderos a los lados. Entonces intentó elevarse para alcanzar el soporte que había abandonado. A pesar de su agilidad, la inquietud entorpecía el ascenso. Tanteaba la base del escalón cuando la tapa se desplomó sobre los diarios. El sobresalto le soltó los dedos y cayó con un grito que amalgamaba susto y contrariedad. El golpe se produjo antes de lo que calculaba su mente desbordada. Cuando recuperó el aliento, movió cuidadosamente el cuerpo previniendo alguna lesión. Estaba dolorida por el porrazo pero la molestia era soportable. Se incorporó hasta quedar sentada en el piso. Había ingresado al reino de la oscuridad. Levantó los ojos hacia el techo buscando la entrada al sótano. Sólo un filo de resplandor, insuficiente para iluminar más que pocos centímetros, se colaba por la abertura forzada por el hatajo de periódicos. ¡Dios mío! ¡Me quedaré aquí abajo hasta morir! ¡No seas idiota! Cuando mamá y Luis se extrañen de mi demora, vendrán a buscarme. Pero ¿me buscarán aquí? ¿Y si empiezan a recorrer todo el bosque? ¿Y si me buscan primero por todos los alrededores? ¿Y si avisan a la policía? ¿Y la policía les dice que deben esperar cuarenta y ocho horas para considerarme desaparecida? No voy a aguantar tanto tiempo... ¿Qué hice? Y me saqué el reloj... Por lo menos podría saber la hora, cuánto tiempo falta para el mediodía... ¡Bueno! ¡Basta de lamentos! Lo hecho, hecho está. Tranquilizate y esperá que te socorran. No se ve nada... Si me muevo de aquí no sé que podría encontrar... ¿Y qué vas a encontrar, tonta? Nada. ¿Nada? Por algo habrán construido este sótano... ¿Qué guardarán? ¿Por qué no pensé un poco antes de bajar? Papi se hubiera enojado. ¡Ay, papá...! Este fue tu territorio... Hacé que no me pase nada... ¿Faltará mucho para el mediodía? ¿Eh? Ese ruido... ¡Ratas! ¡En todos los sótanos hay ratas! ¡Algo se movió! ¡Por favor, por favor, por favor...! QUE NO SEAN RATAS ¡Mariana! Te desconozco. Sabés que para soportar la espera tenés que conservar el dominio. Si pudiste afrontar la muerte de papi y salir de ese edificio, bien podés aguardar hasta que te encuentren... El diálogo consigo misma quedó interrumpido por el inequívoco sonido de una respiración procedente de la izquierda. Sintió la turbulencia de su torrente sanguíneo en disonancia con la parálisis de los miembros. Quien sea tendría que acercarse a ella para atacarla. Y juró que no iba a llevárselas de arriba. Giró lentamente hacia el origen del ruido y tensó el cuerpo dispuesta a repeler cualquier agresión. La adrenalina la inundó. El resuello se multiplicó y fue mutando a un escalofriante cuchicheo intercalado de risitas. ¿De qué aviesas risitas tendría que defenderse? Elevó la mano derecha hasta el cuello para contener el estridente latido de su corazón y la deslizó instintivamente por la cadena. Cerró el puño sobre el colgante y lo apretó contra el pecho tumultuoso.

domingo, 2 de mayo de 2010

LA HERENCIA - XI

Mariana despertó con un delicioso aroma de café y tostadas recién hechas. Abrió la valija y acomodó las prendas en el ropero. Se puso la malla bajo la ropa deportiva y bajó, deleitándose con los colores que el sol pintaba sobre el piso con la paleta de los cristales. Luis y su madre, muy descansados, desayunaban en la sala de estar.

-¡Buen día! -los saludó con una sonrisa y les repartió un beso.

-¡Hola, mi amor! ¿Dormiste bien? -pregunto Emilia mientras le servía café.

-Más o menos... -respondió, enmantecando una tostada.- Si no fuera por la pícara o el pícaro que dejó la tele encendida y me despertó a medianoche.

-No es mi caso. Vos sabés que con los aparatos yo no me meto. Es más, me quedé dormida inmediatamente. -Lo miró a Luis interrogante.

-Yo tampoco lo toqué, Mariana. ¿No habrá sido un cortocircuito?

-Pero yo lo desconecté... -alegó. Luego, ensayando una interpretación:- Es posible que no lo haya desenchufado y que de tanto toquetearlo entrara en contacto tardío... Sí, eso debe ser.- Asintió con la cabeza, satisfecha con su explicación.

Los mayores no la contradijeron porque pensaban que el relato pertenecía al territorio onírico de una muchacha enardecida por el cambio. Mariana salió al exterior y comprobó que la mañana estaba muy fresca para un chapuzón. Volvió a la casa con el informe.

-Dejemos el baño para el mediodía. Ahora podríamos revisar la cabaña de las enredaderas.

-Vayan ustedes dos -les dijo Emilia- porque me avisaron al celular que vienen a conectar la línea telefónica durante la mañana.

A Mariana no se le escapó el gesto, inmediatamente reprimido, de Luis. Estaba claro que prefería permanecer con su madre y le pareció absolutamente lógico. Soltó con despreocupación:

-Háganse compañía que yo conozco bien el camino. Eso sí -agregó mirando a Luis- antes del almuerzo los vengo a buscar para estrenar la pileta.

-Esperá, Mariana -la voz del hombre la detuvo.- Te acompaño –Se inclinó hacia Emilia y dijo en voz baja:- Quiero dejarla en lugar seguro. Después vuelvo.

La mujer asintió, agradecida. No le gustaba que su hija incursionara sola entre los árboles y la tranquilizaba que fuera con Luis. Pensó cuán diferente era este hombre de Edmundo. En él no había misterios ni reservas. Se recostó sobre el respaldo del sillón mientras la charla del dúo se amortiguaba a la distancia.

-Te hubieras quedado. A lo mejor los técnicos necesitan alguna sugerencia masculina.

Luis se rió de la consideración de Mariana. Le hizo un gesto para que se detuviera y abrió el baúl del auto. Sacó la caja de herramientas:

-Seamos previsores. La intemperie puede haber arruinado el mecanismo de la cerradura.

Reanudaron la marcha a paso vivo por un camino que se había vuelto familiar. Un firmamento de azul impecable y un sol esplendoroso auguraban un día sumamente cálido. Ante la puerta de la cabaña, Mariana introdujo la llave en el hueco de la cerradura invadido por telarañas. Respondió como todos los mecanismos probados hasta el momento: se destrabó suavemente como recién lubricado. Le echó una mirada satisfecha a Luis y empujó la hoja de madera. La claridad del exterior penetró con ellos descubriendo el austero mobiliario que equipaba la habitación. El hombre lidió con la ventana y la abrió hacia fuera desprendiendo las guías vegetales que la retenían contra la piedra. La luz matinal descubrió los detalles del ambiente. Una mesa de madera, una silla, y una alfombra entre el camastro apoyado contra la pared y el antiguo ropero que lo enfrentaba.

-¿Esto es todo? -el desencanto opacó la voz de Mariana.

-Me parece que estás enviciada -contestó Luis- ¿Aspirabas encontrar el cofre de un tesoro?

La joven se encogió de hombros y después dejó escapar una cristalina carcajada.

-¡Tenés razón! ¿Qué otra cosa se podía esperar de una choza perdida en medio de la espesura? Pero esperá -dijo caminando hacia el armario- si hay cosas en el ropero, me quedo a fisgonear.

Abrió una de las puertas y descubrió varios estantes ocupados por periódicos y revistas polvorientas, prendas amontonadas con descuido, cajas y envoltorios. -Podés volver con mamá. Preparen un refrigerio para irnos de picnic a la pileta -le dirigió una sonrisa graciosa- si no es mucho pedir...

-Sus órdenes serán cumplidas, princesa -declaró Luis con una reverencia. Después agregó:- ¿Tenés reloj? Porque si te dejás llevar por la curiosidad, no te veremos hasta la noche.

-Tengo, tengo. Nos encontramos al mediodía -dijo bajando ya la pila de papel.

El hombre meneó la cabeza con resignación. Volvió presuroso con su amada, tranquilo por dejar a Mariana en un lugar que no ofrecía más riesgo que algún descubrimiento entre la profusión de objetos. Cerca de la casa, vio a Emilia parada en la entrada escudriñando los alrededores. Cuando lo descubrió, vaciló antes de hacerle un gesto de saludo.

-¿Impaciente? -preguntó él.

-No -respondió frunciendo el entrecejo- salí porque escuché tres golpes fuertes a la puerta. Creí que eras vos.

-Recién llego. Te habrá parecido.

-¡No! Fueron tres golpes claros.

Luis abrió los brazos y giró ciento ochenta grados. La miró sonriendo.

-No hay nadie. ¿Lo habrás soñado?

-Para ser un sueño me provocó un buen sobresalto -dijo perpleja- No pensé en los de la telefonía porque yo tengo que abrirles el portón. Creí que eras vos... -reiteró- Y me asustó la urgencia de los toques. Bueno -reaccionó- contame lo de la cabaña.

-No hay demasiado que contar. Es un lugar con escaso mobiliario y dejé a tu hija husmeando el contenido de un viejo ropero.

Un timbrazo interrumpió el coloquio. Emilia entró en la casa y al salir le anunció que venían a instalar el teléfono. Ambos se quedaron esperando en la entrada. Poco después apareció la camioneta de la empresa y deliberaron con los empleados los puntos más adecuados para ubicar el aparato principal y las extensiones.

miércoles, 28 de abril de 2010

LA HERENCIA - X

-¿Por dónde querés empezar? -preguntó Luis.

-Por la casa que vi en mi primera recorrida. Está siguiendo ese sendero -indicó.

Caminaron en silencio. Mariana agradecía la presencia del hombre que sosegaba los corceles desbocados de su imaginación. El sol restituía la inocencia al paisaje enturbiado por las sombras. La construcción apareció al final de la senda. La enredadera cubría las paredes de piedra y parte de las aberturas de madera adonde se apreciaba el paso del tiempo y el abandono. Luis giró el antiguo picaporte y descubrió que la puerta estaba asegurada.

-No vas a poder calmar tu curiosidad... Está cerrada con llave.

-¡Ay, ay, ay...! -profirió Mariana.- ¡Y no traje el llavero! ¿Cómo iba a imaginar que esta casucha estaba clausurada?

El hombre la invitó a tener paciencia con una sonrisa y un gesto. Después de varios intentos de espionaje entre las hendijas, reanudaron la caminata. Esta vez llegaron hasta la verja que circundaba la finca. Contra ella se apoyaba una barrera de árboles y matorrales. Mariana, empeñada en avistar la calle, se ganó varios raspones.

-¡Es peliagudo meterse entre los árboles! Esta casa está más protegida que el pentágono -compuso un gesto tortuoso.- Nadie puede entrar... O salir.

Luis dejó escapar una carcajada. Las ocurrencias de Mariana lo divertían, la tarde era espléndida y la ilusión de compartir algunos días con la mujer querida, tangible. Revolvió el pelo de la joven y la tomó de la mano para continuar la caminata. Un poderoso gruñido los detuvo.

-¿Qué fue eso? –dijo Mariana, apretando el brazo de su compañero.

Luis intentó descubrir el origen del sonido. Recorrió la valla con la mirada mientras registraba la presión de los dedos de la muchacha. Recordó la fobia de Mariana por los perros desde que fuera atacada. Con cinco años debió sobrellevar un largo tratamiento.

-Quedate tranquila, querida. El ruido viene desde afuera y como dijiste, nadie puede entrar.

Un silbido agudo alejó el bramido amenazante. La muchacha aflojó el apretón con expresión avergonzada.

-Perdóneme, Luis. De sólo pensar en el tamaño que acompaña a ese rugido, me volví loca. No lo puedo superar... -confesó con desánimo.

-No te apures. Ya va a pasar... -dijo su compañero y le rodeó los hombros afectuosamente. Después miró el reloj:- ¡Son las cinco! ¿Vamos a sorprender a tu madre con unos mates?

-¡Despertemos a la dormilona! -voceó Mariana.

Se despegaron del muro vegetal que aislaba la casa, buscando el sendero que los guiara entre los árboles. Descubrieron un claro en cuyo centro se abría un ojo de agua lo bastante extenso como para semejar una piscina mediana. Un tosco borde de piedras lo rodeaba, quebrado por una plataforma doble de ladrillos asentados sobre la tierra.

-¡Una pileta de natación! -exclamó la muchacha excitada.

-Habría que sondear la profundidad -discurrió Luis plantado sobre los ladrillos.

-¡Pero si es un estanque! ¿No ves la calma de la superficie? -insistió la chica olvidando formalismos.

-Antes de ser recatada por un par de buzos, ¿me dejarás hacer algunas verificaciones?

Mariana se rió del tono circunspecto de Luis. Podía aceptar que obrara como un padre porque le agradaba la figura sólida y afectuosa de ese hombre en el devenir de su historia.

-¡Hecho! Prometo darme la primera zambullida en tu presencia.

Avanzaron como buenos camaradas hacia la senda que se colaba entre los árboles. Era el camino indudable hacia la casa y, a juzgar por la ausencia de hierbajos, asiduamente transitado. Después de la larga caminata, les pareció llegar en un santiamén a la casona. Mariana subió a llamar a su madre y Luis organizó la merienda. La joven se acercó al lecho de Emilia. Un repentino sentimiento de culpa la hostigó al recordar su desacuerdo con la mudanza. ¿Y si tenía razón y no debiéramos estar aquí? ¿Y si le pasa algo y no llega el auxilio a tiempo? Yo seré responsable. ¡Ay, mami! Te ves tan inerme... Pero, ¿qué podría pasar? Las dos gozamos de perfecta salud y seremos cuidadosas. Además, estamos a veinte minutos de la zona comercial. Contuvo la angustia y acomodó una sonrisa alegre. Acarició con suavidad el cabello de Emilia.

-Mami... Mami... -llamó en voz queda.

La mujer abrió lánguidamente los ojos y le sonrió.

-¿Descansaste, ma?

-¡Como un oso en invierno!

-Ponete linda que Luis nos espera con un mate.

-¿Y cómo les fue en la recorrida?

-En general, bien. No pudimos entrar a la cabaña porque estaba cerrada con llave y un perrazo de la calle me pegó un susto de novela. ¡Pero es una gloria caminar entre los árboles! Y, al final, ¡descubrimos una piscina natural!

Emilia estaba feliz de verla tan entusiasmada. Tal vez -pensó- no haya sido un error acceder a sus deseos. Se vistió y bajaron a la cocina para reunirse con Luis. La merienda se extendió hasta las siete. Después pasaron al estar donde Emilia y el hombre, sentados en los cómodos sillones, desmenuzaron los sucesos desde la llegada del abogado. Mariana investigó los detalles de la estancia. Reparó en el antiguo televisor apoyado sobre una mesa con rueditas que desentonaba con el resto del mobiliario. Lo enchufó, apretó el botón de encendido, esperó algún destello que certificara el funcionamiento. Ajustó la ficha al tomacorriente, inspeccionó los botones y movió la antena. Desalentada, pidió auxilio:

-Luis, ¿entendés algo de televisores?

-Nada más que manejar el control remoto –contestó con gesto de disculpa.

La joven se resignó y lo desenchufó. Mañana lo hará revisar. ¿Revisar? Compraré uno nuevo. ¡Ahora puedo! Se acercó a una vitrina de cristales enmarcados en madera finamente tallada, cuyos estantes estaban repletos de gráciles figuras de porcelana. Sabía de su valor por el inventario. Enfrente había un mueble mellizo con figuras de cristal que destellaban a la luz de la araña.

-¡Son las ocho y media! –Descubrió Emilia.- Organicemos la cena.

Los tres volvieron a la cocina. Las mujeres prepararon una comida liviana mientras Luis disponía la mesa. Después de comer pasaron a tomar un café a la sala de estar adonde Mariana insistió, infructuosamente, con hacer funcionar el televisor.

-¡Mejor! –dijo la madre.- Así nos iremos a acostar más temprano. –Se volvió hacia Luis:- ¿Por qué no te quedás esta noche? Ya es tarde y hay una habitación extra.

El hombre sonrió aliviado.

-En realidad, voy a abusar de tu hospitalidad. Como hace tiempo que no me tomo un descanso, pensé en hacerles compañía el fin de semana. Eso –dijo mirándolas- si están de acuerdo.

-¡Fantástico! -aprobó Mariana.- Así mañana mismo podré bañarme en el estanque.

Luis esperaba la respuesta que más le interesaba. Descubrió un resplandor de alivio en los ojos de Emilia, corroborado por sus palabras:

-Sé bienvenido. Dormiremos más tranquilas con un hombre en la casa.

La confianza de la mujer lo exaltó hasta el heroísmo. Moriría por vos, Emi. Y si la advertencia de Edmundo fue producto de mi preocupación o fue real, me quedaré hasta saber que no corrés ningún peligro. La voz de Mariana lo apartó de su ensimismamiento.

-Si no hay tevé, hagamos como las gallinas. Además -ahogó un bostezo- estoy reventada.

-Voy a cerrar -dijo Luis.

Cuando volvió, Mariana apagó la luz de la sala y cerró la puerta al salir. Arriba, fisgoneó el dormitorio de Luis, lo ayudó a preparar la cama y, antes de acostarse, pasó por el dormitorio de su mamá comentando lo bueno que era tener todos dormitorios en suite. La besó y se despidió hasta el día siguiente. Se acostó al instante para sumirse en un sueño profundo y sin imágenes.

Voces, ruidos y música acercándose, la volvieron lentamente a la conciencia. Le costó ubicarse espacialmente hasta reconocer la habitación ajena. Prestó atención al ruido que perturbaba su descanso. Venía de la planta baja, como si se estuviera celebrando una fiesta. Se sentó en la cama tratando de hacer funcionar el cerebro. Al no encontrar una explicación lógica, se calzó las chinelas, se echó la bata sobre los hombros y bajó. Un lechoso y movedizo resplandor se derramaba por la puerta semiabierta del estar que ella cerrara antes de subir. Desde allí también provenían las voces y la música. A medida que bajaba, la familiaridad de los ruidos se hacía patente. Mamá se desveló y le encontró la vuelta al televisor. Abandonó toda cautela y entró a la sala. El aparato, efectivamente, estaba encendido. Pero nadie estaba mirando. Iluminó el salón y rastrilló con la mirada toda la superficie, cada rincón. Mami se cansó y subió sin apagarlo. O acaso fue Luis... Se encogió de hombros y giró el botón de encendido a la posición de off. La pantalla se oscureció y los ruidos desaparecieron. Apagó la luz, cerró la puerta y volvió al dormitorio. Antes de entrar, abrió silenciosamente el cuarto de Emilia. Dormía con tanto abandono que postergó las explicaciones hasta la mañana.

domingo, 25 de abril de 2010

LA HERENCIA - IX

El sol del mediodía presagiaba una jornada calurosa. Mariana, ansiosa por llegar, tomó la delantera y aceleró. El recorrido se le hacía familiar, como si lo hubiera hecho muchas veces. Paró el auto frente a la verja, la abrió y enfiló el auto sin detenerse a esperar que Luis cerrara el portón. Transitó el sendero con una aguda sensación de pertenencia sólo interferida por los pájaros y el viento. Aquí creció papá. Aquí hay cosas que le pertenecieron y me esperan -presentía. Avistó la casa al doblar el recodo; avanzó por el sendero de ripio, estacionó y la abarcó con mirada posesiva. Tengo derecho a estar acá, tía -afirmó desafiante. El ruido del motor del auto de Luis la puso en movimiento. Franqueó la puerta, encendió las luces y abrió los postigones para que el sol, ataviado de colores, entibiara la habitación. Asistió a la transformación maravillada, relegando al olvido las sensaciones siniestras que la acometieron en la primera visita.

-¿Hay alguien aquí? -voceó Luis risueño.

Mariana se apresuró a descargar varios bultos que traía su madre. Los tres dejaron los paquetes sobre la mesada de la cocina y los clasificaron, acomodándolos en estantes o en la heladera.

-Voy a encender el fuego -anunció Luis acarreando la parrilla y una bolsa de carbón hacia el exterior.

-¿Vamos a elegir un lugar para poner la mesa? -invitó Emilia.

La hija se plegó sonriendo. Afuera, el hombre estaba despejando un hueco para prender el carbón. Las mujeres optaron por un lugar sombreado cerca de la improvisada parrilla.

-Traigamos una mesa, nena -indicó la madre dirigiéndose hacia la casa.

-¡Esperá, mami! Allí hay un cobertizo. Echemos una mirada.

Se acercaron a la deslucida puerta de madera que costó desatrancar de puro destartalada. Una polvorienta lamparita se esforzó por iluminar el caos. Las herramientas de jardín estaban mezcladas con bolsas de tierra, maceteros, muebles amputados, una cortadora de césped, trastos de limpieza y cajas de ignoto contenido. En un rincón había una mesa de hierro labrado y varios sillones del mismo metal pintados de blanco, a los que rescataron de la red de telarañas. Los acomodaron, después de una cuidadosa limpieza, en el espacio seleccionado. Completaron el conjunto con un mantel blanco bordado, vajilla de porcelana, copas de cristal y cubiertos de plata. Luis se acercó para admirar la obra de las mujeres.

-Tendré que lucirme con el asado para no desentonar -dijo aprobadoramente.- El fuego está listo. Voy a buscar la carne.

-Y yo a preparar las ensaladas -manifestó Emilia siguiéndolo.

-Y yo... -agregó Mariana -¡a buscar los almohadones para no borrarnos el trasero!

Entró al galpón acompañada por las risas alegres de sus oyentes. Buscó los cojines sorteando distintos objetos. Estaba convencida de su existencia porque sentarse sobre el hierro era demasiado penoso. A punto de renunciar vio, a centímetros de la esquina que ocuparan la mesa y los sillones, un envoltorio rectangular rodeado por una cuerda. Si yo miré aquí en primer lugar... En el paquete había seis almohadones protegidos por una cubierta de plástico. Los levantó al tiempo que una voz apagada pero nítida pronunció su nombre: -Mariana...

-¿Mamá? -giró hacia la puerta.

La madre estaba visible, pero al lado del asador y sosteniendo una copa de vino en la mano. La joven miró la escena inexpresivamente. Controló las ganas de salir corriendo del cobertizo. No es mamá. ¿Cómo pude confundirla? Porque era una voz de mujer... y me llamó por mi nombre. Como tía Victoria. Sí. Era la voz de ella. La tengo grabada a pesar de haberla visto tan poco. No me jugués una mala pasada, conciencia... Yo no decidí la separación. Después de todo, esta casa es tanto de papá como de la tía. Era. Ahora quedamos mamá y yo. ¿Por qué habrías de reprocharnos, Victoria? Fijó la vista en Emilia y se aferró al nexo para abandonar el galpón sin traslucir su inquietud.

-¡Voilá! -exclamó sacudiendo el paquete ante la pareja.

Desató el cordel y acomodó los cojines sobre los asientos. Lucían confortables y pulcros. Mariana se dejó impregnar por la escena bucólica. Se sentó, levantó el cáliz de cristal y observó el resplandor escarlata que la luz le arrancaba al vino. El almuerzo campestre fue un éxito. La charla, placentera, y sincero el aplauso para el asador. A las tres de la tarde la mesa y los sillones despojados de los almohadones eran los únicos vestigios de la inauguración.

-¡Aprovechemos la tarde para explorar los alrededores...! -pidió Mariana al guardar el último plato en la alacena.

-Yo me voy a descansar -respondió la madre.- Veamos primero las habitaciones.

Luis, al ver la mirada desencantada de Mariana, ofreció:

-Escojan los dormitorios y después te acompaño al safari.

-¡Sí! -acentuó la joven, y salió de la cocina brincando como una criatura.

Se compuso al pie de la escalera para remontar los peldaños hasta el rellano. Hizo un alto y esperó a que subieran Luis y su madre. Caminaron por el corredor y fueron abriendo las puertas. La primera daba al dormitorio de Victoria, de indudable estilo Luis XIV. Decidieron no ocuparla y eligieron las dos contiguas. Al final del pasillo había una cuarta. Todas estaban amuebladas con el mismo estilo y en excelente estado de mantenimiento. En los cajones de la cómoda había ropa blanca limpia y, a instancias de la madre, acondicionaron las camas para el descanso nocturno. Luis no creyó oportuno anunciar en ese momento que se quedaría. Ya encontraría una buena excusa hasta la noche. Dejaron a Emilia reposando y emprendieron la caminata.